Capítulo 30: Tiempo de despedidas
Trent, Inglaterra; 3 de marzo de 1942...
Tibios y refulgentes rayos de sol hacían brillar la inmensa alfombra verde que cubría la campiña inglesa. Aunque la primavera se abría paso de manera tímida, ya que el viento y la lluvia seguían siendo la tónica habitual, había momentos en los que parecía que los meses estivales habían llegado.
Katniss, sentada alrededor de la improvisada mesa de pícnic, asistía en silencio a la divertida tertulia que la familia había organizado. Aprovechando los escasos rayos de sol que aparecían en el cielo inglés, habían decidido que ese sábado se reunirían todos, para disfrutar de una comida campestre.
Su padre departía de forma animada con el hermano de Sae, y el señor Oddair. Prim y Annie vigilaban las travesuras de los pequeños Oddair, que chillaban alegres cuando veían asomarse a las pequeñas ardillas a través de las copas de los árboles. Madge, su madre, Sae y ella misma estaban en el otro extremo de la mesa, también hablando.
-Hace un día precioso- suspiró Sae, tomando una galleta de la enorme bandeja.
-Cierto- corroboró la madre de Madge -el invierno ha sido largo, húmedo y frío; en verdad se agradece un poco de sol.
-No dista mucho del invierno de Landeck, madre- intervino Madge -pero una cosa es cierta, odio la lluvia- rezongó con una graciosa mueca. Katniss jamás había visto caer tanta agua del cielo como en las islas británicas. Eso, unido a la característica niebla inglesa, hacía que los días de invierno fueran fríos, oscuros... y hasta en cierta parte, lúgubres y tristes.
-La primavera suele ser más llevadera- les relató ahora Sae -cuando llegasteis el año pasado ya hacía calor, pero me temo que este año no será tan cálida.
-Este año apuesto a que será lluviosa y fría- exclamó, con un suspiro -menos mal que a veces este tiempo tan loco da pequeñas treguas, como el día de hoy.
-Pues a mí me gusta la lluvia- murmuró Katniss, casi para sus adentros. Dicen que las estaciones y el tiempo suelen influir en el estado de ánimo de las personas. Y esa era la realidad de la joven Katniss Everdeen; aunque bien es cierto que desde que había llegado su padre su ánimo parecía renovado, todavía faltaban dos personas fundamentales para ella.
Hace escasamente tres semanas que recibió la última carta de su amado, y las noticias acerca del paradero de su madre cada día eran más desalentadoras, si era posible. Habían buscado en todos los campos de concentración habidos y por haber, en los guetos; incluso el propio Finnick Oddair, siempre en contacto con su equipo, había perdido la esperanza de encontrarla con vida. La joven y su padre lloraron sin consuelo cuando recibieron tales nuevas, pero sabían que era algo que podía ocurrir. Lo único que les quedaba era orar por ella y por todos los seres inocentes que esa terrible y sanguinaria guerra estaba aniquilando.
Por otro lado, su Peeta le pedía que estuviera tranquila; las cosas en la Organización marchaban viento en popa. Conseguían sacar a centenares de reclusos de campos de trabajo y exterminio, pero el incesante goteo de prisioneros volvía a llenar de nuevo los barracones con imágenes desoladoras. Miles de almas inocentes sucumbían a la ideología antisemita y racial que propagaba a los cuatro vientos Hitler y sus secuaces. Katniss se emocionaba al leer el relato de su novio, inmerso como estaba en salvar a gente inocente; según palabras propias del teniente, era la manera que tenía de sentirse útil, y hacer que la espera para su tan ansiado reencuentro fuera más llevadera.
La soledad y melancolía seguían siendo la esencia principal de sus cartas, tal y como le ocurría a la joven castaña. Comprendía perfectamente cada sensación, cada sentimiento... era increíble como, estando tan lejos, ambos podían sentirse a la vez tan cerca el uno del otro. Al menos tenía un pequeño consuelo, y era el saber que sobre Peeta no se cernía la sombra de la sospecha; esa firme promesa de que, pasara lo que pasara volvería a ella, seguía siendo tan fuerte como el primer día... y el amor que se profesaban, y que cada día crecía un poco más.
La rutina del día a día mantenía a Katniss con la mente ocupada; tan solo un mes después de la llegada de su padre a Trent, Prim, el rabino Everdeen y ella se mudaron a una diminuta casita, a tan solo cinco minutos de la casa de Sae a pie. Finnick les ayudó a conseguir un precio de alquiler relativamente razonable, y gracias a todos esos últimos meses de duro trabajo, pudo pagar la fianza. Aunque Sae y su familia se negaron en un principio, la joven resolvió que era la mejor solución, ya que la casa de estos era muy pequeña para tanta gente.
Por las mañanas seguía limpiando casas, y por las tardes ayudaba en la panadería. Su padre pasaba el día allí, en la pequeña trastienda, echando una mano con la contabilidad o lo que su maltrecho cuerpo le permitiera hacer. El duro invierno inglés había hecho mella en los pulmones del rabino Everdeen, y a su hija le daba miedo que estuviera solo en casa hasta que ella o Prim regresaran por la noche. A pesar de esto último, el pobre hombre lamentaba todos los días el no poder echar un mano en condiciones; el rabino siempre fue un hombre inquieto, y no llevaba nada bien que el más mínimo esfuerzo le provocara un ataque de tos e incluso, que respirara con dificultad.
Tal y como le ocurrió a su hija, se encariñó casi de inmediato con la pequeña Prim, y ésta vio en el rabino la figura paterna que tanta falta le hacía todavía. Los tres convivían cual familia humilde, pero feliz por poder estar vivos. Tan sólo faltaban esas dos personas para que la felicidad de Katniss fuera completa. Por las noches, al amparo de la soledad y envuelta en la oscuridad que la noche le ofrecía, salía a sentarse en el patio trasero de la casa, bien fuera para volver a leer una y otra vez las cartas de Peeta, o para cerrar los ojos y recordar los tiempos felices de su niñez y adolescencia en Landeck, cuando ese amor empezaba a gestarse. Incluso recreaba momentos sueltos del campo de Ravensbrück , cuando le veía en la distancia, o como su novio se arriesgaba a ser descubierto por proporcionarles alimento... y sobre todo, esos momentos en la intimidad del despacho...
-Kat...- oyó que la llamaba alguien, pero todavía tardó más de un minuto en reaccionar -¡KAT!- llamaron de nuevo, ahora con mayor insistencia. Meneó la cabeza, queriendo despejarse, y se encontró la mirada interrogativa de su prima Annie, observándola con una ceja alzada y con el pequeño Finn en sus brazos.
-Perdona, no te había oído- se excusó con una pequeña sonrisa. Su prima imitó el gesto, sentándose a su lado y pasándole a Finn, quien gustoso aceptó un bollo relleno de crema que la propia Katniss le tendió.
-¿Pensando en él, verdad?- preguntó suavemente Annie, vertiendo té en un par de tazas.
-No puedo evitarlo- se excusó ella -aunque estemos todos reunidos en familia, falta él.
-Katniss, es lógico y normal que estés preocupada y asustada, y que le extrañes- contestó la joven morena, a la vez que le ofrecía una de las tazas -francamente, no sé como puedes soportar el día a día, pensando si estará bien.
-Intento ser fuerte, Annie; mi padre me necesita- suspiró con pena, a la vez que sus ojos buscaban la silueta de su progenitor.
-Te entiendo mejor de lo que crees- Katniss se giró, observando a su prima con una pícara sonrisa asomando en sus labios.
-¿Ah, sí?- interrogó.
-Sí -suspiró -yo también me preocupo mucho por Peeta, por...- esta la interrumpió.
-¿Vas a explicarme de una vez que es lo que pasa con Finnick?- soltó a bocajarro; tuvo que contener la carcajada al ver dos líneas rosas cruzar las mejillas de Annie -sé que mantienes correspondencia con él.
-Te recuerdo que trabajo para él, cuidando a sus hijos; es lógico que le cuente como están.
-A mí no me engañas, Annie; sé que sientes algo por el señor Oddair- le intentó sonsacar. La joven morena calló unos segundos, pero su mirada se tornó triste cuando sus ojos color avellana enfocaron a Finnick, sentado al lado del padre de su prima y saboreando una taza de café.
-¿Y eso qué importa?- los ojos de Katniss se abrieron, sorprendidos -el recuerdo de su esposa está muy presente, y todavía la quiere.
-Era la madre de sus hijos, Annie- habló ahora Katniss -es lógico que siempre la tenga en su recuerdo.
-Y yo jamás se lo quitaré.
-Pero eso no quita que pueda volver a enamorarse- siguió relatando la joven castaña -y yo creo que le gustas; siempre está pendiente de ti, intenta hablar contigo a la primera de cambio...- otra vez el sonrojo hizo acto de presencia en la cara de la señorita Cresta.
-Me gusta mucho conversar con él- admitió de manera tímida -y es cierto que es muy atento y educado... pero cuido a sus hijos, y supongo que será por eso; además, nunca me ha hablado en esos términos.
-Quizá esté esperando el momento, o una señal por tu parte- se encogió de hombros su prima.
-Lo único que sé es que dentro de dos días regresa a Alemania, y no sabe cuando podrá regresar de nuevo- susurró con pena, jugando con la cucharilla del té -no podría soportar que nada le pasara.
Katniss no supo que decir para poder consolar a su prima. Conocía de sobra esa sensación, ese sentimiento de incertidumbre y alarma permanente en sus entrañas. A su memoria vino un párrafo de una de las últimas cartas de su amado, y hasta Peeta sospechaba que Oddair sentía algo más que amistad por Annie.
Con ese pensamiento, y en un intento por animar a su prima, la instó a que se levantaran y fueran hacia donde estaban Prim y la pequeña Angy, cosa a la que esta accedió con una pequeña sonrisa.
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Esa misma noche, después de que dieran por concluida la pequeña excursión, cada uno se dirigió hacia sus respectivos hogares. Ya había anochecido cuando llegaron a la casa del señor Oddair, de modo que Annie dio la cena a los pequeños y los acostó temprano. Los niños estaban agotados, ya que debido al pícnic no habían dormido siesta, y nada más que apoyaron sus cabecitas en las almohadas sucumbieron en un profundo y tranquilo sueño.
Annie se excusó de la cena, aludiendo que había comido mucho a lo largo de todo el día, y aprovechando que la noche no era muy fría, decidió que un paseo por el jardín le vendría bien. En su cabeza llevaban resonando durante toda la tarde las palabras de su prima, y necesitaba pensar y distraerse. Cogió una gruesa chaqueta de lana, del mismo tono que la falda que llevaba, y con paso relajado se adentró en el jardín.
La casa que había alquilado el señor Oddair no era muy grande, pero si la más lujosa que Annie había visto en su vida. Pertenecía a un acaudalado empresario que, dada la situación del país y de Europa entera, había decidido trasladarse una temporada a la India, una de las colonias más importantes de Gran Bretaña, donde tenía varias empresas dedicadas a la exportación de alimentos. Decorada con un estilo típicamente victoriano, la parte favorita de Annie eran los jardines.
Aprovechando la tranquilidad de la noche, sus pies la llevaron hacia el banco de piedra que estaba cubierto por una inmensa pérgola con el techo de cristal. En verano, las paredes de ese pequeño y delicioso rincón estaban cubiertas por miles de rosas y otras clases de flores, que la propia joven se encargaba de regar y cuidar. Todavía era pronto, pero ya se podían entrever algunos capullos florecer. Allí se sentó, y a su mente vino de nuevo esa pequeña conversación que había mantenido con su prima Katniss esa misma tarde.
Aunque ella no era muy dada a abrirse y compartir sus sentimientos, ahora que nadie la veía, dejó que éstos salieran en forma de silencioso llanto. En el fondo envidiaba a su prima y al amor que compartía con el teniente Mellark; era un sentimiento que jamás había experimentado en carne propia, hasta que el destino le puso enfrente los ojos de Finnick Oddair aquel día en Ravensbrück. Era un hombre encantador, bueno y con una generosidad que no conocía límites.
Ella, al contrario que su prima o sus amigas de la infancia, jamás se había sentido atraída por ningún joven de Landeck, ni había experimentado ningún enamoramiento platónico, infantil o adolescente. Vio como Kat se derrumbó el verano que Peeta no regresó por las vacaciones estivales, y como jamás llegó a superarlo del todo. La sorpresa de su prima, y la suya propia, cuando se lo encontraron en esa estación de tren; y como bien decía su padre... donde hubo fuego cenizas quedan...
Estaba impresionada por el valor y la fortaleza de su prima, esperando durante periodos muy largos de tiempo noticias de su novio. Jamás había visto un amor tan fuerte, y en el fondo, a ella también le gustaría vivir eso. Desde que conoció a Finnick Oddair, no se lo había podido quitar de su cabeza, y con el paso de los meses, a través de la correspondencia y de las visitas de este a Inglaterra, poco a poco fue enamorándose de él.
Tanto cara a cara, como por medio de las misivas, ambos habían aprendido y descubiertos muchos secretos y gustos el uno del otro. Se podían asemejar a dos buenos amigos que compartían confidencias... pero ahora, de nuevo, Finnick regresaba a Alemania... y el solo pensamiento de que pudiera ocurrirle algo hacía que su corazón se encogiera de manera dolorosa.
No fue consciente de que su llanto, que comenzó siendo un silencioso sollozo, se convirtió en una estrepitosa cadena de gimoteos e hipidos; tampoco fue consciente de la persona que se acercó sigilosamente a ella por su espalda. Los ojos de Finnick miraban con pena la imagen de la joven, encogida en ese enorme banco de piedra y llorando de manera desconsolada. Sin decir una sola palabra tomó asiento a su lado, y con cuidado tomó una de las pequeñas y pálidas manos de la joven, que gracias a este gesto se percató de su presencia.
-¿Por qué lloras, Annie?- le preguntó Finnick, visiblemente preocupado y dando un cariñoso apretón a la pequeña mano de la joven. Un nudo en la garganta se había instalado en la garganta de esta, e hizo un gesto con la cabeza, negando.
-Nada- intentó sonreír entre esa cascada de lágrimas que corrían con sus mejillas.
-Nadie llora por nada, Annie- el corazón de la joven pegó un latido descontrolado, al escuchar su nombre ser pronunciado con tanto cariño -¿estás mal aquí, en mi casa...?
-¡No!- se apresuró a contestar, cosa que hizo a Finnick reír suavemente -no pienses eso, por favor...- prácticamente le suplicó.
-¿Entonces, qué ocurre?- insistió de nuevo -sabes que puedes contarme cualquier cosa; no quiero marcharme y qu...- Annie de nuevo le interrumpió, rompiendo en lágrimas de nuevo.
Finnick, asustado por la reacción de la joven, no puedo hacer otra cosa que apretarle de nuevo la mano, que no había dejado de sostener. Era una muchacha tan bonita y alegre... siempre pensó que desde que su esposa se fue, no volvería a sentir lo que sentía por otra mujer, pero su señorita Cresta, como solía llamarla en multitud de ocasiones, causando el divertido enojo por parte de esta, habían hecho que esos sentimientos de nuevo afloraran.
En esos últimos meses, desde que había llegado a Inglaterra con su tío el rabino Everdeen, había estado a un paso de confesar lo que sentía con ella; pero era tan joven... y ella nunca había dado señales de querer más que una amistad. Era raro, ya que él notaba lo nerviosa y sonrojada que se ponía en su presencia, e incluso el desparpajo y alegría que Annie derrochaba con sus hijos se transformaba en timidez y nervios cuando él estaba cerca. Sus pequeños la querían como si fuera su propia madre, y aunque jamás quitaría a su difunta esposa ese privilegio, sabía de sobra que su señorita Cresta proporcionaba a sus hijos ese cariño materno que tanta falta les hacía.
Pero por otro lado, no quería hacerla sufrir. Debía volver a Alemania, a continuar la misión que tenía encomendada... y veía lo que sufrían su buen amigo el teniente Mellark y Katniss; y en parte, no le parecía justo condenarla a esperarle. Pero era cierto que le gustaría irse con la sensación de que ese cariño fuera recíproco.
-Annie...- la llamó después de unos minutos de silencio, solo roto por los suaves sollozos de la joven morena -Annie por favor, dime que te sucede- volvió a insistir -me mata verte así... por favor.
-Nad... nada...- tartamudeó ésta -simplemente es que mañana te vuelves a ir, y...- Finnick la interrumpió.
-Sabes que tengo que hacerlo, y para mi también es muy duro separarme de vosotros- el estómago de la muchacha se llenó de mariposas... ¿había dicho lo que había querido decir, o...?
-Sé que es muy duro dejar aquí a tus pequeños...- musitó con pena, queriendo una vez más ignorar lo que Finnick había querido decir.
-No solo a mis hijos, Annie... en todo este tiempo no he tenido otra familia que no sea la Organización... y vosotras, las chicas del teniente Mellark, también lo sois un poco mías- le dijo con una pequeña sonrisa, gesto que fue devuelto por la joven de manera tímida.
-Prométeme que nada te pasará- le suplicó, mirándole fijamente.
-¿Lo sentirías?- interrogó Finnick, haciendo acopio de valor -¿sentirías que algo me pasara?
-Mucho- admitió esta, agachando la cabeza y con el corazón latiéndole a toda prisa.
-Annie... yo...- la voz del señor Oddair se quebró, y no encontró mejor forma de sellar esa promesa.
-No me pasará nada, te lo prometo a ti y a mis hijos- susurró, antes de tomar son suavidad su barbilla y alzar la cabeza de la joven.
Esos ojos que tanto había aprendido a amar en todo ese tiempo le miraron con un cariño y calidez que casi había olvidado. Lentamente acercó su rostro al de ella, para depositar un pequeño y suave beso en los rosados labios de Annie, sellando así la promesa que le hacía. Lo que nunca se pudo esperar es que los brazos de la joven rodearan su cuello, y respondiera a otro beso tal y como lo hizo, de manera apasionada.
La mente de Annie se quedó en blanco, disfrutando de las sensaciones que ese beso mandaba a cada poro de su piel. Una promesa estaba hecha, la de regresar sano y salvo... y el amor de la pareja también quedó patente, después de tanto tiempo sumido en el silencio e incertidumbre.
Creo que este es uno de mis capítulos favoritos de la historia, me transmiten tanta ternura Annie y Finnick...
En fin, tengo un notición, este viernes vuelvo a subir capítulo de DDMD, sí, sabremos más de nuestro querido teniente Mellark. Aparte estreno historia en el fandom de Twilight se llama"Tras la pantalla"podéis buscarla en mi perfil.
