Diferencias
Hagi se apresuró a regresar a su habitación, en parte, huyendo de Diva, y para ver cómo estaba Saya. Pensó que seguramente seguiría dormida, pero para su sorpresa, la cama estaba vacía. Un continuo y muy tenue sonido atrajo su atención. Venía del baño. La regadera estaba abierta y al parecer alguien se bañaba, seguramente Saya. Pensó en salir de ahí y dejar que Saya se bañara a gusto, pero notó entonces que la puerta del baño estaba entreabierta, como si fuese una invitación a entrar, y aunque intentó luchar contra la tentación, al final esta le ganó y sus piernas automáticamente lo condujeron al baño.
Cuando puso su mano vendada sobre la puerta para empujarla, se sintió la peor persona del mundo. ¿Hasta donde podía caer su moral, si es que le quedaba alguna? De pronto sintió que en menos de veinticuatro horas se había transformado en otra persona, sin darse cuenta. Primero dejaba que Diva hiciera picadillo a Kai (e incluso había esperado que el chico muriese), después se enrollaba con ella y ahora hablaba de formar una nueva alianza con Diva, que al final a ninguno de los dos le servía (aunque "rechazar" aquella nueva conspiración tal vez le daba algún punto)… y ahora se encontraba espiando a Saya, como un sucio fisgón.
De pronto se sintió, por primera vez en mucho tiempo (aunque horas antes con Diva), como un simple hombre, como cualquiera: idiota e impulsivo. Un poco primitivo, por no decir algo peor.
Pero todos los hombres son iguales; resonó la típica frase en su cabeza mientras empujaba suavemente la puerta del baño para no hacer ruido. Él no había querido ser como "todos los hombres". Le hubiera gustado ser el único hombre presente en la vida de Saya… pero tal parece que la chica estaba presente en la vida de muchos otros. Kai, Karl, y desde luego, Solomon. Relativamente eran poco rivales, pero eran fuertes y cada uno de ellos poseía algún arma implacable para despertar la ternura en Saya (menos Karl, claro)… cosa que él carecía; provocar lástima no es lo mismo que provocar amor. No podía pretender ser un príncipe azul o el héroe. Kai había logrado que Saya se sintiese humana de nuevo y le había devuelto la sonrisa al rostro, Karl (por fortuna, muerto) no había sido más que un demente obsesionado con ambas Reinas que creyó que su soledad podía complementarse con la de Saya (si notó eso, entonces es porque Hagi no lograba hacer mucho en su trabajo como perro de compañía), y Solomon… bueno, él sí que era un príncipe azul con todas las de la ley. Mientras que él no había sido más que un perro faldero, un acompañante silencioso que si bien sacrificó toda su vida y existencia en pos de la de Saya, no servía de nada. Dicen que hay gente que nace con estrella, pero muchos otros nacen más bien estrellados. De nada sirve un príncipe que mata al dragón o a la bruja para rescatar a la princesa de su torre, mientras la chica en cuestión no se entere de la hazaña.
Para cuando acordó, se encontraba con la cabeza asomada hacia dentro del baño. El agua seguía corriendo y através de la delgada puerta de vidrio, la esbelta figura de Saya se filtraba en un conjunto de luces y sombras, mientras esta se enjabonaba los brazos, sin sospechar siquiera que estuviese siendo observada.
Hagi de pronto pareció quedarse hipnotizado con la visión, y a pesar de que sus instintos le decían que Saya podía salir en cualquier momento y descubrirlo espiándola como un degenerado, su cuerpo no respondía a su mente y mucho menos sus ojos se atrevían a parpadear, y una idea extraña y muy loca asaltó su mente, acompañada por la voz de Diva, y en cierto modo, acompañada también de su presencia física.
¿Qué tan diferente era Diva de Saya? Sus personalidades eran opuestas, eso es seguro, pero al final, cuando el instinto y el hambre imperaban, tanto una como la otra eran iguales. En ese momento, si Hagi no estuviera seguro de que era Saya la que se estaba bañando, y si ambas hubiesen llevado el mismo corte de cabello, como suelen hacer muchas gemelas, le habría costado diferenciarlas.
Era como si comieran lo mismo, sin subir o bajar un sólo gramo. La figura de Saya fácilmente podía confundirse con la de Diva (sobretodo ahora que el Caballero había visto… toda la anatomía de Diva). La sombra que se proyectaba en el vidrio desfiguraba el verdadero tono de piel de Saya, y si tuviera el cabello largo como antaño, habría creído que era Diva, Saya… cualquiera de las dos.
¿Qué tanta diferencia hay entre mi hermana y yo?
La voz de Diva resonó en la cabeza de Hagi con semejante realismo que por un instante pensó que Diva estaba ahí, detrás de él con su sonrisa traviesa y cruel, y tuvo que voltear sobre su hombro para comprobarlo.
Por un momento Hagi no supo si la que se bañaba detrás de esa puerta de vidrio era Saya o Diva. ¿Quién se lo podía asegurar? ¿Qué tal si era otro engaño por parte de aquella fuerza vil que lo manipulaba y se burlaba de él? ¿O qué tal si se estaba volviendo loco?
¡Qué ideas! Pensó el Caballero. Negó con la cabeza y en ese lapsus de lucidez, recuperó por un momento el control de su cuerpo y comportándose como se debe, decidió quitarle la vista de encima a Saya y salir de ahí, y como si sus ojos hubiesen sido llamados por él, su mirada cayó enseguida sobre el estuche que guardaba su inseparable violonchelo.
Se acercó al estuche y aunque trató de aguantar la tentación, terminó por sacar el enorme instrumento. Hacia algunas semanas que no se le acercaba. Seguramente tenía los dedos atrofiados. Confiaba en poder tocar lo suficientemente decente como para que el sonido superara el de la regadera. Tal vez eso le serviría a Saya.
Comenzó a tocar, y mientras, en el baño, se había dejado de escuchar ruido. Hagi al principio pensó que Saya había terminado de bañarse, pero cuando pasaron los minutos y vio que no salía, supuso que había dejado que la tina se llenara y ahora estaba metida ahí. No la molestó, ni le habló. En el estado en el que estaba, lo mejor era dejarla tranquila, además tenía la sensación de que Saya en ese instante no tenía ganas de ver a nadie… y por otro lado, él tampoco tenía ganas de verla. La imagen de Solomon besándola le martillaba la cabeza como un cruel herrero, tanto, que no se dio cuenta de que ya había desafinado en algunas partes de la pieza que interpretaba, siendo que para él cometer un error en la música (probablemente la única cosa que podía controlar y manejar a su antojo) era pecado.
Dentro del baño la historia era diferente, y Saya era ajena a todo lo que pasaba por la mente de su perturbando Caballero, a sólo unos cuantos metros de distancia. Recargó la cabeza en la orilla de la tina con gesto de zozobra y cerró los ojos, y algo parecido a lo que le sucedía en ese instante le pasaba a Saya, sólo que en diferentes escenarios y personajes. Nathan lo habría considerado una excelsa obra teatral de telepatía o alguna excentricidad por el estilo.
La visión de un Kai despreocupado, rebelde y un poco brusco, como el de Okinawa, pasaba por su mente como en una especie de película en aceleración. La imagen de su padre y de Riku, aun vivos, preparando la comida en el Omoro casi podía hacerla sentir que olía la cena, a pesar de que el único olor que había cerca era el del jabón. Después pareció quedarse dormida, y la misma imagen de su cara, como reflejada en un espejo invisible, se rompió y cayó en pedazos al suelo, pero ya sin reflejo, ni sombras o luces, como si jamás hubiese sido un espejo que reflejara su rostro.
Saya se había quedado dormida, y poco a poco su cabeza fue resbalando por la superficie lisa de la bañera hasta que quedó completamente sumergida en el suelo de la misma. La presión que ejercía el agua sobre su cuerpo de pronto pareció transformarse en una melodía errónea que poco a poco iba ejerciendo un peso alrededor de su cuerpo hasta poder sentirse como si se tratasen de toneladas. Y como la primera vez, después de muchos años, que escuchó a Bach saliendo de la caja de resonancia del chelo manipulado por Hagi, la melodía la llevó hasta el descuidado pasillo de piedra que conducía a la antigua prisión de Diva, y en ella vio caminar a George, su padre, a Riku y a Kai. No era la primera vez que tenía un sueño así.
Saya iba detrás de ellos, pero no era la misma, no del todo, porque su rostro estaba desfigurado y marcado por una serie de líneas resquebrajadas que poco a poco le iban destruyendo la cara. Cuando vio que el trío se acercaba a la puerta al final del pasillo, Saya corrió hacia ellos. Pudo sentir el sudor mojando su frente, la fuerza que los músculos de sus piernas hacían por correr, pero no se movía un sólo centímetro. Les gritó que no entraran ahí, pero su voz era inexistente y de su boca no salía sonido alguno. Al abrir la boca las fisuras se ensancharon y su trayecto avanzó hasta resquebrajar las comisuras de sus labios. La música seguía sonando, aumentando en un despiadado crescendo que se metía por sus oídos como si tuviese la intención de que le estallara la cabeza.
Después, como si el tiempo se hubiese acelerado y su cuerpo hubiese recuperado el tiempo perdido mientras intentaba moverse, se encontró así misma dentro del calabozo de Diva. La confusión inicial pasó a un leve sentimiento de sorpresa y miedo cuando escuchó un crujido detrás de ella. Saya volteó, y vio el cuerpo de Riku cristalizándose mientras se caía a pedazos. Su expresión era terrible, como quien sufre una muerte horrenda y lo ultimo que ve de la vida es el implacable destino que le depara. Saya intentó acercarse a él mientras las lágrimas se acumulaban rápidamente en sus ojos, reviviendo instantáneamente aquel vil acontecimiento, pero un grito de terror la distrajo, y cuando volteó hacia el origen del aullido vio a Kai caer por la ventana del calabozo. Saya corrió hacia él para auxiliarlo, en vano, porque cuando estuvo a unos cuantos pasos de distancia, una sustancia viscosa, derramada en el suelo, provocó que resbalara, y cayó sobre un montón de cuerpos mutilados.
Sus brazos se enterraron de lleno entre los miembros humanos amputados, aun sangrando y calientes, mientras una nube de moscas salía volando. Algunos parecían estar más frescos y otros, a juzgar por la consistencia, estaban pudriéndose. Saya, al verse atrapada entre semejante asquerosidad, con la nariz saturada por aquel grotesco hedor de muerte, terminó por derramar las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos y gritó de puro asco y miedo, esta vez con voz, pero su alarido sólo provoco que las caras de los muertos abrieran sus ojos, y casi un centenar de ojos la miraron directamente. Saya no conocía sus nombres, pero en un destello reconoció los rostros. La mayoría eran asiáticos, gente castigada por la intemperie, el hambre, la pobreza y la guerra. En lo alto de la montaña de cadáveres de ojos abiertos se encontraba el cuerpo casi seco del guardia que recién había matado, y las manos que estaban más cerca de ella comenzaron a jalar su cuerpo y su ropa contra la montaña de cadáveres, como si quisieran tragársela.
La consistencia putrefacta y viscosa de la carne rozando su piel casi la hace vomitar, apenas podía respirar, pero Saya reprimió las arcadas de asco y luchó arduamente tratando de liberarse, y mientras las manos sanguinolentas y podridas de los vengativos humanos la halaban contra ellos, como si de pronto hubiese caído en la entrada del infierno, con aquellas almas en pena reclamando la suya, Saya, tomando fuerzas, logró liberarse. Los muertos gemían dolorosamente, como si los estuviesen torturando, reclamando a su verdugo, y Saya, aterrorizada, no pudo evitar quitarles la mirada de encima y con piernas temblorosas como gelatina dio un paso atrás, luego dos, y cuando llegó a tres, algo tirado en el suelo provocó que cayera nuevamente.
Asustada se irguió, pero lo que vio frente a ella fue el cuerpo de George, tieso como la madera y con el cuello desgarrado. Saya intentó gritar su nombre por pura inercia, pero entonces se dio cuenta de que tenía los labios sellados. Se llevó las manos a la boca y se encontró con la característica consistencia de la sangre a medio coagular, la cual parecía haber cosido sus labios con un hilo inexistente.
Las fisuras en su cara se agrandaron aun más y la sangre se metió entre los espacios y en su nariz, comenzando a ahogarla. Se tiró al suelo desesperada, retorciéndose y arañando con sus manos el aire, como tratando de que este se metiera en su cuerpo, pero le fue imposible.
Saya abrió los ojos de golpe, bajo el agua, pero lo que vio no fue la imagen del blanco techo distorsionado por las ondas del agua, sino la cara de Diva dentro del agua, muy cerca de su rostro, con una sonrisa cruel, como si se burlara de ella, pero no fue eso lo que más la asustó, sino darse cuenta una vez más del parecido que tenía con su hermana, y del horror que era ver prácticamente su cara con aquel perverso gesto.
Saya se retorció dentro del agua y aferrándose a las resbaladizas orillas de la bañera, por instinto sacó la cabeza y entre su sorpresa y perturbación por las recientes imágenes apenas pudo respirar.
Lo primero de lo que se percató es de que ya no había sonido. En realidad, todo estaba muy silencioso, sólo se escuchaba su entrecortada respiración tratando de recuperar el aliento desesperadamente. Se había quedado dormida dentro del agua, y por Dios, que hubiera sido más factible que muriera por el horror de esa pesadilla antes que morir ahogada.
Hagi había dejado de tocar. Cuando se dio cuenta de que estaba desafinando dejó el chelo a un lado. No podía tocar con tantas cosas en la cabeza. No sabía con qué cara iba a ver a Saya cuando esta saliera del baño. La culpa que sentía por los recientes acontecimientos lo carcomían, pero sus heridas internas parecían ser cauterizadas por un fuego provocado por los celos y la ira. Ambos dolían, pero la segunda parecía fungir como una especie de cruel curación que al mismo tiempo hacia un poco más de daño. La presión en su cabeza aumentaba y lo estaba obligando a hacer un rictus de dolor, como si en cualquier momento fuera a perder la cordura. ¿Era eso lo que sentía Saya cuando perdía el control? No, no tenía que preguntárselo porque él ya lo había vivido, hace muchos años, cuando su cuerpo actuó por si solo matando a los perseguidores de Saya, pero en aquel entonces, a pesar de la impulsividad y energía descargada en la lucha, había tenido un objetivo. Ahora tenía la sensación de que no tenía nada más que proteger.
De verdad sintió que una fuerza superior estaba jugando con él, porque la constante imagen de Saya grabada en su cabeza como el objeto a proteger y cuidar no desaparecía, aunque la imagen le causaba dolor, porque ya no sabía por cuánto tiempo más podría proteger a Saya, aunque fuera sólo para estar a su lado.
—Hagi— la voz de Saya llamándolo lo devolvió a la realidad tan súbitamente que se mareó. Levantó la cabeza como si hubiese escuchado una explosión y esperó ver a Saya en la puerta del baño, pero no era Saya. Era Diva.
Por un instante sus cejas se retorcieron al ver a la chica parada frente a él, pero parpadeó un par de veces, y cuando abrió los ojos, el iris azul y el cabello largo de Diva habían desaparecido, y ahora era Saya. Aunque ambos estaban por demás perturbados, sus gestos parecían estar ensayados para mostrar el mínimo de confusión, y se miraban como si fuese cualquier otro día.
—Saya… ¿Te sientes mejor?— le preguntó Hagi mientras se levantaba del sillón, pero la pregunta terminó por quebrar el escudo que su rostro había logrado mantener hasta ahora, tal y como si su cara se hubiese fisurado como en el sueño.
—Eso creo— murmuró la chica mientras se llevaba las manos a un mechón de cabello húmedo y jugueteaba con él con desinterés —Tuve una pesadilla— añadió, caminando hacia la cama. Hagi la siguió.
—No quiero hablar de eso— se adelantó ella cabizbaja, como si supiera de antemano que Hagi le preguntaría sobre qué había sido su sueño —A decir verdad, estoy aterrada— su Caballero no mostró gesto alguno, sólo se sentó junto a ella, pero el hecho de que no le contara sobre su pesadilla sólo lo sintió como una especie de distanciamiento. Antes le contaba todo.
—No sé qué hacemos aquí, Hagi— murmuró la chica.
—¿A qué te refieres?—
—A todo. A Diva, a este lugar, a todo lo que ha pasado. Tengo que salir de aquí— hizo una pausa, como tratando de tomar fuerzas para hablar —No me queda mucho tiempo, lo sé, y ahora creo que cometimos un gran error al venir con Diva. Nunca debí haber abandonado al Escudo Rojo. Abandoné a Kai y casi muere… No sabes cuánto me arrepiento— exclamó la joven llevándose las manos a la cabeza.
—¿Quieres regresar?— le preguntó Hagi, no sin cierto tono de temor en la voz, el cual Saya, en su confusión, no pudo notar.
—Sí, pero no sé cómo hacerlo. ¿Cómo voy a regresar? ¿Cómo voy a ver a la cara a David, a Lewis… o a Kai? Le robé su tiempo y su vida, tal y como lo hice contigo. Quiero irme, pero no sé cómo. Siento como si… una vez que atraviesas esa puerta, ya no hubiera retorno— Hagi escuchó en silencio, sabiendo de antemano que Saya se refería al momento en que liberó a Diva, o quizá se refería al día, no mucho tiempo atrás, en el que decidieron irse con ella y atravesaron las puertas de la mansión. Saya se recostó con pereza en la cama. Se notaba que estaba apunto de quedarse dormida, aunque se veía que luchaba por mantenerse despierta. Era obvio, su tiempo de hibernación se acercaba.
—¿Podemos irnos, Hagi?— le preguntó ella, con los ojos entrecerrados, sin mirarlo directamente. El Caballero se limitó a parpadear, y pudo haberle dicho, como siempre, que se hiciera lo que ella deseara, aceptando con ella cualquier decisión que tomara, pero no lo hizo. Ella no se percató de nada.
Hagi se quedó mirándola unos momentos, hasta que ella cerró por completos los ojos, y segundos después, a juzgar por su respiración acompasada, ya se había quedado dormida.
—No por ahora— murmuró Hagi, conciente de que ella no podría escucharlo; así era mejor. Saya no tenía ni debía enterarse de lo que él se traía entre manos.
Por un momento se sintió culpable, aun más culpable que la insistente sensación de traición que lo había perseguido desde la noche anterior. En parte a causa de lo que había pasado con Diva y con Kai, pero más que nada, porque sentía que una vez más estaba traicionando su juramento como Caballero.
Amshel tenía razón cuando le dijo, tiempo atrás, en Rusia y después de haberle dado una paliza, que seguramente debía estar muy desesperado por estar al lado del Saya, tanto como para traicionar su juramento como Caballero. La primera vez omitió cualquier detalle sobre el pasado de la misma, a pesar de que ella muchas veces lo encaró, exigiendo una respuesta con mirada altiva, como lo haría cualquier Reina, aunque Saya no se diera cuenta. Ahora Hagi no omitía ni escondía nada, sino que mentía y conspiraba con el que nunca dejó de ser el enemigo, pero ahora… ahora no tenía a nadie más con quien aliarse, más que en su cómplice, la misma Diva, la que nunca dejó de ser su enemiga, y si tenía que conspirar junto con ella para que Saya no se enterase de la verdad, de lo que había pasado con Kai, cosa que rompería por completo la relación entre ambos, iba a hacerlo, y lo volvería a hacer si fuera necesario, aunque no sabía cómo hacerlo sin comprometerse más de lo que ya estaba. De hecho, su intención, la primera desde el principio, era evitar la muerte de Diva a manos de Saya.
La muerte de Diva significaba también la muerte de Saya. Se dio cuenta, al pensar eso, que bien era capaz de volver a aliarse con Diva, si la situación se daba. ¿Todo para salvar la pobre relación que tenía con Saya? Sin duda el amor podía ser un sentimiento aun más destructivo que el mismo odio. El odio sólo era resentimiento y rencor, pero el amor hacia alguien abarcaba demasiadas cosas; envidias, celos, y sobretodo egoísmo; era un sentimiento demasiado ambiguo como para ser del todo sano o hermoso; de hecho, y él lo sabía bien, el enamorarse de alguien era casi como padecer una enfermiza obsesión hacia alguien. Al percatarse de lo que podía llegar a hacer (y bien que se había sorprendido de ver hasta que grado podían llegar sus acciones) se preguntó, un poco perturbado, si de verdad había sido tan egoísta todo este tiempo. ¿Era tan egoísta como para permitir que Diva siguiera viva y Saya inmersa en aquella guerra, sólo para poder seguir a su lado, luchar a su lado? Y en caso de que Saya lograra matarla, ¿era tan cobarde como para no intentar desobedécela, o romper aquella absurda promesa?
Estaba confundido. Más confundido que lo que había estado en toda su vida. A este punto Hagi ya no sabía exactamente lo que estaba haciendo, y tenía la sensación de que se estaba descuidando tremendamente y que no lograba imaginar la magnitud de lo que aquello podría causar, ya que sus acciones, a como las estaba llevando a cabo, afectarían directamente a Saya.
Lo más fácil, sin duda, sería decirle la verdad. Lo que había pasado con Kai (aunque sería buena idea omitir lo de Diva), aunque eso significara la ruptura de su relación y sin duda, ella lo odiaría, y eso era lo que menos quería. La otra opción, tal vez, era modificar un poco la verdad, o tal vez llevársela de ahí de una buena vez, aunque Kai seguía presente… y Solomon también.
Ya que nadie lo veía, Hagi se dio el lujo de gesticular una mueca de frustración, torcer cejas y boca y refunfuñar un poco. A cualquiera le parecería extraño ver a alguien de rostro tan pétreo como él hacer, por muy discretos que fueran, esa clase de gestos, pero Hagi tenía más de una razón para complicarse la existencia. Sentirse sin salida alguna no era cualquier cosa. No sólo estaba contra la espada y la pared, estaba contra la pared, y frente a él una espada, sobre su cabeza también y a los costados un par más. Por muy quiróptero que fuera, si quería escapar, tendría que ser atravesado por alguna de ellas, o esperar a que la tierra debajo de él se rompiera y se lo tragara, aunque seguramente terminaría cayendo al mismo infierno.
Bien, se lo merecía, de todas formas.
Tal vez, y sólo tal vez, se habría evitado muchos problemas si hubiera sido sincero con respecto a todo; no sobre el pasado de Saya, sobre Kai, Diva o incluso Solomon (habría sido buena idea enfrentarla con respecto a lo que vio en la fiesta, cualquiera lo habría hecho, pero Hagi no era cualquiera, y en parte no quería saber la verdad y enterarse de que Solomon hubiese reclamado antes a Saya, y además, cualquiera que fuera el caso, él no tenía ningún derecho de reclamarle nada, ni las agallas). Tal vez, lo mejor habría sido decirle la verdad desde un principio…
Y así lo hizo en ese preciso momento.
Hagi se acercó a Saya, creyéndola aun dormida, con una lentitud desesperante, y le susurró al oído lo más suavemente que pudo:
—Siempre te he amado— dijo con un tono tan bajo que resultaba casi inaudible. Saya no se movió. Hagi, aun sorprendido por lo que acaba de hacer, se alegró un poco de que ella no pudiera escucharlo, pero la tristeza y la frustración también lo invadió cuando se dio cuenta de que probablemente nunca sería capaz de llegar a decírselo con ella despierta. Tal vez lo haría, en un futuro seguramente remoto y en circunstancias muy especificas, tal vez hasta imposibles, pero siempre lo detenía la sensación de que no era su igual, y por lo tanto, que tampoco podía ser correspondido. ¿Para qué molestarse entonces y sufrir el posible rechazo?
Aparte de traidor, era cobarde, se reprochó el Caballero, y salió de la habitación. Tenía que salir de ahí e ir a cualquier lugar, estar solo, sin Saya, ni Diva, ni Solomon, ni Kai cerca, tampoco su carencia de opciones; eso era fácil, lo difícil sería mantenerlos lejos de su mente.
Saya abrió los ojos un poco cuando escuchó el sonido de la puerta cerrarse, aun recostada en la cama, y unas palabras más o menos entendibles le retumbaron en los oídos. La declaración a voz de su Caballero era sorprendente, inesperada, casi imposible, y por alguna extraña razón, absurdamente obvia.
—¿Fue Hagi?— susurró somnolienta, pero después hundió la cara en la almohada, cansada —No, seguramente fue un sueño—
Lo único que deseó entonces Saya fue que se repitiera, no sabía si porque, en caso de que aquel sueño pudiera ser real, ella pudiese comprobar a través de él si era capaz de corresponderlo, o si era sólo para sentirse más tranquila.
De todas maneras sólo había sido un sueño, probablemente tan inverosímil como lo eran, y se volvió a dormir.
No soñó nada. Había sido suficiente de pesadillas y sueños rosas.
Bueno, aquí estoy de nuevo. Tenía el capitulo listo desde hace semanas pero el titulo se me estaba resistiendo, además de que me esperé porque hoy es mi ultimo día de clases y entro a vacaciones de Semana Santa (sólo nos dieron una semana pedorra de vacaciones, pero peor es nada). La verdad no tengo mucho que aclarar. Espero que la ultima escena no haya quedado cursi; me haría bien que alguien me dijera, a opinión propia, qué es para ustedes romántico y cursi, digo, para no caer en lo ultimo, y porque últimamente esa pregunta me ronda mucho por la cabeza.
En fin, espero les haya gustado el capitulo. Muchísimas gracias a los que dejan review y se dan tiempo de leer, y un especial agradecimiento a Mari-nyaa, que la chica está leyendo este fic desde el principio y además dejándome reviews en casi todos los capítulos.
Me despido
Agatha Romaniev
