Capítulo 48.- El origen que desconocemos
Hubo un largo silencio, era la primera vez que escuchaban el nombre de alguna de las islas que conformaban aquel misterioso archipiélago, razón por la cual se sintieron sorprendidos y aliviados de conocer a alguien que supiera darles información al respecto. Aunque las circunstancias no eran del todo favorables.
—…Así es, nosotros venimos de Laimargia…Hemos estado viviendo aquí por varios años, cuidando de que Sweety Boy no dijera nada inapropiado –pronunciaba Slik con cierto fastidio- Pero hoy ha decidido abrir la boca, de modo que tenemos que encargarnos.
—Jamás pensé que existiría tanta maldad en un chocolate como ahora…yohohoho.
—Cookie-chan, tú también –consternado observaba a su pequeño compañero, aquel que le regresaba el gesto con una mirada hostil-.
—Nuestra amistad termina aquí, Sweety Boy. Pudimos continuar siendo amigos, pero usted lo arruinó.
—Oye, oye, ésas son declaraciones demasiado fuertes para un muñeco de jengibre –Sanji no estaba de acuerdo con el comportamiento de aquel par de subordinados ingratos, y no era el único que se sentía de ese modo-.
—Chicos, parece ser que tendremos que encargarnos de todos ellos –llamaba el capitán; él odiaba aquel tipo de situaciones, momentos en que la traición emergía por la más minúscula excusa. Él jamás podría hacer algo como eso a un camarada-.
—Nos dirás todo lo que sabes sobre ese archipiélago en cuanto terminemos con estos muñequitos de dulce –espetó Sanji ya con su adorado cigarrillo en la boca-.
—Unos cuantos cortes serán más que suficientes –alentaba Zoro, listo para partir cualquier cosa que se le pusiera en su camino-.
—Chicos…-miraba incrédulo Sweety; ¿por qué unos extraños tenían que librar su batalla? No les había hecho nada bueno y tampoco les había proporcionado sus conocimientos. Esos piratas eran chicos extraños sin duda-.
—¡Esto será súupeer fácil!
Aquel robot habría de tragarse sus palabras. Aunque claro, ¿en qué momento esperaba que más gigantes se unieran a la batalla? Gigantes armados de caramelo, brillante y apetecible, y que rugían como si fueran bestias salvajes. La artillería pesaba se encontraba llegando.
—Son soldados de caramelo, los más duros que hay…Entre mayor temperatura se emplee para su fabricación más duro y rígido será –explicaba Sweety asombrándose de la cantidad que allí había-.
—¡Delicioso! –babeaba Luffy, estar rodeado de tantas cosas comestibles no eran bueno para su mente y estómago-.
—¡Tengan cuidado!
Sólo habían logrado escuchar la advertencia, sin embargo, no habían contemplado en su momento lo que había originado aquella alarma. Aquellos gigantes de caramelo habían escupido algo a enorme velocidad y que todavía podía olfatearse en el ambiente.
No habían logrado percibirlo, sólo fueron capaz de sentirlo sobre sus cuerpos aquella masa ligeramente fría que había atrapado sus torsos y que aunque les costara creerlo, estaba empezando a expandirse como la levadura con el pan durante el proceso de horneado. No obstante, estaba demasiado lejos de ser suave y agradable, era duro, asfixiante y estaba empezando a convertirse en un problema.
El peso era proporcional tanto por delante como por detrás, pero un tanto complicado mantenerse de pie cuando de las extremidades superiores lo único que sobresalía eran sus manos y apuradamente sus cabezas. Habían sido transformados en caramelos humanos, cuyas extremidades estaban a salvo, aunque ridículamente imposibilitadas para hacer algo.
—¡¿Pero qué demonios nos ha pasado?! –Nami exigía explicaciones, por lo que posó de inmediato su mirada en el único que sabía lo que había ocurrido, y que de igual modo había terminado como todos ellos-.
—Los gigantes de caramelo junto con los monstruos de confituras y chocolate son los más fuertes de la fábrica; cada uno de ellos posee métodos propios para frenar a los enemigos.
—¡YA NOS DIMOS CUENTA GENIO! –exclamaron por igual-.
—Lo único que necesitamos es que algo muy fuerte nos golpee para que el caramelo se rompa. El caramelo que producen los gigantes es el más duro que haya conocido, comparable con el acero.
—¡Tienes que estar bromeando! –a Usopp no le agradaba en lo más mínimo la parte de golpear y romper; sabía que saldría malherido-.
—¿Otro método? –interrogó velozmente Nami-.
—Pues obvio querida Gatita Ladrona…que se lo coman…Ya sabes, que lo chupen hasta que se deshaga, pero es una misión no apta para diabéticos.
—¡Luffy, aléjate, aléjate, no somos comestibles! –chillaba Usopp quien corría lo más que podía al lado del reno, alguien intentaba comérselos, si alguien de cabeza gigantesca y que haciendo uso de su habilidad había logrado hacer crecer su boca para acomodarse perfectamente aquel par de caramelos-.
—¡Hagan algo, nos va a comer! –lloraba Chopper, quien empezaba a cansarse de correr con tremenda carga de azúcar y agua en su cuerpo-.
—Esto es serio, si no nos liberamos, Luffy terminará comiéndonos a todos –explicaba seria Nami; sonaba absurdo, pero era cierto, el apetito de su capitán trascendía fronteras-.
—Saben, esa pequeña niña ha desaparecido…Yohoho…Me da mala espina.
—Tampoco está Cookie-chan –hacía la observación Sweety-.
—Primero, deshagámonos de todos ellos y después iremos tras los maquiladores de esta revuelta –dijo Sanji, lo más sensato y masculino que había dicho desde que entró a la fábrica-.
El viento alrededor se había aplacado y aquellas tres embarcaciones estaban al fin en calma, siendo movida ocasionalmente por el oleaje. ¿Qué había provocado el cese del ventarrón que hacía unos momentos atrás comprometía la existencia de esos navíos piratas? Quizás se debía a que ya había un cierto grado de daño sobre la cubierta del barco, incluso el mástil estaba experimentando las consecuencias de aquel par de hombres que no medían sus fuerzas y habilidades.
Sus respiraciones estaban alteradas, sudaban de lo lindo y al mismo tiempo un par de sonrisas yacían en sus rostros, estaban disfrutando su encuentro mientras los que estaban a su alrededor lucían más bien aterrados. ¿Seguro que ese par eran humanos y no un par de demonios? Ya empezaban a plantearse tal cuestionamiento.
—No pensé que fueras capaz incluso de llamar hacia ti…los metales que hay en el cuerpo…Maldito Kid –decía como sí nada; su cuerpo mostraba aquellas lesiones superficiales y hematomas, consecuentes del empleo de la habilidad de Kid sobre su cuerpo-.
—Tampoco creía que fueras capaz de manejar tan bien tu habilidad…Tu maldito aire comprimido ya dejó bastante mal mi barco y me ha hecho un lindo recuerdo –Kid sonreía como sí nada, interesándole poco la nueva lesión que se postraba sobre su pecho, atravesándolo-.
—Me he divertido mucho, pero tengo que terminar contigo para hacerme cargo de los otros, ¿tú entiendes no? Nada personal.
Una reacción rápida, una defensa efectiva y prácticamente magistral, y un objetivo completamente bloqueado y arrojado lo más lejos posible, estrellándolo contra una de las secciones del barco que estaban destinadas para el descanso de los tripulantes.
¿De dónde había provenido aquello que había caído directamente hacia él a tan grande velocidad? Era demasiado grande para que pudiera viajar de tal modo y al mismo tiempo lo suficientemente duro como para haber hecho abolladuras en sus dos manos metálicas.
—¿Pero qué demonios ha sido eso? –Laila simplemente no podía creer lo que había ocurrido, concentrando su mirada en el tremendo agujero que se creó tras el impacto de aquel agujero-.
—Lo que sea que fuera, lo lanzaron desde la ciudad –trataba de ofrecer una conjetura convincente; Killer era bueno para ese tipo de cosas-.
—¿Maestro, se encuentra bien? –Heat observaba preocupado a su capitán-.
—No ha sido nada. ¿Pero qué ha sido?
—Pensar que fue lanzado desde tan lejos –agregaba Feng, quien estaba algo inquieto-.
—Ahora has destrozado aún más tu barco, Kid –las palabras de Apoo estaban en todo lo cierto-.
—Mejor guarda silencio Apoo, o serás el siguiente al que lance en ese agujero.
—Ustedes no se llevan para nada bien. Creo que la relación de Luffy y Law es mucho mejor –se mofaba Feng-.
Pudieron escucharse pasos, cada vez más consistentes y fuertes. ¿Es qué había alguien que permanecía en esa área destruida y que hubiera sido tomado por sorpresa en el instante en que el capitán lanzó aquel objeto hacia esa sección?
Las manos se sujetaron en cada uno de los extremos, como apoyos. Y en relativamente poco tiempo el resto del cuerpo se fue asomando, dejando a todos completamente confundidos. Las miradas de incredulidad simplemente iban y venían entre los presentes.
Sacudió sus ropas del polvo y los escombros; detestaba las astillas sobre su ropa y al mismo tiempo recordó los consejos que hace tiempo le habían dado. Acomodó su cabello y ajustó sus ropas, era bueno que quien se las prestó fuese más alto, le proporcionaban mejor protección.
Aquella chica estaba intacta y miraba ofuscada el sitio en el que se hallaba, encontrando como único conocido a aquel rubio, su hermano mayor.
—¿Lynn…? –no podía creer cómo es que su hermana estaba allí, o mejor dicho, ¿cómo demonios se lanzó desde la ciudad hasta el barco?-.
—¿Feng, pero qué haces aquí? –sí, lo más sorprendente era ver a su hermano y no el hecho de que estuviera en un barco totalmente ajeno-.
—Eso debería preguntarte yo. Estabas en la ciudad con Luffy y los otros, y ahora…caes desde lejos, irrumpiendo en mi combate con Kid.
—¿Eustass Kid? –sólo preguntaba porque sí, su mirada se había concentrado en el pelirrojo de dos metros; no se preguntaba si realmente era tan malo como todos decían o si era un psicópata como muchos otros, se cuestionaba, ¿por qué todos eran más altos que ella?-.
—Vas a tener que pagar por los daños que le has hecho a mi barco –musitaba de forma inquisidora-.
—No fue mi culpa, alguien me lanzó desde la orilla de la ciudad hasta acá….No pagaré nada –se cruzó de brazos y puso mala cara- Pero agradezco el que me hayas liberado del caramelo que me cubría, ahora estoy libre.
—¿Caramelo? –le interrogaba Feng- ¿No me digas que entraron a la Fábrica de Sweety Boy?
—Exactamente, pero sus subordinados se volvieron contra él…y ahora han tomado la ciudad. Los gigantes de caramelo nos recubrieron de caramelo y luego nos separaron, por lo que nos arrojaron lejos los unos de los otros.
—Ustedes aman meterse en problemas, ¿cierto?
—No fue nuestra culpa en esta ocasión.
—Feng, lo nuestro tendrá que esperar, parece ser que hay aquí alguien lo suficientemente arrogante como para ignorarme –el pelirrojo estaba enfadado, la sonrisa de sus labios se le había esfumado-.
—Pues me darás la lección después, por ahora tengo que regresar con mi capitán y mis amigos. Tenemos que detener a Slik o terminarán con la isla –dijo en tono firme, la verdad es que le importaba poco el malhumor de Kid o cualquiera de esas situaciones-.
La cortesía y la galantería se podían ir muy lejos, al menos para el capitán de tan afamada y peligrosa banda pirata, era algo que se aplicaba. Si no le prestaba atención por las buenas, tenía que hacerlo por las malas y eso incluía el contacto físico traducido en golpes.
Sus puños aún sin la protección adicional de todos esos objetos metálicos eran más que suficiente para causar un daño. Pero aquel embiste estaba siendo sostenido vehementemente por la castaña, quien sólo requirió apoyarse bien sobre el suelo para poder hacerle cara.
Conocía ese peculiar tono que recubría por completo el antebrazo de la chica, no esperaba que ella supiera usarlo y que tampoco que tuviera el nivel suficiente para hacer de su golpe una suave caricia.
Se apartó de ella no por miedo ni mucho menos, sino porque así como él había tenido su oportunidad de golpearlo, ella por derecho también poseía esa misma posibilidad. Lo que pasó requirió que aquel par de gigantescos brazos le cubrieran.
Incluso si sólo había sentido el ligero viento moverle la melena, contemplaba claramente las perdidas. Una vez más su armadura había sido cortada, en esta ocasión en dos secciones por el viento cortante que se produjo en un abrir y cerrar de ojos por la patada lateral de la castaña.
—No tengo tiempo, te lo dije –estaba molesta por el simple hecho de que le quitaba el tiempo y no le permitía reunirse con sus nakamas-.
—Iré en un momento con ustedes –apoyó el hermano, quien sólo observó cómo su hermana se lanzaba al mar importándole poco el que continuara ligeramente movido- Qué hermana tan terca tengo.
—Parece que vienes de una familia de monstruos –burlón mencionaba el pelirrojo-.
—Está molesta, alguien habrá de haberla hecho enfadar –sonrió- No puedo estar más aquí, tengo que ayudar o no habrá isla que intentes conquistar –dijo cruzando sus brazos detrás de su nuca-.
—Así que ella es la nueva de los mugiwara.
—¿A dónde vas? –preguntó de inmediato Laila al contemplar a su capitán quien se aproximaba a la parte en que los botes salvavidas se hallaban-.
—Iré a ver qué tan fuerte se ha vuelto Mugiwara.
—Y seguramente para ver a esa chica de nuevo –criticaba sin miramiento alguno; a veces podía ser tan directa y descarada esa mujer-.
—¿Celosa? –inquirió sonriente; ella no dijo nada y simplemente se tragó su enfado mientras un ligero rubor adornaba sus mejillas- Quédate aquí con los otros. Encárguense de reparar los barcos, el idiota de Feng con sus jueguitos los ha dejado en mal estado.
—Sólo fue una suave brisa de verano.
Aquel pequeño barco cayó al mar con el capitán a bordo, el aterrizaje fue simplemente perfecto y pronto habría de hacer segundas el rubio, quien parecía ser el que se encargaría de mover el barco. Un poco de viento y sería más que suficiente para llevarles hasta la orilla sin problema alguno.
—Ya te lo dije Kid, la respuesta es no.
—Ya te lo dije Feng, te quiero en mi tripulación. Y será así aunque tenga que derrotarte para ello.
—Menos motivos tengo ahora para perder –le parecía divertido las provocaciones del pelirrojo-.
No es que no hubiera sentido el frío, sino más bien que no se había puesto a correr con la ropa empapada y lo más rápido que le era posible. A ese paso pescaría un resfriado, pero eran trivialidades que ahora no interesaban.
Si, la ciudad ya estaba tornándose un caos verdadero. No es que aquellas criaturas fueran en realidad fuertes, sino más bien eran numerosas y fastidiosas. Observaba gente pegada entre sí por goma de mascar, unos cuantos más apilados en una bola gigante de algodón de azúcar y otros más corriendo espantados por la naturaleza vívida de esos canes de chocolate y serpientes de goma.
Reconoció aquella azulada área, parece ser que alguien estaba entrando en acción sin que se lo pidieran. No perdió más el tiempo y se dirigió hacia allá.
La concepción que el cirujano poseía del arte jamás la comprendió, no obstante, no interesaba, aquel gigante de caramelo había sido frenado aunque para ello hubiera sido cortado en trozos y armado de una forma que le fuera imposible atacar y ponerse de pie.
—Qué bueno que los encuentro –la chica pasó su mirada desde Bepo hasta llegar a Law-.
—Lynn-chan –dijeron al unísono aquel par de chicos de gorra- Estás sana y salva.
—Algo así.
—Veo que traes ropas que no son tuyas –a veces era molesta la buena observación del moreno-.
—Es que después de que Sweety Boy nos regresó a la normalidad no llevábamos nada. Zoro me dio esto para que me cubriera –contestó, no tenía nada que ocultar a nadie-.
—¿Dónde están los otros? –ni siquiera se molestó en voltearla a ver; continuaba con su mirada puesta en su extraña obra de arte-.
—Uno de éstos nos dejó como caramelos para luego arrojarnos lejos…Yo terminé cayendo en el barco de Kid.
—Eustass-ya, ¿está en la isla? –aquello llamó su atención en gran medida, obligándole a mirarla-.
—Sí, aunque Feng se encontraba peleando contra él para impedir que entrara a la isla. Para colmo interrumpí su combate, aunque gracias al impacto logré liberarme.
—Con él tendremos más problemas…Tsk.
—Lo sé, pero por ahora tenemos suficientes como para pensar en él. Estoy un poco preocupada por los chicos, así que iré a buscarlos.
—…Lynn…
—¿Qué pasa ahora Law? –estaba empezando a mosquearse en que todos quieran frenarla a cada rato-.
—Primero cámbiate de ropa.
—¿Cómo…dices…?
Por primera vez entendía lo que las ruedas de las carretas experimentaban cuando transitaban sobre una zona inclinada; no era una sensación que le agradara, pero no podía hacer nada para detenerse, su esférico cuerpo era simplemente perfecto para desplazarse sin apuro alguno.
Pronto se detuvo, su nariz se había enterrado en el suelo y ahora estaba todo boca arriba, con las piernas moviéndose de allá para acá como desesperado. Era como una tortuga incapaz de voltearse, esperando lentamente a ser comida por algún depredador.
—¿Por qué me pasa esto a mí, por qué? –se sentía con muy mala suerte ese día, lo peor es que apenas iba a iniciar uno nuevo y tampoco pintaba nada bien-.
—Aquí hay uno, eliminémoslo –ordenaba un hombre jengibre, uno que sin duda era como el triple que los que Usopp conocía-.
—No debemos dejar ni uno solo vivo. Echémoslo en la olla hirviente de caramelo.
—¡¿Caramelo hirviente?!¡Ustedes son unos muñecos de jengibre muy malvados! Seguro no los hicieron con harina de trigo.
—Llevémoslo, de igual modo no puede escapar.
Su mundo a su alrededor se había tornado giratorio y al mismo tiempo monótono ya que el cielo mismo era repetitivo; contemplaba el mismo número de estrellas una y otra vez, pero pese a ello no le molestaba.
Se saboreaba gustosamente, aquel olor dulce era embriagante. Pese a su edad amaba los dulces y lo que llegaba hasta sus pulmones era más que ideal. Allí estaba, girando constantemente en el interior de aquella monstruosa caldera llena hasta el borde de caliente caramelo tono ámbar que de vez en cuando era derramado hacia el exterior, quemando por completo lo que tuviera la mala suerte de ser empapado por aquel preparado.
Se trataba de dos gigantes de caramelo que movían con pesadez aquellas palas de madera, calentando a fuego lento el caramelo, dejándole simplemente impecable, sin rastro de la molesta azúcar. Buscaban que fuera totalmente uniforme. Y sobre el hombre de uno de esos dos cocineros, yacía la pequeña de chocolate, aquella que llevaba la batuta de la rebelión de los dulces.
—Cocínenlo a fuego lento junto con el caramelo. Cuando esté todo listo vaciaremos todo sobre la ciudad y no quedará nadie para contar lo que aquí ha ocurrido.
—¿Por qué haces todo esto Slik?¿Es que te he tratado tan mal? –cuestionaba con el corazón roto Sweety Boy, quien yacía embebido en las entrañas de aquel monstruo de confitura y chocolate, asomando apenas la cabeza hacia el mundo exterior-.
—Jamás fuimos familia, todas fueron meras negociaciones.
—Nada van a ganar aniquilando a la ciudad.
—Ganaremos libertad.
—¿Libertad? Ustedes ya eran libres aquí, haciendo lo que tanto aman, elaborando deliciosos dulces. Todos aman sus creaciones.
—No lo entiendes Sweety Boy, jamás podrás comprender lo que nosotros vivimos…Lo que los habitantes de aquellas islas tenemos que tolerar. Hemos estado durante mucho tiempo aislados, olvidados por la humanidad…Sentenciados por sus legados.
—¿Legados?¿A cuáles te refieres? Habla claro Slik, quiero entenderte.
—No tengo por qué explicarme, sólo tengo que hacer esto…Destruir la isla, acabar con cada vida que aquí exista…Y hacer de su existencia nada…Sólo un mito…
No era el momento más oportuno para pelear, mucho menos si se consideraba en el problema en que estaban metidos y todo lo que estaba asolano a la ciudad, sin embargo, ellos lo hacían y se culpaban mutuamente por no poder intervenir en los conflictos de la isla.
—¡Maldito marimo, tenía que venir a caer aquí contigo!
—No creas que me hace feliz el tener que verte la cara, cocinero pervertido.
—Me encargaré de quemar tu ropa cuando Lynn-swan te la entregue –maldecía su mala suerte y al mismo tiempo aborrecía que el peli verde se hubiera robado la atención de las tres mujeres-.
—Sólo piensas en cosas pervertidas, cejitas.
—Y tú parece que no muestras interés alguno en las mujeres –su pie chocaba consistentemente contra el del espadachín; su gran habilidad en batalla les impedía a ambos caerse pese a que sólo se sostenían y apoyaban en un pie para ejercer presión sobre el otro-.
—No todos somos como tú, pervertido.
—¡Marimo bueno para nada!
—¡Cejas en espiral!
—Ustedes nunca cambian, ¿cierto? Siempre peleando, incluso en situaciones como éstas.
—Feng –pronunciaron aquel par; el rubio había llegado hasta ellos y no venía solo, estaba acompañado de aquel pelirrojo, que estaba divertido con su condición-.
—Eustass Kid –comentó Zoro; sabía que ese hombre era peligroso, lo supo en el instante en que cruzó mirada con él en el Archipiélago Sabaody y ahora debería ser mucho más fuerte que en ese entonces-.
—¿Por qué vienes con ese pirata? –descendió su pierna y el peliverde hizo lo mismo; lo miró con seriedad-.
—Estaba peleando con él en su barco y de repente mi hermana cayó…Me contó todo y tuve que venir hasta acá. Aunque este idiota me siguió, parece ansioso por ver a Luffy tras tanto tiempo y fastidiarme un poco la existencia.
—Luffy no anda por aquí, a saber dónde fue a dar –decía de mala gana el espadachín; pelear del modo en el que estaba sería difícil, pero no imposible-.
—Vaya paliza que se dieron mutuamente.
—Nos odiamos un poco –se burlaba Kid, no se sentía para nada incómodo con aquellas miradas desafiantes; estaba acostumbrado a esa presión y más-.
—No creo que quieran continuar de ese modo, así que respiren hondamente, tomará unos cuantos segundos.
Los fragmentos del duro caramelo se estrellaron contra el suelo sin problema, lo que restaba fue completamente destruido por la fuerza sobrehumana de aquel par. Ya estaban libres para enfrentar las adversidades y siguiendo peleándose entre sí.
—Gracias, ya me siento mucho mejor –abrió una nueva cajetilla, fumar siempre le calmaba y le ayudaba a pensar- Iré a buscar a Nami-san y Robin-swan, estoy preocupado por ellas.
—Haz algo útil para variar –le insultó el otro-.
—Parece ser que tendrás que buscar más a Luffy.
—De igual modo ya empezaron a fastidiarme todos estos dulcesitos. Si hubiera sabido que era una ciudad así de molesta ni hubiera decidido venir.
—Pues saca tu frustración Kid, de igual modo no importa hacia dónde vayamos, habrá muchos de ellos –se bufaba Feng con gran regocijo-.
—Te apalearé después de esto.
—Sólo así lograrías que me uniera a tu tripulación. No soy de los que siguen a alguien débil y sin convicción.
Estaban sonriendo, esos dos parecían haber sido cortados con la misma tijera, al menos cuando de batallas se trataba. Si los enormes brazos del pelirrojo no fueran suficientes para volver todo lo que tocaba en escombros, especialmente a sus inusuales rivales, aquellos creados por el usuario del viento concluirían el trabajo. Allí estaban ese par de hombres, dispuestos a aplastar todo lo que estuviera frente a ellos, pero no se quedaban solos, también estaban aquel par, que aunque poseían sus diferencias, sintieron que de alguna manera su orgullo había sido pisoteado por ellos.
Esa espada no controlaba el viento pero era capaz de recrearlo en sus rápidos y mortíferos movimientos, destrozando fácilmente a sus enemigos. Y las calientes patadas propinadas por el cocinero les hicieron desear a aquellos seres de azúcar y harina ser sólo ingredientes sin vida y chiste alguno.
—No lo hacen nada mal. Les han sentado bien estos dos años –rió un poco Kid, le complacía tener buenos rivales a los cuales enfrentar, las cosas fáciles eran para niñas-.
—Ni crean que les dejaremos que sean los únicos que se diviertan –mascullaba Zoro con su tercera espada entre sus dientes-.
—Estoy de acuerdo contigo marimo, para variar.
—Justo uno para cada quien –agradecía Kid al contemplar aquel par de enormes contrincantes; habían llegado en apoyo de sus compañeros caídos y estaban muy molestos-.
—Tengan cuidado, lanzan caramelo frío desde sus bocas, muy rápido…Si los toca quedarán igual que nosotros –advertía el cocinero-.
—Los caramelos también pueden ser un poco peligrosos, ¿no? –decía irónico Feng enfocado en su único oponente-.
—Después de esto iré tras mugiwara y comprobaré por mí mismo que tan bueno es ahora –estipulaba Kid, sonriendo ampliamente y con esa mirada que llenaría a cualquier contrincante de miedo-.
