CAPÍTULO 48 SÓLO TÚ
Mi cuerpo temblaba como una hoja de papel y no era para menos.
Llevaba muchos días alejada de Edward en este sentido y ahora estaba deseosa por unirme a él, al hombre que tenía ante mí. Yo estaba desnuda y a él apenas le quedaba una prenda con la que cubría su cuerpo; deseaba tocar ese pedazo de carne erecta que estaba acariciando lentamente a través de esa prenda de algodón negra…pero sin esta de por medio. Quería que sus manos me volvieran a tocar en ese mismo lugar donde una gran cantidad de humedad excitada se estaba empezando a acumular de manera escandalosa. Sí, Edward….lleva tus dedos de nuevo a mi entrepierna…a mi interior…
¿Me había preguntado que por dónde quería empezar?
Cielo santo, ¡y qué más daba eso! ¿A quién le importaba? El caso era comenzar ya o el agua de esa impresionante bañera empezaría a burbujear debido al subidón de temperatura que estaba experimentando mi cuerpo…aunque la idea de las burbujas en la bañera no estaba nada mal; además, estaba completamente segura de que esta pieza de porcelana blanca tendría el botón mágico para darle vida artificial al agua. Vale, sí…Eso seguía dándome igual. Estaba segura que las ansias de Edward estaban igual o peor que las mías. Me lo indicaba la dureza que sentía entre mis manos y que se moría por salir de su lugar.
—Pues creo que de momento podemos empezar por quitarte esto —dije tirando con fuerza de la goma de su ropa interior —si no quieres que te los arranque.
—Mmmm… ¿ahora eres tú la que se va a dedicar a arrancar piezas de ropa interior? —susurró en mi oído —Y yo que me creía que de los dos era el único que tenía ese extraño hobbie —estaba tan cerca que no pude evitar cogerlo con las manos y besarle la cara, lamerle…chuparle la piel a cada paso. Sentir esa ligera barba en su nívea piel que parecía estar siempre ahí y que lo hacía aún más irresistible a mí…
—Supongo que cuando la zorra me posee debes tenerme miedo —ronronee.
—Pero hoy no quiero que seas ninguna zorra —dijo cogiéndome la cara con las manos —Hoy, aquí…a partir de ahora sólo quiero que seas tú. Bella, mi princesa…—lamió mis labios tomándose su tiempo, saboreando…—Esa chica dulce y a la vez pícara que se sonroja por tonterías, la que me hace vibrar…la que me hace reír….sólo tú…—acarició mis labios húmedos con sus dedos —De todos modos no me importa que mi princesa me vaya quitando ya el bóxer…pueden romperse, te lo aseguro —ambos sonreímos.
Su ropa interior tardó apenas un par de segundos en hacer compañía a la mía y menos tiempo aún tardamos en unir nuestros cuerpos desnudos. Su erección me golpeó plácida y cálidamente en el estómago; su carne estaba levemente humedecida provocando que me estremeciera sin poder evitarlo de pies a cabeza. Tanto su piel como la mía estaban sudorosas por el calor y la excitación y eso era algo completamente genial porque el roce que ambos creábamos con cada movimiento, la textura de nuestros cuerpos, esa sensación…era totalmente perfecta.
Edward no se permitió el lujo de romper el beso que me estaba dando — y que me estaba volviendo loca — para alzarme prácticamente en volandas y meterme en la enorme bañera. Con su boca tapó el grito de sorpresa e impresión que estuvo a punto de salir de la mía. Aun así, agradecí que mi cuerpo se sumergiera en el agua; sentía que podía morir por el fuego interno que llameaba en mi cuerpo, mi piel entera ardía ante la más mínima caricia. De hecho, el pequeño movimiento que provocó el agua cuando acarició mi entrepierna me hizo gemir en alto antes de empezar. Quizás demasiado alto a juzgar por la sonrisa de Edward.
— ¿Estás tan ansiosa como yo o es cosa mía? —lo miré relamiéndome los labios mientras él se metía conmigo en el agua. Esas gotitas que caían por su cuerpo me estaban tentando peligrosamente. No me importaría sacar la lengua y lamerlas lentamente, una a una, de manera interminable…eso por no hablar de la carne que se alzaba orgullosa entre sus piernas —Ven aquí, pequeña…ya habrá tiempo para todo, ahora quiero sentirte —mis pensamientos lujuriosos aumentaron una décima más cuando Edward me cogió por la cintura y me colocó sobre su regazo. Instintivamente llevé mis manos a sus brazos, a sus pectorales, a sus abdominales…a su erección…Cuando su cuerpo se estremeció bajo mis manos me sentí de nuevo poderosa, una sensación que hacía días no probaba — ¿Te gusta? —susurró.
—Que si me gusta… ¿el qué? —sonrió mientras movía de manera descarada las caderas hacia arriba para crear más fricción —Porque ahora mismo hay muchas cosas que me pueden gustar…aunque ahora la que más me gusta eres tú. Siempre eres tú —susurré.
Arrasó mi boca como un vendaval furioso, sin avisarme, sin darme cuenta…aunque evidentemente le di todo el permiso del mundo para hacerlo. Mi boca era suya, mi lengua a pesar de tener vida propia le pertenecía a él por completo y mi cuerpo lo llamaba a gritos desde hacía ya rato. El agua de la bañera estaba tibia, casi fría…contrastaba a la perfección con el calor que nuestros cuerpos desprendías. Oh…el olor del mar tan cerca, el ruido del agua….su cuerpo. Sí…era perfecto…
Calor.
Sudor.
Ambos se mezclaban con las gotas de agua recorriendo nuestros cuerpos. Nuestras manos furtivas y no tan furtivas exploraron caminos conocidos por nuestra piel. Jadeos…mmm, oh, cielo santo…sus dedos, esos dedos que me acariciaban con maestría las caderas haciendo círculos imaginarios en mi piel pasaron por la ingle usando el agua como un verdadero y sensual conductor de caricias. El maldito siempre tocaba el límite de mi placer, pero nunca allí donde más lo necesitaba.
Si lo que se estaba proponiendo era volverme loca poco a poco lo estaba consiguiendo.
—Nece…necesito que me toques —jadee —Necesito que me hagas algo ya, Edward…
—Yo estoy igual que tú, cariño…Estos últimos días han sido un verdadero suplicio —dijo con voz ronca —Oler tu aroma —metió la nariz en mi pelo —Observar cómo dormías, acariciar tu piel despacio…y no tenerte de la forma en la que de verdad te deseaba…—sonrió sin ganas —Creo que ha sido el mayor tiempo que he estado sin sexo…
—Eso podemos arreglarlo ya…
Mi mano juguetona fue de nuevo a su erección, masajeándola como sabía que le gustaba tanto, de esa manera que conseguía arrancarle esos gemidos de placer incontrolable que eran música para mis oídos. Mi cometido era enloquecerlo de la manera que él lo hacía conmigo, llevarle al límite para que no se pudiera contener porque sabía que intentaría hacerlo, estaba segura de que no quería ser brusco conmigo; yo sólo quería que se comportara como lo hacía él cuando se convertía en mi Bestia...aunque él estaba más que preparado para lo que estuviera por venir. Sentí su suave dureza deslizarse sobre la palma de mi mano, cómo su cuerpo se estremecía con cada caricia que le regalaba con gusto. Sus jadeos, sus gemidos casi guturales me incitaban a seguir…a no parar nunca. Jamás.
Edward creaba adicción, una adicción que era incapaz de controlar. Una adicción que no quería superar, de ninguna manera posible.
Me agarré a los hombros clavándole las uñas olvidándome momentáneamente de su placer cuando sus dedos maestros se abrieron paso entre mi intimidad, acariciando esos lugares secretos a los que sólo él le había permitido explorar. De todos modos, ahora mismo sus dedos mágicos y maestros no eran suficientes en estos momentos.
—Más…más, Edward…necesito más de ti —susurré moviéndome contra él.
Cumplió mis deseos llevando su miembro erguido hacia mi intimidad, acariciando mis labios íntimos en el proceso. Mis uñas se clavaron aún más en su carne cuando sentí esa poderosa y hermosa invasión en mi cuerpo que se abría para él. Con dulzura y a la vez con pasión. Arrebatador, orgulloso…justo como era Edward.
—Oh, cielo…—jadee agarrándome al cabello húmedo de su nuca para darle un respiro a la maltrecha piel de sus hombros —Demasiado tiempo, Edward….
No se movió de manera inmediata.
Yo tampoco.
A pesar de las ganas irreprimibles de moverme con todas mis fuerzas contra su cuerpo queríamos disfrutar de este momento de unión previo a la pasión que acontecería después. Mientras su pene estaba completamente encajado en mi interior sus manos me acariciaron la espalda apartando el pelo con dulzura. Escondió su cara en la curvatura de mi cuello mientras sentía su corazón tan acelerado como el mío contra mi pecho.
Lo quería.
Lo amaba.
Tomé su boca con ese pensamiento en mi embotada cabeza debido al placer y, sin separar nuestras bocas, comencé a moverme de arriba abajo despacio. El agua a nuestro alrededor provocaba pequeñas ondulaciones por el vaivén de nuestros cuerpos. Quería sentirlo despacio, sin prisas, quería sentir su piel rozando la mía…pero eso muy pronto se hizo imposible cuando los pequeños movimientos se convirtieron en fuertes acometidas; Edward tomó el control de la situación como sólo él sabía hacerlo. Me agarró por las caderas y comenzó con su ritmo demoledor. Mi interior se adaptaba rápidamente a su longitud con cada embestida de sus caderas. No nos separaba absolutamente nada y eso era fantástico. A duras penas me separé un poco de él para poder ver su cara.
Oh, sí…
Placer, puro placer y satisfacción. Dulce agonía, una explosión de sensaciones inminente.
—Más duro, Edward —sonrió de lado con sus mejillas sonrojadas. Gotas…gotas de agua seguían cayendo por su piel. Agua por todos lados…
—Si lo hago más duro…no podré parar —tiré de sus cabellos con poca suavidad.
—Oh, joder… ¡pues no pares! —su cara se transformó en una máscara un tanto más oscura y perversa. Más intensa. Un poco menos dulce pero más caliente. Al parecer había dicho las palabras mágicas que daban paso al mundo del placer en estado puro al que sólo Edward me podía enviar.
—Agárrate con fuerza a los bordes —gruñó.
Lo hice.
Mis dedos se agarraron con fuerza a la fría porcelana mientras sus caderas se convertían ahora en un elemento casi peligroso y caliente que se chocaban sonoramente con las mías arrancándome gemidos, gritos de placer absoluto. Los músculos de sus brazos estaban tensos, apretados….su pene duro golpeaba con eficacia los lugares estratégicos y mágicos de mi interior. Ese roce, sus manos…De nuevo sus manos hicieron acto de presencia acariciando mi clítoris de manera casi apresurada. Mi respiración se hizo pesada, dificultosa…Mis gritos aumentaron con una potencia contenidos sólo por mis dientes clavándose en mis labios.
—No lo hagas —jadeó —No te aguantes. Grita todo…lo que quieras —sus dedos abandonaron mi clítoris. Estuve a punto de quejarme seriamente, pero no lo hice cuando sentí sus manos acariciando mi trasero, acercándose poco a poco a cierto lugar…abriéndose paso hacia aquel sitio que tanto placer me había proporcionado…—Vamos…no te contengas….Sé que quieres gritar….No te escuchará nadie…
Grité con fuerzas.
Por supuesto que grité cuando un par de dedos se introdujeron en mi ano. Me sentía completamente llena por él y por su cuerpo.
Jadeos.
Gemidos.
Arañazos. Sí, más arañazos.
Agua por todos lados, salpicando el suelo, salpicando nuestros cuerpos.
Más. Más. Más.
Movimientos rápidos mientras exploraba mi cuerpo. Oh, el cielo…Mis músculos internos se estremecieron, se ciñeron a la perfección al pene de Edward mientras mi orgasmo se arrasaba de pies a cabeza. Mi cuerpo se arqueó todo lo posible para recoger todo aquello que mi amor quisiera darme mientras mi cabeza caía hacia atrás….mi vientre explotando de placer…Dos, tres, cuatro arremetidas más de Edward contra mí y su cuerpo se relajó acompañado de un gruñido satisfecho sintiendo su calor en mi interior.
Una absoluta calma nos cubrió a los dos. El agua dejó de moverse a nuestro alrededor, nuestras bocas sólo emitían suspiros calmos. De nuevo sólo oíamos el agua del mar procedente del exterior.
—Cielo santo —susurré. Edward siguió en la misma posición; no separó su cuerpo del mío, nos mantuvo unidos mientras intentábamos calmar nuestras respiraciones —Oh, creo que me tiemblan las piernas —mordió mis labios con suavidad.
—Te he echado de menos.
—Creo que eso ha quedado más que claro —ahora sí separó nuestros cuerpos aunque no del todo; me apoyó en su regazo mientras él se relajaba completamente sobre la porcelana levándome a mí con él. Me apoyó en su cuerpo, contra su pecho aún agitado por esto tan maravilloso que acabábamos de hacer,
—Sí, ¿verdad? —Acarició mi abdomen —Creo que no me masturbaba desde los quince —me separé de él y lo miré a los ojos. No sabía si lo decía en broma o de verdad; mmm, sí…su cara me dejó claro que estaba hablando en serio —Bueno, quizás catorce es la edad exacta —sonrió —Y no pongas esa cara, cariño…. —volví a tumbarme sobre él.
—No me esperaba que el gran Edward, la Bestia del sexo confesara de esta manera que se…toca —su risa provocó vibraciones en mi cuerpo.
—Te aseguro que ha sido un método de emergencia…—subió sus manos a mis pechos —Apuesto a que tú te has tocado alguna vez —oh, por favor…Mi cara volvía a arder, pero no por la pasión. Esta vez por vergüenza — ¿Bella?
—Sabes que no me sentía muy cómoda con el sexo antes de conocerte.
— ¿Nunca? —Acercó sus labios a mi oído —Alguna vez, Bella…quiero verlo —volví a girarme.
— ¿Cómo?
—Que quiero verlo —acarició mis pezones. El agua se estaba quedando fría, pero a mí no me importaba y al parecer a Edward tampoco —Quiero ver cómo te acaricias. Quiero ver cómo te das placer tú sola.
—Quieres verme roja como un tomate, ¿no? —negó.
—No —susurró — ¿Me regalarías ese momento, princesa?
¿Pero qué clase de pregunta era esa? ¿Acaso quería que le regalara una masturbación? Por el amor de todo lo sagrado, este hombre me mataría algún día. De eso estaba más que segura, pero… ¿qué demonios? Menuda manera tendría de morir.
—Creo que en estos momentos te regalaría cualquier cosa, Edward…incluso eso. Y lo sabes —me apretó más contra él.
—Eres perfecta —me besó en la comisura de los labios —Tenemos que salir de aquí ya, preciosa. El agua está fría.
No me hubiera importado estar unos minutos más con él ahí dentro a pesar de la baja temperatura del agua; podríamos volver a calentarla sin ningún problema…pero también podríamos quedar tan arrugados como una pasa. Seh…mejor salir ya, porque esa imagen que se me venía a la cabeza no era para nada sexy.
Edward salió primero ofreciéndome unas vistas privilegiadas; enrolló sus poderosas caderas con una toalla y luego cogió otra para mí. De la misma manera que me metió me ayudó a salir. Me envolvió en la toalla después de secarme con cuidado los brazos y las piernas; si hubiera seguido secando por otras partes de mi cuerpo yo misma lo habría arrojado sin contemplaciones hacia el agua fría.
— ¿Bien? —sonreí como una auténtica zorra, por mucho que Edward quisiera que fuera simplemente yo.
—Más que bien, te lo prometo —me tendió la mano.
— ¿Te apetece salir fuera y ver lo que queda de la cabaña?
— ¿Quieres que salgamos así ahí fuera? —señalé nuestra poca ropa reducida a un par de toallas. La de Edward un poco corta, por cierto…él sonrió mientras se acercaba a mí. Me cogió por la cintura poniéndose a mi altura. Yo misma sonreí casi sin querer cuando acaricié con cuidado los arañazos que le había hecho en los hombros minutos atrás; zorra no, pero una gata salvaje sí que había sido…
—Bruja…—susurró —Eso está empezando a escocer, ¿sabes? —puse cara de fingida pena. No se lo creyó para nada ya que se limitó a tirar de mí y llevarme al exterior de lo que yo ya había apodado "la cabañita" —Deja de ceñirte la toalla, cariño —murmuró Edward —Sabes que no hay nadie a nuestro alrededor por esta parte. Sólo el mar, los corales y los peces de colores —me miró intensamente —Podríamos follar aquí mismo y no nos vería ni oiría nadie —sigue, Edward…sigue…. —Quizás después lo hagamos —murmuró casi para él —Pero dejemos eso para más tarde…ahora mira.
Delante de nosotros había una enorme terraza con el suelo de madera y decorada por un par de sillones de mimbre tapizados con el mismo color que los del interior y presididos por una pequeña mesa redonda. Unos pequeños focos colgantes en forma de antorcha iluminaban el incipiente atardecer de la Polinesia aportando una tenue y amarillenta luz que invitaba a pasar la noche allí mismo. Dos elegantes tumbonas y una sombrilla completaban la decoración del lugar…bueno, eso y una hamaca colgante con un par de mullidos cojines en la que debajo no había nada más que agua. Miré a Edward preguntándole con la mirada, "¿en serio?".
— ¿Te gustaría probarla? — me retiré un poco del borde — La sensación de recostarte sólo sobre el mar es de libertad total.
—Me lo imagino y si tú dices me lo creo…pero será mejor que lo pruebe mañana. Aún me tiemblan las piernas por lo que me acabas de hacer, ¿sabes? — me dedicó una corta carcajada.
—Mejor. Así mañana podremos probar con total tranquilidad las cálidas aguas que nos rodean — señaló unas pequeñas escalerillas de madera con pasamanos instaladas en la terraza que daban directamente al agua. Miré abajo sin mucha emoción sobre el agua ya oscurecida por el atardecer — ¿Por qué esa cara? Sabes nadar, ¿no?
— ¡Pues claro que se nadar! — Me acerqué un poco más al borde agarrándome la toalla — ¿Es…es seguro? — Alzó una ceja —Me refiero a que si estas aguas cubren mucho…y eso…
—No, para nada…estamos en la zona que menos cubre. A ti el agua te llegará más o menos por aquí —me cogió de nuevo por la cintura y me acarició mi ya sobre excitada piel por encima de la toalla —La idea es disfrutar de esta maravillosa agua azul, princesa. A medida que te adentras más, cubre más…pero es del todo seguro. Además, no queremos molestar a los corales, ¿cierto? —Negué sonriendo —Vamos a probar todo lo que quieras y hacer todo aquello que esté programado en la lista de excursiones. El resto lo pondremos nosotros, ¿no te parece? —Me dedicó una sonrisa completamente arrogante — ¿Se te ha pasado ya el temblor de piernas para poder salir a cenar o necesitas un poco más de tiempo para recuperarte? Podemos esperar, si es necesario —le golpee suavemente el pecho.
—Maldito creído.
—Sabes que lo soy —reconoció —Ve a la habitación y vístete mientras llamo a Seth y a Sam. Ponte algo ligero y cómodo…quiero enseñarte uno de los restaurantes del resort. Sé que te va a encantar —me giré para marcharme con mi perenne sonrisa en los labios para arreglarme cuanto antes, pero me retuvo agarrándome de la mano, entrelazando nuestros dedos —Y por favor, Bella…no quiero sentirte con miedo. Aparta todos los temores que puedas tener —dijo completamente en serio —Sabes que a mi lado no te va a pasar nada malo, ¿entendido? No lo permitiría jamás —le acaricié la mejilla.
—Lo sé, Edward…lo sé…
Me adentré en la cabaña para vestirme después de darme un beso rápido en los labios. Ese hombre era jodidamente creído, arrogante y todos los calificativos similares que mi mente por razones obvias no podía reunir en ese momento…pero me encantaba. Me fascinaba su capacidad para cuidad de mí, esa ternura…esa seguridad que irradiaba de manera tan potente que lograba calarme los huesos. Me fascinaba todo, absolutamente todo de él…
Crucé rápidamente el baño sonrojándome como una verdadera idiota.
¿Acaso eso era posible que ocurriera después de lo que habíamos hecho y dicho en esa bañera? Se podía decir que la habíamos estrenado a lo grande; en el interior de la bañera había quedado una cantidad irrisoria de agua porque casi todo el resto estaba esparcida por el suelo del baño de manera alocada. Wow. Pues sí que la habíamos liado buena; habíamos sido explosivos hasta la saciedad…Salté con cuidado los pequeños charcos de agua, que nosotros mismos habíamos provocado, para no mojar todo el suelo hasta llegar a la habitación.
Cuando entré en la estancia fue imposible no mirar de nuevo a mi alrededor; no podía dejar de admirar la belleza de todo lo que me rodeaba, sobre todo la magnitud de esa preciosa cama y esas sábanas que prometían ser tan suaves como se veían. Pero aún quedaba más, mucho más…y todo aquello estaba fuera y me lo quería enseñar Edward de su mano. No sin esfuerzo dejé de mirar la cama y el suelo transparente de la habitación y corrí hasta la maleta de la que no conocía el contenido, aunque me lo podía imaginar.
Como era de esperar, todo estaba perfectamente doblado y colocado. Y por lo que se podía ver por encima todo era ropa ligera, fresca y elegante a la vez que cómoda. Se notaba el sello distintivo de Noran en esas compras tan bien hechas en mi lugar en esos momentos en los que estuve recluida a la fuerza en casa. No me molesté mucho en rebuscar; elegí el primer vestido que tuve a mi alcance, un vestido de lino de color azul, tan azul como el mar que nos rodeaba. También cogí unas sandalias plateadas. Planas, por supuesto. Con la mínima inspección de la maleta que había hecho no había encontrado ningún zapato alto aunque de todos modos habría pasado de cualquier cosa con más de tres centímetros de altura; mi pie ya estaba casi recuperado aunque aún mantenía un ligero eco de moratón y una leve inflamación…no quería, por mi bien y por la salud mental de Edward, que mi pie se empeorara por estilizar mis piernas con unos malditos tacones. Ya tendríamos tiempo, ambos, de disfrutar de tacones de doce centímetros en otros momentos…
Cuando Edward entró en la habitación yo ya estaba completamente vestida, aunque estaba librando una encarnizada guerra con mi pelo; era un completo desastre después de nuestros juegos en la bañera. Edward me observó divertido mientras me sentaba en el tocador e intentaba hacer algo medio decente con mi cabello…aunque era menos que imposible; por el reflejo del espejo vi cómo se deshacía de la toalla húmeda dejándome unas tremendas vistas de su trasero completamente desnudo. No tardó mucho en taparse con una prenda interior blanca que tampoco dejaba mucho a la imaginación, y unos pantalones finos del mismo tejido que mi vestido. A través del espejo también vi cómo se acercaba a mí mientras se abotonaba una camisa blanca arremangada hasta los codos que le sentaba como un maldito guante….
— ¿Tienes problemas con el pelo? — lo miré a través de las pestañas.
—Completamente. Mira, es una maraña…creo que cualquier ave autóctona podría hacer un nido en mi cabeza sin ningún problema —sonrió —No te rías, todo esto ha sido culpa tuya.
Sin decirme nada me arrebató el cepillo de las manos y desenredó con cuidado y poco a poco los mechones de mi pelo, como ya hizo una vez hacía tiempo. Lo hizo con tanto cuidado y con tanta ternura que tuve que cerrar los ojos de puro placer mientras los poros de mi cuerpo se ponían en alerta simplemente con esos pequeños y gustosos tirones que aplicaba en mi cabeza. También por su cercanía, por supuesto. Sólo los abrí cuando sentí los mechones húmedos acariciar mis hombros.
—Está muy largo —dijo acariciándolo desde la raíz a las puntas con los dedos —Me encanta que esté así —murmuró distraídamente. Luego volvió a mirar mi reflejo —El agua de aquí no es como la de la ciudad…no quiero que se te dañe el pelo.
—Estoy más que segura de que Norah ha metido algún producto para eso, no te preocupes —me tendió la mano y me ayudó a levantarme —No me he atrevido a explorar el resto de la maleta.
—Has hecho bien…a saber lo que ha metido esa rubia ahí dentro. Aunque de momento he de decir que me gusta lo que veo —dijo paseando sus ojos por mi cuerpo.
— ¿Incluso las sandalias planas?
—Incluso las sandalias planas a pesar de me tenga que agachar para besarte —afirmó dándome un beso en la comisura de los labios—Estamos de vacaciones, cariño —enganchó mi brazo en el suyo —Dejemos las formalidades para dentro de unos días…—prácticamente me arrastró hacia fuera.
Hicimos el camino de vuelta a la playa en menos de cinco minutos sobre la pasarela de madera dejándonos ver así los intrincados dibujos de los bungalós dejaban sobre el agua; sin duda Edward se había esmerado por guardarse para él la cabañita más alejada, grande y privada de todas las que podía haber allí…aunque yo con eso estaba más que encantada, por supuesto. Esa privacidad única nos daba la opción de vivir todo aquello que el Manhattan no podíamos. Éramos sólo él y yo…y su discreta seguridad, claro.
Lo primero que vimos cuando tocamos "tierra firme" con los pies, fue el enorme Jeep en el que nos habían traído hasta aquí. Esta vez en el coche sólo iban Sam y el conductor; al parecer, Edward se había apiadado del joven Seth dejándole la noche libre. Apostaba lo que fuera a que él estaba más que encantado de acompañarnos a pesar de ser trabajo.
Edward me ayudó a subir al enorme coche y me puso el cinturón de seguridad, aunque dudaba mucho de que nos fuéramos a encontrar con muchos coches a nuestro paso por el camino de tierra.
— ¿Está muy lejos el sitio a donde me vas a llevar a cenar? —Edward negó mientras se abrochaba su propio cinturón.
—No, aquí todo está muy cerca. Cómo pudiste ver desde el avión la isla parece grande, pero no lo es. Tiene una porción muy reducida de tierra edificable, de hecho, sólo hemos construido en esta parte de la isla.
— ¿Entonces la otra parte es virgen? —una de las esquinas de su labio se levantó con un punto de maldad propio de su cosecha.
—Te juro que me ha venido a la cabeza un pensamiento demasiado…sucio, princesa —se acercó a mí para susurrarme al oído —pero te la tendrás que imaginar, no pienso decírtela con compañía…
Por supuesto que me podía imaginar el tipo de pensamiento indecoroso — o no tanto, depende de cómo se mire — que se le había pasado a Edward por su preciosa cabecita, no hacía falta esforzarme mucho en ello.
Pensamientos libidinosos aparte, Edward no soltó mi mano mientras el Jeep se paseaba entre pequeños baches por el camino de tierra que nos conduciría a nuestro desconocido destino, al menos para mí. Me concentré en disfrutar las vistas que me ofrecía la naturaleza; el atardecer en este lugar de ensueño era digno de cualquier postal paradisíaca. Toda la gama de colores comprendida desde el rosa hasta el naranja intenso se reflejaban en el mar, en esa laguna de color azul intenso sobre la que dormiríamos los próximos días. Un par de aves cruzaron el paisaje que quedaría inmortalizado en mi retina y en mi cerebro para el resto de mi vida. Incluso me pareció ver movimientos en el agua. ¿Delfines? Eso sí que sería fantástico. Cada segundo que pasaba, cada fotograma que mis ojos captaban para siempre aumentaban mis ganas de explorar ese pequeño paraíso de la mano de Edward.
Nadaríamos entre los peces de colores y vería con mis propios ojos la barrera de coral.
Haríamos snorkel y exploraríamos esas cuevas subterráneas.
Visitaríamos las islas vecinas y conoceríamos de primera mano el famoso pico de Bora Bora.
Por descontado, estrenaríamos a nuestra explosiva manera todos y cada uno de los rincones de la cabaña; habíamos empezado por la bañera, pero le seguirían el resto de los lugares incluida la terraza. Haríamos todo eso y más; no sabía ni quería saber de momento los días que estaríamos ahí, pero lo que sí que tenía claro era que los iba a exprimir al máximo.
Mucho antes de lo que esperé el coche se detuvo.
Ante nosotros había un pequeño edificio de madera de una sola planta, aunque parecía bastante amplio. Aún quedaban los vestigios de la gran obra que se había llevado a cabo; aún quedaban en los laterales algunos sacos de tierra, maquinaria de obra y lo que parecía ser un andamio ya desmontado. De todos modos ese pequeño detalle no le restaba ni una pizca de belleza al lugar. Cuando Edward me ayudó a bajar del Jeep pude ver con claridad, y gracias a las antorchas encendidas a cada lado de la entrada, uno de los grandes restaurantes de lujo del complejo que guardaba, en el exterior, una gran similitud con los bungalós.
—Es precioso —murmuré mientras el coche nos abandonaba dejándonos aparentemente solos aunque sabía que Sam no se quedaría muy lejos.
—Esto no es nada…espera a verlo acabado. Además, tienes que ver el interior.
Cogidos de la mano nos adentramos en el restaurante. Como bien había dicho Edward, el interior era impresionante. Por dentro la iluminación era tan tenue como la de fuera y las mesas estaban metódicamente ordenadas. Todas estaban desnudas menos una, la cubría un elegante mantel de color tierra, un candelabro con un par de velas encendidas y los cubiertos. Todo estaba absolutamente desierto, parecía que nosotros fuéramos los únicos que ocupábamos ese gran lugar….hasta que apareció un hombre joven vestido de negro, de entre veinticinco y treinta años. Era moreno, con el pelo ligeramente ondulado, tez oscurecida por el sol y una enorme sonrisa en la cara.
— ¿Señor Cullen? —El hombre con un ligero acento que lindaba entre el francés y el inglés le tendió la mano sin perder la sonrisa en ningún momento — ¡Qué alegría poder conocerlo al fin en persona! Pensé que lo conocería más tarde, cuando todo estuviera listo y terminado…Los chicos se han esforzado duro por tener esto decente para su visita, aunque ha sido imposible recoger todo a tiempo. Sentimos de verdad todo el jaleo del exterior.
—No te preocupes, Benjamín. Entendemos que aún están acabando las obras —me miró a mí —Bella, este es Benjamín. Será el encargado y jefe de cocina de los dos restaurantes del lugar —el hombre me dedicó una sonrisa aún más grande y me saludó besándome respetuosamente el dorso de la mano.
— ¿La Señora Cullen? —oh, por Dios….Edward sonrió de lado. Por mi parte mis nervios afloraron solo por escuchar eso.
—Casi…Es mi novia, Isabella Swan —Benjamín asintió rápidamente un poco sonrojado.
—Oh, perfecto…Siento la intromisión….Pasen por aquí, por favor…—nos señaló la mesa iluminada —Les hemos preparado una pequeña degustación de lo que he pensado para menú. Esperemos que todo sea de su agrado, no duden en pedir aquello que necesiten —el hombre hizo una especie de pequeña reverencia y se retiró por la parte trasera.
—Qué buena impresión da este hombre…y qué amable parece, ¿no?
—Lo es. Y un buen profesional. Benjamín es uno de los mejores cocineros de la región. Su padre es americano, Jacksonville…creo. Y su madre es nativa de una de las islas…
—Menuda mezcla —Edward asintió.
—Sí….pero estoy seguro de que será un buen jefe de cocina. Además de los restaurantes tendremos a disposición el servicio de habitaciones por si los clientes no quieren perder el tiempo —movió las cejas imperceptiblemente.
—Ya veo…No hay nada mejor que mantener el estómago contento para rendir bien, ¿uh?
—Tú lo has dicho —se puso serio de nuevo —A parte de la comida también le damos mucha importancia al ambiente, como ya has visto. Ahora esto está a medias, pero tenemos pensado ambientar un poco más el lugar, quiero que sea más íntimo y agradable. Vamos a poner más antorchas eléctricas dentro del restaurante. Ahí —me señaló una pequeña tarima —se tocarán melodías en directo. Todo será muy suave y relajante…
—A mí ya me parece relajante así…—negó.
—Volveremos cuando todo esté terminado —sus ojos verdes adquirieron un tono aún más intenso a través de las llamas de las velas —Aunque hayamos empezado nuestra estancia aquí a lo grande esto no deja de ser un viaje de trabajo.
—Pues déjame decirte que eres un poco capullo —alzó una ceja divertido —Tienes el mejor trabajo del mundo. Supervisar un resort de lujo en una isla de ensueño. Se gana muy bien el sueldo señor Cullen…oh, y perdone que no haya traído mi portátil para ayudarle con los documentos —se relamió los labios.
—No me puedo creer que me hayas llamado capullo en mi cara —sonreí.
—Pues créetelo —suspiró —En serio, me muero por ver todo lo que falta, Edward.
—Lo verás…—ladeó la cabeza —No ha hecho falta tu portátil, pero he dejado preparados para ti unos cuantos trabajos. Estás de baja, pero no creo que te supongan un gran esfuerzo.
—Ya sabía yo que este viaje guardaba algo oscuro… ¿me has traído aquí a trabajar? —Bromee —No me lo puedo creer.
—Estás muy divertida, ¿no, pequeña bruja?
No le pude contestar porque justo después de nuestra lucha irónica/verbal un par de camareras entraron en el salón con las manos llenas de bandejas. Ambas iban perfecta y elegantemente vestidas de negro. Eran morenas de piel y con rasgos nativos; sus lacios y largos cabellos estaban recogidos en tirantes coletas que no dejaban ni un pelo fuera de su lugar. Tan sólo dedicándonos unas tenues sonrisas nos pusieron sobre la mesa los platos que íbamos a degustar. Cuando las camareras se fueron entró de nuevo Benjamín, esta vez con una botella de vino apoyada en el brazo sobre una servilleta de tela.
Sin duda alguna Edward y yo íbamos a degustar una carta de todo, absolutamente todo, de lo que se iba a servir allí en un futuro no muy lejano porque las camareras tardaban muy poco en hacer aparición con más y más platos en las manos. En su última visita una de las mujeres nos dejó con cuidado una botella de vino tinto aunque yo sólo podía mirar la cantidad de comida que tenía ante mí; había de todo. Desde carnes hasta pescados, verduras de todo tipo y salsas exquisitas todo aderezado por un maravilloso olor…
—Madre mía, Edward…no vamos a poder con todo esto. Es demasiado…
—Nunca es demasiado, Bella —susurró mientras cogía la botella de vino para servirnos a ambos.
—Oh, no…no quiero vino. Sabes que me sienta fatal el alcohol —sonrió de lado.
—Lo sé…pero no dejaré que te emborraches, te lo prometo. Es un Château Margaux, merece la pena probarlo —entrecerró los ojos —Y sí, creo que sí podremos con toda la comida…Tienes que recuperar fuerzas…y coger energía para lo que queda por venir….
— ¿Eso es una advertencia?
—Por supuesto —sonreí —Princesa, pienso agotarte hasta lo indecible —alargué la mano para coger la copa de vino sintiendo aún el agradable calor en el cuerpo que las palabras de Edward me habían provocado. Me relamí los labios cuando probé el líquido rojo.
—Está muy bueno —reconocí.
—Ya sabes…es francés. Es de los mejores —dijo orgulloso —Tenemos una amplia carta de vinos a disposición de los clientes. Que estemos en el fin del mundo no quiere decir que no podamos disfrutar de los placeres más terrenales, ¿no? —Tomó un sorbo de su copa —Me gusta ofrecer lo mejor de mí y de mi equipo en todo lo que me propongo.
—Se nota que estás disfrutando con este proyecto —asintió.
—Me alegro de que hayamos sido nosotros los que hemos hecho el viaje en lugar de Norah —solté una pequeña carcajada.
—Ahora mismo estaría ella disfrutando sola de esta misma cena —Edward puso los ojos en blanco haciéndome reír de nuevo.
—A ella le va más la pizza margarita mientras se traga el canal de deportes —negué ante la ocurrencia de Edward.
—Si la rubia te oyera ahora mismo…
Empezamos a cenar entre bromas; me encantaba esta nueva faceta suya. Ya me había acostumbrado al Edward gruñón, mandón y sabelotodo. También me había acostumbrado a su sobreprotección…pero su lado más bromista y relajado me estaban fascinando, sin duda alguna. Verlo así, tan sereno y relajado hablando de esa manera tan despreocupada y a la vez tan apasionada de su trabajo me podía estar más cómoda, tranquila y calmada.
¿Hacía cuánto tiempo no estaba así?
No podía acordarme y menos después de los días que había pasado, pero ahora eso quedaba atrás en un segundo plano. Todo estaba bien. Hablaría con Matt cuando el cambio horario me lo permitiera. Edward estaba bien. Yo estaba bien…todo estaba fantástico. Estaba feliz.
En menos de lo que pude imaginar, y contra todo pronóstico, acabamos casi con la totalidad de la comida que teníamos ante nosotros. Y con más de media botella de vino. Sentía calor en mis mejillas — seguramente estaría roja como un tomate — y sabía que una sonrisilla tonta adornaba mi cara, pero me sentía tan a gusto que no me importaba nada.
—Al final hemos podido con todo —murmuró Edward.
—Y al final has dejado que me emborrache —dije abanicándome con la mano.
—Borracha no, cariño. Achispada. No es lo mismo —frunció el ceño — ¿Te encuentras mal?
— ¿Bromeas? ¡Para nada! Estoy bien —sonrió mientras se limpiaba los labios con una servilleta —Más que bien.
—Creo que es hora de ir a dormir.
A eso no me negué, por supuesto. Estaba más que cansada…estaba agotada. Después de la gran bienvenida a la isla que habíamos tenido y todo el vino ingerido necesitaba descansar un poco. O dormir veinte horas. Así que tras una breve llamada de teléfono el coche que nos había traído se presentó en la puerta del restaurante. Una vez sentados en el interior y con el cálido aire nocturno que entraba por la ventanilla golpeándome en la cara suavemente me sentí como en el cielo. Apoyé la cara sobre el hombro de Edward respirando su olor….no pude evitar cerrar los ojos. El movimiento del coche tampoco ayudaba mucho a salir de este estado de aletargamiento en el que me estaba sumiendo cada vez más y más, aunque me encontraba genial.
— ¿Tienes sueño? —susurró Edward.
—Mucho…mucho sueño. Creo que hoy estrenaremos la cama solo para dormir, Edward...—el movimiento de su cuerpo al reír me hizo sonreír a pesar del cansancio.
—Tendremos tiempo para estrenar la cama en condiciones…no te preocupes por eso….
No fui muy consciente de los siguientes minutos. Noté que el coche se paraba y cómo Edward me cogía en volandas. Quise protestar por eso y decirle que podía andar yo solita…pero no lo hice por dos razones. Primero, porque eso era completamente falso. Y segundo, porque el calor y el contacto de su cuerpo contra el mío era delicioso. Sus manos me agarraban con firmeza la cintura y las piernas; desde fuera pareceríamos una pareja en su noche de bodas caminando hacia su habitación…Sí, el sueño me hacía pensar incoherencias…Dejé caer mi cara contra su pecho mientras la brisa marina se colaba por todos los poros de mi piel mientras sus pisadas retumbaban sobre la pasarela de madera. Sin soltarme ni un solo minuto abrió la puerta de nuestra cabañita. Abrí los ojos a duras penas cuando me soltó con cuidado sobre la cama. Edward se encargó de deshacerse de mi vestido y de mis sandalias dejándome solo en ropa interior.
—No puedo ni con mi alma, Edward —murmuré. Él se limitó a empujarme con suavidad por los hombros hasta que mi cabeza tocó la esponjosa almohada.
—Descansa, pequeña…descansa…
Eso fue lo que hice.
Cerré los ojos tras un breve y casto beso en los labios dejándome ir al mundo de los sueños. Ni siquiera me alteró la llamada al teléfono de Edward; no le di mucha importancia porque supuse que sería alguno de sus hombres…
— ¿Diga? ¿Phill?
Quise abrir los ojos, pero mi subconsciente ya había viajado al mundo onírico….
¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Os ha gustado la bienvenida a la isla? ¿Para qué habrá llamado Phill a Edward?
Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios
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Muchas gracias por la paciencia que estáis teniendo conmigo. Me apena mucho tardar tanto en subir las actualizaciones, pero ahora mismo se me hace un poco complicado. Espero poder mejorar la situación en breve =) Las fotos de los lugares donde estarán Edward y Bella se subieron al grupo de Facebook del fic, por si queréis pasaros me buscáis por ahí y os agrego. Nos leemos en unos días, un besote enorme!
