Ke tal? jejee hoy veran un poco mas de James jeje
recuerden de ke nada me pertnece
Capítulo 48
James desembarcó en Tres Hermanas justo cuando Bella estaba apoyada en la pared de la librería. Echó una ojeada indiferente al muelle. La playa no le llamó la atención. Subió por la calle principal, siguiendo las instrucciones que le habían dado, y se paró delante de la Posada Mágica.
Decidió que era la típica madriguera de un pueblo muy propio de domingueros de clase media. Bajó del coche para echar un vistazo en el preciso instante en que Bella daba la vuelta a la esquina para ir al mercado.
Entró y se registró.
Reservó una suite, pero los artesonados del techo y las antigüedades no le parecieron nada atractivos. Detestaba todo ese batiburrillo, él prefería las líneas limpias, lo moderno. Los cuadros, si merecían ese nombre, eran marinas y acuarelas desvaídas. En el minibar no había su marca preferida de agua mineral.
¿Las vistas? No veía más que playa y mar, gaviotas ruidosas y lo que supuso que eran botes de pesca de los lugareños. Irritado, fue al salón. Desde allí se veía la curva de la costa y el repentino corte de los acantilados donde se alzaba el faro. Vio la casa de piedra y se preguntó qué idiota habría elegido un sitio tan aislado para vivir.
De repente se encontró mirándola con los ojos entrecerrados. Parecía como si una luz se filtrara entre los árboles. Aburrido, decidió que tenía que ser un efecto visual. En cualquier caso, y gracias a Dios, no había ido hasta allí para ver el paisaje. Había ido para buscar a Marie o para convencerse de que lo que quedara de ella descansaba en el fondo del Océano Pacífico. Estaba seguro de que en una isla de ese tamaño no tardaría más de un día en hacer su trabajo.
Deshizo la maleta y colgó la ropa de tal forma que cada prenda quedara a tres centímetros exactos de la siguiente. Colocó sus enseres de aseo personal, entre los que había un jabón de afeitar de altísima calidad. Jamás usaba los que ofrecían los hoteles. La sola idea le revolvía las tripas.
Para terminar, colocó en el escritorio una foto enmarcada de su mujer. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en los labios a través del cristal.
—Si estás aquí, querida Marie, te encontraré.
Al salir del hotel, reservó una mesa para la cena. El desayuno era la única comida que le parecía adecuado tomar en la habitación de un hotel. Salió a la calle y giró a la izquierda en el momento exacto en que Bella, con las dos bolsas de comida, torcía a la derecha al final de la manzana para ir a su casa.
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Bella estaba segura de que aquella era la mañana más feliz de su vida. El cielo tenía un color plateado con manchas y jirones rosas, dorados y de un rojo profundo. El césped de su casa estaba alfombrado de hojas que crujían alegremente bajo los pies y que habían dejado los árboles desnudos y con aire fantasmal. Lo cual era perfecto para Halloween.
En su cama había un hombre que le había agradecido el guiso de carne de una forma muy satisfactoria. Los bollos estaban en el horno, el viento soplaba y ella estaba preparada para hacer frente a sus demonios. Pronto abandonaría su casita y la echaría de menos, pero lo compensaba con la idea de vivir con Edward.
Pasarían juntos la Navidad. Quizá, si se resolvieran todos los embrollos legales, para entonces podrían estar casados. Ella quería casarse al aire libre. Era poco práctico, pero era lo que más deseaba. Se pondría un vestido largo de terciopelo. De terciopelo azul.
Llevaría un ramo de flores blancas. Toda la gente que había conocido estaría presente. El gato maulló lastimeramente mientras ella soñaba despierta.
—Diego —se inclinó para acariciarlo. Ya no era un gatito sino un gato joven y elegante—. Me había olvidado de darte de comer. Hoy tengo la cabeza a pájaros. Estoy enamorada y voy a casarme. Vendrás a vivir con nosotros a la casa junto al mar y te harás amigo de Lucy.
Sacó el cuenco y lo llenó mientras él se frotaba nerviosamente contra sus piernas.
—Se puede decir que una mujer que habla con su gato es un bicho raro.
Bella no dio un respingo, lo cual complació a ambos. En vez de eso, se levantó y se acercó a Edward, que estaba en el quicio de la puerta.
—Podría ser un familiar mío, pero me han dicho que depende de él. Buenos días, sheriff Cullen.
—Buenos días, señorita Swan. ¿Me vendería una taza de café y un bollo?
—El pago es por adelantado.
El la abrazó y le dio un beso largo y profundo.
—¿Es suficiente?
—Sí, claro. Tendré que darle las vueltas —volvió a besarlo con deleite—. Soy muy feliz.
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A las ocho y media en punto, James se sentó para desayunar café, zumo de naranja, una tortilla de claras de huevo y dos rebanadas de pan integral. Ya había pasado por el gimnasio del hotel. Se limitó a echar un vistazo a la piscina. No le gustaba bañarse en piscinas públicas, pero pensó hacerlo hasta que se dio cuenta de que ya la habían usado. Una morena alta y delgada nadaba con vigor, como si estuviera en una carrera, pensó.
Sólo pudo vislumbrar su cara cuando la giraba al ritmo de las brazadas. Decidió que no le interesaba y se marchó, por lo que no se dio cuenta de que ella perdía velocidad repentinamente; que se erguía en el agua como si se preparara para un ataque; que había abierto los ojos como platos y había pedaleado en el agua mientras miraba alrededor en busca de lo que le había parecido un enemigo.
Él se duchó en su habitación y se puso un jersey gris pálido y unos pantalones oscuros. Miró el reloj dispuesto a enfadarse si le subían el desayuno un minuto tarde. Sin embargo, llegó puntual. No habló con el camarero; nunca hacia esas tonterías. Le pagaban por servir la comida, no por confraternizar con los clientes.
Disfrutó del desayuno y le sorprendió no poder ponerle ninguna pega. Mientras, leyó el periódico y escuchó las noticias en la televisión. Pensó en cómo podría hacer mejor lo que había ido a hacer. Quizá no fuera suficiente pasear por el pueblo como había hecho el día anterior, ni recorrer la isla en coche como tenía pensado hacer ese día. Tampoco serviría de nada preguntar a los lugareños si conocían a alguien que fuera como Marie. La gente siempre quería saberlo todo y le harían preguntas. Conjeturas. Llamaría la atención.
Si, por casualidad, Marie estaba viva y estaba allí, cuanta menos atención le prestaran a él, mejor. ¿Qué haría Marie en aquella isla? No tenía una profesión. ¿Cómo podría ganarse la vida si no estaba él? A no ser, naturalmente, que hubiera utilizado su cuerpo para embaucar a otro hombre. Las mujeres eran, esencialmente, unas putas.
Tuvo que sentarse hasta que se le pasó la ira. Era difícil pensar en los pasos lógicos si estaba furioso. Aunque tuviera motivo. La encontraría. Si estaba viva, la encontraría. Sencillamente lo sabría. Eso le llevó a pensar en lo que haría si la encontraba. Sin duda, tendría que castigarla. Por entristecerlo, por engañarlo, por intentar romper las promesas que le había hecho. Las molestias y el bochorno que su huida le había ocasionado eran incalculables.
La llevaría de vuelta a California, claro, pero no inmediatamente. Primero tendrían que ir a algún sitio tranquilo e íntimo para que él pudiera recordarle esas promesas. Para que él pudiera recordarle quién mandaba. Dirían que ella se había golpeado la cabeza al salir disparada del coche; que había sufrido amnesia y había vagado lejos del lugar del accidente.
James pensó que a la prensa le parecería una noticia sensacional. Lo devorarían. Atarían todos los cabos de la historia cuando estuvieran en ese sitio tranquilo e íntimo. Si no podía hacerlo, si ella se atrevía a rechazarlo, si volviera a escaparse para ir gritando a la policía como había hecho otra vez, tendría que matarla.
Tomó esa decisión con la misma frialdad con la que había elegido el desayuno. Le parecía que Marie tenía dos elecciones muy sencillas: vivir o morir.
Cuando llamaron a la puerta, James dobló minuciosamente el periódico y fue a abrir.
—Buenos días, señor —dijo alegremente la joven camarera—. Ha solicitado el servicio de limpieza entre las nueve y las diez.
—Efectivamente.
Miró el reloj y comprobó que eran las nueve y media. Se había distraído con sus pensamientos más tiempo del previsto.
—Espero que esté disfrutando de la estancia. ¿Quiere que empiece por el dormitorio?
—Sí.
Se sentó a tomar la última taza de café y ver un reportaje sobre un nuevo conflicto en Europa del Este que no le interesó lo más mínimo. Era demasiado pronto para llamar a Los Angeles para saber si había alguna novedad, podía llamar a Nueva York. Tenía un asunto entre manos, que se estaba cociendo allí, y no estaría de más dedicarle un poco de atención.
Entró en el dormitorio para buscar la agenda y se encontró a la camarera con los brazos llenos de ropa de cama limpia y mirando fijamente la fotografía de Marie.
—¿Ocurre algo?
—¿Cómo? —ella se sonrojó—. No, nada, lo siento.
Fue rápidamente a hacer la cama.
—Miraba con mucho interés esta fotografía ¿Por qué?
—Es una mujer muy hermosa.
La mujer sentía un escalofrío por todo el cuerpo. Sólo quería hacer la habitación y salir de allí.
—Sí, lo es. Es mi mujer, Marie. Por la forma de mirarla he pensado que a lo mejor la había visto en algún sitio.
—No, señor. Lo dudo. Me recuerda a alguien, eso es todo.
Él tuvo que hacer un esfuerzo para que no le rechinaran los dientes.
—Ah.
—Se parece mucho a Bella, pero ella no tiene ese pelo precioso ni ese... no sé, refinamiento.
—¿De verdad? —la sangre le hervía, pero mantuvo el tono de voz tranquilo, casi amigable—. Qué curioso. A mi mujer le encantaría saber que hay una mujer que se parece tanto a ella.
Bella. La madre de Marie se llamaba Renee Isabella. Un nombre vulgar y nada elegante. Siempre le había disgustado.
—Esa Bella, ¿vive en la isla?
—Claro. Llegó a principios de verano. Vive en la casita amarilla. Lleva el café que hay en la librería... también sirve comidas a domicilio. Cocina de maravilla. Debería ir a comer al café. Todos los días hay una sopa y sándwiches especiales. Son insuperables.
—Quizá lo haga —replicó muy delicadamente.
oh oh las cosas se ven feas...
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byeee
