Hola niños y niñas. Lo primero, agradeceros de corazón todos vuestros comentarios y respuestas a mi encuesta. Cada una de vuestras críticas será tomada en cuenta y pasará a formar parte de mi experiencia como escritora. Os aseguro que pienso contestar a todas las dudas que me planteáis en vuestras respuestas, pero como son tantísimas, he preferido utilizar el poco tiempo libre del que dispongo para escribir el prometido epílogo. Pero responderé poco a poco..., ya sea por privado o editando la encuesta para los usuarios sin perfil.
En cuanto al epílogo en si, espero que no sea demasiado rosa ni fluffy. No soy del tipo que escribe esos finales y esto es tan solo mi versión del final abierto del Círculo. Si preferís el trágico, os recomiendo no leer éste. Si teníais una versión mejor que esta, con la que estabais contentos, tampoco lo leáis. Pero para los demás, un epílogo fue prometido y el prólogo necesitaba ser explicado así que allá va. Enjoy!
EPíLOGO
La mar estaba tan calma que pareciera que el pequeño bote de pescador se deslizara por raíles. Raíles invisibles y una fina estela por la parte trasera en una negra y brillante balsa de aceite iluminada por la luna.
En éste se delinean dos siluetas, ambas de larga cabellera, una de hombre y la otra de mujer. Aunque quien hubiera echado un vistazo a la escena hace tan solo unos minutos estaría estupefacto ya que hasta hace poco una de las dos se veía totalmente diferente. La segunda de ellas estaba efectivamente, estupefacta.
— ¡Naraku!
— Hace mucho que nadie me llamaba por ese nombre. Mi penitencia ya terminó, Kagome.
— ¿Tu penitencia?
— El tiempo en el que me impusieron ese nombre* así como el destierro en Izumo* tras el periodo de oscuridad…
— ¿Así que no ha sido un sueño? ¿De veras eres el Dios de las Tormentas?
— ¿Un sueño?
— Cuando desperté en mi cama esa maldita mañana en que regrese a esta época estaba segura de que había vivido durante tres años en el pasado… Ahora ya no estoy segura de nada. Ni de si soy dueña de mi propia cabeza. Mi madre y hermano creen que estoy loca, ya que no guardaban ningún recuerdo de mis viajes en al Sengoku, mis compañeros de clase actuaban como si nunca me hubiera ausentado; sólo mi abuelito creía en mis historias y hace poco lo perdí también… Ya realmente estaba perdiendo la fe en mi propio raciocinio.
Naraku se echaba a reír con amargura.
— Lo dejaron todo atado y bien atado…, ¿eh? Pero no se compadecieron y borraron tus recuerdos también... Sin duda mi hermana es puro rencor.
— No sé qué te hace tanta gracia… Entonces, ¿cómo debo dirigirme a usted, oh todopoderoso Kami?
Kagome iba recuperando poco a poco la compostura y su cara empezaba a mostrar signos del vivo genio que la caracterizaba. Un genio que no había sido sacado a la luz desde que volviera a su época. Naraku reaccionó a la salida dando a su risa un carácter más alegre.
— Naraku está bien, Kagome. Por ser tú, te dejo usar ese nombre. No significa lo mismo en labios de una amiga.
— ¿Amiga? Más de un año, Naraku… Llevo retorciéndome en este infierno personal más de un maldito año… ¿Qué clase de amigo permite eso? De veras que me tenéis más que harta, vosotros los Dioses, con vuestros sádicos jueguecitos.
El rostro de Naraku de repente se torna serio, muriendo la sonrisa al ser sustituida por una pose grave y melancólica.
— Ser un Dios no es garantía de omnipotencia, Kagome. Y más cuando no se cuenta con los favores del Consejo ni con la predilección del padre de uno. Yo tuve que volver a llevar cadenas durante un largo periodo de tiempo también, por tratar de interceder en favor de los yōkai. Por protestar por la decisión que tomaron con respecto a ti. Por tratar de ayudar a tu Lord...
— ¡Sesshōmaru! — Kagome se quedaba pálida como un cadáver — ¿Qué le ocurrió?
— Tuvo una penitencia muchísimo más larga y dura que la tuya, te lo aseguro.
— ¡No…! ¿Qué penitencia? ¿QUÉ LE PASO A SESSHŌMARU, NARAKU?
— ¿Por qué no lo descubres por ti misma? Abre esa caja.
Con las piernas temblorosas, Kagome se levantó y fue en dirección al arcón de madera del fondo del bote que le señalaba Naraku. Al abrir la tapa descubrió en su interior cientos de cartas pulcramente ordenadas por fecha, en montones atados por cintas. En cada una de ellas logro reconocer, a pesar de lo desvaído del papel y la tinta a causa del tiempo, la elegante letra del dueño de sus pensamientos. Miles de líneas y caracteres cargados de angustia, dolor, soledad, esperanzas truncadas y anhelo. La luna recorrió un largo trecho de su viaje nocturno mientras Kagome leía y leía con avidez, una misiva tras otra. Ríos de lágrimas se le resbalaban por las mejillas con todo el aspecto de no detenerse jamás. De vez en cuando algún desesperado sollozo rompía la calma de la noche, acompañado por los incontrolables espasmos del cuerpo de la joven. Naraku la observaba con lástima pero en ningún momento perturbó su dolor con preguntas o palabras de consuelo. Cualquier comentario a los horrores que sabía que contenía el arcón habría sonado vacío y sin sentido.
Al acabar de leer la última hoja de papel, Kagome la dejó caer y abrazándose las rodillas hundió la cabeza entre las piernas, haciéndose bolita. Sus desgarradores sollozos acabaron por minar el aplomo de Naraku, que se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro tratando de calmarla. Sin levantar la cabeza, Kagome preguntó con la voz rota.
— La última carta quedó a medias… ¿Qué pasó?
— Inuyasha le pidió a su hermano que le sacara de su miseria y Sesshōmaru le concedió la petición. Con ello Inuyasha logró romper el sello y reunirse con su compañera.
— ¿Rompió el sello?
— Inuyasha recordaba muy bien todo lo que le contaste sobre el procedimiento y quiso completar tu tarea. Aunque la verdad, no hizo mucha diferencia…
— ¿A qué te refieres?
— Tanto el Lord del Oeste como su bestia estaban llenos de ira y el hecho de ser el único superviviente de su especie hizo que no tuviera nada a que aferrarse para contenerla.
— ¿Y tú? ¿No pudiste siquiera contarle lo que ocurrió? ¿Te quedaste mirando, sin más?
— ¿De veras quieres saber más sobre los "jueguecitos de los Dioses", Kagome? No es propio de mi naturaleza el quejarme. Me encerraron y ya está.
Kagome levantó por primera vez la cabeza desde lo de las cartas y clavó la mirada en Naraku.
— Quiero saberlo todo, Naraku. Me lo debes.
Con un suspiro Naraku trató de resumirlo al máximo.
— Yo traté de interceder, primero por ti, y más tarde tratando de detener la guerra, con el consejo reportándome directamente a Padre como resultado. Éste se negó en redondo a saltarse la normativa contigo e hizo oídos sordos a mis súplicas. Mi hermana, que siempre fue su debilidad, metió más cizaña, asegurando que el tiempo que había pasado en el Nakatsukuni ejerciendo como yōkai me había contaminado para tomar partido por el bando de nuestro hermano. Por supuesto hizo desaparecer todo rastro de Onigumo antes y me acusó de mentiroso delante de Izanagi. El mierda de Tsukuyomi se calló como las putas, desatendiéndose de la suerte de sus criaturas, a las que hace tiempo que había dado por perdidas. Se me explicó que la necesaria desaparición de los yōkai era una decisión tomada de antemano, desde mucho antes del trágico final de la partida de shōgi, debido a que su poder y potencial, junto con su falta de apasionamiento por la adoración de ningún Dios que no fuera el suyo propio, eran considerados un peligro y una actitud de rebeldía frente al Takamagahara. Ese día decidí abandonar ese lugar de mierda y avisar a tu Lord. Fui atrapado y confinado a no poder volver al mundo de los mortales para no interferir en los planes de exterminio de los yōkai. No fue hasta que tu Sesshōmaru perdió la compostura y comenzó a exterminar a todo bicho viviente que, durante la bajada de mi hermana al Nakatsukuni para matarle, fui capaz de escabullirme aprovechando la confusión y abandonar para siempre los Campos Celestiales.
Kagome en algún momento había salido de su ensimismamiento y con los ojos echando chispas de furia ante la injusticia que Naraku le relataba, le miraba apretando con rabia los puños. Pero al oír la trágica conclusión una nueva nube de desesperación se instaló apagando esa furiosa chispa.
— Amaterasu acabó con él…
Entonces Naraku sorprendentemente, esbozó una sonrisa. Agarrando a Kagome por la barbilla, la obligó a mirarle y sin dejar de sonreír y guiñándole exageradamente un ojo afirmó:
— Si, Kagome. Amaterasu acabó ese día con el último yōkai. Bajo la cuarta luna nueva de 1625, durante una terrible tormenta, el Lord del Oeste desaparecía entre las furiosas olas que golpeaban los arrecifes del cabo de Shima.
Kagome se quedó mirándole en silencio, tratando de comprender las señales en total contradicción con las palabras que percibía. Sesshōmaru había desaparecido cayendo al mar desde el mismo lugar que ella había elegido para tirarse unas horas antes. No podía ser una coincidencia.
— Naraku, ¿a donde me llevas?
La sonrisa se hizo más amplia si cabe.
— A un lugar donde no llegan las miradas de los Dioses. ¿Te suena?
Kagome se giró en la dirección que señalaba el dedo de Naraku para descubrir a menos de una legua las siluetas de las Meoto-Iwa, las sagradas rocas pareja que habían sido testigos de su despedida hace tantos siglos, después de los meses de convivencia en el Monte Hakurei.
El silencio expectante se apoderó del bote. Naraku no podía dar explicaciones todavía, no hasta que estuvieran seguros de no ser escuchados y Kagome instintivamente se percataba de ello. Pero sus latidos golpeaban su pecho cada vez más rápido mientras se acercaban, desembarcaban y escalaban la mayor de ellas de camino al Torī que la coronaba. Tras atravesar su umbral, a sus pies como por arte de magia se movió una losa, descubriendo el acceso a una oscura, estrecha y empinada escalera.
Naraku se sacó del bolsillo una linterna y presidió el descenso, con Kagome apoyándose de vez en cuando en sus hombros para no perder el equilibrio. Una vez que el pasadizo se hubo cerrado a sus espaldas, se atrevió a preguntar.
— ¿Qué lugar es este? ¿De veras que no pueden vernos aquí?
— Efectivamente. Es un lugar que oficialmente pertenece a los dominios de Izanami y Padre no quiere saber nada de su esposa desde antes de nuestro nacimiento. Paradójicamente, al enviar a tantos yōkai al Yomi no era consciente de que los ubicaba en un lugar donde ningún Dios pudiera controlarlos.
— ¿Vamos al Yomi?
— No del todo. Ésta es una de las entradas que Padre selló tras su viaje por el Inframundo, pero no iremos tan lejos. De hecho ya hemos llegado.
La tortuosa escalera, tras descender lo que habían parecido kilómetros en el subsuelo, desembocaba en una pequeña caverna que estaba tenuemente iluminada en tonos azules. Kagome miró curiosa por el origen de la inexplicable luz y se quedó helada en el sitio…
Y es que apoyado en la pared del fondo, generando la azulada luz que hacía ya innecesaria la linterna, había un gigantesco bloque de hielo cristalino. Y en su interior, ajeno al transcurso del tiempo estaba él.
Kagome sintió su pecho estallar y sus ojos inundarse de nuevo. Con paso vacilante caminó hacía esa figura con la que soñaba cada noche y en la que pensaba cada minuto del día. Tanto o más bello todavía de lo que lo recordaba, el hermoso rostro de su Amo y Señor parecía que estuviera dormido. El doloroso hueco de su pecho que la acompañaba desde más de un año se llenaba de una especie de cálido elixir. Ese ser que había sido fuente de toda dicha y cuya ausencia le provocaba la miseria más terrible, por fin estaba al alcance de su mano.
Kagome rozó con sus dedos la fría superficie y se obligó a girar el rostro hacia Naraku que se había situado a silenciosamente a su lado.
— ¿Hielo?
— Algo así. Ligeramente modificado por mis poderes para no derretirse ni perjudicar.
— ¿Por qué?
— Me pareció adecuado. Tu compañero ya había sufrido más que suficiente. Merecía que el transcurso del tiempo no le fuese tan tortuoso durante los más de tres siglos que todavía tendría que esperar en soledad. Además ese hielo enmascara y sella ese terrible yōki que posee. De nada hubiera servido esconderle aquí si su presencia es tan fácilmente detectable desde kilómetros a la redonda.
— ¿Cómo le despertamos?
— Bueno, en realidad solo tú puedes. Debes derretir el hielo con tus lágrimas.
Kagome le miró horrorizada.
— ¿Con mis lágrimas? Estás de coña… ¡Puedo tardar siglos y más con la temperatura bajo cero que hace aquí!
— No es hielo ordinario, Kagome. Lo creé usando la Yasakani no Magatama que saqué de la Yamata no Orochi*. Sólo lágrimas sinceras por parte de alguien que lo ame pueden derretir ese hielo. Así me aseguraba que aunque Amaterasu llegase a descubrir el escondite en algún momento, no pudiese realmente tocarle ni un pelo. Tardarás, pero no creo que te lleve más de unas horas... Me voy, afuera ya está amaneciendo y tengo que pasarme por el puerto e irme a pescar.
— ¿A pescar?
Naraku se encogió de hombros.
— Decidí vivir como humano y como humano tengo que trabajar. Además me gusta la pesca. Volveré cuando anochezca. Seguramente le hayas ya despertado para entonces. Avísale que inmediatamente enmascare su yōki y ni se os pase por la cabeza salir de aquí.
Kagome sintió un escalofrío ante esa advertencia.
— ¿No podemos abandonar este sitio?
— Kagome, los yōkai desaparecieron hace cientos de años. Este mundo no lo aceptará… Por no hablar de que en cuanto asome por el pasadizo, Amaterasu le verá y vendrá a acabar con él. Y eso me lleva a la segunda parte de la tragedia: Kagome, debéis hablar y tomar una decisión.
— ¿Es que hay más opciones? — Kagome se trataba de mentalizar sobre cómo organizaría su vida a partir de ahora si debía trasladarse a un lugar como este, cuando de repente su mente se encendió.
— ¿Acaso tú podrías...?
Naraku asintió.
— Sigo siendo un Dios, Kagome. Sería un juego de niños para mi. Pero, que sepas que es irreversible.
Con esta afirmación, Naraku se daba la vuelta y desaparecía por la escalera, dejando a Kagome sepultada bajo una avalancha de dudas y reflexiones. ¿Podría Sesshōmaru vivir encerrado? ¿Aceptaría convertirse en aquello que más desprecia? Porque Kagome sabía que a ella la respetaba, pero lo que es el resto de la humanidad… Ninguna de las dos opciones le parecía muy plausible conociendo el carácter de su amado yōkai, pero no era el momento de hacer cábalas.
Kagome tenía otros problemas en los que pensar.
Y es que lo de las lágrimas no iba a ser tan fácil. Menuda ironía más perra: desde hacía más de un año que no pasaba un día en el que no sufriera una crisis depresiva y se tirase llorando horas y horas. Incluso hace pocos minutos había estado llorando como una fuente a causa de las cartas que le había dejado Sesshōmaru. Pero ahora que lo necesitaba, se sentía de todo menos triste. Tenía ganas de saltar, bailar, brincar de alegría... Naraku se llevó el baúl de cartas junto con el bote, y aunque había logrado unas pocas lágrimas de alegría al observar ese bello rostro y soñar con el momento del reencuentro, éstas eran harto insuficientes para derretir las cerca de 2 toneladas de hielo que protegían a Sesshōmaru. Ya comenzando a agobiarse, apoyó las palmas de las manos de nuevo sobre la helada superficie y sonriendo volvió a comerse con los ojos a la figura tanto tiempo añorada y que coincidía casi con exactitud con el Sesshōmaru que la besó por última vez dentro de la araña gigante. Fue cuando se percató de que de su muñeca izquierda colgaba una especie de pulsera que no le había visto antes. Cambió de ángulo y miró con mayor atención, hasta que finalmente se acordó de a qué le recordaban las cuentas negras y los colmillos blancos que componían el adorno. No era una pulsera. Era el mismo collar de dominación que ella había puesto alrededor del cuello de Inuyasha durante la primera semana de su estancia en el Sengoku y que el hanyō jamás se quitó.
El verlo enrollado sobre la muñeca de Sesshōmaru le hizo recordar que había perdido mucho más que a su compañero, el fatídico día que la enviaron de vuelta a su época. Y aunque pudiera abrazar a su amor una vez más, nunca podría hacer lo mismo con Inu. Después, el collar enrollado alrededor de la mano de Sesshōmaru le hizo recordar a alguien más. Alguien cuya muerte cargaba en su conciencia y por el que no había derramado las suficientes lágrimas en su día.
Los amargos y a la vez dulces recuerdos la sacudieron como una cascada de agua helada. Miroku y Sango, Inu y Kikyō, Shippo, Kohaku, Kaede Sama, las niñas no natas, Kirara… Los rostros de todos sus queridos amigos, perdidos para siempre, danzaron delante de sus ojos. Todos los recuerdos, desde el primer encuentro hasta las amargas despedidas…, todos los remordimientos y los costes de sus errores, fueron revisados por sus galopantes pensamientos. Fue cuando comprendió lo egoístas que hasta ahora habían sido sus lágrimas, todas motivadas por sus anhelos de estar con Sesshōmaru y por las estúpidas auto lamentaciones sobre su mala suerte.
Cuando quiso darse cuenta estaba llorando de nuevo como una cría, gritando y dando golpes en el hielo, aplastada por una inmensa culpabilidad y sensación de pérdida. Levantó de nuevo la mirada y la posó en su ser más querido, ese que había sufrido lo indecible durante más de 130 años y que aún así había encontrado la fuerza en su interior para escribirle una carta cada día. ¡Y ella se atrevió a llamar su existencia infierno! ¡Sin tener ni puta idea de lo que fue realmente el infierno que vivieron sus seres más queridos! En su desesperación comenzó a hablar sola, a pedirles perdón por no haber sabido estar a la altura y les dedicó un rezo y litros y litros de lágrimas a cada uno. Uno por uno, le pareció que la visitaban en espíritu y le ofrecían su cariño y perdón. Perdió la noción del tiempo y tocó el fondo más absoluto tras repasar toda la lista, Se quedó sollozando en el suelo, encogida, con las rodillas abrazadas... En lo más profundo del abismo sintió como dos fuertes brazos la abrazaron firmemente desde atrás.
Esos brazos la trajeron de vuelta a la realidad, percatándose de que estaba totalmente empapada y sentada en un charco de agua. Levantó la cabeza para encontrarse con los ardientes ojos de gato que eran su luz al final del túnel.
...
Naraku llegó, tal como prometió, al anochecer y los encontró desnudos y enlazados en un prieto abrazo, ambos profundamente dormidos. Sonriendo, les echó por encima la manta que había traído consigo y fue a la barca a por el resto de su equipaje.
Después regresó, encendió un pequeño fuego y se dispuso a asar las recién pescadas lubinas que trajo en un cubo. A poco rato la parejita despertaba estimulados seguramente por el olor a comida. El primero fue Sesshōmaru…, y es que más de tres siglos y medio sin comer no debe ser moco de pavo.
— Buenas noches Mi Lord. Bienvenido al siglo XXI. ¿Qué tal su despertar?
Sesshōmaru se incorpora un poco y tratando de moverla lo mínimo posible, acomoda a Kagome en su regazo y la arropa.
— Buenas noches a usted también, Susano-O no Mikoto. Tan estimulante como se esperaba… Gracias por su interés. — Contestaba con una educada inclinación de cabeza
— ¿Tiene hambre?
— Si le soy sincero, bastante…
Naraku le tiende un pez entero sujetándolo por el palo que lo atraviesa.
— ¿Hace mucho que Kagome le sacó del hielo?
— No realmente… Lo justo para "saludarnos" apropiadamente. Y como la ropa estaba mojada ya decidimos quedarnos así hasta que se secara. Gracias por la manta, por cierto.
— ¿Entonces no le ha dicho nada todavía sobre su... situación?
— No. Pero algo me dice que es la misma que antes de que me congelara.
— Me temo que sí.
— ¿Soy el último? ¿No ha aparecido nadie más todos estos años?
— De eso puede estar seguro, Mi Lord. Y no debe regresar a la superficie si desea seguir siéndolo.
— Hm… Pero yo ya no soy el mismo. No volveré a perder el control.
— No se engañe Mi Lord, mi hermana no deseaba acabar con usted por ser peligroso o porque se lo pidieran sus fieles. Quería su muerte por ser usted un yōkai, y porque detesta a su pareja. Habría acabado con usted mucho antes de haber podido. El problema de los Dioses es que para matar a un ser vivo debemos pasar por el trámite de las plegarias y es complicado que mucha gente a la vez pida la misma muerte.
— ¿Y qué problema tiene con Kagome?
— Ya se lo expliqué. Con Amaterasu todo se resume a simples batallas de ego y diferentes prejuicios.
— Pues que no se le ocurra acercarse a ella o no respondo.
— Nada que respondiese tendría algún efecto tampoco.
Sesshōmaru se preguntó si Susano-O le estaba vacilando o simplemente acababa de hacer un juego de palabras. Seguía sin entender muy bien la ironía, salvo que proviniese de él, claro...
— Entonces, ¿qué opciones tengo?
— Transformarte o quedarte aquí, cuidando de enmascarar el yōki.
Sesshōmaru sonrió con amargura.
— Yo ahí veo solo una alternativa. Proceda a ello.
En ese momento Kagome abrió los ojos como platos. Al parecer llevaba un rato ya haciéndose la dormida.
— ¿Seguro? Le advierto que una vez hecho, ya no hay vuelta atrás.
— Este Sesshōmaru está seguro. Hágalo.
En ese momento Kagome se levantó de sopetón, incluso olvidándose de que tenía los pechos al aire.
— ¡Espera, Sesshōmaru...!
— Pensaba que dormías, Kagome…, — contestó el aludido mientras subía la manta para cubrir la desnudez de Kagome. "Ni Dios, ni Demonio"…, pensaba, esos eran "sus" pechos y nadie que los viera iba a ver la luz del sol de nuevo.
— Kagome, buenas noticias… — añadió alegre Naraku desviando la vista — parece que Sesshōmaru Dono está de acuerdo en convertirse en humano.
Kagome pasó olímpicamente del comentario y clavo la mirada en su compañero.
— Pensaba que los despreciabas…
— Y lo hago… Sobre todo a los asesinos de la Iglesia, a los violadores de niños, a los traidores de su manada o a los que roban o abusan del que no tiene nada pero temen y veneran al que es rico y poderoso… Pero me pasaba igual con los yōkai cuando existían. Supongo que escoria hay en todas las razas. Lo de generalizar era consecuencia de los Tratamientos y del ambiente a mi alrededor. Lo cierto es que siempre que aparece algún humano honorable o valiente le doy mucho más mérito que al yōkai, ya que suelen ser obligados a ser rastreros para sobrevivir o son débiles por naturaleza.
Kagome se quedaba estupefacta por el discurso. ¿Así que así era el "verdadero" Sesshōmaru? Se acordó de la época en la que se preguntaba si ese calculador y frío Líder del Oeste iba siquiera a fijarse en ella, en caso de poder conocerle. En general, no había mucha diferencia… Kagome le abrazó aclamando:
— ¡Nunca dejaré de agradecer a Inu el sacrificio por eliminar ese maldito sello!
Sesshōmaru sonrió con tristeza.
— Yo tampoco… Pero Kagome, esto nada tiene que ver con el sello. He vivido más de 130 años de desgracias, guerra y miseria desde la última vez que nos vimos. Algo he tenido que aprender por el camino…
Kagome lo miró de nuevo extrañada.
— Aún así, no me puedo creer que renuncies a ser yōkai y te rebajes al nivel del común de los mortales…
Sesshōmaru parece estar cabreándose por momentos. No sabe qué pensar de la extraña oposición de Kagome a algo que daba por hecho que le haría ilusión, como se lo hizo a su antepasada Kikyō. ¿O acaso eso era un comentario sarcástico? Su Kagome no le estaba tomando en serio…
— Perdónenos, Susano-O no Mikoto. Parece que a mi compañera no le hace gracia la idea de mi transformación. Debe ser que los simples humanos no la ponen…
Naraku se levanta con una sonrisa.
— Creo que saldré a mirar la luna un rato. Así podrán vestirse. Sus ropas ya se secaron.
Nada más salir Naraku, Sesshōmaru levanto la barbilla de una más que colorada Kagome que hasta entonces clavaba la mirada insistentemente hacia el suelo. Tras observarla le susurró en la oreja.
— ¿Me vas a decir lo que te pasa o tendré que obligarte a confesar?
Tras una pausa Kagome finalmente contestaba.
— Yako…
— ¿Yako, qué?
— Desaparecerá...
El Lord la miró con extrañeza y al comprobar que hablaba en serio, fue poco a poco invadido por una ineludible necesidad de reír. La risa floja poco a poco se fue convirtiendo en carcajadas. Kagome se puso todavía más colorada pero esta vez del cabreo.
— No sé qué tiene tanta gracia…
"Vamos muñeca, ya te lo dije en su día… No cometas el error de pensar que somos seres distintos…"
Kagome buscó el rostro de Sesshōmaru para descubrir la mueca llena de dientes de Yako en su lugar.
"¿Qué es exactamente lo que te gusta tanto de mi? ¿Mi cuerpo peludo o éste aspecto de ahora?"
¿Cómo explicar a Sesshōmaru lo que le debía a Yako? Hubo una época en la que la bestia había sido su único confidente. Con la mirada roja y zafiro le resultaba más fácil hablar.
— Desaparecerás, Yako… Ya nunca volveremos a vernos. Echaré de menos tu sinceridad y tu sencillez. Es tu carácter lo que me gusta.
"Si es por eso no tienes ningún problema. Yo tan sólo soy un rasgo más de Sesshōmaru. Uno que, debido a sus responsabilidades como Lord del Oeste, se veía obligado a ocultar. Con la transformación simplemente me fundiré en él y ya no será necesaria la dualidad."
Kagome se abrazó a la bestia, llenando su pecho de lágrimas. Cuando se apartó fueron de nuevo los ojos de gato dorados los que la estaban mirando.
— ¿Ya te despediste de Yako, muñeca? — Sesshōmaru estaba sonriendo.
Al oírle llamarla así, Kagome se calmó un poquito y asintió.
— Vistámonos entonces. Susano-O estará a punto de volver y no me apetece que te mire el trasero.
Al cabo de poco vieron a Naraku descender por las escaleras.
— ¿Ya tomasteis vuestra decisión?
— ¿Seguro que de esta manera Amaterasu no podrá encontrarle?
— Le encontrará, pero estará impotente. No le valdrá la petición que le hicieron de acabar con el último yōkai, ya que Sesshōmaru no será ningún yōkai en absoluto. Como humano tendrá que protegerle e incluso escuchar sus plegarias. Procedo pues... Apártate Kagome, será sólo un momento.
Tras el consentimiento Naraku comenzó a acumular energía en las palmas de las manos hasta formar dos enormes bolas de luz que procedió a lanzar sobre Sesshōmaru. El cuerpo del que fuera Lord del Oeste se iluminó lentamente comenzando por los pies, subiendo por las piernas, torso y brazos y acabando en la cabeza. Por donde la luz pasaba iba borrando las marcas yōkai y dejando la blanca piel impoluta. Desaparecieron las rayas triangulares de las mejillas y la luna de la frente, y el pelo anteriormente plateado pasaba a ser negro como la tinta. Cuando todo hubo terminado y Sesshōmaru abría los ojos, Kagome le miró y preocupada se giró hacia Naraku.
— Sigue teniendo ojos de gato...
Era cierto, la mirada dorada había cambiado muy poco. Las negras pupilas eran algo más anchas pero seguían teniendo un aspecto ligeramente vertical.
Naraku le miró detenidamente, rascándose la barbilla.
— Me temo que nada más puedo hacer en ese sentido. Pero es humano en todos los aspectos, te lo aseguro.
— ¿Qué aspecto tengo Kagome? ¿He cambiado mucho?
Kagome miró a su amor de los pies a la cabeza, buscando en su interior alguna diferencia en los sentimientos que despertaba el hombre que la miraba preocupado. No encontró ninguna.
— Para nada. Sigues siendo perfecto.
...
Unas horas más tarde el cielo ya se teñía de rosa y una pequeña barca llegaba a las orillas de Shima. De ella descendieron una joven pareja y un marinero algo regordete y con una frondosa barba.
— Gracias por todo. ¿Volveremos a vernos? — Preguntaba la joven.
— Cuando queráis. Suelo estar por la taberna del "Marinero Borracho". Preguntad por Shōtaro…
Tras la despedida, la joven pareja se dirigió al paseo marítimo. Momentos más tarde, la salida del sol iluminó a una bella muchacha que se abrazaba a un aún más hermoso joven vestido con ropa tradicional, que esperaban pacientes la llegada del autobús en el banco de la parada.
— ¿A dónde vamos, Kagome? — Preguntaba él tras posar cariñosamente sus labios en la cabeza de la chica.
— A casa..., — respondía ella con la felicidad más absoluta pintada en el rostro.
Esto no acaba todavía. Hay una propina que podéis leer si pincháis en "siguiente"
*Naraku: El nombre de Naraku es una variación de Narakas: uno de los ocho infiernos budistas. Como la estancia en él no era una condición definitiva, sería más fácil compararlo con el Purgatorio cristiano. El el Narakas las almas hacían penitencia hasta expiar sus pecados.
*Leyenda de Susano-O y el dragón de ocho cabezas
Susano-O resultó ser un dios de un carácter impetuoso y que siempre estaba causando problemas, celoso porque su padre había elegido a su hermana Amaterasu para gobernar al mundo al final resultó expulsado del reino celestial.
En su camino por la Tierra de las Llanuras de los Juncos (Nakatsukuni) llegó al país de Izumo y cerca del nacimiento del río Hi se encontró con una pareja de ancianos muy afligidos. Al preguntarles cuál era la causa de su desgracia estos le respondieron que Yamata-no-Orochi, un dragón de ocho cabezas, estaba devorando a sus ocho hijas y que pronto regresaría a por la última de ellas, Kushinada Hime. Entonces Susano-O les ofreció acabar con la malvada bestia si en compensación le entregaban la mano de su hija a lo que los padres accedieron con gran esperanza.
Sin más espera Susano-O preparó una trampa para la serpiente de ocho cabezas y ocho colas, hizo preparar ocho barriles de sake que colocó en ocho cercados diferentes y se sentaron a esperar la llegada del monstruo.
Cuando Yamata no Orochi llegó, Susano-O convirtió a la joven doncella en una peineta para ocultarla y se la puso en el pelo. La serpiente empezó a beber el sake de los ocho barriles hasta que cayó dormida y completamente ebria, Susano-O aprovechó su oportunidad y con su espada decapitó cabeza por cabeza y todas las colas del animal hasta que al cortar una de ellas encontró la famosa espada Kusanagi consiguiendo así la mano de su amada esposa. En algunas versiones de la leyenda se cuenta que en otra de las colas encontró la Yasakani no Matagama
Las Magatama (勾玉 o 曲玉) son abalorios que surgieron en Japón durante la Era Joumon. Tienen forma de lágrima con un agujero (como si fueran la mitad del símbolo de yin-yang). Estos objetos se pueden encontrar generalmente enterrados en túmulos mortuorios como ofrendas a las deidades.
Un destacado magatama es el Yasakani no Magatama, uno de los tres tesoros imperiales de Japón. Espadas, espejos y matagama eran objetos comunes que poseían como símbolo de su posición los gobernantes regionales desde el periodo Yayoi, y fue más extendido su uso en el periodo Kofun, como lo demuestra su presencia en los túmulos funerarios de dicha época. Originalmente había dos insignias imperiales, el espejo Yata no Kagami y la espada Kusanagi no Tsurugi, pero el magatama fue agregado como el tercero desde el periodo Heian.
