Carol caminaba por el bosque. A unos cien metros delante de ella algo se movía entre las lápidas derrumbadas, los carteles descoloridos por el tiempo y las flores de plástico raídas. Fijó la mirada en tres figuras distantes que emergían de entre las sombras de los árboles. Arrastraban sus pies en una formación extraña, casi como sabuesos rastreando a su presa.

Judith se movió nerviosa y percatándose del peligro lanzó un gemido histérico. Carol la hamacó maternalmente en sus brazos para tranquilizarla.

-Está bien chiquita, todo estará bien- murmuró dulcemente y continuó caminando.

Carol se sentía ciertamente devastada. Todo por lo que habían luchado, una vez más, le había sido arrebatado.

Finalmente llegó a aquella pequeña cabaña, muy en las afueras de Alexandría, en la profundidad del bosque. La concentración de caminantes se había fijado en la zona que hasta unas horas antes llamaba hogar. Aún se oían los disparos, posiblemente de los invasores eliminando caminantes. Entró a la casa y fue sorprendida gratamente por una familiar presencia que se aferró a ella sumido en un llanto desesperado. Carl ya no era un niño pero tampoco un hombre y eso se notaba en su llanto.

-¡Debemos regresar Carol!- dijo ansioso el chico.

Carol pareció no inmutarse, por lo que Carl suspiró y se puso a jugar con su hermana.

-Necesitamos reagruparnos, estoy segura que alguien más escapó- dijo Carol mientras de su mochila sacó un paquete de galletas y la fórmula de Judith.

El repentino sonido de algunos pasos en las afueras los hizo poner en guardia.

-¡Escóndete con Judith!- ordenó Carol.

-Pero puedo ayudarte…

-Si los dos morimos, ¿quién cuidará de Judith?

Carl asintió preocupado y se ocultó en un cuarto contiguo. Carol estaba dispuesta a acabar con quien sea con tal de proteger a los niños.

Beth había logrado escapar del caos y corría entre los árboles. Sabía que la cabaña se encontraba en esa dirección pero con Los Lobos peinando la zona se le hacía cada vez más difícil seguir. Finalmente se ocultó en una especie de fosa que Sasha había creado para quemar a los caminantes que cazaba. Cuando la penumbra cayó, los ojos de la blonda se adaptaron rápidamente. Se escuchaban los pasos de los caminantes acercándose pesadamente e incluso algunos caían dentro. La muchacha terminó con ellos de un solo golpe.

Repentinamente escuchó la voz de unos hombres cada vez más cerca y comenzó a temer por su seguridad. Sentía un nudo en el estómago al pensar que desconocía el paradero de los suyos y recordaba la voz de Daryl aquella tarde en la destilería ilegal: "¡Nunca los volverás a ver Rick! ¡Tú nunca volveras a ver a Maggie!". Acongojada por la situación se pasó las manos por la cabeza como intentando acallar ese recuerdo. Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas, mientras las voces se escuchaban cada vez más cerca.

Beth respiró profundo y tomó suficiente coraje como para asomar la cabeza. Distinguió una figura que se acercaba hacia ella. Sus ojos se habían adaptado lo suficiente a la penumbra como para distinguir que se trataba de uno de los tipos que llegó con Los Lobos. Llevaba una escopeta recortada en alto y lista para disparar. Una silueta borrosa se acercó sigilosamente al tipo de la escopeta en ángulo recto. Beth se escondió de nuevo bajo los caminantes en la fosa al tiempo que ponderaba frenéticamente sus opciones. Sabía que si salía corriendo, oirían sus pasos y si se quedaba en la trampa, tarde o temprano darían con ella.

Abraham apareció de repente y con la culata de la vieja escopeta golpeó la base del cráneo del pistolero. El golpe fue tan fuerte que el hombre saltó y casi dejó las botas en el suelo. Remató el trabajo rápidamente asestando otros cuatro brutales golpes en la cabeza del pistolero caído.

-¡Abraham!- dijo Beth llena de alegría.

En medio de todo el caos ella no había tenido oportunidad de entablar una charla larga con Abraham. El ex militar le parecía necio pero realmente valiente. De hecho tenía algo de lo que Daryl le había descrito alguna vez sobre Merle: cierto encanto brutal.

-Rubia, me diste un susto de muerte- dijo Abraham sonriendo mientras extendía la mano, lleno de esa seguridad que a Beth le resultaba tan reconfortable.

Moonshine recorrió el camino de tierra batida hacia la cabaña, que recordaba era el plan de contingencia. Mountain cargaba a cuestas a Merle herido. Cuando la pelirroja se dispuso a darle una patada a la puerta descubrió que era en vano porque estaba abierta. Dentro de la casa había un olor apestoso que reconoció de inmediato: carne podrida. Podría ser un cadáver o un caminante. De cualquier modo, decidió respirar por la boca y darse prisa. Llegando a la cocina encontró una vieja mesa volcada y herrumbrosa. El la pared había un papel pintado con dibujos de plantas trepadoras de fresas. A causa de la humedad, las paredes habían sido invadidas por un aterciopelado moho verdegris. Moon abrió los cajones de uno en uno sin encontrar nada. Miró por la ventana de atrás pero no había garaje. Era una clásica cabaña de cazador algo venida a menos por el abandono. Al abrir una de las puertas que daba a la cocina encontró una escalera de madera que descendía bajo tierra.

-Alguien estuvo aquí mocosa.- murmuró Merle sosteniendo el costado de su abdomen sangrante.

-Lo sé, se supone que es el plan de contingencia. Si alguien logró escapar está escondido aquí.

Moonshine aguardó por un instante en lo alto de la escalera intentando distinguir algún sonido en la casa y a continuación comenzó a bajar lentamente. En el sótano pudo sentir un olor diferente. A diferencia de la casa abandonada arriba el lugar olía limpio y le pareció ordenado.

-Aquí debe haber algo con qué curar tu herida abuelo.- comentó Moonshine mientras bajaba las escaleras cuidadosamente -hubiese jurado que Carl corrió hacía aquí.- murmuró preocupada.

-¡Como sea!- gritó Merle desde arriba. -Todo lo que quiero es ir por mi hermano y largarme de aquí.

Moonshine tragó saliva ante ese comentario de Merle. Ella sólo quería liberar Alexandría de Los Lobos y salvar a Daryl y a los suyos a como diera lugar. La muchacha no tuvo tiempo de responder pues el cuchillo de Beth posó su filo sobre su garganta.

-Sabía que seguías viva.- murmuró la rubia en el oído de Moon con voz áspera. La pelirroja por primera vez sintió un temor real.

-Vengo en son de paz… Quiero detenerlos.- respondió Moonshine.

Daryl se encontraba completamente aislado del resto del grupo. Se sentía desesperado, nervioso. Dean se había encargado de amordazarlo con la fuerza suficiente para que no tuviera chances de escapar. La cabeza le daba vueltas, le dolía el estómago y tenía las rodillas entumecidas. Intentó encontrar en sus brazos algún resto de fuerza pero no lo logró, estaba agotado. Nunca en toda su vida se había sentido tan cansado, y eso era decir bastante, porque a lo largo de su vida muchas veces había sentido que la fuerza no lo acompañaba.

En la habitación contigua se podía oír con claridad la voz de Dean hablando con el Sherif.

-Sabes Rick… No eres un mal tipo, es sólo que Alexandría no puede tener dos líderes y yo sé que aunque no lo quieras reconocer tu eres el líder. Deana es solamente un rostro amigable para los viajeros cansados...- masculló Dean mientras se paseaba de un lado al otro de la habitación.

Como era de esperarse, se había encargado de hacer sentir a Rick la sutil mano del torturador letrado. La sangre de Rick hervía de ira y sólo necesitaba un error de Dean para destrozarlo a golpes y comenzar una guerra.

Afuera Los Lobos aún disparaban intentando disipar la horda de zombies que había llegado con ellos atraídos por los sonidos del primer tiroteo.

Dean mantenía de rodillas a Rick en lo que alguna vez fue la sala de estar de Deana. La mujer había sido testigo silenciosa de los actos tortuosos a los que el médico había sometido al líder. Finalmente agotado, Dean se acercó a ella, las manos empapadas de la sangre de Rick, sangre extraída a puñetazos.

-Deana, tu eres una hermosa mujer… Sospecho que te has robado muchos corazones cuando eras joven…- susurró Dean, con la voz cargada de despotismo, mientras disfrutaba ver el temor en los ojos de su víctimas.

-¡Dean!- lo sorprendió uno de sus hombres, acercándose temeroso, a susurrar algo al médico.

Deana corrió y se aferró al golpeado Rick, casi intentando consolarlo, sin dejar de prestar atención a los movimientos de Dean.

-¡Dijiste que estaba muerto!- Dean se mostró sorpresivamente nervioso. Arrojó uno de los adornos en la mesa contra la pared y luego salió azotando la puerta.

-Todo va a estar bien, tú puedes hacerlo Rick.- Murmuró la mujer.

-Debemos llegar a Dean. - vociferó Beth con intensidad. Sobre su rostro la sangre de todas sus víctimas dibujaba líneas de expresión rojas sobre ella. Carol, que se había vuelto letal, se veía mucho más relajada.

Horas antes...
-Cuando todo acabe, voy a asesinarte.- murmuró Beth mientras hamacaba a Judith en brazos. -Será silencioso, justo aquí.- señaló su frente -y ya no volverás a dañar a nadie más.

Moonshine agachó la mirada centrándose en los cordones desatados de sus borcegos desgastados. La amenaza de Beth no le movió un sólo cabello. Desde que era un Lobo las amenazas se habían vuelto algo tan común que ya no tenían efecto.

-Haz lo que tengas que hacer para sobrevivir.- respondió con resignación mientras jugaba con sus cordones como una niña que fue reprendida por su madre.

Luego alzó la mirada fijandola en Carol quien curaba la herida de Merle. En otra parte de la habitación Abraham y Mountain organizaban las armas y revisaban el plano improvisado por el soldado. Mientras, Carl se mantenía expectante a la posible llegada de algún intruso. Fue entonces cuando decidieron cuál sería el final de Los Lobos.