-¡¿Qué?!-exclamó sorprendida la pelirroja.

-¡No soy tu mujer, Amadi!-Meiga se volvió hacia Miss Fortune.-Fue una estupidez de hace mucho tiempo. Realmente no tiene nada de verdad.

-Hicimos una promesa, mi amor.-dijo Amadi alzando la mano para acariciarle el pelo, que Meiga le apartó.

-Una promesa que tu ya rompiste hace mucho. Ya no me importa lo que fuimos.

-Pues para no importarte, te has tomado muchas molestias para ocultárselo a tu nuevo novio.

La cara de Meiga se contrajo por un momento en confusión, antes de volver a ponerse seria.

-Porque él no tiene nada que ver con esto.

-¿En serio? Entonces debería ir a visitarle y decírselo, a ver que piensa de ello. Y a enseñarle a no tocar a las mujeres de los demás.

-Escúchame bien.-Meiga dio un paso adelante con voz fría.-Como se te ocurra tocarle un pelo...

-Relájate, muchacha.-habló Miss Fortune.-Solo trata de meterse bajo tu piel. No le hará nada a Victor mientras estemos aquí. Y si pudiera, ya lo habría hecho.

Ambos la miraron a ella ahora. Amadi con una sonrisa confiada, Meiga nuevamente confundida.

-No hemos... No recuerdo haberte dicho su nombre.

Mierda.

-Lo acabáis de hacer ahora.

-No, no lo hemos hecho.-intervino Amadi.-Hemos hablado de él, pero no hemos mencionado su nombre. Aunque tampoco debería sorprenderme. Al fin y al cabo, trabaja para ti, ¿no?

-¿Qué?-Meiga estaba cada vez más confusa.

-Y no pretendas que tampoco sabías que Meiga era su actual novia cuando salisteis del puerto esta madrugada.

-¿Qué?

-Mierda. Vale, sí. Trabaja para mi, y supe que ella era su novia. Pero no entiendo que importancia tiene ahora.

-Pero... ¿por qué me lo has ocultado?-habló Meiga, albergando una sospecha por ahora vacua.

-¿Por qué le has ocultado tú todo esto a Victor? Después de hablar, su hermana me pidió que...

-¿Y por qué Victor iba a ocultártelo a ti, Meiga?-interrumpió Amadi.

-Me dijo... me dijo que antes que conmigo, solo había estado con otra chica. Dijo que era pelirroja.-se llevó una mano al pecho.-Pero no...

-Sí, es cierto. Pasamos una noche juntos, pero nada más. Solo fue eso.-Miss Fortune dio un paso hacia delante.-No hay nada que...

-¿Solo una noche?-volvió a interrumpir Amadi.-¿Vas a negar entonces que hace tres días dormiste en su casa?

-¡¿Qué?!-la sospecha de Meiga ya parecía sólida, mientras lágrimas parecían querer escapar de sus ojos.

-Deja de tergiversar las palabras. Es cierto que dormí en su casa, pero no...

-Yo no he tergiversado nada. Tú misma negaste conocerlo de antes, y ahora admites que trabaja para ti. Tú misma dijiste que solo pasaste una noche con él, pero ahora admites haber dormido otra.-el rostro de Amadi seguía neutro, sin demostrar que disfrutase de jugar con sus emociones de esa forma.-Además, para no haber hecho nada, se os veía muy acurrucaditos en el sofá.

Miss Fortune no tuvo que afirmar o negar nada. Meiga podía verlo en sus rostro. Casi podía sentir su corazón haciéndose pedazos, mientras su mente se llenaba de imágenes de Miss Fortune y Victor desnudos entre sábanas. Primero besándose. Luego haciendo el amor. No sabía si aquellas imágenes eran producto de su propia imaginación, o de la influencia de Amadi. Pero ahora no le importaba.

-¡Ya basta!-le grito a su ex.-No sé si Victor me ha engañado con ella o no, pero no pienso dejar que sigas metiéndote en mi cabeza como solías hacerlo antes. No sé que quieres de nosotras, pero no vas a conseguirlo. Y menos de mi.

-Claro que lo haré.-la tomó de la barbilla.-Déjame explicarte como.

Meiga volvió a alzar los brazos para apartarlo, pero se detuvo al escuchar el susurro. Un susurro en una lengua que Miss Fortune no entendió, pero que le puso la piel de gallina, y llenó su cabeza con la imagen de un palacio antiguo roto y corrompido por la Niebla Negra. Entonces, lo vio. Un destello verde surgiendo de los ojos de Amadi, y moviéndose como una fuerza viva hacia los ojos de Meiga, que también brillaron antes de apagarse.

Meiga bajó los brazos, y su cabeza cayó contra el pecho de Amadi, que la sostuvo para que no tocara el suelo. Pálida y frágil como si estuviera muerta. Y Miss Fortune había visto demasiadas muertes como para confundirse.

-¡¿Pero qué coño?!

Miss Fortune intervino. Agarró a Amadi del brazo, y lo apartó de Meiga, haciendo que esta cayera sobre el suelo. Este solo la miró a los ojos, y susurró unas palabras similares a las de antes.

Solo que esta vez no le produjeron repudio. Sonaban dulces y agradables. Casi excitantes. Una luz verde llenó su mirada, y cuando por fin pudo ver a Amadi de nuevo, sintió un manto de pesadez cubriéndola. Como si la vida misma se hubiera esfumado de sus miembros. Pero tan pronto como apareció, y antes de caer al suelo, aquella sensación desapareció, y ella le cruzó la cara de un puñetazo.

Antes de que pudiera patearlo, los mismos guardias de antes surgieron de la nada, y la sujetaron.

-Vaya.-se frotó la mejilla.-Tienes una voluntad incluso más fuerte de lo que esperaba. Claro que tú siempre has vivido rodeada de muerte. Es natural que te proteja.

-¡¿Qué coño acabas de hacernos?!

-Pronto lo sabrás. Encadenadla al altar.

Dicho esto, se volteó, y tomó a Meiga en brazos, antes de encaminarse a una cabaña al pie de la loma.

Miss Fortune no tenía ni idea de lo que ocurría. Pero el echo de que estuvieran amarrándola a una mesa de piedra antigua, y no tuviera ni la fuerza suficiente para forcejear con sus captores, no la ponía de buen humor. Esta escena le recordaba a una de esas portadas cutres de las novelas de arandel de Piltover. Esas con la dama en apuros y la ropa desgarrada, rodeada de salvajes de fieros ojos, mientras el apuesto héroe lucha contra ellos de pie sobre el altar, defendiendo a la muchacha indefensa.

Jamás pensó que diría esto, pero ahora mismo le vendría bien tener a mano a un héroe rubio de ojos claros.


Meiga despertó en una habitación iluminada solamente con unas titilantes velas, pero rodeada de cojines de terciopelo, y sobre un cómodo lecho de seda. Y frente a ella, el sacerdote de las sombras la observaba con una mirada vacía.

-Por el rey arruinado. Te has vuelto incluso aún más hermosa de lo que recordaba.

Amadi se tumbó junto a ella, justo después de que esta percibiera que lo único que vestía ahora era un atuendo propio de concubina de harén shurimano. No podía creérselo. Ahora mismo solo deseaba una cosa.

Y una vez Meiga se tumbó sobre el cuerpo de su examante, apoyando las manos en su pecho, comenzaron a besarse dulcemente. Primero con cariño, luego con más pasión e ahínco incluso que antes, mientras Amadi la rodeaba con sus brazos. Poco a poco fue retirando las tiras de su sostén, y los gemidos de Meiga fueron haciéndose más pasionales y honestos según besaba su cuello y sus hombros. Pero una ilusión potenciada por sensaciones de ese tipo, puede romperse fácilmente.

-Aaaah... Victor.-abrió los ojos, sin la chispa allí, y sin notar las cicatrices de su amante rozando su piel.-¿Victor?

Tardó dos segundos en recordar lo que había ocurrido, y como una exhalación, empujó a Amadi para alejarse de él, y se puso en pie, apoyando la espalda contra la pared.

-Hmf. Lástima. Tenía la esperanza que hubieras visto la luz.

-¡Cállate!-dijo palpándose el cuerpo.-¿Qué me has hecho? ¿Me has quitado la ropa? ¿Tú me has puesto esto?

-Relájate.-de un chasquido, las ropas de Meiga volvieron a ser las que eran.-Solo era una ilusión. Quería ver si podía ponerte de ánimo.

-Ya te he dicho que esos tiempos acabaron hace mucho.

-Hace 10 segundos no lo parecía.

-No... no pensaba con claridad. Hace 10 segundos... solo podía recordar al verte que te conocía. Y los recuerdos que acompañan a este.

-Tiempos más felices, ¿verdad?

-... Sí.-se frotó el brazo, ya más calmada, mientras meditaba que hacer.-¿Qué me hiciste antes? Solo recuerdo estar frente al altar, ver algo en tus ojos, y perder el conocimiento. ¿Dónde está Fortune?

-Aquello solo fue un ejemplo de los dones que ofrece la niebla a los fieles. Fortune, solo es un pago por esos dones.

-¿Qué le has hecho?-habló, entre la amenaza y el miedo.

-Por ahora nada.-respondió Amadi.-Pasar frío en el altar, supongo. Hasta la medianoche, de nada serviría sacrificarla.

Meiga observó que aún sin cadenas, sus grilletes de petricita aún seguían allí, apretándole las muñecas.

-¿Cómo has logrado todo esto, Amadi? Te creía muerto.-trató de ganar tiempo.

-Ya te lo dije entonces. Hay más en la Niebla Negra de lo que nuestras limitadas creencias nos mostraban. Cuando la niebla me envolvió, él supo ver la claridad de mi mente.-observaba el techo con la mirada pérdida.-Supo ver mi potencial, y me dio un propósito.

-¿De quién hablas?

Amadi sonrió.

-Del emperador de los muertos, por supuesto.


Miss Fortune supuestamente tenía que seguir atada al altar en ese momento. Pero los hermanos de Amadi tenían otra idea. Saua rompió los goznes que sujetaban las cadenas a la mesa de piedra, y se la llevó arrastrando por las aguas del pantano, que le llegaban hasta la cintura, sin molestarse en darle explicaciones, ni evitar que tropezara.

-Por última vez. ¡¿Adónde me llevas?!-Miss Fortune, ya cubierta de barro, se frenó en seco y tiró de la cadena que la amarraba.

Saua se hartó, y la agarró del cuello para estamparla contra un árbol.

-Si vas a matarme, hazlo de una vez.-dijo con dificultad.

-No. Eso sería demasiado fácil. Tomar tu vida ahora no compensaría el dolor por la muerte de mi hermano. Primero vamos a hacer que lo ruegues. Y entonces, ni siquiera tu amiga la bruja podrá sanar tus heridas.

-... ¿Bruja? ¿De qué... hablas?

Saua la dejó caer al suelo. Miss Fortune comenzó a toser mientras trataba de recuperar el aliento.

-¿No lo sabes? ¿Cómo crees sino que se sanaron tus heridas?

-Cof, cof. Amadi...

-A ese solo le interesaba realmente ella. Ni te tocó hasta lo del altar. Solo sé que cuando os metimos a las dos en la misma celda, antes de ponerle los grilletes de petricita, tu estabas medio muerta. Y al volver a abrirla, no tenías un rasguño.

-Claro. Lo que tú digas.

No estaba segura de que terminar de creer. Solo sabía que Saua acababa de soltar la cadena cuando la tiró al suelo, y eso le daba una oportunidad. Así que fue recogiéndola poco a poco en sus manos mientras le daba la espalda, para que no la viera, y trató de hacer que siguiera hablando.

-¿Y qué ganáis vosotros de todo esto? ¿Hm?-se puso en pie.-¿Porqué molestaros en mantener vuestra palabra y entregarme a él, cuando me buscabais a mi, y ya me teníais?

-Porque lo que vamos a hacerte, es solo por placer.-gruñó amenazante.-El trato era entregaros a ambas a él. Y a cambio, nos devolvería a nuestro hermano.

-¿Qué?

-Dijo que resucitaría a Malie.

-Eso... eso es imposible.

Después de lo que vio en la isla donde encontró a Victor y a Lilith, la idea de traer de vuelta a los muertos no le parecía realmente imposible. Era solo que la aterraba. Y después de lo que había visto en esos pantanos, tantas cosas que le recordaban a la Niebla Negra... ese miedo se había vuelto tangible.

-Imposible o no, va a hacerlo, o le obligaremos. Pero de nada servirá si nos pilla y se da cuenta de que hemos sido nosotros quienes te han llevado.-la agarró del hombro.-Así que...

No esperó a girarse para patearle la ingle. De inmediato, el vastaya cayó de rodillas. El agua y tierra embarradas bajo ellos y del que estaban cubiertos le dificultaba el movimiento a Miss Fortune, pero más se lo hacía a él. La capitana sabía que no podría escapar a pie, pues por muy bien que sirvieran los árboles para ocultarse, él conocía su olor, y veía mejor en la oscuridad. Tampoco podía ganarle un enfrentamiento directo sin armas, pues le superaba demasiado en tamaño y fuerza. Pero ya estaba acostumbrada a eso.

Así que hizo lo único que podía. Se subió a su espalda, fuera del alcance de sus brazos, y rodeó su cuello con la cadena, tirando con todas sus fuerzas, y rezando a la madre serpiente porque no se rompiera. Saua comenzó a sacudirse como un maníaco tratando de quitársela de encima, luchando por respirar. Miss Fortune no tenía la fuerza suficiente para aplastarle la traquea, pero sí para evitar que pasara aire.

Los violentos aspavientos del hasta ahora su captor estuvieron a punto de lanzarla por los aires varias veces, pero ella resistió. Pronto, los violentos arañazos de sus garras tratando de alcanzarla hicieron sangrar sus brazos y costado, pero eran heridas superficiales. Así que por mucho que le ardieran los músculos, ella siguió presionando con fuerza las rodillas contra sus omóplatos, y tirando de la cadena con todas sus fuerzas. Pronto, las sacudidas de Saua se fueron volviendo más débiles.

Y pronto, cayó como un tablón de cara contra el barro.

Aún así, Miss Fortune no cedió. En parte por la adrenalina, en parte por desconfianza. Solo una vez se hubo cerciorado de que llevaba un rato sin moverse, y ni podía notarlo respirar ni sentir sus latidos, cedió en su empeñó. Apoyó los brazos sobre el cuerpo, agotada, y se observó las manos, segura de que la cadena le serviría como arma para volver a por Meiga. Pero insegura de como deshacer el nudo alrededor de sus muñecas.

Tendría que buscar primero un buen par de rocas, entonces.