Ranma ½ no me pertenece.
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Fantasy Fiction Estudios presenta:
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RAGNAROK
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XXXIII
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La saga infinita, capítulo diez
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Cerró los ojos. La explosión mágica sacudió el suelo y arrastró gran parte del bosque de piedras de cristal dejando que los pequeños fragmentos cayeran como estrellas. Méril no sintió nada y abrió los ojos. No comprendió lo sucedido hasta que vio delante de él la larga capa de una gran espalda que se le hizo conocida y sobre ella la cabeza de cabello oscuro y una trenza china balanceándose todavía tras el último movimiento. Al reconocerlo temió.
—Estoy… ¿muerto? —preguntó agitado.
—No aun, amigo —respondió Ranma, girando la cabeza para mirarlo por sobre el hombro, con una de sus confiadas sonrisas.
—Ra… ¡Ra-Ranma!
Ranma asintió apenas moviendo la cabeza.
—Hola, Méril.
—¿Pero cómo, cuándo, qué haces aquí?... ¡Deberías estar muerto! —reaccionó el joven arquero lleno de ansiedad.
Méril vio que Ranma se había interpuesto entre él y el ataque de Loki, y con su espada cruzada por delante había invocado un poderoso hechizo de escudo, lo suficientemente fuerte como para ser capaz de detener al dios del caos.
—Es bastante complicado —confesó Ranma—, incluso yo no lo entiendo del todo bien. Lo único que importa ahora es que estoy aquí y no voy a permitir que te rindas tan fácilmente.
Ranma enderezó la cabeza y dejó de sonreír, sus volvieron a clavarse en Loki. El dios lo observó detenidamente como si tratara de adivinar a qué se debía esta nueva intrusión en sus asuntos. Al comprenderlo, el aesir lanzó una risa llena de desprecio.
—¡Ah!, así que tú eres el otro... —Loki examinó a Ranma con cuidado—. Finalmente el destino nos presenta, la última vez que te vi no eras más que un crío en pañales. No has cambiado en absoluto, niño Yngvi.
Para sorpresa de Loki, Ranma no reaccionó a su superior presencia y no mostraba ni el más mínimo temor ante él. El joven de Nerima hizo sonar los nodillos al apretar la mano alrededor de su espada.
—Y tú eres el idiota que ha estado detrás de todas las cosas malas que le han sucedido a mi mundo —respondió con su habitual confianza.
—Arrogancia midgariana, criaturas insolentes, nunca cambian. ¡Tu mundo no es nada más que un casual estorbo en mi camino! Ah, por supuesto que tú eres un caso distinto… —Loki se mostró pensativo, afilando la mirada, como si quisiera ver algo que se percibía en la naturaleza de Ranma pero que estaba oculto, incluso a los ojos de un dios como él—. Extraño…
—¿Qué estás murmurando? —lo retó Ranma poniéndose en guarda, empuñando con fiereza la espada de la casa de Belenus.
—Sí, muy interesante, no puedo reconocerlo… —Loki cerró los ojos un momento y sonriendo asintió, como si hubiera llegado a una conclusión. Abrió los ojos y lo miró de una manera que congelaría el corazón de un hombre con menos fuerza de voluntad que la del chico—. Dime, ¿no corre la sangre de Freyr por tus venas? —hizo un gesto lleno de burla, como menospreciándolo—. Ya que has recorrido tan largo viaje sólo para verme, ¿por qué no me honras entonces y me demuestras algo de lo que hayas aprendido durante tu ínfima existencia?
—Ranma —Méril, cabizbajo, no sabía qué decir—, yo…
—No te preocupes —respondió su amigo de Nerima—, ya lo sé, lo escuché todo.
—¿Lo sabes…? —Méril dudó—. Gimle va a morir y es por mi culpa.
Ranma bajó la espada muy rápido y giró, lanzando un fuerte puñetazo directo al rostro de Méril, impactando tan fuerte casi haciéndolo caer, dejándolo con los ojos abiertos y las pupilas contraídas por la desagradable sorpresa.
—¡¿Puedes dejar de decir tantas estupideces juntas?! —Ranma gritó en la cara de Méril, mientras el chico todavía se sobaba la mejilla, inclinado y algo mareado—. ¡Maldición!, apenas si entiendo la mitad de todo este embrollo, pero si algo me queda claro es una sola cosa —volvió a girar dándole la espalda a Méril y alzando el brazo apuntó con la espada a Loki—. El único culpable de todo está ahí.
Méril con una mano en su hinchado rostro y una lágrima de dolor, alzó el rostro para descubrir a Ranma, con una insolencia que para muchos sería suicida, apuntando con la espada de la forma más grosera a Loki. La confianza de Ranma que bordeaba la más estúpida ignorancia de lo que estaba haciendo, o quizás un valor extremo, templado ante una infinidad de pruebas imposibles que lo ensalzaban más allá de la media de los guerreros en Asgard.
A los ojos de Méril, su compañero de armas era un símbolo de determinación, una mente y un corazón limpios de toda duda, y que en la simpleza de sus actos le daba un ejemplo a seguir y un regaño a sus propios temores. Para Ranma la culpa o los grandes designios del destino no eran más que un obstáculo a enfrentar, y desde que lo conoció había sido una luz que lo hizo creer en la justicia y olvidar sus propios pecados. Pero después Méril lo vio perderse, lo vio morir, vio que el ideal que Ranma representaba, el guerrero invencible y obstinado que siempre conseguía la victoria, podía ser derrotado y caer, y el mundo se había vuelto otra vez un lugar oscuro y complicado.
Ahora el mundo volvía a ser simple, no, nunca fue diferente; él era el que había cambiado, había dudado y permitido que el temor se apoderara de su corazón. En cambio ahora lo comprendía todo tan bien como el día en que junto a Ranma se habían enfrentado a las fuerzas de Nifelheim en Alvheim, contra los demonios de Hel en Nerima, al mismísimo Eggther, rey de los gigantes, o cruzado los desconocidos mares de Asgard. ¡Era tan sencillo! Como lo que sabía debía hacer en ese momento.
—Lo siento, estaba algo confundido —respondió Méril,
Primero debía ponerse de pie. Movió una pierna tras otra, una mano en la rodilla y luego ambas, se enderezó irguiéndose con orgullo. Lo que tenía que hacer era desafiar al causante de su torcido destino. Dio un paso al frente colocándose al lado de Ranma y mirando a Loki con la misma arrogante persistencia que su amigo
—¿Necesitas un arma? —Preguntó Ranma.
—No, yo me encargo de eso —respondió más seguro de sí mismo que nunca—. ¡Gimle! —alzó la voz con autoridad—, ¡escúchame!, sagrada madre de toda la vida en Asgard, no te puedo dar mi corazón porque solo a mí me pertenece, ¿escuchaste bien? ¡Es mío!, y no haré ningún pacto como el que hizo Ull contigo. Si lo que quieres es vivir, ¡entonces lucha! Usa la fuerza de tu propio universo, ¡late como los ríos que cruzan el bosque, late como el viento que acaricia el follaje de otoño y los corazones de todos los seres vivos que descansan bajo tus hojas! No estás muriendo, estás creciendo y luchando, y nosotros estamos aquí para defenderte, pero no podemos hacerlo solos… ¡Gimle!
Loki parecía cansado.
—¿Qué locuras estás diciendo? —el aesir ya ni siquiera podo reír—. ¿Acaso crees que este montón de madera fosilizada todavía tiene un alma para escucharte?
—¡Gimle!... —Méril insistió con las manos empuñadas—, si quieres que te protejamos, si quieres vivir, ¡ayúdanos y lucha también!
Loki iba a pronunciar alguna nueva burla cuando sintió una fuerte brisa sacudir las nubes de esa dimensión y cantar a través de los millares de cristales. El sonido era armonioso y terrible. El viento los envolvió y se escucharon los latidos del corazón del universo más fuertes que nunca.
—¡Esto no es posible! —Loki protestó taimadamente mirando el corazón.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Ranma, mientras su capa bailaba con la fuerza del viento.
Méril sonrió mientras sus cabellos se arremolinaban.
—Gimle también quiere combatir de nuestro lado —extendió la mano con solemnidad.
Junto con la fuerte brisa, vinieron pequeños fragmentos de cristal azulado que lo rodearon y se detuvieron justo delante de su mano, reuniéndose y formando una esfera de luz entre sus dedos.
Loki, alertado, notó que la pequeña esfera de luz estaba compuesta por pequeños fragmentos de cristal azul y que pulsaba tenuemente como el corazón de Gimle.
—No… ¡No es posible! —Loki giró la cabeza hacia el corazón, para descubrir que una pequeña parte del cristal azul, como un agujero en su superficie, había sido arrancada—… ¡Es mío! —bramó el dios de Asgard—, ¡ese poder es mío, me pertenece!
En un instante la esfera creció y estalló en un fogonazo de luz blanco y azul, que se estiró tomando una forma sólida, dos líneas que crecieron en sentidos opuestos desde la mano de Méril, como un arco. Cuando el joven Méril cerró la mano empuñando el arco, el arma de luz cobró vida y dejando de brillar. Era una pieza de madera viviente, oscura con enredaderas que se enroscaban de extremo a extremo, las hojas pequeñas con la fragancia fresca de los bosques, cubrían toda la parte delantera del arco hasta asomarse como alas en las puntas, y aunque parecían tan frágiles como cualquier otra hoja de árbol, en realidad eran tan duras como un escudo que protegía las manos y el resto del arma. El arco de Méril dibujó entonces una línea de luz entre los extremos como cuerda, y como tal tensó el arco con gran fuerza.
Ranma se quedó perplejo.
—¿Cómo hiciste eso?
—Bueno —Méril rio admirando también la belleza de su arco viviente—, supongo que es cierto eso de que oficialmente ahora soy un Aesir.
—¡Demonios! Realmente es verdad que todos andan con aires de grandeza, primero Rashell creyéndose el dios Touni de la muerte y ahora tú un Aesir. ¿Qué seguirá después, que Millia también era una diosa o que Akane tenga talento para ser una gran hechicera? ¡No faltaría más!
Méril no respondió. Luego reaccionó.
—¿Rashell es Touni?
—No preguntes —respondió Ranma con cara de enfermo.
Méril tomó la cuerda del arco y colocándolo en posición una flecha de luz apareció en su lugar. Tensó la cuerda, apuntó al dios y comprobó que la mano ya no le temblaba.
—Loki, ¡este arco no te teme! Te ordeno en nombre de Gimle que abandones los dominios del mundo verde para siempre.
Loki Laufeyiarson, ya cansado de tanto espectáculo sin sentido, suspiró llevándose una mano a la sien.
—¡Maravilloso! Un hijo del sol y una semilla de Gimle, qué notoria combinación, ¿debería sorprenderme ya, o todavía quedan sorpresas?
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Como una saeta fue la flecha disparada por el arco de Gimle. Pero ambos chicos quedaron perplejos ante lo sucedido cuando la flecha de luz se detuvo misteriosamente delante del rostro del dios como si el tiempo se hubiera detenido para ella. Loki no mostró ninguna reacción, los ojos del dios resplandecieron con el color de la sangre y la flecha se consumió como una bocanada de fuego en el aire.
—Me toca —anunció Loki. Chasqueó los dedos de la mano derecha y al instante aparecieron en el aire a su alrededor una decena de pequeñas esferas de luz violáceas envueltas en anillos rúnicos.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Ranma algo nervioso y en guardia.
Méril percibió la enorme cantidad de energía concentrada en cada una de las esferas y un sudor frío le recorrió la espalda.
—Ranma, ¡muévete!
—¿Cómo?
Loki sonrió. Alzó el brazo y con fuerza lo estiró apuntando a los jóvenes con dos dedos juntos.
—¡Muévete! —Insistió Méril.
Las esferas dispararon entonces ráfagas de pequeños destellos de luz como balas de una ametralladora. Ranma corrió hacia un lado y Méril al otro, formando un amplio círculo en torno al dios. Loki alzó el otro brazo y estirando ambos comenzó a abrirlos lentamente siguiendo a los protectores del mundo verde, dirigiendo a las ráfagas de luz que les pisaban los talones destruyendo todo en su camino. Los cristales caían como vidrio roto, el suelo se abría, una estela de humo siguió a los chicos en su escape como si se tratase de una verdadera guerra moderna.
Ranma dio un salto hacia adelante para ganar espacio y girando en el suelo se detuvo apoyando una rodilla y estirando los brazos hacia el dios.
—¡Luz del alma!
El rayo dorado de Ranma cruzó el espacio vacío pero a pocos metros de Loki se desvió hacia el lejano techo explotando en una nueva lluvia de cristal.
—¡Demonios! ¿Qué fue eso?
Pero al mirar hacia su costado vio que la ráfaga de disparos ya lo alcanzaba.
—¡Escudo!
Cruzó los brazos delante de su cuerpo en un acto reflejo de desesperación. Los destellos de Loki se concentraron sobre el chico y todo lo que se veía era una gran nube de polvo que aumentaba y aumentaba mientras la ráfaga destrozaba todo lo que debería encontrarse en ese lugar. Y no se detuvo. Loki comenzó a reír como un demente disfrutando el sonido de la destrucción. Olvidándose de Méril concentró ambos brazos sobre el lugar donde se encontraba Ranma.
Méril no esperó y con la desesperación de salvar a su amigo arrastró un pie para detenerse, apuntó con el arco a Loki, lo pensó un segundo, cambió la dirección de la flecha y especuló que un disparo normal no bastaría cuando la flecha de luz ya aparecía ocupando su lugar entre los dedos y el arco. Improvisó moldeando la magia en su interior creando un hechizo en el que puso todas sus esperanzas.
—¡Fragmentación!
Disparó la flecha, que hizo una ligera curva en el aire. Loki vio por el rabillo del ojo la flecha de luz pero la ignoró como si no tuviera la mayor importancia mientras no cesaban los ataques sobre aquel tumulto de polvo y cristales destruidos. La flecha entonces se desvió igual que el ataque anterior de Ranma pero la dirección fue otra, dando de lleno en una de las esferas mágicas del dios. La esfera estalló al ser atravesada y de la explosión que sacudió la tierra se dispararon otras flechas más pequeñas en todas direcciones causando una luz cegadora. Loki se llevó una mano al rostro sorprendido cuando las otras flechas atravesaron a su vez a las demás esferas causando nuevas explosiones de luz.
Loki se quedó observando el cielo lleno de humo donde antes estaba su magia. El polvo se disipó y Ranma apareció de rodillas, jadeando, pero con ambos brazos en alto y las manos extendidas sosteniendo un parpadeante escudo mágico que se veía agrietado en partes. Entonces el escudo desapareció y, exhausto, Ranma dejó caer los brazos.
—Estuvo cerca —sonrió sudando nerviosamente.
El dios del caos y la malevolencia lo observó sin decir palabra, pero en su interior imaginaba que no quedarían más que trozos del cuerpo del muchacho.
—Interesante —murmuró—, verdaderamente interesante.
—¡Ranma! —gritó Méril desde el otro lado mientras preparaba una nueva flecha.
—¡Estoy bien! —gritó en respuesta empuñando la espada larga con el emblema de los Praga en el pendón, la familia original de Belenus. Ranma tenía al dios de frente mientras que Méril cuidadosamente vigilaba su espalda. Loki miró a Ranma, luego giró la cabeza y movió los ojos ligeramente hacia atrás para observar a Méril. Inclinó la cabeza y rio.
—Me bastaría un simple movimiento para borrarlos de este mi universo, pero me estoy divirtiendo bastante con ustedes —alzó los brazos y su cuerpo se elevó a gran velocidad hasta quedar en medio del cielo. Méril disparó una nueva flecha pero esta también se desvió a metros del cuerpo del Aesir y dio contra otra parte del suelo, causando una poderosa explosión. Méril entonces comprendió el porqué de que sus ataques no eran efectivos y también comprendió que no le serviría de nada saberlo. Apretó los dientes de rabia.
—Maldito cobarde. ¡Ven acá y pelea! —le gritó el campeón de Nerima con el brazo en alto.
—¿Qué baje? —Loki se mostró contrariado—. Pero si creía que ustedes ya tenían suficiente compañía.
Ante la mirada perpleja de Ranma, Loki se cruzó de brazos no sin antes chasquear otra vez los dedos. Una fuerte brisa envolvió todo el lugar y los ínfimos trozos de cristal desperdigados producto del combate se alzaron arrastrados por la corriente. Pequeños remolinos se formaron por todas partes amontonando los cristales que comenzaron a unirse en grandes masas. Cuando los chicos vieron el resultado comenzaron a preocuparse. Los cristales habían tomado la forma de hombres, las uniones no eran perfectas pues los trozos levitaban unos cerca de otros como si los cuerpos no estuvieran completos, aun así se movían con la perfección de un organismo humano.
Los seres de cristal alzaron los brazos transformándose en largas espadas curvas y moviendo las cabezas como si gritaran sin emitir sonido alguno, y corrieron hacia los chicos. Eran más de un centenar de soldados de cristal que los rodeaba en dos grupos. Ranma y Méril miraron en todas direcciones cómo aquellos seres los acechaban cerrando los círculos alrededor de ellos.
—Esto no se ve bien—se dijo Méril.
—Nada bien —murmuró Ranma para sí.
Loki se llevó una mano al mentón pensativo, luego sonrió satisfecho y ordenó:
—¡Maten!
Los seres de cristal se abalanzaron sobre los chicos. Ranma se agachó para evitar ser decapitado y contraatacó con un poderoso revés que desmembró al atacante, giró luego y lo partió por la cintura. Alzó la espada y cruzándola por encima de su cabeza detuvo dos golpes a la vez. Los empujó y girando dio tres rápidos ataques destruyendo el cuerpo de varios guerreros de cristal. Rodó por el suelo, golpeó a uno, evitó un ataque, saltó apoyando un pie en la cabeza de uno de ellos y mientras giraba en el aire estiró una mano hacia el suelo.
—¡Luz del alma!
La explosión sacudió a varios, continuó girando en la caída aterrizando con un poderoso golpe que partió a uno desde la cabeza hasta los pies. Sintió que lo atacaban por la espalda y aún de rodillas giró el cuerpo cortando el aire hacia atrás.
Méril disparó una flecha de luz que atravesó en línea a varios oponentes, disparó dos más antes de que llegaran a su lado. Usó el arco para bloquear el golpe de una espada de cristal y cuando vinieron por su espalda pateó al primero en el abdomen, giró usando el arco como arma para golpear en la cabeza al siguiente y derribarlo, disparó a quemarropa contra el suelo despedazándolo, alzó el arco y disparó otra vez. Desenfundó la espada corta del cinto y cortó la cabeza de un ser de cristal. Dio un corto brinco y giró dando una feroz patada a otro, arrojó la espada atravesando el pecho de un nuevo oponente. Corrió hacia él, saltó mientras el ser de cristal se derrumbaba y apoyándose sobre su pecho se impulsó desenterrando la espada. En el aire giró, la enfundó y apuntó con el arco hacia el suelo.
—¡Lluvia de luz!
Como una serie de bombas cayeron los disparos sobre una buena cantidad de seres de cristal. Méril rodó por el piso al caer y al levantarse vio a Ranma venir. Apuntó contra su amigo y disparó una rápida flecha. La flecha de luz rozó la mejilla de Ranma y atravesó a un ser de cristal que lo quería apuñalar mientras Ranma se distraía atacando a otro. Entonces Ranma llegó donde Méril corriendo.
—¡Abajo!
Méril agachó la cabeza y Ranma cruzó por encima con su espada rozando los cabellos del joven, dio de lleno en el cuerpo de un guerrero de cristal y lo destrozó completamente. Ambos jóvenes se detuvieron entonces espalda contra espalda, espada en alto y arco cargado, mirando cómo el círculo se seguía cerrando y cerrando y todos los que habían caído se volvían a levantar rearmando sus cuerpos como si nada.
—Dime que tienes un plan —suplicó Ranma con el rostro bañado en sudor.
—Pues, algo así como un plan...
—Lo que sea, cualquier cosa puede servirnos.
Méril sonrió. Aquella situación muy en su interior era un deleite al volver a combatir al lado de su amigo, aunque todo el universo se encontrara comprometido en ello.
—No vamos a perder, ¿cierto? —preguntó Méril al sentir el repentino peso de la responsabilidad.
—¿Necesitas otro golpe? —sugirió Ranma—. Ahora deja de gastar el tiempo pensando estupideces y comienza a trabajar en alguna idea para salir vivos de aquí.
—¿Y si mi plan pasa por derrotar a un invencible dios?
—Dime dónde golpear y yo me encargo. Recuerda que el único invencible aquí soy yo.
—Me lo temía —murmuró.
—¡Hey! Te he escuchado.
El sonido de cristal chocando entre sí se volvió más fuerte a medida que el ejército de guerreros creados por Loki se cernía sobre ellos. El dios del fuego y del hielo, del mal y del caos, de las mentiras y las conspiraciones se llenaba de alegría gozando del espectáculo desde las alturas.
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Akane se enfrentó a la puerta del jardín, miró la calle como si se tratara de un oscuro y tenebroso bosque.
—¡Tonterías! —se regañó y abandonó los límites del hogar. Caminó rápidamente hacia el almacén, estaba tan tensa que podía escuchar sus propios dientes crujir mientras miraba de un lado a otro en todo momento.
—¿Akane?
—¡Ah!
—Calma, soy yo, Ukyo. Rayos, si pareciera que viste a un fantasma. ¿Cómo es que estás aquí, que no te habías ido a entrenar al «otro mundo»?
—Yo…
Ukyo no le permitió continuar y le dio un fuerte abrazo. Se habían vuelto muy buenas amigas desde los tiempos en que peleaban por Ranma y era de las pocas que conocían la verdad sobre la muerte de Ranma y Asgard.
—Se te echaba mucho de menos.
—Ukyo.
—¿Por qué no me acompañas al restaurante? Allí podremos charlar un poco, tengo mucha curiosidad por saber cómo son las cosas allá.
—Lo siento, Ukyo, pero ahora no puedo.
—¿Cómo, no nos vemos durante semanas y ahora me sales con eso?
—Es que tengo que hacer las compras.
Ukyo la miró tan fijamente que Akane comenzó a sudar y a perder la sonrisa.
—Bien, nos veremos luego. No lo olvides.
—No lo olvidaré.
Se despidieron. Pero Akane no notó cómo Ukyo, al dar vuelta en la esquina, se ocultó tras la pared y se asomó observándola.
—Eres una pésima mentirosa, Akane. Voy a saber en qué andas.
—¿Ukyo?
—¡AH!
La chica saltó, giró rápidamente y sin mediar palabras sacó su espátula gigante y le plantó tal golpe a la cabeza de Ryoga que lo enterró como tortilla en la pared.
—¡Ryoga! Si serás idiota, ¿cómo asustas así a la gente?
El chico sólo pudo responder con unos débiles murmullos llenos de indescriptible dolor.
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El nuevo y pequeño edificio de departamentos no tenía más de seis pisos. Era un condominio residencial con un pequeño pero bien cuidado jardín de entrada. El conserje, un afable hombre algo generoso de cintura, le abrió una de las puertas de cristal a la joven que con mirada perdida y vistiendo un uniforme de preparatoria celeste y blusa blanca venía llegando en ese momento con un maletín colgando de una mano y en la otra sosteniendo un pequeño trozo de papel escrito.
—Buenos días, señorita —el anciano hizo una ligera pero formal reverencia con la cabeza—. ¿En qué puedo ayudarla?
Ella se encontraba muy desorientada y algo nerviosa recordando la situación en la que abandonó la casa y que en cualquier momento podría ser necesaria allá. Volvió a mirar el papel y por lo que tenía escrito ese parecía ser el lugar indicado que buscaba con tanto afán. Tuvo que dar un gran rodeo en el tren subterráneo para llegar a las afueras de la ciudad de Tokio y encontrar allí un sitio tan nuevo y bonito cuando ella tenía una idea muy distinta en la mente de lo que encontraría. Despertando de su estado de ensoñación y al ver que el portero aún se encontraba allí con la mano en la puerta y una mirada de curiosidad, torpemente atinó a responder el saludo con una formal reverencia y una agradable sonrisa. Pidió disculpas y entrando en la recepción ambos caminaron hacia el mesón, el anciano dejó unas cartas que traía en la mano ubicándose detrás del fino mueble de oscura madera, mientras que ella se quedó observando tímidamente del otro lado los detalles de la sala y las fuertes medidas de seguridad con que contaba el edificio al mirar las pantallas de las cámaras de seguridad que parecían cubrir cada rincón del jardín, pasillos y elevadores de cada nivel.
—Me parece que está buscando a alguien en especial —dijo el anciano con una sonrisa al notar el papel con la dirección anotada que la estudiante traía en la mano.
Ella miró el papel y asintió sonriente de tal manera que hizo al hombre enternecerse y sentir simpatía por ella.
—Yo… —dudó. No estaba segura de si la persona que buscaba utilizaría su nombre real o un seudónimo.
—Discúlpeme usted que la interrumpa, señorita. ¿Pero no será por casualidad su nombre Millia?
Ella se sobresaltó.
—Sí. Sí, ese es mi nombre.
—¿Millia Lazuli de Gimle?
—Sí, exactamente, ¿pero cómo lo sabe?
—Por la descripción que recibí del amo Kapsuo me fue fácil suponerlo. No todas las jóvenes estudiantes calzan con una descripción tan particular, especialmente si se es un hada y se lleva un nombre asgariano.
Millia se puso a la defensiva dando un nervioso paso hacia atrás.
—Calma, calma, que se encuentra en un lugar seguro —el anciano le dedicó una sonrisa paternal. Recién entonces Millia pudo ver en los ojos del hombre un profundo vacío que la hizo temblar ligeramente—. Además, el amo se encontraría muy disgustado conmigo si algo le sucediese. Tome esto —le pasó un pequeño juego de llaves plateadas—, son suyas. Una copia que el mismo amo me encargó para usted. Su departamento se encuentra en el tercer piso, saliendo del elevador a mano izquierda.
—Gra… Gracias —Millia caminó algo insegura pensando en la identidad de aquel anciano y porqué sabría tanto sobre ellos.
Cuando salió del ascensor se encontró con un pasillo cálido en tonos crema. Caminó en la dirección indicada y se topó con una única puerta al final del pasillo. En ese instante sintió el peso de la ansiedad sobre el corazón y la mano le tembló con fuerza cuando quiso tocar el timbre. La retrocedió y llevándosela al pecho respiró varias veces con profundidad tratando de calmarse. Tocó el timbre. Durante algunos minutos no sucedió nada. Lo volvió a tocar con algo de temor, luego dio unos ligeros golpecitos en la puerta. Finalmente, resignada a su suerte, sacó la llave y la insertó en el cerrojo.
El departamento se encontraba bien iluminado, con una extraña limpieza y quietud pues parecía no ser ocupado por nadie. Los muebles eran simples y cumplían una función utilitaria. Tenía un televisor y una radio que no parecían ser usados con regularidad. Llamó, llamó varias veces y nadie la atendió, finalmente recorrió el lugar con confianza sabiendo que se encontraba sola. Deambuló por las habitaciones una por una, pues eran pocas, la mayoría vacías o con algunas cajas apiladas. Se acercó a una de las cajas y se sorprendió de encontrar algunos libros muy antiguos, incluso de procedencia asgariana, artículos y joyería que parecían tener un valor histórico más que nada. En otra de las habitaciones su sorpresa no fue tan grande, se encontró con una pared cubierta de armas en perfecto orden, desde espadas y hachas hasta cuchillas; estrellas ninjas, kukris, katanas y kodachis; mazas y martillos de guerra; bastones de madera y metal; escudos, armaduras de cuero, mallas y placas; arcos y ballestas. A un costado de la habitación había un gran mueble de dos puertas. Cuando lo abrió se encontró con toda clase de extrañas herramientas y del otro lado había una mesa de trabajo donde habían algunas cosas desordenadas encima, más bien fragmentos de cuero y metal como si se estuviese trabajando en correas para una armadura. Suspiró cansada, eso sí era tan típico de él.
Continuó recorriendo el departamento y llegó al dormitorio, una gran cama cuadrada con cubiertas de un único y deprimente color gris se encontraba en el centro. Frunció el ceño y se sentó en ella cansada, estiró la mano y dejó caer el papel sobre la fina alfombra y rio al saber que había saboteado el perfecto orden de ese lugar. Se sintió muy desilusionada al no encontrar, fuera de las armas, alguna señal de vida o personalidad en ese sitio, parecía más una pequeña fotografía de un departamento común y corriente. Se dejó caer de espalda sobre la cama. ¿Qué más se podía esperar de una persona criada para ser el más frío de los asesinos? Método, cuidado, no dejar rastros, ese departamento no era una declaración de la personalidad de quién lo habitaba sino todo lo contrario, una muestra del cuidadoso detalle en no dejar al descubierto nada de su verdadero ser.
Giró la cabeza más que deprimida, temiendo, a su vez, volver a encontrarse con un hombre frío y calculador, ese temor la angustió hasta desear querer dejar ese lugar y no encontrarse con él, detenida únicamente por el recuerdo de que allí no se encontraba por deseo, aunque también lo deseaba, sino por la imperante necesidad de hablar con él. ¿Se enfadaría al enterarse de que había regresado a Midgard y que ahora lo buscaba por el gran peligro que enfrentaban? Temió lo peor, que él no las ayudaría y que peor aun, no le permitiría regresar con Akane. Sintió el enojo nacer dentro de ella imaginando que él no tendría derecho entonces de retenerla, luego suspiró resignada, él sí podía retenerla a la fuerza si quería y claro que lo haría, estaba segura de ello. Quizás fuese mejor dejar ese lugar en vez de encontrarse con él, pensar en buscarlo para que las ayudara a proteger a Iris había sido algo muy osado de su parte. Ya decidiéndose por abandonar el departamento vio en el pequeño velador a un costado de la cabecera de la cama un pequeño portarretratos bajo la sombra de la pantalla de la lámpara. Se acercó y lo tomó. Lo que vio la llenó de tal felicidad que cayó otra vez sobre la cama abrazando la imagen, olvidándose completamente del mundo y todas sus aprensiones.
Cuando Kapsuo ingresó al departamento estaba advertido de la llegada de Millia. Entró con seguridad y cerró la puerta detrás de él dando una metódica mirada alrededor de la sala a la vez que dejaba una abultada carpeta sobre la mesa de centro. Algo no andaba bien. Los muebles no estaban en su lugar, sobre las mesas habían floreros con… flores. Las cortinas eran distintas, ahora tenían colores y estampados que hacían un perfecto juego con los colores de las paredes y la alfombra. Una hilera de delicadas figuras de puro cristal adornaba las antes vacías repisas, cristales con forma de Yggdrasil, aves, animales e incluso una que le pareció muy conocida donde se insinuaba la silueta de una feliz pareja.
—¡Oh, no! —La cristalina voz presa de angustia provino de la chica que cubría el uniforme de la escuela Furinkan con un delicado delantal de cocina atado en la espalda y el cabello plateado tomado en un desordenado pero cómodo moño detrás y por encima de la cabeza que dejaba todas las puntas abiertas al aire en distintas direcciones. Ella se quedó petrificada al verlo.
Kapsuo no dijo nada, dejó la figura de cristal sobre la repisa y giró hacia ella. Entonces Millia cerrando los ojos con fuerza gritó desesperada.
—¡Date vuelta!
—¿Por qué?
—¡Qué te des vuelta, ahora, por favor!
El joven, ante las palabras mezcla de súplica y orden, y con una cara que denotaba cansancio, prefirió hacerle caso y giró lentamente dándole la espalda. Entonces escuchó el ruido de rápidos pasos, ollas sonando, platos moviéndose con tal velocidad sobre la mesa que le parecieron deslizarse sobre la superficie y algunas cosas caer, pero prefirió no pensar en eso.
—Ya puedes mirar —la voz de Millia ahora sonó sin fuerzas, presa de una timidez que antes había brillado por su inexistencia. Él giró lentamente y se encontró con la imagen de Millia ya sin el delantal y de pie a un costado de una mesa exquisitamente adornada con una aromática comida servida.
—¿Por qué hiciste esto?
—Quería que todo fuera perfecto para… para… ¿nuestro reencuentro? —dijo sin mucha seguridad, algo que Kapsuo notó al instante.
—Ya veo.
Kapsuo se acercó a ella, Millia cerró los ojos expectante pero no sintió nada, abrió los ojos y vio que el joven pasó de ella y se encontraba parado frente a la mesa mirando la cena como si se tratara de un extraterrestre. Tratando de ocultar malamente su enojo agregó.
—No la he envenenado.
—¿Y por qué lo harías? —preguntó con indiferencia.
Millia ahora sí que se sentía ignorada y molesta.
—Tú… tú… ¡ha pasado tanto tiempo y tantas cosas de las que necesito hablar contigo y ni siquiera te muestras emocionado al verme! ¿Cómo es posible?
—Tu cabello.
—¿Cómo?
Kapsuo, no tomando en cuenta el enojo de la chica, apuntó a la cabeza de Millia.
—No te soltaste el cabello.
Millia recién entonces se percató de que en su apuro aún tenía el cabello tomado en un improvisado y desordenado moño. Levantó las manos y mientras se soltaba el moño comenzó a hacer pucheros.
—Eres… eres…
Antes de que pudiera bajar los brazos Kapsuo estaba delante de ella y en un inesperado movimiento la abrazó atrayéndola hacia su cuerpo.
—Ka… Kapsuo… ¿qué… haces?
—No soy bueno con las palabras, pero así es como me siento al verte.
Intensificó la fuerza del abrazo y Millia, sintiéndolo, se puso a llorar.
—Perdón, estoy siendo tan tonta con todo esto que yo…
—El problema es mío, deseaba verte. Pero no sabía qué decir ni hacer cuando lo hiciera. No importa cuánto lo pensara apenas me enteré de tu llegada me quedé sin planes. Lo siento.
—Eres un idiota —exclamó repentinamente sin poder dejar de sollozar mientras ocultaba el rostro en el pecho del joven.
—Lo siento.
—¡Un arrogante!
—Lo siento.
—Un egoísta que sólo piensa en la guerra.
—Lo siento.
—No te preocupas por mis sentimientos.
—Lo siento.
—Tengo que decirte cosas muy importantes y ni siquiera te siento aquí conmigo.
—Lo siento.
—¡Y tu gusto en la decoración es pésimo!
—Lo… mi gusto no es malo, es cuestión de enfoques.
Millia se quedó perpleja ante esa respuesta y luego, sin poder contenerse, rio.
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La comida fue algo tan cómodo y normal para Millia que el corazón no le cabía de dicha en el pecho, aunque la pobre había olvidado por completo la razón que la había traído a ese lugar, dejándose llevar por el momento. Ella hablaba de muchas cosas y se sorprendió gratamente de cómo Kapsuo, en sus pocas intervenciones, había preguntado por Nodoka Saotome, su madre, y cuando supo de las acostumbradas y vergonzosas actitudes de Genma miró hacia un costado peligrosamente, por lo que Millia supuso que sería mejor omitir al padre del año de futuros temas de discusión. La alegría inicial del encuentro comenzó a declinar en Millia a medida que recordaba su misión y los nervios por enfrentarlo con la verdad la carcomieron, al punto de que prefirió abordarlo con otro tema en un intento por armarse de valor.
—Tu conserje me asustó —dijo Millia, cambiando repentinamente de tema.
—¿Te hizo algo? —La mirada y el tono de voz de Kapsuo se volvieron repentinamente escalofriantes.
—¡No, no, no me ha hecho nada! —Saltó moviendo las manos nerviosamente—. De verdad.
—¿Segura?
—Sí, sí, claro que estoy segura. Es por otra cosa que me asustó, es que me ha sorprendido mucho cuando nombró a Asgard.
Kapsuo recién se relajó.
—Era uno de los hombres de Vlad.
—Ah, eso lo explica todo, me sorprendió tanto que pensé… —Millia guardó silencio al ver la sombra en el rostro de Kapsuo. Era obvio que le estaba recordando malas experiencias de su antigua vida en Asgard, todo lo contrario de lo que deseaba hacer—. Bueno, bueno, no es nada importante, creo. Debes guardar muy buenos recuerdos del señor Vlad para confiar en uno de sus seguidores.
—No confió en él. Si me traiciona lo mataré.
Millia suspiró. En el fondo sabía que de alguna manera Kapsuo sentía «simpatía» por el viejo vampiro y algo de «pena» por su muerte, pero no le insistiría más con el tema.
—Aun así, me sorprendió no encontrarte. Por un momento temí que algo malo te hubiese sucedido —el temor de Millia se hizo evidente pensando que Dainn se encontraba muy cerca ahora, en esa misma ciudad, acechándolos. Kapsuo sería una presa deseable para el cazador de almas y aun tenia pesadillas con él.
—Mi trabajo.
—¿Trabajo? ¿Un trabajo normal? —preguntó nerviosamente con el tenedor en alto un poco preocupada.
—Los yakuzas pagan bien por un hombre calificado.
—¡Cómo! ¡¿Yakuzas?! ¿Acaso estás…? —el miedo se dibujó en el delicado rostro.
Kapsuo rio y Millia recién entró en cuenta de que se estaba burlando de ella.
—Ya lo he comprendido, no lo volveré a molestar con mi inconsciente curiosidad, señor.
El joven se llevó una mano al rostro sin dejar de reír de esa forma tan oscura que tenía.
—¡No haré ninguna pregunta más de nada! —Se cruzó de brazos ofendida. Kapsuo, dejando de reír, la miró a través de los dedos de la mano que tenía sobre el rostro y agregó.
—Tengo un trabajo normal, como cualquier midgariano.
—Como cualquier «persona».
Él la miró molesto por haber sido corregido. Ella sonrió victoriosa en actitud de niña inocente, pero entonces con una conciliadora actitud como para llegar a una tregua dijo:
—Me alegra, me alegra mucho —inclinó un poco el rostro tratando de ocultar avergonzada su emoción—. ¿Puedo saber en qué trabajas?
Kapsuo se inclinó sobre la mesa descansando en un codo en una actitud arrogante.
—Creí que no me harías más preguntas.
—¡Tú no te rindes! —exclamó cansada—. ¿Acaso te gusta molestarme?
—Sí —respondió—. Eres infantil e intensa, no como te muestras a los demás.
—Eh, eso es… ¿malo?
—Me parece un rasgo íntimo y encantador que únicamente me muestras a mí.
El rostro de Millia se puso tan rojo que ya no pudo mirarlo a la cara por unos largos minutos, en los que se dedicó a comer en silencio.
—Pero, ¿entonces? —Insistió al rato, todavía algo avergonzada. Kapsuo, bebiendo un poco de vino, se reclinó en la silla dándose su tiempo antes de responder.
—Doy clases.
—¿Eres un maestro?
—Me gusta la historia.
—Lo sé —agregó Millia. Estaba feliz—. Envidio tanto a tus alumnos —suspiró hablando sin pensar.
—Alumnas —la corrigió.
—¿Ah?
—Doy clases de historia en una preparatoria exclusiva para señoritas.
—Chicas de pre… ¿preparatoria?
—Sí, son niñas increíbles —sonrió con malicia—, muy dedicadas, organizadas, curiosas. Alumnas «encantadoras» —agregó recalcando cada una de sus palabras con mucho cuidado.
—Encanta… ¡¿doras?! —La mirada de Millia fue asesina.
—Son muy diligentes. Me molestan a cada momento en mi oficina con pintorescas preguntas.
—¿«Oficina», «pintorescas»? ¡Me imagino!
Kapsuo rio. Luego la miró complacido.
—Millia.
Ella hizo como que lo ignoraba girando la cabeza bruscamente hacia un lado e inflando las mejillas, pero a él le pareció muy divertido.
—No temas, yo ya tengo a mi alumna favorita.
La joven hada se rindió, lo vio sonreír y también sonrió sintiendo que finalmente era feliz a su manera, no importando las duras pruebas que el futuro les tendría deparadas, ambos sabían en el fondo de sus almas que quizás jamás volverían a gozar de aquella paz y felicidad que como un pequeño secreto compartieron. Hablando de paz fue cuando Millia recordó, recién, la razón por la que se encontraba allí dando un pequeño salto en la silla y dejando caer el tenedor sobre el mantel.
—¿Sucede algo? —preguntó el joven con indiferencia.
Ella no supo entonces qué decir, tenía que abordarlo con el peligro que amenazaba el hogar de los Tendo, pero de alguna manera temía de la reacción de Kapsuo. Entonces el joven relajó los hombros y con una extraña sonrisa miró hacia la ventana.
—¿Esa maldita de Freya te ha puesto en un nuevo lío?
Millia levantó el rostro y lo miró en silencio. Se encontraba sorprendida y a la vez expectante, por lo que no percibió el tono de ira tras las palabras del joven.
—¿Lo sabías?
—¿Por qué otra razón te encontrarías en Midgard si no fuera así?
Ella se sintió como una tonta. Entonces se atrevió finalmente a decirle.
—Necesitamos tu ayuda —Ella buscó en sus ojos alguna reacción, pero él se mostró insondable—, nos enfrentamos a algo muy grande, demasiado.
—¿Por qué tardaste tanto en decírmelo?
Millia se enojó con él, la calma con la que se tomaba el asunto contrastaba con lo que había imaginado de ver a un Kapsuo saltando y gritando de la rabia, incluso reprendiéndola a ella por haberse expuesto al peligro. Aquella indiferencia la dejó perpleja y la hirió profundamente al percibir que otra vez se encontraba ante un hombre frío y calculador. Fue recién en ese momento cuando percibió el reflejo en los ojos del joven, el mismo que tuvo cuando se enfrentó a Dainn aquella vez en que su decisión le salvó la vida. Comprendió entonces que la frialdad de Kapsuo no era sino un signo de su ira y que con ella la estaba castigando.
Qué bien la conocía, pensó, porque sí daba resultado.
—Pensé… —Millia se sintió afligida ante ese bloque de frialdad y lo único que se le ocurrió hacer fue ser honesta—, yo pensé que te enfadarías conmigo al saber que me encontraba en peligro.
—¿Y por qué lo haría?, seguir las órdenes de esa mujer no es tu culpa. Además has venido a mí inmediatamente. ¿O no?
Ante los ojos de Kapsuo ella no pudo mentir, bastó que se mordiera los labios en gesto de niña penitente para que se acusara a sí misma.
—Lo siento, pero es que no pensé que nos ayudarías.
—Y no lo haré —respondió con tal crudeza que el corazón de Millia se paralizó por completo.
—¿Por… por qué? —los labios de Millia temblaban y el peor de los escenarios que ella imaginó comenzaba a hacerse real. ¿Qué seguiría, las amenazas y las peleas por no dejarla ahora partir al peligro junto a sus amigas?
Kapsuo miró hacia un costado, algo en su rostro demostró arrepentimiento. Se había airado pero pensó que ya la había castigado lo suficiente y al verla allí, tan frágil, se odió a sí mismo por no poder dejar de lado todavía al vengativo Avari.
—No puedo ayudarlas mientras no me expliques exactamente a qué se enfrentan —ante la sorpresa de Millia, Kapsuo se levantó de la mesa, y rodeándola se paró detrás de la joven. Entonces colocó ambas manos sobre los hombros de la chica e inclinándose descansó la frente sobre la cabeza de Millia. Ella no supo cómo reaccionar cuando lo escuchó hablar con una voz suave y muy lenta.
—Perdóname, he sido injusto contigo. Te ayudaré, no permitiré que te lastimen, pero debes prometer que me obedecerás y no participarás de la batalla.
—Pero…
—Yo me encargaré de todo.
Ella levantó la mano, la posó sobre la de Kapsuo acariciándola suavemente y asintió con un ligero suspiro. En ese momento comprendió que a él jamás podría negarle nada.
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Continuará
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Nota de autor:
Mis más sinceros agradecimientos a mis queridos camaradas que siempre me apoyan con sus comentarios, pues siempre me ayudan mejorar un poco más. Muy en especial a Revontulett y Yes. Espero que les haya gustado este capítulo y nos vemos mañana.
Un día menos para el final, un día que espero lo hayan pasado con sus seres queridos antes del ocaso…
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
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