CAPITULO 43

Jasper, molesto al ver a Alice hablando con Patrick, no les quitaba la vista de encima. Le encantaría ser él quien la hiciera sonreír de aquella forma, pero ella no le perdonaba su tonto error.

Entrada la noche, Jasper se percató de que ni Edward ni Bella andaban por el campamento y, acercándose a Patrick y Alice les preguntó:

—¿Sabéis dónde están Edward y Bella?

—No —respondió Patrick.

Alice fue a decir algo, cuando de pronto oyeron que Emmett los llamaba. Al acercarse, vieron horrorizados que varios highlanders traían a Edward malherido.

—Dios santo —murmuró Jasper, al ver la sangre.

Todos se miraron incrédulos y Patrick, que fue corriendo hacia él, les ordenó ponerlo sobre una manta y, mirando a Jasper, dijo:

—Ayudadme a quitarle la camisa.

Con cuidado, lo hicieron entre todos y, al quitársela, el brazalete de Bella cayó al suelo. Alice, al verlo, lo cogió y, mientras los hombres hablaban e intentaba entender lo ocurrido, miró a Jasper y preguntó:

—¿Y Bella?

Billy Black y sus hijos se acercaron alertados por la algarabía, y al ver a Edward de aquella manera, Jacob inquirió:

—¿Dónde está Bella?

—No lo sabemos —respondió Emmett preocupado.

La tensión subía por momentos. Todo el mundo especulaba y Alice, al escuchar ciertas cosas, gritó con dureza:

—¡No ha sido Bella quien lo ha herido!

—Claro que no —la apoyó Jasper.

—Por supuesto que no —afirmó Billy, aún con la espada en la mano.

Jasper, una vez tranquilizó a los guerreros Cullen, les ordenó buscar a Bella por los alrededores, luego se acercó a Alice y con voz dulce murmuró:

—Tranquila, la encontraremos.

Patrick, tras poner una cataplasma de hierbas bajo la nariz de Edward, consiguió que éste reaccionase y, después de beber un vaso de agua, musitó:

—Jasper, Bella…

—¿Qué ha ocurrido?

Incorporándose a pesar del terrible dolor de la herida, explicó:

—Unos hombres nos han atacado cuando estábamos en el bosque… A Bella se la han llevado.

Billy suspiró aliviado y, mirando a algunos highlanders, dijo:

—Sabía que mi muchacha no te había hecho eso.

—Por supuesto que no lo hizo —replicó Edward—. Me ha salvado la vida inventándose una locura de que les diría dónde están las joyas de su madre en Edimburgo.

Al oír eso, Billy lo miró y contó:

—Años atrás, para sobrevivir, el padre de Bella me hizo llevar a un prestamista de Edimburgo las joyas de su mujer. Siempre dijo que regresaría a buscarlas algún día. Pero… bueno… nunca fue posible.

Desesperado, Edward intentó moverse. El dolor era agudo e insoportable, pero más terrible era el dolor que sentía en el corazón.

—¿Sabes quiénes eran esos hombres? —le preguntó Jasper.

—Enviados de Riley Steward —contestó él furioso.

Alice, al recordar aquel nombre, se tapó la boca y Edward, que consiguió levantarse, resolvió:

—Debemos partir inmediatamente para buscarla.

Jasper, preocupado, susurró con voz suave: —Edward, no estás en condiciones.

Él miró a su amigo y afirmó: —Iré a buscarla al mismísimo infierno.

Emmett, acercándose a él dijo: —Descansa. Te prometo que la traeremos.

Estirándose con el semblante arrugado por el dolor, Edward Cullen bramó:

—He dicho que iré a por mi mujer y mataré a esos hombres.

Alice, que hasta el momento había permanecido callada, al ver su determinación, se acercó a él y, entregándole el brazalete de la piedra verde de Bella, susurró:

—Traedla de vuelta, mi señor.

Edward asintió, se llevó el brazalete a los labios, lo besó y, mirando a Jasper, ordenó:

—Trae mi caballo.

Instantes después, tras montar pasando un auténtico calvario, todos espolearon sus caballos y salieron al galope, mientras Edward sólo pensaba en su mujer y en encontrarla sana y salva.