DISCLAIMER: Los personajes del manga y el anime de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co. Yo sólo suelo tomarlos en esencia para inventar con ellos historias de amor con finales felices y sin fines de lucro. Ya que muchos de ellos se lo merecían jejeje.

Amigas (os) bellas (os) les traigo aquí otro capítulo de esta historia que es para mí como un escape de la realidad. Como les prometí a continuación mencionaré a todas (os) y cada una (o) de quienes me dejaron reviews, favs y suscripciones a lo largo de todo este tiempo que estuve ausente:

A Mgoh, ArleniFerreiraPacaya, Majito de Chile, Eli Stear'girl, Stormaw, Val Rod, Skarlet Northman, Dreybayz, Hancherloo, CandyCandyFanfics, Vikiar, Desi, CanitaWhite, Lickmyboobs, Luvalesskav98, Kingswinkyginx, Trixxandley, Aster31, HaniR, Alir101, Daideluct, Kwizzerts, Monicamdalba, Anitahuggins1996, SaiyaBra, CandiceBrower, Ahome Sacerdotisa de Shirkan, Chibiely, Darkangel008, Kurt Skellington, Lilykuran, Xiory, Lacus Sheryl Nome, Nameshi, Eduardo 622, Annette Celeste, Toomebleah, Kaikaiyan, Monakafaze, Callmeyeeze, Gardensplitz, Switzbrookes, Cagkegg, Jigajagg, Genghim78, Cheeseymond, Drakken77, Devdamen88, Maimai99, Bevyglann, Cafeblae, Cendennn, Slickkaypoon, KayCherryBlossom, RSilvana2030, Dekatts, Sakangbritzz, Pecanchallap, Wualeskav98, Maleja, Airum Grandchester, LilianaPP, Carito Andrew, Lukyta, Sophie, FairylamMoon, Angdl, Dali, Mariana Seguame Andrey, Sweeter Membrane, Sofitagirar, Marielsy, .7355, Luna, Toonybins, Ticocaspin, IQS, Alessiatogo, Ana, Ximena, Flakitamtz, SherylNome, Lizbeth Haruke, Mitzuki Kazumi, Sarumi, Sheryl Clyne, Luna789, American Drew, Fer de Baviera, Sakura Chan, Meer Campbell, Juniper y Angelinarte, mi eterna gratitud por acompañarme en este viaje desde el despertar de la adolescencia hasta la madurez de los protagonistas, por ustedes y por todos quienes me leen en silencio continúo creando con alegría este fic a la espera de darle un buen final. Les envío un abrazo donde quiera que estén.

Belén

CAPÍTULO L: Nuevos y viejos amigos

La algarabía de unos contagió a toda la tripulación del barco. Después de un mes de travesía, habiendo cumplido una ruta comercial, y encima deteniéndose en algunas paradas, por fin llegaban a costas americanas. El destino era Baltimore, ciudad donde el Capitán Brower empezara su vida de marino y creara con el pasar del tiempo su propia empresa de buques mercantes. Regresaba por ende con fe a la tierra que le brindara tantas oportunidades para radicarse esta vez junto a su hijo y la familia de corazón que con el tiempo consiguiera. El Capitán Collins que era como su hermano y su joven nieta Kimberly, ahora su nuera.

Habiendo logrado hacer el viaje menos aburrido, regresaban también con ellos el Profesor Garnier, su esposa y su pequeña niña de meses, quienes tenían planeado tomar el tren a Chicago ni bien arribar, donde poseía una propiedad y además familiares, él. Mismo rumbo que Anthony Brower pensaba seguir tarde o temprano, una vez les ayudara a su padre y al resto a instalarse en el domicilio que dejara arrendado durante sus viajes oceánicos. Gracias al cielo, el Capitán Brower era aparte de amante del mar un hombre de negocios que sabía administrar sus empresas y fortuna, y los recursos (obtenidos cabía recalcar a base de años de puro trabajo) no le faltaban.

El joven Brower quería con el pasar del tiempo seguir su ejemplo y transformarse en un caballero similar, siempre responsable y coordinado en sus negocios para hacerlos funcionar, y además quería formar una familia, con quien poder compartir esos logros. Una familia propia para amar y proteger.

Las despedidas se dieron en el puerto junto a las recíprocas promesas de que se mantendría el contacto por correspondencia y que las puertas de ambas casas estarían siempre abiertas para cuando decidiesen visitar.

Anthony con un apretón de manos sincero y un fuerte abrazo le agradeció a su tutor por todas sus enseñanzas compartidas y le deseó lo mejor de allí en adelante en su vida, anhelando mientras les veía partir, un día llegar a tener una vida personal similar, tranquila y encaminada, sabiéndose amado.

"Porque donde hay amor…", tal como a menudo le recordara Candy en las épocas felices en que estaban juntos… "…nada falta".

-Anthony, el carruaje espera- de repente escuchó una vocecita que le decía de forma suave y preocupada, quizá debido al ensimismamiento en que por un momento se perdiera sin poder evitarlo. Allí estaba Kiki yendo a rescatarlo, como ya de costumbre pendiente de sus huesos, cuidándolo… mientras él sin poder olvidar el pasado, tan sólo se dejaba querer.

-Vamos amor- ella que parecía comprenderlo todo pero aun así no importarle, le animó y Anthony más que nada agradecido siempre con su prudencia y dedicación, no tardó en seguirle, tomando la mano que ella sonriente le ofreció.


La gran guerra estalló de forma inevitable, arrastrando a todo el mundo a sus horrores, dolores y consecuencias. El entrenamiento de Enfermería se hizo exhaustivo en posibles miras de que Estados Unidos también pudiera ingresar al conflicto, en cuyo caso se necesitaría personal médico para atender en el frente. Candy había realizado un juramento de consagrar su vida al servicio de salud de otros al comenzar su educación superior y sabía que de ser llamada no podría negarse o le costaría el resto de su carrera, por lo cual psicológicamente se preparaba. Lo peor era que no tenía una buena excusa para desertar. Fingirse enferma no era fiable en un hospital y para su boda faltaban meses.

El temor de tal forma a causa de ese posible llamado del deber le embargaba, porque después de todo era tan sólo una chica. Todavía una adolescente con muchos sueños y proyectos por delante que esa horrible guerra había enturbiado, cuyas angustias no podía contárselas a nadie, ya que no confiaba lo suficiente en sus compañeras y no quería que la considerasen débil. Un adjetivo que no combinaba con el cargo de Enfermera, por lo que prefería guardárselas dentro, así le mortificaran… Cuánta falta le hacían sus amigos.

Más aquel último problema, como respuesta a sus innumerables plegarias esperando que estuviesen bien y a salvo de cualquier peligro, llegó a su fin un miércoles a la hora del almuerzo, cuando al salir rumbo a su restaurant de costumbre, teniendo que cruzar por los jardines, escuchó en el que descansaban los pacientes, el llamado de alguien que al parecer llevaba allí rato esperándola.

-¡Hey Candy!-

Reconoció la voz como dentro de un sueño y cuando volteó lentamente para ver si no se equivocaba, Archibald Cornwell le abrió los brazos para que corriera hacia él, a su encuentro. Ella esbozó enseguida un grito de alegría y sin pensarlo dos veces prácticamente se le lanzó encima de la emoción. Un comportamiento infantil e inapropiado que después le criticarían en su cara las compañeras que fueran testigo. No obstante, en ese momento no le importó nada más que su amigo, además de su primo y la dicha de volver a verlo.

Sólo que presa de su júbilo, no notó con prontitud la triste sonrisa en el rostro del siempre elegante joven, ni que lucía cambiado y un tanto demacrado, como si una grave preocupación le hubiese provocado noches de desvelo y le estuviese quitando la vitalidad, terminándole aparte por hacerle madurar demasiado rápido. Únicamente lo percibió al sentir que él estrechándola fuerte, desahogándose en el abrazo como si hubiese estado al igual que ella reteniendo penas por muchas lunas y por fin pudiera librarse de ellas, comenzaba a llorar a lágrima viva.

Candy se extrañó de inmediato y le sobó la parte de atrás de la espalda para tratar de tranquilizarlo en algo, sospechando de repente que aquel profundo sentir no se debía a la felicidad por su reunión.

-¿Archie estás bien?- en un susurro le preguntó, pero antes de que obtuviera respuesta le vio acercarse a su novia detrás de él. Otra de las personas que había echado de menos inmensamente durante meses. Su hermana del alma, Annie.

-¡Anne!- exclamó y en esta ocasión fueron sus ojos los que se le llenaron de lágrimas. Archie comprendiendo la presencia de su chica a sus espaldas, la liberó por lo tanto del abrazo para que pudiese ir a saludarla.

Las dos no tardaron en fundirse en otro lleno de calidez femenina, más cuando Candy quiso reír con ella y empezarle a preguntar un montón de cosas, la notó un poco pálida y ojerosa, como si necesitara descansar después de haber vivido días de bastante ajetreo. Candy concluyó por entonces aún sin saber toda la verdad, que el largo viaje envuelto en un ambiente de incertidumbre debido a la guerra, les había dejado sensibles y con los nervios de punta a ambos, lo cual era normal, hasta que divisó más atrás arrimada a un árbol la silueta de una joven de cabellos cortos y castaños que le resultaba muy conocida, pero lo que más le llamó la atención era que se encontraba de cara a la cerca para evitar mirarlos y con un pañuelo en la mano llevándoselo a los ojos, que le dejó saber que estaba llorando. Candy intercambió con Annie durante un par de segundos una mirada interrogante y al ver como la pelinegra bajaba la suya moviendo la cabeza con abatimiento, con suma preocupación tuvo que apartarse para ir corriendo hacia la triste chica.

-¡Patty!- dijo con el corazón en la boca tomándola con suavidad del brazo para hacer que la viera. Era la misma dulce niña que conociera en el San Pablo, que se volviera en poco tiempo una de sus mejores amigas, sólo que más delgada y con los ojos inflamados esta vez de tanto llorar -¡Por Dios, ¿qué ha sucedido amiguita?!- le preguntó abrazándola con angustia.

-Candy…- Patty apenas musitó encontrando confort en su compañía y complicidad, así como Archie, un desahogo –Es Stear…- confesó, en tanto a la joven rubia se le helaba la sangre creyendo lo peor –Se enlistó en el ejército inglés… no sabemos nada de él. Temo tanto por su vida- Patricia concluyó al fin en un lastimero sollozo que dejó a Candy por un instante sin habla, tratando de digerir la noticia.

-¿Qué?- a duras penas pudo expresar sin dejar de abrazar a su amiga, comprendiendo entonces el dolor que sentía y además el que sentían todos. El resto del grupo se les acercó como sombras silentes. Había un miembro que estaba condenado a muerte, no hacía falta ni que lo dijeran, y más que un amigo, un primo o un novio, era un hermano. El pesar era indescriptible.

Candy sin embargo, como la profesional en proceso que era, haciendo uso por primera vez de sus clases de Psicología, tratando de ayudar a restablecer en algo la calma, profirió con seriedad:

-Nada está dicho aún. Todavía hay esperanzas-


Lejos, en un teatro esquinero del Circuito de Broadway, una joven bajaba las escaleras presurosa hacia la salida, un tanto sonrojada y abochornada luego de haber pasado un rato de coraje, pero a la vez orgullosa de sí misma y sintiéndose libre y ligera por lograr sacarse un peso de encima. Sólo que no contaba con que un inconveniente adicional se le presentara antes de que pudiera alcanzar la puerta.

-¡Jovencita a dónde crees que vas!-

La voz de su madre era inconfundible cuando estaba enojada y este caso Susana Marlow reconocía que no únicamente era enfado para con ella lo que tenía, sino también decepción. La cual podía leerse con facilidad en su cara.

-A casa mamá. El ensayo ya terminó y estoy cansada- la delicada chica rubia le contestó olvidando por un momento el garbo y dejando caer la cabeza de larga cabellera hacia atrás en un acto de fatiga.

-Primero me vas a explicar bien todo lo que le dijiste a Mr. Wickham y por qué el joven Gastón parecía estar tan furioso- Su madre sin darle vueltas al asunto fue directo al grano. Susana suspiró y se enderezó entendiendo que no iba a dar su brazo a torcer en ese asunto que tanto la molestaba hasta que ella se lo dejara en claro.

-Lo mismo que te dije a ti mamá- no dudo en responder aunque no la miró a los ojos mientras hablaba para que no notara la rabia en ellos –Que yo no amo ni podré amar nunca a Gastón Wickham y que por ende no pienso ni voy a casarme con él-

Su madre guardó silencio unos cuantos segundos mientras la escrutaba antes de proseguir

-¡No puedo creer que estés haciendo esto, es más no puedo creer que nos lo estés haciendo a toda la familia!- le refutó pasado el instante de estupefacción al tiempo que descendía lo que le restaba de la escalera, señalándola con el dedo en alto –¡Eres una malagradecida con las oportunidades divinas que te llueven, ese joven es pudiente y tu alianza con él podría resolver los problemas económicos de la familia, pero eres demasiado egoísta y solo piensas en ti!-

Susana podía sentir el dolor de saber la batalla perdida en la voz de su progenitora pero no se sentía culpable. Se sabía en cierto modo egoísta sí, con sus cosas, pero no en aquel caso que involucraba su dignidad y virtud de por medio, y si pugnaba era para salvarlas.

-Pero sabes algo, yo no permitiré que eches tu futuro por la borda- decretó de repente decidida su madre y para su dolor de cabeza avanzó hacia ella para tomarla fuertemente del brazo –Te llevaré ahora mismo a que te disculpes con Mr. Wickham y su hijo. Tendré que mentir diciendo que estabas bajo los efectos de un remedio para la jaqueca y tú me apoyarás-

-¡Mamá no! Si quieres discúlpate tú y por ti con ellos, pero yo no lo haré- protestó Susana al ver que la empezaba como a una niña pequeña a halar en contra de su voluntad -¡Mamá por favor!-

Se encontraban así en pleno forcejeo cuando alguien que no había sido invitado se involucró.

-Señora, ella ha dicho que no desea ir- las palabras fueron muy concisas, tal como el agarre sobre la muñeca de su madre para hacer que soltara la suya de una vez. Susana ni siquiera advirtió en qué momento se había acercado pero en cuanto lo tuvo a su lado como defensor, no pudo más que agradecerle de corazón dejándoselo saber a través de su llorosa mirada.

-¿Pero quién eres tú y cómo osas acercarte y tocarme, y encima dirigirme la palabra así sin más? ¡Qué atrevido, Dios santo!- exclamó indignada la señora Marlow, zafándose de inmediato del asimiento de Terrence Grandchester para enseguida dirigirse llena de rabia a su hija -¡Susana, ¿tú conoces a este jovenzuelo?!, ¡Te prohíbo de forma terminante que mantengas contacto con él!- le advirtió sin dejarla siquiera contestar porque era obvio.

Entonces Terry ya con fastidio y notando que la regañada ya al borde de las lágrimas lo que más quería era escapar de allí corriendo, la tomó del brazo para sacarla de allí de una vez.

-De acuerdo ya es suficiente. Creo que necesita beber un poco de agua de valeriana mi estimada doña y también una charla con un Psicólogo que le ayude a aprender a valorar a su hija- sin dejarse amilanar profirió sin reparos, no abandonando el lugar hasta soltarle las cosas que quería decirle.

-¡Susana a dónde vas, Susana!- su madre le gritó casi histérica al verlos marcharse.

-¡Estaré en casa a la hora acordada mamá, no te preocupes, hasta luego!- se tomó la rubia el tiempo de explicarle de forma pacífica mientras se dejaba conducir por Terry al exterior.

Sabiendo que no los seguiría porque en lugar de ello preferiría ir a excusarse con los Wickham, Susana una vez fuera se sintió más tranquila.

-Gracias- le expresó a Terry en cuanto hubieron descendido las escalinatas exteriores del teatro y él le soltó el brazo

-De nada, es lo que hubiera hecho por cualquiera- aclaró él -Percibí que necesitabas ayuda estando a merced de una persona autoritaria y cerrada y simplemente me lancé al ruedo. Nunca me ha agradado ese tipo de gente- le contó, teniendo experiencia en ese asunto con su propio padre. Susana solo asintió frente a sus palabras.

A Terry su sutil proceder y su fragilidad, en alguna parte recóndita de su alma le causaban cierta ternura. En el mes y medio que llevaban de ensayo como protagonistas la estaba conociendo y no le caía mal. Admiraba su profesionalismo de mujer madura al actuar, algo que revelaba las múltiples obras en las que había estado participado desde que era muy pequeña, aunque en la superficie, en lo físico se le asemejara a una hermanita menor indefensa a la cual proteger.

En esos momentos en tanto la observaba, aprovechó para hacerle una consulta que le había estado dando vueltas en la cabeza todo el día.

-Te haré una pregunta niña y necesito que me la contestes con toda sinceridad- le pidió. Ella por todo levantó sus grandes ojos celestes con preocupación y curiosidad, atenta a lo que él quería cuestionar. Terry continuó -¿Qué tan cierto es lo que andan por allí diciendo sobre que me ayudaste a conseguir el papel principal?-

Susana suspiro como preámbulo de una respuesta, como si estuviese cansada de que siempre sus colegas esparcieran aquel chisme con los coprotagonistas con quienes le tocara actuar.

-En realidad aunque todos siempre dicen aquello, no tengo el poder suficiente para influir en la decisión final de los productores…- confesó, aparte añadiendo -Yo sólo le comenté al Director que de todos los aspirantes me parecías el más responsable y apasionado al recitar las líneas. ¿Eso está mal?- necesitó al final conocer

-No- admitió él cruzándose de brazos mientras lo meditaba –Al contrario, me incentiva a superarme para demostrarle a todos que puedo ser mejor que eso y en especial más que un apellido. No se arrepentirán de haberme escogido, ya lo verás- dijo al final más para sí mismo, y después de todo le agradeció por la apreciación de su desempeño.

-No hay de qué- respondió ella sonrojándose de repente, algo que él notó de inmediato, comprendiendo así que tal como sospechaba y no quería, ella empezaba a tener sentimientos por él. Por suerte Maurice y Karen que como de costumbre andaban paseando juntos, aunque se empeñaban en decir que no tenían nada entre ellos más que amistad, y se les acercaron alegremente al verlos.

-¡Hey parejita ficticia!- les saludó Maurice –Estábamos buscándolos. Con Kari pensamos ir a ver una obra. Hoy hay dos estrenos-

-Sí, pero primero hay que ver si le dan permiso a esta niñita rubia- con sus típicas burlas y especial dedicación a Susana, Karen comenzó

-Tengo permiso hasta las diez, ya casi soy mayor de edad- Susana con un dejo de timidez, sobre todo por estar frente a Terry, enseguida profirió, lo que causó una buena carcajada por parte de la interlocutora y ante lo que Maurice siempre atento con la primera no tardó en interferir para matizar las cosas en pro de que no se sintiera mal.

-No hay problema, en tal caso te llevaremos a tu casa a la salida- argumentó buscando apoyo en el resto del grupo. Terry fue el único que pareció estar de acuerdo encogiéndose de hombros, al tiempo que Karen esbozaba una sonrisa de menosprecio

-Ay, la bebé- musitó con fastidio

-Bueno, mejor no nos demoremos más si queremos alcanzar una función de la siete- sugirió Maurice obviando ya cualquier asunto para que todos se enfocaran en lo que querían hacer y en vista que varios de los espectáculos comenzaban a la misa hora –Además tenemos que decidirnos por cuál ver- agregó

-Andando- resolvió Karen sin complicarse más y contoneándose con coquetería pasó frente a Susana para asirse al brazo de Terry –Yo me sentaré junto a Terius- indicó y luego refiriéndose a él le consultó -Por cierto ¿tienes novia?-

El castaño que notaba cuáles eran sus intenciones, así como que en parte se debían a sus propios celos a causa de la extrema atención que le brindaba el canadiense a Susana, le siguió el juego con curiosidad

-Sí- no dudó en responder

-Me alegra, yo también tengo pareja. Así que no habrá problema si vamos juntos enfocados en nuestros propios asuntos- la castaña zanjó resaltando sus palabras al tiempo que se volvía a mirar hacia atrás a donde venían los rezagados, claramente para intentar molestar a cada uno de ellos.

La obra que eligieron para presenciar fue Otello, también de William Shakespeare.

-¡Ese es nuestro hombre!- comentó Maurice, quien había sido el principal partidario que sugiriera verla para que pudieran familiarizarse más con el ambiente teatral medieval, mientras Terry accediera en cambio por razones nostálgicas, al recordar que con frases de dicho guion había molestado a Candy su dulce amor en los tiempos de colegio. Cuando no tenían que preocuparse más en la vida que de estudiar y aún a pesar de los líos juveniles se daban su modo de ser independientes y felices.

Se decía maravillado para sus adentros cuántas memorias podían venirle a la mente con la sola mención de algo o la percepción de un aroma. Algo que le hacía volver a otros tiempos como en esos momentos, en que sus recuerdos se centraban en ella, que cuánta falta le hacía a su lado.

Los cuatro compraron entradas para un palco privado, donde él después de ingresar a la cabeza se ubicó en una butaca de la esquina derecha, en tanto Susana, sin perderlo de vista al disimulo en todo momento, intentó sentarse a su lado justo antes de que Maurice como fiel amigo que suplicaba desde el silencio una oportunidad y como de costumbre cuidando de ella, se lo impidiera tomándola delicadamente del brazo, a la vez que en forma de broma permitía que Karen pasara a situarse en dicho lugar.

-No, no, no. Tú te sientas acá-

A lo que Karen accedió gustosa para fastidiarla y además porque le resultaba al final provechoso quedar rodeada de dos hombres apuestos e interesantes.

Por su parte Maurice, ante la mirada requiriendo explicación que Susana le dedicó, tuvo que pronunciarse

-Tan sólo evito que te hagas daño- le dijo en un susurro hablándole de cerquita, más ella no contestó prefiriendo enfocarse mejor en mirar al frente, al espectáculo que estaba por comenzar.

-Ya soy lo suficientemente grande para saber cuidarme sola- musitó respecto a un tema que aunque no hubiese sido platicado con claridad entre ellos era ya comprensible, y que murió en esos instantes por esa noche entre los dos.

Karen por su lado sin darle importancia a lo que hablaban a su costado izquierdo, se dedicó a observar todo el lugar con sus binoculares mientras hacía comentarios graciosos sobre las modas de los asistentes de la aristocracia neoyorquina en la parte de abajo. Sólo Terry percibiendo las breves miradas de parte de la chica rubia, notó que trataban acerca de él y antes de que pudiese aquello generarles mayor incomodidad eligió sentarse mejor en otro puesto.

-Creo que necesito espacio para estirar las piernas- profirió fingiendo estirarse con cansancio y luego se levantó y pasando por encima de la butaca sin complicarse, se apoltronó de lado en la fila de atrás que estaba vacía.

La obra en la que participaban actores reconocidos del medio empezó a ser recreada con maestría y cautivó desde un principio al público, entre ellos esos cuatro aprendices que casi no podían esperar por debutar en el escenario también.

Terry intentó concentrarse de lleno en la trama así se diera cuenta de tanto en tanto que la rubia cabeza de Susana volteaba al disimulo a mirarlo desde los asientos delanteros, pendiente de sus respiros, como si tratase de adivinar sus pensamientos. No le era difícil reconocer en ella esa misma mirada de admiración que reconociera antes en montones de chicas. Ella estaba empezando a admirarlo demasiado, sin que él repasando sobre sus actos sintiera que hubiese hecho algo para avivar aquellos sentimientos.

Y tuvo que lidiar con aquello buena parte de la función hasta que Maurice al llegar el receso intermedio, cuando todo el mundo empezó a aplaudir al cerrarse momentáneamente el telón, quizá advirtiendo la falta de atención de Susana a su lado, quien después de todo y aunque no le diera la posibilidad con ella ansiada, era la chica que le quitaba el sueño; se pronunció para atraer la atención de todos.

-Escuchen bien grupo lo que les voy a decir y miren al escenario. Por ahora nos encontramos aquí pero pronto estaremos allí abajo en las tablas y nosotros seremos los ovacionados. Recuérdenlo-

Se hizo un silencio por la contenida ilusión de todos, que soñaban con que así fuera.


Candy pensaba mucho últimamente sobre la vida, sobre lo fácil e inesperado que era que una supuesta estabilidad conseguida cambiara de la noche a la mañana, como le había sucedido a ella y a sus amigos. Los chicos le habían comentado también sobre los compañeros de clase del San Pablo, los más allegados y los que no tanto, y sobre los rumbos que tomaran. Ella a todos por igual, donde quiera que estuvieran, les deseaba lo mejor.

Con alegría recibió así la noticia de que Amber y Fabrizzio se habían casado en secreto al estilo Romeo y Julieta en uno de los quintos domingos y que luego la familia de ella junto a la de él habían partido hacia Italia, la tierra natal de los Macinni. Se enteró además por otra parte que Audrey y Christian Montgomery habían regresado a América en el barco junto al grupo así como Neal y Eliza, bajo la tutela de George y Eugenne con sus niños, quienes parecía ahora se encontraban en una relación aunque no lo hubiesen confirmado, y que los dos rubios antipáticos habían llorado durante casi todo el viaje por el sr. Robert Montgomery (tío y padre para ellos respectivamente) quien debió quedarse en Inglaterra para solucionar unos asuntos del sector público donde laboraba. Mientras que Violeta y Luisa, las otras amigas inseparables de Eliza, también habían abandonado el colegio como la mayoría, para emigrar la primera con sus parientes a Noruega y la segunda a una población en las afueras de Londres donde sus padres tenían una casa de campo, al considerarlo de más seguridad que permanecer en la ciudad.

Le contaron asimismo que la tía abuela había viajado antes que ellos al igual que asumían el abuelo Williams, junto con toda una comitiva de socios y que de Anthony solo sabían que planeaba regresar a Estados Unidos con su padre para radicarse en Baltimore, pero que todavía no tenían noticias de su posible arribo. Sintiendo que le estrujaban el corazón con estas últimas palabras, como ocurría cada vez que escuchaba que a su exnovio le mencionaban, oró con sinceridad para que él y el Capitán Brower se encontrasen bien.

Esa mañana mientras rememoraba todo ese cúmulo de información y trataba de quitar de su cabeza al antes mencionado, se puso a pensar al tiempo que recogía su cartera y la llave de su cuarto, previo a salir a realizar las diligencias que tenía planeadas para su día libre, en Stear, de quien le habían dicho partiera una madrugada del colegio tal como ella, sin que nadie se diera cuenta. Tan solo dejándoles cartas de despedidas a sus allegados y explicándoles que aparte de ir a defender a la Triple Entente se iba a cumplir su sueño de desenvolverse en todo lo concerniente a la aviación. Había dejado una esquela para ella en medio de esa correspondencia. Breves palabras en las que le decía lo importante que era en su vida y lo mucho que la extrañaba así como le deseaba lo mejor para que pudiese alcanzar todas sus metas. Sin embargo lo que más le había llamado la atención fue que él le dejó también un regalo de cumpleaños en el que le viera su hermano trabajando dos noches antes de su partida, con indicaciones de que por favor se lo entregaran en las manos cuando volvieran a verla. Se trataba de una preciosa pequeña caja musical dorada con incrustaciones de pedrería de fantasía en la fachada, que resultaba adorable con solo verla aparte de empezar a tocarse una alegre melodía al abrirla. Se había tomado el tiempo de ponerle nombre incluso. "La cajita de la felicidad", y según él era un mecanismo para hacerla sonreír cada vez que se encontrara deprimida… Aunque el enterarse del significado en realidad lo que le provocó fue que la mirada se le llenara de lágrimas.

"Stear hasta en esto fallan tus inventos" le reprochó desde el fondo de su alma como si el espíritu de él pudiera escucharla en el ambiente, llorando sin poder evitarlo al verla colocada en un extremo de su cómoda.

Al consultarle a los chicos más sobre su repentina decisión, como cuándo empezaran a notar su afición militar, respondieron que nunca había dado señales y que es más hasta habían pasado juntos el último periodo vacacional en Irlanda con la familia paterna de Patty, donde había tenido inclusive oportunidad de estrechar lazos de amistad con ellos, que inclusive llegaron a bromear que pronto pasaría a formar parte de su clan.

Patty por su parte a esas alturas ya había partido para Florida en compañía de su abuela Martha y de su mamá, con miras de encontrarse con su padre quien las esperaba en Orlando. Junto con los chicos fueron a despedirlas a la estación, pudiendo darse cuenta que durante todo el trayecto que durara la movilización hasta allí así como hasta que se subieran al tren, su amiga había permanecido sumamente triste y apagada, como si su alma hubiese perdido todos los ánimos de continuar viviendo. Un signo inequívoco que de verdad amaba a su primo. Esperaba por ello según su propia recomendación de enfermera que el buen clima tropical le ayudase pronto a recuperarse.

Meditaba en todo ello cuando al salir una de sus compañeras le informó con picardía y curiosidad que en la sala principal de espera un caballero apuesto y rubio se encontraba aguardándola. Candy al instante de oír la descripción tuvo que tragar en seco, comenzando a imaginarse a la carrera un montón de cosas. ¿Podía ser que… que él hubiese regresado por ella al enterarse por sus amigos con los que siempre se escribía de donde se encontraba?.

Con el corazón y la respiración acelerada y casi sin sentir sus propios pasos, como si caminara sobre nubes, se apresuró hacia el lugar indicado, debiendo llenar de aire sus pulmones un momento antes de ingresar… No resultó ser quien imaginara pero no por eso su alegría disminuyó al ver de quien se trataba. Fue así que volvió a ver a Albert después de harto tiempo. Yacía sentado con su inconfundible facha de aventurero sobre una de las sillas de espera, con los brazos apoyados en las piernas.

-Albert…- ella pronunció en apenas un hilo de voz y sin dejar de mirarlo, con temor de que al pestañear pudiese desaparecer. Él enseguida al escuchar su voz levantó su rostro y la sonrisa que le dedicó fue de las más radiantes del mundo.

-Candy- le respondió con la voz llena de nostalgia, y no fue más, ella corrió a sus brazos donde él levantándose encantado la recibió e inclusive tuvo que sostenerla porque ella en un arrebato de espontaneidad terminó subida a su cintura. Causa por la que no dudaría en mofarla más tarde diciéndole que entendía ahora porque Terry la molestaba con eso de que le recordaba a los monos.

Candy sonrió mientras se secaba las lágrimas, contenta de estar de nuevo en su compañía y de inmediato procuró volver a retomar la compostura, recordando donde estaban, su cargo, y que además había gente alrededor observándolos, sintiéndose sobre todo torpe y avergonzada. Agradeció así al cielo que ese día no llevaba el uniforme o de lo contrario no habrían faltado quienes de los que se encontraban presente esperando por consulta, hubiesen ido a informar de su comportamiento inadecuado a sus superiores.

-Me parece increíble que estés aquí, tanto que me da miedo cerrar los ojos y que te esfumes como un espejismo- con sinceridad ella sin embargo le confesó, sosteniéndole las recias manos de hombre de mundo entre las suyas como prueba de absoluta y real amistad –Me hiciste tanta falta Albert, conversar contigo, tus consejos, siento que tengo un millón de cosas que contarte y no me pongo de acuerdo por dónde empezar- añadió secándose las lágrimas porque sin poder evitarlo había llorado. Siempre igual.

-Pues en ese caso serán dos millones de cosas para platicar, porque yo tengo otro millón que compartirte- dijo él siguiéndole el juego, Candy rio encantada pero entonces recordó algo

-Pero ¿cómo supiste de mi paradero, cómo me encontraste?- quiso saber llena de curiosidad. Albert se detuvo un momento como si tuviese que pensarlo, lo que le pareció por un segundo extraño, más no tardó en contestar y ella olvidó ese breve asunto leyendo en sus ojos honestidad.

-En cuanto llegué escribí al Hogar de Pony, donde me dijiste en tu última carta que te hospedarías y tus maestras muy amables me respondieron informándome tu nueva dirección. Me contaron además sobre tus proyectos y los días que suelen darte libres. Por eso me ves hoy aquí y por cierto está demás decirte lo orgulloso que estoy de ti y de tus logros-

-Gracias Albert- expresó ella con una conmovida sonrisa

-¿Y ahora cuéntame, qué sueles hacer en tus ratos libres? ¿Te dirigías a algún lugar en especial ahora o me permitirías invitarte un café?- preguntó adicionalmente él

-Bueno, suelo aprovechar mi corto tiempo de asueto para realizar compras o visitar a mis amigos, como por ejemplo a Dorothy, que ahora vive solita con su niño. Ella fue mi mejor amiga en el tiempo en que trabajaba donde los Leagan y después mi nana cuando fui adoptada por los Ardley. Creo que alguna vez te lo conté, y quien por cierto es alguien que me encantaría presentarte. Vaya sí que en presencia tuya no puedo parar de hablar - Candy admitió al final estarse pasando de parlanchina pero a él le resultó gracioso y lo vio sonreír -Planeaba también ir a ver departamentos en alquiler por aquí en el centro, porque estoy planeando mudarme a vivir también sola- le contó además -¿Te gustaría acompañarme?-

-¡Vamos Candy!, me ofendería si no me lo permitieras- recalcó él -No podré estar tranquilo hasta conocer si el lugar que escoges es seguro-

Anduvieron así durante casi toda la tarde visitando diferentes posibles domicilios y conversando sobre sus vidas. Él le habló de África, de lo hermoso que era ese continente aún a pesar de su extrema pobreza, de su experiencia como enfermero igual a ella en organizaciones humanitarias mientras ella aprovechó para contarle sobre su nueva vida personal tanto como laboral y la de sus amigos, de cómo habían cambiado sus planes en tan poco tiempo afectándoles y sobre la tristeza que sentía por la desaparición de su primo, hasta llegar a la amarga experiencia que le trajera de nuevo a América, y Albert tal como Dorothy, de quien también le habló, no la condenó sino que la escuchó atentamente como hiciera siempre, para darle después una opinión.

-Creo firmemente Candy que nada está dicho en esta vida, por ello procuro siempre no preocuparme pensando demasiado en lo que pueda acontecer a futuro. Yo mismo fui interrumpido durante mi estadía en África por un asunto particular que me tocó resolver en Londres, pero si no lo hubiera hecho quizá Pupé y yo no estaríamos hablando aquí contigo ahora- le contó refiriéndose al final a una pequeña mofeta de mascota que llevaba consigo y que en esos momentos masticaba ajena a las complicaciones del mundo una avellana en la rama de un abeto junto a la ventana de ese apartamento en renta a medio amoblar, y que tal como había hecho para que no se alarmasen en el hospital y lo dejaran entrar, había colocado en un árbol del jardín para recogerla al salir. Tal como ella solía hacer en sus tiempos de colegio con Clint, a quien por cierto le recordaba. Candy analizó así que era increíble que hasta en eso se parecieran, como si fuesen hermanos del alma –Me enteré meses después por el diario que en el tren que planeaba tomar para salir de Sudáfrica en mi verdadera fecha acordada para regresar aquí, fue implantada una bomba que estalló antes de alcanzar la ciudad puerto- continuó con su relato produciéndole un escalofrío que le hizo dar ganas de enseguida querer abrazarlo al enterarse de lo cerca que había estado de perderlo, más se contuvo recordándose a sí misma que debía demostrar modales de señorita así fuese con sus amigos si quería llegar a ser la dama que esperaba antes de cumplir la mayoría de edad. Debía esmerarse en conseguirlo.

-Albert, tuviste tanta suerte- expresó en voz baja, todavía aterrada de las cosas que podían suceder en aquella sombría época en cualquier lugar.

-Sí, mucha suerte a decir verdad- reconoció él mirando unos instantes al cielo a través del cristal medio sucio de la ventana –Pero bueno, lo que te quería hacer ver con esto es que a veces las cosas no se dan como las planeabas en pro de que pueda ocurrir algo mejor para ti-

-Tienes razón- dijo ella teniendo que bajar la cabeza por rememorarle aquella frase su fallido compromiso

-Te quedaste en blanco durante unos instantes- dijo él encontrando su repentina turbación interesante sentado desde el sofá enfrente a la mesita de sala en la cual se encontraba apoyada de espaldas ella, consultándole así para conocer la causa -¿En qué piensas?-

Candy también le había conversado desde un principio sobre su ruptura con Anthony y su nuevo noviazgo con Terry, de tal modo que no se le hizo tan complicado volver a tocar el tema.

-En Anthony y yo…- respondió en voz baja todavía sin poder mirarlo de frente, más él quiso proseguir inquiriendo para ayudarla a liberarse del todo de ese molesto pesar que llevaba dentro y que de tanto en tanto le afloraba sin que lo pudiese contener.

-¿Lo extrañas mucho?- necesitó conocer

-Un día llegué a pensar que era mi Tierra y que yo era como su luna, que no tendría qué orbitar y terminaría perdiéndome en la oscura nada sin tenerlo conmigo, más ahora entiendo que es mejor que nuestros caminos estén separados… porque yo no puedo indudablemente mantenerme cerca de él sin hacerle daño- había veces como aquella en que de verdad creía en las palabras que Eliza le insinuara un día y comentara sobre ella, que con su mala suerte desgraciaba y desgraciaría a quien amara. Aunque no se suscitaba el efecto enseguida se ratificaba con el tiempo, tal como ocurriera con su primer amor al empezar a llenarse de problemas y esperaba que no le sucediese a Terry. Era un disparate de tan sólo pensarlo pero conllevaba un tinte misterioso que le hacía tenerlo en cuenta así no se lo dijese a nadie.

-¿Y tienes noticias de él?- consultó aparte Albert

-Únicamente las que me cuentan los chicos. Me dijeron que en una de sus últimas cartas anunciaba su regreso a Estados Unidos. Sólo espero que pueda arribar sin ninguna dificultad- suspirando y mirando al techo Candy expresó

-A lo mejor él al regresar quiere verte, ¿se lo impedirías?- Albert le consultó para finalizar el tema y ella creyó que tanta curiosidad se debía a que después de todo era amigo de Terry y no quería que sufriese una infidelidad, pero ella se abstuvo de comentar por no tener con franqueza la menor idea de lo que haría de volver a tenerlo a Anthony cara a cara.

-Eso no sucederá. Lo sé… así que no me complico imaginándolo, lo que es mejor tal como me dijiste- expuso ella tajante prefiriendo levantarse para mirar de nuevo las habitaciones de aquella residencia que era la que más le convenciera de la decena en que anduvieran… aunque eso no fuera lo que ansiase en realidad.


-¿Y entonces dónde te estás quedando?- Candy le preguntó a mientras él la acompañaba de regreso a su domicilio en el hospital

-Por lo pronto en un hotel de la parte noroeste de la ciudad pero mañana temprano parto cerca de las montañas, donde tengo a mi familia- Albert le compartió. Candy enseguida sintió nostalgia por la época en que le conociera en los límites de Lakewood.

-Prométeme por favor que me visitarás- le pidió

-Pero por supuesto- acordó él –Estaré atendiendo unos negocios familiares pero eso no impedirá mi tiempo para verte. Recuerda que si necesitas de mi ayuda puedes escribirme a mi antiguo buzón y enseguida vendré. Lo bueno es que estaremos tan solo a pocos kilómetros-

-Sí, es lo mejor, ah y recuerda tu promesa- Candy le recalcó en cuanto llegaron a la esquina donde acordaron que se separarían para que sus compañeras que estaban de guardias no la vieran a esa hora de la noche regresar acompañada de un hombre o empezarían a interrogarla y encima a molestarla. Él con la mano en alto como si hiciera un juramento, la ratificó.

-Verás que te tomo la palabra. En mi próximo viaje al continente negro te llevaré conmigo-

Ambos sonrieron y luego se abrazaron amistosamente a forma de despedida, sin tener la menor idea de que eran el centro de atención en esos momentos de otro joven que se encontraba algo taciturno transitando por el sector.

Mientras caminaba despacio con las manos en los bolsillos por la misma calle pero en dirección opuesta, les vio separarse sin poder evitar ansiar durante unos segundos estar en los zapatos del tipo rubio de cabello largo que luego cruzó con rapidez el parque y tomó el tranvía en la otra cuadra, por tener una relación ya fuera amorosa o de amistad así de bonita con una chica así, que se percibía de lejos que era alegre, espontánea y muy bella… y que le recordaba tanto a otra que no podía arrancarse de la cabeza ni del corazón así llevará mucho tiempo sin verla, y por quien estaba rondando por ese sector a esas horas, al no haber conseguido la convicción suficiente para acercarse a preguntar por ella donde trabajaba más temprano, por no querer importunarla ni volver a salir herido al revivir esperanzas de algo que no podía volver a ser… Aquella chica que entonces venía en sentido contrario se la recordaba en su silueta tanto.

Moviendo la cabeza para desechar ideas locas, bajó la mirada en cuanto se acercó y pasó por su lado, más ni bien transcurrieran unos segundos y el céfiro veraniego soplara encima de sus cabezas alborotando el ambiente y en especial las copas de los árboles, percibió el aroma de un perfume que le desenterró al instante cientos de recuerdos.

"El mismo perfume de ella" se dijo asombrado, volteándose de inmediato hacia la chica que para entonces ya alcanzaba el portón del hospital y le abrían para que pudiera entrar. Él permaneció estático dándose la oportunidad así para observarla bien. Era rubia y llevaba el cabello recogido en una sola coleta… a diferencia del clásico peinado que solía hacerse ella. Más a la luz de la luna pudo contemplar el perfil de su carita en forma de corazón y entonces para su total impresión lo reconoció… era el mismo que había delineado con sus dedos tantas veces. Era ella, su Candy, a quien buscaba, pero que había esperado encontrar con su blanco uniforme de Enfermera como tanto la había imaginado desde que le contaran sus primos a que se dedicaba y no en ropa de calle volviendo de pasear con un acompañante, que quien sabía quién era. A lo mejor ya no estaba con Terry se dijo despertando su júbilo, haciéndole dar ganas de averiguarlo porque le devolvía las ganas de luchar por ella.

Tuvo que respirar hondo para conseguir calmar en algo sus latidos que parecían retumbarle en los oídos como el batir de un tambor que hubiera llevado dentro sin percatarse siempre y despacio para comprobar que no lo estuvieran traicionando sus ojos necesitó acercarse a la cerca para intentar observarla mejor mientras ella se alejaba por el sendero pavimentado del jardín para subir después por una angosta escalera exterior que daba a lo largos balcones.

Candy ajena al escrutinio del misterioso transeúnte, siguió la rutina habitual que hacía cada vez que volvía de sus días libres, en que en lugar de ingresar al edificio hospitalario por la puerta principal, tomaba como atajo la ruta de la estrecha escalera que conducía al primer piso, y donde entonces se encontró a Flamy, la más estricta de sus compañeras tanto de estudios como de pasantías, a quien en esa ocasión le había tocado de guardia.

-Buenas noches Flamy- le saludó al verla tomando un descanso arrimada a la baranda del balcón.

-Qué hay, ¿Tuviste una buena tarde?- le preguntó la joven pelinegra más por cortesía que porque en realidad lo quisiera

-Sí, muchas gracias- le respondió Candy conociéndola de igual manera, más en ese momento sucedió lo que no esperaba

-Y parece por lo visto que aún no termina- le escuchó pronunciar con interés a sus espaldas teniendo que voltearse extrañada a verla, sólo que antes de que pudiera consultarle el significado de lo dicho, Flamy le señaló hacia una parte de la cerca próxima al portón de entrada para que ella misma constatara a qué se refería – ¿Quién es ese caballero allá abajo al que parece que le has dejado impresionado? Uhm, desde aquí se nota que no está nada mal- comentó con un dejo de deshielo en su carácter por lo general temperamental. Algo que de por sí era asombroso y le hizo prestar a Candy mayor atención en el asunto.

Creyó en un principio que podía tratarse de Albert que quizá había olvidado decirle algo pero entonces miró hacia el sitio indicado y vio al hombre en mención. Se trataba de un joven vestido de pantalón café y pullover verde, con una boina estilo inglés a juego del mismo color. Reparó en que había pasado junto a él pensando en sus cosas sin tomarlo siquiera en cuenta hacía un rato y ahora él se encontraba allí observándola detenidamente a pesar de la distancia que separaba el edificio del inicio del jardín, como si la conociera. De repente una corazonada le invadió, un dejavú, un sentimiento de que ese momento ya lo había vivido… ¿Podía ser posible que fuera…? No se permitió siquiera concluir la idea y avanzó hacia el centro del balcón, para poder ubicarse mejor frente a él aún a pesar de los varios metros y la altura que les separaba en pro de descubrir quién era. De lejos se le parecía un poco a Albert aunque llevaba el cabello corto, lo que terminó de convencerle que ya debía estarse volviendo loca, más reconoció en eso la clara tonalidad también de su cabeza gracias a los rayos de luna al tiempo que sus miradas se mantenían por unos segundos conectadas como mediante un lazo. Fue de tal forma como obtuvo de pronto la respuesta sin ya quedarle dudas, provocando que casi se le detuviera el corazón… hasta que él rompió el contacto visual para emprender despacio la retirada.

"No puede ser él… no puede ser él" no dejaba de repetirse Candy en su interior, a punto de ser alcanzada por un montón de emociones. Desde lejos no alcanzó a leer el sentimiento en su mirar pero le pareció que asemejaba a la tristeza o resignación previo a marcharse.

Era un suceso demasiado peculiar, nunca le había ocurrido algo así con un extraño, por lo que después de transcurrido el asombro sin dar más vueltas, decidió que debía bajar a averiguar quién era o no podría dormir tranquila. Pasó corriendo al lado de Flamy, quien a esas alturas la estaba observando como si la creyese de verdad un poco demente, sin ya importarle que después la regañara como a menudo al considerar que no eran apropiados para su cargo ese tipo de comportamientos inmaduros, y con premura descendió de nuevo las escaleras para lanzarse de inmediato los jardines. Aún a sabiendas de que el caminante a esas alturas ya se había ido.

En cuestión de cinco minutos estuvo de regreso donde el portero, a quien entonces no dudó en bombardear con preguntas referentes al extraño sujeto que contemplase de lejos, sabiendo que él también debía haberlo visto.

-Por favor Sr. Vincent, dígame como era- le solicitó suplicante

-¡Oh ese muchacho!, tenía cabello rubio y ojos claros– contestó el portero quien era un señor ya mayorcito -Yo creí que era su amigo, ya que se acercó ni bien usted ingresara y permaneció allí junto a la cerca pendiente de sus pasos hasta comprobar que entrara al edificio- Candy al escuchar la descripción tuvo que apoyarse unos segundos en la puerta de fierro para evitar desvanecerse. Era él. Anthony. Ahora estaba al cien por ciento segura. Algo dentro de su corazón se lo decía. Habían estado cerca y no se habían hablado, él debía haber ido a buscarla más no se había atrevido a ingresar según le contara también el Sr. Vincent por ya no sentirse seguro de ella. Debía estar todavía enojado por su comportamiento, porque no resultó ser tan fuerte como él lo esperaba frente a una tentación que dejó que creciera hasta derivar en traición. Quizá le guardaba un cariño inmenso al igual que ella en reciprocidad, pero no por eso podía perdonarla.

- ¿Señorita Candice está usted bien? - preguntó el señor Vincent preocupado al ver su repentina palidez y que además tenía los ojos acuosos.

-Sí, sólo me encuentro un poco cansada, pero nada que un largo sueño no pueda reparar- ella mintió y luego de agradecerle su colaboración, se despidió para regresar a su dormitorio abrazándose a sí misma, en tanto sentía que se le había bajado la presión.


Habían pasado tres días desde el acontecimiento nocturno que a Candy le dejara por completo su mundo vuelto de cabezas y debido al cual no podía concentrarse lo suficiente en clases, tanto que los profesores le regañaban por sus distracciones, además de andar con el corazón acelerado durante casi todo el tiempo. Más en ese corto lapso no todo había resultado mal y curiosamente como regalo de la fortuna se habían suscitado otras cosas en beneficio de sus seres queridos que habían conseguido devolverle por mucho la alegría y que servían para hacerle pensar en lo especial que era la vida después de todo.

Una de ellas era la legalización de una ayuda mensual por parte del Clan Ardley al Hogar de Pony, por lo que sus madres emocionadas le habían escrito de inmediato agradeciéndole al creerla responsable de la gestión, en tanto ella había hecho igual con el abuelo Williams en cambio, por su infinita generosidad, creyendo que aquello se concretara debido a que continuara escribiéndole de manera esporádica, agradecida con él siempre, desde su regreso a América.

Otro suceso que le sorprendiera era la nueva contratación de Dorothy al servicio de la familia en Lakewood y esta vez ella atribuía el favor a Annie por medio de Archie; a quien en corto le había conversado de su situación debido al ejemplo que su nana y amiga significaba para ella.

"Candy si supieses lo feliz que estoy y sé que todo te lo debo a ti, así lo niegues…" en su carta contándole la buena nueva Dorothy le decía. "No me va a alcanzar la vida para agradecerte mi gran amiga. Por ello quiero que siempre tengas presente que cuentas conmigo para lo que sea" El mensaje era muy emotivo a totalidad, no obstante lo que más le llamaba la atención de todo el escrito era la frase previa a la despedida, donde la castaña redactara unas palabras que no terminaba de comprender "Esta vida es mágica a pesar de los inconvenientes (¿recuerdas todo lo que hablábamos?), créelo de verdad. Hay cosas que todavía no te puedo contar pero quiero que sepas que tienes un arcángel de tu lado que te cuida…"

Intentaba descifrar aquel acertijo concluyendo por lo pronto en que quizá esa era su forma de expresarle sus mejores deseos, cuando en la mañana durante el desayuno en el comedor al abrir el periódico en la sección de farándula y entretenimiento, se encontró de cara a una gran foto de Terry junto a una nota de media página que alababa el estreno de "Hamlet" en Broadway con su compañía teatral, pero en especial a él, por quien ya los críticos apostaban un gran futuro, considerando que era una nueva superestrella emergente. Aquello terminó de colmarla de felicidad, tanto que juntó las manos sobre la mesa sin interesarle ya quien la viera, orando para que todo le saliera bien de allí en adelante, porque era un buen hombre, un luchador y lo merecía.

Todas aquellas buenas noticias volvieron a subirle el ánimo aún a sabiendas de que sería una semana difícil porque según les informaran a todo el personal médico, cada día estaban ya arribando barcos a los puertos del país con los primeros soldados heridos en la guerra, quienes luego eran enviados a los hospitales de sus respectivas ciudades, por lo que debían prepararse.

Ante sus ojos, haciéndola sentir eso también egoísta por su bienestar y retornándole los pies a la tierra, Candy veía con pesar como las pobres víctimas de aquel conflicto cada vez aumentaban en cifra en su llegada al centro de salud y era aún más aterrador recordar que era sólo el principio. Sin sospechar que respecto al tema la vida le tenía reservada una sorpresa para esa misma mañana, de la que se enteró al salir al pasillo principal rumbo a la Estación de Enfermería, lista para empezar a cumplir su labor diaria.

-¡Candy, por fin apareces!- Una de las chicas que había estado de turno alarmada se le acercó

-Por qué… qué pasa- con cierto temor de conocer lo que se iba a enterar, Candy profirió. Otra de sus compañeras entonces terminó por transmitirle la información

-Hay entre los pacientes recién ingresados un chico que dice conocerte. Es más, según el Doctor O'Connell que fue quien lo atendió, lo único que hacer es llamarte a ti-

-¿Qué?- Candy preguntó creyendo en un principio que le estaban gastando una broma

-Es en serio- agregó la primera al ver su cara de incredulidad –Está en la habitación post cirugía, en la cama nueve- le indicó. Candy no esperó siquiera a qué le dijeran más datos o su estado, ni la descripción de cómo era. Imaginando en su apuro que podía tratarse de Albert o Anthony, quienes podrían haber sufrido un accidente mientras se movilizaban a sus lugares de destino, apresuró el paso, más en cuanto llegó al umbral de la habitación cayó en cuenta que ésta yacía colmada casi a totalidad por soldados que resultaran heridos.

El Dr. O'Connell le llamó al verla, excusándola de que se encontrara allí estando él ya asistido por otra enfermera, una de las diplomadas. Le señaló entonces hacia la última cama que se encontraba con la cortina corrida, señal de que el paciente que se hallaba ocupándola estaba descansando, otorgándole permiso así para que se acercara a verlo un momento.

Candy caminó hacia allí un tanto estupefacta como sintiéndose dentro de un sueño, sobrecogida de pensar siquiera en el cuadro que se podía encontrar y de cara a quien se encontraría. Más al llegar intentando controlar sus nervios y sus manos temblorosas, se armó de valor y retiró despacio la cortina… Entonces exhaló un suspiro de profundo alivio al tiempo que debía llevarse la mano a la boca de la impresión con los ojos a su vez cargados de lágrimas de felicidad.

Frente a ella no estaba otro que aquel chico travieso que los había tenido preocupados a morir a todos en su cercano círculo de personas amadas durante los últimos meses.

Se encontraba en esos momentos dormido debido a los analgésicos suministrados por vía intravenosa, después de haber sido intervenido quirúrgicamente una segunda vez para tratarle una herida de bala que le atravesara el hombro derecho, yacía recuperándose además de un par de costillas rotas según lo que leyera en el historial que tomó del extremo de la cama a sus pies.

Candy lo observó unos instantes con detenimiento, su estado físico aparte de demasiado delgado era pesaroso y tenía además magulladuras en la cara, pero estaba vivo que era lo principal y según el diagnóstico se recuperaría. Agradeció al cielo profundamente por ello y estiró su mano así para acariciarle con ternura una de las mejillas, notando que aunque no contaba en ese rato con sus característicos anteojos su semblante no dejaba de denotar una gran inteligencia.

-Stear…- le susurró con sumo cariño para ver si la oía entre sueños, para dejarle saber que ella estaría allí para cuidarlo.


Continuará…

¡Mil gracias por leer!