– Es lo que sucede cuando los cimientos se van a tomar por culo – sentenció, quejicoso y enigmático al mismo tiempo.

Y así, con aquella solitaria frase, me expulsó de mi mundo interior y me encontré súbitamente en el umbral de mi habitación, sólo con la poca sombra que proyectaba la luz de la luna que penetraba por la ventana. No lo dudé un instante y me metí en cama dispuesto a dormir. A descansar, que la mañana siguiente, ya demasiado próxima, inauguraría un día crucial en nuestra historia y debía corresponder como aquella ocasión se merecía: con toda la lucidez de la que fuera capaz. Sí. Debía dormir y descansar.

Pero aquello se quedó, simplemente, en eso, en un "debería", en un deseo irrealizado. El amanecer me sorprendió con las sábanas revueltas, enredadas alrededor de mis piernas de tantas vueltas que había dado antes de dormitar, porque aquello no había llegado a ser dormir propiamente dicho, unos pocos minutos, menos de una hora. Para cuando me desperté me dolía la espalda y la cabeza y, lo que era peor, ni siquiera aquel pequeño rato de somnolencia había conseguido espantar a mis crueles demonios que se habían decidido a volver a perseguirme.

Me dirigí al baño y me duché. Si no podía dormir, al menos podría despejarme y estar lo más presentable posible en la charla informativa de la División. Kyrek nos había pedido que fuéramos para coordinar los esfuerzos de la mejor forma posible con la "unidad" que formarían los miembros de mi familia y allegados que no formaban parte ya de su Escuadrón. Además, seguía sintiendo curiosidad acerca de cómo le iban a presentar la operación a los oficiales y demás miembros del destacamento sin arriesgar a exponer toda la estrategia.

De todas formas, ni siquiera el ruido del agua golpeando contra la pared del baño y contra mi cuerpo fue suficiente para acallar el eco de la frase de Balmung en mi cabeza. Los cimientos se estaban desmoronando. Mi mundo ya no tenía sol, al parecer. Había aprendido, por la fuerza, por la experiencia, que todo lo que ocurría dentro del monasterio era una metáfora de lo que me sucedía en el exterior. Y, sin duda, el caos que me había encontrado en mi última visita estaba relacionado con lo que se había venido produciendo en los últimos días.

Seguía sin comprenderlo del todo, pero, paradójicamente, aquel momento en el que el tiempo volaba, en el que la prisa mandaba, bajo el chorro de agua que salía de la ducha, era también el primer instante en el que me había podido permitir el lujo de reflexionar sobre el tema. Ni siquiera en las horas perdidas dando vueltas en la cama. Estaba demasiado ocupado intentando dormir y no tenía la mente clara. Tampoco es que la tuviera en aquel momento especialmente lúcida, pero, ironías del destino, por fin pude detenerme un poco sobre el tema.

Estaba claro que mi punto de vista era radicalmente distinto al de los que me rodeaban. Reencontrarme con Nalya había sido el motor de mi vida en los últimos siete años. Al fin había alcanzado mi objetivo. Disfrazado, sí, bajo la apariencia de un curioso y frágil bebé, pero lo había encontrado al fin y al cabo. Y no alcanzaba a entender por qué mi madre, Db, Bone, Kyrek… incluso Balmung habían interpretado aquello como una catástrofe.

Pero ellos me conocían. Yo confiaba en ellos, incluso en el monje que habitaba en mi interior. Si, después de la emoción y la excitación inicial, todos habían llegado a la misma conclusión entonces es que algo de razón podrían tener. Y a lo mejor es que yo había sobrerreaccionado a lo que me habían dicho. Merecían, al menos que les concediera el beneficio de la duda. Eso iba más allá de la cuestión.

Ni aún así, empero, era capaz de alcanzar lo que ellos afirmaban. Mi corazón estaba puesto en el pequeño bebé y no había más preguntas a las que responder que las que planteaba la situación: ¿Quién se iba a hacer cargo de ella? ¿Cuánto podría visitarla? Todos mis proyectos, mis ilusiones… habían abandonado la Sociedad de Almas y se habían centrado en torno a una pequeña incubadora en una sala de maternidad de un hospital del Mundo Mortal.

No importaba Nadie. Ni la Academia. Ni nada relacionado con aquella vida de uniformes negros y espadas que hablaban. Todo había perdido sentido a favor de ella y de su futuro. De nuestro futuro juntos. Y aún así, sabía que no podía ser así. Mi madre, dando voz a mi conciencia, lo había puesto de manifiesto una y otra vez. Y Db también, aunque más torpemente, quizás. Tenían razón. No había razón para dejar de lado todo por lo que había luchado. Que era lo mismo por lo que había luchado y por lo que se había sacrificado Nalya.

En un arrebato de rabia, le pegué semejante puñetazo a la pared que casi me esnafro contra ella al resbalar con el suelo húmedo de la ducha. De alguna forma maldije a Pandora por haberme dado la noticia y provocado aquel caos para después desaparecer sin apenas dejar rastro. Me lamenté de haber perdido de vista a Henkara, que posiblemente era la única que me comprendía acerca de Nalya. Y me maldije a mí mismo por haberme demostrado, una vez más, tan frágil.

Salí de la ducha y, como un autómata, me vestí con el uniforme de oficial. Emprendí con cierta premura el camino hacia el Cuartel de la Novena División a través de las calurosas y blanquecinas de la Ciudadela. Saludé secamente, con prisa, a los dos suboficiales que custodiaban la entrada y merodeé sin un rumbo establecido los pasillos del edificio haciendo tiempo hasta la reunión. Al final, casi como por fuerza de la costumbre, acabé de nuevo al pie del mismo árbol donde tantas y tantas veces me había sentado. Con ella, sin ella… y por ella, también.

– Director Akano… – saludaron algunos de los shinigamis rasos que pasaban por ahí cerca, sorprendidos, sin duda, de verme allí y, además, desprovisto de las galas de mi rango.

Sabía que, tarde o temprano, aparecerían también algunos de los que habían sido mis compañeros. Teniendo en cuenta la hora que era y la que estaba fijada para la reunión, seguramente estarían desayunando tranquilamente en el comedor de oficiales, que había esquivado a propósito. Porque sabía que, en cuanto nos viéramos, saldría el tema. Y no estaba yo con muchas ganas de que saliera. Así que me había propuesto reducir el contacto no-protocolario de la charla informativa al mínimo. Al menos hasta que yo me aclarara las ideas a mí mismo.

Si había llegado antes era porque no había sido capaz de quedarme en casa y ahora tendría que esperar en "territorio enemigo" a que el momento de mi cita con el resto de miembros del operativo llegara. Y estar allí me recordaba una y otra y otra vez a Nalya. Cada rincón, casi cada hierba del césped. Todo.

Vencido por el entorno y por sus evocaciones, me descubrí sucumbiendo una vez más a aquella maraña ligeramente más ordenada de pensamientos. Las amenazas de Balmung me habían abierto un poco los ojos y me habían advertido del peligro que corría. Desmoronarme. Irme al carajo. Un pronóstico nada esperanzador.

Me encaramé al árbol que había sido "mío" durante tantos años con la esperanza de que el efecto relajante que siempre había ejercido sobre mí me ayudara también esta vez. Trepé hasta "mi" rama, la que se descolgaba ligeramente sobre las aguas del estanque, y me dejé llevar posando la mirada sobre la superficie y sobre los brillos de los peces que había puesto allí Jishame. Me sumergí, una vez más en el vaivén de todo lo que se me pasaba por la cabeza, tratando de tomar conciencia de su supuesta gravedad y ordenarlo.

Perdí la noción del tiempo entre superar mi enfado y comprender la posición de los que me rodeaban. Y ninguna de las dos tareas la llegué a completar fructuosamente cuando un suboficial me vino a buscar para acompañarme hasta la Sala de Juntas y asistir a la charla informativa que estaba a punto de comenzar.

Fui el último en aparecer, y allí ya estaban todos mis antiguos compañeros, alguno exalumno recién incorporado y los "externos", no todos, que iban a participar en la maniobra. Tenía curiosidad en ver cómo planteaba Kyrek nuestro objetivo a los no versados en las verdaderas intenciones que nos traíamos entre manos. También nuestra presencia allí. Y en la misma situación que yo estaba Kaiser, cuyos ojos esbozaban aquella mirada curiosa y divertida que tanto le caracterizaba.

– Hacía tiempo que los oficiales de mayor rango venimos planteándonos la necesidad de intensificar nuestro entrenamiento – dijo Db, tomando la palabra en lugar del Capitán. – Como sabéis, con las últimas bajas, incorproraciones y movimientos varios, esta es una División muy renovada y va a ser muy necesario que nos acoplemos bien por lo que pueda venir. Por eso hemos diseñado una serie de ejercicios de entrenamiento con los que comenzaremos hoy…

– ¿Si se trata de acoplarnos por qué no estamos todos? – preguntó "espontáneamente" Bone.

– Tampoco iremos todos a una misión de combate real – repuso Db con cierta teatralidad. – Ya todo se andará en su momento, pero creemos que dadas las características de esta maniobra este es el grupo más adecuado. Antes de comenzar y antes de que preguntéis, – añadió – el Director Akano… Rido – se corrigió, después de que le reprochara el tratamiento formal con una mirada – y algunos otros no-miembros de la División…

– Necesitamos estirar las piernas un rato, que si no nos pondremos hechos unos viejos – le interrumpió bromeando Kaiser, provocando una carcajada entre los que le rodeaban.

– Operación encubierta en recinto cerrado – enunció Db, aún con la sonrisa dibujada en la boca, tratando de retomar el control de la asamblea. – Básicamente se trata de eso. No os iremos muy lejos: Eliaz ha tenido la gentileza de dejarnos su casa… y de apagar cualquier clase de aparato susceptible de explotar – bromeó. – Más concretamente, iremos por los subterráneos – aclaró, encendiendo un proyector que mostraba un mapa de los sótanos de los Ashartîm. – Como podéis ver, son bastante laberínticos.

Continuó su exposición fijando grupos de trabajo y señalando distintos puntos de entrada y trayectorias de avance para llegar al núcleo donde se concentraba el objetivo: el zulo de un "supuesto grupo terrorista". Indicó que la orden era usar fuerza no-letal ya que, evidentemente, esto no era más que un entrenamiento. Realmente lo que buscábamos era maximizar la cantidad de información que pudiéramos conseguir haciendo tantos prisioneros como nos fuera posible.

– Esto no va a colar durante mucho tiempo – lamenté mientras abandonábamos la sala.

– Diez horas – sonrió Db, confiado. – Es todo lo que necesitamos…

– Y tampoco es que hubiera mucha más alternativa – intervino Kyrek, que salía delante de nosotros.

– El problema es que quien esté metido en el ajo, lo ha entendido todo – observé. – Si es de los nuestros, bien. Si es de los otros… El factor sorpresa es fundamental en toda la operación…

– Lo sé, lo sé, Rido, lo sé… – meneó insistentemente el Teniente procurando tranquilizarme. – Confía en nosotros, todos los que estaban ahí dentro son gente de confianza…

– No hace mucho que compartías Cuartel con ellos, ¿recuerdas? – me espetó el Capitán.

– Sí… – resoplé. – Es sólo que…

Eché un vistazo a la sala, donde aún estaba todo el mundo, recibiendo las últimas instrucciones respectivas a logística por parte de Blod. La mayor parte, por no decir todos, de los oficiales que habían sido seleccionados había servido ya con Henkara, por lo que estaban libres de toda sospecha, al menos a priori. Además, Kyrek tenía razón, hacía escasos meses yo mismo había sido su compañero, habría puesto mi vida en sus manos sin dudarlo un solo instante.

– ¿Y los novatos? – pregunté.

– Suficientemente investigados – suspiró Db, con gesto cansino, como para indicarme que me estaba pasando de desconfiado.

– Vale, vale… – rezongué. – Es sólo que…

– "Es sólo que", "es sólo que"… – repitió él medio burlón. – Tranquilízate. Todo va a salir a la perfección.

– Ojalá…

Aquel miedo inconsciente, arraigado en el recuerdo de la "primera muerte" de Nalya a manos del traidor Setsuna de mi mundo interior, seguía gritando con fuerza. Pero también era fruto de un razonamiento lógico: si por algún motivo nos estaban esperando, aquello podía convertirse en un baño de sangre.

Me quedé a comer con ellos, igual que también hicieron los Wolf, lo que dio pie a que la comida se convirtiera en un distendido intercambio de anécdotas de tiempos no tan lejanos que me hicieron recordar, por si acaso se me había olvidado, que mi vida, hasta hacía no mucho, había sido la vida de un guerrero y que debía tener la fuerza para sobreponerme a lo que parecía un vendaval que arreciaba en mi contra.

Pero a pesar del entorno ameno que se desarrollaba la comida, todos allí sabíamos perfectamente a lo que nos íbamos a enfrentar horas más tarde y se palpaban la importancia y lo decisivo de aquel día en el ambiente y, en los silencios entre cuento y cuento, se podía ver más de una cara seria y concentrada pensando en lo que estaba por venir.

Terminado el almuerzo, unos se fueron a descansar, otros a entrenar un rato para calentar y, también, para desahogar la tensión. Yo me fui a sentar en el jardín, a meditar, pero sólo durante poco rato, pues enseguida se acercaron unos cuantos, Gaby, Kaiser, Irah, Bone, Okita, y nos pusimos a charlar más o menos animosamente, en la misma tónica en la que habíamos estado antes en el comedor de oficiales, hasta que se dio la señal para comenzar a ponernos en marcha. Ellos marcharon a prepararse y yo, renqueante, acudí al Centro de Operaciones.

– ¡Hey, Rido! – me saludó el oficial de comunicaciones.

– Hey, Franco… – sonreí en correspondencia.

– ¿Qué haces aquí? – me preguntó. – ¿No tienes que ir a prepararte?

– Hoy no toca – respondí, mientras me colocaba el comunicador. – Me quedo aquí para vigilarte…

– Pues, nada, tú como en casa – contestó alegre a la broma.

Kyrek tardó unos cinco minutos más en venir, tiempo que Franco aprovechó para enseñarme todos sus nuevos "juguetitos". El Capitán había acudido a despedir a las tropas y a dar las últimas instrucciones. Se puso dos auriculares y el micrófono, hizo las comprobaciones protocolarias con los técnicos y los operativos de campo e indicó algo con la mirada.

– No has visto lo mejor – sonrió el oficial de comunicaciones, mientras activaba un aparato en el centro de la sala que creó una proyección holográfica de los subterráneos de Eliaz mantenida mágicamente casi en el aire.

– ¿Y esto?

– Cosa de Eliaz.

– ¿Explotará?

– Esperemos que no… – rió. – Nah… – meneó la cabeza, quitándole importancia. – El proyector es de la Doce, de Eliaz es sólo el plano.

Finalizado el ritual de las bromas, se hizo el silencio en la habitación, liderado por un Kyrek cuyo rostro extremadamente concentrado reflejaba que se estaba enfrentando a su primera misión "de verdad" como Capitán, por muy paradójico que fuera que oficialmente se tratara sólo de un simple ejercicio de entrenamiento.

Aproveché el mutismo para cerrar los ojos, inspirar profundamente y dejar la mente en blanco. El mismo ritual que ponía en práctica siempre que me disponía a comenzar una misión en el campo, pero que ahora se me antojaba una tarea extremadamente complicada por todo el cúmulo de sentimientos, impulsos y pensamientos que nublaba mi cabeza.

– ¡Balmung! – llamé mentalmente a gritos, adentrándome más, atravesando la puerta del monasterio.

Me costó cruzar el umbral de mi mundo interno mucho más de lo que era habitual. Al monje le costó, de hecho, aceptar mi presencia allí en un primer momento, como si le fuera imposible reconocerme o creer que de verdad fuera yo el que se alzaba frente a él. Lo llamé dos o tres veces más hasta que se convenció de que no estaba imaginando nada y al fin contestó.

– ¿Qué haces aquí?

– No… lo sé… – confesé dubitativo.

De hecho, había pronunciado el nombre del monje de forma casi mecánica e involuntaria, movido por un impulso no del todo consciente. No sabía exactamente por qué lo había hecho, pero lo cierto es que lo había hecho. Ahora estaba allí, en aquella oscuridad sin luna. El monje se calentaba al calor de unas brasas, construidas sobre lo que parecían escombros. ¿Pero escombros de qué? Todo allí parecía en su sitio. Tembloroso, resquebrajado, pero en su sitio.

– ¿Qué es eso?

– Cosas mías.

– Es decir, cosas mías – repliqué.

– Si tú lo dices…

Me acerqué a ver qué era, pero él se levantó y me cerró el paso. Intenté rodearlo, pero me lo impidió. Podría pelearme con él como un niño pequeño, pero sabía que en el fondo sería inútil. O a lo mejor realmente no quería conocer de qué se trataban los escombros. Así que cedí, me di la vuelta y me alejé oscilante que bailaba a la luz de la hoguera.

– Todavía es pronto para verlo –me dijo mientras me separaba, como si necesitara darme una explicación.

– Mañana –contesté, sin volverme hacia él.

– Mañana – repitió él, menos convencido.

Perderme en la tiniebla del claustro fue la forma de regresar a la realidad. Abrí los ojos y recorrí la sala de comunicaciones con la mirada para reubicarme en la misión que teníamos entre manos. Al final, posé la vista en la pantalla en la que seguíamos el eclipse, como todo el mundo allí. Cuando el ocultamiento llegó al punto establecido, Kyrek pronunció con decisión la orden de avanzar.

– La tormenta ha comenzado – me miró.