Capítulo 53

Las aves de Estínfalo

El muelle de madera se extendía unos pocos metros dentro de las tranquilas aguas del lago. Desde la orilla, de arena dorada recubierta con piedras color plata, uno simplemente no podía imaginar el mal que habitaba en el corazón de la isla central. Sin embargo, el pueblo fantasma a sus espaldas, recordaba a los santos que no debían bajar la guardia en ningún instante.

Habían atravesado la pequeña villa mucho más rápido de lo que hubieran esperado. Si se habían hecho expectativas de lo miserable que sería la vida a merced de las aves de Ares, lo que acababan de observar sin lugar a dudas las había superado. A excepción de unas cuantas sombras que les pareciera ver de reojo al recorrer la calle principal, la vida humana brillaba por su ausencia; y si alguien todavía conservaba el valor de habitar en aquellas tierras, tenía el suficiente sentido común como para no abandonar la seguridad que sus chozas ofrecían.

Saga, habiendo sido el primero en llegar a la orilla del lago, también fue el primero en desmontar. Tomó las riendas de su caballo, que bufó y se revolvió ante la presencia del peligro que habitaba en el horizonte. El gemelo palmeó su costado en un vano intento de calmarlo, mientras lo guiaba hacia un pequeño conjunto de árboles que le proveerían de cierto abrigo cuando el Infierno se desbocara.

—Si la mala suerte no es contagiosa, quizás sobrevivas a esto. —Le murmuró mientras sus dedos se deslizaban por las crines cobrizas.

—No le des demasiadas esperanzas. —Camus acotó y el gemelo, con toda su seriedad, no pudo guardarse la sonrisa que le arrancó. —Un mal paso y terminarán como alimento de ave legendaria.

—Y nosotros regresaremos caminando hasta la aldea. Tratemos de mantener a estas pobres bestias vivas, ¿de acuerdo? —La intervención de Dohko les tomó por sorpresa, pero no por eso pudieron negarle la razón sobre un asunto que no habían considerado hasta entonces. Corceles muertos significaban sandalias desgastadas en horas de viaje a pie. De pronto, el interés de mantener a los animales con vida se tornó mil veces más interesante. —Ya tendremos suficiente con compartir a Kanon.

—¡Te escuché , Dohko!

Mu llegó en ese momento, con el gemelo colgado detrás de si. Esperó a que Kanon desmontara atropelladamente y después lo hizo él mismo. No pudo evitar echar un vistazo al centro del lago y retorcerse un poquito ante la incomodidad que la visión le trajo. Después, se reunió con el resto del equipo a las orillas del lago, donde la brisa fría les caló los huesos.

La atención de todos recayó en Dohko cuando el chino respiró con más fuerza de la que hubiera deseado. Sin perder un solo segundo más, rebuscó en la bolsa de tela por los objetos que Athena les había entregado. Mientras los tomaba entre sus manos, sus ojos turquesa fueron de inmediato en busca de las miradas de sus compañeros más jóvenes. Descubrió que incluso las miradas más frías, como la de Camus y Saga, lucían ligeramente inquietas.

—¿Listos? —cuestionó. Todos asintieron.

—Solo hay que hacerla sonar, ¿cierto?

—Eso espero, ¿nos ves cara de músicos de orquesta, Mu? —respondió el gemelo—. Solo sopla y veremos que sucede, viejo. Lo peor que puede pasar es que terminemos como mi caballo.

—Oh, por Athena. Esperemos que estés equivocado—musitó el santo de Libra.

—O que se lo coman a él primero. —La seriedad con que las palabras abandonaron los labios de Camus resultó cómica, al grado de sonsacarles unas pocas sonrisas. Sin embargo, fue el gruñido del gemelo menor lo que predominó.

—Dame eso, Dohko—dijo, mientras arrebataba la flauta de sus manos y la llevaba a su labios.

—¿Sabes algo de…?

Sin embargo, no fue necesario que el santo de Aries terminara de formular su pregunta, pues medio segundo después, el sonido más falto de armonía que había escuchado en un buen rato escapó del instrumento, cortesía del gemelo. Ninguno lo supo, pero todos compartieron un escalofrío que poco tenía que ver con aquel par de notas desentonadas. Athena les había prometido que encontrarían en la flauta la solución a uno de sus problemas, pero con todas las garantías que ella podía ofrecerles, siempre existiría un momento de duda, muy propio de su condición de humanos.

Cuando el eco del chillido se desvaneció y solo quedó el silencio, los Santos contuvieron el aliento sin siquiera notarlo. Sus miradas se desperdigaron en todas direcciones en busca del más mínimo cambio en el ambiente. A pesar de sus esfuerzos, no encontraron señales de nada.

—Maldición. —El gemelo gruñó. Cogió la flauta una vez más y volvió a soplar con todas sus fuerzas; ni el cielo, ni la tierra, ni las aguas se inmutaron.

—¿Estamos haciendo esto del modo correcto? —Camus preguntó—. Quizás en verdad es necesario crear música con ella.

—Yo puedo hacerlo.

Mu tomó la flauta de plata con cuidado, como si el metal fuera tan frágil como el cristal. Sus labios acariciaron el instrumento, mientras tomaba un respiro profundo que lleno sus pulmones de aire. Pero, antes de que consiguiera crear cualquier melodía, el cielo rugió, obligándoles a levantar los ojos y perder la mirada en el infinito azul arriba de sus cabezas.

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Athena se sobó los ojos; la noche había sido larga. En momentos como aquel, se arrepentía profundamente de haber elegido el camino de los mortales, donde el dolor y el cansancio eran el pan de cada día. Ahora más que nunca necesitaba fuerza para llevar a cabo la maratónica tarea de mantener vivos a sus santos. Necesitaba sangre fría, del mismo modo en que necesitaba pensar como los suyos: como dioses deseosos de aplastar humanos con la punta de sus dedos. Solo así sería capaz de predecir el siguiente paso en su absurda misión de destrucción.

—¿Has dormido algo? —La voz de su Patriarca la tomó desprevenida. Volteó hacia donde estaba para obsequiarle una sonrisa cansada.

—Se supone que los dioses no necesitamos dormir. Nuestras debilidades no son las mismas que las de ustedes, los mortales… al menos no deberían serlo.

—Tu mirada está en desacuerdo. —Shion se sentó frente a ella y tomó unos momentos para contemplar aquel rostro marcado con el cansancio—. Necesitas descansar.

—Aunque quisiera, no puedo.

—Te necesitamos entera.

—Y lo estoy, pero simplemente me resulta imposible irme a la cama y no pensar en todo lo que podría ocurrir en un abrir y cerrar de ojos.

Shion dejó escapar un suspiro lleno de resignación. En cierta forma, comprendía y compartía el sentimiento de impotencia con su diosa.

Echó una ojeada fugaz a los montones de pergaminos, gastados por el tiempo. Muchas de las lenguas en que estaban escritos se habían extinguido en el mundo moderno. Incluso, había algunas, tan antiguas, que ni siquiera Shion las reconocía. Como buen amante de las antigüedades, le fue imposible quitar los ojos de los viejos textos.

—¿Qué es lo que buscas exactamente?

—Cualquier cosa que pueda ayudarnos.

—Pero, ¿qué es lo que harás, princesa? —La miró de un modo tal, que Athena no pudo sentirse más miserable en aquel momento. ¿Qué era lo que haría?

—Yo… no lo sé aún. —Correspondió la mirada en busca de respuestas, pero no las hubo. Solo más preguntas de las que ya tenía. —Sé que tengo que detenerlos de algún modo, pero no sé como hacerlo. Hasta ahora, tener cautivo a Ares ha sido un éxito. Sin embargo, nos está costando más enemistades de las que podemos permitirnos. ¡Por no hablar del hecho de que en cualquier momento podemos perder esta ventaja! Afrodita estuvo demasiado cerca de arruinarlo todo. Ahora, más que nunca, Ares tiene que permanecer en nuestro poder.

Doscientos cincuenta años atrás, Shion se había sentido tan perdido como en ese instante. En aquel entonces era solo un crío, mucho más joven que cualquiera de sus santos de la Era moderna, con una responsabilidad más grande de la que sus hombros inexpertos podían cargar. Su deber ya no era luchar guerras, sino cimentar el futuro en que otros hombres habrían de pelearles. Tenía que reconstruir una Orden destruida, reconfortar los corazones de quienes habían sobrevivido y lo habían perdido todo… tenía que convertirse en el alma y la esencia de una nueva generación y de las que le sucederían.

Habían sido muchos días llenos de ansiedad y todavía más noches de insomnio. Días que parecían repetirse de nuevo, cuando no podía sentirse superior al novato que alguna vez había sido.

Cerró los ojos por unos segundos, en los que se limitó a escuchar el suave sonido de su respiración. El mundo se le borró de la cabeza.

Mientras tanto, la atención de Athena se olvidó de los pergaminos también, dedicándose a contemplar el pacífico rostro de su Patriarca. Rápidamente se encontró a si misma enajenada, ausente de ideas. No sabía si había sido parte de las intenciones de Shion pero, por un breve instante, había conseguido infundir paz en ella.

—Usemos la última urna—Shion recuperó el habla. Sus ojos rosas se abrieron lentamente.

—Pensé que creías que lo mejor era esperar.

—No podemos seguir esperando. Lo has dicho antes: esta vez el peligro no radica en el poder, princesa. La fuerza de Afrodita puede no ser equiparable a la de enemigos más temibles, pero su deseo de liberar a Ares la vuelve temeraria. Por ahora, ella es el peligro más grande que enfrentamos. —Cuando hubo terminado de hablar, inspeccionó el rostro de la diosa morena. Aún con el ceño fruncido y la mirada cansada lucía hermosa.

—Entonces, ¿estás de acuerdo con…?

Un suave asentir confirmó sus sospechas. Admitía que no era sencillo tomar esa decisión, pero tener el apoyo de Shion lo facilitaba tremendamente.

Asintió también… Era hora de planear la cacería.

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—¡Joder!

Kanon exclamó mientras entrecerraba los ojos y forzaba la mirada para distinguir mejor aquella sombra que se escondía tras el reflejo del sol. Distinguió la silueta de un par de alas enormes abriéndose sobre ellos, y retrocedió instintivamente cuando la enorme criatura se les abalanzó encima.

El batir de sus alas levantó una polvareda que los envolvió en una nube blanquecina. Por unos segundos, sus ojos resultaron inútiles, maximizando los esfuerzos de sus otros sentidos por sustituirles. El rugido de la bestia hizo eco en sus oídos. Su piel fue golpeada cientos de granos de arena, levantados por la fuerza del viento. Sus voces se extinguieron en medio de esa locura. Por fin, tras lo que pareció una eternidad, aquel instante de caos se apagó.

Abrieron los ojos lentamente, y sus miradas buscaron en los alrededores por aquel misterio que llegó volando desde el cielo. Lo que se encontraron era probablemente nada de lo que esperaban.

—Pero, ¿qué es…?

—Es… una quimera. —Dohko respondió al gemelo menor. Nunca en su vida se imaginó ver una de aquellas bestias frente a él.

La quimera los contempló con tanto recelo como ellos a ella. Sus ojos felinos recorrieron cada rostro, midiendo cada movimiento, cada gesto y cada respiración. Se acercó, con pasos pesados que dejaban tras de si la huellas de sus enormes patas marcadas en la arena. Sus alas se movieron ligeramente y su cola de serpiente se mecía suavemente de un lado a otro, como el cazador que espera por su oportunidad. Con pasos lentos, caminó a su alrededor, dibujando un círculo. Ninguno de los santos hizo movimiento alguno. Solamente sus ojos seguían al enorme animal.

Sus proporciones eran, ya de por si, monstruosas. Su lomo eran tan grande como cualquiera de ellos. Sus alas, fibrosas como las de los murciélagos, estaban coronadas por espolones tan grandes, que hubiesen sido capaces de atravesar a sus enemigos sin dificultad alguna. La melena portentosa del león danzaba al ritmo de la brisa. Sus ojos color escarlata centellaban con la fiereza que habitaba en su interior.

—¿Qué debemos hacer? —Camus habló entre murmullos. En ningún momento era su intención alebrestar a la bestia, ni tampoco sus ojos dejaron de seguirle. Sabía que caminaban al borde de un abismo: el más mínimo movimiento fuera de lugar, los convertiría en una amenaza, y también en una presa, para la quimera.

—No molestar al lindo gatito. —Kanon se apresuró a responder—. Por lo que veo, este gato tiene mucho peor carácter que el nuestro.

—Solo cállate, Kanon. —Saga no estaba seguro de que lo último que quería escuchar en su vida, fuera precisamente la voz de su gemelo.

—El mal humor se contagia.

—Silencio, todos. —Una vez más, el santo de Libra se vio forzado a intervenir. Las cosas estaban saliéndose de control y no era el mejor momento para eso. —Tenemos que mantener la calma. Si Athena nos proveyó del instrumento para convocar a este animal, esto no puede ser tan malo.

—¿Tan? —Incluso Mu, usualmente mucho menos expresivo que el resto, no pudo mantener las palabras en su cabeza—. ¿Qué debemos esperar entonces?

Pero ni Dohko, ni nadie, pudo responderle. Lo que fuera a suceder a partir de ese instante, dependía única y exclusivamente de aquel monstruo salvaje de mirada centellante.

De pronto, el animal se detuvo. La cabeza de serpiente, al final de su cola, siseó, mientras un suave gruñido abandonó la ronca garganta del león. Segundos después, un rugido estremecedor puso los sentidos de los santos en alerta. Sin embargo, aunque por un momento estuvieron seguros de que les atacaría, la majestuosa bestia agachó la cabeza.

—Maestro… —Pero Dohko no escuchó a Mu.

Se acercó lentamente al animal, con pasos suaves y medidos. Sin darse cuenta, retuvo la respiración cuando la mirada de la quimera volvió a levantarse, para sembrarse en la suya. Pero el santo tampoco retrocedió.

Alzó la mano con cautela, acercándola gradualmente hasta tocar su cabeza. Sus dedos se hundieron en la melena rojiza en una caricia suave y temeraria. Para su sorpresa, lejos de retroceder o atacar, el animal se mostró a gusto con su toque. Fue en ese preciso instante cuando reparó en las intenciones de Athena al darles el modo de convocarle. Un plan atrevido, temerario… e impredecible, como el espíritu de la quimera.

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Lo abrazó tan fuerte como pudo. Se aferró a él, como si al soltarlo, fuera a esfumarse de su vida una vez más. Solo sabía que no podía dejarlo ir, porque lo había extrañado cada segundo, porque había llorado lágrimas de sangre por su ausencia… porque había hecho todo para traerle de regreso.

—Aioria—susurró su nombre como lo más sagrado que tenía; lo único que no podía perder. Hubiese querido decirle tantas cosas, pero las lágrimas ahogaban sus palabras y sus sentimientos habían dejado atrás a toda lógica. —Te extrañé. Te extrañé muchísimo—balbuceó, como un crió, sobrecogido por las emociones.

El joven león solo pudo responderle con un tonto asentir y con el apretón más fuerte que le fue posible. No importó cuanto se esforzó por acallar sus sollozos, no pudo. Él también lo había extrañado todo ese tiempo. Había sufrido y llorado en silencio cada instante, hasta el punto en que se había preguntado si algún día habrían de verse de nuevo. Por días, había vuelto a vivir la pesadilla que lo acosase en su niñez y, una vez más, había visto la luz al final del túnel, solo para encontrarse de nuevo con él: con su hermano.

—Y yo a ti… mucho… como no te haces idea. —Escondió el rostro en el hombro del arquero. Ahora que estaba de regreso no tenía porqué fingir ser fuerte. Ahora podía dejar salir todo el miedo que había sentido al pensar que lo había perdido todo.

—Todo estará bien ahora. No volveré a dejarte ir. Lo prometo. —Aioros acarició los rebeldes rizos rubios. Mientras el tuviera vida y fuerzas, protegería a su hermano pequeño como a su propia vida. Nada, ni nadie, volvería a arrancarlo de su lado.

Oyó el susurro de la respiración entrecortada de Aioria y respondió, apretándole con más fuerza. Su cuerpo agotado se quejó, pero él no le prestó atención. Todo el dolor, todo lo que había sacrificado para tenerle, había valido la pena. Si había vendido su alma por la oportunidad de volver a ver los ojos esmeralda y escuchar la voz ronca del león, entonces había sido un trato justo.

—Pensé que jamás… —El santo de Leo se separó lentamente del arquero. Se secó las lágrimas con el reverso de la mano y sobó su nariz enrojecida—. ¿Cómo…?

—Eso no importa. Lo único importante es que volviste.

—Todo ha sido una locura. —Su mente, aún mareada, lanzaba imágenes de lo que parecía un mal sueño, pero que había sido tan real como las cicatrices en su cuerpo y su alma.

—Oye, ha terminado. —Aioros buscó su mirada, con aquellos ojos color cielo, enrojecidos por las lágrimas.

Sin embargo, si todo lo que Aioria recordaba era cierto, lejos de terminar, un nuevo problema comenzaba. Aún así, aceptó el consuelo de su mayor. Por ahora, por al menos un minuto, quería pensar que todo estaría bien, que nada más existía en el mundo. No había lógica en ello, solo corazón. Al igual que cuando era un niño, quería aferrarse a las palabras de su hermano. Necesitaba de esa fe infinita que tenía en él, necesitaba de todo el cariño mutuo entre ambos.

—Te quiero—le dijo, incapaz de controlar el llanto que le hacía presa de nuevo. Volvió a abrazarlo, sabiendo que no iría a ningún lado.

—Yo más, pequeño. Yo más…

Mientras él estuviera ahí, todo estaría bien… Todo.

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Durante todo el rato que llevaban discutiendo, el precioso animal no había separado aquellos ojos color de fuego de ellos. Aunque el rostro del león lucían relajado, la serpiente al final de su cola se retorcía, ansiosa por terminar con la espera. De vez en cuando, tras algunos segundos de demasiada calma, la bestia se inquietaba y se acerca al lago a merodear por la orilla. Levantaba la cabeza al cielo para olfatear el aire. Gruñía. Con seguridad alcanza a sentir la esencia de las aves malditas y su peste le disgustaba.

—Dohko, estás loco—Kanon sentenció sin ningún tapujo. Arrugó las cejas y dejó caer la cabeza ligeramente hacia un lado.

—Oye, si tienes un mejor plan, estoy dispuesto a escucharlo.

—¡Cualquier cosa es mejor que usar ese animal a modo de caballo! Si no terminamos en sus fauces, la víbora nos morderá…o, ¡peor aún! Nos caemos de su lomo y nos hacemos trizas el cráneo.

Los ojos de Mu, Saga y Camus se centraron en el gemelo, con incredulidad. Sus mentes tardaron un par de segundos en asimilar la fúnebre información recién ofrecida. Saga bufó.

—Eso parecerá increíble, pero estoy de acuerdo con Kanon—acotó. Sabía que eventualmente se arrepentiría de ello. —No estamos hechos para volar. Menos sobre una quimera.

—¿Ves? Gracias a los dioses que, además de mi, hay gente cuerda en este grupo.

—Por Athena… sólo cállate—el otro gemelo replicó de inmediato—. Mi punto es, Dohko, que es una locura subirse a los lomos de un animal tan impredecible como éste.

—Es el único modo de llegar hasta ahí. Que yo sepa, no tenemos alas para cruzar el lago y tampoco veo a alguien dispuesto a llevarnos hasta ahí en bote—el chino defendió su postura. Creía ciegamente que si su diosa les había dado la flauta, era porque les marcaba el camino que debían de seguir. —Si ese animal está aquí, es porque Athena así lo quiso. Fue ella quien nos dio el modo de llamarles.

—Athena puede decir lo que quiera. Pero sigo pensando que es una locura montar a esa cosa.

—Y si Saga y yo estamos de acuerdo en algo, es grave. —Las miradas de fastidio volvieron a hacer centro en el gemelo menor—. ¡Es verdad! —Cruzándose de brazos, el peliazul bufó.

Como si fuera capaz de entender su recelo, la quimera volteó en su dirección con la mirada rabiosa. Mostró los dientes, solo para volver a ignorarlos un segundo después, regresando su atención a la isla oscura en medio del lago. Escucharon el chillido de las aves a lo lejos, que debió retumbar en los oídos del león pues rápidamente tomó una actitud de ataque.

Tras un momento de paz, se calmó, no sin echar un centellante mirada a los santos, que le observaban con igual fascinación.

—El bicho ese mataría por darte un mordisco, Kanon. Tus habilidades para hacer amigos siguen siendo impecables. —El comentario de Camus, con toda la seriedad que él implicaba, rompió la tensión.

—Muy gracioso, Acuario. Muy gracioso.

—De todos modos, alimentarlo con Kanon no va a darnos una solución.

—¡¿Tú también, Mu?!

—Creo que deberíamos intentarlo. —La súbita intervención de Camus terminó con los juegos.

—¿Qué? ¿Alimentarlo con Kanon?

—No, no. —Sonrió ante el gesto gracioso en la cara de Mu— El plan de Dohko. Deberíamos intentarlo. —Era hora de volver a centrar la cabeza en lo que era realmente importante.

—Como quieran, pero yo no me ofrezco como voluntario. —Kanon desvió el rostro. De ninguna manera pondría de por medio su integridad física por un plan en el que no tenía la menor confianza.

—No es necesario. Lo haré yo.

Nadie encontró que decir ante la repentina oferta del francés. Ninguno de ellos la esperaba. Intercambiaron miradas sin atreverse a decir nada. La misión que Camus aceptaba era por demás arriesgada e impredecible. Tanto, que hasta antes de su ofrecimiento, no habían conseguido llegar a un acuerdo. El riesgo era enorme y los resultados inciertos.

—¿Estás seguro?

—Si, Dohko. ¿Qué es lo peor que puede pasar? —Encogió los hombros—. ¿Caerme del lomo?

—Los pajarracos pueden atraparte, como a mi caballo.

—Eres particularmente único para levantar el ánimo. —Saga giró los ojos al escuchar a su gemelo. Kanon tenía la particularidad de hablar de más todo el tiempo.

—Iré hasta ahí, haré sonar la campanilla y me usaré de carnada para atraer a las aves hasta aquí. El resto dependerá mucho de ustedes.

—Te cubriremos las espaldas todo lo que podamos. Solo ten cuidado.

El santo de Acuario aprobó las palabras de Dohko. Él haría su parte, esperaría que los demás hicieran la suya y desearía porque la suerte les ayudara un poquito también. Si todo salía bien, esa noche dormirían en paz, con una misión terminada más.

Se dio la vuelta, dispuesto a caminar hacia su destino, seguido por el resto de sus compañeros de aventura. La quimera sintió su presencia y volteó hacia ellos, para seguir cada uno de sus pasos con la vista. Nuevamente, la serpiente se inquietó, mientras las enormes alas se abrieron, amenazantes. Entonces, los santos dudaron si debían seguir acercándose.

—Subirse al bichejo será la primera gran aventura—Kanon bufó. Ni siquiera estaba seguro de cómo conseguirían montar a Camus encima.

—Antes, dejó que le tocara. Estoy seguro que no nos atacará, pero debemos andar con cuidado. —Dohko miró de soslayo al francés—. Quizás lo mejor sea que intentes acercarte solo. Se sentirá menos intimidada.

No iba a decirlo, pero Camus tuvo que hacer acopio de todo el valor que tenía en ese momento para forzarse a dar el siguiente paso. Por fin, tras una profunda bocanada de aire, se animó a avanzar hasta la quimera.

—Tsh…—susurró mientras se acercaba. Su mano se estiró lentamente hacia el animal. Tan nervioso como él, la quimera se mantuvo alerta. La relación de confianza era débil entre ambos.

—Con calma. —Oyó la voz de Dohko tras de sí e intentó seguir su consejo. Pero lo cierto era que, aunque su pulso se mantenía firme, por dentro tenía los nervios destrozados.

Al fin, tras lo que pareció una eternidad, la bestia mitológica agachó la cabeza y replegó sus alas, esperando el toque del santo. Después de aquello, no hubo más problemas entre ambos. De alguna forma, el espíritu feroz del animal parecía haber cedido ante la paciencia del peliturquesa.

—Lo consiguió. —No se dio cuenta, pero incluso él, Kanon, el que nunca se alteraba, había retenido el aliento. Una vocecilla en su cabeza le susurró que semejante hazaña nunca hubiera sido conseguida por él.

—Ahora viene lo más difícil.

—¿Montar a esa cosa? —El peliazul menor preguntó al lemuriano.

—Mantenerse encima.

De no haber sido por el gesto compungido del pelilila, Kanon se hubiera echado a reír ahí mismo. Pero no había nada sobre que bromear. Los rostros de Saga y Dohko lo confirmaban: un paso en falso y Camus se convertiría en la merienda de los bichos del mal. Dos pasos en falsos y, entonces, ellos se convertirían en la cena y en el desayuno del día siguiente.

Se sopló el flequillo y, de alguna forma que no alcanzó a descifrar, amarró su lengua. Lo último que necesitaban ahora era otro arrebato de su humor mordaz y oscuro.

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La confesión había sido lenta, dolorosa e increíble. A cada palabra de Aioros, soltada con temor tan grande como el suyo, Aioria sentía que el hueco en su estómago se hacía más y más grande. No se escuchaba otra voz a parte de la del arquero. Un silencio profundo y pesado apesadumbraba el ambiente.

Aioros le había contado cada detalle de lo que había sucedido, desde su partida hasta el día en que había regresado. No había dejado ningún detalle fuera y, durante la mayor parte del relato, aunque sorprendido, el león había permanecido en relativa calma. Pero, en el instante en que el relato llegó al punto en que el universo del arquero colapsaba y el ceñidor tomaba posesión sobre él, entonces todo rastro de tranquilidad se esfumó del más joven. Si hasta entonces había dominado la sorpresa, la confusión no tardó en imponerse.

La atención de todos estaba centrada en ellos, aunque las miradas les rehuían; y el santo de Leo entendía cada vez menos de lo que su hermano estaba relatando. Todo sonaba como una historia irreal, la trama de un mal libro que no le hubiese gustado leer; todo sonaba tan inverosímil. Por donde lo viera, nada tenía sentido… especialmente la parte en la que Aioros se convertía en un desconocido ante sus ojos.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó con la voz en un hilo. Se suponía que todo estaría bien. Ahora comenzaba a dudar que alguna vez lo estuviera.

—No lo sé.

—¡¿Cómo que no sabes?! ¡Todo esto es una locura! —Aioros desvió la mirada, sintiendo imposible sostener esa mirada esmeralda, repleta de cuestionamientos—. Tú y… Ares. —El león arrugó el ceño. ¿Cómo habían llegado a eso? —Aioros, podrías… podrías…

—"Morir." —Pensó el castaño. Claro que lo sabía y, aunque en su momento ni siquiera lo había considerado, lo tenía presente desde el instante en que reparó en lo que había hecho—. No pienses en eso ahora.

—¡¿Qué es lo que no quieres que piense?! Hay mil repercusiones para esto.

Aioros tragó saliva y confirmó sus temores con un asentir apenas visible. Él mismo había barajado decenas de escenarios, ninguno de ellos alentador. Lo único que pedía, que suplicaba con todo su ser a los dioses, era que aquel desastre solo lo arrastrara a él. Nadie más tenía que pagar por su momento de debilidad.

Se puso en pie lentamente, caminando nerviosamente por la habitación. Las miradas de todos siguieron cada paso suyo.

Lo cierto era que no tenía más que decir, porque Aioria era incapaz de comprender todo lo que significaban sus decisiones. Decirlas en voz alta no iba a cambiarlas, ni tampoco el disimularlas. Si algo, las hacía palpables y cercanas.

—¡Aioros! —Volvió a llamarle. Y, entonces, lo vio: aquel dejo de dolor y temor en los ojos de su hermano. Aioros estaba tan asustado como él mismo.

—Sé lo que significa haber hecho lo que hice. Sé las consecuencias y lo que implica un momento de debilidad. —Le oyó decir—. Lo que no sé es lo que hubiera hecho si dejaba pasar esa oportunidad. No sé como hubiera vivido pensando en que dejé pasar la oportunidad de recuperarte. —Entonces, los ojos del arquero volvieron a inundarse en lágrimas. Las secó, sin ningún tipo de finura, solo para regresar a su lado, sentándose junto a él. —Eres mi hermano pequeño, eres lo único que realmente es mío en este mundo. Y prometí cuidarte, desde que eras tan solo un bebé. Se lo prometí a nuestra madre: le dije que nunca dejaría que nadie te hiciera daño. Pero he hecho un pésimo trabajo cumpliendo mi palabra. Si has sobrevivido, si has crecido, si te has convertido en el maravilloso chico que eres… no ha sido en lo absoluto gracias a mi. Esta era la primera oportunidad que tuve de hacer algo valioso por ti. No importó el precio. Tu vida lo vale todo para mi.

Aioria no tuvo palabras para expresar lo que su corazón sentía… solo lágrimas. Lágrimas de cariño, lágrimas de dolor, lágrimas de remordimiento y lágrimas de frustración. Las emociones más contradictorias hicieron nido en su pecho, sin que pudiera controlar a ninguna de ellas. Sabía que su hermano le había devuelto todo, pero a la vez le había quitado algo terriblemente importante para si.

Tenía de regreso su vida, la esperanza de sobrevivir a aquel infierno y el resplandor de un futuro en el que, quizás, podría tener mucho más de lo que jamás se hubiera atrevido a soñar. Sin embargo, al mismo tiempo y sin que pudiera evitarlo, el sentimiento de pérdida se hacía más y más grande en su interior.

No podía imaginarse tenerlo todo aquello, pero no tener a su hermano. Si las decisiones de Aioros terminaban por costar más que un susto, Aioria no sabría que hacer al respecto. Lo había perdido una vez, ¿podría resistir una segunda? Y, si el león sabía algo sobre el sentimiento de pérdida era que siempre quedaba el vacío, sin importar lo mucho que se esforzara por llenarlo.

—Soy lo que soy gracias a ti—dijo, cuando consiguió hacer acopio de fuerzas para vencer el temblor de su voz.

—Aioria…

—¿Y qué voy a hacer yo si te pierdo de nuevo? ¿Eh? —Los labios del arquero se abrieron, pero no hubo palabras que salieran de ellos—. ¿Cómo voy a vivir sabiendo que por mi culpa, tú podrías…? —Aioria no pudo continuar y Aioros quedó mudo también.

Hubiese querido decirle que eso jamás sucedería, incluso tener alternativas para si mismo… Pero también sabía que, tenerlas, sería mentir. Ya con estar en la Edad del Mito, el futuro era incierto. Con Ares, de nueva cuenta atravesándose en su camino, todo empeoraba.

Fue así que, al quedarse sin respuestas, ni más disculpas, Aioros hizo lo único que sintió que podía hacer en ese momento: abrazar a su hermano, abrazarlo con toda la fuerza que tenía. Necesitaba aferrarse a lo más importante que tenía en el mundo, a lo que le recordaba el por qué lo sacrificaría todo.

Si, algún día, tenían que separarse de nuevo, se encargaría de irse habiendo remendando todas sus equivocaciones.

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—Si no fuera porque los pajarillos esos pudieran comernos en cualquier descuido, apostaría a que Camus se cae al lago antes de llegar a la isla.

La mirada de Saga fulminó a su gemelo, nada satisfecho con la escasa habilidad para mantener su lengua quieta. Usualmente era capaz de soportarlo, pero cuando la situación era tan tensa como en aquel instante, el humor oscuro de Kanon se tornaba insoportable.

—Tenemos que estar alertas. Cuando Camus consiga despertar a las aves, saldrán disparadas hasta aquí… y no estarán precisamente contentas. —Dohko miró la silueta del acuariano y la quimera, que se alejaban cada vez más.

—Quizás deberías intentar concentrarte. —Para sorpresa del peliazul más joven, Saga lucía más preocupado de lo que solía expresar su rostro—. Si fallamos en esto, el primer en pagar con su vida será Camus. No me gusta jugar con las vidas ajenas.

Y hablaba en serio. Una cosa era apostarse la vida propia en hazañas que parecían imposibles, y otra muy diferente era jugarse la vida de alguien más en el proceso.

Ya había pasado por una situación similar en el pasado, cuando en conjunto con Shura y Camus se habían internado en las doce casas en busca de Athena, contra todo pronóstico. En aquel entonces no solo había tomado responsabilidad sobre el destino de los otros dos santos, sino que también había irrumpido violentamente en la vida de todos los demás. No lo había demostrado, pero jamás en su vida se había sentido más sobrepasado por un sentimiento como aquel. Justo como ahora, cada decisión los afectaba a todos. No había espacio para equivocarse.

—Estemos alertas. Los demás cuentan con que regresemos completos. —Dohko y Saga asintieron a las palabras de Mu.

Kanon sonrió; vaya que estaba listo para enfrentar la aventura de nuevo.

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La insistente y risueña mirada de Milo no lo había abandonado por un solo segundo. Nomás abrir los ojos había estado ahí, y ahí había permanecido, siguiendo con una fascinación infantil cada uno de sus movimientos. Lejos de parecerle incómodo, a Aioria le había resultado reconfortante, especialmente después de la difícil conversación con Aioros. El tiempo que había pasado alejado de todos ellos había sido demasiado largo, demasiado tortuoso. Pero había descubierto lo mucho que los quería y lo insoportable que se sentía su ausencia.

Aioros no se había separado de él tampoco. Se había sentado a su lado, mitad vivo, mitad muerto, para no desatenderlo por un instante. Shura le había narrado lo sucedido en las tierras amazónicas, como si se tratara de una de aquellas leyendas que solo los niños terminaban de creerse; aunque su propia historia era digna de un cuento de hadas. Aldebarán y Shaka tampoco habían reparado en tiempos y cuidados. ¡Y ni hablar del montón de marineros que se asomaban a cada minuto por la puerta! No se conocían, pero le habían arropado con una amabilidad encantadora.

Sin embargo, había alguien más en esa habitación… un alguien que apenas se había acercado a saludarle antes, pero al que Aioria echaba muchísimo de menos. También habían tres pequeñas ausencias que no terminaba de descifrar y cuyo significado lanzaba oleadas de miedo en su interior. Solo alguien podía darle explicaciones al respecto.

Así que el león decidió estirar las piernas e ir en su búsqueda. Si la montaña no iba a él, entonces él iría a donde ella.

—¿Me ayudas? —Pidió a su hermano. La expresión en el rostro del arquero formuló las preguntas que su boca calló—. Quisiera caminar un poco.

—¿Quieres que te acompañe?

—No. De hecho—buscó con la mirada a su víctima—, ya tengo quien lo haga.

Torpemente, con ayuda de Aioros, se puso en pie y caminó trastabillando hasta el rincón, que le pareció demasiado lejano, donde Máscara de Muerte se encontraba. Lo encontró, no solo callado, sino en extremo pensativo… tanto, que ni siquiera reparó en el hecho de que él estaba de pie a su lado.

No así, el resto de los santos se mostraron intrigados al respecto. Era la primera vez que veían a aquel improbable par juntos y, aunque por la boca del italiano se habían enterado que la relación entre ambos había crecido, una cosa muy diferente era observarlos conviviendo.

Aioria suspiró, sin saber si debía sentirse ignorado o preocupado. Las noticias no habían sido alentadoras para nadie. Desde la muerte de Afrodita hasta el dantesco error de Aioros, el joven griego sentía que la cabeza la daba vueltas entre tantas ideas de dolor y sufrimiento. Había esperado que las cosas estuvieran un poquito mejor al volver con sus compañeros. No había sido en exceso optimista, pero tampoco lo suficientemente negativo como para pensar que el mundo de todos ellos colapsaba aún más rápido que el suyo. Pero Ángelo… Ángelo le preocupaba mucho más que su propia cordura, aún adormecida.

Por fin, se animó a hacerse notar.

—Eh, Ángelo. —Pateó suavemente la pierna del italiano, consiguiendo que levantara la mirada y enfrentara a la suya—. ¿No vas a darme la bienvenida? O, ¿qué?

—¿Ángelo? —Milo susurró a sus espaldas. El resto de las expresiones en los rostros de los santos no fueron muy diferentes a la del escorpión.

—Pensé que querrías dormir un poco más, princesa. —El italiano respondió un segundo después, sin darse por enterado de la sorpresa general que su nombre había causado. Abandonó el gran lío que su cerebro trataba de descifrar para avocarse en el rostro cansado de su compañero de aventuras.

Había en su rostro una sonrisa… una sonrisa extraña. A los oídos de Aioria, su voz había sonado burlona, como siempre lo era cuando se dirigía a él, pero su cara denotaba una tristeza tan inusual como preocupante.

—¿Qué? ¿No me extrañabas? O, ¿te olvidaste tan pronto de mi?

—Nah. Siempre has sido una molestia en el culo, así que es difícil olvidarse de ti. —Y con cada respuesta, las inquietudes de Aioria crecían. Porque, por irreal que pudiera parecer, los últimos días le habían enseñado a leer las emociones de Máscara Mortal, mil veces mejor que la decena de años anteriores.

—Menos mal—susurró, mientras tomaba un decisión—. ¿Quieres salir a caminar? Me hace falta un poco de Sol y, a ti, un poco de aire.

Vio la mirada de Ángelo desviarse hacia la persona que estaba a sus espaldas: Aioros. Supo que, de alguna manera, pedía su autorización. Comprendía que para el santo de Cáncer era importante que permaneciera al lado de su hermano. Aioros había hecho todo, literalmente todo, para traerlo de regreso y cada minuto de su presencia infundía fuerzas en él. Así que, si lo pensaba detenidamente, Máscara Mortal se consideraba un intruso y un ladrón de esos instantes que eran de ellos.

—Venga, no puedes negarte—insistió—. Te tendería la mano, pero si la tomas, me iré de boca directo al piso.

—Sería triste morir aplastado por un gato gordo. —Aioria torció la boca, más como un gesto divertido que como una queja.

Esperó pacientemente porque su amigo se pusiera de pie y, con los mismos pasos lentos y torpes con que había llegado a él, caminó a su lado hasta a la salida. Tenía muchas cosas que preguntar y probablemente no recibiría ni una sola noticia buena. Pero cualquier cosa era mejor que la incertidumbre. Llevaba mucho tiempo viviendo así: sin certeza de nada. Era momento de volver a tomar control de sus propias acciones.

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Llevaban caminando un buen rato sin destino fijo. Lo único que quedaba claro era el silencio entre ambos y el hecho de que ninguno de los estaba listo para volver a la cabaña.

Aioria también notó como Ángelo rehuía de su mirada. Se limitaba a caminar a su ritmo, con la boca cerrada y la cabeza en otro lado. Se dio cuenta que realmente no sabía que le preocupaba más: si el hecho de que el italiano fuera capaz de mantenerse tanto tiempo en silencio, o todo el esfuerzo que le estaba constando meditar lo que fuera que ocupara su mente. Ya había llegado ahí con la expectativa de que las noticias fueran malas, pero a cada momento lucían peor.

—¿Tengo que sacarte la verdad a cucharadas? —bufó.

—Escuchaste todo de tu hermano, ¿no?

—No lo que necesito escuchar ahora mismo.

—¿Y qué quieres escuchar, gato? ¡¿Eh?! —Se detuvo tan de improviso que el mismo león se vio sorprendido. El tono de su voz había aumentado de repente, sus gestos confirmaban el arranque de sentimientos. Aioria no supo como tomarse aquella reacción.

—Oye, tranquilo—musitó, sintiendo como todas las miradas de la gente a su alrededor recaían sobre ellos—. Solo quiero hablarte.

La respiración del peliazul se desbocó en cuestión de segundos ante la mirada atónita del santo de Leo. Aioria lo vio llevarse la mano a la boca para ahogar un gruñido y, un instante después, le vio avanzar a zancadas hasta el rincón más tranquilo que encontró cerca, donde se dejó caer. Con el ceño fruncido, las ideas revueltas y la ansiedad de no estropear todo, le siguió.

Se sentó a su lado sin decir nada, solo mirando el ir y venir de la gente de la aldea, que ya parecían haberse olvidado de ellos. Observó, de soslayo, el pie del italiano que no dejaba de golpear el piso, en una muestra indiscutible de ansiedad. Se mordisqueaba las uñas e, internamente, Aioria supo que hubiera matado por un cigarrillo. Nunca, en todo el tiempo que recordaba, había visto a Máscara Mortal así de frágil… mucho menos en los eventos difíciles que acababan de superar.

—Perdimos a los chicos, ¿cierto? —El corazón se le estrujó al ver al santo de Cáncer asentir—. ¿A todos? —volvió a cuestionar, con la voz quebrada y la esperanza de que todo fuera una equivocación.

—Corban está muerto. Nix y Altaír están desaparecidos.

—Oh, por Athena. —El rostro de Aioria se hundió en sus manos—. ¿Qué demonios pasó?

—El crío murió en el jardín; no hay nada que hacer por él, según la mismísima Athena.

—¿Qué hay de los otros?

—Artemisa ofreció traerlos de regreso. —El solo pronunciar aquel nombre le ardía en los labios.

—¿A cambio de qué? Ella no movería un dedo sin obtener nada a cambio.

—Ya sabes que es lo que quiere.

Aioria no respondió. En algún rincón de su corazón sabía que no deseaba escuchar la respuesta, porque lo que oiría era el triste recordatorio de que su vida aún no dependía por completo de él.

Orión—dijo con la voz en un hilo. Ángelo volvió a asentir.

—¿Qué sabemos de él?

—Nada. —Los ojos esmeraldas del castaño se centraron en sus propias manos. Hasta ese momento no se había atrevido a encender su cosmos. ¿Tendría de regreso su cosmoenergía? ¿O, seguiría dependiendo del poder prestado del cazador?

—Da lo mismo. No voy a intercambiarte por ellos… Artemisa no tendrá lo que quiere.

Máscara Mortal no obtuvo reacciones, solo silencio. Aioria se tornó tan taciturno y callado como él mismo.

Pero, no mucho después, la expresión en su rostro dio un giro radical. Ángelo no pudo sino sentirse receloso al respecto.

—¿Qué pasa?

—Es solo que… —De pronto, el santo de Leo no estaba tan seguro. Quizás todo el ajetreo le había molido las neuronas, o tal vez solo era locura, pero la idea había surgido con más rapidez de la que le hubiera gustado.

—¿Qué? —insistió. Tanto misterio en un rostro transparente como el de Aioria le ponía los pelos de punta—. ¿Tratas de matarme de angustia? Lo que sea que tengas que decir, dilo.

—¿Has escuchado el dicho "Ten cuidado con lo que pides, porque puedes obtenerlo"? —Máscara Mortal frunció las cejas, sin estar seguro de estar entiendo la conversación—. Creo que es momento de que Artemisa comprenda lo que eso significa.

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Desde arriba, las vistas eran impresionantes.

Sus compañeros se veían como un montón de pequeños puntitos negros en la orilla dorada del lago. Hacia delante, solo veía el azul de las aguas sin corriente y, al fondo, la isla que era su destino. Quizás era cuestión de su humor, pero aquella parte del lago le resultaba terriblemente oscura en comparación con el resto.

El animal que montaba se movía suavemente entre las ráfagas del viento. Esa parte, sin duda le había sorprendido, pues esperaba un viaje más agitado y peligroso, lo cual no había sucedido. No iba a negar que había sentido un recelo tremendo al treparse sobre la quimera. Pero ahora que estaba sobre su lomo, a decenas de metros sobre la tierra, se sentía más seguro de lo que hubiera esperado. Solo esperaba que, cuando la situación apremiase, su amigo alado y él encontraran el modo de sobreponerse a la adversidad y salieran vivos del hormiguero en el que estaban a punto de meterse.

Inconscientemente, llevó la mano a su cinto, donde llevaba la campanilla colgada. Tenía que cuidarla, porque el éxito de la misión descansaba en ella.

De pronto, el tiempo para divagar se terminó antes de lo que hubiera querido. La quimera comenzó a perder altura a medida que se acercaban a la diminuta isla. Abajo, solo encontró destrucción y muerte. Era oscura, fúnebre y siniestra.

En el corazón de ella, Camus alcanzó a distinguir la boca de la cueva que, asumió, era el hogar de las aves. Entrecerró los ojos y, sin darse cuenta, contuvo la respiración. El momento de la verdad había llegado.

—Más vale que esto funcione. —Internamente, se encomendó a todos los dioses de los que su mente se acordó. La quimera pareció leer sus pensamientos; su vuelo se tornó todavía más sigiloso, describiendo círculos en el cielo, por encima de la isla. Camus tomó la campanilla de plata en sus manos. Tuvo cuidado de que las ráfagas de viento no se la arrebataran. —Espero que puedas volar más rápido de lo que lo has hecho hasta ahora.

La bestia gruñó y, de alguna forma increíble, el francés sintió como si estuviera respondiéndole. Tenía que estar muy presionado para llegar al punto en que conversaba con un león alado.

Echó un vistazo más allá, hacia la orilla donde sus compañeros esperaban. Sabía que estarían tan ansiosos como él y que, seguramente observaban con atención cada movimiento suyo. Pues bien, era el momento de añadir adrenalina a la fórmula. Ya quedaba de los dioses lo que iba a pasar con ellos a partir de ese momento.

Sacó la campanilla y la hizo sonar. El suave tintineo del cascabel llegó a sus oídos con el arrastre del aire. Sonó una vez… dos veces… tres… Después, todo cambió.

Fue como si el mundo se congelase a su alrededor. El viento dejó de soplar; los árboles y el agua dejaron de moverse. El mundo, para Camus, se tornó lento. Solo el batir de las alas de su montura retumbaba en sus oídos. Paz… una paz que daba miedo.

Entonces, sus temores cobraron vida. Las sombras en la cuevas convulsionaron, mientras el chillido estremecedor de las aves se abrió paso en el silencio. Ni siquiera el poderoso rugido de la quimera fue capaz de acallarlos.

Habían despertado.

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Algo en el interior de Aretha se revolvió cuando sus ojos azules recorrieron el panorama frente a ella.

Desde lo alto del balcón principal, no había un solo rincón de Troya que escapara a su vista. Podía verlo todo: desde los palacios de los nobles, arropados bajo la sombra del Palacio Real, hasta los tejados agujerados de las casuchas más pobres, que se postraban ante la majestuosidad de las enormes e impenetrables murallas. No había ciudad más regia y orgullosa que aquella. Incluso Atenas, ciudad de los dioses, enmudecía en comparación con los tesoros que Troya guardaba en sus entrañas.

Pero no habían sido las torres de vigía, techadas con láminas de oro las que le habían incomodado. Ni siquiera le habían importado los rostros ecuánimes de las estatuas gigantes que resguardaban las cuatro entradas a la ciudad. Tampoco había cedido ante las galeras de guerra, que se deslizaban sobre el mar adormilado e infinitamente azul de la bahía. Ni mucho menos había prestado atención al contraste de la arena dorada de la playa y el verde intenso de los pastizales de pastoreo.

Lo que realmente le había causado escalofríos era el graznar incesante de las gaviotas, revoloteando frenéticamente en la playa, y en lo alto de las columnas.

Revoloteaban alrededor de los cuerpos descompuestos y decapitados, ensartados en lanzas y repartidos en el extremo norte de la bahía. Los niños corrían alrededor de ellos, espantando a las aves, indiferentes al grotesco espectáculo. Desde lo alto de las murallas, las cabezas perdidas les observaban, con las cuencas vacías de los ojos, que las gaviotas habían devorado ya.

Mujeres. Todas eran mujeres.

Amazonas.

Aretha desvió la mirada de aquel sádico espectáculo y se esforzó por mantenerse centrada en la misión que la había llevado hasta ahí. Con suerte, Periandro aparecería pronto, hablaría con él, y él mismo la escoltaría hasta donde Phineas. Entonces, podría volver con los chicos.

Tal como había deseado, la puerta se abrió unos segundos después, dando paso al Rey, seguido de su guardia personal. El hombretón se detuvo frente a ella. Pudo sentir su mirada, llena de prejuicios, recorriéndola con incredulidad. Pero la ninfa no iba a inmutarse en lo absoluto. Apretó los puños y se plantó frente a Su Alteza; nunca se arrodilló. Era una ninfa, y como tal, no respondía ante las jerarquías de los hombres. A sus ojos, solo existían dioses y mortales, y todos los mortales eran iguales.

—Cuando me informaron que un mensajero de los santos estaba aquí, no esperaba encontrarme a una chiquilla. —Le escuchó decir—. Espero que tengas algo importante que decir y que de verdad vengas en su nombre. No me gustan las bromas.

—Traigo una petición de los santos a Phineas—dijo, sin que un solo gesto revelara sus emociones—. Pude ir directo a ello, pero elegí venir a ti primero, porque eres su Rey y mereces respeto de mi parte. Pero no esperes devoción, rey de mortales, pues no vas a tenerla.

Su mirada chocó con la de él, pero el monarca no encontró nada más que calma. No la conocía, ni tenía idea de quien era. Sin embargo, sus ojos no eran los de una mujer, ni tampoco los de una diosa. En aquel aspecto, le recordaba mucho a los protegidos de Athena: no pertenecían al mundo mortal, pero tampoco al divino: Estaban atrapados entre ambos, con lo mejor y lo peor de cada mundo.

—He cumplido mi pacto con ellos de ayudarlos. —Y Aretha encontró fácil de comprender el significado detrás de sus palabras.

—Mira atentamente por el balcón, rey. Verás cabezas adornando tus murallas y cuerpos desmembrados esparcidos por la playa, que no estarían ahí de no haber sido por ellos. No fue tu ejército el que destruyó Temiscira. Llegaste a una ciudad devastada por el pánico y la traición, para apropiarte de un triunfo que los dioses jamás te dieron.

—Pagué mi deuda.

—Oh, no—ella negó—. Tu deuda con ellos es mucho más grande de lo que puedes pagar.

Pero antes de que Periandro tuviera oportunidad de decir, o hacer, algo más, la puerta principal volvió a abrirse, dando paso a Mirra, seguida de su propio séquito de doncellas. Cuando la princesa reparó en la presencia de la ninfa, su asombro se hizo evidente. Sin embargo, recuperó la compostura más pronto de que ella misma hubiera pensando y esbozó una sonrisa de resignación.

—Padre—saludó al rey, acompañando sus palabras con una reverencia.

—Tengo asuntos importantes entre manos, Mirra. No tengo tiempo para tus tonterías. —Apenas su padre había terminado de hablar, la joven princesa centró su atención en Aretha. La recorrió con la mirada mientras su sonrisa se llenaba de ironía.

—Me parece, padre—habló—, que ella no es del tipo de asuntos de los que tanto te gusta encargarte. —Mirra sabía que desde la muerte de su madre, el Rey no había tenido problemas para encontrar mujeres que calentaran su lecho cada noche. Pero ya sabía que Aretha no era una de ellas. Phineas se lo había dicho.

—Cuida tu lengua. Una princesa puede prescindir de ella.

—Sé que no lo harías—respondió tan rápido como pudo, y después, pasó a ignorarlo, concentrándose en la ninfa pelirroja—. Esperábamos por ti.

—¿Cómo…?—titubeó, sorprendida—. ¿Cómo sabrías que vendría?

—¿Yo? No. Pero Phineas te esperaba. —La mirada de Mirra buscó la de Periandro; supo que su padre no tendría réplica al respecto. Los favores de Apolo hacia Phineas eran tan valiosos que no podía perderlos por una tontería. —¿Nos disculpas, Alteza?

Periandro no respondió porque las palabras no acudieron a su labios. Simplemente se quedó ahí, con el ceño fruncido y los labios apretados, observando como su hija guiaba a la ninfa hacia las entrañas de su palacio. Las vio desaparecer, a sabiendas de que no podía hacer nada. Lo cierto era que tampoco le disgustaba del todo.

Ya había hecho suficiente ofendiendo a un dios como Ares, al tomar Temiscira. Lo que menos necesitaba era echarse a la mismísima Athena en su contra.

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Resultaba increíble pensar que, la misma bestia que unos minutos antes les había hecho parar el corazón, ahora se había convertido en víctima de una animal más grande. Pero era precisamente eso lo que estaba sucediendo.

Las aves de Ares habían despertado enardecidas; una veintena de ellas. Salieron del agujero de la isla cual saetas, dispuestas a destruir lo que se interpusiera en su camino… y lo primero que se cruzó frente a ellas, fue la visión de la quimera, con el santo a cuestas. De inmediato se abalanzaron sobre ambos, sin el más mínima titubeo. Cientos de plumas volaron por todas partes, tan caóticamente como arreciaban sus chillidos, que sonaban como el grito desesperado de las almas que viven en tortura eterna en el Inframundo.

El objetivo estaba en la mira, solo tenían que ir por él y atraparlo.

Y ahí estaban, superando al enorme león alado por más del triple de su tamaño. Sus garras y picos afilados, resplandecían en tonos color bronce bajo el Sol del día. Su plumaje, entre carmesí y negro, se coronaba con una cresta espinosa de oro y terminaba en una larga y espesa cola cuyas plumas simulaban un río de sangre que se desbordaba por ella. Sus miradas, de un amarillo intenso, complementaban la terrorífica apariencia que en poco competían con la agresividad de su comportamiento. En pocas palabras, su aspecto terrible palidecía en comparación con su sed de sangre.

—¡Vamos! ¡Vamos! —El grito de Camus se perdió entre el alboroto a su alrededor, que amenazaba con enloquecerlo. Una esfera de cosmos se formó en la mano libre, mientras con la otra se aferraba con desesperación a la melena de su montura. La lanzó en contra de uno de los pájaros que le seguían. El golpe de energía impactó de plano en el costado del animal que, con un grito, perdió altura. Pero una fracción de segundo más tarde, el francés volvió a encontrarle nuevamente en su camino. —¡Maldición! —Los había subestimado.

Las aves volvieron a arremeter en su contra, con picotazos e intentos infructíferos de pillarles con sus garras. Hubo un par de ocasiones en que los ataques pasaron tan cerca de él, que el santo estuvo a punto de caer del león. Aún así, la quimera peleó con todas sus fuerzas. Surcó el aire como nunca antes, con una facilidad, rapidez y gracia impropias para un animal de su tamaño.

Tal parecía que incluso la quimera sabía que no tendrían oportunidad si eran alcanzados, porque voló entre ellos, escurriéndose de su poder.

Sus alas se batían lo más rápido que podía, acompañadas del rugido incesante del león que buscaba, pero no conseguía, intimidar a sus perseguidoras. Volaba erráticamente, pandeándose de lado a lado en un intento de esquivar los ataques en su contra. Sin embargo, sus esfuerzos lucían más y más inútiles con el paso de los segundos. Las aves los superaban en número y, por mucho que Camus quisiera ayudar, sus ataques de energía cósmico no surtían resultado.

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Saga, Kanon, Mu y Dohko observaban, desde la orilla del lago, envueltos en impotencia. Veían a Camus ir y venir, rodeado de aves asesinas que le cerraban el camino. Pero, con todo y el deseo de ayudar, tenían las manos atadas.

Los movimientos del acuariano eran tan rápidos y erráticos que, al más mínimos descuido, podría ser él quien terminara siendo víctima del fuego amigo. No tenían espacio suficiente para atacar sin temor a herir a su propio compañero. Hasta que no estuviera más cerca, o se separara lo suficiente de los pajarracos, no había forma de garantizar su integridad física. Desafortunadamente, aquella había terminado por ser un situación que no habían previsto.

—Esto no puede ser—Saga siseó. Sus puños estaban cerrados con toda la fuerza que su frustración le daba—. Se supone que nosotros debíamos cuidarle las espaldas.

—Pues ahora la mejor manera de cuidarlo es no matarlo por accidente. Tendremos que esperar a que se acerque lo suficiente o a que los bichos esos le den un poco más de espacio.

El santo de Géminis echó un fugaz vistazo a su hermano, solo para encontrarlo tan concentrado como él mismo. Las bromas y el juego de sarcasmo habían terminado tan pronto las aves de Ares habían despertado. Ahora, sus ojos seguían cada movimiento de Camus a la distancia, mientras sus puños se preparaban para actuar a la primera oportunidad que tuvieran. Todo indicaba que Kanon hablaba tan en serio como el resto de ellos.

—Camus tiene que bajar—ambos escucharon a Dohko—, y en el momento en que lo haga tenemos que estar listos.

—Es esperar demasiado.

—Lo sé, Saga, pero de momento es lo más seguro.

—¡Míralo! La quimera apenas puede esquivarlos. ¡Son demasiado grandes y demasiado rápidos!

—Y si Camus intenta congelarlos, la posibilidad de que termine por congelar a su propia montura es muy alta. —Mu añadió.

Los gestos de Dohko se endurecieron todavía más con cada observación de sus compañeros jóvenes. Apretó los puños y tensó la mandíbula, a sabiendas de que tenían razón. Con el paso de los segundos, el francés se metía en más y más aprietos. Tenían que pensar en algo, pronto y rápido; no había más tiempo que perder.

Pero, antes de que pudiera hacer cualquier cosa, una esfera de cosmos se le adelantó. Sin dar crédito a lo que sucedía, observó como el golpe de energía surcó el aire, para perderse en el cielo, pasando a una distancia mínima de los pájaros. No impactó a ninguno de ellos, pero consiguió acercarse lo suficiente como para pillarles desprevenidos y obligarlos a cambiar el rumbo que llevaban. Por unos pocos segundos, Camus tuvo un respiro.

Incrédulo, el santo de Libra volteó en busca del responsable de aquel acto impulsivo. Sus ojos chocaron con la sonrisa descarada de Kanon, en cuyas menos brillaban dos nuevas esferas. Se dio cuenta que tanto Saga, como Mu, le contemplaban con igual asombro.

—Si no puedo matarlos, al menos les daré un susto para recordar. —Y, sin decir más, lanzó las esferas de energía que ya tenia preparadas. Un grito de emoción se les escapó cuando los animales volvieron a revolverse en el aire gracias al ataque. —¡¿Qué demonios esperan?! —Volteó hacia sus compañeros de misión—. ¿Una invitación?

Les tomó un segundo reaccionar, pero cuando lo hicieron, tras una mirada que gritaba "Estás loco" al gemelo, los otros tres santos le imitaron.

Los ataques no estaban destinados a golpear a ninguna de las aves, ni siquiera pretendían rozarlas. Lo único que necesitaban era interrumpir las rutas que usaban para acosar a la quimera. Poco después, el león alado se vio surcando el cielo con más libertad de la que había pensado. Sin dudarlo, aprovechó cada centímetro que las aves le dieron. Mientras más pronto alcanzaran la orilla, más pronto estarían a salvo. Camus lo sabía y el instinto del animal también se lo dictaba.

—¡Apresúrate! —El francés supo que estaba lo suficientemente cerca como para escuchar la voz escandalosa de Kanon. Un poco más y lo habrían logrado.

Sin embargo, justo cuando la quimera conseguía librar a un ave, otra los golpeó por encima. Las enormes alas del pájaro les cubrieron, mientras sus garras metálicas arañaron la piel del león y también hirieron la espalda del santo. El animal rugió ante el dolor, Camus gritó; y entonces, el mundo de ambos se colapsó en unos segundos.

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Apolo se adentró en el templo ajeno demostrando más estoicismo del que verdaderamente tenía. Había llegado ahí por necesidad, no por gusto, y no esperaba que Hermes le recibiera con los brazos abiertos; mucho menos después del arrebato de rabia que había protagonizado en el Areópago.

Lo cierto era que no esperaba un bienvenida, ni mucho menos un toque de política en las reacciones del mensajero. Hermes no era así. Con todo lo afable que alguna vez fuese, ahora parecía extraviado en sus propias obsesiones… y, por el momento, los chicos que Artemisa había secuestrado del Inframundo eran la más reciente de ellas. No habría forma de que renunciara a ellos tan fácilmente.

Pero, como de algún modo tenía que intentar aplacar la rabia de Hades y salvar a su hermana en el proceso, no había tenido otra opción que ir en su búsqueda. No tenía nada más que perder, y quizás tendría algo que ganar.

—No esperaba visitas tan pronto. —Apolo oyó su voz, pero no alcanzó a divisarle. Así que esperó pacientemente a que Hermes le diera la cara. —Pensé que mi actuación en el Areópago bastaría para mantenerles lejos.

—Fue impresionante, pero no esperes que te sirva por mucho tiempo. Hay demasiados dioses interesados en ti.

—Entonces tu serás el primero de ellos, porque ninguno ha venido hasta aquí a buscarme.

Fue en ese momento que el dios del Sol vio a su hermano aparecer. Estaba ahí, de frente a él, envuelto en su túnica color aceituna, con los cabellos turquesas acariciándole el hombro desnudo. Sujetaba sus vestiduras a su hombro derecho, con un broche de oro en forma de pluma, mientras varios hilos de oro en enredaban en la melena ondulada.

Para Apolo, su rostro lucía más tranquilo de lo que hubiese esperado; cínico, pero calmado. Caminó hacia él con parsimonia, como si nada hubiese sucedido jamás. Sin embargo, Apolo sabía que no era así. Si Hermes sentía culpas, entonces las sentía de verdad. Nunca había sido del tipo de personas que defendieran una causa con una pasión que no sentía. Sus gestos podían demostrar un cosa, pero su alma aún ardía con los hechos que le resultaban indignantes.

—Necesitamos hablar.

—¿Otra vez? Hemos hablado mucho ya, ¿no te parece? —El mensajero de los dioses le respondió.

—Los niños tienen que volver al lugar de donde salieron.

—¿Al vientre de sus madres? Lo veo complicado. —El sarcasmo se acompañó de un gesto de fastidio total. Hermes se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos, con Apolo siguiéndole de cerca.

—Hades los quiere de regreso. Perséfone ha venido a mi, en persona, para recuperarlos.

—La pequeña Emperatriz debió venir a mi. Seguramente encontrábamos un modo divertido de solucionar nuestras diferencias.

Apolo bufó al escucharlo. Le irritaba terriblemente aquella actitud de Hermes, cuando se proponía ser el tipo más odioso del Olimpo, cuando fingía no tomar nada en serio.

—Deja que Hades te escuche y esos niños serán el menor de tus problemas.

—No es ningún secreto que la pequeña Perséfone dejó de serlo hace mucho. Por favor, no te escandalices de la falta de doncellas entre nosotros. —Entonces, una sonrisilla burlona se le dibujó en el rostro—. Quizás incluso aquellas que se jactan de serlo, no lo sean más.

El mensajero divino supo que había tocado una fibra sensible cuando sintió el ligero descontrol en su acompañante. Había ciertos asuntos sagrados para Apolo y Artemisa estaba justamente en el primer sitio de la lista. Todo el Olimpo sabía los esfuerzos del dios Sol por mantenerla pura, casta como debía ser una doncella… y todo el mundo sabía también de sus fracasos. Probablemente, los únicos que idiotas que seguían tragándose el cuento de la virginidad de la rubia eran Apolo y Zeus: el hermano sobreprotector y el padre indiferente.

A decir verdad, Hermes jamás había comprendido bien aquel estricto asunto que poco aportaba para todos. Después de todo, dioses y mortales vivían sometidos a sus emociones. Entonces, ¿qué diferencia había con entregar un pedacito del alma a cambio de aquello que llamaban "amor"?

A su forma de verlo, solo había un pequeño problema con ello: dolía.

—No vine aquí a discutir acerca de doncellas, de aventuras pasadas o relaciones inapropiadas. —El peliturquesa se sintió frustrado al descubrir que sus agudos comentarios no habían bastado para deshacerse de Apolo—. Por ahora, eso no me interesa.

—¿Y qué propones, Apolo? —Se dio la vuelta para encararle con tanta rapidez, que el pelirrojo se sorprendió. Hermes disfrutó para sus adentros la expresión de confusión en el dios profeta y la atesoró, porque seguramente la continuación de aquella plática terminaría por darle dolor de cabeza.

—No propongo nada. Solo exijo que devuelvas las almas que tomaste del Inframundo.

—No entiendo la repentina preocupación. —Pero lo hacía.

—Mientras el nombre de mi hermana esté mezclado en esto, no descansaré hasta solucionarlo.

—Pues has de saber algo. —Apolo arrugó el ceño. Sabía que lo que seguía no le gustaría. —Me importa poco lo que sea de ella, incluso lo que sea de mi. Esos niños no pidieron volver a la vida, sino que fueron víctimas de un capricho nuestro más. Ya habremos de pagar por ello cuando sea el momento. Pero mientras tanto, ellos se quedarán aquí.

—¡No puedes tenerlos aquí para siempre!

—No me retes, hermano. No sabes bien de lo que soy capaz.

—Hermes…

—Y, calla, que no escucharé nada más de ti—terció, dando fin a la discusión—. Preferiría entregárselos a Athena que devolvérselos a Artemisa, o a Hades.

De inmediato, retomó el camino hacia sus dormitorios. Ya lo había dicho: no soportaría una palabra más de Apolo; no cuando su intención beneficiaba a Artemisa.

Y tampoco había mentido sobre la decisión de entregarle los chiquillos a Athena, pues había barajado esa posibilidad antes. Lo más probable era que no fuera capaz de cuidar de ellos, ni de enfrentar el poder de un dios tan dominante como lo era el señor de los muertos. Pero antes de perderlos, antes de darse por vencido una vez más, prefería tragarse su orgullo. Athena habría de cuidar de ellos, porque de una forma u otra, estaba también en deuda con los críos.

Solo necesitaba averiguar el modo de romper el vínculo entre Artemisa y los niños. Cuando consiguiera hacerlo, no habría forma de que la diosa de la Luna volviera a meterse en su camino.

—¿Qué hay de Orión? —Volvió a oír la voz de Apolo, ésta vez más lejana. No necesitaba voltear para saber que no le seguiría más.

—Orión camina en el mundo de los vivos, y no será fácil que puedas volver a tocarlo.

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—¡Camus!

El grito colectivo retumbó en el lago. Los cuatro pares de ojos observaban, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo.

Habían visto como la quimera era atrapada entre dos aves; una le había impedido avanzar, mientras la otra los había atrapado por arriba. Habían escuchado también el rugido lleno de dolor del animal herido, al igual que el quejido de su compañero. Después, los habían visto precipitarse al vacío.

El cuerpo de Camus había golpeado el agua, siendo tragado por el lago para no volver a flotar. La suerte de la quimera había sido ligeramente distinta. Durante la caída, el animal había conseguido estabilizarse de algún modo y, justo antes de que cayera al lago, torpemente consiguió alzar el vuelo. Se mantuvo a ras del agua, porque sus heridas le impedían volar más alto, pero a la vez, fue aquello lo que le mantuvo con vida. Con el agua tan cerca, ninguna de las aves iba a arriesgarse a caer en ella.

Pero la atención de los santos no permaneció en la quimera por mucho más tiempo, ni tampoco reparó en su destino.

—¡Ve por él! —Dohko giró rápidamente hacia Kanon. De todos, probablemente en él era el mejor nadador, dada su vida en Atlantis.

El gemelo tardó en reaccionar. De pronto, se sentía abrumado, todo estaba sucediendo espantosamente rápido. Si debía ser sincero, tenía que admitir que no había pensado que la misión terminara por ser difícil. Para él, todo se limitaba a ir por las aves, sacarlas de su agujero y matarlas a como diera lugar. Eficientes, rápidos y sencillos.

—Voy—musitó mientras corría al lago. Se lanzó al agua con la horrible idea de ser incapaz de encontrarlo. Esperaba que, pasara lo que pasara, Camus pudiera mantenerse a flote hasta que él llegara.

Mientras tanto, las aves se precipitaron en contra de los que habían quedado en la orilla. Habiendo perdido de vista a sus primera víctimas, rápidamente habían encontrado a su nuevo objetivo.

—¡Mu! —El lemuriano supo lo que Dohko quería de él.

—¡Muro de cristal!

La pared invisible se alzó entre ellos y sus perseguidores. El estallido que el muro de energía despidió cuando los animales chocaron contra él, fue estruendoso. Confundidos, los pájaros chillaron mientras seguían intentando atravesar la barrera que sus ojos no distinguían. Se lanzaban, una y otra vez, haciendo temblar la defensa de los santos. Centellas de luces saltaban a cada embate. Sin embargo, el muro resistía.

Una nueva serie de golpes impactó contra la barrera de cosmos. Pero, los monstruos no estaban dispuestos a retroceder. Entonces, lo impensable sucedió.

Con los gritos arreciando y la fuerza frenética golpeando la técnica defensiva de Mu, el muro pareció pandearse. Una bruma carmesí apenas perceptible emanó de las aves y pareció infundir nuevos bríos a sus esfuerzos. Los santos se quedaron perplejos, contemplando como su defensa se curvaba más y más cada vez. Las miradas de Saga y de Dohko se centraron en el santo de Aries. Los lunares fruncidos en su rostro lo decían todo. Tarde o temprano, cedería.

—Hay que atacar. —Dohko escuchó a Saga. Lo miró por un instante y reparó en el semblante imperturbable en su rostro. En un segundo había pasado de un nerviosismo total a un control absoluto. Supuso que el guerrero en él había aflorado ya.

—Hagámoslo. Ya no hay limitaciones, ni nada que cuidar. —Fugazmente, sus ojos se fijaron en la distancia, donde había visto a Camus caer. Ojala estuviera bien.

Y, sin más consideraciones ni preámbulos, una lluvia de golpes de cosmos surcó el aire.

Las aves retrocedieron, espantadas por el imprevisto ataque. Sus plumas oscuras volaron con el batir de sus alas y sus graznidos se tornaron accidentados, en vez de furiosos. En su afán de retroceder se golpeaban entre ellos, sus propias alas se volvían en su contra. El elemento sorpresa había bastado para confundirlas. Pero…

—No es suficiente. —La acotación de Mu no pudo llegar en peor momento. Sin embargo, tampoco podían negar que era cierto. Por muy precisos que fueran sus ataques, el daño que ocasionaban era nulo. Las plumas volaban por todos lados, pero ninguna herida se abría en sus pieles. —No está funcionando.

—¿Por qué…? ¡Esto es una mala broma! —El chino lanzó un golpe más grande que todos los anteriores. Se sentía frustrado.

Su último ataque golpeó a uno de sus oponentes, sin mayores repercusiones, como todos los anteriores. Dohko maldijo. Su misión no era espantarlas, su misión era terminar con ellas… y no estaban acercándose ni mínimamente a ello. Si algo no cambiaba pronto, estarían en problemas.

—Dejemos el juego y seamos agresivos. —Saga hablaba en serio. Muy en serio. Su cosmos se desató como una tormenta, como hacía mucho no lo hacía. Brilló, aun bajo la claridad del Sol, convirtiéndose una fuerza capaz de hacer danzar las galaxias al ritmo que dictase. Si sus enemigos exigían más de él, entonces estaría dispuesto a demostrarles que su poder iba mucho más allá de lo que había demostrado. Tenía poder de sobra dentro de sí y estaba dispuesto a usarlo. —¡Explosión de Galaxias!

Y bajo su mandato, las estrellas se consumieron, liberando la fuerza destructiva de su vida. El viento rugió y el lago convulsionó. Todo a su alrededor enmudeció, dejando el vacío del gran estruendo.

-x-

—¿Eres amiga suya? —Aretha llevó su mirada azul hacia el rostro curioso de la princesa troyana—. De los santos, quiero decir.

—Si, lo soy.

Habían caminado un largo trecho sin intercambiar una sola palabra, aunque en lo que la ninfa respectaba, había sentido la mirada intrigada de Mirra sobre ella en más de una ocasión. Pero no había sido sino hasta esa ocasión en que la princesa se atreviera a hablarle. Si debía decirlo, Aretha no estaba muy segura de lo que esperaba de ella.

—¿Cómo se encuentran? ¿Han llegado a Atenas ya?

—No, no. Me temo que aún están lejos de casa—respondió con pesar. Ojala algún día tuviera la dicha de ser portadora de buenas noticias.

—Esperaba que ya estuvieran ahí.

—Han desviado el camino, por razones importantes para ellos y para Athena.

—Vaya… —Y la expresión en el rostro de Mirra le dejó saber que la princesa sabía bien que tal desvió no venía con ninguna razón buena. Sin embargo, también tenía que admirar el hecho de que fuera lo suficientemente prudente para callar. Por lo poco que había visto de la nobleza troyana, el silencio no era una de sus virtudes.

Las otras doncellas que iban a pasos presurosos tras de ellas la alteraban. Como criatura libre que era, la pelirroja nunca había comprendido el por qué de la servidumbre entre los hombres. Incluso los reyes poseían brazos y piernas para encargarse de si mismos. Si bien, el tiempo les despojaba de las fuerzas de su juventud, no les convertía en completos inválidos. Y, sin embargo, ahí estaban: el cortejo de mujeres que seguían cada paso de su princesa, en silencio y con la cabeza gacha. Pero, por muy silenciosas que fueran, tenían oídos como el resto de los demás. Aretha no se sentía cómoda llevando cualquier conversación delante suyo.

Mirra, a su lado, tenía algo en mente; de eso estaba segura. Las miradas de soslayo no habían cesado y, si tuviera que adivinar, la ninfa diría que la siguiente pregunta llegaría pronto. Había demasiada curiosidad en los gesto de la princesa como para dejarla escapar así de fácil.

—No sabía que Athena tenía ninfas a su servicio—dijo, al fin. Para sus adentros, Aretha sonrió.

—Es porque no las tiene. Athena es una diosa de guerreros, no de doncellas.

—Entonces, ¿qué eres tú, exactamente?

—Te lo dije antes: soy amiga de sus santos. —Aretha se encogió de hombros. Sin embargo, la sonrisilla que iluminó los labios de Mirra, le resultó ligeramente irritante.

—O sea que lo haces por ellos.

—Así es.

Aunque sus respuestas habían sido firmes y controladas, Mirra ya había ido mucho más allá. Después de todo, ella misma había caído bajo los encantos de uno de esos hombres venidos desde otra Era. Así que, en ningún momento le pareció descabellado pensar que una ninfa pudiera seguir los mismos pasos que la habían guiado a ella.

—Me pregunto que extrañas circunstancias unieron a una ninfa con trece hombres de guerra. —Una vez más, la huidiza mirada de la princesa hizo centro en ella.

—La suerte… o el destino, como prefieras llamarlo. Ellos salvaron mi vida una vez y yo siempre agradeceré esa acto de bondad para siempre.

—Y con creces.

La ninfa arrugó el ceño y retiró la mirada de la princesa. No le gustaban las implicaciones que sus palabras llevaban… aunque fueran por completo ciertas. El silencio de las doncellas a sus espaldas le resultó más insoportable porque, aún a riesgo de sonar paranoica, sabía que ellas comprendían también el significado detrás de los comentarios de su princesa.

De todos modos, no ganaba nada pensando en ello, solo sentirse intimidada. Y, si había plantado cara a un rey de furia rápida, entonces podía manejar los pensamientos de un montón de chicas cuyo único trabajo era asentir a los deseos de una princesa mimada.

—¿Falta mucho?

—Su habitación está al final del pasillo. Este es un palacio enorme y ella prefiere estar en el ala más tranquila, lejos de los campos de entrenamiento.

—¿Ella está… mejor? —Su propia pregunta le pareció estúpida. Había visto a Phineas en su peor momento; con las cuencas de los ojos vacías y sangrantes, y la vida pendiendo de un hilo.

—Está más tranquila. Los curanderos dicen que pronto podrá marcharse al templo de Apolo, donde pertenece. Quiero que sepas algo más. —La ninfa prestó atención—. Si algún día necesitas algo más de ella, acude directamente a mi. Mi padre no volverá recibirte con los brazos abiertos. De hecho… ahora mismo no le agradas. —Aretha sonrió; se imaginaba que así era. Pero justo entonces, las doncellas se adelantaron en ese preciso momento para abrir una pesada puerta de madera, con remaches en plata y oro, cediendo el paso a su señora. Una enorme habitación, repleta de todos los lujos que al joven sacerdotisa pudiera desear, se abrió delante de los ojos de Aretha. Al fondo, envuelta en mantas y sentada en un kliné a mitad del balcón, vio a Phineas. La ninfa sonrió, solo para recordar, poco después que no podía verla. Entonces, oyó el murmullo de Mirra a sus espaldas. —Las pesadillas siguen, aunque sus sueños no tienen sentido.

—"Después de lo que ha vivido, es imposible no vivir con miedo."

Aretha, sin embargo, se guardó sus pensamientos. Mirra, en su palacio de mármol, no alcanzaba a imaginar el penoso calvario por que Phineas había pasado y ella tampoco sentía deseos de ilustrarla al respecto.

Caminó muy despacio hacia donde estaba, sintiéndose más y más impresionada conforme se acercaba a ella. Por fin, cuando estuvo a su lado, se detuvo a contemplarla, sintiéndose terriblemente orgullosa de su valentía. La había visto antes, tan frágil, tan herida. Y ahora, a pesar de las obvias señales que quedaban del abuso que su cuerpo había sufrido, la veía luchar por recuperar su vida.

Estaba a punto de tocarle el hombro cuando, para su sorpresa, el rostro aún vendado de la mujer buscó el suyo. Tomada por sorpresa, Aretha retrocedió.

—Regresaste. —Escuchó la voz de la pitonisa y supo que sabía que era ella. Asintió, aunque un instante después cayó en cuenta que sus gestos no eran suficientes.

—Sabías que vendría.

—Si. El final de nuestra historia está lejos de ser escrito.

-x-

La masacre había sido absoluta: un baño de sangre de la que solo el muro invisible de Mu los había protegido.

El lago, en su parte más cercana a ellos, se había coloreado de rojo. Las plumas flotaban sobre el oleaje aún agitado. La mayoría de las bestias habían muerto, pero aquellas cuyo final no había sido inmediato, yacían mortalmente heridas, retorciéndose entre chillidos desgarradores.

Tras los flequillos que caían sobre su frente, los ojos esmeraldas de Saga contemplaron la destrucción que había surgido de sus manos. Al igual que Kanon, el tampoco se había imaginado que fuera necesario llegar a esas instancias, pero la Era del Mito siempre les recordaba que no debía ser subestimada. En los tiempos modernos podían ser dioses entre los mortales. Sin embargo, en un mundo de dioses, leyendas y héroes, faltaba más que fuerza para destacar.

—¿Se terminó? —Preguntó. Sus ojos podían verlo, pero su corazón sentía la necesidad de escucharlo de labios ajenos.

—Se terminó. —Dohko cumplió sus deseos y, al hacerlo, el geminiano se permitió respirar.

Sin embargo, cuando la adrenalina desapareció y se reencontró con la cordura, supo que tenía que correr. Kanon y Camus aún estaban en alguna parte de ese lago maldito, más no había señal de ellos.

Y lo hizo. Corrió por la orilla del lago, con la mirada perdida en el caos frente a él. A su mente acudieron todo tipo de ideas, desde las más positivas hasta las más macabras. Pero en cada una de ellas, lo único que él podía hacer era observar la superficie del agua, esperando ver a Kanon surgir de ella junto con Camus.

—¡¿Alguien los ve?! —Al escuchar la voz de Mu, reparó que estaba a su lado y que había estado siguiéndole hasta entonces. Dohko estaba ahí también, unos metros más atrás, recorriendo el lago con la mirada, en busca de noticias.

—No. —Saga respondió con un murmullo. No veía nada, no veía absolutamente nada.

Una sensación de desesperación invadió a los tres. Cualquier cosa pudo haber pasado sin que ellos lo notaran.

—¡Kanon! ¡Camus! —Dohko gritó. Su voz retumbó entre tanto silencio, mientras sus ojos iban y venían, esculcando el horizonte, deseoso de encontrar buenas noticias.

Y entonces lo vieron. El agua se revolvió y Kanon surgió de ella, a la distancia. Vieron su cabeza emerger y rebuscar en todas direcciones. Supieron, en ese mismo momento, que no había encontrado a Camus. Los semblantes de los tres se ensombrecieron y sus corazones se desbocaron. Odiaban pensar que existía la posibilidad de que el santo de Acuario…

—¡¿Lo encontraste?! —A pesar de la distancia, cuando el gemelo reconoció la voz de su hermano mayor, volteó hacia donde ellos estaban. Ondeó la mano en el aire, confirmando la negativa. —Maldición. Encuéntralo…

El antiguo marino volvió a sumergirse poco después, con intenciones de seguir su búsqueda. Si habían sobrevivido a lo peor, ahora solo tenían que encontrar a Camus para salir de ahí, un paso más cerca de casa. No era momento de perder a nadie más. No necesitaban más penas, ni mas pérdidas.

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Llevaban un buen rato sentados bajo aquel olivo seco. Apenas y habían cruzado palabra en todo ese rato, pero esa era una de esas ocasiones en las que el silencio resultaba cómodo. Después del caos que había sido de sus vidas, después de haber perdido toda esperanza y de haberla recobrado en un modo más bizarro del que hubieran imaginado, Ángelo y Aioria tenían muchas cosas que meditar.

El camino estaba lejos de terminar para ellos, como para todos los demás también. Pero su batalla, ahora, se tornaba menos personal. Ahora, tenían que encontrar un modo de salvar a los niños a los que les debían la vida.

Aioria había propuesto un plan que, al final de cuentas, ninguno de los dos terminaba de aceptar. Por un lado, Ángelo no estaba ni mínimamente emocionado de seguir dependiendo de Artemisa. Por el otro, aunque había sido su propia idea, el león no estaba seguro de que ser capaz de jugar con fuego y no salir quemado. Podía mentir a Artemisa, lo había hecho antes y no temía hacerlo de nuevo. Lo que le aterraba era la posibilidad de que, al final, la mentira fuera más cercana a la realidad de lo que pensaba.

Pensando en Orión, en la fina línea que lo separaba de él, llevó su mirada hacia sus manos. Con esas mismas manos había comprobado la presencia del cazador mítico en su interior cuando más le necesitaban. ¿Cómo podría saber si lo había dejado atrás? ¿Cómo sabría si en realidad había vuelto a ser él mismo?

—¿Qué te pasa? —La pregunta de Ángelo le recordó que estaba ahí, observándole de soslayo. De inmediato se olvidó de sus manos y fingió estar mejor de lo que estaba.

—Nada, nada.

—¿Qué pasa con tus manos?

—No es nada, Ángelo. —Pero el italiano no era estúpido como para tragarse una mentira de ese tamaño.

Miró fijamente al castaño, examinando su rostro que a última fechas le parecía sumamente fácil de descifrar. Algo importante rondaba por la cabeza del santo de Leo, aunque no podía asegurar exactamente que era. Pensó un segundo lo que estaba a punto de decir, porque no le gustaba ni a él mismo. Pero tenía que decirlo, pues nadie más iba a hacerlo. Además… se moría de curiosidad. Había pasado cada segundo desde que despertara al pendiente de las señales, pero no había encontrado ninguna de ellas en Aioria.

—¿Has usado tu cosmos?

—No. —Aioria rió nerviosamente por lo bajo. No esperaba que Máscara Mortal adivinara sus pensamientos—. No me he atrevido.

—Es por Orión, ¿cierto?

—¿Qué… qué pasará si Orión sigue vigente, y mis cosmos ha… desaparecido? —El hecho de que el castaño no fuera capaz de mirarle a los ojos, expresó todo su temor al italiano.

—Tú estás aquí y él no.

—¿Y si no soy el mismo? Si Orión sigue vivo, podría tomar posesión en cualquier momento y… quizás sea más fuerte que yo.

—¿Por qué lo sería? —El peliazul meneó la cabeza—. Tú eres el alma dentro de ese cuerpo, eres el dueño. Él es solo un huésped no deseado al que deberías poder controlar sin mayor riesgo.

—¿Y si no puedo?

—¿Y si dejas de preguntarte estupideces y enfrentas la verdad de una vez por todas? —La crudeza con que Ángelo le enfrentó le resultó ofensiva, así que reaccionó, afilando la mirada—. Las putas dudas son tu peor enemigo ahora mismo, gato. Haz arder tu cosmos de una vez por todas, y termina con esto.

—Pero…

—No peros. Tengas, o no, el poder de Orión, sigues siendo tú. Sigues siendo Aioria. Y, si es necesario, buscaremos un cazafantasmas para deshacernos del jodido cazador ese. —Aioria se tomó un momento para meditar en el consejo del santo de Cáncer. Tenía miedo, mucho miedo. No quería sentirse preso del capricho de Artemisa. Quería su vida de regreso. —Venga, gato. Hazlo ahora. Arde. Comprueba que eres tú y solo .

Torpemente, el castaño asintió. Sin embargo, por un largo rato no hizo más que clavar la vista en sus manos, de nuevo. Cuando el cosmos las cubriera, sabría quien era realmente… lo cual no estaba seguro de desear saber.

—Aioria—Ángelo insistió, a lo que respondió asintiendo repetidamente. Pero la mano brusca del italiano le tomó de la mandíbula para obligarle a verlo directamente a los ojos. Su mirada azul lucía severa, pero terriblemente segura. —No importa lo que tu cosmos diga. Quien está enfrente de mi es Aioria de Leo, el jodido niño bonito del Santuario, el santurrón que lo hace todo odiosamente bien, la mula terca de las doce casas… eres . ¡Hazlo! —Mantuvo sus ojos clavados en los suyos—. Haz arder tu cosmos.

-x-

La tímida silueta surgió de la nada. Era un hombre joven, un adolescente que no superaba la veintena en años. Caminó lentamente hacia el lago, con pasos lentos y temerosos. Apareció entre la última fila de casuchas y avanzó hasta lo que quedaba del muelle, pasando junto al embarcadero, donde las balsas rotas eran las únicas pruebas de su existencia.

El chico veía, pero su cerebro era capaz de interpretar lo que sus ojos le mostraban. No entendía de donde había salido tanta destrucción, así como tampoco sabía quienes eran aquellos hombres que había llegado a terminar con la plaga que por tanto tiempo había asolado a su pueblo. Sin embargo, ni siquiera su nerviosismo opacó aquella incipiente sensación de alivio que surgió en su interior conforme comprendía lo que la grotesca escena significaba.

Estínfalo sería libre de la sombra de la muerte. Sin aves, sin miedo, pero con esperanza. La pesadilla había terminado.

Mientras más se acercaba, el nauseabundo olor de la sangre le revolvía el estómago. Brincó con cuidado los trozos de carne que cubrían todo el lugar. La arena se había impregnado de del color carmesí que el agua arrastraba a la orilla, enrareciendo aún más el ambiente. El panorama era impresionante, pero reconfortante para un pueblo que había vivido en terror por tanto tiempo. El improvisado explorador se detuvo en la orilla, donde el agua besaba sus pies con suavidad.

Sintió el cosquilleo de la arena entre los dedos y sonrió. Jamás había podido mirar el lago sin miedos, como en aquel momento. Entonces, gritó de alegría. Abrió los brazos y cerró los ojos, permitiendo que la brisa le golpeara el rostro. Sus pulmones se impregnaron de aire, de aquel bizarro aroma entremezclado con la frescura del agua y el penetrante olor de la sangre.

Ajeno al dilema de sus héroes desconocidos, se quedó ahí, quieto… disfrutando. Con nada más en la mente que la sensación en su piel y un montón de sueños llenos de esperanza.

Pero esos mismo sueños que le hacían cerrar los ojos, terminaron por hundirlo. Su vista no pudo prevenirle de aquella aura roja que volvió a impregnar el aire. No vio cuando la carne deshecha volvió a reunirse para tomar forma, ni tampoco presenció como la vida retornó a lo que una vez había sido muerte. Solo sintió su propio fin llegar cuando el punzante dolor sobre su piel le alertó de ello. Abrió los ojos para descubrir las garras de bronce enterradas en su cuerpo y el vació bajo sus pies. Gritó de nuevo, tragándose todos esos sueños de libertad y de esperanza. Y, para cuando la fuerza en sus pulmones se extinguió, la maldición de Estínfalo había renacido.

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El grito de terror los puso en alerta. Habían pasado tanto tiempo mirando el horizonte en busca de Camus y Kanon, que al levantar el mirada y reparar en la visión de las aves surcando el cielo de nuevo, la sangre se les heló en las venas.

—No es posible. —Dohko no daba crédito a lo que sucedía. Sus ojos los había visto caer y, ahora, los veían levantarse—. ¡Saga! ¡Mu! ¡Cuidado! —previno a los más jóvenes, aunque al igual que él, ellos ya eran conscientes de la amenaza.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ellos.

Sentía a las aves acercándose más y más, escuchaba los incesantes chillidos a sus espaldas. Los santos de Géminis y Aries, unos metros más delante de él, se prepararon para atacar. Sin embargo, ambos sabían que lo más probable era que sus ataques no surtieran ningún efecto. Si los monstruos habían conseguido revivir una vez, ¿qué les impedía sobrevivir de nuevo?

Los pájaros se lanzaron en picada sobre los santos, con las patas por delante. Su furia había crecido y su fuerza seguía inmutable.

—¡Levanta el muro, Mu! ¡Levántalo! —El santo de Libra ordenó apenas los hubo alcanzado. No tenía mucho tiempo.

—¡Muro de Cristal! —De nuevo, no les quedó opción ninguna más que defenderse.

Inevitablemente, sus miradas se posaron en el punto donde había visto a Kanon por última vez. Mientras no le descubrieran, estaría bien. Pero sería responsabilidad de ellos mantener a las bestias ocupadas durante el tiempo suficiente que a Kanon le tomara encontrar a al acuariano. Tenían que comprar tiempo y tenían que ser lo suficientemente inteligentes para no morir en el intento.

—Maestro—el lemuriano habló—, ¿qué haremos? —Pero el chino no respondió. No tenía ideas que le resultaran útiles. —¿Saga? —El geminiano lucía confundido. Lo último que esperaba era precisamente eso.

Escuchaba el corazón golpeando contra su pecho y los nervios a flor de piel. Sus ojos verdes se abrían como en pocas ocasiones, mientras su mente funcionaba a toda velocidad, en busca de soluciones que pudieran escaparse. Pero, ¿cómo se mataba a algo que no podía morir?

Saga llevó la mirada hasta su compañero de Aries. Mu se esforzaba al máximo, podía leerlo en sus gestos. Si estaban vivos hasta entonces, había sido por él. Tal como sucediese en la primera ocasión, el muro había sido su salvación. Sufría embate tras embate, resistiendo gracias al cosmos de su creador. La energía de Mu fluía, desbocada. A cada golpe, las aves lucían más fuertes, y ellos, más indefensos. Si no sucedía algo pronto que cambiara la inercia de aquel encuentro, tendrían más problemas de los que estaban preparados para enfrentar.

—¡Saga! —El tono severo en la voz de Dohko capturó su atención. Esperaba que detrás de esa determinación hubiera un plan útil para ellos. —La Otra Dimensión.

—¿Qué?

—La Otra Dimensión. ¿Qué pasaría sin conseguimos encerrarlos ahí dentro? ¿Podrían salir alguna vez?

—No lo sé. —Oyó al chino chasquear la lengua. Necesitaba respuestas más concisas. —En teoría, ningún tipo de cosmos, o de poder, debería surtir efecto ahí dentro. —Se atrevió a decir. Pero la verdad era que no estaba seguro de nada.

—Eso significaría que no volverían a revivir. —El gemelo asintió justo en el momento en que la barrera protectora se quejó, con un estallido de energía. —Intentémoslo. Mu y yo les distraeremos, mientras tú los encierras ahí.

—¡Espera! —Saga le detuvo antes que el chino emprendiera el ataque—. Tienen que ser todos a la vez. Todos.

—¿Qué?

—Uno a uno podrían escapar. La Otra Dimensión se abriría tantas veces que, al más mínimo error, podrían huir de regreso a este lugar. No podemos correr riesgos, Dohko.

El castaño frunció las cejas. Aquel era un detalle que no había considerado y un enigma más para su improvisado plan.

Una nueva explosión le recordó que no tenían tiempo para pensar demasiado. Urgía tomar un decisión pronto, aunque eso significara encomendarse a los dioses y esperar porque el resultado fuera el que deseaban. Se mordió los labios.

—Tenemos que juntarlos. —El peliazul volvió a asentir.

Pero ninguno tenía idea de cómo harían tal cosa.

-x-

—Necesito un poco de aire.

Para cuando Aioros expresó sus deseos, ya estaba fuera de la cabaña, y poco o nada podía hacer Milo para detenerlo. El escorpión se quejó de la mala idea, pero era tarde. En un pestañeo, el castaño desapareció por la puerta, dejándole con las palabras en la boca. No le quedó más remedio que protestar.

—¡Se fue!

—Lo notamos, Milo—Aldebarán respondió.

—Eres una horrible niñera.

—¡Cabra!

Shura y Aldebarán rieron al contemplar la cara de frustración en el escorpión. Milo tenía la particularidad de ser sumamente expresivo. Ninguna emoción quedaba sin delatar en su rostro y, cuando sus gestos resaltaban su pensar, solía volverse la cosa más cómica para observar.

Sin embargo, el súbito momento de sonrisas no era compartido por todos. Aunque usualmente era distante y un tanto más callado que el resto, en esa ocasión, Shaka lo parecía aún más. Desde un rato para atrás había estado más meditativo de la cuenta, con la mente muy lejos de ahí. Lo que fuera que estuviera planeando, o pensando, no lo compartía con nadie más que con él mismo.

—Oye, Buda. ¿Qué pasa contigo? —Al no haber arquero al cual vigilar, la atención del peliazul se desvió hacia el rubio. —Llevas un buen rato más callado que de costumbre y mira que eso es difícil.

—¿Eh?

—Eso es cierto. Todos estamos preocupados pero tú luces…

—Terriblemente estresado. —El toro dorado complementó a Shura.

—Habla, habla. Cuéntanos que sucede.

Las sospechas se agravaron cuando vieron al santo de Virgo asegurarse de que nadie más que ellos mismo fuera testigo de la conversación que estaban a punto de tener. Shaka no solía ser del tipo de personas que tuvieran algo que ocultar.

—Por los dioses, ese gesto en tu cara me asusta—dijo el español. Shaka suspiró.

—Es solo que… hemos olvidado algo importante.

—¿De qué hablas? —Aldebarán le urgió a continuar.

—Los dijes de Athena. —Vio sus rostros y supo que, de pronto, habían caído en cuenta de aquel detalle—. Apolo los tiene en su poder aún y deberíamos tenerlos de regreso a la brevedad posible. Mientras él los tenga, no sabemos que uso podría hacer del poder que contienen.

—Maldición, lo había olvidado… —Apretando los dientes, Shura bufó.

—Se supone que Mu…

—Apolo vino a Mu, no del otro modo—aclaró el rubio—. Pero no volverá pronto, eso también lo sé.

—Dime que tienes un plan.

—No es un plan, Milo.

—¿Entonces?

—Envié a Aretha de regreso a Troya.

—¡¿Qué?! ¡Pero si es la domadora oficial del arquero!

—¡Milo! Eso suena horrible. —Shura le miró con desaprobación, pero rápidamente devolvió su atención al santo de la Virgen—. ¿Por qué has hecho eso? No hay nada en Troya por lo que Aretha deba volver y, sinceramente, sin las exageraciones del bicho—se aseguró de mirarlo con ojos asesinos—, creo que ha hecho bien aquí.

—Shura está en lo cierto. En todo caso, hubiera sido más adecuado enviarla al Olimpo, ¿no te parece? —Aldebarán secundó al español.

—¿Crees que Apolo escuchará a una ninfa? Yo tengo mis dudas al respecto. —Y ninguno de los otros tres santos tuvo nada que objetar al respecto. Daba la impresión que Apolo no era uno de esos dioses especialmente humildes, que prestara oídos a criaturas que consideraba inferiores. —En cambio, en Troya tenemos un aliado importante que puede ayudarnos con eso.

—La chica.

—Exacto—respondió a Milo.

—¿Ella podrá…?

—Es una elegida de Apolo, debería saber algo, o al menos, él debería escucharla. Si alguien puede ayudarnos, es ella. Es lo mejor que se me ha ocurrido. —Escogió los hombros—. Tengo fe en que quizás pueda funcionar.

—Y, ¿si no?

Shaka guardó silencio ante la pregunta del santo de Escorpio. Y, aunque su rostro no era tan expresivo como el de Milo, todos supieron que no había un plan de respaldo. Si funcionaba, sería maravilloso, pero si terminaba por convertirse en un fracaso más, no tenían la menor idea de lo que tendrían que hacer.

—Espero que funcione. —Aldebarán murmullo. Todos estuvieron de acuerdo con él.

-x-

Lo último que deseaba hacer era tomar una decisión desesperada. Sin embargo, para Dohko y los otros, el tiempo se terminaba, al igual que sus opciones.

Con cada embate de las gigantescas aves, el Muro de Cristal se contorsionaba más y más. El poder que les acompañaba era temible, aún cuando Ares yacía, sellado por Athena. Así que, mientras más lo pensaba, Dohko menos podía imaginarse lo que aquella misión hubiese significando sin la intervención de su diosa. Pero ahora todo dependía de ellos y de su capacidad de vencer a la adversidad.

—Si vamos a atacar, tenemos que hacerlo ahora. —Saga le dijo—. Mu no resistirá mucho tiempo este ritmo de ataque y, sin esperamos a que el muro caiga, nos encontraremos en completa desventaja.

—Vale. Mu y yo intentaremos confinarlos a un mismo punto, de modo que cuando abras la Otra Dimensión, todos terminen dentro.

—Eso será difícil.

—Pero es lo más conveniente. Mientras no estemos seguros de que tan complicado es matarlos, no podemos correr más riesgos. —Sin embargo, el gemelo estaba todo, menos convencido de que fuera posible reunirlas. Su vuelo era demasiado errático y su furia era explosiva. Contener a la aves no era algo que pudieran hacer, al menos no en su situación en aquel momento.

—Intentémoslo—admitió, tras una pausa eterna y con un montón de dudas—. Pero no quiero que ni tú, ni Mu, se expongan por algo innecesario. En el peor de los casos, mátenlos. Si vuelven a revivir, volveremos a asesinarlos las veces que sean necesarias. ¡Mu! —llamó al lemuriano—. Cuando estés listo, darás la voz y desharás el muro, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

La mirada del santo de Aries se afiló, dejando al descubierto su concentración. Una vez que su protección cayera, tendrían una fracción de segundo para reaccionar y ponerse a salvo, hasta que la oportunidad de contraatacar surgiera. Si, por capricho del destino, alguna de las aves conseguía ser más rápida que ellos, entonces no habría marcha atrás.

—Haré explotar el muro—dijo, después de pensarlo detenidamente y haber llegado a la conclusión de que era lo mejor que podía hacer.

—¿Qué?

—Cuando el muro explote, las aves tendrán que retroceder. Eso nos dará unos pocos segundos extra. Si tenemos un poco más de espacio, tendremos más posibilidades de sobrevivir a esto.

Al no recibir respuesta, supo que el gemelo y el chino estaban de acuerdo con su decisión. Ahora, solo tenía que buscar el momento indicado.

Echó un vistazo sobre su hombro, hacia sus compañeros. Los vio alertas, en posición de ataque, listos para cuando él diera la orden. Arrugó los lunares y tensó la mandíbula, mientras sus cosmos comenzaba a tornarse más fiero, más salvaje e impredecible, como la destrucción que estaba a punto de comenzar.

—¿Listos? —Los miró de soslayo y los vio asentir—. ¡Ahora!

La enorme muralla de energía se tornó completamente visible por un instante, envuelta en un brillo dorado. Tenues fisuras se dibujaron por doquier, a través de las cuales, se coló la rojiza aura que envolvía a las aves de Ares. Pero, como si los animales fueran capaces de reconocer el peligro que se avecinaba, dejaron de atacar. Y fue entonces que, con una gran explosión, el muro de cristal se deshizo en un parpadeo, lanzándoles lejos de los santos.

El caos se apoderó de la escena rápidamente. Los pájaros, sin saber que los había golpeado, revolotearon torpemente en el aire, dándoles el tiempo justo a los santos para reponerse.

Entre los tres, formaron un triángulo, tratando que las aves quedaran en medio, de la mejor manera posible. Saga era la punta, y los santos de Aries y Libra, la base. Sus cosmos ardieron y sus miradas se dijeron que estaban en sincronía. Solo bastaba un poquito de suerte para que todo saliera bien. La energía se conglomeró alrededor de ellos; los dragones de cosmos envolvieron a Dohko, y las estrellas se dejaron a ver a plena luz del día, alrededor de Mu. En el último punto, la oscuridad de la Otra Dimensión surgió, envolviendo a Saga en su vació infinito.

—¡Mil Dragones de Rozán!

—¡Polvo Estelar!

—¡Otra Dimensión!

Sus voces retumbaron al unísono y sus cosmos latieron como uno.

La tierra bajo sus pies se estremeció y el Sol fue opacado por la energía con que sus vidas brillaban. Las aguas del río enloquecieron e, incluso el insistente escándalos de las aves, enmudeció. El despliegue de poder era temible.

Sobrepasados por el caos, los monstruos se trastornaron todavía más. Algunos de ellos cayeron muertos de inmediato, al ser atrapados directamente por el cosmos; sus restos se perdieron en el vacío de la dimensión desconocida. Otros se encontraron encerrados entre aquella barrera que la energía de los santos había creado, mientras la oscuridad de la técnica de Saga los engullía lentamente. Tanto los primeros, como los segundos no representaban problemas… el problema eran los animales que habían conseguido escapar de aquel triángulo. Por mucho que la Otra Dimensión de Saga se expandiera, no había seguridad alguna de que terminaría por someterlos y, tal como habían planeado, el portal interdimensional solamente se abriría una vez. Toda vez que se cerrara, permanecería así.

—¡Saga! —Y, sin que Dohko tuviera necesidad de decir nada, el santo de Géminis sabía perfectamente a que se refería. Si las aves escapaban, de nada habría servido el esfuerzo. Pero, si no cerraba el portal inmediatamente, todo lo que había ganado se perdería.

—"¡Kanon!" —Su gemelo era la única esperanza que les quedaba. Su propia dimensión sería capaz de servir de prisión. Sin embargo, el tiempo apremiaba. Las aves no iban a esperar por ellos. —"¡Abre la Otra Dimensión! ¡Ahora!" —Si Kanon alcanzaría a oír la súplica gracias a su cosmos enardecido, no lo sabía. Solo le quedaba confiar que sería así.

El tiempo se ralentizó para el peliazul, como pocas veces le sucedía. Conforme su Otra Dimensión se cerraba, sin que hubieran señales de Kanon, el temor de haber estropeado todo se apoderaba de él. No estaba solo en sus recelos, eso era seguro. Podía sentir la inseguridad en las cosmoenergías de Dohko y de Mu, quienes seguían luchando por mantener a las aves dentro de la prisión interestelar de Saga.

Más que nunca, la ausencia de Camus se sentía.

La esperanza agonizaba para los santos, conforme las aves legendarias emprendía el vuelo más y más lejos. Si Kanon no surgía pronto, no habría forma de que consiguieran atraparlas después. ¿Habían llegado tan lejos, para perderlo todo en un abrir y cerrar de ojos? No podía ser. Simplemente era injusto. Pero, como sus pesares fueran escuchados, la respuesta que tanto necesitaban descendió de donde menos esperaban: del cielo.

-x-

Hubo un primer rugido… luego otro, otro más; una infinidad de ellos. El cielo ya no estaba habitado solo por aves, sino que la majestuosidad de las quimeras tomando por asalto la escena.

¿De dónde habían surgido? ¿Por qué aparecían ahora? No había respuestas en ese momento. Pero los santos tampoco las necesitaban. Estaban ahí, en un milagro inesperado, de esos que raramente se presentaban en sus vidas, para bien.

Habían descendido de las alturas, como un ejército de saetas, y habían hecho de las aves de Ares su blanco. No competían en tamaño, pero su número y su valentía hacían la diferencia. Rugían, siseaban, surcaban el aire con maestría total. Si haber visto a una sola de ellas en acción les había parecido impresionante, observar a varias decenas de ellas, era un espectáculo del que no podían apartar la mirada. Pero, por sobre todo, su presencia había frenado la huída de las aves, lo cual era suficiente para que los santos se sintieran agradecidos.

—Por Athena… —Una diminuta sonrisa apareció en los labios de Mu. Nunca imaginó presenciar una escena así.

En un santiamén, los pájaros se encontraron acorralados. La afrenta que cometiesen antes contra uno de los leones alados, sería pagada con creces.

Chillaron cuando la fuerza de las quimeras les dominó. Sus dientes y garras les abrían la piel, sus rugidos desataban el pánico. Ataque tras ataque, la locura se posesionaba más y más de las aves. Por mucho que lo intentaran, era imposible terminar con el control que la manada ejercía sobre ellas. Más pronto de lo que esperaban, las quimeras se habían apropiado de la situación.

Entonces, el último eslabón en la cadena de eventos tomó su sitio.

—¡Otra Dimensión!

Las aguas revueltas del lago comenzaron a oscurecerse. Las ondas de la superficie desaparecieron, cediendo su lugar al tenue brillo de las estrellas que resaltaba aún más en el color negro del portal dimensional. El caos se tornó en calma; un tranquilidad que devoraba todo a su paso. Y ahí estaba Kanon, con esa sonrisa retorcida tan suya en los labios.

—Kanon—Saga susurró. Su gemelo tenía la exasperante manía de esperar hasta el último momento. Malditas fueran sus entradas triunfales.

—¡Lo está consiguiendo! —celebró Mu, mientras sus ojos constataban como las aves desaparecían en medio de la Otra Dimensión. Dohko confirmó que estaba de acuerdo con una sonrisa.

Solo instantes más tarde, en medio de la desbandada de las quimeras y el escándalo de los pájaros prisioneros, el agujero dimensional empezó a cerrarse.

Los corazones de los santos se desbocaron con la espera, que se sentía eterna. Cada centímetro que el portal se acortaba, era un paso más cerca de su objetivo. Estaban tan cerca de conseguirlo, que la ansiedad de pensar que todo podía volver a escaparse de sus manos, era tan enorme como la emoción de conseguirlo. Por fin, la oscuridad desapareció para siempre.

—¿Ha… terminado? —La voz de Mu sonó como un murmullo. Dohko suspiró.

—Terminó. Esta vez, sí terminó.

-x-

La mano delicada de Phineas se estiró en busca de ella, por lo que Aretha la tomó entre las suyas. La sostuvo con cuidado, pero con firmeza. Aunque sabía que no podía verla, se aseguró de mirarla al rostro, lo cual la entristeció profundamente. Era tan joven, tan linda, que imaginarla viviendo una vida sin los colores del mundo, le causó una profunda sensación de nostalgia.

—Trataré de ayudarte, pero no puedo prometer nada. ¿Me entiendes? —Le dijo la pitonisa. Aretha le había contado ya las razones de su viaje y también la había puesto al tanto de lo que sucedía con los santos, al otro lado del gran mar.

—Entiendo. Lo que puedas hacer, significa mucho para todos.

—Apolo no me visita más, al menos no fuera del mundo de los sueños—ella confirmó—. Pero te haré todo lo posible, por ellos.

—Gracias.

La ninfa se puso de pie muy lentamente, dejando escapar su mano. La brisa del océano le golpeó en la cara y, aunque refrescante, para Aretha olía a muerte. Por muy hermosa que fuera la vista desde lo alto del balcón, con la mezcla de azul profundo del agua con el del cielo, la visión de la cadenas de muertos arrancaba la belleza de ello.

Poco a poco, Phineas la dejó ir, mientras la pelirroja se alejaba de ella. La última vez que vio su rostro, había una tímida sonrisa en sus labios. No se despidió porque estaba segura que, tal como lo había dicho, volverían a verse.

—¿Has terminado? —Mirra, que esperaba bajo el arco que marcaba la entrada la balcón, se acercó a la ninfa.

—Si. Es momento de volver.

—¿Recuerdas lo que te dije?

—¿Sobre venir directamente a ti, en caso de ser necesario? Si. Lo tendré a consideración la siguiente vez. Gracias. —Aretha sonrió a medias. En lo que a ella respectaba, esperaba no tener que volver a poner un Troya.

—Bien.

—De nuevo, gracias por todo.

—Espera. —El hecho de que la princesa le tomara del brazo para detenerla, le alarmó—. Quisiera pedirte un favor personal.

—Dime—aceptó, no sin cierto recelo. Conocía poco a la princesa y temía que el favor que le pidiera terminara siendo uno mucho más grande del que pudiera aceptar y, a la vez, rechazar.

—Necesito que entregues un mensaje de mi parte a Kanon. —La idea le sorprendió. Esperaba muchísimas cosas, pero nunca eso.

—Claro… ¿Qué quieres que le diga?

—Dile que—la princesa se relamió los labios, meditando cuidadosamente sus palabras—… la vida, aún en la oscuridad, continúa.

Aretha entrecerró los ojos. No había ningún sentido en sus palabras, al menos ninguno que ella comprendiese. Sin embargo, tampoco hizo preguntas al respecto. Su papel era ser un mensajero, nada más.

—Kanon recibirá tu mensaje—le dijo.

Poco después, se volvió una con el viento.

-x-

—Estás loca—Altaír expresó sus ideas con amargura.

Se dio la vuelta, dando por terminada la estúpida discusión, y se marchó, dejando a Nix sola y descolocada a sus espaldas. No quería quedarse ahí, escuchando una y otra vez las alucinaciones de su amiga, en las cuales se reencontraba felizmente con su hermano durante cada noche, en medio de su soledad. Cada vez que escuchaba las historias irreales acerca de los encuentros con Urián, la sangre le hervía. Sentía una envidia insana al pensar en la posibilidad de que Nix pudiera reunirse con el hermano al que alguna vez había perdido. ¡El quería lo mismo! Hubiese dado todo por volver a tener a Corban a su lado.

Por otra parte, temía que su amiga estuviese enloqueciendo. No quería perderla, pues era todo lo que le quedaba. No soportaría estar solo a mitad de esa tormenta.

—No te vayas. —Ella suplicó. Corrió para alcanzarle y tomarle de la mano, pero él se resistió—. Por favor, no me dejes sola.

—¿Para qué quieres que me quede?

—Estamos solos en esto, Altaír.

—No—se apresuró a corregirla—, yo estoy solo en esto. Tú tienes a… Urián.

El rostro de la niña se entristeció al entender el trasfondo de las palabras de su amigo. De pronto, se sintió culpable de haber sido tan efusiva e insistente en el pasado. Cuando ella había sufrido por la pérdida de su hermano, los hermanos morenos habían hecho todo para hacerla sentirse parte de su pequeña familia. Pero ahora, cuando era Altaír el que lloraba la muerte de Corban, ella solo había sido egoísta, restregándole en la cara la recién hallada felicidad que la esperanza había traído consigo.

A sabiendas de que había hecho todo mal, y sin palabras que pudieran corregir el daño que había causado sin desearlo, calló. Lo único que hizo fue mirarle, con esos ojos grandes y rosas, que dejaron al descubierto su pesar. Altaír tuvo que comprenderlo, porque de inmediato, relajó su semblante.

—Lo siento, Nix. No quería ser grosero contigo. —El chico le acarició los cabellos revueltos—. Es solo que… todavía me duele mucho pensar que Corban no volverá.

—No, no te disculpes. Yo he sido bastante tonta al hablarte de todo esto tanto tiempo… Perdóname.

Altaír no tuvo respuestas para que aquel rostro angelical y compungido, aunque tampoco se sentía con ánimos de seguir enojado. Por fin, desistió de marcharse.

Dejó escapar el suspiro que traía atorado en la garganta y, cuando se sintió mejor, volvió sobre sus pasos para sentarse en la cama de Nix. Era un cama enorme y suave, repleta de almohadones esponjosos y cubierta con las mantas más finas que había visto jamás. Su nuevo benefactor no había escatimado en lujos para ellos… pero con todas las maravillas que tenían a su alcance, seguían sintiéndose prisioneros en ese palacio de mármol.

—No entiendo como es posible que hayas sido capaz de volver a ver a Urián. Se supone que él estaba… —dijo, un instante después.

—¡Yo tampoco lo sé! Solo sé que viene por las noches, a hablar conmigo. Dice que algún día volveremos a estar a juntos, cuando las cosas estén mejor.

—¿Crees que sea cierto?

—Urián jamás me mentiría—aseveró. Lo creía fervientemente.

—Eres muy afortunada, Nix. —Aquella triste mirada color de plata volvió a conmoverla—. Si volvieras a tener a tu hermano y si logramos encontrar al maestro y a Aioria, quizás todo vuelva a estar bien.

—¡Ya verás que será así! Urián volverá y el maestro también; y jamás se marcharán de nuevo.

El niño asintió, deseoso de compartir aquella fe ciega que tenía la pelirrosa. Pero lo cierto era que su inocencia había muerto ya. Para él, lo sueños de Nix eran precisamente eso: sueños. En cambio, él había llegado a un punto en que la esperanza se convertía en una tortura. Prefería resignarse a que la vida que le había tocado solo traía sufrimiento. Prefería pensar que, tarde o temprano, todo llegaría a su final.

-x-

La lucha entre el agua y el aire en sus pulmones lo obligó a toser. Al hacerlo, las heridas de su cuerpo lanzaron una punzada de dolor a través de él. Se quejó con un gruñido, e inevitablemente llevó la mano al costado, para sentir el calor de la sangre que manaba de su cuerpo.

Sentía la cabeza dándole vueltas mientras se debatía entre la consciencia y la inconsciencia, incapaz de definir el momento exacto en que todo se había arruinado.

Sus párpados pesaban como yunques, impidiéndole abrir los ojos. Estaba tan confundido, que su propio cuerpo se sentía ajeno. Ni siquiera sabía que estaba pasando a su alrededor; si estaba vivo, o si había muerto. Hubiese querido gritar para pedir ayuda, pero si le era imposible poner sus ideas en orden dentro de su cabeza, ponerla en palabras resultaba peor. Sin embargo, cuando comenzaba a perder la calma, oyó las voces que le corroboraron que, de una forma u otra, todo estaría bien.

—¡Camus! —Desordenadamente, cada voz fue tomando una identidad. Saga, Kanon, Dohko y Mu.

—¿Ese es tu nombre? ¿Camus? —Volvió a escuchar su nombre, pero esta vez, en una voz desconocida. Quiso responder a la pregunta, pero no pudo.—. Todo estará bien. Ya vienen. Solo un poco más… —susurró de nuevo, la voz femenina.

Luchó contra su propio cansancio por abrir sus ojos. Lo consiguió fugazmente en un par de ocasiones, solo para ver sombras. Entonces, en uno de sus intentos, divisó la silueta difusa de quien permanecía a su lado. No logró identificarla, pero supo con certeza que no era ninguno de sus compañeros.

—¿Quién…? —"¿Quién eres?" intentó preguntar. Sin embargo, su propia lengua estaba en su contra.

—Tsh. —Sintió el suave toque sobre sus labios, urgiéndole a callar—. Todo estará bien. Ha terminado.

-Continuará…-

NdA: Largo, largo, largo… Consejo de mi querida Damis y también a modo de compensación por esta larguísima ausencia.

Gracias por todos esos maravillosos reviews. Kumikoson4, Damis (mi maravillosa beta que evita que el hambre haga que me coma las palabras), Sagitariusgirl, Krmencita Uchiha, Rose129, lithium255, Eli, ddmanzanita, RIAADVD, Kaito Hatake Uchiha, Kisame Hoshigaki, LittleMonsterStick, Tatsumaki, Altariel de Valinor, k2008sempai, Tisbe, Malévolo, Denisse, Alde93, Dany, A.R.O.34, Fury y un pequeño Anónimo que no me dejó su nombre ;) ¡Sus comentarios son la gasolina de este fic! Sin ellos, esta historia jamás habría llegado tan lejos.

Y debido a la extensión del capítulo, no digo más. Replies a los lectores sin cuenta en mi profile y en sus correos, a quienes si tienen cuenta. Por adelantado, agradezco cualquier comentario que me hagan llegar. ¡Son invaluables!

Sunrise Spirit.