Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. Esta historia le pertenece a Krazyk85, yo solo traduzco.
Capítulo cincuenta y tres
El elevador sonó y se abrieron las puertas. Brewster me llevó hacia la recepción y me entregó a Garrett, quién firmó mi salida y todos mis documentaciones de transferencia. Había un vuelo Con Air a las 11:20 esperándome en las afueras de la ciudad. El viaje sin escalas tomaría un total de tres horas y cuarenta y cinco minutos.
Estaría de vuelta en Arizona un poco después de la una de esta tarde.
La locura mediática era inesperada. Una multitud de reporteros con sus flashes y cámaras habían acampado fuera del edificio federal. Rodearon el coche ni bien Garrett me sacó a la calle. Lanzando sus micrófonos, gritaron preguntas hacia mí.
—¿Por qué lo hiciste?
—¿Eres culpable?
—¿Quieres que te llamen Bonnie?
—¿Cuánto tiempo estuviste planeando extorsionar al padre de tu novio por dinero?
—¿Cómo se siente ser la adolescente más buscada del mundo?
Sus rostros estaban pegados a las ventanas polarizadas, ansiosos de obtener un pedazo de mí. Les devolví la mirada, olvidándome de ellos al segundo siguiente.
Garrett maldijo y tocó la bocina, encaminándose entre la muchedumbre, hasta que estuvo libre. Después que los gritos se desvanecieran a la distancia, todo estuvo tranquilo… jodidamente tranquilo.
Nada de charla. Nada de radio. Nada de sonido. Nada.
Llegando al aeropuerto, mi vida ya no era más que un borrón, fui metida dentro del pequeño avión y sentada al lado de Garrett. Mis manos estaban esposadas y posaban sobre mi regazo, me puso el cinturón y ordenó un trago.
Un whisky con hielo.
—Es un viaje duro —bromeó.
La aeromoza, bien al tanto de mi estado criminal, sonrió a Garrett pero se mantuvo lejos de mí. Hace una semana me hubiese reído, una mujer grande—con al menos treinta kilos más que yo—estaba aterrada de una adolescente.
Me encontraba desarmada y atada a mi asiento. Era jodidamente inofensiva.
Ella era una idiota.
Cerrando mis ojos, hice mi cabeza hacia atrás y bloqueé el resto del vuelo.
No importaba.
Nada importaba.
Aterrizamos en Phoenix como programado. Era el mediodía y el sol estaba en su completitud en lo alto del cielo. Era el tiempo típico de Arizona, jodidamente caluroso, y las gotas de sudor rodaban por mi frente y cuello. Garrett se quejó como perra, excesivamente, y me preguntó cómo podía soportar el calor.
No dije nada, como costumbre, y él no presionó.
Fui apresurada por el aeropuerto y metida dentro de otro coche del gobierno, directamente llevada al Juzgado de Maricopa en el centro de Phoenix. Las ventanas no eran polarizadas, y Garrett se quejó un poco más.
Hacía veintisiete grados en Noviembre. Si me importara, le hubiera puesto los ojos en blanco.
Miré por la ventana y hacia la montaña Camelback, sintiéndome como una alien ante tanta familiaridad. Una vez, este lugar era mi hogar, pero ahora… iba a ser mi prisión.
Más caos y reporteros estaban esperando en la entrada del juzgado cuando llegamos, esperando a que les dé una declaración. Algo. Ellos querían ser los primeros en tener la primicia. No dije y les di nada, solo una expresión sin emoción o empatía.
Garrett sirvió como un guardaespaldas, protegiéndome del pandemónium y dentro donde era seguro. Había otro oficial esperando por mí y Garrett pasó por la entrada. Había simpatía en sus ojos mientras se despedía. Él sabía lo que iba a ser mi futuro en este lugar y no era bueno.
Pero ¿qué le importaba? Ya no era su problema. Ahora era responsabilidad—y carga—del oficial Joe Arden.
Este tipo si era algo.
Era joven y engreído. Hablaba con un bufido molesto, sonriendo, y haciendo chistes a mi costa. Mofarse sobre mi vida en prisión y la posible inyección letal que pueda o no circular por mis venas era suficiente como para odiarlo. Pero era la posición inapropiada de sus manos y promesas de sus visitas a mi celda lo que lo ponía en el primer puesto de las personas que iba a matar.
Tuve que preguntarme qué era lo que tenía que atraía a estos depredadores.
Cerca de las cinco de la tarde, estaba frente al juez, donde me recordaron de los cargos que enfrentaba, mis derechos a un abogado o defensor público, y mi declaración.
—Inocente —dije, aún cuando todos sabíamos que no lo era.
El juez fijó mi fianza a medio millón de dólares, y debía ser trasladada a la cárcel de Durango hasta mi audiencia, programada para una semana después.
—No durarás un día allí, Swan. Te comerán viva —dijo Aiden con un bufido, arrastrándome hacia la sala de espera y tirándome junto con otras veinte mujeres.
Era un cuarto pequeño, donde cada mujer allí era apretujada como una lata de sardinas. Era efectivo para el Estado. Todas íbamos al mismo lugar y el autobús todavía no había llegado.
Me senté allí con mi cabeza baja, inspeccionando mis cutículas. Estas se encontraban lastimadas y sangrando. Era un hábito persuasivo, tranquilizando mi mente y, enfocándola en el dolor.
—Tú eres famosa —dijo una mujer, tocándome con su codo.
Levanté mi vista y vi que veinte pares de ojos me observaban. Apuntaban al televisor que colgaba en una esquina. El Canal 3 estaba sintonizado y colgaban mi rostro por todo su segmento criminal. Era noticias viejas para mí, pero antes que pudiera apartar mi rostro, el rostro hermoso de Edward con esos ojos verdes intensos y penetrantes apareció en la pantalla.
La reacción fue instantánea.
Hubo jadeos colectivos y suspiros femeninos en la habitación, derritiéndose por lo que era mío, mientras mi corazón se contraía en agonía. El dolor de extrañarlo era vicioso. Derribaba la paredes de indiferencia que había pasado todo el día construyendo.
¡Mieeeeerda!
¿Cuándo se evaporará y desaparecerá por completo el sentimiento de perderlo?
¿Una semana?
¿Un mes?
¡¿Años?!
Apreté mi mandíbula, tratando de forzar mi dolor hacia la oscuridad de mi alma dónde pertenecía todo, pero era resistente. Sabía que el dolor no podía ser exorcizado como un demonio o simplemente alejarlo, pero quizás podía ser reemplazado…o movido a algo más tangible.
Odio y violencia parecían ser la solución elocuente.
Me puse de pie y me volví hacia la mujer a mi derecha. Se encontraba haciendo comentarios sobre Edward—todas lo hacían, pero ella era la más vocal y más molesta. Sin pensar en las consecuencias, simplemente ataqué. Lanzando mi cuerpo sobre el suyo y hacia el suelo, empujé su cuerpo con mis rodillas y comencé a golpearle el rostro, una y otra vez.
El cuarto estalló y las mujeres se volvieron locas, gritando y alentándome. Me encontraba adicta a la manera que distraía mi cerebro de pensar en él… y sus labios, y cómo me besaba, tan tierno y profundo.
—Mandaría a la mierda mi libertad por esa jodida boca.
Él estaba volviendo a entrar, y esto me ponía furiosa. Maldije y grité a la mujer, cerrando con fuerza mis ojos y golpeándola más fuerte. Las dolorosas puntadas en mis puños me alentaban. Si tenía que matar a esta perra para tener un segundo de emoción sin pensar en él o en cómo viviré sin su toque por el resto de mi vida, que así sea.
La furia me cegaba.
Arden y varios oficiales entraron rápidamente a la habitación un segundo demasiado tarde y me alejaron de ella. Me encontraba pateando y peleando contra ellos, maldiciéndole a ella. Ella se encontraba de costado, apenas respirando, nada más que un lío de sangre y gemidos ahogados. Sentí demasiada gratificación ante la destrucción que había creado en su rostro. ¿Qué me importaba si me añadían otro cargo por agresión a mi lista de ofensas?
—¿Por qué preocuparte por ello? Ya estás en problemas.
Me movieron a una oficina vacía con Arden como mi guardia. Él era la última persona con la que quería estar sola, pero no tenía elección. Así era cómo iba a ser mi vida desde ahora, siendo arrastrada por siempre a la cueva de la serpiente.
Moviendo mis dedos y estirándolos, sentí un dolor puntiagudo y fuerte en mi muñeca. Contuve el aliento. Dolía, y mis nudillos estaban lastimados, sangrando e hinchados, pero los huesos no estaban rotos.
—Soy un jodido idiota por golpear a ese idiota a puño expuesto.
Sí, lo sé, Edward, yo también… yo también.
.
.
.
Era el crepúsculo cuando finalmente entré al autobús del correccional. Mis ojos buscaron esa mujer que fue víctima de mi ira, pero no estaba allí. Hubo murmullos a mi alrededor que ella tuvo que ir a la enfermería. Le había roto la nariz y dislocado la mandíbula. La brutalidad de una chica de mi tamaño, que parece inocente y asustada hizo que las mujeres pausaran.
No me iban a molestar.
Arden me sentó cerca del frente del autobús para mantener un ojo sobre mí. Era absurdo. Otra vez, me encontraba desarmada y atada al maldito asiento, era difícilmente una amenaza.
Pero estoy divagando.
Mientras el autobús se llenaba con otras criminales, me eché hacia atrás y observé mis alrededores. Era una habilidad automática y auto-preservadora que Edward me había pasado.
Había dos guardias en el coche con armas, el cual incluía a Arden, y un arma sobre la cabeza del conductor. No era mucho, pero lo suficiente como para dominar a alrededor de treinta convictos indefensos. Estos viajes del juzgado a la cárcel de Durango tenían medidas de seguridad mínimas. Era mayormente calles superficiales y algunas rutas, y solo quince minutos de conducción. No había necesidad—ni tenían el dinero para blindar este autobús con más hombres o armas.
No como si estuviera en la posición para huir, pero no era algo difícil de hacer.
Moví mi vista aburrida hacia la ventana sucia mientras el autobús se movía por la calle con movimientos abruptos.
En cada persona que pasábamos de camino a Durango, veía a Edward. Podía notar rasgos parecidos y torturarme con ellos. Un tipo que tenía el mismo cabello broncíneo y despeinado, aumentaba mi ritmo cardiaco de forma demente. Otro tipo, con muchos tatuajes me hizo pensar en esos momentos que yacía debajo Edward, trazando los diseños en su pecho con mis dedos.
—Te amo, joder.
Cerrando mis ojos para detener las lágrimas, me concentré en la odiosa voz de Arden mientras hablaba con el otro guardia y el conductor. Se quejaban sobre la paga de mierda y las mujeres feas que traían sus trabajos. Era asqueroso, y después de eso, decidí que era mejor llorar y consumirme en los recuerdos de Edward.
Él era la única cosa que me mantenía cuerda y me volvía loca, todo al mismo tiempo.
Me encontraba en medio de revivir la noche en que nos conocimos cuando sonó la llamada.
—Hey, cállate, idiota, y atiende —dijo el guardia, apurado e interrumpiendo de repente mi fantasía.
Un coche de la correccional que transportaba a los hombres había sido interceptado por un cartel de droga mexicano a menos de diez millas de donde estábamos. Dos oficiales fueron heridos y uno estaba muerto. Todos los detenidos menos uno estaban allí. Los sospechosos fueron vistos por última vez dirigiéndose al sur por la I-10. No había detalles de los vehículos o placas.
—¿Crees que debamos volver? —preguntó el conductor, su pie lentamente bajando la velocidad.
—¿Y por qué mierda? —respondió Arden, arrogante como siempre.
—Ese fue el autobús 505… —comenzó el conductor.
—Sí, ¿y…?
—Cullen se encontraba en ese autobús —dijo el otro guardia.
Mi cabeza se levantó de golpe y me encontré con los ojos de Arden. Él sabía…
"Vendré a buscarte."
—Relájate —bufó Arden—. Incluso sí fue Cullen quien escapó, no se arriesgará ser atrapado solo por venir a buscarla a ella.
"Realmente me sobreestimas."
El conductor me miró por el espejo y podía ver la duda ante las palabras de Arden, pero igualmente hizo caso, aumentando la velocidad a 45.
La esperanza que había muerto esta mañana revivió. La conexión que me conectaba a él era fuerte otra vez. Podía sentir su aliento sobre mí.
Se encontraba cerca…
Fuertes luces cegadoras aparecieron de repente e inundaba la parte trasera del autobús, iluminando todo. El rugido de muchos motores retumbó y sacudió los asientos. Miré por la ventana y vi varios coches viniendo por un costado y acelerando para interceptar al coche.
Mi corazón latía fuertemente contra mi pecho.
Él está aquí…
Me incliné hacia delante y me aferré al asiento frente a mí, preparándome para lo que se avecinaba. La mujer a mi izquierda simplemente me miraba con una ceja alzada en modo de pregunta.
—Sí, deberías aferrarte a algo —dije, incapaz de ocultar mi sonrisa socarrona—, esto se está por poner algo movido.
