"Hija de la Tempestad"


Cap. 50: Trozos de un espejo roto.


Jamás había conocido una paz tan absoluta como la de aquel momento, ni siquiera cuando lograba entregarse a los brazos de Vaermina y dejar reposar su cuerpo en buena armonía con el entorno.

Le resultaba tan extraño... juraría que hacía prácticamente nada había estado tensa... llena de un miedo inimaginable...

Como la primera vez que sucedió todo aquello.

"Desde donde estoy, en ocasiones me pregunto cómo hubiera sido... estar en tu piel, Tempest."

- Eidon...

El dunmer volvía a estar frente a ella en todo su esplendor, siempre sonriente, siempre dispuesto a escucharla.

"Todo lo que has atravesado, todo lo que has vivido... y aún te queda por vivir... No puedo imaginarme a mí mismo superando todos ésos obstáculos de la manera en que lo has hecho tú, mi dulce amiguita."

- Tú hubieras hecho un papel más presentable que yo, Eidon. Mírame: me he metido en un Plano Daédrico porque me ha apetecido... y me hubiera quedado en él de haber sido mía la elección. Soy una ladrona, una mentirosa, una asesina... tú nunca fuiste nada de todo esto.

Él se echaba a reír.

"Me tienes por un hombre demasiado honorable, Tempest."

- Porque lo eres. No sé ni siquiera cómo aún me diriges la palabra sabiendo la clase de persona que soy.

"Sin victimismos, amiga mía. Yo te quiero. Pese a todo lo que puedas pensar, ni yo fui tan perfecto, a los hechos me remito, ni tú has cambiado tanto. Sigues siendo la misma chica que cuando te conocí, la única diferencia radica en que la vida te ha curtido, ni más ni menos. Es un viaje hacia la madurez por el que todos pasamos sin excepción, y tú, al ser humana, comienzas ése viaje mucho antes que nosotros los mer."

Y ella suspiraba, suspiraba llena de añoranza.

- Desearía muchas veces tenerte a mi lado, Eidon. Tú me conoces más que ningún otro pese a la brevedad de nuestro tiempo en común y, muy probablemente, quien debería estar en estos instantes empuñando la pluma que escribirá la Historia como Héroe de Kvatch eres tú.

"Jamás digas eso."

- Es la verdad.

"No preservé tu vida para que deseases ponerte en mi lugar, Tempest. Los que han partido en tierras lejanas se hallan, y eso es algo que no se puede cambiar. Tanto los que estáis allí como los que estamos aquí tenéis o hemos tenido nuestro papel correspondiente en el Ciclo Vital. Y yo no me arrepiento del papel que, en su día, desempeñé."

- Eidon...

"Pregúntate qué hubiera sido de ti si nuestros caminos nunca se hubieran cruzado. ¿Hubieras seguido vagando por la provincia de Cyrodiil hasta que el hambre o la soledad te hubieran llevado a extremos en los que jamás se te habría ocurrido pensar? ¿Habrías muerto por los caminos plagados de Portones sin haber conocido nunca la alegría de la amistad, el cariño, el deseo y las ganas de aventuras? Yo creo que el seguir viva, pese a todo, te ha abierto de par en par un mundo lleno de posibilidades."

Posibilidades... caminos... opciones... en realidad nunca se había sentido dueña de su propio destino hasta que había puesto el pie en Shivering Isles.

Allí sí que se había sentido, por vez primera, libre de hacer lo que realmente quería.

"Ten cuidado con ésos pensamientos, Tempest. Lo que has vivido en el Plano del Gran Lunático es solo una pálida reflexión de en lo que podrías llegar a convertirte: una niña eterna sin voluntad ni madurez suficiente para afrontar los altibajos de la vida. Si no te enfrentas a la vida tampoco podrás gozar de ella. Uno ha de hacerse mayor por fuerza, no se puede ser niño eternamente. No importa lo que el Dios Loco haya podido ofrecerte, no es ni bueno ni verdadero para ti."

Ya... pero había sido feliz.

"No dejes que Sheogorath te tiente, mi pequeña amiguita, ni dejes que la sombra que te sigue dicte tus pensamientos. Sé libre por ti misma y recuerda... que siempre estaré a tu lado cuando me necesites. Ahora despierta."


Lenta y trabajosamente sus párpados fueron moviéndose hacia los lados con suavidad, lo mismo que una rosa abriéndose, floreciendo. Sus grandes ojos azul eléctrico, una vez abiertos, se cerraron repentinamente al sentir cómo finas gotas de lluvia pugnaban por filtrarse por ellos a traición.

Parpadeó un par de veces y, cuando la vista pasó de un conjunto de manchas borrosas a una conformación límpida y clara, quedó observando el cielo tormentoso y gris que se había posado sobre Bravil para acallar el fuego que apenas unas horas antes lo envolviera.

Tempest boqueó un par de veces como pez fuera del agua e inspiró profundamente. Al girarse de lado para incorporarse hasta quedarse sentada notó un doloroso pinchazo extenderse por su costado izquierdo y un inmenso dolor de cabeza apoderarse de la parte posterior de su cráneo.

Para su sorpresa tenía la túnica desabrochada, la armadura abierta y estaba vendada por el pecho y el tronco con unas tiras de tela que contenían la hemorragia de su sangrante costado izquierdo.

Estaba herida y aquello le sorprendió tanto como le aterrorizó el panorama que, en aquellos instantes, se gestaba a su alrededor: cubierto el suelo de sangre, polvo y cenizas, allí había dado lugar un campo de batalla tan cruel como encarnizado.

Trozos de tejido vivo, órganos dispersos, cabezas clavadas en picas y un auténtico reguero de cadáveres, tanto de criaturas del Otro Plano como de seres humanos, llenaban el campo de visión de la joven extendiéndose por toda la periferia de una muy desolada Bravil, la cual había sido pasto del fuego y de las cenizas del Portón a Oblivion que se había abierto casi medio día fuera de sus muros antes de la llegada de ambos imperiales a la ciudad.

Víctima de un ataque de histeria, Tempest comenzó a temblar incontrolablemente y, sudando copiosamente, con la frente ardiendo como si tuviera fiebre, miró hacia todos los lados de su perímetro, aterrorizada, hasta toparse con la oscura y encorvada figura de Lucien Lachance, con el perro zombie a su lado, sentado con desgarbo en las escaleras que subían hacia el pedestal de la famosa "Anciana Afortunada" de la portuaria ciudad.

La Madre Noche.

Estaba apenas a medio metro de él y, de haberse estirado un poco, podría haberle rozado una pierna con la mano.

El hombre se hallaba con los codos puestos sobre las rodillas y con la cabeza apoyada sobre el puño de la diestra, cubierto de sangre y cenizas de la cabeza a los pies. El perro parecía observarle con curiosidad, la despellejada cabeza ladeada hacia la izquierda.

- J-jefe... - balbuceó la muchacha desde el suelo estirando una mano tentativamente hacia él.

Pero el hombre estaba como ido, totalmente ausente de la realidad. Observaba un punto en el suelo del que no apartaba la vista y su rostro hallábase sumido en la penumbra.

Tempest se arrastró el medio metro que los separaba y, finalmente, acabó con su manita puesta sobre la rodilla del hombre.

Y, al haberse movido, se quedó helada al contemplar la sonrisa sardónica que esgrimía el tipo, gacho y cabizbajo como una fiera en reposo.

- ¿Jefe...?

El hombre ni se movió ni varió aquella expresión de loco. El perro ladró una vez.

- ¡Jefe!

Finalmente, ante la insistencia de ella, reaccionó.

- Has despertado. - dijo simplemente, ni preguntando ni afirmando, solo constatando un hecho.

La chica se lamió los labios y notó ausentemente el regusto a sangre seca que había en ellos, consecuencia de una pupa que había adquirido al desmayarse y estamparse contra el suelo.

- ¿Qué ha pasado, jefe? - se atrevió a preguntar pese a que, a todas luces, sabía que la respuesta no le agradaría en absoluto.

El hombre aspiró un momento por la nariz sangrante antes de responder.

- Ése drémora bastardo te pegó un buen tajo con su acero y luego te noqueó. Te saqué a rastras del Portón tras cerrarlo, te vendé la herida y te dejé cerca del sepulcro de nuestra Matrona Impía mientras me ocupaba de despejar los demonios remanentes en la ciudad.

- ¿Te ocupabas? ¿Y la Guardia de Bravil?

- ¿Ves algún soldado que quede en pie, querida niña?

Y era cierto. Por docenas se podían contar los cascos y uniformes ensangrentados desperdigados miserablemente por las mal asfaltadas calzadas de la miserable ciudad.

Tempest tragó entonces saliva muy fuertemente y observó entre asqueada y horrorizada las cabezas de drémora ensartadas sobre sendas picas a diez metros a su derecha, perfectamente alineadas.

- ¿Has hecho tú eso, jefe? - preguntó temerosa.

El hombre imperial se quedó mirando aquel punto que la chica le señalaba con la vista con aire pensativo.

- El arma más poderosa frente a un enemigo tan curtido en la batalla es y será siempre el miedo. - respondió enigmáticamente – Supongo que nuestro Pavoroso Padre podrá interpretarlo como... un homenaje.

Tempest tembló ante la barbarie que aquel hombre le estaba describiendo, pese a que fuera contra aquellos terribles demonios, y dio gracias a Akatosh por haber estado inconsciente y no haber tenido que presenciar aquella monstruosidad.

- Mi prioridad era el Santuario de la Madre Noche. – explicó el imperial con cansancio – No podía permitir... que lo profanasen y redujesen su cuerpo a cenizas.

Pese a todo sonaba lógico: sin cadáver no había medio de conexión con el Oyente, sin conexión con el Oyente no había Órdenes, sin Órdenes no había contratos y sin contratos la economía de la Hermandad se iba a pique.

Y Lucien era, ante todo, guardián de la santidad del sepulcro de la Oscura Señora. Su deber, fuera por los medios que fuese, debía ser cumplido sin dudas de ninguna clase, aún arriesgando el pellejo en una ciudad sitiada.

Lo que todavía me pregunto... es cómo sigue en pie. Cómo no le han matado estando solo él para defender toda una población del asedio desde el Oblivion.

Ella no había visto nada, no podía recordar aquella fuerza bruta con la que la sacó del Infierno, no podía recordar los ojos amarillos del hombre internarse en la sombras y acechar el perímetro como un cazador.

No podía situar a su jefe fuera del contexto del hombre normal que creía que era.

Pero aquellas... cabezas clavadas...

Repentinamente le entraron las náuseas y, no pudiendo controlarse, se giró y, de rodillas, vomitó miserablemente lo poco que aún tenía en el estómago tras varias horas de digestión ininterrumpidas.

El Hombre Oscuro la observó vaciarse las tripas con sumo desapasionamiento.

- ¿Estás enferma, querida niña? - preguntó como si la cosa no fuera con él en absoluto – Te noto mala cara.

- Ugh... - replicó ella limpiándose la boca con una mano mientras se sujetaba la herida del costado con la otra.

- Tal vez deberíamos salir de aquí y ver si encontramos alguno de los curanderos de la Capilla de Mara o alguien del Gremio de Magos que haya sobrevivido a la catástrofe. - sugirió él poniéndose en pie desganadamente. Acto seguido le tendió la mano a la chica para ayudarla a enderezarse – Vamos.

Temblando de arriba abajo, no supo si del miedo o de las náuseas, Tempest tomó la mano que se le ofrecía y caminaron juntos con el cánido no-muerto siguiéndoles de cerca, ella renqueando a causa de la herida y apoyándose en él, en mitad de la desolada población hasta llegar a la no muy distante Capilla de Mara.

La población en sí había padecido el saqueo y el asedio desde Oblivion, pero los supervivientes, en vez de salir de allí, se hallaban hacinados en dispersos núcleos de resistencia tales como el castillo, la Capilla de Mara y el Gremio de Magos del lugar.

Exactamente igual que en Kvatch.

Llamando a la puerta de la iglesia con desgana, Lucien esperó varios minutos a que les abrieran.

- ¿Quién va? - les recibió una temerosa voz masculina desde el otro lado de la puerta.

- El Portón a Oblivion se ha cerrado y la ciudad ha sido despejada. - informó Lucien cansadamente, sin irse por las ramas – Podéis salir. Necesitamos un Sanador.

- ¿Quién me asegura que no seáis los chiflados ésos de rojo que abrieron la puerta al Otro Plano tratando de que salgamos?

Lucien resopló.

- De ser así ya os habrían tirado la puerta abajo. - replicó.

- ¡Estamos en lugar sagrado!

- Mehrunes Dagon no respeta en absoluto el que estéis o no en suelo sagrado. Eso es una superstición absurda. El hecho de que estéis metidos en un edificio con calidad de templo no os asegura que no os lo derrumben, eso tenedlo seguro.

Pasaron unos segundos en silencio hasta que, seguido del ruido de un golpe, el cerrojo de la puerta fue descorrido.

- Maldita sea, conozco la voz de ése hombre. – dijo una voz femenina al otro lado – Abrid la maldita puerta. Si dice que el asedio ha concluido será verdad.

Y, una vez la puerta estuvo abierta, les recibió una muy despeinada y tiznada Luciana Galena con una gran sonrisa de oreja a oreja.

- ¿Qué tal, Lucien? - saludó muy ufana - ¿Son ciertas las noticias que traes?, ¿se acabó la pesadilla?

Lucien asintió pesadamente.

- Así es. - confirmó pasando junto con su Silenciadora y el perro a la capilla - ¿Qué haces tú aquí, Luciana? No te tenía por una mujer creyente.

- Creeré en todo lo que ellos quieran siempre y cuando me dejen refugiarme. - replicó ella con tranquilidad – Ésa herida sangra mucho. - observó escudriñando la armadura que traía la muchacha sin hacer mucho caso de la extraña criatura no-muerta que los acompañaba - ¿Cómo te has hecho eso, Caperucita?

Tempest se encogió de hombros, feliz de encontrar gente viva tras aquella invasión.

- Es una larga historia. - contestó Lucien por ella - ¿Hay algún Sanador aquí metido? Creo que ya he visto bastante por hoy y me gustaría partir hacia Cheydinhal a la mayor brevedad posible.

- Todos los que quieras, querido Lucien. Todos los que quieras.


El viaje hasta Cheydinhal lo realizaron en el más absoluto silencio.

Lucien estaba demasiado ocupado pensando en sus cosas y Tempest también estaba demasiado ocupada en no caerse de la grupa de Shadowmere al galope tan veloz al que iban, seguidos sorprendentemente cerca y a buen ritmo, del can sin piel.

Aquel regreso de vuelta a la realidad de Mundus había supuesto un trastorno tan grande para ambos que no se creían casi la cantidad de nieve que, nuevamente, tenían metida en los ojos a todas horas de aquel trayecto interminable.

Siempre viendo el mismo paisaje, pasando frío y con el ánimo sombrío.

No era lo que se dice una combinación muy venturosa ni para la una ni para el otro.

Al menos ahora vamos escopetados subidos en el demonio caballuno este, no como en las Islas, donde teníamos que ir a patita porque no había dios que pudiera ligarlo al Plano de Sheogorath. - pensó Tempest para sus adentros, aburrida de ver tanta nieve y deseando llegar al Santuario para sentarse junto al fogón de la cocina, comer caliente y hablar un poco con Toni, sentía que hacía siglos que no la veía y la perspectiva de reencontrarse con ella le daba al menos un poco de ésa mucha alegría que tanto le hacía falta.

Pensaba seriamente en lo acaecido en Bravil y no le gustaba un pelo lo que se estaba oliendo que quedaba por venir. Bien era cierto que los destrozos no habían sido tan significativos como en Kvatch, pero la pura verdad es que la ciudad estaba destrozada y había habido bastantes muertos de por medio.

Ni Lucien ni ella se habían quedado ni para hacer recuento de daños o hablar con el conde Regulus Terentius con objeto de solicitar estúpidamente refuerzos para Bruma que, dado el lamentable destino de los soldados de la Guardia de Bravil quienes habían perecido bajo el yugo de los daedra, jamás llegarían; ni tampoco para seguir oyendo las irritantes quejas de Luciana Galena acerca de su casa, sus muebles, sus vestidos, sus joyas y bla, bla, blá. Aquella mujer lo había perdido todo y solo pensaba en la cantidad de dinero que debería volver a invertir para regresar a su anterior nivel de vida. Era muy triste oír quejarse a alguien no de la gente que había perdido la vida en las calles a manos de los daedra, sino de lo mucho que le iba a costar volver a pagar a alguien para que le acondicionasen una casa de apariencia ruinosa como toda una señora finca de mujer forrada y mimada.

Lucien lo sentía un poco por ella ya que, en realidad y bajo su punto de vista, la mujer llevaba razón. Tempest, por el contrario, esperaba que la mordiera la mano un cerdo por insensible.

Diferentes opiniones, diferentes puntos de vista, diferentes personas.

Al cabo de unas horas, ya más o menos conociendo el camino que daba a la ciudad y adivinando los muros de ésta a lo lejos, Tempest comenzó a sonreír levemente al encontrarse ya casi en casa.

¡Cuánto les había echado de menos a todos...! Quería verles a la mayor brevedad posible.

Sin embargo y como si hubiera adivinado sus pensamientos para hacer exactamente todo lo contrario, Lachance tiró de las riendas de Shadowmere para encauzarla, en vez de a la izquierda, camino Cheydinhal; a la derecha, camino al bosque donde se asentaba Fuerte Farragut.

Confusa, Tempest llamó entonces su atención tirando de una manga de la polvorienta y desgastadísima túnica negra que llevaba puesta.

- Jefe. - dijo dubitativa - ¿Dónde vas? ¿No íbamos a ir a Cheydinhal?

- Estamos en el territorio comarcal de Cheydinhal. - respondió el hombre tranquilamente.

- Pero... ¿no vas a hablar con Vicente para reportarle qué hemos estado haciendo en los dos meses que Luciana Galena ha dicho que hemos estado ausentes?

- Más tarde, pajarillo.

- ¿Cómo que más tarde?

El galope de la negra yegua de ojos rojos se detuvo entonces en las inmediaciones de la ruinosa fortaleza y Lucien, al descender de su alto lomo, agarró sin muchos miramientos a la pequeña muchacha y la depositó en el suelo con tan poca delicadeza que ella musitó un pequeño "auch" al tocar tierra.

Y el Hombre Oscuro entonces, al dejar a su montura trotando tranquilamente donde mejor le placiera, regresó al lado de la chica y del perro y, sin muchos miramientos, le asió del codo a ella con una sonrisa maliciosa decorándole el rostro.

- Más tarde, he dicho. - fue su única respuesta a aquella pregunta que desde hacía cinco minutos había permanecido en el aire.


Tirada en la cama, posicionada de lado con el rostro orientado hacia la pared y con los asfixiantes brazos del dormido Hombre Oscuro en torno a ella impidiéndole todo movimiento ni siquiera para cambiar de postura mínimamente, Tempest le daba muchas vueltas a la cabeza.

Había algo… algo que no terminaba de cuadrarle con todo aquello.

¿Cómo he acabado aquí? Hace una hora estaba segura de que ahora estaría pisando el Santuario y, sin embargo, ando otra vez en bolas con el tío este.

No le había apetecido una mierda... al menos en su cabeza ya que, por algún extraño motivo, había sido incapaz de expresarse y decirle a las claras que no, que si quería desfogarse se cascara una manola de toda la vida. No había tenido ninguna gana de juerga flamenca y, pese a todo, el tipo se las había ingeniado para, sin mediar palabras de ninguna clase durante el intercambio, engañarla y bajarle las bragas por enésima vez.

Y ella había acabado recibiendo un estímulo de un amante sospechosamente entregado e insistente así, a lo tonto; sin ganas, aburrida, cansada, mirando y tocando al tipo encima de ella por inercia, por puro mecanismo, atravesando el proceso como si aquella no fuera ella y encontrando un placer irrisorio que no le compensaba el esfuerzo de tener que complacer a un hombre al que ya no le bastaba que ella se dejase hacer y punto. El tío buscaba demasiado contacto, demasiada entrega… y ella no tenía ánimo ni ganas para ello, para currárselo.

Por muy bestia que sonase aquello, les hubiera ido mejor tocándose cada uno por separado.

¿Soy gilipollas o qué? Yo no iba buscando esta mierda...

Exactamente. No le había apetecido una mierda echar un casquete en las condiciones mentales de preocupación y depresión en las que estaba.

Quiero ver a Toni.

Aquel había sido su auténtico deseo, su única petición… y le había sido denegada.

¿Por qué?

¿Por qué lo que ella dijera, opinara o sintiera no valía nunca de un pimiento? ¿Es que no tenía ni voz ni voto en el asunto o qué?

Tengo sentimientos, ¿sabes?

Por supuesto que los tenía. Los tenía a raudales. Los tenía heridos.

Desde que dejase a Nela y a Robin atrás tenía clavada muy hondo una espina en su corazón que no era capaz de sacarse ni aunque lo intentase con ganas. Se sentía por dentro tan hueca… tan falta de cariño… tan miserable…

Pero a ti eso te la suda, ¿verdad? Tú das el coñazo, echas el polvo y te quedas tan a gusto. No te importa en lo más mínimo si estoy cansada, tengo ganas de vomitar o quiero...

¿Y qué quería Tempest en aquellos instantes?

Obtuvo prontamente su respuesta cuando una amarga pero muy honesta lágrima se escapó sin remilgos de sus ardientes ojos zarcos.

Quiero llorar.

Ahora sí que la había liado, pero bien: ponerse a llorar precisamente allí en semejante tesitura con semejante compañía.

Sin embargo, no quiso comerse por más tiempo aquella pena que llevaba encima y, sin cortarse un pelo, comenzó a sollozar. Primero en silencio, más tarde, al sentirse ignorada por completo, todo lo ruidosamente que pudo.

Con su llanto terminó por despertar a su muy furibundo acompañante quien, entre otras cosas, tenía mucho sueño y no tenía humor para lidiar con problemas de aquel calibre.

- ¡¿Pero qué haces, te has vuelto loca?! - exclamó al oír los sollozos, demasiado agudos y elevados de volumen para su gusto, dándose la vuelta en la cama y abriendo los ojos, molesto - ¡¿Qué es esto?!, ¡¿qué ha pasado?!

Pero Tempest, tan triste como se encontraba en aquellos instantes, no respondió.

- ¡¿Se puede saber qué demonios te ocurre?! - le recriminó levantándose del lecho y recostándose sentado contra el cabecero del mismo - ¡Llevo bastantes horas de sueño perdidas entre unas cosas y otras y me gustaría poder dormir en paz!

Tempest se restregó los ojos con los pequeños puños pálidos, sorbió por la nariz varias veces y, sin prestarle atención, siguió llorando a moco tendido notando que, con cada lágrima, iba sintiéndose un poco mejor.

- ¡¿Y bien?! - demandó entonces el Hombre Oscuro, esperando evidentemente una pronta respuesta para que pudiera mandarla callarse y volviera a dormirse.

- Me importa un huevo… - gimió la chica entre hipos con voz casi inaudible.

- ¿Qué?

- ¡Que me importa un huevo si tienes sueño! - gritó ella entonces - ¡Quiero llorar!

Lucien se la quedó mirando con los ojos desencajados, totalmente alucinado. ¿Qué acababa de decirle aquella… renacuaja?

- ¡Basta! - gritó tapándose los oídos con las manos al no poder tolerar ni aquel incomprensible estallido de lágrimas y mocos ni la mala hostia que se le estaba subiendo por momentos a una vena de las sienes - ¡Deja de hacer eso!

- ¡No quiero!

- ¡Cállate!

- ¡No me da la gana!

- ¡Por Sithis, cállate mujer o si no…!

Tempest, con todo su orgullo por montera, se giró hacia él y le lanzó una mirada desafiante con la barbilla bien erguida, toda ella desnuda y llena de lágrimas y fluido nasal, roja como un tomate.

- O si no… ¿qué? - le dijo con voz calmada pese al hipo y a los sollozos.

Estaba tentando su paciencia.

Así pues el hombre, ciego de rabia, la asió por los hombros y comenzó a apretar. No demasiado, pero sí lo justo para redirigir la atención de aquel elemento rebelde que se negaba a colaborar.

- ¿Quieres iniciar una pelea?, ¿eh? - siseó entre dientes, lívido de furia - ¡¿Es eso lo que quieres?! - acto seguido alzó la voz y su grave matiz de barítono resonó terrible propagándose en eco por las paredes de la amplia y subterránea habitación - ¡He salido de un maldito Paraíso de chiflados para ir a parar de nuevo al Oblivion y tener que chuparme yo solo Y SIN AYUDA no solo un maldito Portón, sino defender toda una ciudad del asedio de los daedra! ¡¿Y TÚ PRETENDES QUITARME EL SUEÑO PORQUE SE TE HA PUESTO EN LAS NARICES QUE QUIERES LLORAR?!

Tempest le arreó un manotazo con todas sus ganas y ello solo sirvió para que el otro apretase inconscientemente su agarre hasta dejarle los hombros rojos.

¡¿Es que no puede ni siquiera intentar ser amable?!

Y siguió llorando, pero esta vez ya en silencio.

A Lachance se le había ido toda la fuerza por la boca y dejó de apretar en cuanto observó, confuso, que ella se desasía con tranquilidad, se daba la vuelta y se colocaba la sábana encima de la cabeza, aún sentada, como si fuera un fantasma.

Luego, acto seguido, agarró la almohada por montera, se la puso debajo de la sábana y comenzó a pegarle de puñetazos, deseando más que, en vez de tela con plumas, aquella fuera la cara de aquel capullo.

Lucien se pegó un palmetazo con el canto de la mano contra la frente y, al apartarse esta del rostro, se pellizcó el puente de la nariz en un gesto de sumo cansancio.

- Está bien. - concedió - Vamos a actuar con lógica, ¿vas a decirme qué diablos te pasa?

La sábana negó con la cabeza, abrazada ahora a la almohada a la que con tanta saña había atizado segundos antes.

Lucien tomó aire, contó hasta tres y lo soltó con un sonoro resoplido, le estaban entrando unas ganas de ahogarla…

- No seas niña y quítate esa sábana de la cabeza.

Las manitas de Tempest agarraron la tela desde abajo con fuerza. La sábana se quedaba donde estaba.

- ¡Por Sithis, mujer! ¡No podemos hablar si te comportas como si tuvieras tres años!

Tampoco podemos hablar si tú te comportas como un capullo.

Tempest sorbió por la nariz y tragó. Sabía salado.

- Quiero llorar. - musitó débilmente.

Lucien resopló.

- Eso ya lo has dicho antes.

- Es verdad.

- ¿Y por qué, si puede saberse, se te ha puesto en las narices que quieres llorar?

- Porque sí.

- ¡Ésa no es una respuesta!

- Es la que hay.

No pudiendo soportar más aquella actitud hostil con el sueño tan grande que tenía encima, Lucien pegó un tirón de la sábana, se la llevó hacia su lado, se tapó y se tumbó en la cama de espaldas a la chica.

- Muy bien. - gruñó - Si quieres llorar, hazlo. Pero que sea en silencio. Quiero dormir.

Empatía de ladrillo. No podría haber sido de otro modo con él.

Tempest entonces se puso en pie, fue derecha al suelo, se puso a recoger su ropa para vestirse y, una vez hubo recolectado sus cosas, salió sigilosamente por la trampilla del árbol y marchó al bosque. Pensaba llamar al unicornio, estar un ratito con él ya que lo había echado de menos, y luego irse trotando hasta Cheydinhal.

Vería a Toni costase lo que costase.

Por su parte, Lucien Lachance no pudo ni remotamente entregarse en aquel instante a los brazos del sueño.

Ni en aquel instante ni en las siguientes ocho horas en las que permaneció tumbado mirando fijamente al tendido.


Tempest vomitó por enésima vez aquella madrugada tras escasas cuatro horas de sueño en las que un terrible dolor en la parte izquierda del cráneo había ido cebándose en ella desde que se acostara, subiendo por el hombro y el cuello hasta ocupar media mandíbula para ascender finalmente hasta la zona izquierda de la coronilla.

Jamás en su vida había padecido una migraña y no podía creer el malestar que la dolencia en sí conllevaba: le molestaba la luz, le molestaba que la tocasen y, por encima de todo, le molestaba cualquier sonido, por mínimo que este fuera.

- Tempy. – le dijo Antonietta en voz baja desde el otro lado de la puerta del baño tras haber llamado con los nudillos un par de veces. Al dormir en la habitación más próxima al baño, la de la Encargada del Santuario, había podido oírla - ¿Te encuentras bien?

Tempest, en vez de contestar, se limitó a descorrer el cerrojo de la puerta dejando pasar a su amiga para que pudiera verla.

- Ay, pobrecita mía. – musitó Antonietta acariciándole el pelo con mucha suavidad para que no le molestara. De pequeña, antes de que sus padres murieran y se fuera a vivir con su horrible tía, recordaba que su madre había padecido jaquecas frecuentes y, si bien no vomitaba, sí detestaba que la tocasen o le acercasen una candela - ¿Quieres que te prepare una valeriana para ver si te mitiga un poco el dolor y te asienta el estómago?

Tempest asintió a duras penas y, siguiéndola a una prudente distancia, marchó por el pasillo hasta las dependencias de los asesinos donde, en el fogón de la cocina en el más absoluto silencio, la bretona procedió a calentarle agua en una taza y a prepararle una bolsita con la hierba requerida.

Tempest se sentó sobre una de las sillas en torno a la gran mesa donde comían todos y dejó su cabeza reposar de lado contra la fría y dura superficie de madera con la esperanza de que esta le rebajara un poco la calentura de la cabeza.

- Toma. – le dijo Antonietta Marie una vez hubo acabado y le depositó la taza frente a ella – Ahora después te acuestas y, dependiendo de lo que te dure, les diré a los demás que no te molesten ni armen jaleo, ¿vale?

- Gracias, Toni... - musitó Tempest con voz débil a causa del dolor mientras se bebía a tragos cortos el humeante líquido herbal.

- Para eso estamos.

Tras aquello, dejándola sola que se bebiera su valeriana y no queriendo molestarla, la rubia bretona subió sigilosamente las escaleras de las estancias y, cuando fue a abrir la puerta, se encontró con Vicente Valtieri recostado contra el marco de brazos cruzados y con la vista entornada.

Antonietta trató de inspirar hondo para que no se notara su mucha incomodidad, todavía seguía bastante escaldada de aquella conversación tan incómoda con el vampiro y, tras todo aquel tiempo, había tratado de evadirle estando a solas en la medida de todo lo posible.

Pero el Nosferatu no venía esta vez en calidad de enemigo.

- ¿Qué le ocurre a Tempest? - preguntó en apenas casi un susurro, señalando con la cabeza las escaleras de las dependencias.

Y ahí la bretona pudo respirar tranquila.

- Tiene una jaqueca y ha estado vomitando. – dijo simplemente – En función de cómo esté por la mañana ya les diré a estos que no armen jaleo ni intenten despertarla.

El vampiro entonces asintió pensativamente y dejó pasar sin agresividad en su lenguaje corporal a la bretona, no sin antes embeberse un tanto en su delicioso aroma según pasó por su lado.

Bajó entonces las escaleras, fue hasta la mesa y, al no encontrar a la joven imperial allí salvo su taza vacía, se encaminó entonces dirección a las camas.

Cuando llegó hasta la de la muchacha se quedó mirándola, sumergida en su intento por dormir con los ojos cerrados y fruncidos y los dientes apretados a causa del dolor.

Vicente permaneció con los albinos ojos fijos en ella, pensativo.

Era evidente que la chica todavía no se había dado cuenta y no le parecía extraño.

Pero él era un vampiro y podía percibir estas cosas a través de sus muy desarrollados sentidos. Otro menos experimentado en la materia podía haberlo pasado por alto muy fácilmente, pero él podía identificarlo porque, a lo largo de sus tres siglos de vida inmortal ya lo había olido muchas veces y sabía la procedencia de tan singular olor.

Y también sabía por experiencia que, cuanto antes lo supiera, mejor; así podría tomar una decisión al respecto y no cuando pudiera ser demasiado tarde.

Así pues decidió que aquella noche y parte del día siguiente permanecería despierto para, cuando se recuperase, pillarla por banda antes de que decidiera hacerles una visita a sus aliados los Cuchillas en Bruma y contárselo.

Probablemente no se lo tomaría muy bien aunque, en el fondo, ella se lo había buscado.


- ¿Tienes un momento, Tempest?

- Vicente. Claro. ¿De qué se trata?

- ¿Podemos hablar en privado en mis aposentos, si no te importa, Hermana?

Todo había sido rarísimo: la postura de brazos cruzados del vampiro al hablar con ella, el tono de voz, su mirada... todo ello le tenía que haber avisado desde el primer momento de que algo no iba del todo bien.

Pero ella había permanecido, o había querido permanecer ignorante a las evidencias.

Al entrar en la fría cámara de Vicente se había respirado un ambiente ciertamente... pesado.

- Cierra la puerta, por favor.

Y ella había hecho lo propio.

- Toma asiento.

Tan extraño... tan tenso...

Tomando asiento a su vez y apoyando los codos en la mesa con la barbilla sobre los puños, el vampiro había comenzado muy tranquilamente.

- Tempest, he creído notar que no gozas de muy buena salud. No ha sido tan solo esta noche, sino más veces... como aquella en que el jabato relleno de Antonietta Marie te sentó mal.

La verdad es que el vampiro había sido siempre un hombre muy perceptivo y observador.

- Sí, bueno... - ella tampoco había estado muy segura de qué contestarle – La verdad es que últimamente todo me sienta un poco mal, especialmente el desayuno por las mañanas. No sé si es que pillé algo en el Plano de Sheogorath o antes de irme... pero debo de estar incubando algo.

Ay... nunca habría sospechado que el término "incubar" se acercase tanto a su realidad.

- ¿Desde hace cuánto que te encuentras así, Tempest?

- No sé... el tiempo en el Plano de Sheogorath transcurre más deprisa que aquí, así que... no sé, dos meses... dos meses y medio a lo sumo.

- ¿Has tenido otros síntomas?

- ¿Por ejemplo?

- ¿Cambios de humor repentinos y alteraciones en el ciclo del sueño?

Aquello había comenzado a dar miedo.

- Pues... sí. ¿Cómo lo sabes?

Y Vicente había tomado aire lentamente.

- Te voy a realizar una pregunta un tanto... delicada, Tempest. Quiero que sepas que no pretendo con esto herir tu sensibilidad ni nada remotamente parecido, ¿lo entiendes?

Ella había asentido sin decir una palabra.

- ¿Hace cuánto que no te viene el período, Tempest?

Aquella pregunta le había pillado con la guardia tan baja que, en una primera instancia, no supo qué responder y solo palideció cual folio de pergamino.

- Yo...

- Dos meses, ¿verdad?

- Yo no...

Se había quedado tan paralizada con aquello que no había sido capaz de reaccionar ni siquiera un poco ante la noticia.

- Tempest, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?

Ella le había mirado con los ojos desencajados, mientras un súbito temblor acompañado de mareo hizo presa en ella.

- Lo suponía. – le había dicho el Nosferatu con una leve sonrisa condescendiente tras estudiar su reacción – No es un evento deseado. Entiendo que tengas tu vida privada, pero como mujer deberías haber sido lo suficientemente responsable como para usar o aprender métodos que no te hubieran conducido... a esta situación.

Ella había seguido temblando, cada vez con más ganas de salir corriendo de allí y chillar como una histérica.

- No es que te esté reprochando nada, Tempest, tu vida es tuya y siempre en última instancia serás tú quien decida lo que mejor te conviene. Pero ahora debes centrarte en lo que tienes entre manos.

¿Y qué tenía ella entre manos? ¡Ella no había querido que nada de esto sucediera!

- Puedo darte una dirección en la que pueden ayudarte. Contarás con entera discreción y con un pago accesible a tu bolsillo.

No quería seguir oyendo aquello.

- Si necesitas ayuda no dudes en consultarme en cómo llegar allí. En lo que respecta al lugar, ya te darán indicaciones de lo que deberás hacer antes y después de los trámites.

Aquello no era real.

- En cuanto a mí... no deberás preocuparte por lo que pueda o no decirles a los demás. Tu secreto está a salvo conmigo.

Acto seguido se había levantado, había tomado un trozo de pergamino y había escrito rápidamente con pluma y tinta para luego, tras soplarlo, entregárselo a ella.

- Ésa es la dirección. – le había indicado Vicente con un movimiento de cabeza – Está en Skingrad, por lo que tienes la suerte de que te pilla justo al lado de casa. Te pedirán cincuenta septims, de modo que llévalos en mano. Te atenderá una dunmer llamada Falanu Hlaalu, quien regenta a su vez una tienda de alquimia, en la parte Norte de la ciudad. Entra por la parte de atrás, dile que quieres cita y te dirá una hora de un día determinado. No te preocupes, es una profesional.

Oh, por Akatosh... oh, por Akatosh... quería irse ya, quería irse ya...

Tras aquello se habían levantado ambos de sus respectivas sillas, el vampiro bretón controlado y sereno, la muchacha imperial pálida y temblorosa como la gelatina.

Vicente le había puesto la mano en el hombro para reconfortarla.

- Tranquilízate. Ya verás cómo en pocos días estará todo solucionado y volverás a estar bien. Es solo un pequeño contratiempo que aún estás muy a tiempo de subsanar.

Pero ella no le había oído, tan asustada y perdida como se hallaba en aquellos instantes.

Sola y diminuta ante el mundo y su dureza.


Sentada ante la gigantesca chimenea de piedra de la Gran Sala en el Templo del Soberano de las Nubes, Tempest observaba el fuego danzar ante sus ojos fijamente sin apenas parpadear.

Debían de ser como las dos de la madrugada y no conseguía dormir bien.

No sé si es por el disgusto o por el...

No, no podía nombrarlo aún, todavía no. Aún no se acababa de hacer a la idea y no quería estropear su tan precario equilibrio mental dándoles nombre y apellidos a las cosas cuando no quería siquiera concebirlas.

Porque no quería ni pensarlo.

No solo no quería pensar en la situación en la que estaba, sino quién le había metido en todo aquel terrible embolado debido a sus propios deseos egoístas.

Claro, tú echa la culpa a otra persona. Es un gran síntoma de madurez no aceptar que buena parte de la responsabilidad de lo que está ocurriendo es tuya por no haberle mandado a hacer puñetas desde el primer momento.

¿Había sido esta vez diferente?, ¿le había mandado realmente a la mierda o solo se había largado en mitad de un ataque de histerismo porque el otro era incapaz de adivinar lo que se le pasaba por la cabeza y ser amable en consecuencia?

Tampoco le excuses. No te trata bien. Nunca te ha tratado bien. Siempre pensando en sí mismo, criticándote a más no poder por cualquier memez, incapaz de ser medianamente cariñoso ni aun cuando hay tema. Lo único que tiene es físico, labia y habilidad, nada más.

Tampoco es que todo aquello fuera estrictamente cierto, pero el pensarlo no solo le hacía sentirse mejor, sino que le ayudaba a analizar las cosas con una cierta perspectiva.

La gran pregunta es: ¿por qué narices empezamos a intimar? Ni nos queremos ni nada, es la cosa más fría que uno se pueda echar a la cara. Hubiera preferido seguir teniendo una relación estrictamente profesional.

La verdad es que tampoco es que lo tuviera muy claro. Ella tenía noción de que, en cierto modo, aquel desgraciado le importaba lo suficiente como para no querer verle morir bajo ningún concepto... y ella tenía idea de que pensaba que, a su modo, el otro sentía lo mismo... pero ahora no estaba tan segura.

¿Qué cambia esto realmente sino mi manera de ver las cosas? Él sigue siendo tal y como lo ha sido desde el principio, siempre se ha comportado igual... solo que antes no le daba verdadera importancia.

Había sido muy conformista permitiendo siempre que la criticase y la usase. Para ella aquello no había sido tratar mal, tratar mal hubiera sido si alguna vez le hubiera levantado la mano como hizo en su día Lex.

Tal vez por eso no se había fijado antes... creyendo que aquellos horribles defectos inherentes en el Hombre Oscuro formaban parte de su carácter y no se le podía cambiar.

No se trata de cambiar a la otra persona... se trata de exigir un mínimo de respeto, tener en cuenta las necesidades del otro. Hacer caso si uno llora o no le apetece echar un polvo.

Todo aquello lo había vivido aquella última vez y no le había gustado. Tal vez su estancia en las Islas le hubiera permitido ver que, en compañía de Nela, Robin y Sheogorath, era más apreciada como persona que como un simple objeto de deseo.

Al principio el saberse deseada por alguien que le gustaba le había subido la autoestima por las nubes... pero ahora veía que eso no lo era todo en una relación.

Por muy simplemente "rollito" que esta fuera.

Tal vez lo que me convendría es distanciarme una buena temporada y seguir con mis cosas. Martin ha dicho que Bruma necesitará aliados a no mucho tardar cuando completemos la última fase de la apertura del Portal al Paraíso de Mankar Camoran.

La cuestión es que todavía no le había dicho el motivo.

Y hablando de Martin...

- Otra noche más de insomnio, ¿eh, Tempest?

La chica trató de sonreírle sin mucho éxito y solo le dirigió una mirada cálida cuando se sentó a su lado frente al fuego.

- Es una ardua tarea tratar de conciliar el sueño en estos tiempos tan revueltos. - dijo el Heredero observando a su vez las llamas pensativamente – Supongo que el hecho de haber salido del Reino del mismísimo Sheogorath también influirá en que no te apetezca dormir por las posibles pesadillas que pudieran sobrevenirte.

Tempest negó con la cabeza.

- Oh, no. No te equivoques, Martin: yo viví un inmenso aunque breve período de felicidad en Shivering Isles. - explicó tranquilamente a un muy asombrado sacerdote imperial – No he querido decirlo delante de Jauffre por las posibles conclusiones erróneas a las que pudiera llegar. Es un hombre mayor y se toma su deber muy en serio. Jamás confiaría en la palabra de una loca que viniera diciendo que el Plano de Sheogorath es la repanocha. Yo solo sé que allí atravesé una serie de peligros más mentales que físicos y que ello, lejos de hacerme enloquecer, me hizo comprender hasta qué punto los locos también son personas que merecen ser cuidadas y respetadas. Puede que estén enfermos, pero merecen cariño y protección.

Martin quedó asombrado por tan elaborados argumentos y calló nuevamente pensativo. Tempest había madurado mucho desde lo acaecido en Kvatch, posiblemente mucho más que él, y ése era un logro digno de elogio no ya para alguien tan joven, sino para cualquier persona. No todo el mundo podría llegar a un razonamiento tan amable ni tan humano como el de ella.

- Martin... - comenzó a decir Tempest de repente – Hay algo que me come por dentro... y es que todavía no me has dicho cuál es el último objeto necesario para abrir el Portal al Reino de Mankar Camoran.

Martin suspiró. Jauffre y él ya habían hablado de aquel tema y la situación había acabado en discusión. Al bretón le gustaba cada vez menos la cada vez más profunda implicación que el Heredero tenía con los asuntos daédricos de aquel libro infernal el cual, poco a poco, le había ido drenando la salud a lo largo de aquellos meses.

- Debí haberlo visto antes. - dijo el imperial enigmáticamente – Si deseas saberlo de veras te diré que es la contrapartida de la Gran Piedra Welkynd que tu amiga Mazoga trajo consigo. Ha sido del mismo modo que con los dos primeros objetos al ser estos representaciones de los Daedra y de los Divinos. - explicó – Las Piedras Welkynd contienen el poder concentrado de Mundus; sus contrapartidas son las Piedras Sigil, las cuales se usan como ya sabes para mantener los Portones al Oblivion abiertos.

Tempest entonces había sonreído, la esperanza aflorando en ella por segundos.

- Yo tengo muchas Piedras Sigil que he ido colectando de mis incursiones al Oblivion. – dijo muy contenta – Puedo traerte no una, sino veinte como mínimo.

Pero Martin había negado con la cabeza.

- Lo que voy a decirte no va a gustarte. - dijo muy seriamente – A Jauffre no le hace ni siquiera una pizca de gracia y a la condesa de Bruma ciertamente tampoco va a gustarle. Necesitamos una Gran Piedra Sigil, y ésa clase de Piedras son las anclas de los Grandes Portones, la clase de Portones que, antes de que tú llegaras, el Amanecer Mítico abrió en Kvatch para luego, una vez habiendo tenido la ciudad sitiada, cerrarlos. La clase de Portón que el Amanecer Mítico tiene intención de abrir al mínimo descuido para destruir Bruma.

Tempest entonces se quedó de piedra, literalmente.

- ¿Me estás diciendo que hay que dejar que abran uno de ésos frente a Bruma y arriesgarnos a que la destruyan? ¡Con uno normal casi dejan Bravil para los leones!

- Ya te dije que no te gustaría. - repuso Martin suspirando de nuevo - El riesgo es inmenso y lo sé. Yo estuve allí y vi el terrible poder de la máquina de asedio daédrica.

- ¿Una máquina de asedio? Eso no lo vimos en Bravil...

- Probablemente porque Bravil sea una de las pocas ciudades que peor defensa tienen en sus murallas, por eso ha sido un blanco fácil. - expuso Martin - Pero no tenemos elección. La única manera de recuperar el Amuleto de Reyes es dejar que el Amanecer Mítico proceda con su plan de ataque hacia Bruma bajando las defensas del lugar para luego contraatacar y contenerlos mientras alguien va a llevarse la Gran Piedra Sigil cuando estén distraídos.

Ahí quedaron los dos un instante en silencio.

- Ya… y supongo que ése "alguien" tendré que ser yo, ¿no?

Martin la observó fijamente.

- De entrada ésas serían las expectativas de Jauffre y de toda la Orden… pero yo te sugeriría mejor que usases de nuevo a tu… compañero, el hombre de negro.

Tempest negó con la cabeza. De momento se había prometido distanciarse y pensaba cumplir con su palabra.

- Me temo que él y yo no estamos ahora mismo en muy buenos… términos. - dijo tranquilamente - No tengo intención de remediarlo por el momento.

Martin se sobresaltó al oír aquello.

- Por favor te lo pido, Tempest. - rogó - Aunque haya hecho la cosa más terrible del mundo dile lo que quiera oír y luego úsale. Es una persona que, en mi opinión, es turbia a más no poder y si podemos tenerle para una función específica antes que tenerte a ti al pie del cañón…

- No soy una cobarde, Martin. - dijo la chica orgullosamente - Y no pienso seguir escondiéndome tras las espaldas de otra persona para hacer frente a lo que es mi deber como Cuchilla. Si tengo que meterme en un Gran Portón al Oblivion, lo haré.

Pero el Heredero, exasperado como pocas veces en su vida, comenzó a arañar compulsivamente el banco sobre el que estaban sentados, a apretar los dientes y a fruncir el ceño.

- Jauffre te ha metido ésa basura en la cabeza de que debes dar tu vida por la mía y eso no es así, Tempest. - bufó - Yo no quiero verte morir por una causa que no es la tuya.

- Sí que es la mía, Martin. - se defendió la chica - Es la mía y la de cualquier habitante de Mundus que tenga un poco de aprecio hacia su vida y su libertad.

- Eres demasiado joven…

- En su momento juré mi voto de obediencia hacia esta Orden y hacia mi futuro Emperador. - dijo ella sonriente, mirándole intensamente a los ojos - Y estoy dispuesta a cumplirlo.

Martin nada dijo y solo la abrazó, gesto que fue inmediatamente devuelto por la muchacha.

Algo le decía que, si permitía que aquello ocurriese, no volvería a verla nunca y el peso de la culpa roía en él cual gusano que se abre paso a través de la carne cuando esta comienza a pudrirse.


Ante la puerta trasera de la tienda de alquimia cerrada de Falanu Hlaalu de aquel Sundas, Tempest sentía un incesante martilleo llenarle la cabeza como un tambor de guerra a la espera del cruce de lanzas entre combatientes.

Había reconsiderado la oferta de Vicente y, queriéndose librar del problema lo antes posible, había acudido aquel Tirdas al establecimiento y había pedido cita.

La dunmer solía ejercer aquel "trabajo extra" los primeros y terceros Sundas de cada mes, así que a Tempest le había pillado en buena semana para ocuparse de su... embarazoso problema.

- ¿Qué quieres? - le había dicho la Hlaalu el Tirdas cuando había llamado a su puerta trasera y le había abierto una mirilla por la cual solo se le veían los ojos.

- Vengo a pedir cita... - había aventurado la chica, nerviosa.

- ¿Es para ti o para una amiga? - le había contestado la otra, suspicaz.

Tempest había tragado abundante saliva.

- Para mí. - había dicho débilmente.

- ¿Traes el dinero?

Y ella le había pasado la bolsa con los cincuenta septims por la mirilla.

- Muy bien. - habían sido las últimas palabras de la elfa antes de cerrar de nuevo la mirilla – Este Sundas a las siete de la tarde aquí, en mi tienda. Llama, di que vienes por lo de la cita y entra por la puerta de atrás como hoy.

Y así había acabado todo.

Y ahora se encontraba aquel mismo Sundas con sus serias dudas de si llamar o no.

Vamos... has pagado, llama de una vez.

Y llamó.

Tras unos segundos de espera la abrieron. La dunmer la recibió bastante bien y muy cordialmente, incluso la invitó a un té.

- Espera en la salita a que yo vuelva, que me tengo que preparar. - le había dicho la elfa muy tranquilamente, como si hablara del tiempo – Después bajaremos.

- ¿Adónde? - preguntó Tempest agarrando su taza de té con temor.

- Al sótano, mujer, allí realizo las intervenciones. - le respondió la otra muy naturalmente – No puedo arriesgarme a que alguien entre o llame y me pille con las manos en la masa. Realizar un aborto, según me he informado, es ilegal en Cyrodiil. Los años de cárcel que nos esperarían a ti y a mí no serían ni uno ni dos, eso tenlo muy claro, guapa.

Y allí se quedó Tempest, sentada sobre los mullidos cojines del exótico sofá labrado en madera que la dunmer tenía en la parte de arriba de su tienda.

Aborto, la mujer le había dado nombre a la barbaridad que estaban a punto de llevar a cabo en el silencio de un sabático Sundas a las siete de la tarde cuando casi comenzaba a oscurecer. A Tempest no le había gustado ése detalle de nombrar el asunto.

Lo había pensado muy poco, también eso era cierto, pero tenía muy claro que no le apetecía nada ser mamá, y menos de una criatura fruto de sus escarceos sexuales con un ególatra narcisista al que nada de lo que ella pudiera hacer despertaría el más mínimo respeto en él.

¿Y si la criatura heredaba los rasgos psicopáticos y sociopáticos del progenitor y ella iba a dar vida a un monstruito que, de mayor, sería otro asesino o algo peor?

No, no quería eso.

Pero... por otra parte es un bebé... los bebés no tienen nada de malvado...

¿Un bebé? ¿Acababa de llamar al parásito que anidaba en sus intestinos bebé?

No, no te pongas a pensar así, por Akatosh... eres joven... ya tendrás otros hijos cuando seas más mayor...

O no.

Además, ¿"otros hijos"? ¿Podría perdonarse realmente el día en que tuviera niños el haber matado a una criatura inocente que podía haber crecido perfectamente sana e igual de alegre y risueña?

No puedes hacerte cargo de él...

Sí que podía, tenía medios económicos para hacerlo.

Tienes batallas pendientes por librar, no puedes meterte al Oblivion cargando con una criatura a tus espaldas y luego dejarla huérfana.

Y ella ya sabía la clase de vida que tenían los huérfanos de nacimiento.

Aunque, quizás, sería más humano darla en adopción que librarse de ella así...

No, no quería, no quería ser mamá. ¿Acaso no tenía el derecho a decidir lo que quería hacer con su cuerpo? ¡Era suyo, no de ningún parásito que había decidido ponerse a anidar en él!

Entre estas y otras cavilaciones había comenzado a notar los miembros ligeramente entumecidos de estar tanto tiempo sentada. Sacudió un par de veces los brazos y las piernas y pronto vio que no podía enfocar bien la vista al frente.

¿Qué coño... me pasa?

Sentía hormigueo en las palmas de las manos y en las plantas de los pies y, cuando trató de ponerse en pie, vio que no podía hacerlo bien y se dejó caer de nuevo sobre los blandos cojines del sofá dunmeri.

Bostezó.

Y entonces la taza vacía sobre la mesita de café llamó su atención.

¿Qué... qué mierda llevaba la bebida esta...?

Porque había sido el té, no le cabía la menor duda al respecto.

¿Por qué...?

Los pasos de Falanu Hlaalu pronto la sobresaltaron y Tempest trató de centrarse en medio de aquella densa bruma que se había apoderado de su cerebro.

- ¿Ya te ha hecho efecto? - preguntó la mujer, aunque Tempest la oía muy lejos, muy lejos... - Estupendo. Te irá subiendo conforme nos desplacemos hacia el sótano. Dame la mano, te ayudaré a caminar.

Pero Tempest ni le contestó ni le dio la mano. La dunmer iba vestida con un delantal blanco, cofia, mascarilla y guantes. No quería ir con ella... su aspecto no le gustaba...

Sin embargo, con una fuerza increíble para alguien de complexión tan fibrada como lo era la elfa, tomó el brazo de la chica, se lo colocó sobre los hombros y, haciendo flexión con las rodillas, logró levantar el peso muerto de la joven y obligarla a andar.

- Tranquila, el efecto se te pasará tras las dos horas que tardaré en intervenirte. – le iba diciendo aquella mujer en medio de la nube somnolienta de su mente – Luego después te dispensaré tranquilizantes para el dolor y recetas de cosas que te puedes preparar en casa para mitigar el malestar de los siguientes días.

Un momento, ¿dolor?

No, no, no, no, no... no quería sentir dolor... no quería que la drogaran más... no quería...

Quería salir pitando de allí.

Pero la elfa, muy firmemente, la condujo escaleras abajo, abrió la puerta de su sótano con la llave y la llevó hacia el interior para recostarla sobre una camilla y comenzar a desabrocharle los botones de la túnica.

- ¿Qué... haces...? - balbuceó Tempest con la boca dormida mientras notaba cómo un hilillo de baba resbalaba cuesta abajo por su barbilla y su cuello.

La mujer le limpió la saliva con un pañuelo limpio y sonrió dulcemente.

- Tenemos que desnudarte y ponerte una camisola para que luego puedas ir limpia a casa. Si te dejase la ropa puesta se mancharía de sangre.

¡¿Sangre?!

Oh, por Akatosh... oh, por Akatosh... ¿qué iba a hacerle aquella chiflada?

Sin embargo, por mucho que lo intentó, no pudo desasirse del agarre de la Hlaalu y pronto acabó desnuda sentada sobre la camilla blanca con la elfa tratando de meterle la camisola por arriba.

- Muy bien, eso es. – dijo la mujer sin perder la sonrisa – Ahora túmbate sobre la camilla y deja que termine de hacer efecto, guapa.

Y de un suave aunque contundente empujón, la tumbó boca arriba sobre el lecho.

Tempest perdió los sentidos poco a poco y la vista se le fue junto con la consciencia en menos de cinco minutos.

Sin embargo, luchando como estaba por mantenerse despierta, regresó al mundo real al cabo de otros cinco minutos y se quedó helada al atinar a distinguir en mitad de las siluetas borrosas que la rodeaban a la figura de la Hlaalu cerniéndose sobre ella con un bisturí en la mano.

Quiso gritar de terror ante aquello y no pudo.

Notó entonces cómo la mujer le tocaba la entrepierna para ver por dónde proceder hasta que el ruido de golpes en la puerta principal interrumpió el proceso.

- Maldita sea. – bufó la Hlaalu exasperada - ¿Y ahora quién demonios es?

Quitándose entonces los guantes, la cofia y la mascarilla dejando el bisturí a un lado sobre una pequeña mesita que había colocado cerca de la cama con todo el instrumental encima, la dunmer subió escaleras arriba para recibir a quienquiera que fuera a darle la lata un Sundas por la tarde.

Tempest entonces no perdió el tiempo y, agarrándose a la mesita donde quedó pálida por la cantidad de objetos cortantes y cucharas para raspar que había encima, se puso en pie.

Muerta de miedo, caminó unos cuantos pasos hacia la pared y con toda la voluntad del mundo, se apoyó en ella para seguir caminando hacia la salida.

No le importó dejar atrás su ropa, tenía mucha, ya se compraría otra túnica y tenía ochocientos pares de bragas.

Subió pesadamente las escaleras hasta la puerta del sótano y la abrió todo lo sigilosamente que pudo.

- Le digo que está cerrado. – oyó súbitamente la voz de la elfa alzarse en mitad del silencio, molesta – Vuelva mañana si quiere comprar camomila, flores de Alkanet y néctar de jacinto.

- ¡Pero es que es muy importante! - exclamó la voz de un hombre, que, por la pronunciación debía de tratarse de un altmer - ¡Estoy en mitad de un importante experimento y me faltan ingredientes! ¡Si espero un día entero la cocción se arruinará!

- ¡Y a mí qué me explica!, ¡está cerrado!

- ¡Haga la excepción solo por hoy!

- ¡Váyase!

- ¡Le pagaré el doble!

Tempest aprovechó entonces la discusión y salió con suma discreción por la puerta trasera con la baba colgando y medio ciega.

Se dirigió por los jardines traseros hacia su casa, la cual estaba casual y muy oportunamente en la misma calle que la tienda de alquimia de la Hlaalu.

Fue todo el camino agarrándose a las vallas y paredes de las viviendas contiguas, las cuales solo estaban cerradas con un grueso pestillo fácil de desplazar y, sumamente atontada, aporreó asimismo finalmente su propia puerta de atrás hasta que Eyja corrió a abrirla. Tuvo suerte de que nadie la hubiera visto a aquellas horas de la tarde-noche y de aquella guisa recorrer los patios traseros de las viviendas de manera tan sospechosa.

- Tempest, ¿qué...? - comenzó a decir la nórdica hasta que la muchacha se desmayó en sus brazos.

La norteña entonces, asustada, la tomó en brazos y en volandas la subió los dos pisos de diferencia para llegar al desván, la habitación de Tempest, y tumbarla sobre la cama.

- Llamaré a un Sanador... - comenzó a musitar la mujer hasta que la mano de Tempest la asió de una manga.

- No... - dijo con la voz ronca – No... Sanador no...

- ¿Qué?

- Salí... sótano... Falanu Hlaalu... droga... té...

Eyja se quedó de piedra un instante hasta que una súbita mueca rabiosa se adueñó de su rostro bonachón.

- ¡¿Falanu Hlaalu?! - exclamó furiosa - ¡¿Qué te ha hecho ésa bruja piel gris?!

- Aborto... embarazada...

Eyja la observó entonces con los ojos desencajados.

- ¡¿Dices que has ido a ver a la bruja ésa para que te realizase un aborto?! - gritó - ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Ésa mujer es necrofílica! ¡Si quieres que te realicen una intervención conozco a una matrona nórdica en Bruma que...!

- No... - le interrumpió Tempest alzando la mano débilmente – Embarazo bien... Aborto no... aborto duele...

- ¿Estás segura?

- Ajá...

Dicho lo cual, Tempest cesó en su lucha contra la droga y se abandonó al inquietante mundo de las pesadillas, donde Vaermina la castigó con imágenes del Oblivion y sus paredes de carne palpitante.


Nota de la autora: bueno, parece que el arco argumental se está volviendo un poco negro para nuestra protagonista. Yo ya fui dando indicios de que estaba preggy en los capis anteriores, así que no sé si esto os ha tomado de sorpresa o no. ¿Cómo le irá en éso de aceptar que ahora es responsable de lo que lleva dentro? Ya lo iremos viendo :)

He tenido tiempo este finde con el cansancio de las prácticas y me he liado, me he liado... y he acabado el capi en tiempo récord ^^ Nos leemos!

[Editado, julio del 2016]: por las mismas razones que el capítulo 32, este ha sufrido un ligero cambio para no incurrir en lo enfermizo de las relaciones no consensuadas. Si una chica dice que no, es que no. No obstante... la brecha formada aquí radica en la falta de comunicación del uno y de la otra, no en forzar voluntades. Ni él sabe que a ella no le apetece o lo que está haciendo mal, ni ella es capaz de expresarse con él. Éso era lo que quería transmitir, fin de la transmisión.

Por cierto, me refuerzo en mi denuncia: NO A LOS RAPEFICS.