Capítulo 52: ¡Al ataque!
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Merlina se adelantó, retomando el rumbo, con un grupo de no más de diez personas. Estos caminaban tras ella, preparados para el ataque. Llevaban las varitas en alto y sus caras estaban crispadas en una mezcla de concentración, alerta y valentía.
Habiendo logrado hacer un patronus decente y poderoso, se sentía capaz de alcanzar cualquier cosa, de lograr cualquier hechizo, encantamiento y maleficio, incluso los que no había practicado jamás y los que no conocía. Su cuerpo estaba embargado de energía y osadía.
Antes de acercarse mucho, se giró hasta la multitud y habló, con voz clara aunque temblorosa, pero sin gritar.
―¿Alguien sabe desilusionar?
Una mujer, mucho más joven que ella, levantó la mano.
―Perfecto ―dijo Merlina, aliviada ―, debemos tomar medidas de seguridad. A pesar de que la mayoría está en el bosque, pueden que ronden algunos por los terrenos.
Junto a la muchacha, lograron camuflar a todos. Merlina, que por culpa de los dementores había dejado de ser invisible, realizó nuevamente el encantamiento.
Se sintió importante: estaba actuando como una líder. Si bien como celadora tuvo que haberlo sido, fueron contadas las veces que los estudiantes le hicieron caso. Tenía que aprovechar su momento de mandato.
Luego de eso, avanzaron hasta donde estaban los cerdos alados, a cada lado de las rejas, que habían sido aplastadas por los pies de los gigantes. Se amontonaron en una esquina y, sin ponerse a pensar en nada más, cruzaron la línea.
Tardaron en reconocer que, lo que había empezado a sonar cuando entraron a los terrenos, era una alarma. Habían activado una alarma.
―¡Corran! ―Dijo Merlina por lo bajo, súbitamente urgida y perdiendo un grado de confianza.
Y todos la siguieron hasta donde iba ella: al lago. No sabía si pensaba sumergirse o, luego del lago, ir a la cabaña de Hagrid o a la orilla del bosque Prohibido. Algo tenía que hacer. Se puso nerviosa.
Sin embargo, no cambiaba en nada la situación, porque no había lugar para ocultarse. Cuando pasaron cerca de la orilla, el agua se agitó. Y no era el calamar gigante la causa.
―La guerra ha de comenzar. Ustedes lo han decidido por no entregarme a Potter. En segundos se verán invadidos por mis Mortífagos ―habló la voz de Voldemort, emergiendo de todas partes con un tono aterrador, gélido y filoso. Les congeló la médula a todos durante unos segundos.
Al minuto, se oyeron gritos y divisaron a gente descendiendo las escaleras de entrada al castillo, comenzando a lanzar maldiciones. Del otro lado, desde el bosque, empezaron a salir los enmascarados, dispuestos a torturar y a matar a todo enemigo que se le cruzara por el camino, criatura o mago.
―Bueno ―masculló Merlina, viendo la situación con las manos temblándole ―. A esto hemos venido.
Los diez magos y brujas, once con ella, corrieron hacia donde se desarrollaba la batalla. Tal vez, Craig estuviera allí, esperándola para que se enfrentaran, por fin.
Todo era tan real, que llegaba un punto que sobrepasaba el umbral de la verdad y se convertía en irrealidad. La imagen era borrosa, poco nítida; demasiados cambios de colores durante poco tiempo. Hechizos, maldiciones y encantamientos iban y venían, conformando brillantes explosiones de colores a ras de suelo y en el cielo, similares a los fuegos artificiales. Vio a una joven de cabello rosado, peleando como nunca había visto pelear a una mujer; la reconoció como Tonks. A su alrededor, había varias personas más. Merlina supo que esa era la famosa Orden del Fénix, a la que asistía Severus y a la que ella había tratado de pertenecer en algún momento. No lo había logrado, sin embargo, ahí estaba, como cualquiera de ellos, uniéndose a la lucha.
Merlina había perdido de vista a los magos y brujas, quienes habían ido con ella hasta el castillo, todo estaba mezclado, confuso. No siempre podía guiarse por "los encapuchados son Mortífagos" o "todos los enmascarados son los enemigos". No todos tenían máscaras y, eso lo comprobó, cuando un Mortífago desenmascarado le lanzó una maldición sin miramientos. ¿Acaso de verdad tenía cara de sangre sucia?
―¡Protego! ―Gritó a tiempo, antes que el maleficio le tocara.
―Sabes defenderte, ¿no, niñita? ¿No eras tú la impura que habían metido a la cárcel por andar jugando con fuego? ―Dijo con sorna. Ahí estaba la respuesta: se había olvidado que por unos meses su cara se había hecho famosa por ese accidente ―¿Cómo es que estás viva aún?
―Bueno, comparto esa misma pregunta contigo ―contestó Merlina, desafiante ―. Sólo he tenido suerte. Más suerte de la que tienes tú. ¡Hipoxia! ―gritó al último, haciendo que el mago comenzara a ahogarse. Se llevó las manos a la garganta, intentando respirar.
En un rato quedó inconsciente, tirado en el suelo, siendo pisado por los demás.
Ojalá que te trituren los huesos, imbécil.
Merlina se lanzó a la lucha otra vez. Parecía ser dueña de una fuerza interna desconocida, perfeccionándola en su agilidad de una forma inesperada.
Se puso a ayudar a un joven muchacho que se las estaba viendo algo difícil con uno Mortífago obeso, desenmascarado, de aspecto feroz. Entre los dos lo aturdieron de tal modo, que lo dejaron sangrando de la nariz copiosamente, porque le habían arrancado un pedazo de ella.
Por supuesto que nada iba a ir eternamente bien. En algún momento, fue alcanzada por un encantamiento que le hizo salir volando por los aires. Cayó en el pasto, en seco. No perdió el conocimiento, pero sí permaneció aturdida en la periferia del lugar de batalla.
Tuvo que esperar un rato a que se le pasara el mareo antes de levantarse. Se había dado en la cabeza. También se había esguinzado la muñeca derecha, con la que afirmaba la varita. Le dolía un montón.
―Hey ―susurró alguien, de pronto a sus espaldas, pero muy a lo lejos y amortiguada ―, parece que ella no es de los nuestros.
Merlina se apresuró en ponerse de pie, supo que la iban a atacar. De reojo miró hacia donde estaban los magos, quienes se ubicaban a poco más de tres metros. Sólo se estaban dedicando a mirar la guerra, como si estuvieran seguros que se llevarían la victoria.
Un rayo amarillo pasó por su lado, alumbrando todo el lugar.
No están muy lejos de la verdad, pensó Merlina con pesimismo, caminando lejos de donde estaban. Sin embargo, antes de alejarse demasiado, alcanzó a oír:
―¿Le viste la cara?
―No, ¿Por qué?
―Creo que era esa impura que había aparecido en el periódico ―Merlina aumentó la velocidad de la marcha ―. Se rumorea que es la novia de Snape también. Deberíamos atacarla, ¿no crees? Así la tenemos como rehén…
―Sí, vamos. Parece que nos oyó… ¡está huyendo!
Merlina se puso a correr y pasó por entre la gente, saltando cuerpos caídos ―no se atrevió a comprobar si estaban vivos o muertos, si eran enemigos o aliados ―, esquivando maleficios y lanzando encantamientos a cada Mortífago que veía. Pudo divisar a la profesora McGonagall peleando con dos Mortífagos a la vez; poco más allá estaba Dumbledore junto al conocido Auror Ojoloco Moody. Por otro lado, del castillo no paraban de salir tropas y tropas de armaduras, bustos y estatuas de distintos personajes, que habían cobrado vida para unirse a la lucha. Peeves volaba por encima de las cabezas, tiraba piedras, bombas de agua, bombas fétidas, excrementos de algo desconocido y les apretaba las narices a los enemigos, hasta sacarles lágrimas y hacerlos estornudar; se permitió incluso patearles el trasero e intentar clavar ramas de árbol en todos los agujeros alcanzables. Reía despiadadamente mientras luchaba a su manera contra el enemigo.
Cada uno estaba tan pendiente de defenderse, que no prestaron atención a los Mortífagos que gritaban "¡Que no escape!", corriendo tras Merlina.
Le dolió el costado de tanto correr y tuvo que parar durante un par de segundos, segundos que fueron cruciales. Le hicieron el encantamiento zancadilla, y volvió a verse de cara al pasto.
―Ajá, tú te vas con nosotros. No sabes lo útil que serás…
Uno de los Mortífagos la agarró de la otra muñeca y la jaló con fuerza para levantarla. Le sonó un hueso de manera extraña. Merlina trató de zafarse y ocultar su varita en el bolsillo del pantalón.
―Suéltenme… Suéltenme ―Insistió con dientes apretados, sacudiéndose como si le estuviera dando la corriente.
―Ésta sí que se resiste, mejor la inmovilizamos ―comentó el Mortífago que la sostenía.
Súbitamente Merlina fue liberada de los enormes brazos del hombre. Absurdamente creyó que había sido obra de ella ―del fuego que tenía en ella, tal vez ―, pero segundos más tarde, comprendió que alguien la había rescatado.
―¡Vaya! ―Exclamó el mago que había estado a punto de inmovilizarla, (el otro estaba tirado en el suelo, aparentemente dormido); era calvo y de barba negra ― Hablando del rey de Roma.
Era Severus. Estaba encapuchado, pero su andar y su fisonomía era tan conocida, que se hacía inconfundible. Merlina sonrió como una boba al identificar a su salvador. De pronto, se había olvidado de todo lo sucedido y el corazón le comenzó a latir de una manera extraña, como cuando la había rescatado aquella vez de los golpes del Sauce Boxeador, hacía mucho tiempo ya. Se sintió como una estúpida enamorada.
―Ten cuidado, Selwyn ―farfulló Severus extendiendo la varita hacia él ―, podrías salir gravemente herido si no te cuidas las espaldas. Sobre todo si te metes con mi esposa ―su voz sonó afilada y fría como el hielo.
Ay, dijo "mi esposa", pensó Merlina, emocionada. Estuvo a punto de hacer aparecer pompones para colocarse a hacer porras.
De nada valió la amenaza del profesor de Pociones.
―Terminemos esto de inmediato ―desafió el Mortífago, siendo más rápido que Severus en actuar ― ¡Crucio!
El hombre cayó al suelo y se comenzó a retorcer, gritando de dolor.
La furia recorrió el cuerpo de Merlina como el veneno más potente, borrando su cara de boba y sacándola de su ensueño de adolescente. Un rugido feroz se escapó de su boca antes de hablar.
―¡Tú no tocas a Severus Snape! ― Chilló fuera de sí, cambiándose la varita a la mano mala e impulsándose para golpear al mago con un puñetazo.
Le voló varias muelas de la mejilla izquierda, enviando al individuo directo al suelo, atontándolo. El pasto comenzó a teñirse de rojo por la sangre que borboteaba de la boca.
―¡No te vuelvas a acercar! ―Vociferó señalándolo con la varita, ignorando el terrible dolor que tenía en los nudillos y la sangre que comenzaba a borbotear de ellos. Sentía como si se hubiese triturado la mano diestra contra una roca. No creía tener tanta fuerza ― No le toques un pelo, porque te arrepentirás, maldito puerco cobarde… ―Suspiró, agitada. Respiró profundo para calmarse. Lo inmovilizó antes de acercarse a Severus, quien, dolorido, trataba reincorporarse.
―Severus ―masculló Merlina poniéndole la mano buena sobre el hombro, sin soltar la varita. La otra mano la tenía resentida incluso como para levantarla; casi se arrepentía de no haber golpeado con la otra mano, pero había sido la inspiración del momento ―¿Estás bien?
Severus resolló y asintió con la cabeza, enderezándose.
―Eso dolió, no lo puedo negar ―gruñó con malas pulgas. Pero, de súbito reaccionó, como si no hubiese creído totalmente que Merlina le había hecho esa pregunta. Se suponía que ella no "quería nada más con él" por el momento.
Antes que ella contestara, se oyó un grito desgarrador, lo que les obligó a unirse a la lucha otra vez. A Merlina se le hizo un poco difícil combatir con la mano izquierda. No tenía ni un poco de la habilidad de zurdo.
Severus derribó al mago que estaba peleando con ella, a pocos segundos de haberse integrado al escenario; por lo visto, ya se había deshecho del otro mago.
Merlina se giró hacia él y quiso aprovechar el momento. Tal vez, fuera la única posibilidad que tuvieran para hablar. La pugna no apaciguaba y gritos iban y venían: en conclusión, no era el mejor lugar para charlar. No obstante, debía hacerlo antes que fuera demasiado tarde.
―Lo siento mucho ―dijo en voz alta para que la escuchara, con mirada triste ―. Fue una real estupidez lo que hice, Severus. Aunque aún tengo ganas de machacarte la cabeza contra una piedra y despotricar contra ti por lo que me hiciste, quiero decirte que no importa, no importa ya nada y que… me perdones por haberte dejado botado yo a ti.
La frente de Severus se llenó de arrugas.
―No sé si pueda…
Merlina arqueó las cejas, asustada.
―¿Qué? ¿Acaso no me vas a disculpar, cuando yo ya lo he hecho contigo?
―No me dejaste terminar ―declaró Severus, haciendo una mueca.
―¿Ah, no? Tus malditas caras lo dicen todo, Severus Snape ―le espetó Merlina, enojada.
― "No sé si pueda no perdonarte", eso era lo que te iba a decir. Aunque no tengo que perdonarte nada, la verdad. Lo reconozco, reconozco que he sido un maldito egoísta, reconozco que te coarté de muchas maneras, y te juro, te juro que jamás volverá a suceder. Me arrepiento tanto, no sabes lo que me carcome la consciencia… Ya te lo he dicho todo…
Merlina se aburrió de explicaciones y ya había acortado los centímetros para besarlo.
Fue un beso diferente a los demás: sus cuerpos estaban separados, como dos adolescentes experimentando su primera experiencia.
La magia acabó luego, y era de esperarse. Justo a tiempo, Severus abrió los ojos y vio que tras Merlina se acercaba un mago, directo a ellos para atacarlos.
―¡Sectusempra!
―¡Merlina, cuidado! ―Gritó Severus tras separarse de sus labios.
Merlina no alcanzó a reaccionar, así que él tuvo que empujarla.
El hechizo pasó rozando por encima de la cabeza de Merlina durante la caída al suelo, cortándole algunos cabellos. Severus, por otro lado, no tuvo tanta suerte. El encantamiento arrasó con parte del deltoides izquierdo, dejándole el brazo desproporcionado y con una gran hemorragia.
Severus pudo a derribar al Mortífago antes de que Merlina se volviera a lanzar como una pantera a su presa.
―No te preocupes ―jadeó Severus colocándose una mano en el brazo ―. Sé como curar esto. Sigue peleando.
Merlina observó a Severus preocupada, con angustia. Asintió con esfuerzo y corrió en sentido contrario, rogando por la seguridad de su esposo.
La mano derecha la tenía inflamada y no podía siquiera sostener la varita. Debió haber, sencillamente, amordazado de inmediato al Mortífago y luego haberlo golpeado.
De pronto chocó de lleno con alguien, golpeándose en la barbilla con la frente de la persona, que resultó ser una mujer.
―¡Demonios! ―Gritaron al unísono, atontadas por el dolor. Viendo borroso, se miraron cada una, colocándose en guardia para atacar.
―¡Ginny! ―Exclamó Merlina bajando la varita ―¿Qué haces aquí?
―¿Qué crees tú? No vine a reírme del sufrimiento ajeno, si es lo que piensas.
―¿Y lo saben tus padres? ―Inquirió ella preocupada.
Ginny se encogió de hombros, al momento que esquivaba un maleficio.
―No podía quedarme allí en casa. Están ellos luchando acá, y cuando me vean, querrán morirse… pero así son las cosas.
Merlina recordó la mano y le pidió a la pelirroja que se la reparara, estaba segura que ella era mucho más hábil con esos hechizos.
―No hay problema.
Ginny le dejó listas ambas manos en un periquete. Por supuesto, Madame Pomfrey hubiera hecho un mejor trabajo, porque la chiquilla no logró quitarle del todo el dolor de la mano golpeadora.
―Muchas, muchas gracias ―dijo. De todos modos, le había salvado de caer muerta por haber podido afirmar la varita.
Hubieran seguido conversando si no hubiese sido porque se hallaban en medio de una batalla. Tuvieron que agacharse antes que un haz de luz les alcanzara.
Se unieron a la lucha otra vez. Merlina estaba colocándose nerviosa. Se suponía que iba a enfrentarse con Craig, pero, allí en medio de esa situación, parecía increíble que tuviera que hacerlo. No se imaginaba algo peor que estar envuelta en esa pelea.
Perdió de vista a Ginny. Todos luchaban incansablemente, pero el número de personas había reducido a la mitad, en ambos bandos. Vio, no obstante, que gente comenzaba a llegar de las lejanías, aunque no estaba tan segura si eran buenos o malos. Del bosque también comenzaron a salir criaturas, unicornios, centauros y…
Se pasó una mano por la frente. Comenzó a transpirar y a sentirse mal cuando las vio acercarse a toda velocidad, chasqueando sus pinzas…
No supo si fue producto de lo mismo, pero el piso empezó a retumbar. Luego, comprendió que gigantes de más de cinco metros venían desde las montañas. Por otro lado, detrás del castillo, se asomó Hagrid con Grawp.
Merlina se quedó encerrada, y lo único que hizo fue correr hacia la cabaña de Hagrid, que parecía estar segura, a excepción por la gente que había llegado y que se había instalado allí para luchar. Sin embargo, prefería vérselas con siete Mortífagos, que con una veintena de arañas gigantes y peludas. Incluso, podía ser Craig quien estuviera allí, con ese grupo de gente. Aún así, lo prefería a él.
La gente se puso en guardia cuando la vieron acercarse a tanta velocidad.
―¡Esperen! ―Dijo alguien. Una voz particularmente conocida, que había oído durante años ― ¡Es mi prima!
Merlina reaccionó ante eso, y se detuvo. Miró a todos, buscando la fuente de voz. No tardó mucho en encontrarla, dado que era el personaje más bajo de ellos.
―¡Phil! ―Gritó lanzándose hacia él y estrechándolo en un abrazo que éste devolvió cariñosamente ―¿Qué haces aquí?
Su primo sonrió con tristeza en los ojos.
―¿Creerías que no haría nada a sabiendas que mi prima iba a estar aquí? ¿A sabiendas de que, si no detenemos esto, se extenderá el mal hacia otros lados? Pues, por eso estoy, no podía quedarme de brazos cruzados. Yo también quiero la paz mundial, Merlina, no sólo las modelos.
Merlina asintió con orgullo y no pidió más explicaciones. Tampoco había tiempo para ellas.
―Por las barbas de Merlín ―farfulló cuando vio que una de las arañas iba en dirección hacia ellos. Atinó a correr hacia el lago, que estaba a más de cinco metros de la casa de Hagrid, pero alcanzó a llegar justo a tiempo para sumergirse. Ni siquiera le importó congelarse con el agua helada. No era el momento para cobardías, pero no podía evitarlo.
Con temor asomó la cara. Tenía la piel de gallina.
―¡Merlina, la matamos! ―Avisó Phil haciéndole señas ― tranquila, puedes salir del agua ―trotó hacia ella.
Merlina, con la ropa pesada, avanzó a la orilla.
―No puedo evitarlo ―farfulló con la voz temblorosa, evitando mirar hacia donde estaba el cuerpo patas arriba de la acromántula ―. Estamos en medio de una guerra, y yo sigo temiendo a las arañas como un niño al monstruo del armario ―terminó en un hilo de voz.
―Bueno, al menos te tomas las cosas con humor ―dijo Phil tendiéndole una mano ―. ¡Eh! ¿Qué fue eso?
Merlina no lo había visto, pero sí lo había sentido. Algo le había rozado la pierna, milésimas antes que la sacara del agua. Pero, no fue solamente eso. Había sentido un súbito calor en las manos y en los pies, a pesar de que tenía frío.
Se soltó de la mano de Phil y retrocedió, mirando atentamente el lago que seguía haciendo ondas. Su primo la siguió.
―¿Qué es lo que sucede? ―Ahora era el turno de él estar asustado.
Los demás acompañantes de su primo ya se habían retirado a la incesante lucha.
―No lo sé ―respondió Merlina sacando su varita y señalando el agua. Phil la imitó.
De pronto, una grisácea y viscosa mano salió del agua.
―Phil, ¡vete! ―Gritó Merlina cuando sus manos se calentaron como tetera a mil grados Celsius. Supo de inmediato lo que iba a suceder; ya había ocurrido antes.
Su primo no dudó en hacerle caso, salió corriendo y justo a tiempo.
Cuando el brazo de la criatura fue seguido por una cabeza, y otros cuantos cuerpos más que también se comenzaban a asomar, una bola de fuego salió de las manos de Merlina y dieron con la cabaña de Hagrid, haciéndola explotar de inmediato.
―¡Oh, no!
Merlina se giró sobre sí misma, mirando a su alrededor, sin saber qué hacer.
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Había salido ileso de los ataques que había recibido. Intentó no inmiscuirse en la batalla ―no estaba muy interesado en ella, dado que el objetivo lo tenía claro ―, pero un hechizo destruyó la capa invisible en la que se había escondido, no teniendo más remedio que participar en la lucha. Eso era una pérdida de tiempo.
Había buscado a Lina por cada rincón de Hogwarts que conocía, y no pilló rastro de ella. Tal vez jamás la habían capturado. Tal vez estaba muerta…
En ese caso, no hubiera visto a Snape tan tranquilo.
Intentó pasar desapercibido por la periferia de la pelea, mirando las caras con atención, buscando alguna que se pareciera a la de Merlina.
De pronto, sin embargo, se dio cuenta que algo había activado la salida de los inferius. Él era la mente dominante de aquellos seres, y casi podía sentir cómo estaban saliendo del agua del lago.
Era una acción muy pronta; se suponía que debían utilizarlos cuando los Mortífagos participantes comenzaran a menguar en fuerza; esas, al menos, habían sido las órdenes de Lord Voldemort. La idea era cumplir: de todos modos, no era tan estúpido como para querer que ellos perdieran la guerra. Si la ganaban, entonces tendría muchas más garantías de vivir su vida en paz, bajo el régimen del Innombrable.
Quizá era una equivocación, una falsa alarma, pero prefería echar un vistazo y asegurarse que los cadáveres permanecieran en el agua hasta que él diera la orden.
Se sintió observado por alguien.
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Había logrado detener, con algo de esfuerzo, la hemorragia del brazo, pero no había conseguido hacer aparecer el trozo de carne que le faltaba. Pensando esperanzadamente, una vez terminada la guerra, Madame Pomfrey podría arreglarlo un poco.
Ya varios se habían dado cuenta de quién era, mientras luchaba, y había esquivado muchos rayos verdes de luz. Sus "ex compañeros" Mortífagos estaban dispuestos a matarlo. No lo consideraba una injusticia, pero era algo que quería ahorrarse. No le apetecía mucho morir.
Debía destacar que, a pesar de lo del brazo, se sentía mucho mejor: podía decirse que, con Merlina, las cosas habían vuelto a ser como antes. De hecho, mejoraron. No había sido la disculpa más conmovedora ni el beso más ardiente, pero eso no le importaba. Estaba en el centro de la batalla, y creía sentirse más feliz que nunca, como renovado.
De súbito, se distrajo. A unos metros más allá, cerca del Señor Weasley y uno de sus hijos que peleaban contra varios Mortífagos, pasó alguien encapuchado, caminando rápido y mirando a los combatientes, como si buscara algo.
Lo reconoció de inmediato. Era Clive Lamport, originalmente conocido como Craig Ledger, ex novio de Merlina. Le hirvió la sangre, no soportó pensar que él la había besado alguna vez. No soportó pensar, que él la buscaba para hacerla desaparecer del mapa. No lo iba a permitir. Sus instintos asesinos salieron a flote.
Avanzó hasta él dando grandes zancadas y, sin pensarlo, le lanzó una maldición, la que le rozó, quemándole la túnica. La ira le había hecho fallar. Jamás se debía pelear enojado.
Craig pegó un salto, asustado, y se volteó, listo para atacar.
―¿Buscas a Merlina? ―Preguntó Severus, caminando con peligrosidad.
Ledger soltó una carcajada breve.
―Ah, eres tú. Supongo que deseas defenderla, ¿no?
―Me gustaría que te enfrentaras conmigo y la dejaras a ella en paz. Podríamos, incluso, terminar con esto mismo ahora.
―No es mi intención perder el tiempo contigo. Pero, ya que insistes…
Severus y Craig comenzaron una lucha igualada. Peleaban no a muerte, sino que a sufrimiento. Severus deseaba que Ledger se retorciera del dolor. Craig le deseaba lo mismo a él. Matar hubiera sido insatisfactorio.
Cerca de dos minutos pelearon, apenas haciéndose rasguños. Severus no pudo comprender cómo Ledger se había hecho tan hábil en otro cuerpo.
Decidió arriesgarse con la maldición asesina, pero antes que pronunciara la primera letra, la cabaña de Hagrid hizo un ruido sordo, lo que dio pie a un incendio.
Severus presintió quién había provocado eso, fue instantáneo.
Se distrajo apenas unos segundos, y Craig aprovechó para derribarlo. Intentó ponerse de pie, pero Craig le dio un puntapié en el estómago, y luego, sintió como si le reventaran la nariz y el cráneo.
Creyó que la tortura duraría más, pero cesó. Intentó enfocar la vista. Craig había desaparecido, y eso le asustó.
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Merlina trató de controlarse e intentó apagar la cabaña con agua de la varita. Phil trató de ayudarla, pero el fuego parecía haber sido sacado del mismo infierno.
Por otro lado, los inferius estaban a punto de salir del lago, y eso estaba poniendo nerviosa a Merlina. No todos los días se veían cadáveres, mojados y viscosos, saliendo de un lago.
La gente no se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, los muertos estaban más cerca del Bosque Prohibido que de los terrenos.
―¿Qué vamos a hacer? ―Le gritó Phil, haciendo todo el esfuerzo posible para expulsar más agua de su varita.
―¡No sé! ―contestó Merlina angustiada, mirando a su alrededor. Todos peleaban, no había nadie que pudiera aproximarse para ayudarlos. Ni el mismo Hagrid, que luchaba junto a su hermanastro contra los gigantes blandiendo su paraguas rosado, le había dado importancia al incendio en su casa. A menos que no se hubiera dado cuenta.
―¡Merlina, los Inferius deben ser atacados con fuego! ―Dijo su primo de pronto ―¡Intenta echarles fuego!
―¿Más fuego? ―Chilló Merlina, asustada. Sudaba como condenada.
O muero deshidrata, o derretida, o carbonizada, pero no moriré ni en la guerra ni en nada. ¡Qué final más penoso!
Y yo que quería que la historia fuera contada como "Merlina Morgan, la joven que murió con honor".
―¡Échaselos con las manos! ―Insistió Philius ― ¡Seguro que puedes controlar tu poder! ¡De eso se trata!
Merlina trató de analizar lo que había dicho Phil, pero, sólo atinó a guardar su varita en el bolsillo, extender los brazos y abrir los dedos de las manos. Ya en posición, imaginó con fervor que, nuevamente de sus manos, escapaba una llamarada de fuego, ardiente y destructor.
Pues, para su asombro, dio resultado. Allí, se dio cuenta, por fin, que ella era dueña de su propio poder.
Pasó en segundos, pero en ellos vio con claridad todo lo que había ocurrido, comprendiendo por qué tenía el poder: la planta en la que se había recostado cuando hizo el amor con Severus en el verano, cerca de Callanish Stones, las extrañas manchas que habían aparecido en su cuerpo tras ese episodio, la explosión del Autocaldero…
De pronto, todo parecía tener sentido: aquellas misteriosas marcas habían absorbido el fuego y lo habían mantenido dentro de ella. Y, con ese fuego, debía destruir a los Inferius. Claro, que eso no era todo. ¿Por qué había reaccionado con ellos, si no eran sus enemigos? Creyó tener la respuesta, pero no quiso formularla concretamente en su cabeza.
Los aterradores cadáveres comenzaron a retroceder al agua cuando el fuego toco sus carcomidas ropas y pieles.
Merlina bajó las manos, descansando. Expulsar fuego no era tan simple; había tenido que imprimir mucha fuerza en ello, casi como una ida al baño en periodo de estitiquez.
Iba a continuar, cuando una voz a su espalda se lo impidió.
―Suelta la varita.
A Merlina se le congelaron hasta los pelos del lugar más recóndito de su cuerpo. Alguien bajó el volumen de lugar, pudiendo oír su propio corazón latir con fuerza.
Tragó saliva y comenzó a darse vuelta. Phil había desistido de apagar el fuego, sólo porque también había oído aquella amenazadora y fría voz.
―Suelta la varita. Y tú también ―repuso Craig echándole un vistazo a Phil, y señalando alternadamente a uno y a otro con la varita.
Estaba encapuchado, y parecía estar más alto que nunca. Merlina no pudo verle la cara, tampoco la recordaba; ni el antiguo ni el nuevo rostro.
Miró a Phil, que estaba igual que ella, como piedra.
No voy a permitir que le haga daño, fue lo que atinó a pensar en el momento.
―¿No te he dicho que sueltes la varita, Lina? ―Susurró el hombre con voz suave.
―No tengo la varita en las manos, idiota ― masculló ella, con todo el odio que pudiera demostrar en las palabras.
Craig, que estaba a poco más de tres metros de ella, comenzó a avanzar, sin dejar de señalarla a ella y a su primo, pero sin quitarle la vista de encima.
―Entonces, sácala de tu bolsillo y lánzala al lago.
Merlina intentó analizar sus posibilidades. Todas las criaturas del bosque, o la mayoría, había salido a la lucha. Por lo tanto, no corría mayor peligro allí.
Miró a su primo nuevamente. No había soltado su varita aún. A lo lejos, no dejaban de correr de un lado a otro, de gritar y pelear.
Craig estaba allí, frente a ella. Todo iba a ocurrir por fin. Pero no allí, no con Phil tan cerca. Siempre se imaginó algo dramático, solos, sin gente de público, apuntándose el pecho mutuamente con la varita y caminando en círculo…
―Ya he esperado bastante ―la voz de Voldemort volvió a hacer eco con los terrenos ―, mi uniré a la lucha con mis más fieles vasallos, y estaré dispuesto a matar a todo aquél que se interponga en mi camino. Debo matar a Potter, y si ustedes facilitan las cosas, indudablemente serán perdonados. Pero, si no, enfrentarán las consecuencias.
Durante unos segundos, todos habían puesto atención, incluso Phil y Craig. Eso, le dio ventaja. Sacó su varita.
―¡Expelliarmus!
La varita de Craig salió volando a más de cuatro metros.
―¡Maldita! ¡Si serás…!
Merlina aprovechó la oportunidad y salió corriendo hacia el bosque, metiéndose entre la espesura de los árboles e intentando no tropezar con las grandes raíces que sobresalían del suelo.
Espero que Phil esté bien…
Merlina no supo si estaba huyendo del destino o estaba dejando fuera del peligroso Craig a su primo.
―¡Lina! ¡Vuelve, no huyas! ―Oyó que Craig gritaba a lo lejos.
No hizo caso y continuó corriendo hasta que los pulmones y las piernas no le dieron más.
Se apoyó en el tronco de un árbol y respiró profundo, con los ojos cerrados, para calmarse.
Tengo que enfrentar a Craig. Tengo que salir y enfrentar a Craig. No puedo evadir lo inevitable.
―¿Lina? ―La voz de Craig sonaba más cercana ―. Vamos, sólo hablemos. Quiero que hablemos un rato.
―¿Hablar? ¿De qué quieres hablar? ―Gritó Merlina con ironía.
―De muchas cosas. De nosotros. Vamos, sal de allí, de donde estés. Hazme una señal…
Merlina no contestó. Sabía que Craig la atacaría primero. Era, indudablemente, más hábil que ella. Sólo había podido atacarlo porque él se distrajo mientras el Innombrable dejaba su amable comunicado.
Se miró las manos, intactas. Estaban sucias, pero no había rastro de quemaduras, de dolor.
―¿Qué sucede? ¿Tienes miedo? Parece que, definitivamente, no eres la Merlina Morgan que yo conocí. Solías ser osada… rayabas en lo ridícula. ¿Qué te sucedió?
Merlina salió tras el árbol y encendió la punta de su varita, para revelar su paradero.
―Aquí estoy. ¿Qué es lo que tienes que decirme, idiota?
―Ah, me he equivocado. Eres la misma ―Merlina intentó distinguir donde se encontraba Craig, pero entre tanto árbol, era imposible adivinarlo ― ¡Expelliarmus!
Fue la varita de Merlina la que salió despedida esta vez, enterrándose en algún montón de hojas secas.
―¿Qué prefieres? ―Farfulló el mago saliendo tras un delgado árbol y creando volutas de luz de su varita para que iluminaran el bosque. Aún estaba encapuchado ―. ¿Quieres estar libre o intentar escapar y quedar atada de pies a hombros?
Su voz sonó afilada, frívola y deseosa de sangre. A pesar de eso, Merlina no tenía la intención de escapar.
―Sin cuerdas, por favor ―respondió Merlina con sarcasmo.
―Todo lo contrario a lo que prefiero yo.
Craig no respetó la decisión y ató a Merlina al árbol.
No sé por qué no me lo imaginé, pensó, bufando. Debía estar muerta de miedo, pero algo le hizo sentir segura.
―Bueno… comencemos a hablar, ahora que estamos más cómodos ―dijo Craig, descubriéndose la cara y mostrando una radiante sonrisa. Merlina pensó que estaba observando dos témpanos de hielo en vez de ojos.
