Confuso

Caminé por la acera.

Exhausta, hastiada y débil.

No alcanzaba a caminar media cuadra cuando una tos se desataba a partir de mis pulmones, produciendo sonidos grotescos.

Ya tenía la partida ganada..., prácticamente. Era imposible que me alcanzaran a esta distancia, eso si acaso se habían dado cuenta de mi ausencia. Escaparse fue fácil..., fácil, considerando que debía evadir la presencia de siete seres superdotados.

Cuando imaginé mi intento de evasión, prácticamente había aceptado que se trataba de algo inviable..., pero sin embargo, había funcionado. Los motivos que me llevaron a tomar aquella decisión tan radical, fueron simples. En cuanto vi que me hallaba sola por mi lado y con todas las que perder, estuve obligada a actuar con el único fin de protegerme. Fue por eso que caí desplomada sobre el piso.

Cuando Tanya me desafió, vi en ella la oportunidad que estaba necesitando. Además, aproveché para pisotear un tanto su arrogancia.

No me sentí y no me sentía limpia por lo que acababa de hacer. Me veía mí misma como una traidora, como una egoísta que pensaba sólo en sí misma y que le estaba negando a los demás la opción de rescatar a Carlisle.

Des el momento que decidí escapar, tuve muy claro que estaba firmando su sentencia, que estaba dejando caer la hoja de la guillotina sobre su cuello, y no podía evitar sentirme menos miserable por ello.

Estaba segura de que hubiera hecho cualquier cosa por él y por salvarle. Todo, excepto dar mi vida.

Me pasé una mano por el rostro, empapado, y luego volví a refugiarla dentro de unos de los bolsillos de la cazadora.

Por mi cabeza, insistía en pasar una secuencia de imágenes, que describían todo lo que había acontecido desde que atacara a Tanya, hasta ese momento. Recordaba lo trabajosos que resultó el intentar parecer dormida u inconsciente a los ojos de Alice y los otros. Recordaba cómo Jasper me cargó hasta llevarme a mi habitación y la forma en que Esme se había encargado de acomodarme. Y sobre todo, tenía muy presente la conversación que sostuvo con Alice.

Las palabras de Esme me hacían sentir doblemente culpable. Por la forma en la que ella hablaba, se podría asumir que Carlisle estaba en manos de los Vulturis por mi causa..., como si no le importara sacrificarse por mí. Claro, ese no había sido el motivo de su visita en un principio, pero bien pudo resistirse. Eso me hacía creer que, en contraposición a lo que yo pensaba, él estaba dispuesto a dar incluso su vida por mí.

Y yo le estaba abandonando.

Caminé más deprisa. El sonido de unas ruedas doblando en la esquina que había dejado atrás llamaron mi atención. Era de madrugada, y las calles de Seattle se encontraban prácticamente desiertas, salvo por uno que otro transeúnte que se aventuraba a cruzar bajo la incesante lluvia. Fue por eso que me alarmé al oír un coche acercarse..., ¿y si ya habían notado mi ausencia?

Me volteé rápidamente, dándole la espalda al coche y comencé a apretar el paso aún más. Doble en la siguiente esquina y decidí la dirección tan sólo cuando hube llegado al cruce. Lo cierto, es que iba marchando sin rumbo. ¿Qué más podía hacer?

No conocía la ciudad, no tanto como hubiera deseado y cada callejón me parecía idéntico al anterior. Y aunque me hubiera sabido los nombres de las calles y su ubicación de memoria, aunque hubiera tenido un plano, de nada me hubiera servido.

Sola, como estaba y llevando tan sólo una mochila a la espalda, no tenía a dónde ir.

Apenas conseguí salir del hotel en el que Alice y los demás e habían hospedado, había echado a correr como pocas veces lo había hecho. Había corrido bajo la lluvia, guiándome tan sólo por el instinto, por el azar o por la simple intuición. No sé cuántas cuadras recorrí en aquel cuarto de hora, y tampoco lo rápido que fui capaz de avanzar, pues no importaba mucho dado la soledad de las calles.

Me había tomado unos minutos para descansar, bajo la sombra de un enorme árbol de una plaza cercana. Allí, abrazando mi mochila con ambas manos, intenté pensar con claridad..., debía decidir lo que iba a hacer en ese momento. No podía tan sólo quedarme allí hasta la mañana siguiente, perdiendo cada segundo...

No podía permitir que me encontraran.

Pero, ¿dónde ir? Richard se encontraba en Vancouver..., ni siquiera sabía si estaba consiente, y probablemente continuara internado en el hospital. Por otro lado, estaba mi antigua familia, de quien acababa de escapar, puesto que querían llevarme a Italia para entregarme a un grupo de vampiros sanguinarios.

Y por último, tenía a David..., pero, al igual que las demás, era una opción más que descartada. Demás estaba mencionar los motivos que me llevaban a dar con esa conclusión.

Qué gran falta me hacía un amigo en ese momento. Juro que si Steve no se hubiera marchado a Evreux por unas semanas, no hubiera dudado en volver a buscarle y a pedirle ayuda. Pero el caso era, que no estaba en casa, sino a miles de kilómetros y al otro lado del Atlántico.

Piensa, Elizabeth..., tiene que haber alguien...Algún lugar al que puedas ir, pesaba allí bajo el follaje del árbol..- Ay, si tan sólo Isabella estuviera aquí para socorrerme otra vez.

Me costó un enorme trabajo aceptar que no había nadie más allá de lo que podía ver. Estaba sola. ¡Sola!

Y nada iba a hacer que eso cambiara. Debía valerme por mí misma..., era la única forma.

Fue entonces cuando decidí enfrentarme nuevamente a la lluvia y no detenerme aunque no tuviera ni la más mínima idea de adónde ir. Me habían encaminado por el sendero del parque, el que llevaba de vuelta a la avenida principal. El camino, empedrado e irregular, era azotado con tenacidad por el aguacero.

Me llamó la atención, entonces, cuando vislumbre la silueta de un hombre. Era demasiado bajo como para ser Jasper, además de que tenía una marcada joroba. Se hallaba con la cabeza orientada hacia abajo, y permanecía de pie, inmóvil, tan sólo moviendo la escoba que tenía entre las manos. Sólo el poste de la iluminación que estaba justo sobre él me permitió verle un poco mejor.

El escobillón se movía de un lado a otro, deslizándose sobre el pavimento empapado. Visto de lejos, el sujeto parecía casi una aparición, pues no le había visto cuando entrara a la plaza.

Cuando hube pasado junto a él, volvió el rostro para mirarme, sin dejar su afanosa tarea con la escoba, siempre en el mismo lugar y en la misma posición. Entonces, a pesar de la oscuridad, pude distinguir su rostro anciano bajo la gorra que le cubría la cabeza. Me hizo una venia de forma educada y correspondí a su saludo con un gesto. El agua me obligaba a cerrar los párpados de vez en cuando y no me dejaba ver con toda la claridad que hubiera deseado. Hubiera seguido caminando, si no fuera por que el hombre continuaba observándome, con los ojos bien abiertos. Por un momento, pensé que quizás me hablaría..., pero sus labios no se despegaron.

-Nunca va a conseguir nada con esa escoba- observé- ¿para qué barre mientras sigue lloviendo?

-Sí...- contestó el anciano, arrastrando la sílaba lo más posible.- está lloviendo.

-¿No debería ir a..., no lo sé, su casa?- sugerí. Me percaté de que bajo la luz que emitía el foco suspendido sobre la cabeza del hombre, se distinguían claramente las gotas de lluvia cayendo al suelo. Se movía de manera

-Pero aunque llueva..., sí, aunque llueva, yo debo seguir barriendo- contestó él, haciendo oídos sordos a mis palabras. Tal vez, era cierto que aquel hombre estaba loco y me pregunté si acaso lo mejor sería seguir mi camino. Después de todo, aún no podía declararme completamente a salvo, a pesar de haber atravesado casi media ciudad al trote.

-¿Qué pasaría si las personas no perdonaran, cuando el dolor de la traición y la ofensa están aún latentes?- la voz renovada del viejo me detuvo. Todavía no dejaba de barrer bajo el aguacero- ¿qué sucedería si una mujer no fuera capaz de sonreír en medio del amargo llanto?...Ay, señorita, si el mundo pensara como usted, la palabra esperanza hubiera sido borrada de los libros.

-¿Qué quiere decir?...Yo estoy bien.

-No es usted- asintió el anciano con una sonrisa amable. Sus labios entreabiertos dejaban ver un negro y hueco espacio en el interior.

-No, no..., lo otro que dijo.

-Que debo barrer, para que así las personas no pierdan la fe- me explicó él. Su voz jamás abandonó el tono amable, a pesar de que la mía distaba mucho de ser agradable. Pobre viejo..., ya se le había zafado un tornillo.

-Perdóneme, pero usted está demente- comenté.

-Tal vez yo estoy loco, sí...

-No tengo tiempo para sus delirios- mascullé, harta de la aparente pasividad del anciano. Me di media vuelta y me dispuse a abandonar la plaza.

-Sí lo sé...- continuaba diciendo el anciano, elevando cada ves más la voz- las sombras frías se mueven rápido.

Una vez más, sentí la necesidad de mirarle. Había dicho sombras frías..., que se movían rápido.

-Pero descuide- continuó él- el calor rehuye a usted también.

Negué con la cabeza. Ese sujeto no estaba en sus cabales, por lo que no tenía por qué tomar en serio sus palarbas. Sólo había sido un contratiempo en el camino, nada más.

-Tengo que irme...

Con pasos rápidos me alejé de él, así como del poste de la iluminación.

-Buena suerte, Lizzie.

-Sí, claro.., suerte- mascullé. Tosí.

La suerte- si es que en verdad existía- no tenía nada que ver. ¿Dónde había estado la suerte cuando más había prescindido de ella? La respuesta era fácil; muy lejos de mí.

Una vez que dejé atrás la plaza, el viejo y el poste eché a correr nuevamente. Doblaba en las esquinas, cruzaba los pasos peatonales..., todo a un ritmo vertiginoso. Seattle daba la impresión de no acabar nunca, pero ¿acaso estaba yo buscando el fin?

A medida que las fuerzas iban abandonándome, comenzaba aminorar el paso hasta recobrar el aliento. Sé que en otras condiciones mi resistencia hubiera sido mucho mejor, pero así, muerta de hambre y de sed como estaba, además de empapada hasta la ropa interior y los zapatos era muy difícil dar mi mejor esfuerzo.

Estaba en medio de uno de aquellos intervalos cuando me sobresaltó el coche que dobló en la esquina.

Me llevé una mano al pecho..., idiota.

Era sólo un coche..., es decir, no tenía por qué desatar tanta paranoia. Estaba en una de las ciudades más pobladas de Washington, no era de extrañar que apareciera un auto en mitad de la madrugada.

Doblé en la esquina, hacia la derecha. Me fue imposible leer el nombre de la calle inscrito en lo alto de la señalización, pues pasé demasiado apurada. Un nudo se me hizo en la boca del estómago cuando comprobé que el coche había doblado en la misma dirección.

No podía ser alguno de los Cullen o sus amigos. Ellos no se molestarían en ser tan cautelosos y tan lentos, simplemente actuarían.

El coche continuó a su ritmo lento, sigiloso, siguiendome la pista. Cuando crucé la calle en la siguiente esquina, tuve que pasar justo por el frente de él. Me tomé mi tiempo, para así poder mirar discretamente por el rabillo del ojos. Las tormentosas gotas de agua poco y nada me dejaron ver, pero al menos pude distinguir la silueta del automóvil. En realidad, era demasiado largo para tratarse de un coche común y corriente.

Seguí por mi rumbo derecho hacia el frente. El Rolls-Royce esperó paciente a que la luz de paso cambiara y cuando ésta lo hizo, viró hacia la derecha.

Una vez más, intenté calmar mis nervios. Eso no significaba ninguna cosa..., ¿verdad? Esa podía ser su ruta determinada, sin tener nada que ver conmigo. Últimamente, ese pensamiento no me había sido muy útil.

El Rolls-Royce siguió avanzando lentamente, torturándome con su marcha.

Veía la siguiente esquina aparecer..., allí era donde tendría que optar una vez más por una dirección. La desorientación constante comenzaba a aburrirme. Cualquiera fuera mi perseguidor, sabía que lograría su cometido de cualquier modo.

Estaba cansada, tenía hambre, tenía frío también y además, no tenía ningún lugar al que ir. Volver con los Cullen, de pronto, se tornó una buena iniciativa y más aún cuando las luces del coche oscuro me alcanzaron, poniéndose ala par. Ladeé el rostro, para evitar mirarlo.

El Rolls-Royce se deslizó junto a mí, por la calle, hasta que la última ventana del coche quedó a mi altura. Entonces, el coche se detuvo. Cuando el vidrio comenzó a bajar, partí a trotar hacia delante.

-Avance- escuché que ordenaba una voz grave. La orden provenía del interior del vehículo. No miré hacia atrás y logré recorrer dos cuadras a un trote moderado, pero desesperado y desgarrador en el interior. Sentía las piernas frías, duras, casi inútiles.

El coche no se dio por vencido y una vez más, me vi encarada ante la última ventana de vidrio opaco, a medio subir. Me detuve, exhausta, y apoyé mi mano sobre el poste del alumbrado que había junto a mí, jadeando.

Contemplé temerosa cómo la ventana desaparecía del todo. Una silueta oscura se ubicada en el interior. Distinguí el perfil grueso, la nariz prominente, pero no fue hasta que se aproximó del todo a la ventana cuando vi las facciones del hombre con nitidez.

Éstas eran gruesas, pero no por ello poco atractivas. El hombre, que no debía de superar los cincuenta años de edad, era poseedor de una espesa barba, combinada con un bigote descrito prolijamente. Las gruesas cejas oscuras se ubicaban sobre los profundos ojos, pálidos ante la luz del foco. Una corta melena negra le caía por delante, ensombreciéndole la cara.

-Muy descortés..., salir arrancando. Esperaba algo más de usted, señorita Niles- me saludó el caballero con tono afable. Tenía la voz grave, refinada por años y años de práctica.

-¿Quién es usted?...- pregunté, dando un paso hacia atrás. Los ojos del individuo captaron inmediatamente i sutil movimiento- No le conozco.

-Pero yo a usted sí, ¿no es así?

-Sólo sabe mi apellido- objeté.

-Su apellido, su nombre..., su vida entera, puede tener la certeza de eso- me desafió él, esbozando una sonrisa.

Sentía que cada una de sus palabras estaban premeditadas, y no podía dejar de cuestionar su veracidad. Tampoco podía ignorar lo que estaba planteando.

-¿Qué es lo que quiere?- pregunté sin rodeos y sin la más mínima intención de ser cortés. Debí hablar bastante alto, para que mi voz fuera escuchada. Aquella maldita tormenta no se dignaba a amainar en ningún minuto.

-¿Yo? Nada- respondió el hombre con falsa inocencia. Se llevó las manos al regazo..., portaba algún objeto allí.- Sólo he visto que al parecer usted está perdida.

-¿Perdida?- repetí- No, es idea suya. Iba justamente para..., la casa de mi hermanos.

-Ah, viven aquí en Seattle. No tendré problema en llevarla hasta allí. Al contrario, será un placer.

-No gracias, es aquí cerca- me negué. Intenté sonreír, mas me fue imposible. ¡Dios! ¿Ese hombre no se daba cuenta lo embustero que parecía y que era? Nadie que tuviera dos dedos de frente se creería el teatro barato que aquel caballero pretendía ejercer.

-Está lloviendo..., un aventón no le vendría mal.

-He dicho que no...., y gracias- repetí. Esta vez fui capaz de sonreír y reemprendía la marcha. Hice una mueca y maldije por lo bajo cuando el Rolls-Royce volvió a ponerse en marcha. Nuevamente, el caballero de la ventana estuvo a la par mía.

-Recuerdo cuando yo era joven...- comenzó otra vez- me gustaba caminar bajo la lluvia. Pero, nunca me pillé un aguacero como éste.

Lo ignoré y seguí caminando.

-Insisto, debería acompañarme. Vamos, señorita Niles, no arruine la impresión que me han creado de usted. ¿Por qué no me acompaña?

-No suelo subir a los autos de extraños- dije por lo bajo, de forma arisca y con la vista clavada en la acera. No supe si me escuchó o no hasta que respondió.

-Pero yo no soy un extraño, se lo aseguro. Si me acompañara, quizás le podría explicar algunas cosas en el camino.

-No , gracias.

-Sé que hay muchas cosas que quisiera saber.- insistió él. El Rolls- Royce continuaba avanzando a mi ritmo.

-Lo que quiero es que me deje en paz- mascullé, dedicándole una mirada furibunda. Al menos, es intensión tenía.

-Muchas, muchas cosas, que son de su interés. Algunos datos..., información...., no lo sé..., tal vez, algo sobre algún conocido.

Apreté los dientes.

-¿David Craven, quizás? – la palabras del hombre me envolvieron firmemente, como si de una soga se tratara. Me detuve en seco. Pestañeé dos veces seguidas y me volteé, aproximándome a la ventana del coche.

-¿Lo conoce?- inquirí con voz grave.

El extraño entrecerró los ojos, he hizo una mueca, pagado de sí mismo. La puerta trasera se abrió, y el caballero se deslizó hacia el lado opuesto, dejando echa la invitación.

Él había mencionado el nombre que más deseaba escuchar en aquel momento. ¿Acaso sabría algo de David? ¿Le conocería?

Los segundos pasaron, las gotas caían implacables y frías, la puerta continuó abierta y el coche detenido.

La tos amenazó con atacarme de nuevo y la duda era grande. Por un lado, se me estaba ofreciendo la oportunidad de abandonar el estado de incomodidad y necesidad...., y por el otro, podía quedarme pereciendo en él, sin tener ningún lugar al cual ir.

Ninguna invitación se repitió desde el interior, pero me aventuré a ingresar en el vehículo.

¿Qué podía hacer? ¡Era casi obvio!

Sabía, con la persistencia que había enseñado al perseguirme, que conseguiría que le acompañara de algún modo u otro. Con esto, hacía las cosas más fáciles..., nada más. También yo estaba siendo inteligente al tomar la decisión, aunque no puedo negar que en gran parte fue tomada por la mención del nombre bendito que pertenecía al dueño de mi corazón y de mi vida.

Era una pena que fuera así de empapada, pero daba la impresión de que el caballero iba preparado, pues los asientos de piel blanca tenían una funda de nylon, así como también el respaldo.

Me tomó un tiempo acomodarme, algo que yo misma intenté prolongar lo más posible. Quería que se presentara cualquier pretexto para que tuviera que bajar del coche..., cualquier reacción fuera de lo común que el sujeto pudiera tener, y me alertara con justa razón. Pero no ocurrió nada, pues el caballero continuó sentado indemne a unos centímetros de mí. Parecía mirar por la ventana del lado opuesto.

La puerta terminó por cerrase, arrastrada por mi propia mano. Apenas emitió ruido, y el automóvil aceleró enseguida. Observé que la velocidad, si bien no era tan lenta como cuando me perseguía, no debía superar los sesenta kilómetros por hora.

A ese ritmo, tomó más de lo que hubiera esperado llegar a nuestro de destino, aún incierto para mí.

En el camino, el hombre moreno no despegó los labios, salvo para ofrecerme algo para beber. Su ofrecimiento me pareció sin duda muy tragicómico. Yo estaba prácticamente muriendo de sed..., pero no era agua o jugo lo que tenía precisamente en la cabeza.

Definitivamente, era un mal momento para interactuar con las personas. Mis ansias por volver a beber, se habían acrecentado con el transcurso de las horas, y el venado ofrecido por Alice no había pasado a ser más que un tentempié. Sentía aquel sabor característico que impregnaba mi boca de manera tan frecuente últimamente, y tenía deseos de aplacar aquel vacío casi doloroso que se formaba en mi estómago.

Posé una mano sobre mi rodilla, y apreté la tela del pantalón. La sangre del hombre que tenía junto a mí no presentaba ningún atractivo. Carecía de aroma, fluía demasiado aprisa por sus venas..., yo lo oía. Especiada, diferente...., y muy poco apetecible. Sin embargo, el efluvio que provenía de la parte delantera del Rolls-Royce, adelante, más allá de la ventanilla, era peligrosamente tentador.

Ante la insistencia del caballero moreno, y con la intención de no despertar sospechas de ningún tipo, acepté la oferta que me había hecho. El hombre se inclinó hacia delante, de don sacó un pequeño vaso trasparente del pequeño bar. Lo lleno de un líquido dorado, más espeso que el agua y se volteó para tendérmelo con toda cordialidad. No dijo palabra.

Cogí el vaso y me sorprendí de que mi mano no temblara en cuanto la alcé en el aire. Ese tipo de reacción solía ser muy frecuente en mí. Tal vez, había llegado hasta cierto punto que aquello se había convertido en algo demasiado habitual como para no ser manejable a voluntad.

Creí que sería de mala educación preguntar de qué bebida se trataba, así que guardé silencio y sostuve el vaso entre las manos. El caballero también sirvió una copa para él, pero su bebida era mucho más rojiza que la mía.

-Le ayudará a reponerse- sugirió alzando su copa levemente, ante lo cual no tuve más remedio que si no asentir.

Me acerqué el pequeño vaso a la nariz y lo olisqueé de la manera más disimulada que pude.

Apenas dulce.

Evité mirar la figura de mi compañero de viaje y detecté el aroma inconfundible que identificaba a aquel brebaje como alcohol. Nunca había bebido licor. Nunca jamás en mi vida, pues era bien sabido que no era recomendable cuando el organismo aún no se encontraba preparado para hacerlo. Según mis cálculos, aún me faltaban un par de años para eso, pero decidí beberlo de todas formas. Además, eran tan poca cantidad...., y sería de mala educación rechazar el vaso una vez que ya lo había tomado. Por otro lado, no puedo negar que sentía una enorme curiosidad por probarlo. Es decir, había gente que se volvía adicta al alcohol y que hacían de todo por conseguir un trago...,, ¿debería ser al menos bueno, no?

Una cosa es que no comiera, pues mi organismo no lo necesitaba..., pero no creí que hubieran contraindicaciones en cuanto al alcohol. Además, tenía la esperanza de que el trago ayudara a disipar el aroma que me daba vueltas en la cabeza, el cual provenía de las venas del chofer.

Acerqué el vasito de cristal a mis labios, aún húmedos, y bebí el contenido en breves segundos. Sentí que el líquido bajaba rápidamente por mi garganta, a una velocidad imposible de superar por cualquier otro. Una vez que hubo descendido, cayó con todo su peso dentro mi estómago, dándome la sensación de que est había triplicado su masa. Y luego, vino el adormecimiento.

Un cosquilleo apenas perceptible en un principio se apoderó de las paredes de mi garganta y de mi estómago..., dominándolo por completo. La sensación se prolongó hasta llegar a mi boca, a mi lengua. Se sentía realmente bien, como si me hubiera quitado un gran peso de encima, cosa extraña considerando que mi cuerpo se había vuelto diez veces más pesado. El efecto era muy similar al de la anestesia.

Exhalé aire rápidamente y tosí, una reacción espontanea.

-Oh, lo lamento. ¿El whisky es demasiado para usted, señorita Niles?

-No lo suficiente- respondí apenas, tendiéndole el vaso de vuelta. Quería alejarlo lo antes posible de mí.

EL caballero cogió el utensilio de vidrio y lo depositó nuevamente en el pequeño bar. Luego, apoyó la espalda completa en el asiento y bebió de su copa con una apacibilidad envidiable. A veces, cerraba los ojos, y se dedicaba a oler la superficie de la copa, trazando una circunferencia diminuta con ella.

Eran en esos momentos cuando aprovechaba para inspeccionarle, aunque fuera de soslayo. Vi que tanto su chaqueta como su pantalón eran de un color claro, similar al beige, pero nunca tan marrón, y tampoco tan luminoso como el blanco.

El traje era de corte simple, sobrio, pero no por eso dejaba de ser elegante. Un sombrero oscuro reposaba aún sobre su regazo, y se apreciaba el mango de un paraguas curvarse sobre su rodilla izquierda. Los zapatos, oscuros, eran la única parte de su vestimenta que combinaba con el color de su cabello. Bajo la chaqueta, vestía una inmaculada camisa blanca, y sobre esta un chaleco de tono burdeo.

En su cadera, resaltaba la cadena de un reloj dorado, que probablemente estaba oculto entre los pliegues del abrigo.

Nada haría sospechar que aquel hombre era una mala persona, y yo no era quién para juzgarlo. Tal vez no lo fuera..., pero ¿qué intenciones podría tener para acercarse a mí? De seguro, no eran nada buenas.

Había mencionado a David..., ¿qué significaba exactamente eso? ¿Era algo positivo...., acaso simplemente estaría usando el nombre para conseguir lo que en verdad deseaba?

EL caballero alzó la cabeza y mis ojos se encontraron con los suyos. Hizo una mueca, la cual no habría significado nada para otra persona, excepto para mí. Se estaba burlando.

Volteé la cabeza.

Recordé entonces, la mochila que llevaba sobre las piernas, completamente empapada. La abrí, quitando la correa,y miré en el interior.

Genial, pensé en mi fuero interno en cuanto vi todo cuanto llevaba dentro arruinado por el agua. Incluso los billetes habían sufrido la mala suerte de que mi mochila no fuera impermeable. Hice una mueca de disgusto y cerré la mochila con movimientos burdos y rápidos.

Pasamos por una esquina, y vi cómo la luz roja del semáforo se filtraba por la ventana polarizada. Aún oía el ruido de la lluvia golpear contra el extenso techo del Rolls-Royce.

Comencé a preguntarme su acaso alguna vez el caballero de traje claro y prescencia oscura se dignaría a dirigirme la palabra.

Las dos palabras que había pronunciado, y las únicas que fueron capaces de persuadirme para abordar el vehículo, me habían dejado con una ansiedad recurrente. Apenas controlaba mis dedos que insistían en tamborilear sobre el asiento forrado en plástico. Estaba impaciente...

Si ese hombre conocía a David, ¿sabría también lo que había ocurrido? ¿Sabría que acaso Dave tampoco era lo que aparentaba ser?

Pensé una y otra vez, y se me ocurrieron decenas de formas distintas para formular la priimera pregunta que quería hacerle, pero todas me parecían demasiado impertinentes. Me molestaba de sobremanera la actitud taan apacible y desinteresada del sujeto. Parecía ignorar completamente mi presencia, como si no existiera nada más que lo que era capaz de observar a través de la ventana de Rolls-Royce.

Calculé que habían pasado al menos unos treinta minutos de viaje cuando comencé a sentirme fatigada. El peso del licor, se propago desde mi estómago hasta el resto de los lugares del cuerpo, en especial a los hombros y a los párpados.

Cerré los ojos, para aclararme la vista, mas lo único que conseguía fue que al abrirlos nuevamente, la imagen de la amplia estancia del vehículo se había distorsionado. Me giré, para ver la figura del hombre, y sólo conseguí ver su insistente sonrisa cortés, pero esta vez de manera doble. Ponrto veía todos los objetos duplicados..., triplicados, multiplicados una infinidad de veces. Y no sólo las imágenes, sino que también lo sonidos, quienes comenzaron a ser interferidos, alterados y muy confusos.

-¿Se siente bien, señorita Niles?- distinguía apenas la exclamación del caballero. Uno de sus manos se posó sobre mi brazo, y su tacto me quemó como lava incandescente..., tanto, que me hizo fruncir el ceño. De todos modos, no era de extrañar, puesto que todo mi cuerpo ahora ardía en la más absoluta impaciencia.

-Hace mucho..., calor- sé que dije esas palabra. Sé que le ordené a mi cerebro decirlas, más no las escuché. Me lelvé una mano al cuello, donde bajé el cierre de la chaqueta que llevaba puesta.

La temperatura había aumentado considerablemente dentro del vehículo, y también su prescencia se veía afectada por la tonalidad anaranjada que había adquirido el escenario en al cual me encontraba.

-No..., no me siento bien. ¿Qué me ha hecho?..., ¿qué me ha dado?

-Duerma- sentenciaron varias voces a coro. Todas iguales, todas sincronizadas.

-Ayúdeme- aferré una de mis manos en alguna de las extremidades del hombre. No medí la fuerza que utilicé, y fui capaz de percibir lo mucho que enterré mis uñas en su carne.

El calor quemaba tanto que comenzaba a doler.

-Descanse – el coro de voces graves al unísono volvió a dar su certera respuesta.

Abría los ojos de manera exagerada, y por un segundo, creí que mi forma de percibir la realidad se había normalizado. Luego, retornó la irregularidad y me encontré de cara con el oscuro fondo de la cabina del Roll-Royce.

-Levántese...

Fui llevada hasta el cielo en un ascenso infinito y que no requirió de ningún esfuerzo por mi parte. Me acomodé en la suave superficie de una nube y tendí mis brazos hacia ambos lados, para disfrutarla en toda su extensión. Me deleite viendo como el resto del cielo incalculable continuaba su ascenso obre mí, aunque su desenfoque fuera casi vertiginoso. Mi nube aterciopelada, blanda...., confortable. Y se mecía de un lugar a otro, lentamente, deslizándose por sobre la tierra y los destinos de los hombres.

Entonces, caí.

La caída fue tan repentina como breve.

En dos o tres segundos, ya abría abierto los ojos, había lanzado un grito de exclamación y saltado fuera de la superficie sobre la cual yacía instantes atrás.

Un montón de sábanas blancas estaban revueltas sobre el lecho...., paredes claras, con un diseño que evocaba algún motivo florido..., bajo mis pies el entablado de madera..., y sobre mi cabeza una lámpara que se asemejaba más a un candelabro.

Desde un espacio distinto, llegó hasta a mí la melodía aguda que producía el cantar de un pájaro.

Las cortinas un tanto rústicas oscurecían toda la habitación, y entre sus hebras se traslucía la evidente luminosidad del día. Me aproximé hacia ellas y las separé de un tirón.

La luz penetró en la estancia, encandilándome al primer momento. Me costó enfocar la vista y distinguir que me encontraba afrente a una gran ventana con marcos de madera blanca. Me froté los ojos, para asegurarme de lo que veía era cierto.

No es que fuera algo increíble, no...., es que no tenía registro en la memoria de haber llegado a aquel sitio con mis propios pies.

Examiné lo que se encontraba al otro lado de la barrera de cristal. Me hallaba en algún piso superior..., puesto que el jardín que veía se ubicaba varios metros más abajo. La extensión de terreno terminaba varios metros más hacia el frente, delimitados por una cerca. Más allá de ella, sólo había más y más vegetación.

El sol, relucía en lo alto, triunfante y orgulloso de haber vencido en la batalla una vez más, regalándonos a nosotros, habitantes de la superficie, un poco de aquella vitalidad que lo embriagaba a diario. A pesar de que su luz era bastante cegadora, agradaba más que importunar. El jardín que se extendía dentro del cerco, era cruzado por pequeño camino empedrado, que serpenteaba a través de los distintos arbustos. Muchas de las flores, por no decir todas, eran rosas. No habría imaginado que existiera tal variedad de colores de pétalos.

La escarcha aún estaba presente sobre los tallos y las hojas de las plantas, centelleando al sol, haciendo gala de su resistencia inútil.

Intenté aclararme la mente, para entender que era lo que estaba ocurriendo. Jamás había estado en aquel sitio antes.

La corriente de pensamientos se detuvo en cuanto vi una silueta aparecer entre los espesos follajes del jardín.

Al principio, creí que se trataba de un individuo, pero pronto distinguí a dos personas. Eran un hombre y una mujer. Ella iba envuelta en un vestido blanco, mientras que él era una sombra negra desde el cuello hasta los pies. Los brazos de él la rodeaban a ella con ternura, y reían a medida que avanzaban por el sendero.

Las facciones de ella eran finas, mas corrientes. Las de él, eran hermosas y divinas.

La perfección y la imperfección caminaban juntas por la ruta serpenteante, encantándose la una a la otra.

No pude distinguir su rostros hasta que acercaron lo suficiente. Se me produjo una enorme confusión en cuanto vi a Isabella seguida por Edward. Continuaban riendo, ella de forma estrepitosa y él de modo encantador.

La risa de ella fue la que más perduró en el espacio, llenando el inmenso silencio que se extendía por todas partes.

Fue cuando entonces eso no fue más que un recuerdo. Volví a caer.

Abría los ojos y salté de la cama. Asustada y desconcertada, más incluso que antes, me encontré con las sábanas inmaculadamente albas sobre el lecho revuelto. El piso entablado y las paredes claras. La cortina cerrada y el candelabro pendiendo del techo. Todo era exactamente igual.

El silbido melodioso de un pajarito provino del exterior. Me aproximé una vez más a las cortinas y las abrí de golpe.

El hermoso jardín volvía a estar ante mi ojos.

La mente quería jugarme una mala pasada...., eso estaba haciendo..., era lo más seguro.

-Sí, eso debe ser- musité, golpeando los dedos de la mano derecha sobre la palma de la mano contraria.

-Esperé atenta a que la escena continuara. Incluso, me aproximé más a la ventana, para ver con claridad cuando Edward y Bella aparecieran caminando entremedio del jardín.

Esperé, impaciente y atenta..., pero nada sucedió.

El silencio no fue roto por la risa corriente de Isabella y el paisaje no fue embellecido por la presencia deslumbrante del que hasta hace un tiempo atrás había dicho ser mi hermano.

Abandoné la ventana y me dirigí hasta la puerta, la cual marcaba la salida de la alcoba. No sabía qué me esperaba allá afuera. Después de los últimos sucesos, tenía la irracional sensación de que al otro lado de la puerta bien podría encontrarse el mismísimo infierno, con el sufrir eterno aguardando por mi llegada y las llamas esperando por tocar la piel de mi cuerpo.

Y aunque así fuera, había aprendido que algo así no debía sorprenderme. Si no hubiera sido capaz de comprender eso, puedo tener por seguro que hubiera perdido la razón hace mucho tiempo.

Posé la mano en el pomo y lo giré. En un principio, tuve miedo de encontrarme con una salida trancada y suspiré aliviada en cuanto comprobé que no era así.

Abrí la puerta y di un paso con un pie descalzo.


¿Qué hago yo escribiendo? Juro que a veces lo pienso y me parece demasiado gracioso. Al fin, digamos que esto no es lo mío.

Cada vez hay menos tiempo para actualizar, y cada vez siento que pierdo más el tiempo escribiendo. No sé por qué me desanimó de forma tan fácil. Sé que si no continuara sería algo que no reflejaría más que debilidad por mi parte, pero realmente ánimos faltan, y mucho.