Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...

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Fantasy Fiction Estudios

presenta

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Proyecto Idavollr 2017 - 2019

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Ella se llamaba Aquare la centésima treceava vez en que la perdió.

Compartían un pequeño módulo habitacional en el quinto piso de un complejo de torres cónicas en la península de las costas de Deroba, al este de la capital. Desde el balcón podían ver juntos cada atardecer como si fuera el último del mundo, y por la ventana ovalada de la habitación miraban hacia el otro lado de la península los amaneceres más espléndidos, como si cada uno lo viera por primera vez, abrazados, enredando sus piernas bajo las sábanas.

A veces cenaban en el balcón en la mesita desmontable, aquella de cristal rectangular que levitaba sobre una esfera cromada. Era incómodo por el pequeño espacio del balcón, no cabían a la vez todos los platos y cubiertos, y debían moverse con cuidado para no tirar algo. Pero ellos amaban esos momentos con el sol azulado reflejándose en los ojos con los que se miraban. Esa mirada que demoró tanto tiempo en romper la timidez, esa mirada que derribó todas las dificultades hasta conseguir estar juntos, la misma mirada que tuvieron el día en que se prometieron compartir cada giro de la estrella alrededor de su pequeño mundo.

Sin embargo, el último atardecer no lo pudieron ver desde el balcón. La dulce y a veces terca Aquare no pudo disfrutar, como tanto amaba, ver el sol azul del ocaso teñir de iridio el mar calipso. Se conformó con ver la luz color iridio reflejarse en el techo y paredes de su habitación.

Katta, su esposo, tomaba la mano de Aquare y acarició con la otra el cabello azul, antes tan hermoso, y que ahora había perdido su brillo y salud. Ella sonrió. Quería hacerlo hasta el final porque sabía cuánto él amaba verla sonreír. Tanto amor, tantas luchas y al final tan poco tiempo para haber disfrutado lo ganado, todo por culpa de una maldita enfermedad que ella heredó de su madre.

Aquare le suplicó a Katta que siguiera con su vida, que fuera feliz. No podía hacer nada más por él, lo sentía, pero ese era su destino escrito por la diosa.

Otra vez el dolor, otra vez la misma sensación, como si cien vidas atrás él hubiera sufrido de igual forma. Otra vez tenía que perderla.

Minutos después, derramando lágrimas azules, Katta prometió todo lo contrario, mientras abrazaba el cuerpo inerte de su amada Aquare.

Con el corazón lleno de odio, maldiciendo la injusticia y al infame destino, juró que nunca la olvidaría. Y aunque tuviera que ascender a la nebulosa azul y enfrentarse a la mismísima diosa del cosmos, lo haría, lo haría todo para recuperar el alma de su esposa.

Y si debía asesinar a la diosa y condenar a todo el mundo para conseguirlo, él lo haría.

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IDAVOLLR

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La guerra de los hijos del vacío

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Forzald

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VI

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¿Por qué tratas de detenerme? ¡No, no estoy loco, todo es su culpa! Fue él, él me la arrebató. Sí, finalmente lo entiendo todo, es el destino, es su culpa, siempre lo fue. El destino es mi enemigo. ¿Es que no lo entiendes?... Y si quiero derrotarlo, primero debo convertirme en él.

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El poderoso impacto estalló en el centro de la torre de ónice, estremeció la estructura hasta los cimientos de Asgard y la hizo inclinarse un poco, levantándose columnas de humo y polvo alrededor de su base, desplomándose los tejados y las torres más pequeñas del palacio Eljudner. Cada ladrillo ancestral de la torre crujió como si fueran los gemidos de un animal herido y los escombros aplastaron a los ejércitos de demonios que hasta hace un momento luchaban enloquecidos entre sí. La sangre negra, las rocas y las llamas cubrieron cada rincón del otrora poderoso palacio de Nilfhel.

La azotea de la torre tembló tan violentamente que estremeció incluso a sus almas, y se inclinó hacia el lado donde se encontraba Millia abrazando a su pequeña. En su desesperación trató de aferrar con mas fuerza a Amatista contra su pecho y con la otra mano intentó apoyarse para alejarse del borde, pero un gran triángulo de la azotea se desprendió del resto de la superficie alrededor del hada y se inclinó más rápidamente, desprendiéndose del resto de la torre. Millia cayó sobre sus rodillas y sintió que sus pies resbalaban por la superficie.

—¡Millia! —gritó Akane, olvidando por completo su duelo con el peligroso Freyr.

La joven dio la espalda a su rival y corrió casi sin aliento, esquivando los bloques de cristal negro en que se partía el suelo, abriéndose en todas partes formando grandes zanjas. Dio un rápido salto sobre el gran triángulo que se alejaba del resto de la azotea y se deslizó por su superficie con las piernas juntas como si fuera un tobogán. Millia cayó al suelo de costado, resbalando por la superficie de cristal cada vez más empinada, tratando de aferrarse de lo que fuera con una mano sin soltar a su hija. Dio un grito agudo cuando sus pies cruzaron del borde, perdiendo el apoyo, sintiendo el aire frío de las alturas arremolinar su vestido y subir por sus piernas. Y su mano resbaló del borde de roca cristalina perdiendo la oportunidad de agarrarse.

—¡Akane!

—¡Te tengo!

Akane la alcanzó tomando su mano, mientras que con la otra clavó su cuchilla en el borde de piedra. Ambas colgaron sobre el vacío, del triángulo de la azotea que cada vez más se alejaba y desprendía del resto de la torre entre horrendos crujidos, viendo ellas como la pulida superficie de cristal negro se alejaba también de ellas.

—Millia, ¡Millia, tienes que volar! —suplicó Akane, percibiendo que su cuchilla por la inclinación y el peso de ambas comenzaba a zafarse.

—No me quedan fuerzas —confesó, débil, recordándole a Akane las torturas que había sufrido en manos de su propia madre Hel—. Debes… ¡Debes tomar a Amatista contigo! Tú puedes, ¡todavía puedes trepar si me dejas caer…!

—¡No lo haré jamás!

—Akane…

—¡Dama Akane! ¡Dama Millia! Resistan, yo… ¡NO!

K'Zun Fei, que quiso socorrerlas, se vio interrumpido por una estela negra que se cruzó entre él y la parte de la azotea que se levantaba como una pared, al inclinarse cada vez más deprisa en dirección de su caída. Apenas consiguió cruzar las katanas de fuego deteniendo una estocada que lanzó Freyr cuando todavía era en parte bruma oscura a mitad de su aparición. El golpe fue tan potente que el dragón se vio superado y retrocedió contra su voluntad, pero consiguió en su fervor mantenerse en pie y gruñir, dispuesto a pasar por sobre esa maldita criatura del vacío, aunque perdiera ambos brazos.

—¿Das la espalda a tu oponente, dragón? —preguntó Freyr.

En su desesperación por salvar a su señora y la ira en contra de ese maldito ser, el dragón rugió tan fuerte que, a pesar de estar en su forma humana, su voz bestial retumbó por todos los cielos de Nilfhel.

—¡Te haré pedazos! ¡Te destrozaré! ¡Quemaré hasta el último de tus huesos y no quedará sombra de ti, maldito engendro, bastardo del vacío!

Freyr mantuvo su sonrisa. Sin embargo, alzó levemente la ceja como un gesto de incomodidad.

—Así que la pequeña mascota muestra los dientes —dijo Freyr—. ¿Tendré que ensuciarme las manos entonces y entrenar al pequeño cachorro de Niduggh, para que no intente morder la mano de sus amos?

K'Zun Fei rugió otra vez y embistió en rápida carrera, con el fuego de sus katanas dejando dos estelas de llamas doradas en el piso. Freyr lo esperó con calma, con una mano en la espalda y la otra sosteniendo su espada en una elegante postura de combate.

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A la mitad de la torre de ónice un gran agujero quedó tras el poderoso impacto. Los bordes derruidos eran el centro de las grietas que se ramificaban rápidamente por toda la estructura. En su interior, entre paredes y techos convertidos en bosques de puntas afiladas de cristal desgarrado y roca fundida, se había formado un cráter en la piedra aplastada de una pared a punto de desplomarse. En el centro del cráter se hallaba enterrado el espectro del vacío, que se quejaba de inimaginables dolores en un millar de voces diferentes, en un coro espectral, cacofónico y enloquecedor.

Por todo lo largo del improvisado túnel que se creó tras el violento choque, a través de salones destruidos y pasillos ancestrales convertidos en pilas de escombro, quedaron desperdigados los trozos del cuerpo abisal. La sangre negra y los fluidos traslúcidos del organismo abisal, que humeaban al contacto con la materia creada del universo asgariano, pintaban cada piedra del suelo en cantidades inimaginables. Desde los bordes del agujero en la pared exterior de la torre hasta el profundo hueco en el que se hallaba sumergida la criatura, como un insecto aplastado y triturado, había restos de los miembros, materia orgánica similar a vísceras, tendones, carne y huesos. Una de las piernas estaba deshecha, a medio desintegrar en un charco de su propia sangre negra y viscosa, con sus restos unidos únicamente por los largos tendones que quedaron diseminados por casi una decena de metros.

Del espectro de Dainn apenas quedaba el torso, la cabeza y un brazo cuya mano temblorosa, entre espasmos tan rápidos que eran aterradores e inhumanos, aun aferraba el mango de su humeante guadaña de energía.

—Ah… Argh… ¡Bluargh!

Al mover los labios convulsionó, vomitando gran cantidad de fluidos negros y traslúcidos, mezclados con restos de sus propios interiores. Eran restos de carne extraños y deformes, que expelían un vapor negruzco como si se estuvieran disolviendo en llamas oscuras, que absorbían la luz en lugar de emitirla como lo haría el fuego. Tan solo al contacto con el aire parecían disolverse, por ser parte de la xenobiología de un organismo abisal, una criatura que existía en múltiples dimensiones y en ninguna a la vez. Aun la sangre y los restos de carne que se esparcían por todo el agujero se comenzaron a disolver lentamente, borrosas a la vista de un mortal que no podría comprender con sus limitados sentidos tridimensionales la totalidad de la antiexistencia que componía cada trozo de ese cuerpo. El fuego negro provocaba un miasma oscuro, que sería peligroso para la vida a niveles letales, como sería la radiación, pero a un nivel infinitamente más complejo y crucial. Las paredes comenzaban a erosionarse, la roca a carcomerse, dejando en su lugar una ceniza blancuzca que se desintegraba al ser esparcida por un viento frío, la corriente del ginnugagap que se filtraba en esa área donde el cuerpo destrozado de uno de sus hijos hacía permeable la membrana que protegía a Asgard de la influencia devoradora del abismo.

La bota cayó sobre el pecho de Dainn y lo aplastó con fuerza, hundiéndolo todavía más en la roca, ya debilitada por la sangre del engendro, convertida casi en su totalidad en una materia blanca, quebradiza y cenicienta.

Dainn, en su desesperación, al sentir que ese pie se hundía en su pecho duro como armadura, hasta aplastar lo poco que quedaba en su interior, soltó la guadaña y agitó la mano golpeando la pantorrilla, tirando de la bota por la punta, luego por el talón. Al final extendió la mano hacia el rostro del otro ser abisal que lo estaba torturando.

Los fragmentos esparcidos del alma y la conciencia del cazador se volvieron a reunir únicamente para sentir, en su demencia previa incluso a su primera aniquilación, el significado de la palabra miedo, dolor y arrepentimiento. Aquel ser que lo había torturado, arrancado sus miembros con las manos, despedazado y destruido en múltiples realidades. El ser que lo arrastró sin piedad a través del espacio, dando saltos en el plano de ese universo en lo que dura un parpadeo, arrojándolo desde los picos más fríos de Nifelheim hasta golpearlo contra las paredes del abismo infinito en que se convirtió Gimle a miles de kilómetros; desde las costas más allá del frío mar de Asgard, hasta enterrarlo en el mar de roca fundida en que quedó reducido Muspelheim. Destruyéndolo despiadadamente en múltiples líneas de tiempo, haciéndolo saborear la peor de las muertes y no una, tampoco diez, sino muchas veces, cientos de veces, con un odio vengativo que superó por mucho a lo que Dainn alguna vez creyó podía él mismo alcanzar en su propia demencia.

Aquella otra criatura abisal era como una sombra negra, una llama oscura semejante a una silueta humana, inexplicable a los ojos mortales, incomprensible para la mente limitada de un hijo de la creación. El único detalle en la sombra de fuego negro eran los ojos, dos pequeñas manchas que emitían una luz platinada que lastimaba a Dainn con tan solo mirarlo a los ojos.

—No… Dainn no… No a Dainn… No… más… dolor… No, no, no… No más…

Y el espectro de Dainn suplicó.

Lágrimas negras rodearon sus ojos y el costado de su horrenda cabeza cerosa, resquebrajada como un huevo aplastado que por milagro todavía se mantenía unido. Las lágrimas silbaron al tocar la roca corroyéndola.

El ser abisal no respondió. Empuñó su mano de fuego negro y al momento la luz resplandeció en ella, formando una espada de energía plateada, pura, intensa. La criatura alzó el arma dispuesta a dar el golpe final a su presa.

¡Ranma!

La criatura retuvo su mano con la espada. Ya no miraba al agonizante Dainn, sino que inclinaba un poco el rostro envuelto en llamas negras como si prestara atención a un sonido repentino, o quizás como si intentara recordar alguna cosa de gran importancia.

Ranma, lo siento, no pude…

La criatura se estremeció. El fuego negro que la envolvía menguó y en un rápido movimiento, sin dudar, olvidó a su presa y dio media vuelta. Desapareció en una estela negra que, hacia el final, se tornó platinada con la forma de su auténtica silueta, revelando ser la de un joven midgariano.

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K'Zun Fei se lanzó con desesperación al escuchar un nuevo grito de las mujeres, pero no pudo pasar por sobre Freyr que lo detuvo con su espada. Avanzó dando rápidos cortes, el fuego dorado dejó estelas circulares en el aire y marcas en el piso, como una danza mortal y poderosa, con cada choque de aceros haciendo temblar el suelo, reflejando la desesperación y la impotencia del dragón. Freyr no cedió un solo centímetro desviando todos los ataques con rápidos choques de su espada. El dragón lanzó un rápido corte seguido por una estocada con la segunda de sus katanas, tan diestro que Freyr no tuvo oportunidad de esquivarla tras desviar el primer ataque. Lo traspasó, pero el ser del vacío se desvaneció alrededor de la katana con una burlesca sonrisa en una estela negra que dejó la marca de su figura.

Sin embargo, el dragón dorado lo esperaba, sin dudar tras la fallida estocada siguió su carrera directo hacia el borde del fragmento triangular del piso, que ya se elevaba como una pared a punto de ceder. Dio un gran salto y cayó con ambos pies sobre el borde de la plataforma más elevada, con tanta fuerza y poder que la hundió, devolviéndola a su ubicación original.

La fuerza con que hizo descender el extremo del triángulo de la azotea hizo que Akane y Millia se elevaran con fuerza, como si fuera un sube y baja, soltándose ambas y elevándose por unos metros hacia el cielo.

—¡Millia!

Akane no dudó y en el aire atrapó a su amiga, cargándola en sus brazos mientras esta envolvía con su cuerpo a su hija. Con gran destreza consiguió caer de pie otra vez sobre la azotea, un poco trastabillando, pero sin dejar caer a su amiga a pesar de la torpeza con la que consiguió sostenerla, pues era como de su mismo tamaño.

En ese momento Akane pensó que se veía mucho más fácil hacerlo cuando Ranma la cargaba a ella.

—Te tengo, Millia —susurró en el oído a su amiga, que todavía tenía la cabeza inclinada sobre su pequeña—. ¡Millia, estamos a salvo!

Ella solo consiguió asentir.

—Gracias a K-chan… No, ¡K-chan! ¡No! —gritó Akane con la voz quebrada.

El dragón, de pie y mirándolas, sonreía con satisfacción y alivio, sin moverse del borde del gran triángulo de roca se sostuvo gracias a su peso y fuerza.

—Estoy para… servirla, mi señora —respondió, débil, inclinando un poco el rostro en un gesto de respeto.

El dragón se sentía avergonzado por tener que provocar tanto dolor a un corazón tan puro como el de su señora Akane, al no tener como ocultar la feroz espada de Freyr que lo traspasaba, con la ensangrentada punta saliendo por el centro de su pecho.

Freyr estaba a varios metros de distancia detrás del dragón. Con una mano cruzada en la espalda y la otra extendida, con los dedos juntos, tras haber comandado su arma a la distancia. El ser sonrió con satisfacción. De un rápido movimiento retrocedió el brazo como si dirigiera una orquesta. La espada, como empuñada por una mano invisible, fue arrancada violentamente del cuerpo del dragón provocándole un estremecimiento. La sangre de la bestia divina brotó con fuerza impregnando salpicando un gran charco a sus pies.

—¡K-chan!

—¡No se acerque, mi señora! —bramó con fuerza el dragón, a pesar de la mortal herida. La sangre también brotó por la comisura de sus labios —. Es peligroso… usted debe… protegerla…

La mirada del dragón le indicó a Akane que no debía dejar el lado de Millia y Amatista. En su debilidad cayó sobre sus rodillas, de no ser una bestia divina seguramente hubiera muerto al instante con una herida semejante en su corazón. Respiró agitado, hinchando las narices, soportando el dolor, manteniendo las manos empuñadas y el cuerpo erguido. Freyr apareció tras él y extendiendo la mano recibió su espada que voló a sus dedos. Giró el arma en su mano y con la otra agarró el cabello dorado de K'Zun Fei, que al estar de rodillas la cabeza le quedaba cerca de la suya, y la tiró con violencia hacia atrás.

—Dime, hijo de Niddugh, ¿temes a la muerte? —preguntó, colocando el filo de la espada en el cuello del dragón, presionándolo hasta hacerlo sangrar.

K´Zun Fei respiró agitado, con fuerza, alzando y bajando el pecho como lo haría un animal salvaje. Y sonrió, al tener la cabeza hacia atrás, mirando a los ojos de su ejecutor sin mostrar miedo.

—He muerto muchas veces… y de todas he regresado. Lo haré de nuevo para cazarte, maldito bastardo del vacío.

—No esta vez —explicó Freyr, sin rencor o intención asesina en su voz y gestos—. Asgard no posee un corazón, está desmoronándose, no es más que un cascarón hueco, devorada desde sus profundidades por el ginnugagap. El ciclo de almas ya no existe y tu alma, como la de todos los que están muriendo en este momento, son alimento del vacío.

—A ti… no te detuvo… ¡Grrr!

Gruñó al ser tironeado con más fuerza por el cabello. Sintió la espada de Freyr presionándolo tan fuerte que le cortó la respiración. Los ojos del ser abisal revelaron al dragón un orgullo y una ira que superaba todo lo conocido. Freyr, a pesar del temblor que sacudió su cuerpo, se contuvo y sonrió, aunque no con la calma y la ironía de siempre.

—No te compares conmigo, bestia —dijo, con una voz solemne y una vibración que reveló, por primera vez, el coro de voces del vacío que hacía eco a sus palabras—. Tú y yo somos como una hormiga y el sol. Jamás, ni siquiera en mil reencarnaciones, podrías llegar a imaginar la autoridad, el poder, con que se me ha embestido.

—¡Detente! —gritó Akane. Más que una orden, fue una súplica por la vida de su querido dragón—. ¡Alto! ¡No lo hagas o juro que yo…!

Freyr no la miró, siquiera le prestó atención a la chica que movía los brazos preparando un rápido hechizo. Sus ojos llenos de odio y orgullo, bañados en un infinito resentimiento, seguían puestos en el dragón.

—¿Qué eres? —pregunto K´Zun Fei, débil, intentando mantener la fortaleza antes del final.

Quizás fue por piedad, o por complacer la última voluntad de un condenado a desaparecer, pero la mirada de Freyr se ablandó y recobró la relajada sonrisa y alegre mirada calmada de antes. Y le respondió antes de acabarlo todo moviendo su espada.

—Yo soy servidor del destino, yo soy su heraldo.

Millia contuvo su aliento. Akane se quedó paralizada y la energía que se reunía en sus manos se disipó con el fuerte viento de las alturas. Ni siquiera ella podía comprender lo que había sucedido.

Freyr soltó el cabello del dragón y el cuerpo de este se desplomó sin fuerzas sobre el charco de su propia sangre.

—No… —Freyr giró apenas un poco la cabeza, con los ojos temblando de rencor y confusión—. ¿Tú?

De la misma manera en que había sufrido el dragón, ahora era Freyr el que estaba siendo atravesado por la punta de una gran espada. La hoja brillaba con el azul etéreo de la luna, traspasándolo por el centro de su abdomen. Freyr se estremeció y con ambas manos tomó la hoja de la espada, como si de alguna manera fuera incapaz de moverse, de liberarse, o tampoco de dar un salto por el vacío. Estaba atrapado y herido, la sangre negra y viscosa se derramaba por el filo de la espada empapando sus dedos que resbalaban e insistían en tratar de aferrarse de la hoja de acero, forcejeando sin éxito.

—Tú —repitió, lleno de rabia y dolor—, niño insignificante, no eres nada… Tú… ¿cómo?

Quién empuñaba la espada a espaldas de Freyr no era otro que Kapsuo Saotome. El mayor de los hermanos Saotome sonrió apenas, sin perder la furiosa frialdad de sus gestos ni la fría crueldad de sus ojos que clamaban venganza por su familia.

—La espada Gram fue forjada para combatir a seres como tú —dijo, calmado, tomando con su otra mano a Freyr por el hombro.

Kapsuo comprobó con cierta satisfacción que sí lo tenía, que ese monstruo con apariencia de hombre era tangible, al apretar con sus dedos y con tanta fuerza que pudo escuchar crujir los huesos de Freyr bajo el peso de su mano. Entonces, afirmándolo por el hombro, clavó con más fuerza la espada empujándola hasta que las alas de demonio que protegían la empuñadura también se ensartaron en la espalda. Freyr se arqueó hacia atrás y escupió sangre negra. Su voz dejó de ser humana, convirtiéndose en un auténtico coro de voces provenientes del vacío, sonidos artificiales, metálicos, cacofónicos y desordenados, como si muchos quisieran hablar a la vez a través de su boca.

—Yo soy… su heraldo —bramó Freyr imponiéndose su voz por sobre las otras, retorciéndose con fuerza, como un animal moribundo—… Gerd… Gerd… ¡Gerd!

Lágrimas de sangre negra brotaron de sus ojos y miró hacia el cielo.

Freyr, ¿qué haces aquí afuera? Te vas a congelar.

—Gerd…

Kapsuo lo sostuvo con todas sus fuerzas. A pesar de haberlo apuñalado, esa criatura se estremecía tan violentamente que de ser otro hubiera sido arrojado lejos. No debía soltarlo, no tenía que permitir que se liberara de la Gram, solo así la espada terminaría por consumir a esa criatura abisal. Un intenso miasma comenzó a desprenderse de la herida y la espada, como si la sangre de Freyr comenzara a evaporarse.

—Gerd… ¡Gerd!

¿Estrella? ¿Qué estrella? Freyr, deja de bromear, ¿cómo que vas a bautizar una estrella con mi nombre? Solo los dioses pueden hacer eso, nosotros los mortales no tenemos autoridad sobre sus creaciones.

—Gerd… ¡Gerd! ¡Gerd!

—¡No te soltaré! —Kapsuo lo rodeó con el brazo alrededor del cuello, sosteniendo con la otra mano la espada que atravesaba su cuerpo. Freyr se movió tan violentamente que Kapsuo apenas consiguió mantener sus pies pegados al suelo—. Ríndete, ¡ríndete, maldito monstruo!

—¡Gerd! —gritó Freyr como si a cada momento perdiera la cordura, la humanidad, incluso la dignidad.

El rostro de Freyr comenzó a perder el color, tornándose ceroso, marcándose las venas negras en su piel. Pero los ojos seguían siendo humanos y buscaban en el cielo lleno de nubes de Nilfhel tratando de encontrar algo.

¿Que si fueras un dios me…? ¡Freyr, deja de jugar! No eres un dios, no hables en vano o los molestarás de verdad y nos castigarán. ¿No te basta con ser felices tú y yo en nuestra montaña? ¿Una estrella con mi nombre, para qué quiero eso? Ay, Freyr, estás demente… ¿Insistes con eso? Termina ya y trae la leña a la cabaña.

—Yo soy su… heraldo —las lágrimas negras rodaron por sus mejillas y cayeron sobre sus hombros. Una de las gotas negras cayó en la mano de Kapsuo, y este la miró, en un instante, extrañado por ese gesto tan humano—. Yo preparé su… camino… su retorno… su… despertar. Él me… tenía que dar… Gerd… yo te… recuperaría… en el nuevo… universo… jamás… perderte…

¡Bien, está bien! Todo sea para que termines de una vez y dejes de evitar el trabajo. A ver… No me presiones, ¿ahora tienes prisa porque tú tienes frío? Te aguantas, porque si una estrella va a llevar mi nombre tiene que ser especial, la más bella de todas. Puede que… sí, quizás… Ya lo sé, quiero esa. ¿Te gusta?

Freyr cayó sobre sus rodillas, cada vez más débil, pero Kapsuo no lo soltó del hombro y aflojó la mano en la empuñadura. El miasma se tornó en una corriente violenta que brotaba del cuerpo del hijo del vacío y se arremolinaba alrededor de los dos. Millia llamó preocupadas por él.

—Gerd, ¿dónde estás?

Ay, Freyr, entonces ¿ahora tengo una estrella con mi nombre? ¿Eso es todo, podemos entrar ya?

Freyr se estremeció una última vez con violencia, al sentir que la Gram lo despojaba de toda su fuerza, de toda su conexión con el vacío, hasta convertirlo en tan solo un enorme vacío. La oscuridad comenzó a hacer presa de su corazón, porque lo tenía, porque es la clave de la existencia de un hijo del vacío para mantener la dualidad entre la creación y el abismo. La Gram cortó todas las ataduras de su corazón, podía sentir como esa energía maldita daba rienda suelta para que el vacío trepara por los fragmentos de su alma y los devorara uno a uno, hasta convertirse en nada.

—Gerd, ¿dónde estás?

¿Un mal presentimiento?... Freyr, tal cosa no existe, solo estás asustado por tener que dejarnos solos. Ya te dije que estaremos bien, tu hijo es fuerte y yo tengo mi espada y arco. Sabes que necesitamos las pieles y que iría contigo si no fuera por nuestro bebé. El bosque es mucho más peligroso que la montaña ¿y me ves atemorizada por dejarte ir solo, a ti, el más despreocupado y distraído guerrero que conozco? No, no lo estoy porque confío en ti. También confía en mí, te prometo que al volver tu hijo estará igual de molesto que siempre y yo… Y yo también estaré esperándote. Pero si te llegaras a perder, si no encuentras el camino a casa en la oscuridad del bosque, siempre podrás encontrarme si miras la estrella con mi nombre.

Freyr dejó de forcejear. Su cuerpo se secó como una momia bajo la ropa y su rostro, casi huesos y tendones grisáceos del que colgaba la mandíbula, seguía inclinado hacia arriba mirando el cielo.

Pero no había estrellas en el cielo de Nilfhel, solo oscuridad.

—Gerd —de la boca casi momificada apenas se escuchó un susurro—, no puedo verte…

Los ojos de Freyr se tornaron blancos.

Kapsuo lo soltó y arrancó su espada, y retrocedió rápidamente ante la poderosa y letal corriente de miasma que rodeó a Freyr. El torbellino se llevó consigo los restos del cuerpo, el que se deshizo lentamente convertido en cenizas blancas. Primero fue la ropa, luego la piel momificada, seguido de los músculos y tendones. Al final solo quedó un esqueleto de un hombre de rodillas con la cabeza mirando hacia el cielo, antes de que se desplomara también desintegrándose en una pila de cenizas que se las llevó la corriente fría del vacío.

—¡Kapsuo!

El mayor de los Saotome reaccionó y corrió al encuentro de su joven esposa.

—Kapsuo, yo…

Él no la dejó hablar, pues con un celo desesperado, sobreprotector, la abrazó contra su pecho. Con sus largos brazos la envolvió a ella y a la bebé, y deslizó una mano por la cabeza de Millia hundiendo los dedos entre sus cabellos. Millia trató de hablar, de apartarse para mirarlo a los ojos, pero él no se lo permitió y la retuvo con su fuerza entre sus brazos. Entonces inclinó la cabeza, agachándose un poco para estar a su altura, y la apoyó en el hombro de la joven madre.

Y Millia lo escuchó susurrar a su oído, con una voz quebrada, débil, al borde de las lágrimas. Desconocidas en un hombre tan poderoso de actos y distante de los sentimientos como era él.

—Millia…

Tan solo decir su nombre bastó para que ella pudiera interpretar todo lo que él quería decir y no podía. Tuvo miedo, tanto miedo de perderlas, al punto de haber perdido todo el control con el que durante años templó su alma. Ella lo comprendió, lo entendió todo, no necesitaba esforzarse para tratar de poner en palabras los sentimientos que hacían temblar como si fuera un niño el cuerpo alto y fuerte de ese hombre. Entonces sus rostros se frotaron con ternura. Las lágrimas cálidas de Millia lavaron la suciedad y el dolor de las heridas del rostro de su esposo y sus ojos se encontraron.

Amatista rompió en llanto y los jóvenes esposos se separaron, mirando a la bebé.

—También te extrañó —dijo Millia, intentando sonreír, pero sus labios temblaban de emoción.

Él asintió y con torpeza tomó a Amatista en sus brazos. La miró un momento, con ese rostro frío de ojos afilados que más parecían amenazarla. Pero la bebé dejó de llorar y se quedó mirando en silencio el rostro sucio de su padre, como si viera algo que le provocara curiosidad. Al final la pequeña estalló en una cristalina carcajada.

Kapsuo también sonrió y atrajo hacia sí otra vez a su esposa, la que abrazó con fuerza junto a su hija una vez más.

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Akane corrió con premura al lugar donde había caído su dragón, tan rápido que deslizó sus pies en la sangre de la bestia divina y se dejó caer de rodillas. En lugar del gran cuerpo como de samurái estaba la Katana Dragón en el centro de la sangre. Akane sumergió los dedos en la sangre y levantó la espada llena de angustia.

—K-chan… ¡oh, K-chan!

Dama Akane, no llore por este viejo e inútil guardián, todavía me cuento entre los vivos.

La voz, aunque débil, vino acompañada del tenue resplandor del acero. Akane, con los ojos humedecidos, hizo una expresión de asombro y al momento gritó el nombre de su dragón abrazando la espada contra su pecho.

—Estás… ¡Estás vivo! —La gran señora de la magia de Midgard lloró como una niña pequeña, abrazando con fuerza la espada—. Tenía miedo de perderte, ¡qué iba a hacer si te pasaba algo!

Da-Dama Akane, no merezco sus cuidados ni su preocupación. Sin embargo, me alegro enormemente de que se encuentre bien.

—Sí, estamos bien. Todos lo estamos gracias a ti.

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—Akane…

Ranma suspiró aliviado. El joven de Nerima se hallaba erguido, con su cabello agitado por el poderoso viento, en lo alto de uno de los afilados picos de las montañas de Nilfhel. Desde ese lugar observaba la torre de ónice como si pudiera ver a la perfección todo lo que ocurría en ese lugar. Entonces su alivio pasó a convertirse en enojo, al recordar lo cerca que estuvo ella de morir.

Empuñó la mano y esta tembló, envolviéndose en una llamarada oscura que comenzó a consumir todo su brazo.

—¡Demonios! —se quejó agitando el brazo.

Al momento la manifestación de energía abisal desapareció. Se miró la mano con un gesto de terror, la giró por ambos lados. Parecía normal. La volvió a empuñar con fuerza.

Su plan había funcionado gracias a la rapidez con que Kapsuo comprendió sus instrucciones y actúo sin siquiera hacer preguntas. Al luchar contra él entendió el gran poder que tenía un arma como la espada Gram para drenar la energía abisal de un ente del vacío, y supuso que de igual forma podía utilizarla en contra de ese maldito de Freyr. Así lo hizo, como una espada empuñada mágicamente a lo lejos, de la misma manera como Freyr manipulaba a otros y gustaba usar sus espadas a la distancia, él usó a su propio hermano como si fuera un arma.

Se contactó con K'Zun Fei en el momento de su terrible agonía y lo instó a que se ofreciera de cebo, para distraerlo. También utilizó su batalla en contra del espectro de Dainn para que el flujo de las estremecedoras energías del vacío ocultara su trazo a los sentidos de Freyr. Así él creería que sus movimientos se debían a su lucha, porque sabía que en todo momento Freyr lo observaba, como también podía hacerlo él, mutuamente a pesar de la distancia, por ser hijos del vacío. Así hizo a Kapsuo aparecer tras Freyr, que lo apuñaló con la Gram, sin que este estuviera apercibido. Las propiedades de la Gram hicieron el resto, consumiendo la energía abisal de Freyr hasta hacerlo desaparecer de todo trazo de existencia. Contuvo un escalofrío, esa arma que había creado Touni realmente podía también matarlo a él no importando sus nuevas habilidades.

Volvió a mirarse la mano. Comprendió que un arma como esa en manos de su hermano era en realidad un consuelo, un alivio para su conciencia saber que si se convertía en un monstruo como Freyr habría quién pudiera detenerlo.

Porque él había mentido tal como lo hacía Freyr y había manipulado a otros, en el borde de la vida y la muerte había jugado con la vida de los demás para conseguir derrotarlo de una manera cobarde, indirecta, no cara a cara como tanto desearía haberlo hecho. Por primera vez no había luchado con honor, por una única vez no había dejado que su enorme deseo de socorrer a Akane nublara su juicio. Y aunque todo resultó bien, de alguna manera eso lo avergonzaba.

Ya no se sentía más él mismo. Algo estaba cambiando dentro de su corazón y lo aterraba.

¿Podía haber ido a luchar en persona? Sí, de hecho, lo hizo alternativamente, con sus habilidades trató de hacerlo más de cien veces y en todos esos caminos el resultado siempre fue espantoso. No podía proteger a Akane y a los otros a la vez, de alguna manera Freyr siempre conseguiría perturbarlo al final, engañarlo, superarlo por su experiencia superior con las mismas habilidades que él ahora poseía y alguien querido terminaba muriendo al final de ese día. Sin embargo, pudo encontrar una única salida viable durante su enfrentamiento con Dainn, una en que él no debía salvar a Akane.

Porque para salvarla tenía que abandonarla, para protegerla tenía que dejarla sola, para que Akane sobreviviera él no debía estar cerca de ella. Y ahora que se estaba convirtiendo en un monstruo, más razón encontraba a esa lógica hiriente y cruel.

Ranma le dio la espalda a la torre, a su hermano, a sus amigos y a Akane. Ante él, del otro lado del pequeño valle escondido, tenía la entrada a las ruinas de Forzald. El último pilar de Asgard lo esperaba en las raíces de un universo moribundo y no dejaba de consumirlo un aterrador presentimiento. Algo lo esperaba, oscuro, antiguo, peligroso, tanto que su corazón siempre valiente se estrujaba de un miedo casi infantil y sus piernas y manos temblaban contra su voluntad. No sabía lo que era, pero de alguna manera un escalofriante sentimiento de déja vù lo torturaba, diciéndole que ya había recorrido antes ese camino, como sucedió en las ruinas de Vanaheim o en la luna negra. No, era un sentimiento más antiguo, como un sueño casi olvidado en las eras.

En ese lugar lo aguardaba el destino como una bestia negra de colmillos afilados que esperaba para devorarlo. Su vida o quizás lo que quedaba de su humanidad.

Sí, Ranma se encogió de hombros, sería tonto mentirse a sí mismo.

Tenía miedo.

—Lo siento —murmuró entre labios. Ella lo odiaría, lo sabía, pero era mejor de esa manera.

Porque Akane no podía ni debía acompañarlo hacia el abismo.

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Continuará

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A los extraviados en los caminos del destino:

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Noham Theonaus

Espadachín mago de Idavollr