DE AMOR Y TRAICIÓN
.
CAPÍTULO LII
Breves notas de las autoras:
Esta parte de la historia, Cuencas más que escribirla, la parió (xD). Al igual que el capítulo anterior, se divide en tres pedazos: Asgard, Nifflheim y Svartálfheim. Quizás este capítulo no tenga tanto Thorki pero ahondamos en otro personaje canon que tiene un gran peso: Odín.
Muchas gracias por sus comentarios. Agradezco por este medio a Guest, ya que no lo puedo hacer vía re–ply. Yo sé que todas ustedes desean ver a Loki al lado de Thor pero sé que también saben que siempre nos tomamos nuestro tiempo para hacer más interesante la historia y el drama también. Gracias a quienes nos han seguido, nos han empezado a seguir y gracias por los pm's, fueron hermosos.
¡Nos estaremos viendo dentro de quince días!
Ah, y créditos financieros a los mismos de siempre.
ADVERTENCIAS: Política, draugs, Odín.
. . . . . . . . . . . . . . .
Capítulo LII:
–Tyr, en la muerte estás más vivo para mí que nunca. –Esas fueron las últimas palabras que la diosa de la muerte le había dicho a su general. Las repitió al viento ese día, sentada en sus aposentos dentro de su fortaleza, Elvidner. Sin embargo añadió: –me apoderé de las almas más poderosas que pude hallar; ellos te devolverán a mí y estaremos juntos una vez más antes de que mi tiempo se agote.
Se miró al espejo. La mitad de su rostro era el de un muerto. La otra mitad era de una anciana, surcada de arrugas y debilitada, el cabello encanecido y los ojos apagados bajo párpados caídos. Llamaron a la puerta. La diosa se levantó. Conjuró la inagotable energía del espíritu Hel, el cual vivía en ella. Su cuerpo rejuveneció una vez más y su mitad cadavérica quedó oculta a la vista. Quedó transformada en la mujer de aspecto fuerte y vigoroso con el que siempre se mostraba ante todos.
–Mi señora –era Dama. Una elfa. –Es hora de la audiencia.
Hela no tenía potestad sobre la hermosa raza, pero las diosas Isil y Anar, le dieron su venia, para de vez en cuando retener a algún alma élfica en su camino rumbo al Helgafell. Le permitían quedárselas durante algún tiempo antes de permitirles seguir. Esa era la promesa que se hicieron. Hela protegía el Helgafell, dentro del cual estaban las salas donde las almas de los elfos reposaban por la eternidad. Y las diosas le dejaban en préstamo a quienes pudieran auxiliarla. Dama era la amada de Aldaron, el cuál era su mensajero en el mundo de los vivos. Pues en ocasiones la diosa no tenía avatares, tales como Dema, a los cuáles recurrir para hacer oír su voz en los otros reinos.
Dama le ayudó a ceñirse su espada. Los años no le pesaban a Hela en el cuerpo, sino en el alma. En ese rincón suyo que le recordaba que un día se uniría al Helgafell y que además ese día estaba encima.
Se mostró en toda su majestuosidad ante su corte. Una muy reducida. El suplicante del día estaba ahí y la reverenció con gesto sumiso que ella no se lo creyó. Ocupó su lugar en su trono, altiva y bella. Nadie le hablaba a menos que ella iniciara el diálogo, no quería perder su tiempo con este gusano traidor, así que le concedió la palabra en el acto.
–Habla Mephisto, también llamado Bölthorn. La reina del Nifflheim te escucha –le recordó que en ese reino, la soberana seguía siendo ella.
–Mi señora –dijo el demonio y se relamió con su larga lengua de réptil. –Es un honor y un placer estar nuevamente en tu corte. –Mephisto lucía su piel roja, sus ojos ámbar y sus rasgos demoníacos. Por fin se mostraba con sus verdaderos colores. Hela ya sabía que Mephisto había conseguido quitarse la maldición que durante siglos ató sus poderes, y que lo había limitado a cambiar a poquísimas formas y a siempre dar el nombre de Bölthorn cuando se le inquiría su identidad. La diosa también sabía que lo había conseguido embaucando al rey elfo para que le concediera la gracia de Anar. –Te encuentro más radiante si cabe.
–Guárdate las lisonjas. Hablemos claro.
–¿De igual a igual? –Hela apretó los dientes. Mephisto siguió como si ella hubiera dicho que sí. –He venido mi señora para ocupar el trono de este reino; tal como acordamos. –Hubo murmullos a su alrededor, sus cortesanos estaban sorprendidos pero ninguno se movió. Hela le clavó los dedos a su trono. Ah, sí tan sólo Tyr estuviera a su lado, ya le estaría arrancando la lengua a Mephisto. O por lo menos, si tuviera a Thor. Pero estaba sola. –Por favor mi hermosa reina, no niegues que me diste tal palabra.
–No lo niego, pero te recuerdo que te desheredé. No serás mi sucesor por tu traición y lo sabes.
–¿Traición? –Mephisto pareció genuinamente insultado. –Mi lady… yo…
–El acuerdo era devolver a Fenrir al caos una vez que me concediese el alma de Thor, y quisiste propasarte conservándolo.
–Yo no lo hice –se defendió Mephisto. –¿Cómo podía saber que el príncipe Hërin podría sostenerlo y apropiárselo? Quizás debí sospecharlo, pues ese niño desciende de Bor, de Odín y de Thor por una parte; y de Ymir, de Hoster, de Laufey y de Loki por el otro. Pero el caso es… que aquel periplo terminó de forma inesperada para mí, sin premeditación no hay traición.
–Lo intentaste de nuevo. Sabiendo que contravenías mis deseos, corrompiste a Loki y lo lanzaste al caos a por Jörmundgander.
–Acordamos desatar el Ragnarök. De lo contrario, ¿para qué liberar a Surtur? Tus hermanos mi señora, son parte del escenario del día final. No veo en que obré mal.
–Eso acordamos en un inicio –dijo Hela reacomodándose en su trono. –Pero el Yggdrasil habló, su palabra fue esta: "no es el momento".
–¡Vamos! –Mephisto se rió, el insolente descastado se rió. –El árbol no habla así como así, nunca dice nada claro. Sus visiones son confusas y se pueden interpretar de muchas maneras. Quizás no dijo "no es el momento", quizás quiso decir "dense prisa". Además mi señora, cuando decidiste retirarte ya era tarde. La guerra había iniciado cuando intentaste frenarnos, aunque yo te hubiese escuchado Surtur no iba a contenerse.
Hela respiró hondo. Sí, las visiones del árbol podían ser confusas. Pero Hela había dialogado con él más veces de las que ningún otro ser lo había hecho. Y había sacado dos mensajes en claro: "no es el tiempo de Surtur, ni del final"; y también, "no hay equilibrio entre destrucción y renacimiento".
–Te apoderaste de las dísir y las condujiste a su destrucción.
–Ya habrá más. Siempre alguna valkiria se desvía de la senda de Brunhilda. –Hela negó. No iba a parlamentar más con Mephisto, era inútil, lo único que escuchaba eran excusas para cada una de sus acciones. –Mi señora, haz envejecido y mucho. No tienes un heredero, tu magia de dar vida te dejó crear hijos pero tu magia de conceder la muerte los asesinó cuando estaban dentro de ti. –Hela no respondió ni ante la mención de tan terribles memorias. –Tus foreldrar fueron un fracaso para contener al espíritu de Hel y darlo a luz. Por supuesto, ahora está Loki, que parece que tiene tal capacidad, pero es tarde. Él ya lleva dentro de sí a Jörmundgander y aunque le quitases a ese hijo e intentases que tuviese otro que fuera el contenedor de tu espíritu, Thor ha muerto así que no puede preñarlo de nuevo. En conclusión… –Mephisto la miró regodeándose –estás jodida.
Hela se puso de pie ante tal ofensa. Avanzó hacia Mephisto con la mano en la empuñadura de su propia espada, llamada "Filo de la noche".
–Yo te silenciaré –dijo la diosa. No requería de un campeón para defender su honor. –Prefiero el trono vacío a permitir que tú lo ocupes.
–Te juré que defendería tu precioso crisol de almas, mantengo la palabra dada. Ningún demonio pondrá pie en el Helgafell mientras yo reine.
Quizás fuera cierto, pues Mephisto solía cumplir su palabra; pero seguramente acabaría con los nueve aún en contra de los designios del árbol, porque se atenía a sus promesas pero siempre las retorcía.
Se estaba construyendo un nuevo equilibrio que Hela seguía de cerca con su mirada. Cuando el Ragnarök llegase, debía haber destrucción y renacimiento. Los elfos habían fracasado inicialmente en semejante tarea, Eyrikur y Malekith se habían lanzado al fratricidio. Pero ahora estaban Eyvindur y Svadilfari. Hela tenía esperanzas, creía que Eyvindur destruiría a los nueve con el aether y Svadilfari los reconstruiría con esa misma fuerza. Así debía ser. Pero no ocurriría de esa manera si Mephisto tomaba el poder de Hel para sus propios fines.
Hela llegó al pie de la escalinata que conducía a su trono. Mephisto dio un paso atrás pero antes de que pudiese intentar ningún truco, Filo de la Noche silbó y la cabeza del demonio se desprendió de sus hombros.
–Márchate ahora, pérfida criatura.
–Que mal carácter tienes, con razón Tyr prefiere ser mi huésped –habló la cabeza cercenada. Y el cuerpo sujetó a la diosa. Era un etiäinen. Uno muy resistente. Por supuesto, Mephisto no se le acercaría así como así. Mientras las manos del etiäinen la agarraban, la cabeza dijo un hechizo y la verdadera forma de Hela se manifestó. Aún con su aspecto entre putrefacto y envejecido, Hela partió en dos el cuerpo que la sujetaba. Se vio liberada pero la cabeza se reía. –Niégame lo que me prometiste. Puedo esperar un poco más. Ahora sé con certeza que tu final es cuestión de días, ya no tienes tiempo. –Hela le puso un pie encima a la cabeza. –Ya no tienes tiempo. Volcaré a los monstruos del Naströnd sobre este castillo. Ya no tienes tiempo, no tienes… –La cabeza reventó bajo la fuerza de Hela. La diosa hizo una mueca de desagrado.
Envainó a Filo de la Noche. Mephisto tenía razón. ¿Qué haría ella? Los draugr dependían de la fuerza de Hel. Cuando ya no estuviera de nada serviría que hombres poderosos como Thor y Larus tratasen de defender el crisol de las almas. Sería el fin de todo. Recobró su aspecto de siempre, ocultando los estragos que el tiempo y la magia de muerte le causaban a su cuerpo.
–Ya no tengo tiempo –se dijo la diosa. –Y Mephisto ya no está atado a una maldición que lo contenga.
Una súbita inspiración llegó a ella.
.
.
Odín recibió a Sif en su despacho en cuanto volvió de Jötunheim. La diosa de la guerra se presentó al lado de su capitán Svana; ambas mujeres se habían desprendido de las capas afelpadas que se requerían para soportar el frío del reino de hielo pero en el cabello aún se podían apreciar algunos copos de nieve. Ambas lo reverenciaron. Svana hizo que varios ulfhednar dejaran un gran cofre que abrieron en el acto, dentro de ella, estaban apiladas varias pieles. Un regalo de los reyes de Jötunheim. Después de ello tanto Svana como los otros soldados, los dejaron a solas.
–Me reuní con los reyes en Heydubreid donde fui recibida de manera cortes. Mi demora se debió a que no tenían aún completo el vasallaje. –Fue diciendo Sif. –No hubo ningún contratiempo y Hildetand aceptó que Asgard continúe siendo su protector pero ni siquiera hubo mención ni un atisbo del cofre de los antiguos inviernos. –Sif pareció meditar sus recuerdos. –Cuándo le he preguntado por el paradero de su hermano, Hildetand no sabía nada y se ofendió al saber que Loki no se encuentra en Asgard. No creo que él mienta, mi rey.
–¿Alguna otra noticia? –Le preguntó Odín, quien de verdad no se esperaba que Loki estuviera con su hermano, pues siempre odió su reino de origen.
–La reina Skadi está esperando al heredero al trono de Jötunheim.
Odín pensó que eso era mucho más interesante, un heredero que tal vez podría izar el cofre de los antiguos inviernos.
–Enviaré mis felicitaciones a la reina Skadi en cuanto sea oficial su estado –dijo Odín. –General Sif, te agradezco por cómo has velado por los intereses de Asgard, te pido que ahora descanses en compañía de tu familia.
Sif hizo otra reverencia pero no se retiró de inmediato.
–Odín, mi rey, me preguntaba si me será posible visitar a Thor –le pidió.
–Los amigos de mi hijo siempre serán un consuelo para éste. Me gustaría pedirte visitar también a la reina Frigga, estoy seguro de que se mostrara contenta de verte y que con tus palabras, podrás confortarla en su pena.
Sólo entonces Sif se marchó.
.
El día de Odín se fue en audiencias e informes pero la atención del rey realmente estaba en Nornheim y la solución de su guerra. Gracias a Heimdall podía seguir de cerca las alianzas de Karnilla y las confrontaciones entre clanes, así era como sabía, que la reina norn estaba tomando ventaja sobre su enemigo, Oxater. Odín había hablado en persona con Hagbard para darle sus condolencias sobre sobre el deceso de su hijo, y éste se había retirado a Nidavelir con su esposa para honrar la memoria del joven. Sin embargo tanto Hallgeir como Rongbard, sus otros hijos, continuaban en el castillo cumpliendo sus obligaciones.
–Mi señor, el concejal Velaryon –anunció Hallgeir.
Odín sabía lo que deseaba el maestre: la mano de Héroïque. Odín se la había ofrecido a Dregni pero para su sorpresa, el gobernador se negó. Aludió que había escuchado cosas nada halagadoras de la joven, como que era asidua a las fiestas y a la vanidad, que mantenía costumbres bárbaras y que al igual que su hermana, poseía dotes mágicas. Odín intentó disuadirlo pero Dregni finalmente aludió que prefería que se casara con uno de sus hijos y no con él.
–Majestad –el maestre hizo una reverencia. Aun cuando Odín siempre decía que era joven, el maestre era mayor a Thor. Era un hombre que había sido instruido por el mismísimo Harma, pero el hecho de que hubiera sido tan amigo de Karnilla, le hacía desconfiar.
–¿Cómo avanza el proyecto de la academia de magia? –Le preguntó Odín.
Odín se había encontrado que Thor había construido el edificio, levantado un censo de los hechiceros de Asgard e inclusive iniciado el decálogo que los regiría. Odín estaba conforme con ello, aunque admitía que a él jamás se le habría ocurrido tal cosa pero si los ases estaban listos para domar el seidh, le parecía de lo más oportuno pues ese siglo, más que de grandes guerreros, parecía ser de excelsos hechiceros. Había hablado con Ragnheidur, que le aseguró que Thor deseaba que los niños ases fueran elegidos para ser hechiceros o guerreros, pero que en ningún caso fueran las dos cosas. Odín eligió a Ragnheidur para el comité de ética que supervisaría el decálogo y otras normas que atañían a los hechiceros.
–Las mejores doulas que instruyó su alteza Karnilla, han empezado a instruir alumnas y a su vez, están siendo capacitadas como sanadoras aesir. Sin embargo los jóvenes hechiceros… no hay maestro que les pueda enseñar. –Le fue diciendo. –En el pasado Lord Aldor se mostró dispuesto a compartir la forma de instrucción de los istyar, e inclusive ceder a algunos de sus ehtyar a cambio de que la magia aesir fuera catalogada tal como ellos hacían. Si el gran istyar pudiera venir o enviara a alguien, nos haría el camino más sencillo.
–Estoy seguro de que Lord Aldor debe estar muy ocupado con la nueva orden de istyar, pues sus compañeros perecieron en la guerra… –dijo Odín pensando que siempre preferiría a un istyar elfo que a un brujo norn. –Le enviaré una misiva a mi hijo pidiéndole ayuda con esta cuestión.
Velaryon asintió.
–Eso será de gran ayuda –le dijo Velaryon y procedió a cambiar el tema –en cuanto a mi asunto personal…
–Aún debo pensarlo. –Lo atajó Odín y tras ello, lo despachó.
Por aquel día habían sido suficientes audiencias y Odín acudió donde Frigga para relajarse. La halló en el jardín de Valaskialf, en compañía de Hërin y Nari. Magni estaba en lecciones con Hogun. No es que Odín deseara mortificar al maestre con su respuesta pero no estaba seguro de casar a Héroïque con él. Había descubierto que la princesa norn era dueña de propiedades en Asgard, Svartálfheim y en Nornheim, que tenía joyas, títulos, y rentas dadas por sus hermanos; y respaldo suficiente como para escudarla de cualquier desaire en la corte. Y aún más, continuaba llevando la vida de palacio y era del agrado de su esposa.
–Debo averiguar quién hizo correr esos rumores –se dijo. No los creía en absoluto porque Frigga los había desmentido. De ser verdad, su esposa sin duda alguna lo habría sabido de inmediato.
–Amado –lo recibió Frigga con una sonrisa que lo calmó de inmediato. –El día de hoy Velaryon ha hablado conmigo.
–Para pedirte que intercedas en que acepte casarlo con Héroïque.
–También ha venido ella, a pedirme lo mismo. Me ha hablado de lo mucho que respeta y ama al gran maestre y aunque sus palabras no me parecieron las de una empedernida enamorada, me parece contenta con la idea. ¿Qué te impide casarlos?
–Que siento que hay alguien más detrás de estas acciones.
–Creo que el asunto es más simple de lo que crees. –Frigga no estaba ni remotamente preocupada como Odín por lo que no añadió nada más.
Hërin se acercó hasta ellos y reverenció a su abuelo.
–Su majestad abuelo –lo llamó y le aceró un pergamino que llevaba con él. –Quisiera enseñarle la genealogía de Asgard –le mostró entonces. Hërin estaba aprendiendo a escribir, algo precoz para su edad; y había anotado el nombre de Bor con letras grandes y rojas, a continuación unido con una línea estaban Ve, Vili y Odín, más abajo el nombre de Thor junto al de Loki, y después el suyo junto con el de Magni y Nari. –Y este de aquí es el bravo general Vili que murió en la guerra contra el malvado Cul, y aquí está Ve, el general de los berserkir que murió en guerra… –le fue explicando el árbol de sus antepasados aesir.
–Hërin se ha enterado que Magni te ha recitado los nueve preceptos del guerrero aesir, y ha querido mostrarte lo buen alumno que es. –Le dijo Frigga cuando éste terminó. –Su preceptor lo ha halagado diciendo que es muy inteligente.
Hërin alzó la cabeza, muy orgulloso de sí mismo.
–Sí, eres muy listo. A tu edad, tu padre aún no empezaba a aprender a leer –dijo Odín sonriendo por aquel recuerdo. Estiró una mano y le acarició los rubios cabellos. –No me cabe duda de que aprenderás muy pronto toda nuestra historia.
–Así es, su majestad abuelo –continuó Hërin para presumir sus conocimientos. –El maestre Eero me ha hablado del rey Bor y su guerra contra los muspell, me enseñó la planicie de Ida y me dijo que Bor mandó hacerla para poder pelear bien en la batalla final. -Le relató con emoción.
Odín asintió muy complacido.
Nari se acercó entonces, seguida de Vilda, he hizo una reverencia pronunciada mientras alzaba su vestido por un costado.
–Su majestad abuelo, ¿puedo cantar una canción? –Le preguntó con perfecto formalismo. Odín consintió y la niña empezó a recitar una tonadilla famosa. Una nana que Vilda le había enseñado. Cuando terminó todos le aplaudieron.
–Me es glorioso ver que son tan listos y tan talentosos. Y más me enorgullezco, porque son mis nietos –los glorificó.
Valdis se acercó con discreción hasta él. Le dijo que su nieto Magni le solicitaba una audiencia privada. Odín, extrañado por el comportamiento del niño, le indicó a Valdis que lo vería en su oficina y se dirigió hacia ella dejando a su amada con el resto de la familia. Cuando entró a ésta, Magni ya esperaba erguido a mitad de la oficina. Estaba tan serio que estaba seguro de que ni siquiera había curioseado en ella.
–¿Qué ocurre? –Le preguntó.
–Su majestad abuelo, hay una pregunta que deseo hacerle y en la que he estado meditando por mucho tiempo –pero no la hizo de inmediato, sino que esperó a que le indicara que podía proseguir. –Puedo preguntar por el paradero de mi padre Thor, sé que no se encuentra en Svartálfheim como mi abuela ha seguido insistiendo. –Magni hizo una reverencia más profunda. –Por favor, quiero saber dónde está.
Odín lo miró largamente.
–Acompáñame.
.
Magni siguió a su abuelo a través de las habitaciones reales hasta llegar a las que le pertenecían a Thor y a Loki, esas que se suponían abandonadas. Pasaron por un costado de los comedores principales hasta una alcoba que era custodiada por dos einheriar. No reverenciaron y ni siquiera se inmutaron. Adentro había varias doulas y un maestre que le dirigieron una mirada asombrada a Magni, antes de reverenciar al rey.
–Déjennos –les pidió.
Al centro, en la cama, se encontraba sentado Thor.
Magni luchó contra el impulso de correr en dirección a su padre, y lo hizo porque la presencia de su abuelo lo disuadió. En cambio, avanzó lentamente hasta la orilla del lecho.
–Papá –lo llamó esperando que se dirigiera hacia él pero Thor ni siquiera hizo caso de su saludo. Estaba con la mirada perdida en el vacío.
–Este es el precio que se ha pagado por la victoria contra Surtur. En tiempos de tu abuelo Bor, fue Tyr quien pereció en la contienda pero ésta vez, fue tu padre quien resultó maldecido: entre la vida y la muerte. –Le fue diciendo Odín –lo han llamado "la maldición de Surtur".
–¿Entonces no se puede mover ni hablar?
–Ni siquiera nos reconoce.
–¿Y se va a recuperar? –Fue su siguiente pregunta.
–Los maestres no me han dado esperanzas.
–¿Y Loki? ¿Dónde está él? –Magni tenía muchas dudas pero Odín se mostró abierto a responderlas.
–No lo sé. Estaban juntos pero se separaron antes de que yo arribara a Svartálfheim, pero espero que con la joya que me has dado, pueda encontrarlo.
Magni se estiró hasta tomar la mano de Thor, le llamó con voz suave mientras le apretaba a la espera de que eso lo hiciera reaccionar. La mano de Odín en cambio se posó sobre su hombro. El padre de todo aguardó porque el niño llorara pero éste no lo hizo.
–¿Puedo quedarme con él?
–¿Estás seguro?
Magni asintió pero no se quedó junto a la cama sino que fue al sillón cercano donde Frigga solía sentarse a acompañarlo. Odín hizo regresar al maestre y a las doulas para que continuaran asistiendo al dios del trueno, pero él no se quedó en la habitación.
.
La piedra roja giró como un péndulo. Su brillo no había disminuido en lo más mínimo ni tampoco daba nuestras de variar en su tono. Magni le había explicado que servía para saber que quien la creó, se encontraba con bien. Así pues, Loki se hallaba con vida pero ¿dónde?
No le había dicho a Magni que había sido por mano de Loki que Thor se encontraba en ese estado. El pequeño parecía fuerte pero no creía que debiera saber aquello. Y se había interesado más en preguntarle al maestre que cuidaba a Thor, sobre qué había hecho Magni.
"Nos preguntó qué sucedía con su padre, por qué movíamos su cuerpo y qué le dábamos de comer. Nos instruyó en cómo debíamos tratarlo y en qué debíamos pedirle permiso para tocarlo cada vez, pues continuaba siendo el general y un rey de Asgard. Riñó a un par de doulas calificándolas de ser bruscas en su trato." El sanador se había encogió de hombros "como decirlo su majestad, el pequeño nos dirige con mano firme."
El padre de todo se sintió orgulloso por su comportamiento, en vez de haberse deprimido, Magni había tomado la rienda de la situación. Sin duda una muestra de su carácter.
De pronto Jyana, la doncella de su esposa, entró a su despacho.
–¡Mi rey! –Le dijo visiblemente trastornada –la reina Frigga está desesperada buscando a los príncipes reales. Evadieron a sus nanas tras sus lecciones y ahora nadie los encuentra, le pide que por favor los busque usando los dones del guardián Heimdall.
Odín se puso de pie de inmediato. Tras el intento de secuestro de Leidolf, los pequeños tenían prohibido salir de palacio y se les cuidaba con máxima diligencia.
–Se encuentran en la alcoba de Thor –dijo Heimdall.
Odín se encaminó. Casi utilizó a Gungnir como un bastón para impulsarse e ir más rápido. No le sorprendió que Magni se encontrara con su padre pero sí que los otros dos estuvieran también en la alcoba. Al llegar, descubrió que los einheriar no estaban en su puesto, lo que lo enfureció. Cuando entró, halló a los tres infantes sobre la cama.
–Y este es un dibujo que hice, en él, salimos todos –le estaba enseñando Magni a su padre, estaba sentado justo enfrente de Thor mientras que Nari estaba acurrucada bajo uno de sus brazos. Hërin estaba sentado a un lado pero miraba con total seriedad a su padre meditabundo.
–Niños –los llamó Odín.
Los tres voltearon hacia él pero Magni bajó de la cama de inmediato.
–Su majestad abuelo –lo saludó con una reverencia –mis hermanos también merecen visitar a padre. Todos lo extrañamos pero si es que he obrado mal, le pido una disculpa –explicó Magni. Nari parecía haber llorado, tenía los ojos rojos y se abrazaba desesperadamente a Thor intentando que le devolviera la caricia.
–Su abuela está preocupada por ustedes, deben volver a su lado y pedirle una disculpa –les dijo Odín.
Hërin saltó de su sitio.
–Abuelo –lo llamó sin el título –¿Dónde está mi papá Loki? –Le preguntó –papá Thor no quiere responderme, pero si él estaba aquí escondido, seguro que mi papá Loki también lo está. ¿Dónde lo tienes guardado? –Lo encaró.
–Hërin, ya te expliqué que padre no puede hablar –le dijo Magni.
–¡Pero está aquí! Y seguro que papá Loki también, ¿dónde está? Por favor, aunque no hable tampoco, yo quiero verlo.
–No sé dónde se encuentra… –respondió Odín.
–¡No es cierto! Dijeron que papá Thor estaba con los elfos, y no era cierto. ¡No te creo! –Interrumpió Hërin. El pequeño empezó a llorar desbordado por sus emociones pero ni así dejó de mirar con fiereza a su abuelo. Cuando Odín hizo amago de volver a hablar, el pequeño le gruñó antes de que se transformase en un lobezno.
Aquello tomó por sorpresa a Odín.
–¡No, Hërin! –Magni intentó sujetarlo por el cuello pero el lobo le tiró una mordida que por poco y le atrapó el brazo. –Es el abuelo. ¡Atrás! ¡Sentado! –Le dijo como si se tratara de uno de sus cachorros pero su voz firme no amedrentó a su hermano.
Ragnheidur le había hablado del espíritu que se había apoderado del pequeño príncipe de la misma manera en que Lord Aldor lo hiciera; pero Odín no pensó en verlo personalmente. Aunque sabía que ya no estaba sellado porque había atacado a Leidolf, pensó inocentemente, que su nieto lo podía controlar. Ahora sabía que no. Cuando el lobo se fue sobre él, Odín no dudó en atacarlo.
Lo lanzó hacia atrás. Gungnir brilló.
–Te declaro anatema, Fenfir, enemigo de Asgard, condeno tus poderes y tu forma. Te conjuro, Fenrisúlfr y Hródvitnir, reconoce mi fuerza y retírate. Yo, el padre de todo, te sello para que tu figura no sea contemplada de nuevo, que de tus poderes no haya ningún atisbo y que tu nombre no vuelva a ser mencionado. –La luminosidad de la lanza aumentó como si fuera la luz de mil soles, dejando casi ciegos a los presentes y de pronto se apagó.
Hërin había vuelto a su forma de infante, sin ninguna ropa. El niño estaba consciente pero su llanto no había sino aumentado.
–Me duele mucho –se quejó llevándose las manos al pecho y sin poder explicar exactamente dónde.
Magni se había quedado muy quieto, sin acercarse a su abuelo ni tampoco a su hermano. Nari en cambio, en cuanto vio que Odín se giraba a mirarla, intentó enterrarse en las mantas detrás de Thor. Como si ella fuera la siguiente.
Frigga entró en ese momento.
–¡Abuela! –Hërin corrió directo hacia ella para refugiarse en sus brazos. –¡El abuelo me pegó!
–¿Qué ha pasado? –Preguntó Frigga rodeando a su nieto entre sus brazos, en actitud protectora.
–Los niños han tenido un día demasiado agitado –dijo Odín. –Es mejor que regresen a sus habitaciones. –Detrás de Frigga, las niñeras entraron dudosas pero lograron sacar a sus niños sin mostrar que miraban en demasía a Thor. Nari se resistió un poco y Fuya tuvo que llevársela entre sonoros llantos.
Magni se rezagó y se volvió hacia Odín.
–Abuelo, su majestad –dudó un momento en hablarle. –¿Qué hizo con mi hermano?
–He sellado el lobo y para que no pueda conjurarlo de nuevo, también he sellado su seidh –le explicó Odín.
Magni asintió.
–El seidh es malo.
.
.
.
Jötnar había curado el muñón de Dökkálfar. Hafgulfa le había arrancado toda la pierna, cercenándole parte del fémur. A los caídos que eran mutilados y que quedaban incapacitados para combatir usualmente se les asesinaba para que pudieran reiniciar su existencia ante el trono de la diosa. Pero Dokkalfar no le era valioso a su capitán por su habilidad con la espada, para eso tenía a Corsario, sino por sus capacidades como explorador e ingeniero. El elfo oscuro, tan hábil como siempre era, no tardó en fabricarse unas muletas, se había valido de los huesos del lindworm que Jötnar llevó hasta ellos.
Harut y Marut habían pasado a la otra orilla del Slid. Lady Calimacil y Larus los habían avistado movilizándose. Nadie sabía cómo lo lograban pues no había puentes, ni madera, ni rocas que se pudieran usar para construir algún medio para cruzar. El Slid era muy ancho, su cauce fluía tumultuosamente y sus aguas oscuras fluían cual espejos de fondo negro, no llevaba agua, como todos sabían, sino veneno. Cruzarlo a nado era impensable. Ahí era donde Dökkálfar probaba su valía.
Tenía magia telequinética y magia de transformación. Atraía hacía él el granzón y la arena del suelo, la cual remolineaba en torno suyo como una tormenta. Fue uniendo aquellas piedras casi tan finas como la arena, apelmazándolas y fusionándolas para formar un puente sobre el río centímetro a centímetro.
Los demonios no iban a permitirlo tan fácilmente. Harut y Marut no los atacaron personalmente, pero más y más demonios de diversos tamaños y formas se dejaron caer sobre ellos para impedirles avanzar. Se convirtió en el trabajo de Thor, Larus y Kranjcar; el apartarlos del elfo oscuro para que pudiese trabajar.
Larus comandaba a Dökkálfar, Corsario y a Jötnar; mientras que Lotte, Lady Calimacil y la Encantadora le pertenecían a Thor, las llamaba sus lobas infernales. Kranjcar tenía un vanir, al que nombró Sigurd porque ese nombre le parecía vanir; era joven, de cabellos castaños y ojos verdes. Además, Kranjcar tenía unos alfh a los cuáles dio nombres alfh, pero, Thor se los había cambiado. Uno era pelirrojo y el otro tenía cabello oscuro, así que los llamaba así, Rojo y Negro. Kranjcar se había mostrado ofendido por las confianzas que Thor se tomaba, y más cuando ambos alfh empezaron a responder a esos motes. El último de la compañía de Kranjcar era un as, al que llamaban Einheriar, porque su porte denotaba que había sido tal cosa en vida. Kranjcar había sido capturado junto con Tyr. Pero el general supremo había sido llevado más allá del Slid, mientras que Kranjcar y los suyos permanecieron en esta orilla, en el campamento de Harut y Marut. Se habían escapado el día en que Thor y sus lobas le cayeron encima a los demonios; como refuerzos, eran más que bienvenidos.
Tras varios días de combate sin descanso ni tregua, lograron acabar con todos los demonios. El puente de Dökkálfar estaba casi concluido.
.
Loki se despertó echado entre las pieles que hacían de lecho dentro de la cueva. Se había unido al combate de los draugr; y aunque ninguno se atrevió a decir que sus habilidades estaban por debajo de las de ellos, fue el único que se fatigó y que requirió un descanso. Se desperezó, se sobó la panza pues su hijo se movía dentro de él. Loki casi se lo pudo imaginar estirándose igual que él acababa de hacer. Laevateinn estaba puesta verticalmente al centro de la estancia, fulguraba tenuemente en verde; era su guardia personal. Si alguien se acercaba a la cueva Laevateinn lo alertaría. Un hechizo vigía que Lord Aldor le había enseñado. Se vistió. La ropa le empezaba a quedar mal. Le costó acomodarse los pantalones; cuando acabó se echó encima la casaca con la que llegó al reino la cual no disimulaba en nada la forma de su abdomen aunque lo cubría todavía. Alcanzó la piel de Bjära y se la echó en los hombros. No tenía frío pero el pelaje de ese monstruo ocultaba su olor; era algo importante cuando había demonios capaces de rastrear por el olfato. En el hielo su piel azul fue ventaja, aquí, los draugr no paraban de preguntarse si era un demonio. Había pensado en recuperar su forma aesir pero ya lo habían visto jötun, y cambiar de aspecto quizás sólo los haría recelar más.
Thor había hecho que Telenma y Holme destajaran al lindworm que Loki les robó a Harut y Marut. Habían desangrado y partido la carne en raciones del tamaño de la palma de la mano. Loki las había congelado y ahora eran su abastecimiento de comida, tenía para subsistir por largo tiempo. No había tenido que recurrir a sus ampolletas de sangre de dragón para saciar su hambre. Tener sed era un incordio pues para eso sólo tenía la reserva de vino de Harut y Marut, que Thor les había robado; y las pociones de Karnilla. Como no quería pasársela borracho ni agotar sus suministros, racionaba ambas cosas. La otra opción era la sangre de lindworm, pero ésta le provocaba náuseas.
A Thor le había parecido que Loki era muy ingenioso porque contaba con semejantes recursos. Luego de que se autoproclamara su dueño y protector, cosa que Loki no le discutió como habría hecho en Asgard; Kranjcar, ese hijo de mala dísir, había dicho que dudaba, y bastante, que Loki no fuera un demonio. Solicitó por tanto darle muerte. Thor se opuso. Había interrogado a Loki delante de los capitanes. Lo primero que había querido saber era el nombre del padre de su hijo, quiso saber además por qué ese irresponsable hombre no le había impedido viajar hasta esa frontera donde ningún vivo había llegado antes; y por último quiso que Loki le dijera que buscaba en esos lares. Así, en ese orden estaban sus prioridades. Loki tuvo que mentirle para no despertarle los recuerdos. Hela era realmente ingeniosa, al arrebatarles la memoria a los draugr y además maldecirlos para enloquecer si la recobraban; lograba que nada les importase y que pudieran luchar juntos aunque hubiesen sido enemigos en vida. Loki a veces se preguntaba lo que Eyvindur y Svadilfari opinarían si vieran a sus padres trabajando hombro con hombro.
Loki le había endilgado la paternidad de su hijo a Svadilfari, por supuesto; pero además se tomó la libertad de decirle a Thor que estaba muerto y en el Valhala, para que nadie pensara que esperaba encontrárselo por ahí hecho draugr. Una mentira llevó a otra y acabó hilvanando un relato en el que Svadilfari había sido muerto por obra del demonio Mephisto, que era el único que Loki conocía además de Harut y Marut. Así que en conclusión Loki estaba ahí por venganza. Los draugr eran cortos de razonamiento, pero la venganza y la muerte la entendían muy bien. Lo dejaron quedarse pero aun así Loki evitaba a Kranjcar y los suyos. El interés de Thor por él incitaba las mofas de las lobas. Holme en particular solía cantarle una tonadilla que iba como: "Y de su corazón tú eres su favorito" y otras menos románticas, sobre bajarse los pantalones y mostrarle a Thor sus dos lunas llenas.
Después de eso los días se les habían ido en combatir demonios. Loki era útil. Cuando no estaba congelando al enemigo o engañándolo con ilusiones; ayudaba a Dökkálfar con su magia telequinética para avanzar el puente; y además regeneraba las heridas de los draugr. Se tomaba algunos descansos durante los cuales se recluía en la cueva. Y cada vez Thor obligaba a alguna de sus lobas a montar guardia en derredor para que estuviera seguro, además de que se escapaba de su deber como comandante para robar unos momentos a su lado. Thor lo tocaba, le ponía la mano sobre la panza; le acariciaba el cabello negro y le trazaba con los dedos las líneas de sus tatuajes ancestrales que tenía en la cara y el cuello. Deseaba a Loki, se le notaba en la manera en que lo contemplaba. Loki se había sentido ardiendo ante un anhelo tan claro pero no se había permitido abandonarse a ello. Quería que Thor lo siguiese de vuelta al mundo de los vivos y la promesa de su piel parecía un aliciente inicial; pero no estaba seguro de que tanto Thor lo encontraría tentador si cedía fácilmente. Además de que, muy a su pesar y no lo reconocería ni ante sí mismo, le enervaba ver a Amora revoloteando alrededor de Thor. Se rozaban sin motivo uno al otro; Thor la sostenía por la cintura, le reía las bromas fáciles y ella le prodigaba besos.
Se apartó de esos pensamientos. Habían acabado con la horda de demonios y quizás este fuese el momento para intentar seducir a Thor y llevárselo. Con su magia de fuego, cocinó algo de carne para su desayuno. La cueva era prácticamente suya, los malditos draugr jamás descansaban. La carne se le quemó de un lado y le quedó cruda del otro. Era fibrosa y dura, además de que tenía un resabio amargo.
–… A menos que quieras probar la carne de seres espantosos. –Parodió lo dicho por Karnilla. Aunque nada fue peor que recibir de manos de Harut el brazo de una huldra. Su pequeño volvió a moverse, era más inquieto de lo que Hërin había sido. El temor de que fuese un monstruo seguía con él; no había tenido el nervio para verificarlo. Si resultaba que eso que se agitaba en su vientre era una serpiente, no sabría bien a bien qué hacer y lo que menos necesitaba era una preocupación adicional.
.
–Esta mañana vi a Corsario afilando de nuevo su espada –dijo Lady Calimacil oteando el horizonte. Ella solía ser la vigía.
–¿Colmillo de puta? –inquirió Lotte. Así la había nombrado.
–Es una hoja élfica, no necesita que la afilen, estropeará el filo con sus sucias manos. –Se quejó Lady Calimacil. –Si tan sólo Thor me permitiese matarlo y quitársela... Anglachel… así la llamaría; y juntas haríamos cosas gloriosas.
–Corsario ya recela –añadió Lotte –pues se te nota que codicias su espada. Nunca suelta a Colmillo de… digo… a Anglachel.
–Quizás muera en el Gnipahellir –la siguiente parte de su viaje.
–Quizás –apuntó Lotte afilando su hacha de guerra. –O podríamos ayudarle a encontrar su final. –Las dos se rieron. De repente se escucharon unos gritos. –Que los demonios devoren a ese hijo de perra –dijo Lotte enfureciéndose. –Mala bestia, es un mierda –añadió.
La queja de la norn se debía a que hasta ellos llegaban los chillidos de la huldra que quedaba con vida. Corsario la había conservado con vida para usarla. A las tres lobas de Thor las fastidiaba que algo de aspecto semi humano y femenino fuese usado de esa manera tan prolongada. No era la crueldad sino el ensañamiento lo que las irritaba. Lady Calimacil se puso en movimiento y Lotte la siguió.
En efecto, Corsario junto con Rojo, estaban a la vista follándose con ahínco y con brutalidad a su juguete.
Lady Calimacil se fue derecho hacía Corsario. Thor les había dicho que no podían matar a Corsario pues no tenían precisamente aliados en abundancia para pelear, pero las intenciones de la elfa eran claras y justificables. Lotte iba como su segunda. Su compañera mató a la huldra tan rápido que la criatura seguramente ni siquiera se percató de que era asesinada.
–¿¡Pero qué…!? No tenían ningún derecho cerdas. Me las pagarán, me las follaré con mi espada, malditas… –La arenga de Corsario fue silenciada a golpes.
.
Mientras sus subordinados saldaban sus diferencias como los draugr lo hacen. Los tres comandantes contemplaban la obra terminada de Dökkálfar.
–Sin duda eres el hombre para este trabajo –lo felicitó Larus. El elfo oscuro estaba anotando en sus dietarios como solía hacer y no se dio por aludido.
–¿Qué hay más allá? –Inquirió Thor. Sólo Tyr había llegado tan lejos.
–Montañas entre las cuáles está el paso Gnipahellir –respondió Larus pues así se los había referido la diosa cuando los envió a rescatar a Tyr. –El paso es peligroso, hay magia ahí que hace que los demonios se maten entre ellos, desbordados de ira, lascivia y avaricia. Será difícil cruzar aún para nosotros.
–Pero Harut y Marut van y vienen a sus anchas. Si hay tal magia, ¿por qué no se matan entre ellos? –Inquirió Kranjcar. –No creo que este Gnipahellir sea peor que el Naströnd, o que el lago Gjöll.
Larus asintió. Esperaba lo mismo.
Einheriar vino a ellos para informarles de que había una riña en su enclave. Los draugr no tenían leyes pero se sometían a la voluntad del más fuerte. Thor no quiso que Kranjcar mandase a sus dos draugr restantes cuando el problema atañía a sus lobas. Fue a por ellos en persona.
Lotte estaba montada encima de Rojo machacándole la cara a puñetazos con pericia y casi se diría que con calma. Lady Calimacil tenía clavada la espada de Corsario en el abdomen pero eso no la había frenado de agarrarlo por el cuello. Negro y Sigurd ya llegaban también. Negro se le lanzó a Lotte y le dio una patada tratando de quitársela de encima a su compañero sin éxito, el alfh sacó su espada. Thor se apostó junto a él y cuando Negro se giró a mirarlo, Thor le aplastó la muñeca haciéndolo soltar su espada. Lo aventó lejos y agarró a Lotte por el cogote arrancándola de encima de un destrozado Rojo.
En cuánto a los otros dos. Nadie se movió cuando Thor separó a Lady Calimacil y a Corsario. Su loba se sujetó las entrañas.
–Llévasela al Jötnar –le ordenó a Lotte y la norn alzó a la elfa para acarrearla en brazos a toda prisa.
–Menos mal que llegaste a hacerte cargo… –empezó a decir Corsario pero su frase quedó a medias. Thor lo derribó con un golpe en la cara.
–Cierra la sucia bocaza –tronó Thor y Corsario se enderezó escupiendo algunos dientes. –¿Cómo osas perturbar lo que es mío? –Le gruñó Thor. –Vuelve a tocarlas y te vas a enterar.
Los draugr se dispersaron en el acto. Thor seguía enfadado cuando puso camino hacía la cueva donde Jötnar debía estar curando a Lady Calimacil. La Encantadora lo esperaba a mitad del camino.
–No creo que podamos cruzar el Gnipahellir junto a Corsario y los alfh. Larus dice que en ese sitio enloqueces y te vuelves una bestia de instintos primitivos. Ellos quieren mancillarme; Lotte y Lady Calimacil desean matarlos. –Thor frenó sus pasos para mirarla. Cuando ella había desplegado antes su magia seductora para atraer a una horda de demonios bastante numerosa, hasta Larus había querido follársela. Lo que menos necesitaba era a la Encantadora desatando la lujuria de todos los draugr. Thor tendría que matarla a ella para apaciguarlos, o matarlos a todos para conservarla. –Ah y además de eso Kranjcar quiere que dejes al Jötnar. Sigue insistiendo en que sólo un demonio se proclamaría rival para un señor de demonios. –A propósito de su manifiesto interés en la venganza. –Ahora dirá que si no permiten a Corsario conservar a su huldra, tú tampoco deberías conservar la tuya.
Thor se frenó.
–¿Eso dijo? –Inquirió y en su voz se reflejó su enojo. –¿Son palabras de Kranjcar o tuyas? –La Encantadora sonrió, una sonrisa de circunstancias. Era adorable y hermosa como lo que más. A Thor le hacía más llevaderos sus arranques de ira con su sola presencia, la había echado en falta cuando la mataron. Pero ahora lo molestaba.
Llegaron a la cueva y la pregunta quedó sin repuesta.
–¿A dónde iremos ahora? –Preguntaba su Jötnar. Lady Calimacil tenía una gran marcha rojo bermejo donde había sido atravesada, pero se veía repuesta.
–Al paso Gnipahellir y después a la fortaleza de Garm –respondió ella con su voz fría y carente de inflexiones casi por completo.
–¿Y qué hay más allá de ello? ¿Cómo es el reino demoníaco? –Inquirió el Jötnar con genuino interés.
–Eso –repuso Lady Calimacil mirándolo con solemnidad –nadie lo sabe.
–¿Nadie? ¿Ningún draugr ha ido tan lejos? ¿Ni siquiera Tyr?
–Ni siquiera él.
–¿Y Hela?
–La diosa rara vez sale de su castillo. Tiene un caballo llamado Helhesten, el cuál corre más rápido que ningún ser pero no se adentra en esas tierras. –Thor notó la avidez en el semblante del Jötnar y la manera en que se posaba una mano sobre la barriga. Pensó que sí no estuviera preñado le gustaría explorar el reino demoníaco. El Jötnar alzó la mirada cuando Thor avanzó como si reconociera el sonido de sus pasos.
–Déjenos a solas. –Les ordenó Thor a las lobas. Las tres se dirigieron a la salida. –Nada de pelear con los otros draugr –les advirtió.
–¿Una follada de despedida? –Inquirió Lotte al pasar a su lado. –No vayas a aplastarle la panza o su hijo nacerá plano. –Thor la ignoró y sus ojos azules se quedaron fijos en su Jötnar.
Thor fue a sentarse a su lado y se puso a desabotonarle la raída casaca que portaba. Por su modo de ser algo altanero, o de gato enfurruñado como solía decir Lotte, Thor se lo podía imaginar vestido principescamente. Tenía algo regio en él que ni la miseria a su alrededor podía arrebatarle. Le descubrió la barriga y le puso una mano encima.
–Apestas a sangre –se quejó el Jötnar pero no se apartó del toque de sus manos callosas sobre su piel estirada. Pasaron algunos momentos en silencio hasta que su bebé le dio la satisfacción a Thor de moverse. Thor sonrió. Sus ganas de matar, follar y destruir se le disolvieron. ¿Cómo sería este bebé al nacer?
–Quizás tenga tu piel azul, un pequeño bombito jötun. Y seguro que no pesará nada, ¿tendrás leche que darle? –El Jötnar arqueó una ceja.
–¿Te gustaría que fuese jötun?
–Si no es así, ¿cómo debería lucir? –Thor jamás pronunciaba el nombre del consorte muerto que Jötnar añoraba.
–Eres un aesir, ¿no te repugnaría cargar un infante jötun?
–¿Me dejarás cargarlo? Espero que no pienses tenerlo en este reino. Tienes las tetas planas y no pienso que quieras ofrecerle papilla de lindworm y similares, o que vayas a alimentarlo con tus pociones de sangre de dragón.
–No me respondiste.
–Porque no hay respuesta que darte. –Thor le hablaba sin dejar de mirarle la barriga. –Dejó de moverse. –Anunció aunque el Jötnar debía saberlo mejor que él.
–Quizás se ha quedado dormido, debe encontrarte terriblemente aburrido. –Se mofó de Thor. –Se mueve más por las noches.
–¿Cómo te sientes? ¿Alguna molestia?
–No.
–Antes tenías náuseas.
–Por la horrenda comida con que Harut y Marut me alimentaron. Mis gestaciones suelen ser llevaderas, excepto al final cuando me fatigo rápidamente.
–¿Tus gestaciones? ¿No es este el primero? –El Jötnar negó pero se rehusó a hablar de su otro hijo o hijos.
Thor volvió a cerrarle la ropa con cuidado, cuando llegó al último botón notó que se había caído. Ojalá pudiera ofrecerle un hospedaje más digno y víveres apetitosos. No una cueva, ropas rápidas, pieles de monstruo y carne de dragón. Ojalá pudiera quedárselo para siempre. Quizás si lo conducía al Elvidner… En el castillo de Hela había gente viva, como Aldaron. Quizás ahí un pequeño bebé jötun podría subsistir. Tenía algo que decirle pero no pudo hablar porque de pronto su Jötnar, como si supiera lo que él pensaba, se inclinó a él para depositar un beso en sus labios, uno casi casto. No habían vuelto a besarse desde que se vieran por primera vez en persona. Tras esa caricia el Jötnar se puso de pie y empezó a preparar la bolsa de cuero en la que solía llevar sus provisiones. Guardó parte de la carne congelada que tenía y una de las botellas de vino.
–Si no hubieran matado al lindworm tendría una montura. –Se quejó Jötnar. –Me pregunto si Dökkálfar se llevará sus dietarios. Los he estado estudiando, me han dado buena idea de lo que ustedes, desastrosos draugr han estado haciendo.
–No irás –lo interrumpió Thor cuando entendió sus intenciones. El Jötnar se quedó muy quieto y bajó la bolsa. –Dökkálfar tampoco puede seguirnos con su pierna amputada; le diré a Larus que debemos dejar una guarnición que impida a los demonios usar nuestro puente. Ellos te cuidarán, escogeré gente razonable. A mi regreso te llevaré conmigo al Elvidner y pediré a la diosa que te auxilie para que puedas volver al mundo de los vivos.
–No me comandas, no me dirás lo que puedo o no puedo hacer. –Le refutó acercándose a él.
Thor estuvo de acuerdo. A él que le importaba que esta criatura azul muriera. Lo más que debería hacer por él era desearle que no encontrase la muerte de manera demasiado espeluznante. Se puso en pie encarándolo como si fuesen dos cuerpos celestes a punto de colisionar. Iba a reprenderlo por su insensatez y por su falta de instinto materno, por no hablar de instinto de conservación.
Pero lo que pasó fue que lo atrapó por la cintura con una mano y con la otra lo sujetó por la nuca. El Jötnar iba a exigir "¡suéltame!" pero Thor lo atajó con un beso antes de que dijera esa palabra. Porque entre los draugr se hacía lo que el más fuerte ordenase y nadie era más fuerte que Thor. Podía tomar lo que quisiera inclusive a este hombre que había llegado a sus manos casi como si fuese un presente de las nornas, Thor profundizó su beso, deslizando su lengua entre esos labios azules y fríos que lo enloquecían. Sus manos habían soltado la cintura de Jötnar para mejor agarrar su trasero. Lo fue tumbando en el suelo, Jötnar aún tenía en las manos su bolsa de cuero, Thor se la arrebató y la aventó. Quería que lo acariciara con su tacto helado. Quería arrancarle la ropa. Quería apropiárselo, morderlo, chuparlo, quería poseerlo más allá de las palabras. No entendía cómo es que un ser de aspecto tan extraño, de colmo embarazado, lo excitaba tanto. Pero cuando lo tocaba y lo olía, Thor se sentía en casa. Su boca le sabía no sólo a nieve, sino también a felicidad, a buen vino, a festines y a lujuria. En su piel había amor, peleas cargadas de pasión y promesas. Se perdió en esas sensaciones.
"Mío" le gritaba algo dentro de él. "Eres mío".
Volvió de ese trance embrujante cuando sintió un súbito dolor bajo un brazo, una punzada aguda y penetrante. Parpadeó algo confuso.
–¡Suéltame! –Le gritaba Jötnar.
Lo tenía debajo suyo, lo había sometido de alguna manera poniéndolo de lado, aplastándolo bajo su peso. El jötun exhalaba pesado, furioso. Le sangraba un hombro donde los dientes de Thor estaban bien marcados. Encima de todo, Thor se las había arreglado para bajarle los pantalones hasta los muslos y había estado a punto de violarlo.
Thor lo soltó y se arrancó, sin meditarlo, un punzón de hielo de debajo del brazo. Vio como la marca en el hombro de Jötnar se desvanecía por sí misma antes de que, con manos temblorosas, se pusiera a acomodarse la ropa. Thor volvió a sus cabales, tenía una erección bien marcada, procuró sosegarse, porque se percató de que bastaría una mala mirada, un solo toque, un comentario mordaz para que se lanzara encima de él a terminar lo iniciado.
Le dio la espalda dominándose.
–Es por esto que no irás conmigo. Porque te deseo y nos dirigimos a tierras donde cada hombre se pierde en brutalidad. Te tomaría por la fuerza y te dominaría como me dé la gana. Voy a deshonrarte hasta hartarme, te haré cosas que nadie debería afrontar contra su voluntad. Y seguiré así hasta que me canse; sin embargo sé bien que eso no pasará. Jamás rescataré a Tyr porque me perderé en ti y en tu piel hasta que mueras. Te dije que iba a protegerte y eso igual va por mí. –Se giró a mirarlo. No parecía atemorizado por lo que acababa de decirle. –Sé lo que estás pensando –lo intuía con certeza. –Veo en ti el anhelo que tienes de ser protegido y resguardado, y eso es algo que sólo yo puedo darte. –Su Jötnar entrecerró los ojos. –Un draugr no puede sentir afecto, ni tampoco compasión. Esta posesividad que siento por ti es tu escudo en este mundo. Acéptala Jötnar. Es lo mejor a lo más que puedes aspirar. Atiende a mis palabras, quédate aquí, aguarda mi retorno y te conduciré a nuestra diosa.
–Thor… ¿Y si hay otro camino? Si te dijera que puedo salir del mundo de los muertos por mis propios medios; y más aún, que puedo llevarte conmigo. ¿Qué respuesta me darías? –Pareció nervioso al contarle aquello.
–Diría que haz perdido la razón. Si puedes salir de aquí, ¿por qué no lo haces?
–Hay algo que debo hacer. –Thor negó.
–Vete. Salva a tu hijo. Aquel a quien extrañas, ese sujeto que murió dejándote preñado, ya no existe. –El Jötnar pestañeó. –Pero tu hijo sí lo hace. ¿Te es más valiosa la venganza que su vida?
–No entiendes nada. Si fuera tan sencillo como escoger entre la vida de mi hijo y lo inevitable, ¿crees que no lo haría? Pero las cosas no son así de simples.
–Sí lo son. Sólo vete y tenlo.
–Una idea simple de una mente simple. Pero no me haz contestado a la segunda parte de mi propuesta. Abandonaré mi resolución de vagar por este reino si vienes conmigo. –Thor negó. –Si lo haces, me entregaré a ti como quieres –lo tentó poniéndose a su alcance y las manos de Thor lo sostuvieron por inercia. –Y más aún, dices que tengo este anhelo de ser protegido, pues bien, tú tienes el anhelo de tener una familia. Te dejaré ser el padre de mi hijo.
–Soy un draugr –repuso Thor con calma. –Un draugr no puede existir fuera de éste mundo. Me desharía al cabo de poco tiempo y volvería al trono de la diosa, quien además no se tomaría muy a bien que la abandone, igual y me destruye por fin dejándome seguir hacía el Helgafell o al Naströnd.
El Jötnar se le zafó de las manos bruscamente, casi como si Thor lo hubiese empujado.
–Entonces estoy tratando con la persona equivocada. –Dijo más para sí mismo que para Thor. –Quizás debí ir a tu ama desde un inicio pero sabía de antemano que diría que no a cualquier cosa que le pidiera. A menos que tenga con que negociar. –Thor ya no lo comprendía bien. Vio que se llevaba las manos al cuello y que se desprendía el amuleto que pendía de él. –Toma –se lo tendió y Thor lo aceptó sin dudar. –Un recuerdo de mi parte. Es un leding. –Thor alzó la gema de hielo y la miró bien. Quién lo diría, podía leer lo que ponía.
–Aquí dice Loptr –le gustó el sonido de esa palabra y la repitió. –Loptr.
–Es la runa que me representa. Significa "como el viento"; lo que implica que no puedo ser de nadie. Ni siquiera del poderoso señor de los draugr, Thor.
–Pero que bestia eres –le dijo Thor tan franco. –Habrás sido de alguien, de ese al que te entregaste con tanto brío que incluso te hizo un hijo. –Loptr lo miró mal y lo maldijo en jötun. Thor entendió "idiota falto de cerebro" entre otras cosas pero no se sintió ofendido. –Te echaré en falta. Si sigues aquí cuando vuelva, si no haz entrado en razón y regresado al mundo de los vivos; quisiera que me cuentes un relato de Jötunheim, que me des muchos besos; después de eso permíteme escoltarte ante la diosa. Es lo único que puedo hacer por ti.
-Mentiroso -masculló Loptr.
.
.
.
–Estás distraído –lo amonestó la voz de Eyvindur.
Svadilfari pestañeó intentando concentrarse en el momento pero sólo para darse cuenta de que estaba perdiendo estrepitosamente la partida de hnefatafl. Movió una de sus piezas pero en cuanto lo hizo, fue capturada por una de las de Eyvindur. Decidió rendirse. Empezaron a acomodar las fichas para una nueva partida.
–Es que… –hilvanó sus pensamientos –estamos en Artamir, la ciudad de la espada y la lis; y no puedo dejar de notar que Telenma y Teros eran oriundos de aquí, y que los únicos elfos oscuros en esta ciudad somos mi madre, Vanima y nuestro pequeño séquito. No somos más de cincuenta. Me preocupa que haya una especie de levantamiento que pida nuestras cabezas en unas picas.
Eyvindur lo miró seriamente. Por supuesto que había notado la manera en cómo veían a los elfos oscuros de Svadilfari durante la ceremonia de nombramiento de Elemmíre como Lord del Norte. La población aceptó de buen talante al hijo de Lord Wose, que provenía de un linaje antiquísimo que podía rastrearse hasta tiempos del mismísimo Eyrikur, pero para nada parecían convencidos de aceptar la convivencia con los elfos oscuros y menos a Svadilfari. Eyvindur había dispuesto que Vanima se sentara al lado de Elemmíre e inclusive los había visto intercambiar algunas palabras. Elemmíre, como lord, debía demostrar que era afín a hacer amistad con los elfos oscuros. De no hacerlo, Artamir podría tomar una senda que Eyvindur no quería.
–Hay algo que quería decirte pero estaba buscando el momento adecuado –y parecía dudar que ese fuera. –Mi embajador en Asgard me envió una misiva para informarme que Odín ordenó a los elfos oscuros abandonar Asgard so pena de utilizar la fuerza de sus einheriar. Lo hizo aludiendo que son parias y que sus permisos de permanencia en Asgard ya habían expirado. También les informó que de desear ciudadanía tendrían que venir a hincar rodilla ante mí, y aceptarte a ti como lord.
Svadilfari se preocupó en el acto.
–¿Sabes si usaron la violencia en su contra?
–Sin el observatorio la comunicación con mi embajador se ha entorpecido pero hasta donde me contó, los elfos oscuros empacaron, subieron a sus drakares y empezaron a marcharse. Aunque no supo decirme con qué destino.
–Pero no entiendo, ¿por qué Odín no te dijo que iba a proceder de esta forma? Lo vimos hace un mes en Vanaheim y se despidió de ti muy amablemente, hasta te llamó su hijo.
–Pienso que cree que me hace un favor al proceder de esta forma. Si los elfos oscuros me aceptan como su rey y a ti como su lord, no habría levantamientos en contra de este nuevo reinado; y finalmente Asgard es su ciudad y él puede hacer lo que le parezca sin consultar a los demás reyes.
–Estoy seguro de que está rompiendo ese tratado que Thor y tú hicieron. –Svadilfari no tenía una buena opinión sobre Odín, no después de lo que había intentado hacer con su amiga Karnilla. –Debe haber algo que podamos hacer por esos elfos que han abandonado Asgard.
–Deberías enviarles alguna comunicación, de esa forma que los elfos oscuros tienen y que es tan infalible. Podrías hablarles del nuevo reino y guiarlos hacia un puerto seguro en el este. Estoy seguro de que unas palabras enviadas por ti, serán bien recibidas. –Eyvindur miró las fichas un poco más antes de dejarlas en paz.
Svadilfari se dejó recargar en el sofá donde estaba acomodado. Muchas cosas habían cambiado en el transcurso de ese mes. Haryon se había marchado tras el juicio del dragón negro, seguido de Nienor y Nulka para que cumpliera su palabra de entregar la ciudad de Talath Dirnen y la mina Serindë sin contratiempos. Hasta el momento las misivas auguraban paz por parte de los enanos. Y menos mal, porque en el reino aún quedaban sinmara y rjúfendr. En aquel viaje que Eyvindur y Svadilfari, junto con gran parte de la corte, emprendieron por los cuatro reinos élficos para consolidar la paz; se habían topado con grupos de ellos y los habían abatido pero no exterminado. Los muspell se habían guarecido en el antiguo corazón del reino, en las ruinas de Enya. Y los elfos no tenían las fuerzas necesarias para sacarlos de ahí, Eyvindur pospuso cualquier ataque hasta el retorno de Hagen y todos se mostraron muy de acuerdo.
La corte se había traslado a Steindor, el palacio en otrora veraniego y que ahora fungiría como capital. Ahí Eyvindur se había reunido con su prima Lara y con Lady Nenar, y Svadilfari con su madre. Los pobladores del anterior Bain habían empezado a instalarse en la zona pues deseaban vivir cerca de ellos. Svadilfari tenía habitaciones en Steindor, que le eran de un lujo impresionante y desde la que tenía una vista envidiable hacia lo que sería la nueva ciudad. Había empezado a hacer los esbozos de la arquitectura que tendría.
"Ya verás, te construiré una ciudad hermosa" le había dicho a Eyvindur.
"Pero no olvides las murallas" le pidió éste.
"Por supuesto, serán doradas" Y ambos rieron por ese chiste compartido.
Durante la corta estancia de Lara en Steindor, ella había mirado con odio a Svadilfari todas las veces que se cruzaron. No era como en Asgard que lo menospreciaba, sino que era auténtico rencor por quién era. A tal grado había llegado, que la elfa había preferido estar en Vanaheim, lejos de los elfos oscuros.
Dema entró en ese momento cortando todos sus pensamientos.
–La cena –anunció.
El tablero fue retirado y les sirvieron pastelillos de miel con moras y frutos secos, pez ángel rebozado y crujiente y peras de otoño; y para acompañarlo vino élfico. Dema cuidó que la chimenea tuviera suficientes maderos para calentar la estancia y los dejó a solas. Eyvindur se acomodó el gran abrigo con el que se cubría del frío.
Svadilfari cortó los pastelillos para que Eyvindur pudiera comerlos. Cenaban todas las noches juntos.
Antes de arribar a Artamir, habían pasado por Celebrant. Lady Nenar los había acompañado en el viaje y había reiterado la fidelidad de su hija y esposo ausentes debido a su misión. Los elfos de Celebrant se mostraron groseramente curiosos, los seguían por donde pasaban y hasta los siervos los miraban dos veces de más. Y aun así, los segundos lores y varios maestres mineros, se mostraron sumamente respetuosos; entre todos ellos le regalaron a Bjarni un hermoso rubí. Lady Nenar había hablado largamente con Vanima que era la nueva consejera del rey, y también con él, de las necesidades del reino. Y lo hizo de par en par, sin demostrar desprecio ni ningún sentimiento negativo. A Svadilfari le hubiera gustado caminar por los hermosos jardines amurallados de la ciudad, pero se sintió cohibido de llamar demasiado la atención.
–¿Has tenido noticias de Nornheim? –Le preguntó a Eyvindur.
–Sí. Karnilla se ha apoderado de las ciudades de Reikiavik y Egilsstadir, con ello ha impedido que Oxater obtenga aliados y provisiones. –Tal como Eyvindur había vaticinado en el concejo, Oxater se había apresurado a casarse con una de las primas de Karnilla pero no consiguió atraer apoyo de otros clanes y pueblos, pues Karnilla le había ganado a hacerlo. –Ahora cuentan con un ejército nutrido de norn y están asediando Vík í Mýrdal. Según me ha contado Hagen, la bruja oficial de Oxater ha estado maldiciendo a sus ejércitos, su comida y a la reina. Karnilla ha estado rebatiendo éstas y lanzando otras tantas.
–¿Es en serio?
Eyvindur asintió, aparentemente en Nornheim las maldiciones se tomaban muy en serio.
–Ahora que conozco los detalles de las guerras norn, me he preguntado cuántas maldiciones habrán afectado a los ejércitos de los ases en la anterior guerra, y si acaso sufrieron extrañas suertes que Odín prefirió no narrar en las crónicas y mucho menos en la historia oficial.
–¿Cómo qué? –Inquirió Svadilfari.
–Como pústulas en zonas incómodas, vino agriado que podía ocasionar hasta un motín o perdida de la virilidad. –Le respondió Eyvindur a un estupefacto Svadilfari. El rey elfo se encogió de hombros pues tales eran las maldiciones que Hagen le refería en sus cartas.
Svadilfari soltó una gran carcajada.
–Eres muy gracioso –le dijo como si Eyvindur se hubiera inventado todo ello.
.
A la mañana siguiente Vanima acudió de inmediato a buscar a Svadilfari. Éste le había pedido que enviara una comunicación dirigida a los drakares que zarparon de Asgard, y el mensaje iba directamente dirigido a Aryante; pero aún no había respuesta de éstos.
–Han encontrado a Olwa y a los demás –le dijo. Svadilfari suspiró y Vanima continuó con el relato. –Habían estado ocultándose en varias granjas fuera de los lindes de la ciudad, seguro a la espera de poder escapar hacia Vanaheim; y como los elfos de luz no habían retomado las cosechas no los habían encontrado, hasta hace tres días. Ahora los traen ante la presencia del rey y de sus lores, loadas sean las nornas porque nos encontramos aquí… –el mensaje era explícito: de lo contrario, ya los habrían colgado. –Los presentaran en la sala de audiencia.
Y dicho eso se separaron. Svadilfari se dirigió a la sala de audiencias de inmediato. Ahí encontró a Eyvindur, sentado en la silla del señor de Artamir, a su lado estaba Elemmíre. Svadilfari tomó su lugar, a la derecha del rey. El salón estaba abarrotado de lores, maestres y de ehtyar que deseaban ver. Vanima aún no llegaba, Svadilfari conociéndola como lo hacía, estaba seguro de que ella había acudido a ver a Olwa en persona para darle algunos consejos cuando se presentaran ante ellos e impedirle hacer una tontería.
Las puertas se abrieron. Entraron varios macar vestidos con capa verde custodiando a Olwa y sus elfos oscuros. El manifiesto rezaba que eran trescientos elfos oscuros aunque Svadilfari recordaba que de Celebrant habían salido setecientos. Fueron llevados ante ellos y se arrodillaron a una señal de Hathaldir. Olwa alzó los ojos, dirigió su mirada hacia Svadilfari, parecía cansado y envejecido. Sin duda habían pasado penurias, pues se veían sucios y famélicos.
–Mis señores, mi rey –dijo Vanima, quien aparentemente se había materializado de la nada a su lado. –Olwa, capitán de los elfos, desea hablar con ustedes.
El susodicho se puso en pie.
–He hablado con mis hombres y todos deseamos postrarnos ante el rey Eyvindur para rogarle que nos acepte como sus súbditos, pues deseamos su paz y ser parte de su reino. –Les dijo a los presentes y volvió a hincarse. Svadilfari pensó que sin duda alguna eso era obra de Vanima. Eyvindur pronunció la fórmula oficial por la que aceptaba a los elfos oscuros como svartá, sus nuevos súbditos le agradecieron con sendas reverencias y Olwa volvió a tomar la palabra. –Cuando mis hombres y yo vimos el campamento vanir incendiándose, a los caballos huyendo aterrorizados y que los jóvenes reyes no eran contendientes contra los muspell; pensamos que no deseábamos morir así. Como saben, nosotros éramos botín para los vanir, no sentíamos ninguna lealtad hacia éstos y nos fue fácil huir sin mirar hacia atrás. –Les explicó en escuetas palabras.
–Todo soldado tiene el deber de permanecer en su puesto aun cuando la batalla parezca perdida –dijo Elemmíre. Varios de los presentes asintieron a sus palabras.
–Olwa –interrumpió Svadilfari llamando la atención sobre él. Había compuesto su semblante serio de capitán, aun cuando por dentro estaba nervioso. –¿Cuál era tu profesión antes de esta guerra?
–Me dedicaba a vender telas –respondió. Aunque "vender" estaba casi por ser un sinónimo para decir "traficar". Svadilfari les fue preguntando a unos y otros, algunos eran marineros y otros tantos comerciaban como Olwa. Pero la gran mayoría eran artistas itinerantes.
–Estos hombres jamás han sido soldados, no tienen el adiestramiento miliar de los macar y por ende no deberíamos exigirles el mismo comportamiento. Cuando un capitán le pide a un civil que tome sus armas para defender el reino, no espera que se ponga al frente de la batalla o que el valor no le falle. –Fue diciendo –si hay un castigo por tal comportamiento, estoy seguro de que Olwa y sus hombres, como buenos svartá aceptaran recibirlo.
A un elfo oscuro no le era extraño recibir un castigo. En los drakares la disciplina era primordial y un capitán no dudaba en dar escarmiento a quien no lo obedecía. Svadilfari había tenido que dispensar algunos azotes entre los suyos.
–Si fueran soldados, se les destituiría del ejército… –dijo Elemmíre que aceptó el argumento de Svadilfari. –Y en caso de civiles, se les multaría pero… –lo que parecía querer decir es que no había precedente de justicia sobre un civil que no tenía nada.
Eyvindur intervino en ese momento.
–Han aceptado ser svartá y jurado lealtad hacia mí. No debería haber castigo sobre ellos por los actos que cometieron en el pasado –dijo Eyvindur. Se levantó para dirigirse hacia ellos, con un movimiento de la mano les indicó que se pusieran en pie. Olwa lo hizo de inmediato e instó a que los demás hicieran lo mismo. –Les otorgo mi perdón y les doy la bienvenida a mi reino.
Olwa lo miraba de hito en hito y volvió a reverenciarlo una vez.
–Mi rey es clemente –le dijo visiblemente aliviado.
.
Al día siguiente la corte partió de Artamir para viajar hacia Dor–En–Ernil, la nueva ciudad del este. El viaje tomaba varios días de camino, en especial cuando era conformada por aquella caravana de carruajes, custodiada por soldados y heraldos. Svadilfari, tras haber hablado con Olwa que partía junto con ellos y sus trescientos elfos oscuros; subió con Vanima y la reina madre para hacer el viaje. Eyvindur iba con Lord Aldor y Elemmíre.
Vanima estaba ataviada con un vestido vino que entallaba su figura, su cabello largo y negro estaba trenzado con hilos de plata. Eyriander le había regalado aquel conjunto tras explicarle que una reina viuda svartá siempre vestía en blanco y sólo utilizaba joyas sencillas. Eyriander, al igual que varias jóvenes de la corte como Lara y Finduilas, habían recortado su cabello en señal de solidarización por la tortura que su hijo había sufrido. Eyvindur no les había pedido que hicieran aquello pero igual se los agradeció profundamente.
–La gente del norte es dura, fuerte, de ahí han salido los mejores macar del reino pero igual son capaces de hacer crecer cosas bellas con su trabajo. De aquí provenían los suministros para la población de Vilwarin –les estaba contando Eyriander.
–Lord Aldor me prestó un libro de arquitectura de la capital –fue diciendo Svadilfari, que jamás decía que Loki le había entregado tal volumen; –y noté que no había granjas ni huertos, ni puerto.
–Vilwarin era una ciudad para la nobleza, fue diseñada para vivir con comodidad no para pensar en las preocupaciones diarias –le explicó Eyriander –pero mi hijo me ha dicho que planeas que Steindor sea diferente.
–En la ciudad de Steindor, me gustaría combinar los elementos salientes con los entrantes, haciendo a cada elemento convexo, es decir, situado a plena luz, se le oponga uno cóncavo, una sombra. En el elemento iluminado debe considerarse cuidadosamente cada detalle, porque esa es la parte que canta, mientras que la parte en la sombra puede no ser tan detallada. –Empezó a explicarle como serían las rejas de la entrada del palacio, el cuál no sólo lo diferenciaría del resto de la ciudad sino que en el iniciaría el radio del escudo que protegería después al palacio. –Serán sólidas y difíciles de escalar pero conservaran la ligereza y la cualidad orgánica a la que aspiro.
Vanima y Eyriander seguían su conversación interesadas.
–Debo decir que no logro imaginar cómo será –dijo Eyriander.
–Los hombres se pueden dividir en dos tipos: los hombres de palabra y los hombres de acción. Los primeros hablan y los segundos actúan. Svadilfari pertenece al segundo grupo. Le faltan los medios para expresarse adecuadamente, no puede explicarle a nadie sus conceptos artísticos, le es necesario darles una forma concreta –dijo Vanima.
Svadilfari enrojeció.
–Svadilfari, me gustaría que me ayudaras a tener un acercamiento con tu madre. En Artamir no ha querido salir de su alcoba a pesar de que le aseguré que nada le pasaría.
–No es personal, reina madre. Es sólo que ella no está acostumbrada al lujo de las ciudades de Artamir y de Celebrant, o mejor dicho, ninguno de nosotros solía ver y menor vivir, en estos palacios. Y aunque ella apoya la paz, aún se pone nerviosa en presencia de una multitud de elfos de luz, y a la vez, desea soledad para sobrellevar su luto.
–El otro día mientras hablaba con Lara –empezó a decir Eyriander –recordé algo que sucedió hace muchos años cuando estaba embarazada. Thyra y su marido habían visitado la corte para devolvernos la cortesía que mi marido y yo les dispensamos, cuando fuimos a Menelmakar al nacimiento de Tryggvi. El marido de Thyra, Telchar, era muy diferente su esposa y al resto de los enanos. Reía a carcajadas, tenía sentido del humor y siempre solía tener palabras amables para mí. Pienso que tal vez eso no era del agrado de Thyra. –Eyriander guardó silencio por un momento como si estuviera meditando algo más. –Aquella ocasión, Telchar comentó que si mi bebé era una niña, debíamos comprometerla con Tryggvi pues de esa manera unificaríamos los reinos. Larus respondió de inmediato: "Por supuesto que no". Y Telchar se rió intentando pasar todo ello por una broma. "Desde luego, ella sería mucho más alta que mi hijo". Larus estaba ofendido por el comentario y Thyra también, yo me reí, porque a veces la tarea de una reina es disipar los problemas. Creo que Thyra no lo olvidó, y si acaso pensó que yo era frívola y me burlaba de ella.
Svadilfari y Vanima la miraron en completo silencio.
–¿Por qué nos dice esto reina madre? –Preguntó Vanima.
–Porque no me gustaría que Bjarni pensara eso de mi –les dijo. –Yo estoy dispuesta a demostrar mi apoyo con la política de mi hijo, fue por eso que envié a Lara lejos de Svartálfheim porque es joven e inmadura y no sabe lo que hace, no comprende que una mirada o una frase puede acarrear serios conflictos. Y también creo que será más feliz en Vanaheim, que estando allá encontrará un poco de paz y sanación.
–Pensé que ella había decidido irse –dijo Svadilfari.
–No, es una princesa y debe acatar las órdenes que le dé, pues no sólo soy su reina sino también su tía; y sé que allá estará mejor. –Le explicó pero dejó la conversación de Lara aparte. –Comprendo que el luto de tu madre le impida salir y ver personas, pero en verdad, me gustaría poder hablar con ella más allá de un saludo. Quiero agradecerle por haber cuidado a mi hijo y por las ropas que le hizo.
–Hablaré con ella –le aseguró Svadilfari –ella también apoya la unión de nuestras razas, sólo no ha sabido cómo actuar en consecuencia; pero de lo que estoy seguro es de que está lejos de considerarla frívola, reina madre. –Y Eyriander pareció muy aliviada por eso.
.
–Svartálfheim a la vista –proclamó el piloto del drakar. La tripulación ocupó sus lugares para el aterrizaje y eso incluía alistar las armas para defenderse en caso de ser atacados. El puerto donde les fue indicado que podían fondear, apareció a la vista. A la vista sólo podía observarse una gran área despejada de árboles y los primeros cimientos de lo que sería una ciudad. Aryante era la capitán de esa flota que contaba con treinta drakares y tres mil elfos oscuros y aesir que habían abandonado Asgard. Fondearon en el Elivagar, y de inmediato un corro de elfos corrió hacia ellos para saludarlos.
–Ya, vuelvan a sus trabajos, ya recibo yo a los recién llegados –ordenó una voz malhumorada que Aryante reconoció de inmediato, se trataba de Tulk. –¡Aryante! –El ingeniero se dirigió hacia ella y le prodigó un abrazo. –Tu hijo ya debe de haber nacido ¿cuántos meses tiene?
–Tres meses, está dentro del drakar con mi marido –dijo Aryante. Ese no podía ser otro que Sindri.
Los elfos oscuros empezaron a descender de los drakares y a mezclarse con aquellos que fueron de los suyos en pequeño Alfheim pero que ahora eran svartá. Les pidieron noticias sobre sus parientes y amigos, algunos obtuvieron dolorosas noticias, otros reencuentros inesperados y otros tanto se mostraron confundidos de saber que vivían más allá, en Steindor junto a los elfos de luz.
–¿Oíste sobre lo que Odín nos hizo? –Le preguntó Aryante. Tulk la había guiado hasta un espacio encapotado donde había una mesa de trabajo. Desde ahí él dirigía los trabajos sobre la ciudad.
–Si. Vanima me lo refirió, fue ella la que nos pidió que lanzáramos el mensaje al espacio sobre donde podían fondear ¿Por qué no respondieron? ¿Tuvieron problemas con el trasmisor? –Sindri llegó hasta donde ellos estaban.
–Ninguno, sólo que dudábamos en venir. –Eso desconcertó a Tulk. Un nuevo conglomerado de elfos que recién llegaban y de los que trabajaban ya ahí, se cernió sobre el grupo principal. –Tú sabes lo que los elfos de luz nos hicieron, a todos, incluyéndote a ti. Destruyeron nuestros drakares, mataron a nuestros parientes, nos cazaron por los nueve y nos degradaron a no ser nadie, con ayuda de otros reyes. A quienes no asesinaron, los azotaban o marcaban –a cada palabra que ella iba diciendo, los demás asentían. –Cuando Svadilfari partió de Asgard hacia acá, nos dejó aquellas hermosas palabras sobre que recuperaría este mundo para nosotros, y Odín nos corrió de la ciudad eterna sin miramientos diciendo que aquí hallaríamos lo que tanto buscamos: Un sitio para vivir. Sin embargo, dudamos de las palabras de Odín y también de ese embajador Dimrost.
Tulk entendió eso, un elfo oscuro siempre era desconfiado por naturaleza.
–Pues el chico lo ha logrado, tenemos una parte de Svartálfheim para disfrutar. Ahora mismo estamos construyendo nuestra ciudad, Dor–En–Ernil; la ciudad de Svadilfari.
–¿Y dónde está él? –Los elfos oscuros se agitaron, querían verlo.
–Llegará mañana, viene de Artamir acompañado por el rey Eyvindur. –El rostro serio de Aryante se agrió por completo.
–¿Y Hrimthurs?
–Murió, a manos de los muspell antes de que la guerra terminara, no alcancé a verlo aunque sé que sus últimos momentos los paso al lado de su hijo. Bjarni está con Vanima y Svadilfari; vive en la nueva corte de Steindor.
–Debes de estar bromeando. Pensamos que al venir aquí nos apropiaríamos del reino, y echaríamos a los elfos de luz al espacio, para que vivieran como nosotros vivimos, para que sus hijos fueran parias –al decir echó una ojeada a su propio vástago –no vinimos para hacerles reverencias ni lamer las suelas de sus botas. Esperaremos mañana a que arribe Svadilfari, y si, también esperaremos a que llegue el rey.
Tulk se adelantó, entendiendo sus palabras como una posible amenaza.
–Entonces tendré que enviar un mensajero para pedirle a mi rey que no acuda, y para contarle que estará en peligro.
–¡Por los cuernos de Surtur! ¿Pero de qué lado estás?
–Ya nadie maldice así, nunca viste a Surtur frente a frente, yo sí; y te aseguro que nadie querría conjurarlo de vuelta a este mundo. –Tulk se estremeció involuntariamente por tal recuerdo. –No se trata de estar en ningún lado, niña. Juré lealtad a mi rey Eyvindur, y mis lores, que son Svadilfari, Nulka y hasta esa niña Nienor y el mal encarado Elemmíre. Y lo hice porque así obtuve paz, tierras, comida, seguridad y hasta ciudadanía; porque cuando ellos encararon al demonio Surtur y después a Magog, lo hicieron no sólo por los elfos de luz, sino por todos nosotros. Y si de un lado se debe estar, pues estuve del mío.
–¿Cómo es que estás tan seguro de lo que has elegido? –Le preguntaron desde atrás a Tulk.
–¿De qué no nos darán calabazas? Porque los elfos de luz no pueden hacer tal cosa, porque son tan pocos como nosotros y ahora mismo tampoco quieren guerra, pero si han venido a amenazar la vida del rey, pues es lo que obtendrán. No echen por la borda lo que Svadilfari ha conseguido para nosotros. –Esta vez no se lo dijo a Aryante sino a todos los que la seguían. –Conozcan al rey, y los que lo deseen, hinquen rodilla y quédense con nosotros y los que no; pueden regresar al espacio. Y vivir como siempre vivieron.
La gente empezó a murmurar, había quienes decían que sí, y quienes decían que no.
–Deberíamos aguardar por Svadilfari y por Eyvindur –le dijo Sindri a su esposa. –Después de todo, lo que queremos es lo mejor para nuestro hijo.
–Bien, esperamos a decidir mañana.
.
Los elfos de Aryante volvieron a sus drakares para pernoctar y Tulk no se los impidió. Al día siguiente se levantó temprano para revisar que el palacete donde se iba a hospedar la corte estuviera listo para recibirlos. Era grande, blanco y con amplios balcones, no contaba con gran lujo en el interior pues no tenían demasiados muebles pero al menos tendrían un techo donde resguardarse. Tulk había echado mano de lo que había sobrevivido a la destrucción de la anterior Dor–En–Ernil, que seguía en ruinas pero que estaba lo suficientemente cerca como para trasladar lo que fuera útil. Sus elfos oscuros además habían cambiado el cause del Elivagar para beneficiarse de sus aguas después de todo ahora era suyo ¿no?
–Pongan más luces –les indicó a las mujeres. La corte debía llegar con las últimas luces del día.
El primer pago de los enanos había salido por fin de Menelmakar. De las cien mil cabezas de ganado que se enviaron, al este le habían tocado veinticinco mil y ya les tenían ahí mismo. Tulk había autorizado que algunas fueran sacrificadas para el festín de esa noche. Se sentó en una banca a fumar una pipa y a observar cómo iban y venían sus elfos, siempre como hormigas, para disponer del banquete que darían en honor a sus invitados.
–Esta mañana he visto un mensajero salir por el rumbo del norte –dijo una voz a sus espaldas, que era Aryante. Pero esta vez venía sola, o casi sola, llevaba en brazos a su hijo.
–¿Cómo se llama el pequeño? –Inquirió Tulk sin hablar del mensajero que Aryante acababa de mencionar.
–Sigvard –respondió ella. Un nombre derivado del de su padre.
–Tenía que avisarle a Svadilfari y a Vanima que se encuentran aquí, no quería que los tomaran por sorpresa, y además como soy el castellano es mi responsabilidad que aquí nada se desmadre.
–¿Entonces el saco de huesos aun va detrás de Svadilfari? Pensé que iba a palmarla. Estaba tan flaca y moribunda en Asgard.
–Ahora es la Lady Consejera del rey, está más guapa que antes y me parece que es feliz. –Aryante lo miró como si estuviera bromeando. Tulk dio otra calada a su pipa. –Yo los veo muy contentos. Nulka partió al sur junto con Lady Nienor para tratar con los enanos, ella es el cerebro y si se pasan de listos, Nulka va listo para darles escarmiento. Ahora es Lord del Sur, ¿cuándo se había visto que un mercenario pudiera llegar tan lejos? –Se encogió de hombros –y Dema, esa chiquilla que seguía a Hrimthurs ahora es copera real, y sigue al rey como si fuera su sombra junto con Amarië ¿te acuerdas de Amarië?
–¿Quieres decir que la felicidad es trabajar para los elfos de luz?
–No, lo que quiero decir es que, están contentos haciendo lo que mejor saben hacer, donde además son necesarios. Yo ya no le pido más a la vida.
–No entiendo cómo es que pudieron perdonar u olvidar lo que pasó. Fue Telenma quien derribó a Nulka y también a Válk, ¿cómo puede Vanima seguir al asesino de su hermano?
–Porqué Telenma está muerta, al igual que Lúne, Larus, Teros, Wose y todos aquellos que alguna vez cazaban elfos oscuros; e igual está muerto Hrimthurs y un montón de elfos oscuros que deseaban venganza. No seas tan dura de mollera –la reprendió. –Nadie me pidió que perdonara a los elfos de luz pero tampoco encuentro más razones para seguirlos odiando. –Tulk se puso en pie cuando vio a uno de sus chicos correr haciendo grandes aspamientos con las manos. –Ya llegan.
Tulk se acomodó el abrigo sobre los hombros y se dirigió a la entrada mientras llamaba a los suyos a acercarse para recibir al rey y a los lores. Lo que primero entró fue una guardia compuesta por elfos oscuros y de luz por igual. Ésta era liderada por Narog. Después entró un heraldo, que no era otro más que Belegaer, quien anunció al rey. Éste iba montado en un caballo negro que trotaba suavemente e iba ataviado con un mantón con capucha blanca y guantes negros que continuaban ocultando sus manos, por detrás, en otros caballos iban Svadilfari, Elemmíre y Lord Aldor. Fue en éstos últimos donde pudo leerse la sorpresa al ver la crecida de la población en Dor–En–Enril.
–Mi rey Eyvindur, mis lores –saludó Tulk lo más formal que pudo e hizo una reverencia. Se acercó hasta donde Eyvindur para sostenerle el estribo y ayudarlo a descender. –Nos complace recibirlos aquí en Dor–En–Enril, y para demostrar nuestro regocijo hemos preparado una celebración para esta noche.
–Agradezco ésta muestra de acogimiento y estaré honrado de unirme a ustedes –dijo Eyvindur. El carruaje también había llegado ya, Narog abrió la puerta y de él descendió Vanima, acompañada de Bjarni y de Eyriander. –Quiero presentarles a mi madre, la reina Eyriander. –Ella los saludó con una sonrisa y un movimiento de la cabeza.
Los elfos parecían muy curiosos de observar aquella mezcolanza de corte y varios asintieron satisfechos ante lo que veían.
Tulk los guio hasta el descampado donde iba a celebrarse el banquete. Las luces empezaron a decaer y varios faroles fueron encendidos. Svadilfari se acercó a su viejo amigo para cruzar algunas palabras con él mientras los demás estaban tomando sus asientos en la mesa principal.
–Me recuerda a la cubierta de un drakar –dijo éste mirando las luces y las decoraciones e inclusive a los músicos que tomaban sus sitios. Se habían sido dispuestos varios tablones, que hacían de mesas, para que la gente pudiera comer con ellos. A diferencia de Artamir, la fiesta no era sólo para los nobles.
–Hay tradiciones que no tienen por qué perderse aunque nos encontremos en tierra –dijo Tulk sonriente pero después compuso un gesto sumamente serio. –Me imagino que mi mensajero llego hasta ti. –Svadilfari asintió –he hecho que nuestros nuevos acompañantes se sienten un poco apartados del rey porque lo último que queremos es que haya un problema. Aún no se deciden sobre hincar rodilla o irse al espacio, y seguro querrán hablar contigo después del banquete. –Svadilfari asintió. –Oye no quiero ser paranoico, pero no te le separes.
La comida era la favorita de los elfos oscuros: langostas en miel especiadas, biscuits, cebollas asadas en jugo de tocino, y gracias a lo suministrado, res asada con puerros. Todo eso acompañado de cerveza marrón.
La música de la corte élfica usualmente estaba compuesta por el arpa y la flauta pero la de los elfos oscuros era con el laud, el clarinete, el tambor, el violín y una voz. Svadilfari se sintió transportado de inmediato a sus días de viajero en compañía de su flota. La música era importante en la vida de un elfo oscuro pues varios eran artistas itinerantes y de ella vivían, pero además de eso, siempre estaba presente en cualquier ocasión ya fuera triste o alegre. La música de su pueblo era apasionada, vibrante, dolorosa y hasta dramática. Svadilfari se encontró llevando el ritmo con el pie mientras saludaba y brindaba con sus conocidos hasta tomar su sitio en la mesa de honor.
–Esto es extraño –escuchó que decía Elemmíre al otro lado de Eyvindur.
–Es diferente –le respondió el rey. –No tienes por qué preocuparte.
Svadilfari pensó que Elemmíre estaba tan nervioso como él lo estuvo en Artamir. Vio a su madre y a Eyriander hablando, aunque no alcanzaba a escuchar de qué. Y más allá a Tulk y a Lord Aldor. Vanima en cambio estaba muy silenciosa, sentada a su lado y sin despegar su vista de aquella fiesta.
–Tengo una vaga idea de lo que estás pensando –le dijo Svadilfari.
–Le he pedido a Narog que tenga bien dispuesta la guardia –le dijo ella.
–Pero no pensarás que en verdad esto pueda transformarse en una batalla. –De pronto se sintió ligeramente preocupado.
–Prefiero no llevarme una sorpresa –dijo Vanima. Su aranmaite siempre era muy prudente en su forma de conducirse o tal vez fuera la cautela que se adquiría tras una vida como marginados. –Ahora vuelvo, Narog me está haciendo una seña –le dijo ella poniéndose en pie para dejar la mesa. Svadilfari pensó que debería acompañarla pero también pensó que si ella no se lo había pedido, era porque tenía sus razones.
Eyvindur bebía con cuidado la cerveza pero Svadilfari vació con gusto su vaso.
–Le permitiste a Tulk ayudarte a bajar del caballo –le dijo.
–Pensé en lo mucho que te ofendiste cuando no te deje a ti hacerlo, y ahora que estaba siendo observado por todo Dor–En–Ernil, no quise que Tulk pensara que no deseaba tocarlo.
–Tal vez deberíamos cambiar ese protocolo tan rígido –le dijo Svadilfari. –Los elfos oscuros jamás hemos tenido reyes, no estamos acostumbrados a todo ese asunto de no poder tocar a alguien, sólo porque una norma lo dicte. Inclusive con nuestras diosas nos conducimos como si ellas fueran palpables y mortales.
–Supongo que podríamos relajarlo… –dijo Eyvindur, aunque seguramente lo comentaría primero con Lord Aldor.
–También es una tradición que el capitán del barco, abra el baile –dijo Svadilfari. No había comido aun, pero vaya que había bebido. Ahí en medio de una celebración élfica oscura, deseaba olvidarse de las preocupaciones que su cargo le endilgaba y hasta de los miedos que siempre le acompañaban. Estaba a gusto entre los suyos; y a esas alturas se había familiarizado con la presencia de Eyvindur. En ese momento se percató que de hecho ya lo consideraba un gran amigo. Se puso en pie y tomó con suavidad la mano de Eyvindur. –Ven, no querrás insultar al pueblo de Dor–En–Ernil.
–No sé bailar esta clase de música –le dijo Eyvindur con voz baja. Pero los músicos ya se habían detenido viendo que su lord Svadilfari se había puesto en pie.
–Yo te enseñaré. –Y no dejó que Eyvindur le replicara más.
Lo llevó en medio de las mesas, lo tomó con fuerza de la cintura para ayudarlo a girar y moverse alrededor como se debía. Tulk se les unió junto con otros varios elfos, haciendo un círculo que giraba con mayor velocidad. Svadilfari le enseñó a Eyvindur cuando debía llevar el ritmo únicamente con las manos y en qué momento debía girar y saltar. Amarië había arrastrado a Belegaer para que bailara también, y hubo alguno que otro elfo de luz que se animó a intentarlo al igual que su rey. El baile terminó con Svadilfari levantando en vilo a Eyvindur.
El rey había adquirido algo de color en las mejillas.
La música continuaba mucho más rápida y desaforada que antes. Los elfos oscuros se tomaron de las manos para girar formando un círculo pero Eyvindur al igual que Svadilfari ya estaban de nuevo en sus lugares.
–¿Y bien? ¿Te ha sido difícil? –Le preguntó Svadilfari. Eyvindur negó tras tomar varios tragos de su cerveza. –Después te pediré que me enseñes los bailes de tu corte élfica.
–Después de lo complicado que son los tuyos, los encontrarás hasta aburridos. –Eyvindur se encontró con más alimento y bebida. Elemmíre, que no se había levantado de su sitio, parecía un poco enfermo de ver tanta comida. –De acuerdo a los usos de tu raza, ¿cuándo se considera pertinente que anuncie que deseo retirarme? –Le preguntó a Svadilfari.
Éste se rió, por lo que consideraba una pregunta muy ingenua.
–Nadie nunca anuncia que se retira, simplemente te escabulles. –Svadilfari pareció esperar algo que a Eyvindur se le escapaba. –Como ahora –le dijo ayudándolo a dejar la mesa. Habían dejado atrás a la reina madre y a los otros dos lores, pero mientras lo llevaba hasta el palacete donde iban a descansar, a ninguno de los dos pareció preocuparle.
.
Eyvindur notó las miradas de todos fijas en él. Siempre era observado pero ahora sentía como si el tiempo se hubiese detenido.
–Eyvindur –le habló su madre tendiéndole una mano. Él estaba mirando a sus leales elfos en torno a él. Lord Aldor lo miraba inquisitivo como esperando que le respondiese algo pero él no había escuchado ninguna pregunta.
–A un lado –dijo Elemmíre –por favor permítanle que respire.
–¿Qué está pasando? –Preguntó Eyvindur. Y entonces se percató de que estaba mirando a su madre, a Lord Aldor y a Elemmíre desde el suelo. ¿En qué momento había llegado ahí? Se había deslizado desde su asiento durante el desayuno dentro del palacete.
–Hay que llevarlo a sus aposentos –siguió Elemmíre alzándolo en brazos con facilidad.
–¿Qué está pasando? –Volvió a preguntar pero nadie pareció oírlo. Quizás ni siquiera había pronunciado las palabras.
Cuando lo recostaron en su cama no pudo evitar preguntarse si Thor no se sentiría así. Si no seguiría dentro de su cuerpo, contemplando el mundo y tratando de gritar para hacerse entender sin que nadie en realidad lo escuchase. Lord Aldor le tomó el pulso. Eyvindur paseó la mirada entre la marea de rostros preocupados. Elemmíre, Svadilfari, su madre, Vanima, Dema…
¡Dema!
La pequeña elfa estaba a su lado, sirviéndole vino. Lord Aldor le ayudó a beber un poco.
"Rey de los elfos. Debemos hablar en mi reino" Las palabras provenían de Dema pero eran habladas dentro de él y la voz… no era la gentil voz que Eyvindur le conocía.
"Hela" pensó, sabiendo como sabía que ella lo escucharía.
"Sígueme" le indicó la diosa y la mente de Eyvindur se sumió en la más extraña de las visiones.
.
Se halló a sí mismo fuera del palacio en Dor–En–Ernil. Estaba en medio de una noche estrellada, en un jardín desde el cual se podía contemplar a lo lejos, algo que Eyvindur había visto sólo en representaciones: el árbol del universo. No sabía si en verdad estaba mirando el árbol o si todo era una ilusión de la diosa. Ella estaba ahí, parada a escasos metros pero Eyvindur supo que era inalcanzable.
–Hagamos un intercambio –murmuró Hela sin girarse a mirarlo; su cabello era cano y ella parecía enjuta y frágil ante los ojos de Eyvindur. –Dame de tu magia de tiempo y yo te daré de mi propio seidh. Un fragmento tuyo a cambio de uno mío. –Le habló pero no volteó.
–El aether no me defendió de ti –caviló Eyvindur sin poder levantarse de entre las briznas de pasto a su alrededor. –Eso me indica que no quieres dañarme. Deseas en cambio mi magia de tiempo, ¿por qué y para qué? Nos quitaste la luz de los nueve y ayudaste en saquear mi reino mediante tus dísir.
–No me cuestiones rey de los elfos de luz. Viajé hasta el árbol e imploré por un solo hilo del tejido de la norna Skuld sólo para ti. –Desde la mano de la diosa un hilo plateado voló hasta Eyvindur quien lo tomó en su mano.
Cuando rozó el hilo una pequeña niña apareció ante él. Sus rasgos no eran claros porque emanaba luz que impedía verlos con nitidez; era como una pequeña estrella encarnada.
–Ada –dijo la pequeña estrella y le besó a Eyvindur las mejillas antes de abrazarlo con ternura, echándole sus pequeños brazos alrededor del cuello. Él comprendió lo que la diosa insinuaba, le estaba dando a entender que en el tejido de Skuld existía esta niña y que además era suya.
–Esto es un engaño tuyo para coaccionarme. ¿Qué de bueno puede emerger de tu magia? Sólo muerte. –Intentó no dejarse llevar por sus emociones aunque no pudo contenerse de abrazar a aquella pequeña en gesto protector.
–Eyvindur –replicó la diosa girándose a mirarlo. La mitad de ella una anciana, la otra mitad un cadáver. Su pequeña estrella titiló y Eyvindur le acarició el cabello. –Soy el origen de los foreldrar, soy una diosa de muerte pero también de vida. Dame tiempo y te la daré a ella.
.
CONTINUARÁ…
