Autor: Manosfrias
Personajes: Iori y Chikara
Imagen: enlace en el perfil
Shinai
La cálida brisa veraniega agitaba las hojas de los árboles en el parque cercano.
Él se estiró, luchando contra el letargo de la tarde, mientras permanecía sentado en el sofá, con la espalda apoyada en el apoya brazos y las piernas estiradas a lo largo del mueble, notó lo mucho que había crecido en el último tiempo y luego se perdió en sus cavilaciones. Había dejado progresivamente el kendo, inmerso en un mar de nuevas responsabilidades y líos sentimentales. Ya con doce años había tenido unas cuantas «novias», pero nunca se había sentido así antes, Moriko era diferente.
Se llevó las manos a la cabeza, deseando que lo tragase la tierra luego de lo ocurrido el fin de semana pasado, y se balanceó en el sofá, cayendo al suelo antes de poder reaccionar. Se incorporó rápidamente, agradeciendo que nadie hubiese visto aquello.
—¿Estás bien? —preguntó Upamon, quien apareció desde el umbral de la puerta de su habitación.
—Sí. —Hizo una pausa—. ¿Desde cuándo estás allí?
—Desde hace un rato, iba a hablar, pero comenzaste a actuar así y… Sabes que si te pasa algo puedes decírmelo.
El digimon había notando un cambio en Iori desde hacía unos días, sin embargo, el castaño estaba ocupado la mayor parte del tiempo y, las veces en las que intentó hablar de aquello, él eludía el tema, por lo que optó por compartir su inquietud con el abuelo de Iori.
El joven de ojos verdes permaneció callado, mirando a su compañero digital. Suspiró derrotado, sentándose junto a él.
—¿Estás triste por algo? —preguntó este.
El castaño sopesó las palabras de su compañero.
—No lo podría llamar tristeza… Es algo complicado.
Si bien un digimon podía experimentar y comprender la misma gama de emociones que un humano, hablar de aquello con él se le hacía igual de difícil que con su abuelo o su madre, esta última era quien más indirectas utilizaba.
Iori se estiró, recostándose sobre el suelo alfombrado y soltó una leve risa al recordar la época en la que su abuelo le preguntaba si había conocido a una chica hermosa en la escuela.
—De verdad la quiero, pero no logro decírselo… y también están los estudios y todo lo demás, siento que estoy a la deriva, tratando de aferrarme a recuerdos, a la vez que busco algo nuevo y difuso en el horizonte.
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Caminaba de regreso a su hogar, mientras disfrutaba del agradable clima y el aroma que provenía de la bolsa de pan que acababa de comprar. Sabía que su nieto ya debería estar en casa.
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Recordaba cuando su hijo recién estaba entrado en la adolescencia, también cuando él mismo lo hizo, sin embargo, apenas si coincidían con Iori, la diferencia de generaciones, en ese aspecto, era más que evidente y hacía las cosas un poco más difíciles. Chikara Hida siempre se había preocupado por su nieto, procuraba estar allí cuando lo necesitaba, nunca intentaría ser una especie de reemplazo de su hijo, pero al menos podría ofrecer su consejo.
Gracias a Iori pudo saber del mundo que tanto fascinó a Hiroki cuando niño, y eso era algo invaluable para él.
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Había decidido que hoy hablaría con él. Ya se había acercado el pequeño digimon, mostrándose intranquilo por Iori. Podía ser que los tiempos y los jóvenes fuesen diferentes, pero se esforzaría en ayudarlo, sin embargo, al final sería Iori quien tendría que tomar sus propias decisiones y esperaba creer en ellas.
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Tomó a Upamon en sus brazos y se dirigió hacia su habitación. Hablar con su compañero había servido para desahogarse e incluso ordenar sus ideas, ahora tendría que hablar con su madre y explicarle el porqué de su actitud en el último tiempo.
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Pasó frente a la foto de su padre y se detuvo para verla un momento, aumentó un poco la fuerza del abrazo a su digimon. Tras unos minutos, su vista se fue hacia otra de las fotos que allí había: en ella salían su abuelo y él, ambos estaban utilizando su equipo de kendo.
—Upamon, vamos a desempolvarlo —dijo el joven con una sonrisa en su rostro.
—Sí —dijo el digimon con emoción.
Tuvieron que mover una gran cantidad de cajas, pero finalmente lo encontraron. Su equipo estaba en las mismas condiciones que tenía la última vez que lo utilizó, aunque muchas partes ya no le quedaban.
Cuando anunció su llegada, no recibió respuesta, sin embargo, sabía que su nieto estaba en casa: sus zapatos estaban en el recibidor. Caminó hacia la cocina y dejó el pan en una cesta, para luego dirigirse a la habitación de su nieto.
Observó la fotografía de su hijo, notando nuevamente lo mucho que se le estaba pareciendo Iori en algunos rasgos. La puerta estaba abierta y una corriente de aire salía desde allí. Al entrar, se encontró con la habitación vacía y las ventanas abiertas, por lo que caminó hacia estas, encontrándose con una imagen que desde hacía tiempo no veía: Iori en el balcón, practicando los movimientos básicos con su viejo shinai.
Notas: ¡Gracias por leer!
