Ch 53 El peor castigo

Fuente:Collins, Suzanne. "En llamas". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)

/works/1965525.

Alguien me sacude el hombro y me enderezo en el asiento. Me he quedado dormida con la cara sobre la mesa. La tela blanca ha dejado arrugas en mi mejilla buena. La otra, la que recibió el latigazo de Thread, late dolorosamente. Peeta está muerto para el mundo, pero sus dedos están cerrados con fuerza alrededor de los míos. Huelo a bosques y giro mi cuello rígido para encontrarme con Gale mirándome desde arriba con una expresión tristísima. Tengo la sensación de que nos ha estado mirando un largo rato.

- Sube a la cama, Katniss. Yo lo cuidare ahora - dice.

-¡ Gale! ¿Qué haces acá? Pensé que estarías en lo de Madge. . .

- La acompañé a la casa, me quedé con ella un rato, pero se puso inquieta cuando le conté que estabas con contracciones. Entonces me pidió que volviera para ver cómo estabas.

- No necesitabas venir Gale, no estoy sola . . .

- ¡Ya lo sé Catnip! Están el padre de Peeta y sus hermanos, pero Madge y yo estamos preocupados por ti, por el bebé- dice bajando la cabeza.

- Entiendo. Gale, sobre lo que dije, sobre lo de huir . . .Nuestros planes… - empiezo.

- No tengo idea de cuándo iban a huir. De hecho, pensé que a estas alturas ya te habrías ido.

- Mis opciones son sencillas. Puedo morir como una presa en el bosque o puedo morir aquí junto a Peeta. Pero ahora, no me voy a ninguna parte. Me voy a quedar justo aquí y causar todo tipo de problemas. Me van a pagar lo que hicieron. Pude soportar que le cortaran la pierna. Pero esto…

- Lo sé - dice. - No hay nada que explicar. También te voy a ayudar.

- ¿En serio?

- Mira, yo sé que estuve mal en enojarme. En realidad, estaba enojado con algo que no puedo controlar. Cuando vi cómo lo mirabas a él, me di cuenta que quería que me miraras a mí de esa forma. Admito que tengo celos. Pero ahora, me doy cuenta que tengo celos no de ti, sino de lo que tienes. Me gustaría que alguien me mirara y me amara como tú amas a Peeta o como él te ama a ti . . .

- Gale . . .

- Déjame terminar. Lo que ustedes dos tienen, está sobreviviendo a todo y quiero ayudarlos.

- Gracias- le digo tímidamente.

Veo hogazas de pan sobre la alacena a la luz pálida de la mañana nevada. Son cerca de las seis de la mañana y seguramente el padre de Peeta se levantó antes que yo y preparó pan para el desayuno. Hoy seremos muchos. Gale tiene sombras azules bajo sus ojos. Me pregunto si durmió lo mas mínimo. No pudo haber sido mucho tiempo. Pienso en su consentimiento, el ponerse de mi lado para proteger a Peeta, en su disposición a unir su destino con el mío por completo cuando le doy tan poco a cambio. No importa lo que haga, le estoy haciendo daño a alguien.

- Gale . . .No puedo dejarlo, es mi esposo.

- Solo vete a la cama, ¿vale? Tampoco le haces ningún bien a él poniendo en riesgo tu embarazo.

Subo a tientas las escaleras, me arrastro bajo las mantas, y me quedo dormida al momento. Estoy en mi viejo cuarto, mi vieja cama y todo me recuerda a esos días, cuando recién volvimos de los Juegos, en que Peeta y yo estábamos alejados. Extraño sus brazos a mi alrededor, su protección contra las pesadillas. En algún punto, Clove, la chica del Distrito 2, entra en mis sueños. Me persigue, me presiona contra el suelo, y saca un cuchillo para cortarme la cara. Se clava profundamente en mi mejilla, abriendo un corte ancho. Después Clove empieza a transformarse, su cara alargándose en un hocico, pelo oscuro brotando de su piel, sus unas creciendo a largas garras, pero sus ojos permanecen iguales. Se convierte en la versión mutada de sí misma, la creación lobuna del Capitolio que nos aterrorizo en la última noche en la arena. Lanzando la cabeza hacia atrás, suelta un aullido largo e inquietante al que se incorporan los mutos cercanos. Clove empieza a beber a lametones la sangre que fluye desde mi herida, cada lengüetazo enviando una nueva ola de dolor a través de mi cara. Suelto un grito estrangulado y me despierto con un sobresalto, sudando y temblando al mismo tiempo. Acunando mi mejilla lastimada en una mano, me recuerdo que no fue Clove sino Thread quien me causo esta herida. Deseo que Peeta estuviera aquí para sostenerme, hasta que recuerdo que está en la mesa de la cocina semi inconsciente por mi culpa, por mi acto de rebeldía, por no poder demostrar que estoy locamente enamorada de él. Pero internamente, sé que quiero abrazar la rebelión. No quiero que el Capitolio nos siga castigando.

La hinchazón alrededor de mi ojo ha bajado y puedo abrirlo un poco. Aparto a un lado las cortinas y veo que la tormenta de nieve se ha intensificado hasta convertirse en una ventisca completa. No hay nada salvo blancura y el aullido del viento que suena muy parecido a las mutaciones.

Agradezco la ventisca, con sus vientos feroces y sus potentes nevadas. Esto tal vez sea suficiente para mantener a los lobos de verdad, también conocidos como Agentes de Paz, lejos de nuestra puerta. Unos pocos días para pensar. Para diseñar un plan. Con Gale y Peeta y Haymitch, todos a mano. Esta ventisca es un regalo.

Antes de bajar a enfrentarme con esta nueva vida, sin embargo, me tomo algo de tiempo para asimilar lo que eso supone. Hace menos de un día, estaba preparada para dirigirme a la espesura con mis seres queridos en medio del invierno, con la posibilidad muy real de que el Capitolio nos persiguiera. Una empresa precaria en el mejor de los casos. Pero ahora me estoy comprometiendo a algo todavía más arriesgado. Luchar contra el Capitolio asegura represalias terribles. Tengo que aceptar que podré ser arrestada en cualquier momento. Habrá un golpe en la puerta, como el de anoche, una tropa de Agentes de Paz para llevarme con ellos. Tal vez haya tortura. Mutilación. Una bala en mi cerebro en la plaza de la ciudad, si tengo la suerte de irme con tanta rapidez. El Capitolio tiene innumerables formas creativas de matar gente. Me imagino estas cosas y estoy aterrorizada, pero aceptémoslo: ya han estado acechando en el fondo de mi mente. He sido tributo en los Juegos. Le han cortado una pierna a mi novio. Me ha pedido que aborte a mi hija. He sido amenazada por el presidente. Han azotado a mi esposo. He recibido un latigazo en la cara. Ya soy un objetivo.

Ahora viene la parte más dura. Tengo que aceptar el hecho de que mi familia y amigos tal vez compartan este destino. Prim. Sólo tengo que pensar en Prim y toda mi resolución se desintegra. Es mi deber protegerla. Me subo la manta sobre la cabeza, y mi respiración es tan rápida que agoto todo el oxigeno y empiezo a ahogarme en busca de aire. No puedo dejar que el Capitolio le haga daño a Prim.

Y después lo veo claro. Ya lo han hecho. Han matado a su padre en esas horribles minas. Se han quedado sentados mientras casi se moría de hambre. La han elegido como tributo, después le han hecho mirar como su hermana luchaba a muerte en los Juegos. Le han hecho mucho más daño que a mí a la edad de doce años. E incluso eso palidece en comparación con la vida de Rue.

¿Y mi hija? Y antes de nacer, la han querido matar. Y sé que desde el momento que nazca, va a ir a los Juegos del Hambre. Han mutilado a su padre y nos han obligado a hacer cosas que jamás hubiera pensado. Ya somos víctimas de ellos.

Me aparto la manta de un empujón y aspiro el aire frio que se filtra entre los cristales de la ventana. ¿Mi bebé . . .. Prim . . . Rue . . . .no son ellas la verdadera razón por la que debo intentar luchar? Porque lo que se les ha hecho esta tan mal, tan más allá de toda justificación, tan malvado que no hay elección. Porque nadie tiene el derecho de tratarlas como ellas han sido tratadas.

Si. Esto es lo que tengo que recordar cuando el terror amenace con engullirme. Lo que estoy a punto de hacer, lo que sea que a cualquiera de nosotros nos obliguen a soportar, es por ellas. Es demasiado tarde para ayudar a Rue, pero tal vez no lo sea para esas cinco caritas que me miraban desde la plaza del Distrito 11. No demasiado tarde para Rory y Vick y Posy. No demasiado tarde para Prim y nuestra hija.

Gale tiene razón. Si la gente tiene el valor, esto podría ser una oportunidad. También tiene razón en que, ya que yo lo he puesto en movimiento, podría hacer mucho. Aunque no tengo ni idea de que es lo que debería hacer. Pero decidir no huir es el primer paso crucial.

Me tomo una ducha, y esta mañana mi cerebro no está preparando listas de provisiones para la espesura, sino intentando averiguar cómo organizaron ese levantamiento en el Distrito 8. Tantos, claramente actuando en desafío al Capitolio. ¿Estaba planeado o fue algo que simplemente exploto tras años de odio y resentimiento? ¿Cómo podríamos hacer eso aquí? ¿La gente del Distrito 12 se uniría o echará el cerrojo a sus puertas? Ayer la plaza se vació rápido después del azotamiento de Peeta. ¿Pero no es eso porque nos sentimos todos impotentes y no tenemos ni idea de qué hacer? Necesitamos que alguien nos dirija y nos asegure que esto es posible. Y no creo que yo sea esa persona. Tal vez haya sido la catalizadora de la rebelión, pero un líder debería ser alguien con convicción, y yo apenas si soy una conversa. Alguien con valor inquebrantable, y yo aun estoy trabajando muy duro para encontrar el mío. Alguien con palabras claras y persuasivas, y yo soy tan cohibida.

Palabras. Pienso en palabras y pienso en Peeta. Como la gente acoge cualquier cosa que dice. Me apuesto a que podría llevar a una multitud a la acción, si eligiera hacerlo. Encontraría las cosas que decir. Pero estoy segura de que la idea nunca ha cruzado su mente. O por lo menos hasta ahora. Tendríamos que esperar a que se recupere, pero su ejemplo de fortaleza podría servir.

Abajo, encuentro a mi madre y a Prim atendiendo a un Peeta adormilado. La medicina debe de estar dejando de hacer efecto, a juzgar por la expresión de su cara. Me preparo para otra lucha pero trato de mantener la voz tranquila.

- ¿No puedes ponerle otra inyección?

- Lo hare, si hace falta. Pensé que debíamos intentarlo con la capa de nieve antes – dice mi madre.

Le ha quitado los vendajes. Prácticamente puedes ver el calor irradiando desde la espalda de Peeta. Le coloca una tela limpia sobre la carne inflamada y asiente hacia Prim.

Prim se acerca, removiendo lo que parece ser un gran cuenco de nieve. Pero está teñido de un suave verde y desprende un olor dulce y limpio. Capa de nieve. Empieza a verterla cuidadosamente sobre la tela usando un cucharon. Casi puedo oír como crepita la piel atormentada de Peeta al encontrarse con la mezcla de nieve. Sus parpados se abren, y emite un sonido de alivio.

- Es afortunado el que tengamos nieve - dice mi madre.

Pienso en lo que debe de haber sido recuperarse de latigazos en medio del verano, con el calor asfixiante y el agua tibia del grifo.

- ¿Qué hacías en meses cálidos? - pregunto.

Una arruga aparece entre las cejas de mi madre cuando frunce el ceño.

- Intentar mantener apartadas a las moscas.

Mi estómago da un vuelco ante la idea. Llena un pañuelo con la mezcla de capa de nieve y la sostengo contra el verdugón de mi mejilla. Al instante el dolor remite. Es el frio de la nieve, sí, pero cualquiera que sea la mezcla de jugos de hierbas que ha añadido mi madre también ayuda.

- ¡Oh!¡ Es fantástico!¿Por qué no se lo pusiste anoche?

- Tenía que dejar que la herida cuajara antes - dice.

- ¿No lo vas a coser? Tienes todo lo que necesitas entre lo que te envió Clora.

- Estaba esperando a que se desinflamara todo para poder reconstruir su espalda. En un rato Prim y yo empezaremos a coserlo.

No sé qué significa eso exactamente, pero mientras funcione, ¿quién soy yo para cuestionarla? Ella sabe lo que hace, mi madre. Siento una punzada de remordimiento sobre ayer, las cosas que le grite mientras Gale y Haymitch me sacaban a rastras de la cocina.

- Perdón. Por gritarte ayer.

- He oído cosas peores - dice. - Ya has visto como es la gente, cuando alguien al que quieren sufre.

Alguien al que quieren. Las palabras me traban la lengua como si estuviera llena de capa de nieve. Por supuesto, quiero a Peeta, amo profundamente a Peeta. Pero, ¿tenía que pasar por esto para que se dieran cuenta?

- ¿Dónde está Gale? - Digo.

- Se fue a casa cuando oímos que te despertabas. No quería dejar su casa desatendida durante la tormenta, Hazelle estaba sola con los niños -dice mi madre.

- ¿Habrá llegado ? - pregunto. En una ventisca, puedes perderte en cuestión de metros y salirte del camino hacia el olvido.

- Seguramente, es un chico fuerte.

- ¿Has visto hoy a Haymitch?

-Naan fue a verlo. Dijo que estaba completamente borracho. Pero le encendió el fuego y le dejó algo de pan.

- Voy a verlos- le digo.

Cuando entro al comedor, puedo ver a Naan y a Bannock jugando al ajedrez, mientras su padre está mirando televisión. Me sorprendo a ver a Haymitch también. De repente, toda la rabia de lo que pasó me invade y me tiro sobre él.

- ¿Por qué no estabas allí? ¡Tú eres nuestro mentor ¿por qué no lo protegiste? ¡Eres un maldito borracho!- le grito reforzando cada palabra pegándole con mis puños en su pecho.

Y de repente, mis gritos se convierten en sollozos. Entonces Haymitch me toma en un abrazo apretado.

- Tranquila preciosa. Yo estaba contigo, ¿te acuerdas? Y sabes perfectamente que hubiera recibido cada latigazo si hubiera podido.

La sala se mantuvo silenciosa durante mucho tiempo hasta que me atrevo a hablar:

- Debería haber sido yo- digo llorando.

- No debería haber sido nadie- dice el padre de Peeta- Nadie debería ser castigado por tratar de alimentar su familia o para tratar de proteger su familia.

El señor Mellark se mueve y se sienta en sofá abrazando a sus hijos mayores. Su voz es gruesa por la emoción cuando nuevamente

- Desde que era niño, no podía ver a nadie sufrir- agrega mientras nuestras miradas se cruzan.

Estoy segura que ya sabía de la historia del pan y lo que eso le había costado a su hijo. Nuestro trance se corta en el momento en que Prim entra a la sala y se dirige hacia mí, dándome un cariñoso abrazo.

- Mamá dice que ya puedes entrar ahora, Kat- me dice con una sonrisa.

Entro a la cocina como una tromba. Ahí puedo apreciar cómo mi madre y Prim han cosido con cuidado toda la espalda de Peeta y la han cubierto con vendas nuevas.

- Katniss, ahora está sedado, pero levemente. Me gustaría que le dieras un baño.

-¿Quieres que yo haga qué?- pregunto incrédula.

- Katniss, es tu esposo y a esta altura, puedo suponer que lo has visto desnudo- me dice mientras vierte agua caliente en una palangana junto con nieve y algunas hierbas hasta que la poción está a la temperatura correcta.

- ¿Qué pasa si le hago daño? ¿Si le abro la piel de su espalda? ¿Por qué no lo pueden hacer tú o Prim?- le digo casi lloriqueando.

- Primero, estoy cansada, Katniss. Tu hermana pudo dormir anoche y creo que fue porque Haymitch agregó licor a su té. Sé que eres perfectamente capaz de hacer esto. No sólo confío en que no le harás daño, sino que le hará bien. Eres su esposa, y creo que te corresponde. No tienes que ser una sanadora para bañar a alguien.

Muerdo mi labio, miro a mi madre, que está hecha un desastre con su cara cansada, la trenza deshecha, todavía lleva el mismo vestido que tenía cuando trajimos a Peeta. Y lo miro a él: sus heridas están limpias, pero su pelo está oscuro y blando por la grasa, las líneas de sudor rayan su cuerpo. Había que limpiarlo y sólo escuchar que mi madre sugiere que podría infectarse si no lo hago me pongo a trabajar.

- No vamos dejar que se infecte Katniss. Prometo que él no se enfermará así otra vez. Podemos cuidarlo- dice mi madre colocando una mano sobre mi brazo

- ¿Estás segura de ello? ¿Él no se infec ...- dejo caer mi voz hasta que se convierte en un susurro- ¿No enfermará se infectará su sangre?

- Es improbable. Nos pusimos a trabajar rápidamente en él y tratamos sus heridas inmediatamente. Todo lo que tenemos que hacer es mantenerlo limpio, seguir aplicando estas hierbas y su cuerpo debería poder hacer el resto

Le hago una seña de asentimiento con la cabeza y mi madre me pasa unas tijeras.

- Córtale la ropa mientras busco una sábana limpia para que lo cubras después.

Tomo las tijeras y, con cuidado, corto el pantalón y la ropa interior de Peeta. Mi madre me alcanza una manopla de tela suave para que limpie a fondo todo el sudor y la tierra que se ha acumulado sobre su cuerpo desde los azotes. Luego, nos deja a solas.

Primero, me coloco en la cabecera de la mesa y coloco una palangana vacía debajo de la cabeza de Peeta. Con cuidado, comienzo a verter agua sobre sus rizos rubios. El agua que cae en la palangana se oscurece rápidamente. Cuando el matiz de oro de su pelo está otra vez visible, me inclino para susurrar en sus oídos.

- No me dejes , por favor. No me harías ningún favor. ¿De acuerdo?- y me atrevo a darle un beso justo debajo de su oreja.

Mi corazón se alegra cuando siento un pequeño movimiento de su cabeza. Pero, por suerte, no se despierta. Continúo limpiando su cara, su frente, bajo su cuello y hombros. En el momento en que empiezo a remontar la forma muscular de su brazo derecho, siento la onda de calor entre mis piernas. Mi respiración se hace entrecortada cuando mis manos se mueven más abajo, hasta llegar a las líneas de su cadera. Sin tocar las heridas de su espalda, muevo el paño húmedo hasta limpiar la curva de su nalga. Dejo que mis manos y mis ojos vaguen por su cuerpo, que es hermoso, a pesar de sus heridas.

Hace sólo un día que Peeta está inconsciente y ya extraño su toque. Me siento egoísta al pensar esto. Él está acá, casi agonizando, y yo sólo puedo pensar en sus manos, su boca, su . . . . . Sé que no voy a poder desviar mi pensamiento del rumbo que ha tomado, pero puedo seguir con mi tarea. Con cuidado, mis manos recorren sus piernas, lavando sus muslos entonados y firmes. Mi mente me vuelve a los días en que hemos hecho el amor en la cocina, la sensación de sus manos sobre mis pechos. Trato de concentrarme nuevamente y me enfoco en su pierna mala, limpiando con mucho cuidado el lugar donde la prótesis encuentra su carne.

Cuando termino de bañarlo, lo cubro con la manta suave que dejó mi madre y me siento a su lado a mirarlo. Estoy tan húmeda, tan excitada, que necesito tocarme. Pero no puedo. No sabiendo que Peeta está así. Coloco una silla a su lado y me siento. Tomo su mano. La tormenta no ha cesado y ya todo está oscuro a nuestro alrededor. Su respiración suave me arrulla y mi cansancio me gana. En algún punto, me quedo dormida nuevamente.

Me despierta el ruido de alguien golpeando con furia la puerta de calle. Acomodo un poco mi cuerpo y me pongo de pie. Todavía es de noche, cerca de la medianoche. En la sala de estar, los hermanos de Peeta se enfrentan en un juego de ajedrez, luchando por ocupar sus mentes. Haymitch y el señor Mellark están sentados mirando fijamente en el fuego, compartiendo el silencio y, de vez en cuando, un vaso de licor. Pero nadie se hace cargo de ver el origen de los insistentes golpes.

Camino lentamente hasta la puerta con una mano en mi cintura, ya que la posición en que me quedé dormida y el peso de mi panza están haciéndose sentir en mi cuerpo. Abro la puerta convincentemente y frunzo el ceño al ver quién está del otro lado. La madre de Peeta, haciendo una mueca de repugnancia con sus labios. Su pelo grisáceo estaba peinado tan tirante que su cara está desencajada. Me mira fijamente, con desdén, durante un momento antes pasar delante de mío y meterse en la casa. Ya en la sala, fija su mirada con furia sobre su marido e hijos mayores, antes de volver a posar su mirada enfurecida sobre mí.

- ¡Debería haberlo sabido! ¡Debería haberme dado cuenta que mi familia estaría acá rejuntada con ustedes!- chilla- La ventisca azota el Distrito 12 y ¿dónde está mi familia? ¡No conmigo, no ayudando con la maldita panadería! ¡Seguro! ¡Yo estoy sola congelándome en aquella casa, dejada a la mano de Dios mientras mi marido y mis hijos están disfrutando en el regazo de lujo con las Everdeens!- grita nuestro apellido como si fuera una maldición.

El tono venenoso de mi suegra reverbera por la sala. El padre de Peeta se levanta del sillón y trata de calmarla, pero en vano. Nunca la había visto desplegando toda su maldad. No puedo creer la crueldad y la indiferencia que demuestra. Su hijo menor casi había muerto y sólo se preocupaba por ella. ¿Cómo podía ser la madre de Peeta? ¿Cómo podía haber traído al mundo a alguien tan bondadoso, tan diferente a ella?

- El muchacho casi muere mujer. ¿No siente nada por su hijo?- dice Haymitch, que aparentemente no está asustado por la rabia de la señora Mellark o la amenaza de sus puños apretados.

- ¡ Él es un idiota!- grita nuevamente- Nada más que un idiota enamorado de aquella muchacha. Fue su culpa que lo azotaran en medio de la plaza. ¡Es una humillación!

- ¿Casi lo matan y lo único que le preocupa es la humillación pública?- le contesto con rabia.

- ¡No!- me grita- ¡ Me preocupa que una y otra vez mi estúpido hijo se ponga en riesgo para apañarte! ¡Que te ponga a ti por sobre nuestra dignidad! ¡Diciendo a todo Panem que te ama, dejándose apuñalar por Cato, dejándose azotar para protegerte a ti y a tu asqueroso amante de la Veta! ¿Crees que no sé que quemó aquel pan intencionalmente? ¿Para salvar a su puta de La Veta? ¡Él debería haberte dejado pasar hambre y ahorrarse un mundo de problemas!

Mi mano se mueve hacia mi vientre, chequeando el proceso de una contracción que comienza. Pero antes de que un jadeo salga de mi boca, antes de que alguien más pueda reaccionar a las palabras venenosas de su madre, la voz de Peeta suena claramente en la sala de estar.

- ¡Vete de aquí!

El tono absolutamente frío y acerado de su voz me hace temblar, pero eso es nada comparado la fría mirada de sus ojos azules. Peeta está apoyado en la arcada que separa la cocina de la sala de estar, cubriéndose con la manta la parte inferior de su cuerpo.

- ¡Vete de aquí y nunca más vuelvas a dirigirte así a mi esposa!

La madre de Peeta sigue de pie, horrorizada. La rabia en sus ojos comienza a disiparse por el asombro. Peeta nunca había tenido un aspecto tan temible o amenazador, no antes de la Arena. Aunque, la rabia que emana de él en este momento es el resultado de su experiencia en los Juegos. Cada rastro de su risa fácil y su naturaleza afable se ha ido y ha sido reemplazado por la ira de un vencedor de los Juegos de Hambre, un luchador, un sobreviviente, un asesino.

La madre de Peeta se recupera del shock y usa su lengua para dar el último latigazo.

- La historia va a repetirse, ¿ no es así muchacho? Ya verás. Esa esposa que tú tienes es como su madre. ¡Ella romperá el corazón del panadero y escapará con un minero!

Peeta vacila, apoya su cuerpo sobre la arcada, mientras el brillo ligero de sudor comienza a cubrir su piel, aunque se mantiene estable. Gruñe.

- ¡Vete!- busca con su mirada a su padre- ¡Sácala de aquí y nunca más la traigas!

El padre de Peeta asiente con la cabeza y escolta a su esposa por la sala hasta la puerta de salida. Los hermanos de Peeta lo siguen detrás con miradas comprensivas sobre sus caras.

En cuanto oigo que se cierra la puerta de calle y desaparecen entre la nieve, me precipito al lado de Peeta, justo a tiempo para evitar que se derrumbe al piso.

- ¿En qué pensabas?- le digo mientras reviso su espalda y veo que la sangre comienza a empapar las vendas.

- ¡Llévame a tu cuarto, por favor! No quiero estar más en la cocina- dice casi susurrando.

Entre Haymitch, Prim, mi madre y yo, lo ayudamos a subir lentamente las escaleras y hasta llegar a mi vieja habitación. Luego de una parada en el baño por pedido de Peeta, lo recostamos boca abajo en mi cama. Mientras mi madre comienza a atender la carne recién rasgada de su espalda, yo acomodo las sábanas y abro la ventana. Cuando nos vuelven a dejar solos, me saco los zapatos y me recuesto de mi lado izquierdo, mirándolo.

- ¿Por qué hiciste eso? ¡No deberías haberte levantado! ¿Por qué sigues lastimándote así?- le susurro mientras despejo el pelo de sus ojos.

Peeta sostiene mi mano mientras me pide perdón por las acusaciones de su madre.

- ¿Por qué Peeta?- le pregunto casi llorando.

- Porque eres mi esposa- me susurra- Siempre te protegeré.

- Nos protegemos el uno al otro- le digo colocando un beso sobre su frente antes de que haga efecto el jarabe de sueño que le ha dado mi madre.

Nuestras miradas quedan fijas hasta que Peeta se vuelve a dormir. Una vez que estoy segura de que Peeta no despertará lo besó ligeramente en la boca, notando que el dulzor de sus labios no tiene nada que ver con la medicina que él acaba de tomar. Con una mano entrelazada con la de Peeta y la otra sobre mi vientre, trato de descansar. Espero que el jarabe le permita no despertarse por mis pesadillas.

Pasan dos días antes de que la tormenta se apacigüe, dejándonos con montones de nieve más altos que mi cabeza. Otro día antes de que aclaren el camino desde la Aldea de los Vencedores hasta la plaza. Durante este tiempo ayudo a atender a Peeta, aplico capa de nieve a mi mejilla, intento recordar todo lo que puedo sobre el levantamiento en el Distrito 8, por si acaso eso nos ayuda. La hinchazón de mi cara disminuye, dejándome con una herida en proceso de curación que me pica y un ojo muy negro.

Prim entra a mi cuarto para atender a Peeta, es hora de cambiar las vendas y aplicar la mezcla de hierbas a lo largo de los puntos sobre su espalda.

- Puedo quedarme con Peeta. ¿Por qué no das un paseo? Te hará bien un poco de aire fresco- me dice dulcemente- No has dejado la casa en días.

- Prim, no puedo.

- No estará solo. Yo lo cuido.

- Está bien.

Entonces me escapo a La Veta para buscar a Gale. No me sorprende que esté en casa.

- ¿Qué haces acá?- le pregunto cuando abre la puerta.

- ¿No te enteraste? Después del incidente en la plaza, cerraron las minas por dos semanas.

- Lo siento- le digo sinceramente, porque eso significa que no tendrá salario por los días no trabajados.

- No te preocupes, ya veremos cómo lo solucionamos. ¿Cómo está Peeta?

- Un poco mejor. Vine a buscarte, necesito que hablemos con Haymitch.

- ¿Y qué tenemos que hablar con ese borracho?- me pregunta exasperado.

- Ese borracho sabe más de lo que te imaginas. Vamos- y lo arrastro hacia la Aldea de los Vencedores.

Levantamos a Haymitch y lo arrastramos con nosotros. Se queja, pero no tanto como de costumbre. Todos sabemos que tenemos que discutir lo que paso y que eso no puede ser en ningún lugar tan peligroso como nuestras casas en la Aldea de los Vencedores. De hecho, esperamos hasta que la aldea queda muy atrás para siquiera hablar. Me paso el tiempo estudiando las paredes de tres metros apiladas a cada lado del estrecho camino que ha sido aclarado, preguntándome si se nos caerán encima.

Finalmente Haymitch rompe el silencio.

- Así que nos vamos todos hacia lo grande y desconocido, ¿no? - me pregunta.

- No - digo - Ya no.

- ¿Has trabajado sobre los fallos en tu plan, ¿verdad, preciosa? - pregunta. - ¿Alguna idea nueva?

- Quiero empezar un levantamiento.

Haymitch sólo se ríe. Ni siquiera es una risa cruel, lo que es todavía peor. Significa que ni siquiera puede tomarme en serio.

- Bueno, yo quiero un trago. Aunque hazme saber qué tal te sienta eso a ti.

- ¿Entonces cuál es tu plan? - le espeto de vuelta.

- Mi plan es asegurarme de que todo sea totalmente perfecto para tu boda –dice Haymitch. - Llame y cambie el horario de la sesión de fotos sin dar demasiados detalles.

- Ni siquiera tienes teléfono.

- Effie arreglo eso - dice. - ¿Sabes que me pregunto si quería ser yo quien te entregara al novio? Le dije que cuanto antes, mejor.

- Haymitch. - Puedo oír la suplica colándose en mi voz.

- Katniss - imita mi tono - No funcionara.

Nos callamos mientras un equipo de hombres con palas pasa a nuestro lado, dirigiéndose hacia la Aldea de los Vencedores. Tal vez puedan hacer algo sobre esas paredes de tres metros. Y para cuando están fuera del alcance, la plaza está demasiado cerca. Entramos en ella y los tres nos detenemos al mismo tiempo.

No pueden suceder muchas cosas durante la ventisca. Eso es lo que Gale y yo pensábamos. Pero no habríamos podido estar más equivocados. La plaza ha sido transformada. Una inmensa bandera con el sello de Panem cuelga del techo del Edificio de Justicia. Agentes de Paz, en pristinos uniformes blancos, marchan sobre adoquines limpiamente barridos. A lo largo de los tejados, más de ellos ocupan emplazamientos de pistolas automáticas. Lo más inquietante es la línea de construcciones nueva: un poste oficial de azotamiento, varias empalizadas, y una horca, se alzan en el centro de la plaza.

- Thread trabaja rápido - dice Haymitch.

A varias calles de distancia de la plaza, veo alzarse un fuego. Ninguno de nosotros tiene que decirlo. Solo puede ser El Quemador desapareciendo en medio del humo. Pienso en Sae la Grasienta, Ripper, todos los amigos míos que hacen allí su vida.

- Haymitch, no crees que todos estaban aun . . . - no puedo terminar la frase.

- Nah, son más listos que eso. Tú también lo serias, si hubieras vivido más -dice - Bueno, mejor que me vaya a ver de cuanto alcohol de fricción puede prescindir el boticario.

Se va con dificultad al otro lado de la plaza y miro a Gale.

- ¿Para qué lo quiere? - después me doy cuenta de la respuesta - No podemos dejar que lo beba. Se matara a sí mismo, o por lo menos se quedara ciego. Tengo algo de licor blanco guardado en casa.

- Tal vez eso le bastara hasta que Ripper encuentre la forma de volver al negocio - dice Gale - Necesito ir a ver como esta mi familia.

- Yo también tengo que ir a ver a Hazelle.

- Vamos- me dice Gale encarando hacia La Veta.

Las calles están casi desiertas, lo que no sería raro en este momento del día si la gente estuviera en las minas, los niños en el colegio. Pero no lo están. Veo caras mirándonos desde las puertas, a través de grietas en persianas.

Un levantamiento, pienso. Que idiota soy. Hay un fallo inherente en el plan que tanto Gale como yo estuvimos demasiado ciegos para ver. Un levantamiento requiere quebrantar la ley, desafiar a la autoridad. Nosotros lo hemos hecho todas nuestras vidas, nuestras familias lo han hecho. Cazando furtivamente, haciendo trueques en el mercado negro, burlándonos del Capitolio en el bosque. Pero para la mayor parte de la gente en el Distrito 12, un viaje para comprar algo en El Quemador sería demasiado arriesgado. ¿Y yo espero que se reúnan en la plaza con ladrillos y antorchas? La mera visión de Gale y mía es bastante para hacer que la gente aparte a sus hijos de las ventanas y cierre con fuerza las cortinas.

Encontramos a Hazelle en su casa, cuidando a una Posy muy enferma. Reconozco las marcas del sarampión. Instintivamente me mantengo lejos de la niña, sé las consecuencias que podría causar a mi embarazo si me contagio.

- No podía dejarla – dice a lo lejosMe hubiera gustado ayudarte, como siempre lo has hecho con nosotros, pero sé que tu esposo está en las mejores manos posibles.

- Por supuesto - digo - Está mucho mejor. Mi madre dice que podrá hacer una vida normal en un par de semanas.

- ¿Tienes alguna novedad sobre las minas?- le pregunta Hazelle a Gale.

- El anuncio es que están cerradas hasta nuevo aviso –le contesta mientras le echa una mirada nerviosa a la tina de ropa vacía.

- ¿Tu también has cerrado? - pregunto.

- No oficialmente - dice Hazelle - Pero todo el mundo tiene miedo a utilizarme.

- Tal vez sea la nieve - dice Gale.

- No, Rory hizo una ronda rápida esta mañana. Nada que lavar, aparentemente.

Rory envuelve los brazos alrededor de Hazelle.

- Es por mi culpa Hazelle- le digo con tristeza- No quieren tener nada que ver conmigo.

- Estaremos bien.

Saco un punado de dinero del bolsillo y lo dejo sobre la mesa. Gale se pone inquieto.

- Gale, no es momento para mostrarte orgulloso. Hazelle, mi madre enviara algo para Posy.

Cuando salgo, me vuelvo hacia Gale.

- Tú vuelve con tu madre. Yo quiero pasar por El Quemador.

- Iré contigo.

- No. Ya te he metido en bastantes problemas - le digo.

-¿Y evitar un paseo por El Quemador . . . .eso va a arreglar las cosas para mí? – sonríe.

Juntos atravesamos las calles de La Veta hasta que alcanzamos el edificio ardiendo. Ni siquiera se han molestado en dejar a Agentes de Paz a su alrededor. Saben que nadie intentaría salvarlo.

El calor de las llamas derrite la nieve colindante y un reguero negro discurre junto a mis pies.

- Es todo ese polvo de carbón, de los viejos tiempo - digo.

Estaba en cada grieta y en cada ranura. Enterrado en las tablas del suelo. Es sorprendente que el sitio no hubiera explotado antes.

- Quiero ver a Sae la Grasienta.

- No hoy, Katniss. No creo que ayudáramos a nadie yéndolos a ver.

Volvemos a la plaza. Compro varias tartas del padre de Peeta mientras les cuento cómo está. Nadie menciona los feos objetos de tortura que hay a metros de la puerta. Lo último de lo que me doy cuenta cuando dejamos la plaza es que no reconozco las caras de ninguno de los Agentes de Paz.

Cuando vuelvo a la casa de mi madre, todo está calmado, como si estuviera vacía. El juego de ajedrez preparado al lado de la chimenea, la cocina desierta. Subo la escalera, impaciente para encontrar a alguien. Y no puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios. Cuando entro a mi viejo dormitorio, Prim y Peeta están durmiendo la siesta juntos. Peeta, sobre su estómago con la cara hacia la ventana. Prim enfrentada a él, ambos tomados de la mano. No puedo menos que imaginar a Peeta en una postura similar con una pequeña niña rubia algún día. De sólo pensarlo, se me llenan los ojos de lágrimas.

A medida que van pasando los días, las cosas van de mal en peor. Las minas permanecen cerradas durante dos semanas, y para entonces la mitad del Distrito 12 se está muriendo de hambre. El número de niños apuntándose para las teselas sube como la espuma, pero con frecuencia no reciben su grano. Empieza a escasear la comida, e incluso aquellos con dinero salen de las tiendas con las manos vacías. Cuando vuelven a abrir las minas, se recortan los salarios, se amplían los horarios, los mineros se envían a lugares de trabajo muy peligrosos. La tan esperada comida del Día del Paquete llega en mal estado y mermada por roedores. Las instalaciones en la plaza ven mucha acción cuando la gente es arrastrada hacia ellas y castigada por ofensas que se ignoraron durante tanto tiempo que habíamos olvidado que fueran ilegales.

A una semana de los azotes, mi madre declara que Peeta está lo bastante bien como para trasladarlo a casa y dormir en nuestra cama con la condición estricta de que lo atienda diligentemente y no lo deje hacer nada que avive o agrave sus heridas. Es temprano por la mañana Gale y Madge llegan de visita. Ya no me sorprende más verlos juntos.

. ¡No los esperaba!- le digo a Madge mientras entran a la casa de mi madre llevando un carro rojo lleno de alimentos.

- Me crucé con Gale en el camino y se ofreció de ayudarme a traer esto- me dice Madge mientras comienza a descargar cajas y cestas del carro.

- Madge, no tienes que buscar excusas para explicar por qué te apareces con Gale en mi casa- le digo irónicamente.

- ¿No?- me contesta con timidez.

- ¡No! Pero, ¿qué es esto que traes? No tendrías que haberte molestados, no necesitamos caridad- digo un poco defensivamente.

- Katniss, esto no es caridad- me contesta suavemente- Es una cortesía entre vecinos.

Estoy por contestarle que nosotros no somos exactamente vecinos cuando Madge prosigue:

- Estarás muy ocupada atendiendo a Peeta y no puedes dejar de comer. Nuestra cocinera preparó el guisado de cordero que tanto te gusta- Madge me mira con vergüenza mientras sigue descargando las cesta de alimentos.

Cuando la heladera está casi reventando, se da cuenta que todavía hay más en el carro.

- Creo que traje demasiado- dice apenada.

- Gale podría llevárselo- ofrezco.

- No necesito…- contesta mientras se mueve defensivamente.

- ¿Por qué no? No seas tonto, Gale. Llévatelo- lo reprendo.

- Sí, por favor, hay más que suficiente- añade Madge en una manera suplicante.

Luego se agacha y agarra una pequeña caja blanca y con un tarro plástico. Cuando examino las etiquetas, me doy cuenta que son más remedios traídos del Capitolio: la caja contiene más ampollas de morphling y el frasco una crema cicatrizante para las heridas.

- No sé cómo agradecerte Madge, debe haber sido difícil para ti conseguir esto tan rápidamente- le digo casi con lágrimas en los ojos.

- Yo sólo quiero ayudar- me contesta tímidamente.

- Muchas gracias, Madge- le digo y le doy un abrazo lo más apretado que me lo permite m barriga.

- ¿ Cuándo mudan a Peeta a casa?- me pregunta.

- Estoy esperando a Lahoh y a Naan para que vengan a ayudarnos. Dijeron que estarían acá dentro de una hora.

- Si lo necesitan, puedo ayudar- se ofrece Gale- Es por eso que vine hasta acá.

- Gracias Gale, pero creo que será suficiente con ellos. ¿Por qué no llevan esa comida a tu casa? Estoy segura que tus hermanos enloquecerán.

- Seguramente- ríe Gale.

- Me encantaría acompañarte- agrega Madge- Además, hace mucho que no veo a Posy.

- ¿Si quieres?- dice Gale mientras se rasca el cuello nerviosamente.

- Vamos entonces. Agrega Madge mientras salen por la cocina camino a La Veta.

Mientras veo a Madge y a Gale alejarse de la Aldea de los Vencedores, puedo ver doblar la esquina del camino al padre de Peeta y a sus hermanos, también cargados con panes y bollos de queso. Apenas llegan a la casa de mi madre, Lahoh le regala una galleta a Prim, previamente hacerla jugar un juego de adivinanza para encontrarla. Me hace feliz ver que todavía disfruta de esos juegos.

Para proceder al traslado, mi madre no le había suministrado a Peeta ni jarabe de sueño ni morphling. De esa manera, estaría consciente y podría ayudar con sus movimientos. Sin embargo, la falta de medicina es evidente en la mueca sobre su cara. Me duele mucho verlo sufrir.

Su padre y hermanos son gentiles con Peeta. Sus músculos están tensos y doloridos por la falta de movimiento. Tampoco puede usar la pierna ortopédica, porque está lastimada la zona. Entonces su padre y Bannock lo toman cada uno de sus hombros y comenzamos el viaje desde mi vieja habitación en la casa de mi madre hasta nuestra habitación. Como Peeta todavía no se puede poner una camisa, mi madre le coloca una manta alrededor de sus hombros para protegerlo del frío.

Cuando salimos a la calle, Naan nos muestra el camino, escogiéndolo con cuidado para evitar el hielo u otras imperfecciones que puedan agravar las heridas de Peeta. Prim y yo los seguimos detrás. Cada gemido y silbido que emite Peeta me recuerda un latigazo y su feroz dolor.

Para cuando llegamos a la cima de la escalera, Peeta está jadeante y sudoroso. Los pasos hasta nuestra habitación son eternos, pero el alivio que siento cuando su padre lo deposita sobre la cama es infinito. Después, mi madre lo revisa, comprobando si las puntadas se han rasgado. Me siento con cuidado a su lado y suavemente despejo sus rizos de su frente. Acaricio un poco su cara e instintivamente busco su mano, la cual él agarra fuerte, mientras espera que el morphling que mi madre acaba de administrarle haga efecto. Naan se mueve hasta la ventana para cerrarla, pero lo freno.

- No la cierres, déjala abierta.

- ¿Estás loca? Está helado- me dice Naan sorprendido.

Le sonrío a Peeta antes de enroscarse a su lado, mirando fijamente a sus ojos azules.

- A Peeta le gusta dormir con las ventanas abiertas.

- ¡Ah! Por eso las quejas- dice Naan en broma.

Satisfechos de que todo está en orden, el padre de Peeta y sus hermanos se retiran, mientras Prim y mi madre se quedan un rato más ordenando las provisiones de remedio y comida para las próximas semanas.

El primer y segundo día en casa, Peeta duerme casi todo el tiempo y sólo me aseguro que no este muy incómodo. Sigo con la rutina del baño con la esponja, porque todavía no se siente cómodo yendo a la tina. Luego del baño, aplico sobre su espalda la crema cicatrizante que me ha dado Madge. La piel marcada se ve mucho más fuerte que hace una semana, resultado que no hubiésemos conseguido sin la medicina.

A veces despierta en una niebla causada por el morphling y el jarabe de sueño, muy confundido y alarmado. Peeta me confiesa que las medicinas hacen que las pesadillas sean peores y le sea más difícil de despertar. Aunque no se mueve ni grita como yo, aprendo a ver los signos de su terror. Su ceño fruncido, el sudor frío y el pulso acelerado. Cuando sucede, le canto al oído, arrullándolo suavemente.

- No hay sonido en el mundo que me guste más que tu voz- me dice Peeta con voz ronca.

Sorprendida porque está despierto, busco sus ojos azules, que están particularmente brillantes en la luz de la luna; casi vidriosos por lágrimas no derramadas.

- Gracias por la canción, Katniss- me dice antes de ser arrastrado otra vez por los medicamentos.

- De nada.

Al día siguiente, luego de acompañarlo al baño y darle el desayuno, aparece mi madre para ver los vendajes.

- Esto se puede sentir incómodo, Peeta- le advierte mi madre.

- ¿Quieres que te traiga morphling?- le pregunto.

- No, por favor no. No quiero más morphling- dice Peeta- Quiero ser yo otra vez.

- ¿No te agrade el morphling, Peeta?- dice mi madre con aprobación- A la mayoría de las personas les gusta mucho, demasiado, en algunos casos.

- Es fácilmente creíble, Laurel. Hace ver las cosas brillantes y borrosas. Es como si mi mente flotara fuera de mi cuerpo y los sueños se hicieran muy vívidos.

- ¿Has tenido pesadillas a causa del morphling? – pregunta mi madre con el ceño fruncido.

- No todos los sueños son malos, pero sí la mayoría de ellos.

- Lo lamento mucho Peeta. Debería haberme dado cuenta …

- Ni tú ni el morphling son culpables de mis pesadillas, vienen de cualquier manera. Sólo que son un poco más surrealistas y el efecto del morphling hace que sea más difícil despertarse.

- ¿Podrás soportar el dolor?- le pregunto preocupada.

- Si te quedas conmigo . . .- me contesta con cara de cachorro.

Mientras mi madre vuelve a cambiar las vendas, me aterroriza ver los moretones en la espalda de Peeta, aún varios días después de los azotes. Mi madre me explica que los latigazos y la carne rasgada son sólo una parte de sus heridas. La decoloración horrible es el signo de que sus músculos se están curando debajo de su piel. Cuando mi madre termina de retirar las vendas, aplico un poco más del ungüento que me trajo Madge. Mi madre aplica otro bálsamo a su espalda y luego coloca vendas limpias.

Terminado el ritual de curación, mi madre se retira y yo me quedo junto a Peeta durmiendo un rato. Cuando sale de la escuela, Prim se queda un rato con él para que yo salga un rato a caminar en compañía de Gale. Peeta dice que es bueno para la bebé que no esté todo el día encerrada, pero no quiere que salga sola. Apenas salgo a la calle de la Aldea de los Vencedores, me topo con Haymitch.

- Necesito verte en casa preciosa. Y asegúrate de traer al oscuro y meditabundo contigo.

Gale hace rodar sus ojos por su nuevo apodo y me ayuda a cruzar el camino nevado hasta la casa de Haymitch. Ya dentro, nos topamos con el lío típico, aunque la casa está caliente: un fuego caluroso que cruje en el hogar. Al menos mi mentor no iba a morirse de frío durante una borrachera.

- ¡Maldición! Esta casa es asquerosa- refunfuña Gale.

- ¿Quieres limpiarla muchacho?- pregunta Haymitch mirándolo sobre hombro.

Gale sacude su cabeza con vergüenza. Seguimos a mi mentor a la cocina en dónde pone unas bolsas marrones de papel sobre la mesa. Una contiene varias botellas de licor blanco, probablemente las últimas que Ripper hará durante mucho tiempo teniendo en cuenta los nuevos controles de Thread. En la otra, se podían ver algunos cortes de carne y, finalmente, un pan escondido en la manga de su saco. Haymitch comienza a ordenar sus provisiones con calma y veo que Gale se pone impaciente.

-¿ Qué quieres Abernathy?- pregunta Gale

- Los dos, se sientan- nos dice señalando las sillas que rodean su asquerosa mesa de cocina.

Haymitch toma un vaso de la mesada más cercana y lo sostiene a través de la luz para juzgar si está lo bastante limpio antes servirse generosamente licor blanco. Luego agarra un cuchillo, lo limpia con su suéter, corta el pan y lo coloca en el centro de la mesa. A continuación se sienta pesadamente en su silla, toma un trago de licor y nos hace señas.

- Sírvanse, es fresco. Todavía caliente. No sé por qué, el panadero debería darme ladrillos mohosos después de todo lo que he hecho, pero el hombre es tan decente que piensa que me debe. Todo lo contrario- explica Haymitch sacudiendo su cabeza.

- ¿Cuál es su punto Abernathy?- pregunta Gale frustrado.

- Mi punto es: no hay una sola persona en esta mesa que no le deba algo a Peeta Mellark. Ahora, cálmate durante un minuto Hawthorne y escucha lo que estoy a punto de decirte. Algo va a pasar. Lo que le pasó a Peeta es solo el principio.

- ¿Quieres decir que habrá más azotes?- pregunta Gale.

- No exactamente. Es posible, pero creo que viene algo más grande. Hay una tormenta sobre el horizonte.

- No entiendo- susurro- Pensé que habíamos sido cuidadosos, que habíamos hecho todo lo que quiso Snow para apaciguarlo- le hago a Haymitch una mirada cómplice- Pensé que estaba convencido.

- Adivino que no más, preciosa. Y no me sorprendería que los rumores que hay en el distrito le lleguen al Capitolio.

- ¿Qué quieres decir?

Haymitch se frota la mandíbula pensativamente antes mirar a Gale, ignorando mi pregunta.

- Cazar es inadmisible. No puedes volver a los bosques. Ninguno de ustedes- acentúa sus últimas palabras.
- Lo sé- dice Gale sacudiendo cabeza.

- Bien, ¿qué vas a hacer?-

- No . . . no sé, ¿ a qué te refieres?

- ¿Quiero saber cómo vas a alimentar a tu familia? Sé lo que cobra un minero y sé que tú y tu madre, no importa cuánto se esfuerce, no llegan a alimentar cinco bocas.

Gale le frunce el ceño a Haymitch en respuestas a su intromisión.

- No es tu problema, maldito. Nos arreglaremos.

- Si- el tono de Haymitch es dudoso, pero no de burla.

Haymitch mira alrededor de su casa, pensando silenciosamente durante un rato.

- Cuándo mejore el tiempo, ¿por qué no envías a tu madre para aquí? Tal vez podamos llegar a un acuerdo y pueda limpiar mi asquerosa casa.

Gale lo mira desconcertado, sorprendido por la generosidad hosca de mi mentor borracho.

- ¿ Por qué? ¿Por qué haría usted eso?

Haymitch mira bruscamente a Gale, sus ojos grises de La Veta reflejados el uno en el otro.

- No quiero condenar a los niños de este distrito a la muerte más de lo que ya tengo que hacerlo.

Quedo atontada por la honestidad brutal de mi mentor, pero conmovida por su bondad. Gale no es parte de su familia ni su responsabilidad directa como Peeta y yo. Ni creo que le caiga bien. Pero está haciendo algo bueno ayudando a los Hawthorne. Esto sería un trabajo honesto para Hazelle y tendría que esforzarse mucho menos.

- Está bien, le avisaré señor- responde Gale torpemente.

- No necesitas tratarme con condescendencia, muchacho. Nada de esa mierda de señor, ¿entiendes?

- Sí. Sí- Gale sacude su cabeza afirmativamente.

- Como les contaba, algo está por pasar. Todos en El Quemador se están atrancando debajo de las escotillas. Sería sabio de parte nuestra hacer lo mismo. Tú- mira a Gale- Mantienes tu boca cerrada y tu cabeza baja, pero mantienes tus ojos y oídos bien abiertos en las minas, ¿ entiendes?

Gale cabecea.

- Bueno, ahora puedes irte a tu casa. Dale un saludo a tu madre.

No veo que Gale esté contento por la despedida, pero igual se retira. En cuanto la puerta se cierra detrás de él, no puedo contener la catarata de preguntas que tengo para hacer a mi mentor.

- Tranquila, preciosa. Dame un minuto- le frunzo el ceño- Bien, lo quieres directo. Las cosas no se ven bien. Hay muchos rumores y ninguno de ellos es bueno para ti.

- ¿ De qué hablas Haymitch? ¡Solo dilo!

- Los rumores dicen que tú y tu amante se pusieron de acuerdo para que Thread azotara a Peeta. Que tenían la intención de que le hiciera daño esperando que muriera para poder estar juntos.

- ¿ Yo y mi amante? ¿Qué? ¿Quién …?- mi boca se queda abierta por el asombro y tengo que sostener mi vientre para soportar la puntada que siento- ¿Hablas de Gale y de mí? ¿La gente piensa que …?¿Por qué harían algo así?

- ¿Piensas que miento? ¿Que yo arregle eso? Ve al pueblo y lo verás preciosa. ¿Si la gente del Distrito Doce piensa que estás engañando al muchacho, qué crees que pensará Snow? La mujer Mellark le vende su chisme a quien lo compre y teniendo en cuenta que todos compran pan, tiene una audiencia cautiva.

- Pero todos saben que es una bruja miserable. ¡ A lo mejor ni le creen!

- Entiendo que es una situación de mierda y ella trata de salir bien parada. Mantiene su apellido limpio. Piensa en ello. Tú te escapas a los bosques todo el tiempo con un muchacho que no es tu marido, con el que has estado durante años. ¿Qué esperas que la gente piense? ¿No es un muy descabellado pensar que tú y Hawthorne hicieron algo más que cazar, o no es así?

- ¡Haymitch! Primero, que no lo hicimos, juro que no lo hicimos. Nunca paso nada.

- ¿Nunca?

Haymitch me mira como olfateándome y me pregunto cómo sabía.

- Mira Haymitch. Así como iba con Gale iba con Peeta. La diferencia es que Peeta y yo entrábamos por lugares separados, nadie nos veía. Y si, hice cosas en el bosque, ¡ pero con Peeta! ¡Cómo crees que me embaracé! Y Gale, él me besó y Peeta lo sabe. Yo nunca traicionaría Peeta.

- Lo sé, preciosa. Te creo.

- Fue solo un beso, no significó nada, Haymitch. No sentí nada- dejo caer mi cabeza en mis manos.

- Está bien. Tienes que cuidarte. A ti, a Peeta y a la bebé. Trata de mantenerte alejada del pueblo. Ahora vuelve a tu casa.

Cuando llego a casa está atardeciendo, temprano, por estar cada vez más cerca del invierno. Prim se va con mi madre y yo preparo una sopa para Peeta y para mí. Mientras comemos, le cuento todo. Lo que pasa en las minas, con Gale, con Haymitch. No hay más charla de rebelión entre nosotros. Pero no puedo evitar pensar que todo lo que escucha no hará sino fortalecer su resolución de devolver el golpe. Las penurias en las minas, los cuerpos torturados en la plaza. Rory se ha apuntado para las teselas, algo sobre lo que Gale ni siquiera puede hablar, pero aun no es suficiente, con la disponibilidad inexistente y el precio de la comida siempre en ascenso.

Lo único bueno es que consigo que Haymitch contrate a Hazelle como ama de llaves, resultando en algo de dinero extra para ella y un modo de vida muy superior para Haymitch. Es raro ir a su casa, encontrarla fresca y limpia, comida calentándose en la cocina. El apenas se da cuenta porque está luchando una batalla muy diferente. Peeta y yo intentamos racionar cuanto licor blanco teníamos, pero casi se ha agotado, y la última vez que vi a Ripper, estaba preparando más.

En los días siguientes, desarrollamos una rutina. Descansamos por la mañana, lo ayudo a caminar por la planta superior para que de poco recobre su movilidad, preparo las comidas y dormimos la siesta. Con más fuerza, Peeta me propone que le prepare un baño y lo ayude. Él lava las partes que puede alcanzar sin demasiada dificultad y yo la espalda, cuello y hombros.

Estoy perdida en mis pensamientos, lavando su hombro derecho durante varios minutos, cuando Peeta me toma la muñeca con una mano jabonosa y me mira con su ceño fruncido.

- Una moneda por tus pensamientos- me dice Peeta, riendo dulcemente.

Para hacerme la distraída, agarro el jabón y enjabono el paño otra vez. Sigo masajeándolo antes de hablar.

- Mis pensamientos no valen tanto, Mellark.

- Ah, discrepo. Todavía no entiendes el efecto que tienes ¿ verdad?

- Creo que no- le contesto mirándolo a los ojos.

Estoy arrodillada al lado de la tina. Tengo puesto un camisón sin mangas que, por mi prominente vientre, me llega justo debajo de los glúteos, no llevo sostén y sólo unos calzones muy pequeños, porque no tolero nada que apriete sobre mi vientre. A pesar de haber dormido casi todas las noches al lado de Peeta con tan poca ropa, no hemos intercambiado más que tímidos besos y apretones de mano. Los únicos momentos en que lo toco y disfruto de su cuerpo es cuando lo baño o le aplico la crema cicatrizante. Cuando intento levantarme, la mano fuerte de Peeta me rodea la muñeca.

- Por favor, Katniss. ¿Qué te preocupa?

- No, no es nada- sé que no lo voy a convencer.

Vuelvo a intentar dejarlo solo, pero Peeta tira levemente de mi brazo y me hace caer hacia atrás dentro de la tina. De repente, estoy en el regazo de Peeta, totalmente empapada, dejando muy poco a la imaginación.

Con una mano trato de apartar las burbujas que están adheridas a mi boca, mientras voy rotando sobre el cuerpo de Peeta hasta quedar frente a frente, separados sólo por mi panza. Maniobro un poco más, causando olas y haciendo rebalsar la tina hasta quedar arrodillada sobre él, una pierna a cada lado de su cintura. Mi primer instinto sería retarlo por la maniobra, pero cuando veo su mirada, me quedo boquiabierta. El gesto pícaro y de deseo en la cara de Peeta es innegable.

Peeta sube su mano hasta mi cara y acomoda un mechón de pelo detrás de mi oído, luego roza con su pulgar mi mejilla, bajando por mi cuello hasta mi clavícula. Sus toques son apacibles, apenas rozando mi piel, pero siento que van dejando un rastro caliente. Muestras miradas se cruzan, veo que Peeta lame sus labios una vez, dos veces, antes de posicionar su mano en mi nuca para juntar nuestras cabezas y fundir su boca contra la mía. El beso es firme y, enseguida, su lengua está pidiendo permiso para entrar en mi boca. De a poco, las intensidad del beso escala y es tan mojado y caliente como nuestros cuerpos sumergidos en el agua. Sus labios son firmes e insistentes y, poco a poco, van abriendo un camino de fuego hacia todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, que empieza a revivir.

- No pensé que me querrías después que lo que pasó- susurro- Los azotes, fueron mi culpa. No eran para ti, eran para castigarme a mí, cree que Gale y yo somos amantes

- No entiendo cómo puedes pensar eso- me contesta en una voz ronca por el deseo- ¿ Puedes sentir cuánto te quiero y te deseo?- me dice mientras toma mi mano y la apoya sobre su erección.

Al sentir su miembro duro en mi mano no puedo evitar gemir. Empiezo a sentir que la humedad se junta entre mis piernas, como si mi cuerpo volviera a la vida después de estos días horribles. Siento las caricias del agua alrededor de nuestros cuerpos y las olas suaves que se forman a medida que comenzamos a movernos rítmicamente el uno contra el otro. Con firmeza, Peeta toma mi camisón empapado y lo saca por encima de mi cabeza. Comienza a trazar un camino de besos por mi cuello hacia mis pechos. Entonces, lo agarro de su pelo y trigo su boca hacia un pezón. Sin vacilar, Peeta coloca la boca abierta sobre él y comienza a rozarlo con su lengua. Al principio, es apacible, pero mis gemidos lo alientan y se vuelven hambrientos e insistentes. Sigue besándolo y chupándolo hasta que decide raspara sus dientes contra mi pezón.

Despacio, mueve sus manos hacia abajo, acariciando mi abdomen prominente hasta llegar a mis caderas. Luego de una pausa, sus manos firmes me agarran las curvas de mis glúteos para forzarme a apoyarme sobre su erección. Aprovecho que su boca se abre para besarlo e introducir mi lengua, masajeándolo ávidamente. Peeta gruñe cuando tomo su labio inferior entre mis dientes y lo muerdo juguetonamente. Siento que su mano derecha se mueve a través de mi cadera, hacia mi muslo hasta mover la tela de mi ropa interior. Sus dedos encuentran mi entrada, caliente y mojada por el deseo. Comienza a explorarme despacio. Pero de repente, estoy desesperada. Comienzo a rozar toda mi entrepierna contra su mano, pidiendo más. Peeta no me decepciona y continúa moviendo sus dedos dentro mío, haciendo círculos sobre mi clítoris hasta que mi orgasmo explota.

Todavía puedo sentir como se contrae mi vagina, cuando, con un leve movimiento, Peeta me levanta, ingrávida sobre el agua, y lentamente me deja caer sobre su erección. Es en ese instante que soy consciente de cómo lo he extrañado.

- Peeta- suspiro- Ah Peeta, te extrañaba.

- Si mi amor.

- Peeta, Peeta, Peeta- susurro su nombre como un cántico.

Mis labios están apoyados sobre su cuello, mis agarradas fuertemente a los bordes de la tina y las manos de Peeta en mis glúteos que guían mis movimientos de arriba hacia abajo. El ritmo es lento, agonizantemente lento, pero es la mejor forma de que él pueda durar. Y quiero que dure, quiero estar así toda la noche, quiero recuperar casi dos semanas separada física y emocionalmente de mi esposo. El agua está más tibia, pero el calor que irradia de nuestros cuerpos compensa la diferencia de temperatura. Peeta vuelve a posicionar su dedo sobre mi clítoris y hace círculos suaves. Unos minutos después, cuando comienza mi segundo orgasmo, siento a Peeta pulsar adentro mío.

- Te amo- escucho a Peeta decir mientras me besa la clavícula.

- Te amo- le contesto con la voz todavía agitada.

Nos quedamos un rato más sentados en el agua, que va perdiendo temperatura. Peeta me tiene atrapada en sus brazos y me acaricia desde la curva de la parte baja de mi espalda hasta el cuello. Me siento como si tuviera huesos. Estoy ronroneando como si fuera un gato.

- Me gustaría quedarme así- le confieso tímidamente.

- Nos vamos a congelar- me contesta riendo- Vamos a la cama.

Nos desenredamos y salimos del agua. El baño está todo mojado por toda el agua que rebalsó l tina, pero no lo voy a limpiar ahora. Peeta agarra una toalla y la ata alrededor de su cintura y me alcanza otra con la que me cubre. Ya secos, nos metemos debajo del edredón, sin molestarnos en vestirnos. Por seguridad, Peeta se coloca panza abajo y yo de costado, mirándolo. Pero ésta vez, a diferencia de las otras noches, la mano de Peeta descansa sobre mi vientre. Es la primera noche en casi dos semanas que no tenemos pesadillas.

El sábado a la mañana, un día antes de que se cumplan quince días de los azotes a Peeta, llega mi madre junto a Prim para sacar los puntos de su espalda. Mi madre trae su cesta con todo lo necesario para hacer la curación, mientras Prim lleva una horma perfecta de queso de cabra que le regala a Peeta.

- ¡Hola Peeta!- saluda Prim con alegría.

- ¡Hola hermanita!- ríe Peeta mientras le tira su trenza rubia.

- Venimos a remover los puntos, ¿no estás emocionado?

- Creo que tú estás más emocionada que yo- le contesta mi esposo- Pero entiendo. Me encanta que te preocupes tanto, serás un excelente sanadora.

Peeta las guía hasta la mesa de la cocina, donde está todo preparado para desayunar pan fresco, el primero que ha hecho Peeta desde todo el incidente. Después de varios minutos charla, están listas, finalmente, para quitar las puntadas. No sé si es porque Peeta está mejor o porque también pudimos reconectarnos emocional y físicamente, pero el ambiente de la casa es mucho más relajado que hace una semana.

- Te va a molestar un poco- le advierte mi madre.

- Creo que podré soportarlo.

Las palabras de Peeta me duelen, porque sé que es verdad, es capaz de soportar el dolor más sobrehumano para protegerme. Mi madre se mueve hacia la espalda de Peeta y, con cuidado, levanta sus brazos y saca su camisa. Luego llama a Prim para que la ayude a quitar las puntadas. Le muestra a Prim cómo cortar con la tijera cada punto y quitar los remanentes del hilo con las pinzas. El proceso parece ligeramente incómodo, pero no doloroso. Las heridas de Peeta se han curado bien, aunque ahora, las feas cicatrices, surcan su espalda, su piel está de varias sombras de azul, púrpura y verde como consecuencia de la cicatrización y los moretones.

Media hora después, mi madre y Prim terminan su trabajo y nos informan que tienen que ir a revisar otra víctima de azotes. Yo salgo con ellas, porque Peeta me pide que vaya a buscar a su padre. A medida que me acerco al pueblo, me doy cuenta cómo ha cambiado todo en menos de dos semanas. Me siento como una paria cuando ando por las calles. Ahora todo el mundo me evita en público. Pero no hay escasez de compañía en casa de mi madre. Un flujo estable de enfermos y heridos es depositado en su cocina ante mi madre, que hace tiempo que dejo de cobrar por sus servicios. Sus reservas de remedios son escasas. Dentro de poco, todo con lo que podrá tratar a sus pacientes será nieve. Peeta tuvo suerte que Madge nos trajo las medicinas que necesitábamos.

El bosque, por supuesto, está prohibido. Absolutamente. Sin cuestión. Ni siquiera Gale desafía esto ahora. Pero una mañana, yo sí. Y no es la casa de mi madre llena de enfermos y moribundos, las espaldas sangrantes, los niños de rostro escuálido, las botas marchantes, o la omnipresente miseria la que me lleva debajo de la valla. Es la llegada de una caja de vestidos de novia anoche con una nota de Effie diciendo que el Presidente Snow los aprobó en persona.

La boda. ¿De verdad está planeando llevarla a cabo? ¿Qué conseguirá eso en su cerebro retorcido? ¿Es por el beneficio de aquellos en el Capitolio? Se prometió una boda, se hará una boda. ¿Y después nos matara? ¿Cómo lección para los distritos? No lo sé. No puedo verle sentido ninguno. Doy vueltas y vueltas en la cama hasta que ya no puedo soportarlo más. Tengo que salir de aquí. Por lo menos durante unas pocas horas.

Peeta se da cuenta que estoy inquieta. Estamos todavía en la cama, todavía no ha salido el sol, podríamos estar haciendo el amor. Pero estoy inquieta.

- ¿Qué pasa?- me pregunta un poco dormido.

- ¿Viste lo que llegó anoche?- le pregunto.

- Una caja. No vi que tenía adentro.

- Vestidos de novia.

- ¿Vestidos de novia? ¿Para …- comienza pero se detiene- ¡Oh!

- ¡Si! ¡Y se supone que tengo que probármelos!- le digo haciendo seña hacia mi vientre de veintisiete semanas de embarazo- ¿Cómo se supone que me pruebe esos vestidos?

No me puedo contener y empiezo a llorar. Peeta se acomoda a mi espalda y me envuelve en sus brazos. Desde que le sacaron los puntos, ha comenzado a moverse más normalmente, para mi beneficio, porque extrañaba muchísimo sus abrazos de oso. Se coloca de forma de que toda la parte anterior de su cuerpo haga contacto con mi parte posterior, calentando la mayor superficie posible.

- Amor, no tienes que probarlos ahora- me dice al oído- Effie dijo que iban a esperar a que nazca la niña.

- ¿Entonces por qué mandan las cajas? ¡Faltan tres meses!

- No lo sé, será para presionarnos.

- No nos presionaron bastante ya.

- Ya lo creo, pero estamos atrapados Katniss. No veo qué podamos hacer. Creo que ni siquiera podremos ir a la cabaña para el parto.

- Si, ya lo sé. Aunque ahora, sin los micrófonos y todo, si nos cuidamos que nadie que no seamos nosotros entre a la casa, nadie se dará cuenta que tuvimos un bebé..

- Y esperemos que no llore mucho- dice irónicamente Peeta.

- Peeta, hablando de la cabaña. No podemos dejarla abandonada.

- No está abandonada. Sólo que no vamos.

- Necesito ir para allá.

- Katniss….

- Por favor, déjame ir por última vez.

- ¡Pídele a Gale que te acompañe!-

- ¡No! No voy a arriesgar a que lo azoten a él por mi culpa. Ya bastante sufrí contigo.

- Katniss, es peligroso que vayas sola.

- Si salgo ahora, vuelvo antes del mediodía. El paseo me hará bien. Hace días que no nieva. Por favor….

- Está bien, pero vuelves rápido, por la entrada al bosque que está lejos del pueblo.

- Gracias- lo beso.

Rápidamente me levanto de la cama. Mis manos buscan en mi armario hasta que encuentro el traje aislante de invierno que Cinna me hizo para uso recreativo en el Tour de la Victoria. Botas impermeables, un traje de nieve que me cubre de la cabeza a los pies, guantes térmicos, una larga y gruesa bufanda alrededor de mi cuello. Adoro mis viejas cosas de caza, pero la caminata que tengo hoy en mente es más apropiada para esta ropa de alta tecnología. Lleno mi bolsa de caza con comida y salgo de la casa. Andando a hurtadillas por calles poco importantes y callejones oscuros, llego hasta el punto débil de la valla que está más cerca de la carnicería de Rooba. Ya que muchos trabajadores cruzan por aquí para llegar a las minas, la nieve está llena de pisadas. Las mías no se notarán. Con todas sus renovaciones en la seguridad, Thread le ha prestado poca atención a la verja, tal vez pensando que el tiempo duro y los animales salvajes serán suficientes para mantener a la gente en el interior con seguridad. Incluso así, una vez estoy bajo la cadena, cubro mis huellas hasta que los arboles las ocultan por mí.

El amanecer apenas está rompiendo cuando recupero un set de arco y flechas y empiezo a forzar un camino a través de la nieve amontonada en el bosque. Estoy decidida, por alguna razón, a llegar al bosque. Tal vez para decirle adiós al sitio, a mi padre y a los momentos felices que pasamos allí, porque sé que probablemente no volveré jamás. Tal vez solo para poder respirar tranquila otra vez. A una parte de mi no le importa que me cojan, si puedo verlo una vez más.

El viaje me lleva el doble de lo habitual. La ropa de Cinna mantiene bien el calor, y llego empapada de sudor bajo el traje de nieve mientras mi cara esta entumecida por el frio. El brillo furioso del sol otoñal sobre la nieve me dificulta la visión y estoy tan exhausta y envuelta en mis propios pensamientos desesperanzados que no veo las señales. El delgado hilo de humo saliendo de la chimenea, las mellas de pisadas recientes, el olor a agujas de pino hervidas. Estoy literalmente a unos pocos metros de la puerta de la casa cuando me detengo en seco. Y no es por el humo o las huellas o el olor. Es por el inconfundible chasquido de un arma detrás de mí.

Segunda naturaleza. Instinto. Me doy la vuelta, sacando la flecha, aunque ya sé que la suerte no está de mi parte. Veo el uniforme blanco de Agente de Paz, la barbilla puntiaguda, el iris marrón claro donde mi flecha encontrara un hogar. Pero el arma está cayendo al suelo y la mujer desarmada está levantando algo hacia mí en su mano enguantada.

- ¡Para! - grita.

Vacilo, incapaz de procesar este giro en los acontecimientos. Tal vez tengan órdenes de llevarme con vida para poder torturarme y hacerme incriminar a todas las personas que conozco. Si, buena suerte con eso, pienso. Mis dedos ya se han decidido a soltar la flecha cuando veo el objeto en el guante. Es un pequeño círculo blanco de pan ácimo. Más como una galleta, en realidad. Gris y raída por los bordes. Pero hay una imagen claramente estampada en el centro.

Es mi sinsajo.