Capítulo 51: La esencia de un Santo

Arles se aclaró la garganta mientras extendía, no sin cierto nerviosismo, la hoja de papel que Eurídice, como asistente de Eudora, acababa de entregarle. Leyó por encima el contenido de la nota y su rostro se tiñó de pesar. De sus labios escapó un suspiro.

—¿Cuántos más?—preguntó Shion. Sus palabras urgían una respuesta por parte del Santo de Altaír. Sentados al otro lado del escritorio, Saori y Dohko escuchaban con atención.

—Dos guardias, cuatro miembros de la servidumbre del Santuario y siete aldeanos. Todos ellos han fallecido en estos últimos tres días.

—Por los dioses...—musitó Dohko. Shion retuvo el aliento y miró de soslayo a la joven diosa, reparando en su semblante lleno de derrota.

—Eudora también informa que unas trece personas han caído enfermas en ese mismo período de tiempo y tan solo seis más se han recuperado satisfactoriamente.

—La enfermedad avanza con rapidez—acotó el chino—. Si no encontramos una solución, y rápido, esto podría salirse de todo control.

—Quiero ayudar. Necesito seguir ayudando.

—Y ya lo haces, princesa. Pero por cada persona que salvas, tres más enferman. Todo esto, sin siquiera reparar en la posibilidad de que, aún cuando puedas ayudarlos hoy, no sabemos si podrían volver a enfermar en el futuro—dijo Arles.

—Eso es. —Dohko acordó. —Si estamos bajo ataque y la plaga se transmite a través de energía, la ayuda que tú ofreces podría no ser más útil que usar una bandita para contener una hemorragia. Es triste, pero debemos considerar que tal vez, lo único que estamos consiguiendo es comprar un poco más de tiempo para los enfermos. Mientras no encontremos el origen de los males, no podemos hacer más que reaccionar al ataque.

—¡Me niego a pensar que aceptamos la derrota! —Saori se puso de pie, sorprendiendo a Dohko y Arles con el ímpetu de su reacción. Ella recorrió el despacho con pasos agigantados y nerviosos, como un león enjaulado que cae en la desesperación. —Aioros propuso una solución. Un escudo de cosmos que proteja a mi Santuario. Un escudo que protegerá y salvará, no a uno, sino a decenas de personas.

—Es un plan que necesita afinarse…

—Entonces, hagámoslo—terció la pelilila—. No podemos seguir esperando. Si he de usar toda mi energía…

—Sería una imprudencia abusar de tu cosmos de ese modo, especialmente si estamos siendo víctimas de un ataque. —Esta vez fue Dohko quien la interrumpió. —Entiendo tu desesperación y la comparto. Quiero ayudar tanto como tú… Todos queremos ayudar. —Miró a Shion, solo para encontrar ensombrecedor su silencio. —Pero para poder ser de verdadera ayuda, debemos hacer las cosas del modo correcto. ¿Shion…?—llamó por su amigo—. ¿Qué es lo que opinas de todo esto?

Las miradas le hicieron protagonista. No era que Shion no estuviese acostumbrado a dicha clase de escrutinio, pues su rango de Patriarca y su experiencia bicentenaria le proveían de una autoridad difícil de ignorar. A pesar de ello, un suspiro se le escapó de manera involuntaria. Se puso de pie, dejando entrever cierto cansancio, quizás más emocional que físico, y se encaminó hacia la estantería de libros en el rincón izquierdo de su oficina.

Era tarde. La luz natural en la oficina empezaba a decaer, mientras el olor del aceite de las teas anunciaba la llegada inminente de la noche. Arles aprovechó la causa para encender un par de velas y atizar el fuego del hogar, con la intención de ahuyentar al frío que la noche traía consigo.

—Durante la Era de los Dioses, Tántalo, hijo de Zeus y de Pluto, rey de Frigia, robó del Olimpo un ánfora llena de ambrosía. La sirvió a sus invitados durante uno de sus banquetes, desatando la ira de los dioses. Su castigo fue una eternidad en el rincón más profundo del Inframundo, en el Tártaro. Eso es lo que narra el mito… Al menos el mito que todos conocen. Sin embargo, la leyenda no termina ahí—Shion narró la historia mientras caminaba. Cuando alcanzó la estantería rebuscó entre los títulos de los libros y pergaminos ahí resguardados. —Uno de los invitados a aquel festín, decidió llevar consigo un pequeño tesoro: un diminuto alabastrón, con unas pocas gotas de ambrosía adentro. Cuando el destino de Tántalo se hizo público, el ladrón temió por su vida. Siendo príncipe de los reinos del Este, decidió retornar a su hogar y ahí buscar refugio de la ira de los dioses. Pero, cuando atravesaba la gran cordillera, cerca de la región de Jamir, los dioses lo encontraron. Así que, azuzado por el miedo, trepó a la montaña más alta, aquella donde ni siquiera los dioses se atreverían a poner pie. —Shion encontró lo que buscaba: un viejo libro escrito en lengua antigua. Lo tomó y regresó hacia su escritorio, sin descuidar su historia. Saori, Dohko y Arles seguían cada movimiento suyo, hipnotizados por voz. —Pero el príncipe estaba equivocado. Deseosos de conservar el secreto de su inmortalidad solo para ellos, los dioses fueron tras de él. Desesperado y ansioso por esconder su pecado, el hombre decidió que debía deshacerse del producto de su robo. Encontró un estanque, justo en la cima de esta montaña y ahí, vertió la ambrosía.

—Jandara...—musitó Dohko. Shion asintió al escucharlo.

—Eventualmente, los dioses le encontraron y el hombre pereció, víctima de su destino. Pero ni siquiera los dioses pudieron recuperar la ambrosía del estanque. Aquellas aguas cristalinas se volvieron únicas y especiales; traían vida y sanación a aquellos que las bebían. No había enfermedad que se les resistiera, ni hombre que no las anhelase. Sus milagros crearon leyendas y le ganaron el nombre de Agua de la Vida. —Shion colocó el libro sobre la mesa. Lo abrió y pasó los dedos por las hojas, buscando lo que necesitaba. —Los dioses, por supuesto, egoístas y arrogantes como pueden llegar a ser, decidieron que no todos los hombres eran dignos de la bendición del estanque. Por eso, sellaron el lugar. Convirtieron los alrededores en una serie de obstáculos y trampas, que solo los mejores hombres pueden atravesar. Zeus llenó el cielo de águilas; salvajes y fieras, serían la última guardia de aquel tesoro divino abandonado en la tierra. Y el lugar fue conocido, a partir de entonces, como el Pico de los Espíritus de Jandara: el lugar que da vida, pero también sabe arrebatarla. —En el libro, Shion encontró un mapa. Su dedo apuntó al sitio exacto, donde el mito se encontraba con la realidad. —Dicho estanque se encuentra justo aquí: a nuestro alcance. La salvación para nuestra gente… Si podemos conseguir las aguas que ahí se encuentran.

Sus palabras fueron seguidas solamente por silencio. La consternación en la mirada de sus acompañantes le indicó que su estrategia era clara y entendible, a la vez que arriesgada y engañosa. El Agua de Vida era un milagro robado a los dioses, pero los límites de su poder era desconocidos. Así que existía un pequeña posibilidad de que, lo que parecía una idea perfecta, pudiera ser en realidad nada.

Estaba seguro de que lo habían entendido, y que debido al contexto de sus palabras, la certeza escapaba a ellos. Por ello, decidió no presionar.

Saori, aunque brillante, no dejaba de ser un joven diosa, inexperta en las artes de su oficio divino. Pero era su valor lo que compensaba a sus debilidades. Esa valentía pura y feroz con la que defendía a aquellos a los que amaba traía consigo una lucidez excepcional, que permitía ver más allá de la lógica de Shion, o de cualquiera de los otros dos Santos que les acompañaban.

Al contrario de ella, Dohko y Arles aportaban lógica y sabiduría. Sus opiniones siempre eran valiosas, y su ocasional antagonismo a Shion, permitía que el lemuriano ampliase sus horizontes. Al contrario de lo que muchos podrían pensar, el Patriarca era un hombre que disfrutaba de tejer planes con ideas contrarias a la suya. Eran esos puntos de vista —los que usualmente escapaban a él— los que le permitían afinar sus estrategias capaces de obrar milagros.

—Estás diciendo… —Dohko tragó saliva. —¿Quieres ir por el Agua de la Vida? —Le cuestionó. La incredulidad en su mirada intrigó a Shion.

—Sí. Si podemos levantar y sostener el escudo protector, evitaremos más enfermos; el Agua de la Vida servirá para curar a aquellos que son víctimas de la enfermedad, sin tener que sacrificar el cosmos de Athena.

—Tiene sentido...—acotó el chino. Arles asintió.

—Pero es peligroso—terció—. Ir al Pico de los Espíritus y traer el Agua es una misión de alto rango. Un misión solo apta para un Santo Dorado. Incluso enviando uno de ellos, los resultados son… inciertos—susurró. Era una forma amable de decirlo. Obtener el Agua de la Vida podría significar hacer un sacrificio más grande del que esperaban. —¿Quién…? —Pero Arles se detuvo cuando vio a Shion negar con la cabeza. Dohko y Saori fruncieron el ceño a la par.

—Shion, encargar esta misión a cualquier Santo que no vista en oro es prácticamente enviarlo a la muerte… —Dohko intervino, malinterpretando las señales.

—Lo sé, no haremos tal cosa. No es mi intención.

—¿Entonces? —Arles sabía perfectamente bien cuáles eran sus intenciones. Sin embargo, no estaba dispuesto a aceptarlas. Era demasiado peligroso. Era demasiado… temerario.

—Seré yo mismo quien vaya a Jandara en busca del agua.

—No. —La respuesta de Arles le sorprendió. Shion esperaba negativas, pero nunca una tan contundente. Mucho menos de Arles, quien infinito respeto le tenía. Para sus adentros, sonrió. —Eres el Patriarca, la cabeza de nuestra Orden. No podemos permitirnos la posibilidad de perderte.

—Estoy de acuerdo—añadió Saori. Su semblante, usualmente optimista y juvenil, se había ensombrecido con la preocupación.

—Princesa, Arles, esto no es ningún capricho mío. Soy el más apropiado para llevar a cabo esta misión. Conozco el lugar, conozco lo que encontraré ahí arriba… Mis habilidades son tan buenas como las de cualquiera de los chicos. Me atrevería a decir que incluso son mejores. Por lo tanto, tengo las mejores oportunidades para salir victorioso.

—Voy a repetirme. —Arles acentuó cada palabra. —Eres el Patriarca de la Orden Ateniense. Sin tí y con enemigos misteriosos en el horizonte, esta Orden estará en aprietos. —A cada palabra, sostuvo la mirada a Shion. La decisión no era sencilla. Grandes repercusiones, peores sacrificios. —Entiendo la precariedad de nuestra situación, comprendo tan bien como cualquiera el sentido de urgencia. Hay gente enferma, hay gente que muere… Pero, ¿ponerte a ti en peligro? ¿Hasta dónde tenemos que arriesgarnos?

—Sea a mí o a cualquiera, el riesgo de perder a alguien siempre estará ahí. Por ahora hay que tomar la decisión más inteligente, y esa es usarme a mí. Arles, jamás tomaría un riesgo como este a la ligera. Jamás pondría a mi Orden en peligro. Soy el adecuado para esta misión. No es capricho, no es sacrificio. Soy un Santo, igual que los demás, y este es mi deber.

Arles y Saori guardaron sus quejas para ellos mismos. Shion era un hombre excepcional, de conocimiento superior y experiencia infinita. Dudar de él se sentía irracional; ilógico. Ir contra su voluntad… Arles pensaba que se trataba de una tarea dantesca. Si Shion había tomado una decisión, ¿quién de ellos podría retar a su determinación?

Con un suspiro, Arles cedió. Las preocupaciones estaban ahí y seguirían con él, hasta el momento en que viera a Shion regresar a salvo. Miró hacia Saori y en su mirada encontró la misma resignación que sentía en su interior.

—Tengo la impresión de que ninguno de los chicos tomará esto con calma… —Arles se frotó las sienes. Casi podía escuchar las decenas de objeciones que les caerían encima cuando se les informara.

—Temo que no. Quizás lo mejor sea no desperdiciar más tiempo y hablar con ellos de una vez por todas. Es tarde por hoy, pero mañana llamaremos por ellos y les informaremos de cada decisión que se ha tomado en este salón.

—Debemos contarles todo—habló Saori—. Todo.

—Oh, un Chrysos Synagein en la situación actual… Será interesante. —Dohko rió por lo bajo. Al observarlo, Shion hubiera deseado tener su optimismo; él no estaba tan entusiasmado.

—Si tú te marchas, será necesario que alguien tome las decisiones en tu ausencia.

—Arles está en lo cierto. Necesitaré a alguien que esté conmigo y...

—Mi princesa, jamás podría dejarte sola. Has crecido mucho desde tu regreso al Santuario, y de eso estoy orgulloso. Pero sé que todavía necesitas de una mano que te guíe a través de nuestro mundo. Para ello estás tú, Arles, y está Dohko. —Miró a ambos. Les sonrió. —Confío lo suficiente en ambos como para dejar el Santuario y a nuestra princesa en vuestras manos.

—Maestro…

—Eso está muy bien… —Dohko se recargó en la silla y cruzó por los brazos por detrás de su cabeza. Su rostro adoptó una expresión traviesa que Shion conocía de sobra. —Excepto que yo no voy a quedarme a cargo. Vas a ir al fin del mundo, a enfrentar pruebas milenarias y a luchar contra águilas asesinas creadas por el mismísimo Zeus. Necesitas un guardaespaldas y alguien que, de hecho, lleve una armadura dorada. —Se incorporó de pronto y se apuntó a sí mismo con el pulgar. —Ese seré yo.

—Dohko…

—¡Shush! —Lo mandó callar con un movimiento de la mano. El gesto fue tan repentino y familiar para sus días de juventud, que robó una sonrisa al lemuriano. —Iremos los dos… Lo haremos por los viejos tiempos. Sabes tan bien como yo, que igual que tú, no aceptaré negativas como respuesta. —Resignado y halagado por el cariño de su amigo, Shion decidió que no objetaría.

—De acuerdo—dijo—. Será un honor trabajar de nuevo contigo, viejo amigo.

Al escucharlos, algo dentro de la joven Athena se tranquilizó. El temor de perder a sus Santos no se había desvanecido, pero la esperanza revivía como el fuego alimentado por el viento. Se sintió optimista y sus facciones reflejaron el sentimiento dentro de su corazón. Shion y Dohko juntos podrían vencer cualquier obstáculo. Eran una fuerza que todavía desconocía, pero en la que confiaba plenamente.

Emocionada, tomó la mano de cada uno. Miró de uno a otro, con esa enorme y sincera sonrisa en sus labios. Por ellos, ella sería fuerte.

—¡Confío en vosotros!—dijo. Arles asintió, otorgando la razón a la adolescente diosa.

—Me gusta el optimismo que veo y siento, pero… Eso nos deja de nuevo con un mismo problema—terció el Santo de Altaír—, ¿quién se quedará a cargo conmigo?

-X-

Apenas había pegado ojo en toda la noche. No era algo extraño en él, desde niño siempre había sufrido aquella maldición agotadora que suponía el insomnio… y las pesadillas. Sin embargo, aquella noche sus preocupaciones habían sido muy diferentes.

No le había mentido a Deltha cuando le había dicho que esta vez harían las cosas bien. Esa era su intención, desde luego. Lo que no tenía tan claro era cómo llevar a cabo con éxito tal empresa. Quizá había pecado un poco de optimista, pero es que… De verdad quería hacerlo bien.

Una vez logró consolar a la Amazona, volvieron a Géminis. Habían pasado tanto tiempo sentados bajo la lluvia en el recoveco de aquel risco, que no estaba seguro de sentir sus propios dedos. Ni el culo, para ser sincero. Pero no importaba. Había logrado calmarla, acallar sus miedos y aplacar su nerviosismo.

Siempre habían dicho de él que tenía una excelente capacidad de convicción… Incluso en más de una ocasión hubo quien se refirió a él como un encantador de serpientes. Tenía esa particular habilidad para hacer que sus palabras surtieran efecto. Al menos siempre había sido así en lo que a su faceta como Santo se refería.

Mas, en lo referente a Apus, o Naiara incluso, nada tenía que ver con esa parte de él. Con ellas solamente era el humano, el mortal… Por mucho que en ocasiones hubiera deseado que su armadura le hubiera protegido de su propia humanidad o de su torpeza para relacionarse con los demás. Era imposible. De un modo u otro, a su lado se sentía como el chiquillo con el que jugaban en la playa, o al que abrieron la cabeza al conocerse en Cabo Sunión. Y esa era una faceta de sí prácticamente inexplorada.

Saga no sabía ser simplemente un hombre. Lo tenía claro. Y tendría que aprender a hacerlo de un modo u otro.

Era un Santo. Sí, y uno excelente. No podía ser tan difícil utilizar sus cualidades como tal en la vida normal. Y ahí estaba. Había dicho todo lo que sentía debía decir, aunque él mismo no estuviera seguro del todo. Había logrado que Deltha creyera en su sinceridad, en el convencimiento que había manifestado de que su plan podía salir bien.

La había acompañado al dormitorio de invitados más habitable que había en el templo, apenas a unos metros del suyo. Kanon y él habían crecido en aquella habitación, era especial. Y aunque distaba mucho de ser especialmente acogedora, confiaba en que con un poco de tiempo, Deltha lograra hacerla suya y sentirla como su refugio. Hubo un tiempo, muchos, muchos años atrás, que para él lo fue.

Había prendido la chimenea para ella, y la había traído unas toallas suaves y calentitas para que se deshiciera de la ropa mojada. Le había preparado chocolate caliente y galletas, lo máximo que daban de sí sus habilidades culinarias. Y había procurado enseñarle todo lo necesario de sus nuevos aposentos y comodidades, aprovechando la ausencia de Kanon.

Solamente se había retirado de la habitación cuando la Amazona se había dormido abrazada al mono de peluche y tapada hasta los ojos.

Kanon era el problema más inmediato, ni siquiera Shion. Y no hizo falta mencionarlo. La Amazona le tenía auténtico pánico, al menos en aquel momento de sus vidas. Deltha le aseguró que nadie sabría de su presencia allí hasta que él pusiera las cosas en orden. Y estaba haciendo un buen trabajo. Su cosmos permanecía completamente indetectable, habilidad adquirida durante los años de exilio, sin duda. Solamente había silencio. Ningún ruido que delatara que en aquella habitación había una nueva inquilina.

Y a pesar de eso, él no había pegado ojo. Había permanecido en la cama, con la mirada perdida en el techo atento al más mínimo ruido, fumando un cigarrillo tras otro como un robot.

Se sobó los ojos y ahogó un bostezo tras salir de la ducha con las ideas un poco más claras y la mente en orden. Abrió la ventana, y las primeras luces del día se adentraron en el dormitorio poco a poco. El viento helado agitó las cortinas y erizó su piel, y el olor de la lluvia refrescó el ambiente cargado de la habitación. Perdió la vista en el horizonte unos segundos, contemplando a lo lejos la silueta del Templo Papal.

Su cosmos, tan afilado como el mejor de los radares, se extendió por el templo en busca de vida. Cuando encontró a Kanon despierto, suspiró.

Era el momento.

Salió en su búsqueda, y no tuvo que esforzarse mucho por encontrarlo. Se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, y lo observó en silencio. Si su gemelo se había dado cuenta de su presencia allí o no, no lo mostraba.

—¿Admirando el paisaje? Harás un agujero en mi espalda si continuas mirándome así. —Saga alzó las cejas levemente. Parecía que su hermano tenía la habilidad de leer su mente. Kanon volteó, con una humeante taza en las manos. El mayor lo observó durante unos segundos más, aún en silencio. —¿A qué debo el placer, hermano mio? ¿Puedo invitarte a un café?

—Tenemos que hablar.

No se andó con rodeos. No tenía sentido, y tampoco ganas. Cuanto antes zanjara aquel asunto, mejor. Kanon lo miró a los ojos por un momento. Una sonrisa burlona comenzó a dibujarse en su rostro, y entreabrió los labios dispuesto a decir algo, pero por algún extraño milagro, pareció pensarlo mejor. Saga lo agradeció mentalmente. Quizá era la inusual expresión intensa y viva con que lo estaba mirando, que estaba surtiendo efecto.

—¿Hice algo malo, alteza? —Saga ladeó el rostro al escucharlo. Kanon podía ser muchas cosas, y tenía muchas habilidades jugando con las emociones de los demás. Una de ellas, la irreverencia. Pero él estaba a la altura y era hora de que Kanon comprendiera de que ya estaba bien de su juego. Dejó escapar una suave risa, y por un segundo, pudo ver el súbito nerviosismo de su hermano claro como el cristal. ¡Era una sensación casi orgásmica que había olvidado!

—Por tu propio bien, espero que no lo hagas. —Kanon alzó una ceja y aguardó, expectante. —Hay algo que tienes que saber.

—Tú dirás.

—A partir de hoy, Deltha va a vivir aquí de manera permanente, hasta que ella quiera.

Saga hubiera jurado que el sobresalto de Kanon fue claramente visible. Los ojos verdes de su gemelo lo miraban de vuelta con una mezcla de incredulidad, sorpresa, y diversión que le resultó imposible de ignorar.

—¿En serio? ¿Has cazado al pajarito? —Rió ante su propia ocurrencia. —¿Lo has instalado en una jaula junto a la ventana, mirando… no sé, a Sagitario? ¿O al Templo Pap…?

No terminó de hablar, porque antes de que pudiera dar rienda suelta a su desafiante verborrea, el antebrazo de Saga aprisionó su cuello contra la pared sin ningún miramiento ni advertencia. La taza se le resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo haciéndose añicos. La mirada del mayor lo taladró, y por primera vez en muchísimo tiempo, Kanon se vió superado en su propio terreno.

—Verás, las cosas van a ser así a partir de ahora: Se acabaron las bromas. Se acabaron las tonterías y se acabaron tus juegos. Todos. No quiero que te acerques a Deltha, ni siquiera que la mires.

—¿Tienes miedo de que te la robe? Quizá debamos terminar con esta costumb… —Saga apretó el agarre sin ningún miramiento.

—Tsch, tsch… —chasqueó la lengua—. Dije que se acabó. Y no estoy de broma. ¿Entiendes? —Ladeó el rostro. —No es tan difícil, Kanon. Desde el principio sabemos que compartimos el templo porque estamos obligados a ello. Pero no olvides un par de cosas: mi templo, mis normas. Es hora de crecer. Te dejé jugar demasiado tiempo, pero eso se acabó. La próxima vez que des un paso en falso no te va a gustar, y no. —Siseó adelantándose a una posible protesta, apretando un poco más, y acercándose de modo amenazador. —No estoy de broma. No harás nada que la incomode. Guardarás la distancia, y pensarás bien, no dos, sino tres veces antes de hacer una estupidez o de tratarla de modo inapropiado. ¿Alguna duda? —Aflojó sutilmente el agarre.

—¿Qué dice el viejo de esto?—farfulló.

—Lo que diga o no diga, no es asunto tuyo. Es mío. Voy a verle ahora. Mete la pata antes de que trate mis asuntos con él o con Aioros, y estás muerto. ¿Entendido?

—Perfectamente.

—Tipo listo. —Lo soltó, y le palmeó el rostro suavemente de modo burlón. No sabía que le producía más satisfacción, si saberse con el control, o tratar a su hermano como nunca esperaría que lo hiciera: al "modo Kanon".

—¿Este es el efecto Apus?—dijo—. Me sorprendes. Pareces un hombre nuevo.

—No, es el efecto Kanon. —El aludido, con los brazos en jarras, frunció el ceño. —¿No es divertido que jueguen tu propio juego contigo, hermanito? —Se dio la vuelta, y llamó a su armadura.

—Muy fino, Saga, muy fino.

—Lo sé. —Sonrió, se ajustó la capa, y antes de desaparecer en la Otra Dimensión, apuntó a los restos de la difunta taza. —Recoge eso.

-X-

—¡Qué oportuno, hijo! —Saga frunció el ceño sutilmente, aún con la mano en el pomo de la puerta. —Iba a llamarte.

—¿Ocurre algo?—musitó, cerrando tras de sí.

Se había preparado el discurso tantas veces a lo largo de aquella noche, que lo sabía de memoria, y sin embargo, tras llamar a la puerta, las palabras habían desaparecido de su mente. La mirada rosada de Shion, y la siempre estoica de Arles, lo observaban fijamente con una expresión que lo ponía nervioso. Reconocía ese gesto, y el modo apenas perceptible en que ambos intercambiaban miradas fugaces, tal y como si no mucho antes, hubieran estado hablando de él. Y dudaba que eso fuera bueno, sobre todo porque en las últimas fechas, no se encontraba en los mejores términos con Shion.

—Es temprano. ¿Has desayunado? —Negó al escuchar a Arles, y tomó asiento casi a regañadientes bajo el ventanal. Aquella costumbre que tenían de ofrecerle comer algo cuando lo tenían atrapado, le indigestaba.

—Café está bien.

—¿Desde cuando te gusta el café? —Saga se encogió de hombros. No lo hacía, pero… sino fuera por el creciente nerviosismo que sentía, dudaba que sus ojos permaneciesen abiertos mucho más tiempo. Quizá era el bajón de adrenalina tras la victoria.

—Bueno, decidlo, ¿qué pasa? —¿Era posible que ya se hubieran enterado? ¿Cómo? ¡Dioses!

—Los últimos días están siendo complicados, la verdad. Dohko y la princesa acaban de irse, y los demás serán convocados para el Chrysos Synagein en un rato.

—¿El Chrysos?

De pronto, toda posible conversación que girase en torno a Deltha, quedó relegada a un segundo plano. Aquella reunión casi accidental, había adquirido una importancia y gravedad mucho más elevada de la que hubiera podido pensar inicialmente. Había esperado un rapapolvo, otra discusión más con el viejo. Pero de pronto, pensándolo bien, tal y como iban las cosas últimamente, una sensación desagradable se apoderó de él. Un momento… pensó.

—¿Ibas a llamarme antes del Chrysos? —Sus ojos volaron de Shion a Arles.

—Sí, hay algo que nos gustaría hablar contigo antes de reunirnos con el resto…

—Pues tú dirás… —Y ahí estaba, bajo aquellos dos poderosos pares de ojos, esperando como un corderillo camino al matadero, con un nudo que le oprimía con más y más fuerza la garganta a cada segundo que pasaba.

Shion le dio un último sorbo al té ya frío e hizo a un lado la taza, bajo la atenta mirada del peliazul. No quería hacerle sufrir, ni hacer de menos lo que fuera que había motivado lo suficiente al chico como para acudir a él después de las últimas semanas, pero era un tema tan difícil, que no importaba las veces que se hubiera tratado antes. Nunca se hacía más fácil…

—¿Recuerdas la última conversación que tuvimos acerca de Ares?

De modo inmediato, la postura del Santo cambió. Su mandíbula se tensó y una sombra oscureció su mirada.

—La recuerdo—murmuró. Perdió la vista en el paisaje tras la ventana, mientras la lluvia comenzaba a azotar el cristal sin piedad. —¿Por qué…?

—Se tomarán decisiones importantes hoy, hijo. Y creo que ha llegado el momento de que la situación en lo que a él se refiere sea puesta sobre la mesa.

—¿Qué ha cambiado? —Sabía que Shion no le sugeriría algo así, de no ser la última opción.

—El mundo está bajo el yugo de un nuevo enemigo, lo sabes… Pero a día de hoy, podemos decir que el Santuario está sufriendo un ataque directo. Silencioso y disimulado, pero certero.

—¿De qué demonios estás hablando? —La irritación y confusión fue más que obvia en su voz. Lo que Shion no sabía, era si por la mera mención de Ares, o por la posibilidad de que se le hubiera pasado por alto semejante situación. —¿Ataque?

—Escucharás todos los detalles más tarde, con los demás, pero hay algunas cosas que debes saber antes de reunirte con el resto, y quiero que estés preparado para lo que habrá de tratarse.

—Si intentas suavizar el golpe, olvídalo. —Negó con el rostro, y la mirada afilada. —No te está yendo bien. —Shion suspiró, el peliazul tenía razón.

—Los enfermos, la plaga que está azotando la zona… Hemos logrado comprobar que se trata de un ataque cósmico. Los síntomas retroceden ante el cosmos de la princesa. Así que, sea quién sea el que esté tras todo esto, nos está sometiendo a un castigo lento y disimulado, pero certero. Inteligente. Esto nos sitúa, inevitablemente, en estado de guerra. —Saga se sopló el flequillo.

—Y ¿crees que es Ares quién maneja los hilos? —Por un instante, buscó sus ojos. —No es en absoluto su estilo, y además, yo no… —Se encogió de hombros. —¿Esto es algún tipo de juicio, o…?

Había muchas cosas que quería decir. No tenía todos los detalles de lo que sucedía, pero sabía otras. Ares, el dios de la guerra, no se caracterizaba especialmente por el disimulo. Era un estratega con un ego muy grande. Sabía jugar sus cartas, y si iba a comenzar una guerra de nuevo, no lo haría jugando a los médicos. Había cabezas en el Santuario mucho más valiosas para la Orden que las de unos cuantos rangos menores y campesinos.

Y no solo eso, se decía. Esta vez él mismo no había notado nada remarcable. El eterno cansancio en su rostro, las pesadillas… Eso sí. Siempre acompañandolo y atormentándolo. Pero no lo escuchaba, no lo sentía, no recordaba ningún episodio que le hiciera pensar que Ares podía estar ahí. No había nada que le hiciera sentir como quince años atrás.

Eso era lo peor de todo. ¿Y si no se estaba dando cuenta?

—No he… —carraspeó. No encontraba las palabras, ni la voz. Estaba aterrado ante la posibilidad. —No sentí nada. No le escucho, no le siento… No soy… no puedo ser yo. —De pronto, el creciente pánico, comenzaba a ahogarlo.

Arles estaba ahí. Arles fue el único que lo notó la primera vez. ¿Y si…? Clavó sus ojos en él, que le aguantó la mirada tan estoico como siempre. Aquella mirada que le había perseguido durante años en sus sueños: una mirada digna, llena de entereza… pero también de cuestionamiento. La misma que le dedicó antes de que le rompiera el cuello en Géminis. Una mirada siempre expectante y severa, que de algún modo se le hacía imposible de mantener.

Tragó saliva.

—No soy yo, ¿verdad?—musitó, atenazado por el pánico. Solo la mera posibilidad de que algo así estuviera sucediendo y que él mismo no fuera consciente, despertaba en él un terrible deseo de buscar la daga y poner fin a todo.

—No, Saga, no… Tranquilo. —Shion se apresuró a cortar la dirección de aquella conversación. Podía percibir el pánico creciente, el modo tan obvio en que las emociones del gemelo comenzaban a desbordarse, el temblor sutil de sus manos que los puños cerrados trataban de aplacar, y esa vulnerabilidad le rompía el corazón. —No. No eres tú. Ni creo que Ares esté tras de esto, tampoco.

Desde donde estaba, Shion notó el modo en que Saga dejó escapar el aire contenido de modo inconsciente en sus pulmones, y tras unos segundos, su mirada esmeralda enlazó de nuevo con la suya, cristalina y transparente como el cristal. Pocas veces podía ver a través de él de un modo tan obvio como en aquel instante, y tanto miedo e inseguridad en un Santo tan fuerte como Saga, resultaba devastador. Por un momento, se quedó sin palabras.

—Ninguno lo creemos, pero tampoco querríamos que aprovechase las circunstancias. —Gracias a los dioses, Arles intercedió por primera vez, atrayendo la atención del peliazul. —La cuestión es que hubo otros dos ataques diferentes que sí que tienen que ver contigo de un modo… indirecto.

—Aioros y Aioria fueron víctimas de dos ilusiones en las últimas semanas de contenido un tanto peculiar. Ambas fueron muy detalladas y certeras. Quién quiera que fuese el creador, sabía bien dónde atacar para quebrar a cualquiera de los dos: el Santuario destruido y Ares en el centro de todo. Eso fue lo que vieron.

—A mi…

—Sí, a ti. Pero eso no significa nada. Solo que nos conocen mejor de lo que deberían y buscan el enfrentamiento interno.

—Pues, o Kanon llevó a un nuevo nivel su estupidez, lo cual es demasiado incluso para él o Shaka decidió ponerse creativo de pronto y burlarse de todos. No hay más ilusionistas aquí capaces de crear semejante ilusión que pueda confundir a dos Santos Dorados, además de mi.

—No, no los hay—cclaró Shion—. Ahí está el problema. —De hecho, aunque hubiera otros con habilidades ilusorias, nadie estaba a su nivel.— Doy por hecho que no dedicas tu tiempo a atormentar a tus compañeros, con los que por cierto no atraviesas tu mejor momento, con semejantes armas. Ya te duele lo suficiente pensar en ello como para torturarte así. Ambos conocen el funcionamiento de una ilusión. Aioros está familiarizado con tu técnica. Conocen la teoría para distinguir un arma tan poderosa, y ambos podrían percibir aunque fuera un mínimo de tu esencia en ella de ser tú el origen. De cualquiera conocido, de hecho. Y ambos coinciden en que no lo necesitaron. Desde el primer momento supieron que era una farsa, pero una farsa con un propósito.

—Volverles en mi contra.

—Divide y vencerás.—terció Arles.

—Por eso ha llegado el momento de que los demás conozcan la situación respecto a Ares en que te hayas. Es una vulnerabilidad de todo el ejército y todos hemos de estar preparados para detectar y frenar la amenaza que surja, por improbable que me resulte en este momento. —Se puso en pie y recortó la distancia que lo separaba del Santo. Posó la mano en su hombro y lo estrechó con suavidad, casi con ternura.— Llegó el momento, hijo. Debes hablar y sincerarte. No estarás solo esta vez.

Por un momento, cuando el peliazul le devolvió la mirada tras unos segundos de silencio, Shion vio a su niño mucho tiempo atrás, en aquellos tiempos en que se escabullía en medio de la noche en el Templo Papal como un ratoncillo, solo para buscar su compañía y el consuelo que su presencia le brindaba. Vio esa mirada llena de fe mirándole de vuelta, pensando en sus palabras… valorando sus opciones.

—De acuerdo. —Las palabras de Saga lo sacaron de su ensoñación.

El peliverde asintió lentamente con una sonrisa orgullosa en los labios. Quizá podía parecer que aquella conversación no había sido nada, pero en realidad, era consciente de que había sido todo un mundo. No solamente por el esfuerzo del peliazul por afrontar su realidad, sino porque por primera vez en mucho tiempo, estaba confiando en él, le estaba dejando en sus manos su propio bienestar, sin objeciones, solamente con la fe de que decidiría lo que era mejor. De que cuidaría de él… le gustaba pensar. Sin embargo, tan pronto como aquella expresión apareció, se esfumó, dejando la máscara impenetrable de siempre a la que estaba tan acostumbrado y que tanto le hastiaba. Shion volvió tristemente a la realidad.

—¿De qué querías hablar?

-X-

Una vez Arles les dejó solos, Saga se tomó unos minutos para asimilar lo que habían hablado y poner en orden sus ideas. Con suerte, sería capaz de encontrar las palabras que se había aprendido durante la noche, y saldría de allí con una diminuta victoria.

¡Dioses! ¡De verdad necesitaba una! Algo que, por lo menos, le hiciera sentir un poco mejor.

—Casi lo había olvidado—murmuró. Shion alzó un lunar, escéptico. —La cuestión es que quería...—carraspeó, aún confuso. —Quería contarte algo. —Decidió ir al grano. —Ayer hubo un nuevo incidente con las amazonas. —Shion se revolvió en donde estaba. Las noticias ya habían llegado hasta él.— Creo que estamos de acuerdo en que, aunque nada de esto tenga sentido, el panorama que se ha generado a raíz de mi fracaso sentimental… —¡Y el viejo no se hacía una idea de cómo dolía admitirlo frente a él! —Es insostenible. Desde el primer día, Shaina y Giste la tomaron tanto con Deltha como con Naiara por motivos que se me escapan y que a estas alturas no voy a tratar de entender. Asumiré, simplemente, que esto es el Santuario y que la mayoría aquí tenemos una tara u otra, especialmente en el aspecto humano y social. —Suspiró.

—Lo cierto es que es así. Pero sabías de sobra que las Amazonas están hechas de una pasta especial, y que este escenario era una posibilidad.

—No me digas un "te lo advertí"—gruñó—. No estropees la conversación.

—De acuerdo, continúa—replicó casi divertido. Mentalmente, se repitió esas tres palabras una y otra vez. Te lo advertí, te lo advertí…

—Han tenido numerosos encontronazos verbales y físicos, con público y sin él… y querría asegurar que no volvería a suceder. He hablado con Shaina y Giste, y espero que me hayan escuchado. Se han estado riendo de mi cara los últimos meses y estoy cansado. —Alzó un dedo, silenciandolo antes siquiera de tener la intención de hablar. —Y ya sé que yo tampoco me he ayudado a mi mismo.

—Has pensado mucho en esto, por lo que veo—terció con los lunares en alto.

—No te haces una idea… —Tomó una nueva bocanada de aire y continuó. —La cuestión es que toda esta bola de nieve que se ha generado entre unos y otros… —Se encogió de hombros y negó lentamente con el rostro. —Solamente está haciendo daño a personas que son importantes para mi. Naiara está mal, Aioros está mal, Deltha está mal. Yo… —Se sopló el flequillo una vez más. —He perdido a los dos primeros, lo sé y lo acepto, aunque se hayan equivocado y sus decisiones se hayan tomado en base a una mentira, cuando es tan fácil quebrar la confianza de alguien en un mismo es que no hay nada que hacer. He aprendido algunas cosas con todo esto, aunque no lo creas.

—¿Por ejemplo?

—Que no quiero, ni puedo, estar solo. He pasado la mayor parte de mi vida pensando que la soledad era la mejor compañera. No puedes herirla, ni decepcionarla. Tampoco matarla. Pero… —Buscó sus ojos. —He descubierto, de casualidad, a una persona que me aprecia de verdad. Y digo de verdad porque no me quiere por lo que fui, más bien al contrario. Todo lo bueno que una vez conoció, murió con Aioros. Después solamente quedó el odio, y creeme que sentí la magnitud de éste muy bien.

—Hablas de Deltha.

—Sí… —Clavó su mirada en la suya, y Shion supo que no mentía. —Te juro por lo más sagrado, que nunca le puse un dedo encima a Deltha. Nunca la miré de ese modo. —Lo peor de todo era, que el lemuriano era consciente de que Aioros y Caelum se habían equivocado. —Pero admito que las cosas con ella han cambiado: es la primera amistad pura que he encontrado desde la resurrección, con todo lo que implica: logramos superar el odio y empezar de cero. Me aprecia por quien soy, y a pesar de quien soy. No la conquista una cara bonita, ni un ego brillante, tampoco la armadura o una fama. Ha encontrado motivos para valorarme y cada momento que pasa conmigo… me enseña algo nuevo y me recuerda porqué soy quien soy y porqué no debo rendirme. Me recuerda por quienes debo pelear. Cada día me muestra algo del mundo que merece la pena… Es la única amiga normal que podría encontrar. Una humana normal que sin darse cuenta me pone los pies en el suelo, y me enseña a ser un humano que valga la pena. Es alborotadora, un desastre, traviesa… sé que piensas todas esas cosas. Pero sinceramente… es importante para mi. Y ayer… tras esa pelea, estaba destrozada. La encontré con su mochila, empapada, escondida en los lindes del Santuario tratando de reunir valor para irse de nuevo.

—Asumo que no dejaste que tal cosa sucediera.

—No la obligué. Solo la hice entender que la necesitaba conmigo. Quizá es egoísta… no lo sé, pero creo que ella me necesita también. Está aún más sola si cabe que yo, especialmente ahora que Naia y ella… —Agachó la mirada al suelo. —Me duele mucho saber que es culpa mía que ambas se hayan separado. Han vivido todo juntas, todo. Y Deltha sufre mucho. Ya no puedo hacer nada por Naiara, ni lo intentaré. Tranquilo. Pero puedo hacer algo por ella. Puedo cuidar de ella, y ocuparme de que encuentre su lugar aquí… en algún lugar de sí misma hay una Amazona valiosa. Ahora está demasiado asustada y herida para saberlo. Y es mi responsabilidad. Yo la metí en este lío, y no voy a dejarla.

—Estáis más unidos de lo que pensé.

—La he llevado a Géminis, Shion. —Lo soltó de golpe, sin paños calientes, y aunque le hubiera gustado disfrutar más de la mirada de espanto del Maestro, se apresuró a continuar. —No quiero que pienses que pisoteo tu autoridad… aunque pueda parecerlo. Pero es mi Templo, mi casa. Y allí estará a salvo y tranquila. No más peleas. Cuidaré de ella, y será mi responsabilidad. Yo responderé ante ti de todo lo que tenga que ver con ella. Sé que esto está bien. Además…

—¿Además? —Tras unos inesperados segundos de silencio, Shion lo animó a continuar.

—La necesito. No te haces una idea de cuanto. —Sin querer, la voz se le quebró. —Y ahora con todo lo de Ares…

—¿No crees que puede ser un cierto riesgo para ella?

—Sí. Lo es, pero sé que ella lo notaría. Ella más que nadie odia a Ares. No lo dejaría pasar… No lo ocultaría. Ella se ha convertido en una parte fundamental de mi fortaleza mental a día de hoy. Por favor… permíteme esto. Por favor.

—Hubiera sido considerado de tu parte preguntar antes. —Saga temió lo peor. —Pero no sé si eres consciente de lo diferente que suenas ahora mismo, a cuando defendiste aquí tu rabieta por Caelum. Suenas como un hombre maduro y no como un chiquillo, hijo. Es posible que esta solución tuya traiga más rumores y palabrería. Lo sabéis, ¿cierto?

—Sí…

—¿Sabrás manejarlo del modo que se espera de ti?

—Sabré.

—Entonces, solo pondré dos condiciones. —Saga asintió, animandolo a seguir.— La primera, exijo un excelente comportamiento de su parte. La segunda, mucho más importante. Si vamos a hacer las cosas bien de ahora en adelante, las haremos realmente bien. No tomaré está decisión sin contar primero con Aioros. —El ceño del peliazul se arrugó sutilmente.— Si accede, estás en tu derecho. Sino, habrá que buscar otro lugar para ella. Entiendo todo lo que me has dicho, pero el bienestar de las Doce Casas es prioritario, ahora más que nunca. Si te concedo este permiso, los demás podrán pedir lo mismo… y si eso va a pasar, necesito saber que mis Santos son lo suficientemente maduros como para afrontarlo.

—Hablemos con él entonces.

-X-

Las llamas de Meridia se encendieron una a una, y cuando las doce luces ardieron en el reloj zodiacal, un gran estruendo anunció el inicio de la reunión de la Orden Dorada.

Cada cabeza de los alrededores se levantó. Los ojos del Santuario y del pueblo se fijaron en la milenaria estructura de piedra. Meridia tenía esa capacidad de asombrar y emocionar a cualquiera. Su significado trascendía la guerra o la paz. Meridia significaba esperanza, significaba grandeza. Meridia era el recordatorio de que la Era de los Héroes no moría. Mientras las llamas en el reloj ardieran, los hombres tocados por los dioses caminarían sobre la tierra.

—Esto ha sido apresurado… —Milo dijo mientras entraba al salón. Aioros, junto a él se encogió de hombros.

—Me inquieta un poco más que estemos hablando de una reunión formal. —De soslayo, buscó el rostro de Saga. Él había llegado antes. Sentado en el asiento que le correspondía, se mantenía quieto, extremadamente serio, con los brazos cruzados sobre el pecho y aquella mirada vacía que a Aioros impresionaba en sobremanera.

—Las razones del Maestro deben tener cierto sentido de urgencia.

—¿Eh? —Los ojos de los chicos fueron directo a Camus. El francés asintió.

—Si esta reunión se ha organizado con tanta premura, lo que sea que esté sucediendo es grave. No creo que sea una sorpresa para nadie.

Aioros de pronto, cayó en cuenta. Su última conversación con Shion y con Arles le vino la mente. Pensó que quizás, su consejo había sido tomado en cuenta y que ahora estaban listos para compartir los hallazgos con el resto de sus hermanos de armas. Por supuesto, la opción de que algo había cambiado también se le vino a la mente. Los eventos sucedían con tal rapidez que no sería ninguna sorpresa que cualquier otra novedad surgiese, forzandolos a apresurar el paso.

Los escenarios podían ser innumerables. Lo que resultaba obvio era que, tal como Camus había señalado, la gravedad de la situación se volvía insostenible. Era momento de actuar y, de algún modo, aquello lo motivaba.

—Roshi, ¿tú sabes qué pasa?—cuestionó al Santo de Libra. Éste se rascó la nariz y asintió.

—Sí, pero preferiría que fuese Shion quien os pinte el panorama completo. —Dohko tenía la impresión de que había algo más en aquella reunión que ni siquiera él sabía. Estaba seguro de que Shion lo sorprendería. El viejo lemuriano siempre lo hacía.

—¡Oh! ¡Nos dejarás esperando! ¡Es como una sorpresa!

—Dudo que sea una sorpresa agradable, Milo. —Kanon gruñó. —No es como que participase en muchas reuniones, pero si algo sé es que jamás son buenas noticias.

—Si van a repartir trabajo, seguro que son malas noticias para Kanon. Romperán su racha de holgazanería. —Ángelo soltó una risa ante su propia broma. Como respuesta el gemelo giró los ojos con fastidio.

—Visto así… —Milo rió y Kanon hubiera podido jurar ver algunas sonrisas más; unas más explícitas, como la Dohko, y otras más tímidas como las de Shura y Aioros. Los únicos que no reaccionaron fueron Saga y Shaka. Al gemelo menor no le sorprendió. Esos dos estaban hechos de mármol; no se esperaba que mostrasen emociones en público. Pero su hermano se veía diferente a aquella mañana.

—Muy gracioso. Me aseguraré de recordar vuestras sonrisas para cuando termine la reunión y solo queden caras largas—gruñó el gemelo una vez más.

Ángelo y Milo siguieron parloteando e intercambiando bromas, pero Kanon perdió el hilo de la conversación. Había cosas más interesantes para él.

Esa era la primera vez que Saga y Aioros compartían oxígeno en una misma habitación desde aquella fatídica noche en Géminis, cuando el arquero y Caelum mandaron al demonio a Saga y a Apus. Las cosas habían terminado tan mal que el reencuentro ciertamente se le antojaba interesante, aunque hasta el momento, solo podía calificarlo de soso.

El arquero estaba enfadosamente tranquilo, dada la situación. Se esforzaba por mantener el hilo de la conversación y, de vez en cuando, musitaba algunas palabras a Shura, quien le respondía con la misma discreción. De vez en vez, su ansiedad se delataba en las miradas que dirigía hacia la entrada del salón, esperando que la diosa y el Patriarca la atravesasen en cualquier momento.

Saga era otra historia. Nervioso y estirado desde el dedo del pie hasta el último pelo. Se mantenía en silencio, con la mirada al frente, pero completamente absorto en lo que fuese que traía en la cabeza. Al principio, Kanon había pensado que quizás era la tensión de mantener el secreto de su nueva y clandestina inquilina. Pero dada la reunión, y dada la gravedad en su rostro, Kanon empezaba a pensar que estaba equivocado y algo más había detrás de ello. Pronto habría de averiguar cuál era el gran misterio. Saga podría engañarlos a todos, pero nunca a él.

—Gracias por vuestra presencia… Lamento la espera.

Saori entró a la habitación, seguida de Shion y de Arles. Vestía de blanco, como era usual durante los actos protocolarios. Un sutil ribete en hilos dorados traía un poco de color a su atuendo. Las doncellas había adornado sus cabellos con hojas de olivo hechas de oro y, habían ceñido a su cintura un grueso cinturón decorado con esmeraldas, rubíes y zafiros. Niké la acompañaba, empuñada en su mano derecha.

Había un aire de determinación en su mirada, que la hacía verse diferente. Cuando esa mirada repleta de fuerza y voluntad se apoderaba de sus ojos grises, su esencia de diosa resaltaba. Se tornaba majestuosa.

Al unísono, todos se pusieron de pie.

—Sentáos, chicos—indicó Shion—. Tenemos mucho de qué hablar.

—¿Es tan malo como lo haces parecer? —Todos los ojos se clavaron en Kanon, pero a él no le importó.

—Tristemente, parece que sí… —Suspiró el lemuriano. —No haré rodeos e iré directamente al punto. Hay tres asuntos importantes en nuestra agenda. —Sus palabras fueron acompañadas por el movimiento de sus manos, donde sus dedos indicaron el mismo número que sus labios. — Empezaré por lo más importante—tomó aire—, debéis saber que a partir de este momento, el Santuario se encuentra bajo alerta crítica por ataque.

Hubo silencio, aunque poca sorpresa traían las noticias. Las lluvias incesantes ya había sido un presagio; los desastres naturales alrededor del mundo y las criaturas traídas desde el Inframundo acusaban la presencia de algo más que un giro de mala fortuna; el rapto de los poderes de Poseidón había sido un ataque frontal… Un ataque directo en contra de ellos se esperaba desde tiempo atrás. Por fin llegaba.

—¿Por qué lo catalogas como crítico?—preguntó Mu.

—Porque hay vidas en peligro. Tenemos gente muriendo frente a nuestros ojos; aldeanos y soldados, niños y aprendices.

—¿Qué…? ¿La plaga es…? —El cuestionamiento de Mu vino en la forma de un murmullo. Su inquietud era compartida.

—Hace unos días, durante una de las visitas a enfermos en la villa, la princesa utilizó su cosmos para confortar a un pequeño niño que agonizaba. Nuestra sorpresa fue enorme al descubrir que el cosmo de Athena hizo retroceder a la enfermedad hasta desaparecerla. La mejoría del crío fue inmediata.

—Eso es bueno, ¿no? Dentro de todas las malas noticias, tenemos una cura… —Milo dijo. Aquello era bendición disfrazada.

—Sí y no.

—¿De qué hablas, Maestro?

—Es más complejo que eso, Milo. —Se apresuró a explicar su punto de vista. —Si bien trae esperanza para nuestros enfermos, también es una señal de alerta. Eudora, Arles, Athena y yo lo hemos discutido ampliamente. —Miró hacia la diosa y hacia Arles, quienes lo flanqueaban. —El cosmos de Athena nunca ha poseído capacidades curativas. Es posible que su cosmoenergía nos ayude a nosotros, como Santos que somos, a recuperarnos en algunas ocasiones. Pero eso se debe a que estamos unidos a ella a través del cosmos. En un aldeano común y corriente eso no debería ser posible. Su vínculo con la diosa no es tan fuerte. Sin embargo, está sucediendo. Eso solo significa...

—Significa que lo único que hizo su cosmos fue obligar a otro cosmos enemigo, de menos intensidad, a retroceder—acotó Camus. El lemuriano asintió.

—Eso confirma que es un ataque. Explica también el por qué nadie en las Doce Casas se ha visto afectado. El ataque es lo suficientemente sutil como para no levantar sospechas y, por lo tanto, carece de la fuerza para vencer a nuestro cosmos.

Un sinfín de murmullos siguieron a aquella declaratoria, lo cual no sorprendió al Patriarca. Conocía a sus Santos y podía preveer algunas de sus reacciones. Sin embargo, sabía que por sobre todo, eran guerreros. Por sorprendente que fuera, un ataque así no iba a amedrentarlos.

Fijó su mirada en Saga y trató de escudriñar sus pensamientos. A diferencia de los demás, ninguna emoción se leía en sus facciones. De nuevo, Shion no pudo sino pensar lo mucho que desde su regreso le había costado leer a Saga. Su niño, el chico dulce y eternamente afligido que conoció hasta catorce años atrás, ya no existía. Había pensado, en alguno de esos largos meses desde la resurrección, que el Saga que conoció estaba de vuelta. Pero la debacle entre él y Aioros había asestado un golpe mortal, y el niño se había encerrado dentro de su palacio de indiferencia y orgullo. Esa fachada de hierro, creada a partir de fuego y dolor, era todo lo que quedaba.

Shion se preguntaba cuánto tiempo más podría Saga mantener esa fachada. Se había quebrado solamente unos minutos atrás. Una prueba difícil se aproximaba, pues pronto sus revelaciones habrían de cimbrar la fortaleza del gemelo, poniendo su resistencia en riesgo. El Patriarca sabía que pronto sería foco de controversia y discusión.

—Silencio, chicos, silencio—solicitó Shion. Levantó la mano e, inconscientemente suspiró, reteniendo el aliento. —Hay un par de cosas más que debéis saber. Se trata de información delicada, por lo cual vuestra discreción es importante. —El ambiente se volvió denso. Hubo silencio, tal como el Patriarca había pedido, pero también hubo consternación. —Como os dije antes, este es el primer ataque que tenemos en nuestro territorio. Sin embargo, no es la primera incursión enemiga entre nuestras filas.

—¿De qué estás hablando? —Milo se incorporó en su silla con interés.

—Maestro, ¿estás diciendo que hemos tenido señales previas de su presencia en nuestro Santuario?

—No solo en el Santuario—respondió a Mu—. En las Doce Casas.

—Eso es imposible. —Shaka se apresuró a acotar. El lemuriano meneó la cabeza. —Entrar a las Doce Casas sin ser notado…

—Supongo que debemos tomar los hechos con humildad, para evitar que la soberbia vuelva a separarnos. Lo que es innegable, es que es verdad. Unas semanas atrás, Aioros y Aioria fueron víctimas de quién sea que mueva los hilos.

—¿Por qué ellos en particular? —Kanon se adelantó a cualquier sorpresa e increpó con rapidez. Saga se estremeció. —De todos, que hayan sido ellos dos…

—Una aguda observación, Kanon. Como siempre. —Una diminuta sonrisa matizada con preocupación apareció en los labios del lemuriano. Pero antes que pudiera continuar, Saga le arrebató la palabra.

—Es porque el ataque está relacionado conmigo… Con Ares.

El hecho de que con aquella confesión enterrase las palabras de sus compañeros no le sorprendió. Dolió, pues el recuerdo de la traición y dolor aún lo cargaba sobre sus hombros. El recelo hacia su persona le hacía daño, a pesar de que él mismo se encargaba de recordarse que lo merecía.

Quizás era por eso que siempre veía fantasmas donde no los había. Al menos eso era lo que Shion pensaba.

No podía leer su mente y poco conseguía de sus expresiones, pero sabía que el corazón de Saga sufría ante esa desconfianza por parte de sus compañeros, que solo él sentía. Ojala pudiera decirle que estaba equivocado. Ojala Saga le creyese. Sin embargo, debía decir, que estaba aguantando el envite con entereza.

—¿Qué…? ¿De qué estás hablando?—balbuceó Máscara Mortal. Pero, ante la falta de respuesta por parte del geminiano, dirigió su atención al Patriarca.

—Aioros y Aioria, ambos han tenido una visión. En esa ilusión han visto lo que parecía ser un futuro siniestro… un mundo, nuestro mundo, arrasado por Ares una vez más.

—Espera, espera. ¿Una visión del futuro dices?—Dohko entrecerró los ojos.

—Bueno, en realidad, desconocemos si se trata de eventos que sucederán con seguridad. Sin embargo, dudo que si Ares está detrás de todo esto, sean tan descuidado como para dejarnos saber qué vendrá tras nuestra Orden.

—¿Qué es lo que vistéis? —Milo quiso saber.

—Guerra, dolor… muerte—Aioria agachó la mirada y, por unos segundos, la preocupación se apoderó de sus ojos verdes mientras revivía cada imagen sembrada en su cabeza. —Un escenario desolador. Y en el centro de todo… Ares. Dudo que los detalles sean necesarios. —Devolvió la mirada a su camarada.

—Supongo que no… ¿Tú has visto lo mismo, arquero?

—La idea central de lo que vi es la misma, los detalles son distintos.

—Ares nos hizo daño a todos. Pero sobra decir que de todos, vosotros fuisteis los más sufrieron a causa de sus actos—reflexionó Camus—. Eso os convierte en las víctimas perfectas una vez más. Sois los más vulnerables a caer en desconfianza y en desesperación. Concuerdo con el Maestro: esto es un intento de desviar la atención del verdadero problema.

—Es lo más probable. Sin embargo, olvidarnos por completo de este incidente podría ser un error. La última vez, el costo de bajar las defensas fue altísimo. Ares no está sellado, puede volver.

—Shaka está en lo cierto. Ambos lo están. —Se corrigió el Patriarca. —Debemos evitar caer en pánico, pero tampoco podemos tomar este asunto a la ligera. —Sin quererlo, dirigió una fugaz mirada hacia Saga. El Santo ni siquiera se inmutó. —Hasta que sepamos con absoluta seguridad que es lo que está pasando y cuál es la identidad de nuestro enemigo, cada pizca de información que tengamos será tratada con cuidado y minuciosidad. Por ahora, es mejor considerar estas advertencias como un aviso. Si algo sucede…

No sucederá. —La voz de Saga lo hizo callar. El resto de los Santos miraron al geminiano. La autoridad en su voz, la seguridad… innegables. De dónde había sacado la fuerza, Shion lo desconocía.—Advertencia o no, Ares es mi responsabilidad. Una vez jugó conmigo; no voy a darle el lujo de hacerlo de nuevo.

—No se lo darás. Esta vez no estás solo. Todos estamos aquí para ti. —Las palabras de Shura rompieron por un instante aquel muro de frialdad en su mirada, y un dejo de emoción apareció en sus orbes verdes.

El mismo Saga no supo de qué se trataba. Dolor, arrepentimiento, sorpresa, agradecimiento, esperanza… Quizás todos a la vez. Lo único que tenía claro, era que Shura no mentía. Ellos estarían ahí para él y, por lo tanto, él no podía fallarles. No iba a ponerlos en peligro una vez más. No los dañaría. Sobre todo, no los decepcionaría. Si Ares intentaba regresar, enfrentaría al Santo dentro de sí, no al niño inocente al que había destruído años atrás. Saga no le dejaría ganar tan fácilmente. Había crecido. Tenía buenas razones por las que pelear y resistir.

Su mirada rehuyó a la de Shura, pero inevitablemente chocó con la de Saori. En sus ojos grises encontró esperanza y amor. Su mirada dulce dijo más de lo que sus palabras pudieron expresarle. Un nudo se hizo en su garganta, por lo que prefirió callar y agachar el rostro.

—Creo que Saga lo sabe—dijo Shion. Miró de soslayo a su hijo mayor y dibujó una tenue sonrisa. No diría nada más para no presionarlo. Saga no funcionaba bien bajo presión social. —Ahora que tenemos ese tema discutido, prosigamos con lo siguiente. —Desvió su mirada, esta vez hacia Athena y luego hacia Dohko, con quien compartía una innegable y eterna complicidad. —Como sabéis, el número de muertes y de enfermos que han caído presas de la plaga se eleva cada día. Aunque podríamos tener un remedio en el cosmos de la princesa, creo que todos entendemos que sería una solución engañosa.

—¿Cuál sería la solución correcta?—le cuestionó Afrodita.

—Primero, debemos evitar la tentación de usar el cosmos de la princesa para expulsar la energía maligna que yace dentro del cuerpo de los enfermos, y enfocar los esfuerzos en detener la entrada del cosmos enemigo al Santuario.

—¿Cómo haremos tal cosa?

—Alguien me recordó—echó una fugaz a Aioros—, que durante la Guerra Santa anterior a la vuestra, Athena creó un escudo que cubría a todo el Santuario. Lo hizo utilizando su cosmos y así evitó la entrada de energías enemigas a sus territorios.

—He leído sobre eso. —Camus asintió.

—Pero eso requiere cantidades enormes de cosmoenergía—terció Aldebarán. El Patriarca asintió.

—Es así, y temo que por el momento, nuestra princesa no está en condiciones de mantener un escudo protector de esas dimensiones, día y noche, sobre nuestro Santuario. Por ello, como caballeros sagrados, tendréis que ayudarla.

—¿Qué? ¿Cómo haremos tal cosa? —Milo preguntó.

—Usareis vuestros cosmos para apoyar al mío. Juntos podremos mantener nuestro Santuario y a nuestra gente, a salvo. —El entusiasmo en la voz de Saori era contagioso.

—¡Cuenta con ello, princesa! —Milo era tan fácil de entusiasmar que resultaba esperanzador.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Shaka.

—Debido a que no podemos bajar la guardia ni tampoco abusar de vuestros cosmos, haremos rondas. Durante dos horas al día, cada uno de vosotros prestará su energía para sostener la de Athena en la creación del escudo. No será necesario que os presentéis en el Templo Papal; podréis cumplir con vuestra obligación desde sus respectivos templos, o donde quiera que estéis. ¿Estáis de acuerdo? —A la vez, todos asintieron. —Kanon, tú estarás incluído en las guardias. Esta también será tu responsabilidad.

—Vale. —Se encogió de hombros.

—Además, necesito que sustituyas a Dohko.

—¿Eh? ¿Por qué habría de hacer tal cosa? ¿El viejo se va de vacaciones otra vez? —Después, añadió entre dientes. —Espero que al menos cambie la cascada por una playa exótica.

—Te he escuchado—gruñó el aludido. —Aunque, siendo sincero, mis vacaciones de esta vez serán un poco más exóticas y mucho más peligrosas.

-X-

Escucharon anonadados el relato de Shion, donde los detalles de su próxima misión vieron la luz. Estaban sorprendidos. Lo último que se les hubiese ocurrido escuchar aquel día era aquello: el Patriarca marchaba en una misión personal, a un sitio blindado por el poder de los mismísimos dioses, siendo Dohko su única compañía.

Aunque ninguno se había pronunciado, no quedaba mucho espacio para dudas: nadie estaba de acuerdo con el arriesgado plan. Sus rostros y, sobre todo, sus miradas, acusaban el desacuerdo.

No era falta de confianza en las habilidades del líder de su Orden. Después de todo, era imposible dudar del Maestro de los Santos de Athena. Pero la apuesta era alta. Un error podía dejar a la Orden sin cabeza. Sin la guía de Shion, toda la Orden Ateniense estaría en peligro. Y luego… Luego estaba esa terrible sensación de perderlo una vez más. Shion era su Maestro, pero también era su padre. Ya una vez lo habían perdido y llorado. La historia no debía repetirse. No tan pronto.

—Podría haber predicho esta reacción.

—Silencio, Arles. —Arles se aclaró la garganta ante la reprimenda. Solo entonces, el silencio en el salón se rompió.

—Supongo que… —Aioria sopló sus flequillos. —Supongo que alguien tiene que decirlo, así que lo diré yo: Maestro, vuestro plan es… terrible.

—Además de temerario, imprudente, inadecuado… ¡Elige la palabra! —Milo se quejó con amargura. Nadie le mandó callar. —¡Por los dioses! Eres el Patriarca y Roshi es… ¡Es Roshi! Sois la cabeza de la Orden. Acabas de decirnos que es probable que estemos ante una nueva amenaza de guerra, y decidís marcharos a una misión a la que cualquiera de nosotros podría ir.

—Cualquiera de vosotros podría ir, Milo. Pero ninguno tiene las probabilidades de éxito que nosotros. Esta no es una decisión tomada de la noche a la mañana, ni tampoco está basada en un capricho. Además, sabéis que soy tan fuerte como cualquiera de vosotros y si voy con Dohko…

—Corréis el riesgo de despeñaros los dos.

—Agradezco los buenos deseos, Kanon.

—Maestro, por favor. Ambos sois dos Santos más que capaces, pero tú no llevas armadura… —Shura intentó defender su punto de vista, pero Shion le arrebató la palabra.

—La armadura es un complemento del Santo, no al revés. Kanon podría daros una cátedra de eso.

Kanon gruñó, pero guardó silencio y Shion supo que al menos de él, no tendría más objeciones. Sus ojos rosas retaron al resto a continuar con el interrogatorio. Estaba seguro de que para cada queja encontraría una solución.

Sabía que sus chicos se preocupaban por él y su reticencia, hasta cierto punto, le era apreciada y comprensible. Pero debían entender sus razones. Lo hacía también por ellos.

—Si ambos os marchais, el Santuario quedará sin liderazgo. Athena aún es joven… —Shaka intervino.

—Eso está previsto. Nuestra ausencia no debería ser demasiado larga, pero en caso de que se complicase y llegásemos a requerir de más tiempo, el Santuario quedará en buenas manos. —Se detuvo y miró a sus hijos mayores. —Saga, Aioros, os confío al Santuario.

Los rostros de ambos Santos dibujaron la misma expresión. Ninguno terminaba de creer lo que Shion había dicho. El peliverde casi podía escuchar su pulso acelerado desde dónde estaba, y sus miradas desencajadas, estuvieron a punto de hacerlo reír, sino fuera por lo complicado de la situación.

Saga y Aioros miraron primero al Patriarca y luego se miraron mutuamente. Por un segundo, el ambiente se tornó tan denso, que Shion temió haber tomado la decisión equivocada. Muchos de los demás Santos reaccionaron con escepticismo. Algunos rayaban en la preocupación. De todos era sabido que la relación entre los Santos de Sagitario y Géminis no era la mejor en aquellos días, y que tampoco lo había sido catorce años atrás, cuando el trono quedó en disputa entre los dos.

El dichoso trono era un tema casi tabú.

Pero el lemuriano se negaba a creer que sus chicos le fallarían. Estaba empeñado en demostrar que habían crecido y que se habían vuelto mejores. Después de él y de Dohko, Saga y Aioros eran los pilares de los Doce. Algún día la Orden volvería a quedar en sus manos, y era el momento de probar que eran los adecuados.

—¿Puedo confiar en vosotros para mantener este sitio en pie durante mi ausencia?—insistió. Tras unos segundos, con más resignación que deseo, los más jóvenes asintieron al unísono.

—Sí.

—¡Excelente! —Palmeó la mesa, orgulloso y entusiasmado.— Entonces, Dohko y yo habremos de prepararnos para nuestro viaje a Jandara. Quiero que vosotros dos os reunáis con Arles para que él os ponga al día de los pendientes que quedan en el Santuario. Organizaréis el levantamiento del escudo en conjunto con la princesa y os encargaréis de asignar las guardias a vuestros compañeros. Para lo que se requiera, Arles quedará como vuestro consejero y mano derecha.

—Entendido. —atinaron a decir.

Shion sonrió. Miró a sus discípulos y no pudo negar cierta incomodidad en ambos. Aioros estaba inquieto y Saga estaba sombrío. Siempre tan opuestos, siempre tan complementarios. Ambos aguantaban la respiración. Fue entonces que su corazón le reafirmó lo que su cabeza ya sabía: honrarían la confianza depositada en ellos.

—¿Alguna duda más?—preguntó. Ante el silencio, se atrevió a continuar. —Dohko y yo saldremos a la brevedad. Os avisaré cuando nos marchemos. Al regresar volveremos a reunirnos. Tenemos un par de misiones pendientes por asignar. Mientras tanto, id con calma.

—Maestro, volved sanos y salvos—suplicó Aldebarán. Sus sentimientos eran compartidos por los demás.

Las sillas de madera rechinaron cuando los Santos se pusieron en pie, dispuestos a regresar a sus templos. Cuando todos hubiesen abandonado el salón, Meridia se apagaría, dando el Chrysos Synagein por terminado. Cuando el tiempo fuese necesario, sus llamas volvería a arder.

—Aioros, hijo—Shion lo llamó y arquero no pudo evitar sobresaltarse.

—¿Sí?

—¿Te importaría quedarte un momento más? Hay algo que quisiera discutir contigo.

—Estaremos con los aprendices. Te veremos después. —Aioria palmeó el hombro de su hermano y en compañía de Shura, tras ofrecer una breve reverencia al Maestro, se marchó.

Aioros permaneció al lado de Shion, pensativo y sorprendido. Con cierto nerviosismo se revolvió el cabello y apretó la cinta sobre su frente, en aquel gesto tan suyo. Miró a Shion en busca de respuestas. Algo en los gestos del lemuriano le infundió cierta preocupación. Sonrió, esperando lo mejor, pero preparado siempre para lo peor.

Saga no se había movido de su silla.

-X-

De pronto, Aioros se sintió presa de una encerrona. Saga parecía una estatua, y la mirada de Shion le inquietaba. Después de aquella reunión, ya no sabía que más podía esperar, pero estaba claro que estaba siendo un día de sorpresas importantes.

Así que cuando el viejo le pidió por favor que se quedase un rato más, solamente terminó por asentir. Volvió a sentarse y aguardó en silencio. Estaba claro que aquel era un día más propicio para escuchar que para hablar, y su intuición le decía que aún tendría que mucho que escuchar y más aún en lo que reflexionar.

—Hay algo más que me gustaría consultarte antes de irnos, y que no incumbe a nadie más que a los aquí presentes. —Eso no era del todo cierto, pero al menos era verdad en cuanto a Santos Dorados se refería.

—¿Algo más? ¿Cuánto tiempo llevas acumulando temas de conversación para hoy? —Una diminuta sonrisa se dibujó en los labios del lemuriano ante la pregunta.

—Que conste que este no es mi tema favorito, pero… —Se encogió de hombros, en un gesto que debido a su físico de adolescente a Aioros se le antojó curiosamente infantil, y prosiguió.— Tiene que ver con Deltha y Naiara.

—Oh. —Apenas un segundo, su mirada voló hacia Saga. Así que el peliazul le había hablado del incidente del día anterior… Muy desesperado tenía que estar.

—Ha llegado a mis oídos el enésimo incidente entre ellas y las Amazonas, así como la problemática situación en que se encuentra la convivencia entre ambas, y por tanto la armonía en el campamento. Saga me ha contado algunas cosas que han pasado, y me ha expuesto su propio plan de acción de ahora en adelante. Sin embargo, antes de dar mi autorización a nada que tenga que ver con ellas, quiero hablar contigo. Con ambos.

—Entiendo.

—Parece ser que Apus abandonó su cabaña ayer, y la decisión es irreversible. Independientemente de los motivos emocionales que os atañen, supongo que ambos sabéis que mi prioridad aquí es mantener todo en orden, especialmente a vosotros. Sobre todo ahora os necesito centrados, os necesito pensando en lo que tenéis que pensar y quiero que dejéis los juegos de adolescentes. —Su mirada rosada, escaneó hasta la última fibra de su Santo de Sagitario. —Imagino que tú estarás tan al tanto de la situación por medio de Caelum, como Saga por medio de Apus. —El castaño asintió. —Saga se llevó anoche a Deltha a Géminis, y le ofreció quedarse allí de modo indefinido. Eso obviamente no sucederá, a no ser que alcancemos un acuerdo aquí y ahora. No busco que me deis la bendición para que el otro haga y deshaga con las chicas como quiera, pero si necesito que valoreis la situación, y hagáis lo mejor para todos: Amazonas y Santos. Ese bienestar ya no es solo una obligación, sino vuestra responsabilidad directa.

Aioros guardó silencio. Por un momento, la parte más amarga de sí mismo, estuvo a punto de tomar el control y espetar un "por supuesto" irónico cuando escuchó el paradero de Deltha. Era bastante obvio, pensándolo bien. Sin embargo, esforzándose tanto como se había propuesto, pensó antes de despegar los labios. Pensó en las lágrimas de Naia, en lo mucho que le habían dolido y en cuánto había deseado poder consolarla y cuidar de ella, poder hacer que todo estuviera bien para su amiga. Quizá si las cosas se hubieran dado de otro modo, él hubiera sido el primero en ofrecerla cobijo con tal de ahorrarle el dolor de aquellas peleas.

Se revolvió los rizos con cierto nerviosismo. De hecho, por mucho que odiara admitirlo, y por mucho que sus peores pensamientos pugnaran por tomar el control, debía admitir que era un buen plan.

Con Deltha en Géminis, —por todos los dioses, debió verlo venir— la distancia necesaria entre ella y Naia, ya no sería un problema. Con suerte, las cosas mejorarían con el paso del tiempo.

—Lo cierto es que…—murmuró, mientras sus ojos cerúleos buscaban las esmeraldas de Saga—. No es un mal plan, dadas las circunstancias. —Y no podía creerse que estuviera diciendo eso en voz alta. —Siempre y cuando los motivos sean precisamente el bienestar de todos, y no otras cosas.

Saga bufó.

—No hay ninguna otra intención. No hay nada entre ella y yo, solamente somos amigos. Me creas o no, la única opción de tener paz entre las Amazonas, pero sobre todo entre Naiara —Caleum había dejado de ser Naia para él, ya no más, no importaba lo que sintiera— y Deltha, es mantenerlas separadas. Sabes de sobra qué sucedería de dejarlas a ambas allí. Sabes lo que pasaría si Deltha tuviera que quedarse sola en ese campamento… Y por muy furioso que estés, por muy dolido que te sientas y por mucho que me odies, creo que no quieres que sufra de ese modo. Ninguna de las dos lo merece…

—No lo merecen, no. —Negó, y se cayó un "Y están así por tu culpa". —Estoy de acuerdo en que parece que las cosas ya han alcanzado el punto de no retorno y su situación es insostenible… Además de que algunas Amazonas parecen ser ingobernables. Si puedes proteger a Apus, yo protegeré a Caelum. Aunque ella no tiene intención de abandonar su casa. —Volteó hacia Shion. —Lo aclaro antes de sufras un paro cardiaco, Maestro.

—Me alegra oír eso.

—Tampoco tengo claro que yo pudiera sobrevivir a tal cosa…—musitó para sí mismo. —¿Qué pasará con las demás Amazonas?

—Tuve una conversación con ellas ayer.—continuó el peliazul—. Confió en haber alcanzado un acuerdo, pero si no, ellas son cosa mía. —Por muy doloroso que fuera escucharlas, o sentir su desdén, Saga podía con ellas, a diferencia de las otras dos chicas. Podía cargar con ese peso.

—¿Puedo confiar en que sabréis llevar este asunto con la madurez necesaria para que funcione para todos? ¿Sin peleas? ¿Sin ataques entre compañeros? —Y tenía la impresión de que cierto Santo de Sagitario, tendría algo de trabajo que hacer al respecto.

—Yo me ocuparé de Aioria, pierde cuidado. —Al castaño no le resultó difícil saber a quién se refería.

—Bien. —Shion asintió, y dejó escapar una bocanada de aire. Aquel estaba siendo un día larguísimo.

—¿Puedo preguntar qué pasará con Kanon?

—Oh, creo que tengo el asunto bajo control.

—No quiero saber cómo—murmuró el viejo, Aioros solamente esbozó una sonrisa. Él moría de ganas por saber, pero con aquel acercamiento necesario y lo que se venía próximamente, ya tenía suficiente dosis de Saga por un rato. Su corazón roto no le permitía más.

—Chicos… —Shion miró de uno a otro y de pronto, adoptó una actitud casi solemne. —Hoy ha sido una día complicado a pesar de lo pronto que es. Sé que se han planteado asuntos que no esperabais, y temas más que dolorosos. Sé que os sentís vulnerables. —Buscó fugazmente a Saga. —Pero también sé lo mucho que queréis demostrar que podeis hacer esto. Tengo toda mi fe puesta en vosotros, y debo decir que esta última conversación, lejos de lo que esperaba, me deja más tranquilo. Supongo que tendré que resignarme a la idea de que Santos y Amazonas están destinados a relacionarse, pero el Santo de Géminis y el Santo de Sagitario que tengo hoy delante, han crecido. No me he ido, y no sé que sucederá en mi ausencia, pero lo que sí puedo decir es que ya me siento orgulloso de vosotros.

-X-

Kanon no quiso volver a casa de inmediato. Por muchos motivos. La presencia de Deltha allí, las revelaciones del Chrysos… Decir que se sentía revuelto, era quedarse corto. Su interior era un mar de turbulencias, de sentimientos encontrados y cierta angustia que se negaba a liberar.

En la mañana, Saga le había impresionado, siendo franco. No había esperado, ni por lo más remoto, que su hermano usara sus propias armas contra él, y aquella actitud de Saga, con tanta seguridad en sí mismo, en su decisión… le pilló desprevenido. Podía contar con los dedos de sus manos las veces que Saga se había mostrado así frente a él: después de todo, siempre se había dejado pisotear en su torpe intento por mantenerlo a una distancia prudencial. Ni muy lejos, ni muy cerca.

Sin embargo, la actitud con la que abandonó Géminis, era muy distinta a la que encontró en el Chrysos Synagein. No hacía falta decir que todo aquello había sido un mazazo para todos, pero sabía de sobra que para Saga había sido mucho peor. Su rostro, durante toda la reunión, había sido el mismo que el de un cadáver. Podía sentir el dolor de su corazón desde dónde estaba. Y eso a Kanon, le angustiaba.

No llevaba bien la vulnerabilidad de su hermano, y llevaba aún peor que los demás supieran que era vulnerable. No podía explicar esa estupidez, pero las cosas eran así. Lo odiaba y lo quería a partes iguales, y como buen hermano que era, solo él podía odiarlo y quererlo de ese modo. Nadie más. Los demás debían respetarlo, porque Saga era valioso, era importante y era admirable. Más ahora que subía de rango. Aunque no tenía intención alguna de decírselo. Esas eran unas afirmaciones que solamente se hacía a sí mismo, en la privacidad de su mente.

Sus pies lo había llevado hacia los aposentos de los invitados. No era simple casualidad, sino que algo dentro de sí le había empujado en esa dirección, en busca de determinada compañía.

Encontró a Tethys hablando animadamente con la doncella pelirrosa, Svetlana, y desde donde estaba la pudo escuchar reír. Se limitó a observarla en silencio a unos metros de distancia, a disfrutar de la serenidad y alegría de su rostro, mientras no se sabía vigilada. Y sin darse cuenta, se descubrió a sí mismo sonriendo solamente con contemplarla.

—¿Ahora acechas a las invitadas del Santuario? —Su voz, cantarina y con aquel peculiar acento nórdico, hizo que alzara las manos y las cejas en señal de inocencia.

—Los dioses me libren de tal cosa. —Con un gesto de su cabeza, respondió a la casi reverencia de Svetlana cuando abandonó el patio. —Oí que habías vuelto.

—Oíste bien—dijo sonriente, mientras recortaba los pasos que los separaban. Buscó sus ojos, y aunque quiso besarle de modo inmediato, sin saber que aquel era un deseo compartido, se contuvo mordisqueando su propio labio. Ni siquiera sabía en qué punto estaban.

—¿Todo bien en casa?

—Todo bien. ¿Me extrañaste? —Lo tomó del brazo, o lo condujo hasta uno de los bancos. Aquel había resultado ser uno de sus lugares favoritos en el santuario.

—Debo admitir que sí… La compañía de Milo no está mal, pero…

—Entiendo—replicó divertida. Sin embargo, había algo en el rostro del mayor que estaba fuera de lugar. Su habitual expresión burlona, irónica, se había esfumado. Parecía pensativo, serio, perdido en lo que fuera que acosaba su mente. —¿Estás bien?

—Supongo… —Se encogió de hombros. —Es solo que… —¡Dioses! Necesitaba hablar. —Las cosas se están complicando.

—Oh…

—Supongo que Julian te ha informado de que la situación es complicada. —La sirena asintió. Por muy invitada que fuera, por muy… suya que fuera, había cosas que por el momento no podía decir. —Acabamos de salir del Chrysos Synagein, y por aquí me temo que todo pinta bastante peor. —Buscó sus ojos azules. —¡Dioses, Tethys! Creo que no nos vemos en una situación tan difícil desde hace más de quince años y no quiero cagarla. No esta vez. —La rubia frunció el ceño. —Hay algunas cosas que tienen que ver con Saga, ¿entiendes? Y no nos llevamos bien. No nos soportamos… pero la última vez, fui una pieza importante en la debacle. No quiero ser otra piedra en el camino esta vez. Quiero sumar y no restar. ¡Es la primera vez que realmente siento que quiero hacer las cosas bien por todos, pero sobre todo por él! Y no sé ni cómo empezar, ni qué sentir al respecto, ni…

Se detuvo cuando Tethys entrelazó sus dedos con los suyos y con su otra mano, tomó su mejilla.

—Siéntete orgulloso, Kanon. —El peliazul entreabrió los labios. —Es la primera vez que sientes, tú lo has dicho. Esta vida nueva, realmente está cambiando las cosas, ¿no crees? Ese es el primer paso. La situación con tu hermano no cambiará de la noche a la mañana, ni siquiera tenéis que caeros bien… pero que te preocupes y quieras ayudar, es más importante de lo que crees. Antes o después, sabrás cómo continuar. Solamente es cuestión de tiempo.

—Haces que suene fácil.

—Lo es, cuando uno cae en la cuenta de lo que verdaderamente importa. Quieres hacer las cosas bien. —Acarició sus labios con los suyos, y el peliazul se encontró cerrando los ojos ante la dulzura de aquella caricia. —Siempre que ese sea el camino, yo te ayudaré. Yo estaré aquí para ti y seré tu sostén si así lo quieres.

Kanon se alejó unos centímetros, lo suficiente como para observar bien y con detalle aquel rostro aniñado que tanto le gustaba. Podía ser una chiquilla, pero Tethys tenía un aura tan impresionante, que era fácil olvidarlo. Acarició su rostro de porcelana, robándole una sonrisa, y finalmente, la besó con todo el amor y ternura que nunca en la vida había logrado mostrar.

¡Que los dioses se apiadasen de él, porque se estaba enamorando!

-X-

Los aprendices entrenaban en un pequeño valle creado entre dos salientes de piedra, cuyas dos entradas guiaban, por un lado a los campamentos y por el otro al mar.

Las lluvias torrenciales habían destrozado el claro, convirtiendo el piso es una mezcla de lodo y agua, sobre la que incluso el más hábil guerrero resbalaría. El Patriarca había mandado a verter arena por encima del lodazal, con la esperanza de que el terreno fuera apto para continuar con los entrenamientos de los aprendices. El remedio había funcionado, al menos de manera provisional. Sin embargo, eventualmente, la arena se lavaría y el terreno volvería a su maltrecho estado.

Ese día, a pesar de los densos nubarrones que opacaban al Sol y presagiaban tormenta, el Santuario había permanecido seco a excepción de las lluvias de la mañana. Eran días como aquel los que debían aprovecharse al máximo. El mal clima y la plaga ya habían retrasado suficiente el avance de los aprendices. Shion sabía que en tiempos de crisis, cada segundo desperdiciado costaba una vida. No había tiempo que perder.

Aioria se había hecho cargo de reunir a los niños y supervisar su avance durante ese día, en vista de que el Patriarca había solicitado a Aioros quedarse atrás. Shura se había ofrecido a acompañarle durante un rato, hasta que su hermano mayor hiciera acto de presencia. Ninguno sabía cuánto tiempo Shion retrasaría a Aioros.

—¿Cuántos chicos faltaron hoy?—preguntó Shura.

—Tres. Con estos ya son cinco en lo que va de la semana, ¡y apenas es miércoles! —Se lamentó Aioria. Cuidar de los más pequeños nunca le había resultado una carga, hasta que la maldita plaga se los arrebataba, sin que ellos pudieran hacer nada para evitarlo. Bajó la mirada con decepción y apretó sus puños, sintiendo la frustración convertirse en ansiedad dentro de su pecho. Entonces, la mano de Shura sobre su hombro, trayéndole un fugaz consuelo. —Ojalá pudiésemos hacer más.

—Haremos todo lo posible por ayudarles. El Maestro tiene una respuesta y cuando el escudo esté arriba, nadie más enfermará. Sé paciente y también sé fuerte. Lo último que ellos necesitan es oler miedo en nosotros.

—Estás en lo cierto—dijo el más joven—. ¿Cómo os va con las korees?

—No muy diferente que aquí. Las ausencias aumentan con los días… Desearía que fuera más sencillo. —Y en esa ocasión, fue Shura quien sintió la mano de Aioria sobre su hombro, tratando de infundirle fuerzas.

—Recuerda, los salvarémos a todos.

Sus palabras roban una sonrisa de los labios del español. A como estaban los tiempos, las sonrisas y el optimismo nunca estaban de sobra. Un poco más animados, contemplaron el avance de los entrenamientos, dando instrucción y corrigiendo los errores de los niños. La capacidad de los más pequeños para aprender nunca dejaba de sorprenderlos.

Tras un largo rato, ordenaron un descanso. Había comenzado a lloviznar y con varios de los niños padeciendo ligeros resfriados, prefirieron parar durante unos minutos, hasta que las nubes grisáceas se alejaran.

—Ey, mira quien viene ahí. —Aioria apuntó al camino que guiaba desde los campamentos hacia el claro. A unos metros de ellos estaba Aioros. —¿Todo bien, jefe?

—¿Qué…? —La incómoda reacción de Aioros hizo que Shura hundiera el codo en el costado del Santo de Leo para callarlo, aunque la sonrisa en sus labios lo hacía cómplice de sus bromas. —Por los dioses, no me llames así. —Se sacudió los rizos húmedos con la mano.

—Cierto, cierto. ¿Debo llamarte Maestro? O, ¿quizás Maestro Sustituto?

—Aioria…

—¡Ah! ¿Co-Maestro? ¿Maestro conjunto? —Se tornó pensativo, siempre son una sonrisa traviesa en los labios. —¡Ya sé! Creo que te llamaré Maestro Conjunto Sustituto.

A cada palabra, el rostro de Aioros se desencajaba. Por fin, su expresión fue tan descompuesta, que tanto el Santo de Leo como el de Capricornio estallaron en risas. Al verlos, el arquero giró los ojos con fastidio y se cruzó de brazos. A pesar de su aparente molestia, una diminuta sonrisa traicionó sus pensamientos.

Su mente viajó al pasado, a aquellas grandes épocas, en las que los tres habían sido una pequeña familia. Por un tiempo, en los meses posteriores a la resurrección, debido a la tirantez entre ellos, Aioros pensó que lo había perdido todo. Ahora que los veía así de nuevo, entre risas y compartiendo una complicidad de hermanos, entendía que esos buenos tiempos habían regresado. Con suerte, esta vez no se marcharían, ni se los arrebatarían. Esta vez sería para siempre.

—¿Todo bien con el Maestro Original? —La insistencia de Aioria con el tema le hizo girar los ojos una vez más y sonreír.

—¿Sigues con eso?

—Es solo una pregunta inocente.

—Ya, ya… —Exhaló. —En realidad, no lo tengo bien claro.

—¿Problemas?

—No, creo que no. ¿O, sí? —El arquero se sopló los flequillos.

—¿Esto es acerca de lo que hablamos durante la reunión? —Los hermanos voltearon hacia Shura. —Sobre la visión. Ares—respondió él—. Debo preguntar, ¿cómo estáis tomando eso? Es decir… Lo que sea que hayáis visto, tuvo que ser impresionante.

—Lo fue, al menos al principio. Fue más una cuestión de sorpresa.

—Aioria está en lo cierto. Pero mientras más lo analizamos y pensamos en ello, es un poco menos impactante. Como Shion dijo, tal parecería que se trata de un truco mas que otra cosa. A pesar de eso… Hay que mantener los ojos abiertos.

—¿El Maestro te dijo algo más?

—Eh… No. Apenas y se mencionó el tema. —Por segunda ocasión, resopló.

—¿Entonces? —Los dos Santos más jóvenes hablaron a la vez. Era obvio que su curiosidad les estaba ganando el juego.

—Ay… —Aioros se frotó los ojos, con cierto cansancio. —No sé si deberiais enteraros por mi…

—Nos enteraremos de cualquier modo—terció Shura.

—La cabra tiene razón.

—Sí, pero...

—No, no. —Aioria le interrumpió. —Demasiado tarde, hermano. Has abierto la caja de Pandora, así que ahora tendrás que contarnos. —El español, a su lado, asintió.

—De acuerdo. Pero si alguien os pregunta, no os habéis enterado por mí.

—Prometido—dijeron al unísono.

Aioros oteó los alrededores. Los niños estaban ocupados brincoteando en los charcos de lodo que surgían en los espacios donde la arena ya se había lavado. Ningún alma más se encontraba ahí. Con eso tenía seguridad suficiente para hablar. Más valía que lo hiciese pronto, pues sus acompañantes estaban desesperados por saber.

—Lo diré rápido y ya—suspiró. Estaba seguro de que le lloverían preguntas después. —Parece que Saga ha decidido llevarse a Deltha a vivir a Géminis.

—¡¿Qué has dicho?! —preguntó Aioria. Shura se limitó a abrir los ojos de par en par. —¿Saga hizo qué?

—Lo que escuchaste. Saga se llevará a Deltha a Géminis… O ya lo hizo. Solo que, según dijo Shion, él solo le permitiría conservarla ahí con mi consentimiento.

—¿Y qué le has dicho?

—Le dije que sí. —El arquero se encogió de hombros.

—¡Por los dioses, Aioros!

—¿Estás seguro de eso? —Shura le cuestionó con timidez. Como amigo de ambos, aquella disputa lo dejaba en una situación comprometida, en la cual no deseaba fallarle a ninguno.

—¿Importa?

—Sí. Si no estás seguro de la decisión que tomaste, no podrás ocultar tu descontento por mucho tiempo. Empezarás a sentirte peor con cada día que pase hasta que, tarde o temprano, termines estallando. —Aioros lo observó detenidamente mientras hablaba. Shura sabía que prestaba atención a sus palabras, hasta que una tenue sonrisa, al final de su discurso, le descolocó. —Si quieres superar esta situación y seguir adelante, entonces tienes que empezar a enfrentar tus emociones.

—Entiendo eso, Shura.

—Entonces, ¿tu acuerdo es sincero?

—Lo más sincero que puedo ser en este momento. Es decir, no es que de pronto las cosas dejasen de doler, o que duelan menos. Pero, llegado a cierto punto, no puedo mantenerme atado al pasado. ¿No es así?—cuestionó al español. No obtuvo respuesta. —Saga y Deltha son responsables de sus actos, así como yo lo soy de los míos. Además, si las cosas realmente son como Shion las describe, los motivos de Saga detrás de esto, pueden considerarse… nobles. Por muy molestos que pudieran ser para mi o para Naia. —Le preocupaba más ella que otra cosa.

—¿Esto es por los problemas con Shaina? —Tanto Aioros como Shura voltearon hacia el Santo de Leo con interrogantes en el rostro. Éste subió los hombros con desparpajo. —No sé por qué os sorprende. Marin me contó todo. Desde la aparente deserción de Apus, hasta el escarmiento de Saga hacia Shaina. Estaba enterado que Apus no había vuelto a los campamentos, así que supongo que ahora sabemos dónde estaba metida.

—Deltha nunca estuvo cómoda aquí. Los problemas entre nosotros… —bufó—. Es como si todo el mundo tuviera una opinión. Las opiniones son crueles en su mayoría, especialmente con ellas. Con Saga, ella estará protegida, al menos eso creo, y Naia estará más tranquila. Es el mejor plan.

—No te equivocas. Aún así… Que el Maestro le permita esto, me sorprende. —Aioria se rascó la cabeza.

—Shion tendrá sus motivos.

Shura, de nuevo en silencio, miró de uno a otro. Para él, con su oscuro pasado repleto de arrepentimiento, recuperar a sus amigos era un premio que no merecía. Aioros y Aioria lo había aceptado una vez más como el hermano que él siempre había sido para ambos. Saga y Camus habían resultado ser una nueva y hermosa hermandad, basada en una confianza ciega. Shura tenía mucho más que de lo que había deseado, o creía merecer.

—Ya que hablamos de Shion y sus motivos, ¿qué opinas de su decisión de dejaros a cargo durante su ausencia?—preguntó con timidez.

—Ah, eso…

—Es una gran responsabilidad y también un gran honor—intervino Aioria.

—Y un dolor de cabeza seguro. —El arquero rió por lo bajo.

—¿Crees que Saga y tú podréis trabajar juntos después de todo lo que habéis pasados en estas últimas semanas?

Pensativo, Aioros guardó silencio por unos pocos segundos. La llovizna había cesado y los aprendices no habían dudado en lanzarse de vuelta al campo de entrenamiento. Jugaban entre ellos, medían fuerzas y se comparaban con sus futuros hermanos en armas. Había algunos más tímidos y otros más enérgicos, que enloquecían a los primeros. El recuerdo de su infancia al lado de los gemelos le vino a la mente y sin quererlo le arrancó una sonrisa.

¡El tiempo pasaba demasiado rápido! Y, en el caso de ellos, el tiempo también había sido extremadamente cruel. Una punzada de dolor le hirió en el pecho, mientras un nudo apretaba su garganta. La tristeza que experimentó fue profunda.

—Estaremos bien—dijo al fin. Estaba nervioso y, con tan solo pensarlo, se le erizaba la piel. Además, no podía quitarse de la mente la última frase que el Maestro les había dedicado. Tenían que honrarle. —Saga y yo estaremos bien.

—Diría que, si hablas en serio, estás siendo extrañamente optimista. —Aioria levantó las cejas y llevó sus manos detrás de la cabeza. —Tu idealismo siempre ha sido excepcional. Pero esta vez… Te has superado, hermano. Me sorprende que te muestres tan seguro sobre algo tan incierto.

—Aioria… —Shura intentó reprenderlo, pero el arquero le interrumpió.

—Saga y yo podemos ser un desastre en lo que se refiere a asuntos personales. Sin embargo, como Santos, somos un equipo invencible. Shion sabe eso y, si no estoy equivocado, es lo que quiere que recordemos y que jamás olvidemos. Después de todo, antes que otra cosa, somos Santos de Athena.

—Eso ha sido lo más acertado que te he escuchado decir en un tiempo. —El león le miró de nuevo, esta vez de soslayo. —Aunque te has quedado corto por poquito.

—¿De qué hablas, Aioria?

—Me parece que Shion sí intenta que recordéis algo importante. Pero lo que él desea con vehemencia, es que nunca olvidéis que más allá de ser un par de Santos extraordinarios, sois amigos… Hermanos, diría yo. —Con una paciencia inusual en él, Aioria esperó porque su hermano reaccionase de cualquier modo. Sin embargo, la tranquilidad que encontró en su silencio, le pareció sospechosa, por lo que se atrevió a continuar. —Claro, esa es solo mi humilde opinión. ¿Qué opinas, Cabra?

—Opino que estás caminando sobre hielo delgado—musitó, midiendo con precaución cada reacción del arquero—. Pero no puedo negarte la razón.

Ambos esperaron por que cualquier indicio de sus emociones apareciese en el rostro del Santo de Sagitario. Aioros era así de transparente. Por mucho que guardase sus pensamientos para sí, su alma era libro abierto, al que se accedía a través de su mirada celeste.

Esa ocasión, sin embargo, alargó el misterio lo suficiente como para engañar a los dos. Aioria y Shura intercambiaron miradas brevemente. Luego regresaron su atención al arquero. Descubrieron que él también los observaba, con un sonrisa.

—Vaya, vaya. Es bueno saber que después de tantísimos años, la sutileza sigue sin ser una virtud tuya, Aioria. —Ante sus palabras, el león estalló en risas.

—No sé si sea bueno, pero tu observación es correcta. Digo las cosas como se me vienen a la cabeza. —Se limpió las lágrimas que la carcajada le robó. —Asumiré que no tienes ninguna opinión respecto a mi último comentario.

—De hecho, la tengo. Sin embargo, voy a reservármela.

—Qué listo. —Shura le palmeó el hombro con complicidad. —¿En serio estás bien?

—Sí.

—Si no lo estuvieras, ¿nos lo dirías?

—Si tu pregunta es: ¿pediría ayuda? Me gustaría pensar que sí.

—No dudes en hacerlo si nos necesitas—afirmó el español—. Nosotros estaremos aquí y, me parece que puedo hablar por el resto de los Doce al decir que ellos también harían cualquier cosa por ti. Por vosotros.

—Habla por todos, menos por Shaka. Shaka piensa que estáis grandecitos para resolver vuestros problemas de adolescentes solos. —Aioria esbozó una sonrisa traviesa y se sobó la nariz con sorna.

—Sí, eso suena como Shaka—acotó Shura.

Los tres Santos intercambiaron miradas y rompieron en carcajadas. Shaka era una especie distinta a ellos. Una especie que, al enterarse que se reían a su costa, les patearía el culo con más ímpetu que nunca o les robaría alguno que otro sentido. Pero sin importar qué, estaban juntos.

Nunca antes, en su generación, los Doce se habían reunido bajo un mismo estandarte. Juntos eran mejores. Juntos eran más fuertes.

Con Shaka incluido, a pesar de sus constantes quejas.

-Continuará…-

NdA:

Shaka: Feliz Año Nuevo a todos.

Gato: ¿Qué demonios, Shaka?

Kanon: ¿Quién te autorizó para robarte todo el protagonismo en el capítulo?

Milo: Has tenido una participación desmesurada, esto no puede ser.

Kanon: Quizás la ausencia les ha dañado el cerebro a las Malvadas…

Mu: Yo también participé.

Milo: ¡El mundo va a terminarse!

Aioros: Nos ha robado el protagonismo…

Saga: Y nosotros esforzándonos por ser Santos decentes. ¡Qué poca verguenza, Buda!

Shion: Ya, chicos, ya. Tenéis que portaros bien 3

Roshi: No hagáis nada que yo no haría ;) ¿Listo para la aventura, Shion?

Shion: Listo ;)

Shaka: Ya, ya. No lloréis tanto. Alguien tiene que poner cordura aquí.

Sun: Y mientras el momento llega, ¡os deseamos unas felices fiestas!

Damis: ¡Y mucha suerte con el año nuevo que entra! ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!

Malvadas, Santitos: ¡Jo jo jo jo!