Se acabaron las vacaciones (para mi desgracia...). Siento no haber actualizado el día 18, tal y como dije, pero tuve una causa mayor (pero mayor mayor) para no actualizar. Os explico: tuve que rehabilitarme. ¿De qué? Pues ni más ni menos que del mayor mal inventado por el demonio para la programación de después de comer...¡Los culebrones! Mi madre y mi hermaa me hicieron tragármelos cada día durante las vacaciones. ¿Sabéis lo que es tratar de escribir dos historias y que de fondo estés escuchando la de soplapolleces que se dicen por la tele? Apenas pude escribir un capítulo en dos semanas por culpa de la Estrella Marina (así se llamaba la tiparraca) y de sus gilipolleces. Total, quie volví a casa con la mitad de mis neuronas a punto de morirse. Pero tras obligarme a ver los capítulos atrasados de Los Simpson, Family Guy y otros, ya me siento como nueva.

PD: Sé que Los simpson y Family Guy consisten en soltar tonterías por un tubo. Pero al menos las tonterías tienen gracia ¬¬


William falló porque Rose vio venir el ataque nada más cruzar la mirada con su madre. Saltó hacia atrás, soltando un grito ahogado. No sabía qué hacer a continuación, y tenía que pensar rápido. Pensó en Conrad y se estremeció. Carraspeó mientras William se limpiaba la cara de sudor para poder reconocerla.

Conrad…Rose apretó los labios mientras pensaba acerca de la última conversación entre ella y William. Si ella no hubiese dicho que se echaba atrás en el último momento, quizás ahora su niño estaría durmiendo en su cuna, en su habitación y cuidado por su aya, no por un siervo de William con órdenes de matar al crío si la cosa se torcía.

-William –llamó, para que él la reconociera.

Él bajó la espada. Se miró la herida y se tambaleó. Ya podía dar por perdido el brazo izquierdo.

-Rose…-murmuró él. Se irguió todo lo que pudo y se giró hacia Aurora, enarbolando de nuevo la Espada de la Verdad-. Has llegado en buen momento.

Rose volvió a intercambiar una mirada con su madre. Ella estaba aterrada, pero la joven sintió que s miedo era más por su hija que por ella misma. Y razones no le faltaban para sentir miedo.

-William, escucha…-empezó.

-¿La has dejado bien muerta, verdad? –Interrumpió él, dándole la espalda-. Porque has tardado poco. Aunque, sólo por eso, dejaré con vida a tu hermano pequeño…

-Él vivirá pero no por que tú lo digas, William –Rose dio otro paso atrás, algo temerosa aún, pero decidida a plantarle cara. Murmuró la palabra arcana correspondiente a espada y, al instante, se formó un arma que brotó de la fría piedra del suelo. Rose la recogió -. Se acabó. Suelta la espada.

William no respondió en un principio. Mas, pasados unos segundos de silencio total, estalló en carcajadas. Giró levemente la cabeza para que Rose le viera la cara.

-¿Y qué vas a hacerme, Rose? ¿Matarme?

Parecía tranquilo. Como respuesta, Rose alzó la espada, amenazante. William volvió a posar la mirada en Aurora, muy lentamente, pero tras retomar la pose se lanzó contra la mujer. Aurora no se lo esperaba. Aún sostenía la espada que le quitara a William, pero la sostenía sin fuerzas, sin ser casi consciente de que la tenía. Además, sentía que sus piernas flaqueaban. Vio de nuevo la embestida de William, pero esta vez no se preocupó ni siquiera en apartarse.

Rose se lanzó tras él. William estaba débil a causa de la herida, por lo que llegar a su altura era relativamente fácil. Rose se plantó delante de su madre y paró el golpe con su espada. Ésta empezó a vibrar a causa del impacto, tanto que a la joven casi se le resbaló la empuñadura. William retrocedió, y eso le dio a Rose valiosos segundos. Se volvió hacia su madre y la hizo soltar la espada. La sostuvo y la ayudó a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Aurora cerró los ojos. Entonces, Rose lo oyó.

-Dejad a esos críos y bajad a mi habitación. Esto lo va a pagar muy caro.

Rose sintió un escalofrío. Se volvió a la velocidad del rayo y miró a William, que la sonreía satisfecho. Al otro lado de la puerta se podían escuchar los pasos de los siervos del joven, que bajaban las escaleras a toda prisa. Pero ahí estaban Aaron y Diane, a salvo pero medio inconscientes. Ni rastro de Neriah.

-Que esté con Conrad…Por Dios que esté con Conrad -susurró para ella misma.

-Ya te lo advertí, Rose –siseó William-. Si no me ayudas, Conrad morirá. Vamos –levantó la espada-. Mátame si te atreves. Veamos cuánto duras sin utilizar tus poderes de bruja.

Rose apretó la empuñadura de su espada con todas sus fuerzas. Bufó, sintiéndose asqueada y desengañada. Antes todavía le quedaba la esperanza de que cambiara, que lo abandonara todo, y que las amenazas contra Rose no se hicieran realidad. Ahora entendía perfectamente el porqué de las advertencias de su familia acerca de William, y se reprochó a sí misma por no haberlas escuchado en su día. Recordó el momento en que ambos se conocieron y en sus palabras melosas y corteses.

-¡Eres un bastardo!

Rose se abalanzó sobre él, esperando que la debilidad de William pudiera hacer el combate menos desigual. Pero a pesar de eso él seguía teniendo la habilidad y la práctica que le faltaban a Rose. William paró el golpe con alguna dificultad, pero seguía en pie.

-¿Has acabado ya? –inquirió, burlón.

Rose se apartó un mechón de cabello de la cara y miró a la puerta por el rabillo del ojo. Se le acababa el tiempo.

Entonces oyó un ruido extraño frente a ella. Sintió una sensación extraña y algo caliente que resbalaba por su vientre y caía por sus piernas. Inconscientemente se llevó una mano a la zona mientras giraba la cabeza. Miró a William, que estaba ahora sorprendentemente cerca de ella. Alzó la mano, y descubrió que aquel líquido caliente era su propia sangre.

Rose bajó la cabeza y descubrió la Espada de la Verdad clavada en su cuerpo. Él jadeaba y miraba alternativamente a ella y a la herida. Parecía recién salido de un trance.

Rose se sintió de pronto débil. Se arrodilló y trató de sacarse la espada. Pero apenas tuvo fuerzas para asir la empuñadura, que quedó cubierta de sangre.

-R-Rose…-empezó a balbucir William. Ella apenas lo oyó. Se desplomó a sus pies. William se apresuró a recogerla y sujetarla sobre su regazo. Hizo ademán de asir la empuñadura, pero vaciló. Rose parpadeó y tosió, escupiendo sangre.

-Yo…-empezó a decir a media voz-. Yo…

-¿S-Sí, Rose? –contestó el joven, temblando.

-Te amaba.

William boqueó mientras parpadeaba varias veces, tratando de contener el llanto. Era todo demasiado irreal. ¿Había hecho él esto? ¿Cómo? ¿Por qué? Ya no lo recordaba. Ahora sólo la veía a ella, a su Rose, que se estaba muriendo ahí mismo.

-Yo…-empezó. No sabía qué decirle.

-No digas nada –gimió y escupió más sangre. Cerró los ojos-. Conrad…

Rose exhaló una larga bocanada de aire. Después, nada más. William se quedó en silencio, sin apartar la mirada de ella. Haciendo un esfuerzo, le sacó la Espada de la Verdad del cuerpo y la tiró lejos de ellos.

Se sentía exhausto. Quería descansar, yacer junto a Rose, pero no podía. No debía, no era digno de estar con ella. La había usado como un vulgar juguete aprovechándose de sus sentimientos hacia él. Y él ya no era capaz de decir si la había amado de verdad o si sólo se había dejado llevar por la ilusión creada por él mismo. Y luego…

-Conrad –recordó.

Se puso en pie y bajó las escaleras todo lo rápido que pudo. Evitó a los hermanos pequeños de Rose, el cadáver de uno de sus hombres y a aquella mujer, la bruja, que yacía sin sentido en las escaleras, cerca del soldado de William. Atravesó el pasillo y entró tambaleándose en su cuarto. No se encontró con nadie. Sus leales siervos habían escapado.

William escrutó la habitación en busca de su hijo. Vio un pequeño bulto en su cama, envuelto en una manta, y se acercó, rezando por que el niño estuviera aún vivo, sin entender por qué había ordenado la muerte de su propio hijo. Quitó la manta con la mano sana.

Conrad estaba tendido sobre la cama, aferrando con su manita su muñeco preferido. Sonreía en sueños. Los sirvientes de su padre se habían marchado sin terminar el trabajo sucio, o quizás no quisieron hacer daño a un niño tan pequeño. William suspiró, aliviado. Fue a dar un paso, pero se desplomó en el suelo, junto a la cama. Quiso levantarse, pero apenas podía moverse.

-R-Rose…

Había dejado de llover. Un tenue rayo de luz se filtró por la ventana e iluminó la cama y al niño, que inconscientemente se restregó los ojos y apretó el juguete contra su pecho.


PD2: Originalmente aquí iba a morir hasta el apuntador. ¡Incluso el pequeño Conrad! Lo eché a suertes y salió que tenía que perdonarle la vida al pobre crío y, la verdad, ahora no me arrepiento de ello. Sin embargo, Rose tenía los días contados desde que empecé a esbozar el fic.