La luz de Edoras

Capítulo 50: Eryn Lasgalen. Parte III: Confianza


..::::..

Remdess recorría el corredor hacia el ala de huéspedes con una taza de té llevada en perfecto equilibrio sobre un plato. Se detuvo justo en frente de la puerta de las estancias de Érewyn y una voz a sus espaldas casi provocó que arrojara el té al piso.

—Buenos días, mi señora. Preciosa mañana la de hoy.

Remdess volteó de golpe. Había reconocido al instante la voz varonil y dulce de Rissien que se acercaba lentamente a ella enfrascado en la labor de abrocharse un botón del puño de su casaca.

—Por favor, os ruego que no hagáis eso —dijo ella.

—¿Perdón? —repuso él, pestañeando, sin comprender.

—Asustarme —aclaró Remm.

Rissien alzó las cejas y la miró, confundido. ¿Asustarla? Sólo le había deseado buenos días educadamente... Las doncellas del Reino de los Bosques eran especialmente susceptibles a los ruidos.

—Mil perdones —se disculpó, inclinándose ante ella. Remm rodó los ojos y regresó su atención a la puerta, dispuesta a llamar—. Lleváis las manos ocupadas. Permitid, yo lo haré.

Rissien se adelantó y alargó el brazo por encima de su hombro para golpear tres veces en la superficie de madera regia. Remm notó brevemente el roce de los cabellos del elfo sobre su propio rostro cuando éste se separó de nuevo, y bajó el mentón tratando de ocultar su sonrojo.

Aquel elfo, además de peculiar, no entendía nada acerca de guardar las distancias por decoro, continuamente invadía su espacio vital como si no sucediera nada. No habría imaginado nunca que las costumbres de los elfos de Lórien fueran tan distintas a las suyas.

—¡Adelante! —se oyó la voz de Érewyn.

Remm accionó el picaporte y empujó la puerta. En el interior de la estancia, Érewyn estaba ya vestida con una sencilla camisa blanca y larga, ajustada a su cuerpo mediante un cinturón negro y con la manga derecha enrollada por encima del grueso vendaje que inmovilizaba su mano. Llevaba bajo la prenda unos pantalones ceñidos y sus botas de montar. Las había limpiado lo mejor que había podido de polvo y barro.

—¿La ropa es de vuestro agrado, arwen en amin? Conociendo vuestros gustos pensé que estaríais más cómoda ataviada de esta guisa... ¡Oh! Lo siento.

La forma tan sincera de Remm de definir su vestimenta provocó la sonrisa de Érewyn.

—"De esta guisa" me siento perfectamente, gracias, Remm —dijo. Introdujo el resto de su rebanada de pan mal untada de confitura en su boca y masticó con deleite, mientras emitía un sonido de placer parecido a un gruñido y cerraba los ojos—. Mmnnhhh...

—Muy femenina... —apuntó Rissien. Y tomó asiento justo delante de Érewyn, quien se limitó a ignorarle.

Remdess dejó el té delante de la princesa y retrocedió un par de pasos.

Érewyn tragó el bocado y se puso a hurgar con una cuchara en el contenido restante del recipiente de confitura de frutas de bosque, pero con una sola mano operativa era difícil lograr el objetivo.

—Sujeta esto —pidió, concentrada. Rissien obedeció y aguantó el pequeño tarro mientras ella recogía con su cuchara hasta la última gota de dulce y se la llevaba a la boca.

La elfa alzó una ceja y sacudió la cabeza de lado a lado, y el gesto no pasó desapercibido para Érewyn.

—¿Qué? —dijo en tono retador—. Si se te ocurre algo mejor que hacer con los restos de mermelada, dímelo, por favor.

Remdess se retuvo de responder, algo que normalmente no habría hecho. Pero la dama de compañía estaba dispuesta a consentir el genio de su joven señora. Aunque no podía llamársele genio en sí.

Era tristeza, aflicción, disgusto.

La princesa se alzó de la silla y limpió los restos de comida de sus labios antes de introducir en su escote la piedra blanca engarzada al cordón.

Remdess tampoco dijo nada respecto a aquel adorno. Lo veía tosco para una princesa, incluso para la belleza sencilla de aquel atuendo. No era adecuado. Habría sido mucho mejor un fino cordón de seda y un colgante en forma de lágrima, pero no tenía valor de iniciar una discusión con ella. Aquel día no.

Nunca le había preguntado qué significaba aquella piedra. Había notado que la rohir sólo se desprendía de ella para bañarse, por lo que deducía que debía ser algo muy importante para ella.

—¿Qué querías, Rissien? —preguntó Érewyn. Y terminó de tomarse su té.

—El Rey quiere vernos a los dos. Y también a Gamelin. Él nos espera ya en la arcada de acceso a este ala.

Apuró las últimas gotas del delicioso té y exhaló un profundo suspiro. No tenía ganas en absoluto de plantarse delante de Thranduil ese día. Pero recordó la promesa que le hizo a Legolas: iba a llevarse bien con su padre y eso implicaba concederle sus caprichos, y si éstos consistían en reunirse con ella a primera hora de la mañana, pues... ¿qué remedio?

—En fin... Vamos allá —masculló Érewyn. Y se pusieron en camino hacia el despacho de Thranduil, contiguo a sus estancias personales.

Gamelin se les unió en uno de los corredores y enseguida procedió a informar a Érewyn acerca de dónde estaban alojados él y el resto de sus hombres. Les habían proporcionado un área común, un par de dormitorios para compartir en grupos de cinco y un baño, y por lo que Gamelin explicaba estaban bastante satisfechos. Por lo menos, ya que estaban obligados a quedarse allí durante un tiempo indefinido, dispondrían de un mínimo de comodidad.

Llegaron a las dependencias del Rey y se detuvieron frente a una puerta enorme con aspecto de ser muy antigua, repleta de ornamentaciones talladas en la madera.

Y justo cuando Gamelin se disponía a llamar, la puerta se abrió. Tulion se hallaba del otro lado, mirándolos con su característico rostro desprovisto de emoción.

Se hizo a un lado y realizó una respetuosa inclinación al paso de Érewyn, cuando la joven entró finalmente a la estancia.

Era amplia y de techos altos, como todas las que abundaban en el Palacio. Tenía tres zonas bien diferenciadas: una de trabajo, con una gran butaca colocada ante un escritorio de madera brillante y otros dos asientos dispuestos al otro lado; una zona de lectura, con varias estanterías repletas de libros que parecían antiquísimos; y una de relax, con un diván y un enorme retrato a tamaño natural de una hermosísima mujer que enseguida captó la atención de Érewyn por encima de cualquier otra cosa.

Sus pies la llevaron irremediablemente hasta aquella pintura y al fijarse mejor... Aquellos ojos... Eran iguales a los de Legolas. ¿Podría ser Ballineth?

Unos pasos decididos la despertaron de su ensoñación y, al voltear, descubrió al Rey, recién llegado de su dormitorio, observándola con severidad.

Sin decirle nada, Thranduil tomó asiento en la butaca que presidía la zona de trabajo y Érewyn se apresuró a acercarse y ponerse frente a él. La apresurada y torpe reverencia que realizó, puso sus nervios en evidencia.

El Rey organizaba algunos pergaminos y recolocaba el tintero cuando un elfo de cabello castaño claro, facciones afiladas y ojos grises entró en el despacho y les miró con desdén mientras se situaba, de pie, junto al escritorio de Thranduil, sin dirigirles ni una palabra.

Tanto silencio la estaba poniendo nerviosa...

Carraspeó, y el Rey alzó la mirada de la superficie de su mesa para observarla, con curiosidad.

Quel amrun, heru en amin —dijo Érewyn, educadamente. Thranduil alzó una ceja y sonrió, complacido.

Quel amrun, lirimaer —Érewyn pestañeó un par de veces. Lirimaer... lirimaer... No, eso no le sonaba de nada. Remdess aún no le había enseñado esa palabra. Thranduil entornó los ojos al contemplar la duda en su rostro—. Espero que hayáis descansado bien, mi señora.

—Sí, heru en amin.

—¿Os gustan vuestras estancias? ¿Son de vuestro agrado? —preguntó Thranduil, en un tono claramente protocolario. La amabilidad del Rey era forzada, se le notaba perfectamente, pero aún así, Érewyn lo agradecía. Era un detalle de su parte intentar ser más cordial con ella después de los desafortunados primeros encuentros y conversaciones mantenidas hasta entonces.

—Son muy hermosas. Es muy gentil de vuestra parte interesaros.

—Es lo menos que puedo hacer, vistas las circunstancias... —Érewyn creyó notar un deje de remordimiento en la voz del Rey y esta vez, no era forzado. Thranduil realmente sentía que debía comportarse de forma más amable con ella, después de lo de la sanción de Legolas. Era loable, por su parte, conociendo su arrogancia y su terquedad—. Bien, pasemos al asunto que nos concierne hoy. Quería hablaros acerca de las restricciones de acceso en el Palacio y nuestro territorio —Érewyn se puso en guardia. ¿Restricciones? Esa palabra le provocaba urticaria. En Edoras jamás le impusieron restricciones de ningún tipo... Exceptuando la época de Gríma, claro—. Lady Érewyn, tenéis permiso para deambular por donde os plazca dentro de las Estancias, exceptuando las Salas del Trono y del Consejo a las que sólo podéis acceder pidiendo audiencia, como el resto de súbditos, y los calabozos, obviamente —ella alzó las cejas y suspiró disimuladamente, aliviada. Al menos eran restricciones lógicas—. En cuanto al exterior, está terminantemente prohibido abandonar la zona segura delimitada por el Río Encantado. No podéis cruzar el Puente. No podéis pasar a la orilla sur —Thranduil se detuvo. Con la mirada que le dirigió y el tono utilizado, ella entendió. El Campamento Base de Legolas estaba más allá de esa restricción, en el sur. Era imposible para Érewyn llegar a él sin infringir las normas. No es que se hubiera planteado la posibilidad de escaparse para verle, pero Thranduil ya iba un paso por delante, por si acaso—. Los límites restantes son las lindes, al norte; al este: el poblado y al oeste: el Lago Espejo. Podéis salir a cabalgar sin escolta respetando estos límites, pero os aconsejo que no lo hagáis. Llevad siempre un acompañante de vuestra confianza, vuestro primo, o sir Gamelin, y si ellos no pueden, hablad con Maedhon. Seguramente le recordaréis, él sí os recuerda a vos —comentó el Rey, en tono desinteresado.

Ella sonrió levemente.

—Sí, le recuerdo perfectamente.

—Magnífico. Uno de mis guardias os guiará por los recovecos del Palacio una vez terminemos de aclarar estos temas. Ahora, abordemos vuestra agenda —concluyó el Rey—. Seréis adiestrada como cualquier miembro de nuestra raza. Estudiaréis historia con mi Primer Consejero, Rûdhon, cada día a primera hora de la mañana —y con un gesto de su mano señaló al elfo silencioso que permanecía apostado como una estaca junto a su mesa. El elfo dirigió hacia Érewyn una mirada cargada de disgusto—. Arte con Glaerphen antes del almuerzo. Y por la tarde, vuestro primo Rissien se ha ofrecido a impartiros él mismo clases de Sindarin —ella miró a su primo de soslayo y vio una media sonrisa dibujada en su rostro—. El resto de la tarde dispondréis de tiempo libre. Una vez a la semana yo mismo valoraré vuestros avances —el Rey finalizó, guardando un silencio distintivo y Érewyn asintió, obediente—. Os aconsejo que no tardéis en escribir a vuestro hermano y a Lady Galadriel para notificarles que os halláis ya bajo mi protección. Rûdhon dispondrá para vos del mensajero más rápido —y dicho esto miró brevemente a Rûdhon, que asintió de inmediato—. Sed bienvenida de nuevo, Lady Érewyn. Deseo que vuestra estancia sea fructífera y aprendáis todo cuanto deseáis.

Érewyn hizo una pequeña reverencia tratando de que su rostro quedara oculto, no deseaba que sus emociones se mostraran abiertamente y la delataran. Acababa de darse cuenta de que Thranduil estaba actuando como si Érewyn fuera realmente la protegida de Galadriel y estuviera allá únicamente para aprender.

Pero, ¿por qué? ¿Iba a aprovechar el hecho de tener a Legolas lejos para ignorarla en calidad de prometida de su hijo? Eso no le cuadraba con lo que Legolas le había asegurado acerca de él.

El Rey dedicó unas palabras en Sindarin a su consejero y Rûdhon abandonó el despacho sin mirar una sola vez a Érewyn. La animadversión que sentía hacia ella había quedado clara.

Y cuando ella comenzaba a voltear para hacer lo mismo, Thranduil la detuvo.

—No os vayáis, mi señora. Quisiera conversar con vos en privado —dijo, amablemente.

Tulion abandonó discretamente el despacho al oír las palabras del Rey. Ella miró a Rissien y a Gamelin y les indicó con un gesto breve que se retiraran. Y una vez solos, Thranduil resopló y se apretó las sienes.

—Con la gran perspicacia que os caracteriza os habréis dado cuenta que he estado fingiendo una amabilidad extrema —gruñó.

Ahora sí. Ese sí era el Rey Thranduil al que Érewyn estaba acostumbrada. No sabía si temerle o sentirse aliviada.

Tragó fuerte y Thranduil se levantó de su butaca. A solas con él y contemplando su verdadera expresión altiva e inquisitiva, el Rey Elfo le parecía tan imponente como en Minas Tirith.

—Sí, mi señor. Lo he notado —admitió ella.

—No es personal, Érewyn —se apresuró a explicar él—. Este es mi verdadero yo para con vos. Pero ante el resto del mundo... quizá debiéramos guardar las distancias con un comportamiento más cordial y propio de dos desconocidos, no de quienes podrían llegar a ser familiares en un futuro indefinido —Thranduil caminó hasta la zona de relax y observó el rostro del cuadro—. No me atribuyáis la idea. El artífice de esto es Legolas.

—¿Legolas? —repitió la rohir, extrañada—. Pero él detesta la hipocresía.

Thranduil sonrió al mirarla.

—Me complace que hayáis encontrado un nombre adecuado para esta pantomima. Pero es necesario. Así lo quiere él. Legolas vino a decírmelo anoche, justo antes de abandonar el Palacio hacia el Campamento Base de la Frontera Sur. El compromiso entre vosotros debe permanecer en secreto, como ya habéis podido suponer. Debemos ser cautos y discretos con este tema.

—¿Es posible que tanto hermetismo tenga algo que ver con la carta de los Uruk Hai amenazándome? —aventuró Érewyn.

—Legolas no cree que ese desgraciado incidente fuera provocado por la desventurada carta que el ENANO perdió en el bosque... —para Érewyn no pasó despercibido el desprecio con el que pronunció la palabra "enano"—. Según Legolas es más probable que la información haya salido de aquí.

—Sí, eso también me lo comentó: un traidor en el reino.

El Rey negó con la cabeza.

—No sólo eso mi señora. Las sospechas de Legolas llegan hasta las personas de confianza que me rodean. Todos, Érewyn. Exceptuando a los miembros de mi familia nadie queda libre de conjetura. Os recomiendo prudencia, Érewyn. No bajéis la guardia.

Tras unos segundos de silencio cruzando miradas, ella asintió.

Entendía perfectamente la gravedad del asunto. Si Legolas había llegado a planteárselo a su padre, en privado y en secreto, debía tener sus buenos motivos, y seguro que no se los había explicado a ella para no preocuparla aún más.

Pero, ¿en serio había alguien capaz de cometer tamaña traición? ¿Maedhon? ¿Tulion? Imposible, ellos amaban a Thranduil, no tenían motivos. Entonces, ¿quién podía tenerlos?

—Mi señor. Por desgracia sé muy bien que hasta el siervo más abnegado es capaz de morder la mano de su señor —dijo Érewyn. Ya había sido testigo con anterioridad de cómo puede pudrirse el honor a cambio de promesas mezquinas—. Haré lo que vos y Legolas consideréis adecuado —Thranduil entornó los ojos y asintió—. Pero... Si me permitís el atrevimiento... Necesito saber por qué el Consejo ha castigado tan duramente a vuestro hijo, siendo conscientes de todos los sacrificios que Legolas ha hecho siempre por su gente. Él siempre ha antepuesto el interés de su pueblo por encima de todo lo demás, cometió un error pero...

Thranduil le dirigió una mirada de hielo que provocó el silencio inmediato de Érewyn.

No abundaba la gente que se atreviera a poner en tela de juicio sus decisiones o reclamara explicaciones. Eso demostraba mucho valor por parte de la princesa.

—Mi padre, Oropher, fue siempre un justo y sabio soberano del Pueblo del Bosque. Protegió siempre a su gente. Incluso ordenó el traslado de la colonia hacia el norte del Bosque Oscuro cuando la sombra se cernió sobre Amon Lanc, mucho antes de la Guerra de la Última Alianza.

»Mi padre cometió un solo error durante su vida, uno sólo. Y ese error significó su muerte y la de muchos valerosos guerreros de nuestro pueblo. ¿Conocéis acaso en qué consistió aquel único error suyo?

Érewyn jugueteó nerviosamente con sus propios dedos antes de negar con la cabeza.

—Desobediencia —dijo Thranduil. Érewyn permaneció en silencio, sin atreverse ni a respirar—, la misma falta que ha cometido Legolas. Y él lo sabe muy bien; ha asumido su error y está dispuesto a pagar por él.

»Jamás he dado explicaciones acerca de las decisiones que tomo como Rey de Eryn Lasgalen. Esta es la primera vez y la última. Consideradlo un detalle como deferencia hacia vos. Retiráos ahora, Érewyn. Visitad el Palacio. Sentíos libre y cómoda aquí. Ahora, este es vuestro nuevo hogar.

Y una vez pronunciada la última frase, Thranduil le dio la espalda y miró el rostro del cuadro, dándole a entender a Érewyn que la reunión había concluido.

Ella respiró profundamente y, pese a que el Rey no podía verla ya, asintió y realizó una última reverencia antes de abandonar el despacho. No podía creer que se hubiera atrevido a cuestionar el veredicto del Consejo y del Rey.

Al salir, se aseguró muy bien de que las puertas quedaran bien cerradas. Algo le decía que iba a desarrollar una especie de fobia con eso...

—Acompañadme —dijo un guardia que aguardaba ya cerca de la puerta—. Tengo órdenes del Rey de mostraros el Palacio.

Y pese a que Gamelin y Rissien la miraban con expresiones interrogatorias, Érewyn no podía hablar con ellos libremente, no con aquel guardia presente.

Pasaron buena parte de la mañana siguiendo a aquel elfo por todas y cada una de las dependencias de la Caverna de Thranduil: salones de reuniones y fiestas, zonas de descanso, la gigantesca biblioteca en la que Érewyn estudiaría Historia junto a Rûdhon, salas de armas, cocinas, etc.

Y, una vez concluida la visita por las interminables galerías interiores, el guardia que les guiaba les llevó por un corto corredor hasta el enorme patio interior ajardinado. Y allí, Rissien se le adelantó.

—Creo que a partir de aquí, yo mismo puedo continuar con la visita guiada. Pasé buena parte de la tarde de ayer vagando por estos jardines.

El guardia colocó su mano en el pecho y no rechistó. Por su actitud, podían afirmar que estaba deseando que algo así sucediera. No sabía por qué exactamente pero Érewyn tenía la impresión de que la miraba con algo de desconfianza desde el principio. Igual que había hecho Rûdhon, pero no con tanto desdén y de forma tan descarada.

—Vanya sulie.

Tenna' san' —respondió Rissien.

El guardia se alejó por el corredor y por fin se sintieron libres de hablar tranquilamente. Gamelin fue el primero en hacerlo, mientras se adentraban en uno de los senderos del descomunal jardín.

—¿Qué te ha dicho el Rey?

Érewyn le miró con severidad y oteó los alrededores para asegurarse de que estaban solos.

—No hay nadie, hethres. Créeme, lo sabría instantáneamente... —Rissien estaba tan acostumbrado a vigilar la espesura insondable del bosque oscuro que sus oídos estaban bien entrenados para detectar presencias, por muy bien que se ocultaran.

De todas formas, cuando Érewyn habló, lo hizo en un tono tan bajo que Gamelin tuvo que aguzar el oído para escucharla.

—Me dijo que Legolas quiere que nuestro compromiso permanezca en secreto y que sus sospechas llegan hasta la gente de confianza del Rey. Que no nos fiemos de nadie.

—¿Hay alguien capaz de conspirar contra Thranduil? —preguntó Gamelin a media voz. No salía de su asombro.

Érewyn se encogió de hombros y continuaron caminando en silencio unos minutos más. El sendero se adentraba en los jardines y pasaba bajo la agradable sombra de unos altos árboles parecidos a sauces llorones, cuyas alargadas hojas rozaban el suelo.

—Rissien no tenías porqué ofrecerte como maestro de Sindarin para mí. Los idiomas no son mi fuerte, precisamente... —le avisó, azorada.

El elfo sonrió ampliamente.

—¿Y qué esperabas? ¿Que te dejara a merced por completo de los "vejestorios del Consejo"?

Ella abrió los ojos al máximo.

—¿¡Estuviste oyéndonos!? ¡Eres un chismoso! ¡Las conversaciones ajenas no deben ser escuchadas a escondidas, y aún menos la despedida de una pareja! —Érewyn amonestaba a su primo, completamente colorada, mientras Rissien se mondaba de risa. Incluso Gamelin comenzó a reír al verle, sin saber a qué venía el enfado de la Princesa.

—No, nada más lejos de la realidad. Estábais cerca de mi puerta y tengo muy buen oído —justificó, encogiéndose de hombros—. Era inevitable oíros.

—Admite que no tenéis mucho cuidado, Érewyn —opinó Gamelin—. La discreción no es vuestro fuerte.

—Es que... no nos damos cuenta —se excusó ella. Se mordió el labio y ocultó su encarnado rostro con la mano, disimuladamente.

—Que tú no te des cuenta, me lo creo —dijo el rohir—. No tienes malicia como para sentir que debes ocultarte un poco más para hacerle arrumacos —al oír la franqueza con la que se expresaba Gamelin, la piel de ella subió aún más tonos en la escala del rojo—. Pero por parte de Legolas no tiene perdón. Y tendré que tener unas palabras con él, me temo, para que intente resguardar un poco más la reputación de mi señora —masculló, y mostró su puño cerrado de forma amenazadora.

—En serio, Érewyn. Debes tener más cuidado, sobretodo sabiendo que existe una conspiración en tu contra —aconsejó Rissien.

—Lo sé. Pero ya no hay peligro respecto a eso: yo no puedo salir de los límites permitidos y Legolas no va a volver en un tiempo indefinido.

—¡Agh! —exclamó Gamelin, asqueado—. Cada vez que lo pienso... Malditos hijos de un huargo...

—¡Gamelin! ¡Te escucharán!

—¡Que me oigan!

—Bajad el tono Gamelin. No estamos solos —musitó el elfo.

El rohir frunció el ceño y miró en la misma dirección que lo hacía Rissien.

Medio ocultas entre la espesura, un grupo de jóvenes damas de la corte charlaban animadamente, alumbradas por los rayos del sol que se colaban por la enorme oquedad superior. Érewyn sonrió, más tranquila. Tan sólo eran unas muchachas que disfrutaban de los jardines del Palacio.

Recordó la promesa que le hizo a Legolas y, decidida a integrarse cuanto antes entre esas gentes, caminó hacia ellas. Las saludaría y se presentaría de forma educada, quizá pudiera entablar una relación cordial con ellas y aprender algo más acerca de las costumbres de las jovenes elfas.

Pero al llegar al claro, las doncellas la miraron y borraron cualquier rastro de sonrisa de sus rostros. Todas hicieron el mismo movimiento: dirigieron sus miradas hacia una elfa en concreto.

Era bellísima, tenía cabellos largos y rubios, ojos almendrados de color azul grisáceo y pestañas largas que, al entornarlas, se asemejaban a las alas de una mariposa. Sus labios eran jugosos y perfectos y su cuerpo era voluptuoso.

Sin dirigirle a Érewyn ni siquiera un saludo por cortesía, la elfa le dio la espalda y se alejó por otro sendero, siendo seguida instantáneamente por el resto de muchachas, en comité.

Érewyn las miró, sorprendida.

—... Esto es muy raro —musitó.

Primero la mirada casi de odio de Rûdhon, luego el recelo del guardia que les había guiado y ahora el rechazo de esas elfas. Quizá era la forma habitual de comportarse de las gentes del Reino del Bosque. A fin de cuentas, Legolas siempre le había hablado acerca de lo desconfiados que eran con los extranjeros.

—¡Qué linda muestra de cortesía! Una educación muy refinada la de las damas de aquí, sin duda —canturreó Rissien, que acababa de llegar junto a Érewyn—. Aplica el consejo del Rey y comienza por ellas: no te fíes —sentenció, bajando el tono.

—¿No estás exagerando un poco? —dudó ella. Era incapaz de malpensar de nadie sin intercambiar al menos una palabra con esa persona.

—Estoy de acuerdo con Rissien —tronó la voz de Gamelin—. Parecen urracas aguardando para apoderarse de cualquier cosa brillante. No confíes en ellas —sentenció.

La joven suspiró. No quería resignarse a pasar sus días allí con la única compañía de su primo, Gamelin, Remm y Aeneth. No era que no le gustara la idea, simplemente había imaginado la posibilidad de hablar con alguien más. Aspiraba a conocer a más gente, a comprender aquel pueblo, a mezclarse entre ellos igual que acostumbraba a hacer en Edoras, entre los suyos.

Sacudió la cabeza y trató de alejar los pensamientos negativos. Esas muchachas sólo necesitaban tiempo, eso era. Acostumbrarse a su presencia allí, a verla todos los días. Sí, entonces todo sería normal.

Se forzó a sonreír a Gamelin y continuaron paseando por el jardín, escuchando las curiosidades que Rissien explicaba acerca de algunas especies de plantas que allí habitaban, hasta que llegaron a la amplia entrada de una cueva, cubierta de plantas trepadoras.

—Por aquí se llega a las caballerizas —explicó Rissien.

Los ojos de Érewyn se iluminaron. No había visto a Fanor desde el día anterior y, aunque Legolas le había asegurado que estaba perfectamente atendido, tenía unas ganas inmensas de comprobarlo por sí misma y de ver el lugar que servía de alojamiento para el Meara.

De modo que se adentraron en la oquedad y se dirigieron a las mencionadas caballerizas.

Las cuadras de los elfos eran muy diferentes a las de Rohan. Básicamente, los caballos estaban en libertad, con una zona cubierta mediante un techo rústico fabricado con las ramas de los árboles más bajos redirigidas sabiamente, que resguardaba de la lluvia o del inclemente sol a los animales. A la sombra de aquel techado estaba Fanor, aparentemente contento por el nuevo hogar. El Meara de color gris destacaba claramente entre el resto de caballos de los elfos, casi todos negros, al igual que lo hacían los caballos de los rohirrim, de capas variadas y mucho más robustos y grandes.

Se recostó en la valla que delimitaba el picadero y suspiró.

—Al menos hay alguien feliz aquí —comentó. Y señaló a Fanor que se revolcaba en la hierba en aquel momento.

Rissien alborotó su cabello como a una niña.

Ella sonrió. Iba a ser muy duro, eso lo tenía claro.

No podría ver a Legolas en un tiempo indeterminado y debía guardar en secreto su relación. Debería estudiar todo lo relacionado a la raza élfica para honrar las raíces de su padre y para complacer a Thranduil y demostrarle que era digna de ser la esposa de su hijo. Y además estaba en un lugar extraño en el que sabía que no era bienvenida por sus gentes, por más veces que el Rey se lo hubiera asegurado.

Pero al menos les tenía a ellos.

Miró a ambos lados y les sonrió. Gamelin y Rissien eran ahora su familia más cercana,

...

.:: Campamento de la Frontera Sur ::.

—De haber sabido que la princesa se hallaba ya a buen recaudo en la Caverna no habría venido hacia aquí corriendo prácticamente todo el camino, "Orejas Picudas". Me caí de bruces varias veces. He comido más hierba mientras regresaba que en toda mi vida...

—Te falta práctica, Gimli —respondió el elfo, conteniendo la risa—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste ejercicio? ¡Ah! Creo que fue cuando atravesamos Rohan persiguiendo a los Uruk Hai que habían capturado a Merry y a Pippin.

—No me lo recuerdes... Mmpf... —gruñó el enano. Y olió el contenido de la jarra que el asistente de Legolas acababa de colocar ante él.

Legolas golpeaba repetidamente sus dientes con el pulgar, en actitud pensativa, y Gimli miraba la jarra con sospecha. El elfo resopló y se levantó.

—Según lo que me has explicado, tenemos que cambiar de estrategia.

—Sería lo más conveniente, sí. Poco puede hacer un ejército por bien posicionado y localizado que esté, como el tuyo, contra unos enemigos invisibles.

—No son invisibles, Gimli. Sólo se saben esconder muy bien.

—¿Y dónde diantres lo hacen? ¡Por el martillo de Aulë! ¡Son Uruk Hai! ¡Cada uno de ellos abulta lo mismo que un carromato cargado de estiércol! —Legolas frunció el ceño con repulsión ante la comparación. Gimli era sumamente desagradable si se lo proponía, y había perdido la costumbre de escucharle—. No he visto nada igual en toda mi vida, Legolas. Las huellas que vi en la orilla del Río Grande, junto a las ruinas de "La Escalera", eran las de un vasto ejército de esos orcos gigantescos. Y eran recientes. Pero desaparecían en las Montañas Nubladas sin dejar rastro.

—Bueno, las Hithaeglir siempre han ocultado peligros, Gimli —apuntó el elfo. Desplegó su mapa de Eryn Lasgalen sobre la mesa y regresó a la butaca—. Eran el hogar de los Goblins del norte hace apenas unas décadas, acuérdate. Y Moria es la prueba de que aún lo siguen siendo en otras zonas. Están completamente huecas, llenas de galerías, de pasajes. No sería de extrañar que las hayan convertido en su base.

—¿No te parece una base un poco lejana de esta frontera? ¿Cómo pueden hacer llegar hasta aquí sus tropas, sin ser vistos en ningún momento, si tienen la base allí? ¡Es imposible que ninguno de tus guardias haya visto movimiento desde el oeste cuando se desplazan hasta aquí!

—Hace unos meses era tal como dices. Las hordas llegaban desde el Oeste y trataban de atacar, utilizando el número como ventaja. Pero les conteníamos. No son rivales para nosotros en estos bosques. Y luego, de repente —Legolas chasqueó sus dedos y alzó las cejas—, dejaron de llegar. Desde entonces aparecen pequeños grupos de la misma nada, y lo hacen ya en las inmediaciones de las Emyn-nu-Fuin. Es como si se hicieran invisibles y aparecieran repentinamente aquí —Legolas resopló—. Debemos rodear la montaña sin que detecten nuestras intenciones. Tendremos que camuflarnos más que nunca, pasar desapercibidos. Pondría la mano en el fuego que el secreto radica en ese sendero extraño que muere en la roca de la montaña —concluyó, y señaló un punto en específico en el plano, junto a las montañas del bosque.

—Yo regresaré a Erebor cuanto antes, y mucho me temo que tardarás en verme por aquí —confesó Gimli—. Debo encargarme personalmente de supervisar la construcción de las nuevas almenaras. Hay que darse prisa en terminarlas. Vista la situación puede que las necesitemos antes de lo esperado para pedir ayuda a Éomer y Aragorn —observó un momento el rostro concentrado de Legolas. El elfo entornaba los ojos mientras escudriñaba en el plano los puntos más adecuados para situar las patrullas—. Mmmhhh... "Paliducho", tengo algo más que decirte...

—Tú dirás —dijo Legolas, sin alzar la vista de la mesa.

—¿Recuerdas la carta de Érewyn que perdí?

—¿Cómo iba a olvidar eso, Gimli? —la escasa parte de piel desprovista de barba que Gimli lucía en su rostro se tornó de color rojo intenso cuando rebuscó dentro de su casaca. Legolas le miró y frunció el ceño—. No me digas que...

Gimli sacó un papel perfectamente doblado, y lo dejó sobre el escritorio de Legolas. Luego alzó las manos y se apresuró a excusarse.

—Me equivoqué, no la perdí —el elfo compuso una cara de exasperación tremenda y dejó caer la cabeza sobre el plano, en gesto de derrota—. Con los nervios olvidé que durante el camino hacia aquí, desde Rohan, se me cayó del zurrón y la coloqué dentro de uno de los bolsillos internos de mi ropa —Legolas alzó de nuevo el rostro, y Gimli se encogió en su butaca—. Te pido mil perdones, amigo mío. Soy consciente de los problemas que he generado con esto y...

—Si no fue por la carta, entonces se confirma que hay un traidor en la corte, es la única posibilidad. Las sospechas han dejado de serlo —musitó el elfo, con severidad. Tomó la carta de Érewyn en sus manos y deslizó los dedos por la superficie de pergamino plegado, con delicadeza. El enano le observó en silencio, asimilando la gravedad de las palabras de su amigo—. Tengo que escribir a mi padre cuanto antes. Ya está sobre aviso, pero deberá tomar aún más precauciones. Lo tenemos en la caverna. El traidor se pasea impune por los corredores de mi casa —los ojos del elfo se entornaron al mirar con rabia el punto en el plano del Bosque en el que se situaban las Estancias—. Sea quien sea, Gimli, juro sobre el mismo nombre de Elbereth que acabaré con él. Y al malnacido que escribió esa carta, ese Tornstabber, lo mataré con mis propias manos. Vacías.

...

.:: Linde Este de Lórien Oriental ::.

Gandalf descendió de Sombragris y miró con ojos entornados hacia la vasta llanura de las Tierras Pardas que se perdía en el horizonte. El frío cortante de aquellas tierras pronto helaría el pasto y proporcionaría una temporada de tranquilidad a los rohirrim. Los salvajes se verían obligados a retroceder hasta Rhûn y a aguardar la llegada del buen tiempo que cubriera de pasto fresco a aquella tierra yerma y les permitiera galopar de nuevo, para acometer contra Éomer.

El duro invierno de las Tierras Pardas y del Páramo iba a significar una tregua para Rohan.

Pero no era eso lo que había traído al Peregrino Gris hasta esos lares tan recónditos de Rhovanion.

Había caminado desde Isengard, siguiendo el rastro de la extraña criatura que escapó de las mazmorras subterráneas. Las huellas, a veces claramente visibles y otras borradas por completo, le habían obligado a utilizar toda su pericia para no perder aquel rastro. No podía permitírselo.

Siendo Saruman el creador de semejante criatura, y viendo la raza de orcos abominables que había concebido en la base de Orthanc, nada bueno podía salir de tenerla vagando sin rumbo por la Tierra Media. Y ni siquiera sabía aún de qué clase de criatura se trataba.

Un par de veces había visto con detalle la silueta de una huella petrificada en el barro. Y lo que le había recordado al verla era demasiado aterrador como para permitirse perderla de vista. Y parecía que su rumbo siempre le llevaba al norte, buscando, primero, esconderse en Fangorn, pero evitando entrar en las tierras de los Galadrim cuando las tuvo cerca.

Por las pistas que fue encontrando supo que habitó en el Páramo durante un tiempo y que se alimentó de animales salvajes. Su preocupación aumentó al descubrir, tan sólo unos días atrás, los huesos de un caballo salvaje que, al parecer, había sido uno de sus almuerzos, meses antes.

El rastro se alejaba del Bosque Oscuro y ahora no tenía más remedio que seguirlo adentrándose en las Tierras Pardas.

A saber qué peligros le esperarían allí. A saber dónde se había ocultado ese engendro.

De forma inesperada, un pequeño ruiseñor se posó en su brazo y cantó repetidamente, mientras movía su cabecita y miraba a Gandalf.

El Istar sonrió levemente. Siempre que requería de ayuda, que se hallaba imposibilitado de avisar a los aliados por los medios convencionales, las pequeñas criaturas de Radagast le tendían una mano.

Nada había vuelto a saber de "el Pardo" desde que, tras el concilio de Elrond, los mensajeros de Rivendel que acudieron a informar a Thranduil de la decisión de Legolas de unirse a la Compañía del Anillo, encontraron Rhosgobel abandonado. Desconocía siquiera si moraba aún en la Tierra Media. Pero, aún así, sentía que el viejo ermitaño le había impuesto una vigilancia constante y discreta, desde donde quiera que se hallara.

Acercó el pequeño pajarillo a su rostro y susurró:

—Ve con Galadriel. Dile que Saruman despertó un mal desconocido y que ahora habita en las Tierras Pardas. Cuando sepa más, acudiré a informar yo mismo.

El pajarillo sacudió las plumas y rozó con su pico la nariz del mago antes de volar a toda prisa en dirección suroeste.

Lo vio perderse entre los árboles de las lindes antes de montar sobre Sombragris y adentrarse en las Tierras de los Salvajes.

..::::..


Traducciones

Quel amrun, heru en amin - Buenos días, mi señor.

Quel amrun, lirimaer - Buenos días, bella dama.

Vanya sulie - Parecido a: "que vaya bien". Es una adaptación de Lle vanya sulie'te, cuya traducción literal es "buen viento", y a mi me suena a "con viento fresco" XD y no me parecía muy cortés, la verdad.

Tenna' san' - Hasta luego.

Nota de la autora:

La sanción del Consejo contra Legolas en la Parte I es algo inevitable, tal como se encarga de aclarar Thranduil. El Rey no puede impedirlo, porque Legolas ha cometido una falta muy grave que no puede quedar impune. Tiene que aplicar la disciplina con todo aquel que rompa las leyes, y la desobediencia y el desacato son delitos que no puede pasar por alto de ninguna forma. Pero Thranduil se encarga de ablandarlo. No consiente que encierren a su hijo, de modo que Legolas debe permanecer apostado en su lugar para demostrar disciplina, hasta que logre acabar con esa amenaza o, hasta que el Consejo le levante la sanción. Y para ello tienen que estar de acuerdo todos los miembros, y con Rûdhon la cosa no estaría fácil. Así que, ya veremos.

Respecto a la Parte II: Érewyn no es una mujer madura que piense con frialdad, no es alguien que esté de vuelta de todo, que pueda con todas las situaciones por duras que sean. ¿Cómo va a sentirse Érewyn al conocer la sanción? Está lejos de su casa y de su familia. Se ha desplazado hasta una tierra desconocida para demostrar que está dispuesta a sacrificarse por su amado y, cuando llega a su destino, se encuentra con que a Legolas le sancionan por la estrategia tomada para intentar encontrarla. Es inevitable que se lo tome como una afrenta personal, que piense mal de Thranduil, ya que no le conoce aún, y las pocas veces que ha hablado con él, el Rey Elfo ha hecho gala de mucha sangre fría y de una mente demasiado calculadora. Cualquier muchacha de 20 años en su pellejo estaría acojonada de miedo al tener que lidiar sola con ese Rey. Pero Aeneth es un alivio para su mente, y será una pieza importante para todos.

¡Y qué decir de Thanion! Como cualquier elfo, es desconfiado, pero es un niño a fin de cuentas, y Érewyn logra ganárselo tocando el tema que más le apasiona: los caballos. ¡Thanion es un amor de niño!

En cuanto a la Parte III: Thrandu, es Thrandu, y Érewyn parece que le prefiere siendo el elfo altivo al que está acostumbrada porque cuando le ve representando un papel de cordialidad extrema, la descoloca por completo.

Y ese primer contacto con las elfas de la corte no ha sido muy alentador, que digamos. Menos mal que Gamelin y Rissien son buenos consejeros... Ya veremos si la Mata-huargos se hace un sitio entre esas gentes.

Y Rissien... ¡Ay, Rissien! XD

En el próximo capítulo habrán pasado un par de semanas desde que Érewyn llegó a las Estancias y podrá verse cómo se suceden las clases, en qué invierte ella su tiempo allí, y cómo sigue su día a día, ¡además de muchas cosas interesantes en la frontera! Legolas tendrá una nueva idea que puede que funcione y recibirá el apoyo de su hermano.

A todos: ¡muchísimas gracias por leer esta historia! ¡Nos leemos muy prontito!