Hola! Hoy traigo un capítulo más corto que los anteriores...pero es el anterior a lo que espero: la batalla. Sí! No puedo esperar para escribirlo XD Aprovecho para decirles que mañana saldré de viaje, así que no sé cuando podré actualizar de nuevo. Sólo tengan paciencia :D

Disclaimer: No soy CP; El Legado no me pertenece.

Agradecimientos: A Dark-nasky y MarySLi por sus reviews y apoyo :D

Lean, disfruten y dejen reviews!


52

Una segunda oportunidad

La ciudad negra de Urû'baen se alzaba, amenazante, en el horizonte, acercándose con cada paso que daban. Los rostros de los hombres eran sombríos, y sus ojos brillaban con temor cada vez que fijaban la mirada en la silueta de la capital del Imperio.

El corazón de Ariana se encogió de terror cuando contempló su destino. Tiempo atrás, había conseguido escapar de ese lugar, sólo para tener que regresar y encontrar la muerte a sus puertas.

Porque ella sabía, sospechaba, que ése sería el destino de los Vardenos. Ni siquiera con la fuerza de los hombres-gato y de los elfos podrían derrotar a las tropas de Galbatorix. Ni siquiera con Eragon, Murtagh y Blödhgarm. No tenían posibilidad alguna, y todos morirían.

La muerte siempre había sido algo aterrador para Ariana, lo que resultaba algo irónico, considerando que toda su vida se había dedicado a traer muerte para otros. Eso era lo que era, una asesina, la Mano Negra del rey. Entonces, ¿por qué le daba tanto miedo la suya propia? Suponía que se debía a que sabía muy bien cómo lucía. Había visto la luz escaparse de los ojos de cientos de hombres y mujeres, uno detrás del otro, había oído sus últimas palabras y contemplado sus lágrimas, sus súplicas…había mirado a la muerte a la cara tantas veces que no podía contarlas.

Ariana no quería terminar así, un cadáver más en medio de una guerra, sin importancia para nadie. Pero, ¿qué otra opción tenía si no esa? ¿Escapar y ser considerada una cobarde por toda Alagaësia? ¿Abandonar al único amigo que le quedaba? No…sabía que no era una heroína y nunca lo sería, pero nunca caería tan bajo. Aún le quedaba algo de dignidad.

Ariana sujetó con más fuerza las riendas de la yegua blanca que le habían dado, maldiciéndola por no poder quedarse quieta. Era una belleza, de eso no había duda, pero era demasiado nerviosa. Sacudía las crines violentamente y resoplaba, golpeando el suelo con los cascos…en cierta forma, ella entendía muy bien lo que le yegua sentía. Le palmeó el cuello y hundió los talones en sus flancos para que avanzara más rápido.

A su lado, cabalgaba Murtagh, sobre Tornac, el caballo que había sido suyo desde sus años más jóvenes en Urû'baen.

— ¿Por qué abandonaste a Espina hoy? —preguntó ella, mirándolo.

— ¿Sabes lo que es pasar un día entero sentado a lomos de un dragón? —respondió él, alzando las cejas. Ella negó con la cabeza. —. Me alegro que no lo sepas. Tengo unas llagas en las piernas del tamaño de calabazas.

Ariana se rió.

— ¡No puede ser tan malo! —exclamó—. Exageras, Murtagh.

— ¿Quieres ver? Te mostraré que no exagero.

—No, gracias. Preferiría no tener que hacerlo.

Murtagh contuvo una risa.

Avanzaban al trotecillo por entre las filas de soldados, con la mirada fija en Urû'baen, que se acercaba cada vez más. Arriba, Illian sobrevolaba el ejército, con Blödhgarm en el lomo.

—No quiero volver a la ciudad —dijo ella de sopetón, mordiéndose el labio.

— ¿Hay alguien aquí que quiera? —preguntó Murtagh, soltando un suspiro—. No tenemos otra opción, Ariana.

—No podemos huir ahora…no cuando hemos llegado tan lejos —siguió ella—. Seríamos los peores cobardes de la historia, ¿no crees?

—Los peores, sin duda.


El eldunarí dorado era más grande que los que él había visto antes, tan grande como sus dos manos juntas. Brillaba con la luz de la vela y le daba más miedo que cualquier otra cosa en el mundo.

—No puedo hacer esto —le dijo a Eragon—. Me matará.

—Murtagh —la voz de su hermano sonaba firme—, tienes que intentarlo. Debes explicarle cómo fueron las cosas.

Murtagh negó con la cabeza. Con los otros dragones había sido diferente, más fácil porque él nunca les había hecho nada…pero con Glaedr no. No podía, simplemente no podía enfrentarse a él.

— ¡Maté a su Jinete! —gritó, apretando los puños—. ¡Yo lo maté, Eragon! No puedo hacer esto.

—Sí puedes —respondió él, poniéndose de pie y mirándolo a los ojos. Murtagh notó que seguía siendo más alto. —. Tienes que.

Sabía que su hermano tenía razón, pero tenía miedo. Tenía miedo de ese dragón dorado al que tanto había herido en el pasado. ¿Qué haría en cuanto lo sintiera en su mente? Seguro que intentaría asesinarlo.

Ya basta, ¿quieres? No te tortures más, Murtagh —lo riñó Espina—. No puedes hacer nada, ¿me oyes? ¡Nada! Galbatorix lo hizo, no tú. Repite eso en tu mente, a ver si puedes recordarlo.

No soy idiota, Espina —respondió él de mala gana—. Ya sé qué es lo que pasó, pero él no lo entenderá. Si estuvieras en su lugar, ¿entenderías y escucharías si el asesino de tu Jinete se presentara en tu mente?

Espina guardó silencio unos segundos, confirmando lo que Murtagh pensaba.

Sí, lo haría —la respuesta del dragón lo sorprendió.

¿Por qué? ¿Por qué perdonarías a alguien que te ha lastimado tanto?

Porque todos merecen una segunda oportunidad, ¿no crees?

Murtagh sabía que Espina era sabio, pero nunca había pensado que tanto. Su dragón tenía un corazón gentil detrás de aquella apariencia amenazadora…era todo lo que él no era.

¿Sabes, Espina? —dijo con suavidad—. Eres lo mejor que me pasó en esta vida, amigo mío.

Lo mismo digo, Murtagh. Pero no es necesario que te pongas sentimental.

Murtagh se rió. Luego, miró a Eragon y dijo:

—De acuerdo. Lo haré.

Con mucha suavidad, extendió su mente hacia la del dragón dorado, Glaedr. Se topó con poderosas barreras que, en cuanto las tocó, cedieron, dejándolo entrar. Percibió su conciencia, llena de dolor y sabiduría dada por los años. Había vivido muchas cosas en sus siglos de vida…había visto nacer y morir a muchos seres, había vivido guerras, batallas. Murtagh temió que quisiera vengarse.

Glaedr-elda —llamó, tímidamente—. Glaedr-elda, ¿estás ahí?

Sé quién eres —respondió una voz profunda, grave y cargada de tristeza—. Y también sé por qué quieres hablar conmigo, Murtagh hijo de Morzan.

Murtagh respiró profundamente y siguió:

Quiero pedirte que me perdones, Glaedr-elda. Yo sé que lo he hecho es imperdonable, que muchos me maldecirán hasta el día en que muera, pero necesito que sepas la verdad.

Glaedr permaneció en silencio. El joven Jinete miró a Eragon y su hermano le sonrió.

¿Por qué debería hacerlo, hijo de Morzan? ¿Por qué debería escucharte, cuando tú no escuchaste a mi Jinete en Gil'ead?

Porque todos merecen una segunda oportunidad.

Las palabras de Espina surtieron un efecto en Glaedr, quien permaneció callado, esperando que Murtagh comenzara a relatar su historia.

Habló y habló hasta que la garganta le quedó en carne viva. Contó sus penas, cómo Galbatorix lo había transformado en una marioneta que podía controlar a voluntad y cómo él y Espina habían conseguido escapar. Habló por lo que le parecieron horas, hasta que por fin terminó.

Has sufrido mucho, Murtagh —dijo Glaedr con suavidad—. Tú y tu dragón han afrontado cosas con las que muchos ni siquiera se atreven a soñar, y siguen aquí, más fuertes que antes. Eso demuestra que son luchadores.

Murtagh esperó. No entendía muy bien qué era lo que el dragón dorado quería decirle.

También sé que no fuiste tú quien asesinó a Oromis, sino el traidor, usando tu cuerpo. Reconocimos su voz cuando habló a través de ti.

Entonces, ¿podrás perdonarnos por lo que hicimos?

Sí.

El alivio que sintió Murtagh en ese momento lo hizo sonreír. Estaba libre…ya se había quitado aquella culpa de la conciencia, podría seguir adelante, sin temor a que el dragón dorado intentara asesinarlo cuando no mirara. Eran libres.

Gracias, Glaedr-elda.

Eragon la apoyó una mano en el hombro.

— ¿Y bien? —preguntó, mirando a su hermano mayor —. Sigues vivo, así que eso es una buena señal.

— ¡Me ha perdonado, Eragon! —exclamó Murtagh—. ¡Nos ha perdonado!

El Jinete Azul sonrió.

—Lo merecían.


Se corrió la voz en el campamento de que los Vardenos habían llegado. Naí los observó desde donde estaba, de pie junto a los otros elfos, esperando con la reina Islanzadí a que éstos se presentaran.

La líder, Nasuada, la hija de Ajihad, era muy joven. Demasiado joven. Tenía la piel morena y los ojos oscuros, y llevaba un vestido verde. En los brazos, se le marcaban unas terribles cicatrices. Naí se preguntó cómo se las habría hecho; parecía frágil, pero vio una extraña fuerza en ella, una fortaleza diferente. No sería tan mal líder después de todo.

A su lado, estaban los Jinetes. Eragon Asesino de Sombra lucía como uno de ellos ahora, luego de la celebración del Juramento de Sangre, cuando los dragones lo habían cambiado para convertirlo en un mejor Jinete. A su derecha estaba Blödhgarm, de ojos amarillos, dientes afilados y pelaje negro azulado, Jinete del dragón Illian. Naí creyó que desentonaba allí, en medio de tantos humanos.

Por último, estaba el Jinete Rojo, Murtagh hijo de Morzan. Ella nunca lo había visto de cerca hasta ahora, y le sorprendió lo que vio. Era un muchacho, atractivo, de cabello negro y ojos claros, más alto que el Jinete Eragon, de apariencia sombría. Naí desconfió de él inmediatamente, a pesar de que se suponía que él y su bestia roja habían cambiado sus nombres reales. Habían asesinado a Oromis, y los elfos no perdonaban.

Arya Dröttningu hizo una reverencia a su madre, respetuosa. Naí sentía lástima por ella, por todo lo que había perdido y lo que había tenido que sufrir en Gil'ead, por proteger al huevo de la dragona Saphira.

—Islanzadí Dröttning —dijo Nasuada, agachando la cabeza—. Nos sentimos honrados de luchar junto a los elfos, de unir nuestras dos razas para derrotar al rey Galbatorix.

La reina sonrió.

—Ya era hora, Nasuada Svit-Kona, de que dejemos la seguridad de Du Weldenvarden y marchemos por Alagaësia, como hicimos antes de la Caída —respondió, con su potente voz.

—Tenemos fe en que conseguiremos la victoria —siguió Nasuada—. Los Vardenos estamos preparados para luchar.

Naí miró al grupo que se había presentado ante ellos, pero no los vio como guerreros. Los vio como meros humanos, niños, soldados inexpertos…no eran más que eso. Los humanos eran débiles, fáciles de corromper. Si ganaban y elegían a otro rey, ¿quién podía asegurar que no fuera un segundo Galbatorix? Tal vez, en ese preciso momento, un futuro tirano caminaba entre ellos.

—Y nosotros también lo estamos —respondió Islanzadí—. Y lucharemos hasta la victoria.

Naí dudaba que hubiera victoria. Los elfos no tenían los suficientes números y los Vardenos eran débiles. No podrían ganar al Imperio.

—Atacaremos al amanecer —dijo Nasuada—. Y pondremos fin a esta guerra de una vez por todas.


Más tarde esa noche, Murtagh caminaba por entre las tiendas, perdido en sus pensamientos, contemplado la Ciudad Negra con repulsión. Al día siguiente atacarían, romperían las puertas y asaltarían la capital. Los ejércitos de Galbatorix se alineaban tras las murallas y, en cuanto cayera la entrada, se abalanzarían sobre los Vardenos. Los doblaban en número, pero ellos tenían tres Jinetes, los tres lo suficientemente poderosos como para plantar cara a Galbatorix.

Pero no a Galbatorix y a Kavor juntos.

Si los dos se lanzaban a luchar al mismo tiempo, sería la perdición para los Vardenos. El chico era inexperto y no sabía controlar la magia muy bien, y Murtagh conocía sus debilidades, pero seguramente el rey lo había vuelto más fuerte. Tan fuerte como para derrotarlos, quizá.

¿No crees que deberías irte a dormir? —preguntó Espina—. Necesitas estar en plena forma mañana.

Estoy bien. Tengo energía de sobra, amigo.

El campamento estaba en silencio. Los Vardenos y los elfos estaban en sus tiendas, recuperando fuerzas para la inminente batalla, pero él no podía dormir. Nunca podía. Siempre permanecía horas despierto cuando tenía que luchar al día siguiente, con la mente demasiado agitada como para descansar.

Caminó un poco más, solo. Espina ya se había dormido, como de costumbre. El dragón solía conciliar el sueño antes que él.

Entonces, notó que había alguien más allí.

Era una elfa, de pelo negro y ojos grises, de pie fuera de una de las tiendas, con la mirada fija en la ciudad. Murtagh se tensó cuando ella lo notó.

—Shur'tugal —saludó, con la voz musical de todos los elfos, e hizo un gesto con la mano.

Él no respondió. Pudo ver en los ojos de la elfa un rencor enorme, una recriminación…vio odio. Odio puro.

— ¿Quién eres? —preguntó, cauteloso.

—Mi nombre es Naí —respondió en la lengua común, con un marcado acento—. Sé quién eres tú, Shur'tugal.

Esa elfa lo ponía nervioso, más que Blödhgarm, su compañero Jinete, o Arya. Había algo en ella que le inspiraba desconfianza, casi…casi repulsión. Nunca la habían gustado los de su raza, pero el desprecio en los ojos de esta había desencadenado un sentimiento de pura repugnancia en él.

—Eres el traidor —siguió—, el mentiroso, el asesino. Eres Morzan.

Murtagh se tensó y apretó los puños.

—Yo no soy mi padre —gruñó—. No soy como él, no traicioné a nadie. Todo lo que hice, lo hice para salvarle la vida a mi dragón.

—Nosotros no nos creemos tus historias, Shur'tugal —contestó Naí—. Sabemos lo que eres.

Clavó sus fríos ojos grises en los suyos y dijo, en voz tan baja que casi no pudo oírla:

—Sabemos que eres un Apóstata.

Murtagh permaneció en silencio, quieto, inmutable, mirando a la elfa que tenía delante. Toda ella le pareció repulsiva, desde sus ojos hasta sus facciones angulosas. Su belleza era repulsiva.

—Les demostraré que no lo soy —dijo él—. Y tú y los tuyos tendrán que tragarse sus palabras.


La cota de malla le pesaba demasiado y le hacía doler los hombros. El yelmo le quedaba excesivamente grande y no habían podido arreglarlo en la armería, en el apuro por la inminente batalla.

Kavor podía ver a los Vardenos desde la ventana de su habitación. Su ejército parecía enorme, y eso lo alegró, porque significaba que tenían posibilidades de ganar.

No tengas demasiadas esperanzas, pequeño —le dijo Loivissa—. Galbatorix mismo luchará. Nadie sabe cómo puede llegar a terminar esto.

Pero Kavor quería creer que todo estaría bien. Quería creer que los Vardenos ganarían, que la orden de los Jinetes renacería y que Murtagh sería líder.

Me pregunto si está bien.

Kavor pensaba mucho en Murtagh y Espina. Se descubría, muchas veces en la noche, imaginando dónde estarían o qué estarían haciendo. Los echaba de menos, y sabía que Loivissa también. Espina era su Maestro, y había tomado cariño al joven luego de que salvara a su Jinete de la muerte.

Mañana tendrás que enfrentarlos, Kavor —la voz de Loivissa resonó en su mente—. Deberás luchar contra ellos.

Pero los dejaré ganar, Loivissa. Así, ellos podrán enfrentarse a Galbatorix y matarlo.

Sólo espero que sepas lo que estás haciendo, Kavor. Será peligroso, pequeño…podríamos morir mañana.

Kavor lo había pensado ya, pero no tenía miedo. Sabía que en las guerras siempre había peligros, que muchos morían. Y, aunque no quería que le sucediera a él, estaba dispuesto a hacer lo correcto, a luchar por lo que creía que estaba bien. Moriría, si tenía que morir, para ayudar a los Vardenos a vencer. Moriría para ayudar a Murtagh, a Espina, a Ariana…lo haría por ellos.

Eres muy valiente, pequeño —murmuró Loivissa—. Más que muchos hombres adultos. Tienes buen corazón, Kavor. Aprovéchalo.


A Mylnïa no le gustaban las batallas. Eran mugrosas, ruidosas y molestas. Los gritos de los heridos, la sangre de los caídos, el fuego, el hedor a muerte…era demasiado para ella. Prefería la seguridad de un castillo, una comida caliente y un sitio junto al fuego.

Pero tendría que salir al día siguiente para enfrentarse a los Vardenos y a los elfos en la batalla que decidiría el destino de Alagaësia para siempre. Tendría que hacerlo porque Galbatorix se lo ordenaba…

No le gustaba tener que obedecer sus órdenes. Ya no quería hacerlo, pero tampoco se atrevía a dejarlo solo con la Serpiente Roja. El rey era suyo, y de nadie más. Ella había sido su estratega, su Mano Negra, su amante muchas veces…ella merecía ser la favorita, no ese hechicero de segunda mano.

Mylnïa sabía lo que estaba pasando. Cada vez que aparecía alguien poderoso, Galbatorix los tomaba bajo su servicio y la desplazaba, hasta que ese alguien probaba ser un inútil y ella volvía a ser la predilecta. Era como un niño con sus juguetes.

Ella ya estaba cansada de ser una de sus muñecas, de tener que compartirlo con todos los otros. Odiaba a sus concubinas, a sus hechiceros, a sus generales…los odiaba a todos. Inclusive lo odiaba a él mismo, pero era otra clase de odio.

No podía decirse que lo amaba, pero sí que le tenía cierto afecto. Él la había convertido en lo que era y le había prometido que, si ganaban aquella guerra, tendría todo lo que siempre había querido. Hasta dijo que podría matar a Islanzadí ella misma, sólo para su venganza. La haría reina de Du Weldenvarden, o quemaría el bosque entero, sólo por sus deseos.

Mylnïa sonrió, pensando en los elfos, destrozados por haber perdido su hogar, el sitio en donde la habían torturado y la habían hecho sentir que valía menos que todos ellos. Pero ya no más. Al amanecer, sabrían lo que era capaz de hacer, lo mucho que los odiaba y cómo podía hacerlos desaparecer en un instante.

La vida le había dado una segunda oportunidad para que, por una vez, las cosas fueran como ella quisiera. Y no pensaba desaprovecharla. Se vengaría de todos los que la habían herido, de todos y cada uno de los elfos que jamás la habían aceptado entre ellos.

Y lamentarían el día en que la habían hecho sufrir.