Mil perdones por tardar tanto en actualizar pero me ha tenido bastante bloqueada este fic. Por suerte, un ramalazo de inspiración ha llegado a mí junto con el temporal y me he sentado a escribir como una loca. Esto va dedicado a todos vosotros, todos los que os tomáis un tiempo para leer mis locuras y, sobre todo, comentar, porque no sabéis cuanto me alegráis el día cuando me llega el mensajito de una nueva review. Así que GRACIAS a todos vosotros, lectores/as. ¡Os quiero!


- ¿Estás bien? – preguntaron ambos a la vez.

La sombra de una sonrisa bailó en los labios de la detective, pero yo me mantuve serio, demasiado herido para poder maravillarme de la coincidencia de decir la misma frase al mismo tiempo. Beckett se puso seria al darse cuenta de que no iba a resultar tan fácil, que iba a tener que dar algunas explicaciones para recuperarme, y sus ojos se sumieron en tristeza, dejándose caer contra el asiento del Jeep, cansada.

- ¿Por qué pitaste? – Pregunté, casi regañándola – Pensé que te había pasado algo.

- No… No. – Se quedó en silencio, mirándome, sin saber qué decir. Yo simplemente esperé, con mi paciencia agotándose.

- ¿Vas a decirme algo o me voy?

- Castle… - murmuró, sus ojos verdes avellana llenos de dolor.

Pero ni una sola palabra más salió de sus labios, y me harté de esperar por algo que jamás llegaría. Asentí secamente, cuadrando los hombros y apretando la mandíbula: aquello era todo. El final de algo que pudo ser pero que jamás sería. Contuve una risa sarcástica mientras me encaminaba con paso fuerte a la puerta del apartamento, sacudiendo la cabeza, maldiciéndome por haber sido tan estúpido. Una mano se cerró alrededor de mi brazo, haciendo que me tensara y dejara de caminar bruscamente. Giré sobre mis talones, sabiendo lo que encontraría, a quien encontraría.

- Espera, por favor – suplicó en casi un susurró.

Algo dentro de mí se ablando ante la mirada de total desesperación en su mirada. Mi subconsciente me regañó "Pobrecita, no sabe cómo hacerlo. Cálmate con ella", pero mi diablillo me susurró al otro oído "No hagas caso, solo está jugando contigo. Es una estupenda actriz." Sacudí la cabeza, sabiéndome en una encrucijada, sin saber qué camino escoger. Decidí quedarme en el medio, sin mostrar compasión pero tampoco dureza, simplemente relajé mi cuerpo y ladeé la cabeza, a la espera.

- ¿Podemos ir a la playa? ¿Dar un paseo? – inquirió Beckett, rehuyendo mi mirada.

- Está bien – dije en tono neutro.

Con los zapatos en la mano, comenzamos a caminar por la arena de la playa, en medio de la oscuridad de la noche. Alcé la cabeza, dándome cuenta de que la luna estaba oculta por unos nubarrones grises que no presagiaban nada bueno, y que un fuerte viento estaba comenzando a soplar. Vi estremecerse a Beckett, con frío, y le puse mi chaqueta encima de los hombros. No me paré a observar su mirada de agradecimiento, sabiendo que como lo hiciera toda mi determinación desaparecería.

- Te debo una explicación… Mucho más que eso – susurró ella, lo suficientemente alto para que pudiera oírla sin problemas.

- No estaría mal – contesté con voz fría.

"Te estás pasando" me susurró el angelito. "Sigue así, chaval" rebatió el diablillo. Me tragué el suspiro y miré a Kate, quien estaba observando el mar, mordiéndose el labio, indecisa y pensativa.

- Algo pasó – dijo, al fin, sin alzar la voz.

- ¿Cuándo?

- Al principio de mi primer año universitario. Algo… me cambió la vida, para bien y para mal. Dejé Derecho y empecé en la Academia de Policía, me hundí en un pozo de tristeza y venganza… Levanté una muralla a mí alrededor y me dediqué a alejar a toda persona que pudiera herirme.

- ¿Qué pasó? – pregunté, susurrando también, notando los paralelismos de nuestras vidas.

- No estoy lista para contarlo todavía – contestó, negando con la cabeza, sin atreverse a mirarme.

- Comprendo…

- Rick, tú más que nadie tienes que entenderlo – alzó los ojos, encontrándose con los míos, una súplica silenciosa escrita en ellos. Me estremecí, me llegó hasta la última fibra sensible de mí ser y, de repente, comprendí que ella también estaba emocionalmente dañada. – Solo dos personas en mi vida saben qué pasó, y una de ellas es mi madre… Sé que mereces algo más, a alguien mejor, no a una chica con tantos traumas en sus hombros que no puede andar recta.

- ¿Y qué pasa si yo no quiero a nadie más? – inquirí, dejando de andar, mirándola intensamente.

Alzó la mirada de golpe, analizando lo que había dicho y mi expresión, decidiendo si estaba hablando en serio o si la estaba tomando el pelo.

- Entonces estás loco – sentenció, con un brillo peculiar en sus verdes ojos.

Hice una mueca, encogiéndome de hombros.

- Eso dice mi psicólogo…

Una sonrisa apareció fugazmente en el rostro de la detective, que se puso seria de nuevo, con temor de lo pasara a continuación.

- Mira – comencé a decir, suspirando – Voy a ser sincero. Yo también tengo traumas, yo también estoy hundido en un pozo, yo también tengo murallas con las que ya te has chocado. La verdad, esperaba encontrar a una mujer que me comprendiera y aceptara tal y como soy, una mujer lo suficientemente cuerda para mantenerme a flote.

Beckett bajó la cabeza, ocultando la decepción de su rostro, el dolor. Ella no estaba tan cuerda, y lo sabía. Ambos lo sabíamos. Me acerqué a la detective y la agarré por la barbilla, obligándola a mirarme.

- ¿Pero quién mejor que otra mujer tan jodida como yo para comprenderme? – pregunté retóricamente, con una sonrisa torcida.

Ella hizo una mueca ante mi forma de expresarlo, pero pude ver en sus ojos el alivio, tan claro como un río de plata que aclaró su mirada y deshizo las arrugas de su frente. Nos mantuvimos la mirada unos segundos, hablando sin palabras, hasta que Beckett se estremeció de nuevo, mi chaqueta sin poder protegerla del fuerte aire.

- Vayamos a dormir.

La detective asintió, conforme, y caminamos hombro con hombro hasta el apartamento.

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El teléfono de Beckett me despertó cuando ni siquiera el sol había salido. Abrí un ojo perezosamente y comprobé que la detective estaba tan profundamente dormida que ni era consciente de la estaban llamando al móvil. Suspiré, con cansancio, y maldiciendo a quien se había atrevido a despertarme.

Cogí el iPhone de la mesilla, con cuidado de no hacer mucho ruido. "No oye el móvil, te va a oír a ti" me dijo una vocecita condescendiente. Tuve que admitir que tenía razón, por mucho que me fastidiara. Bajé con rapidez las escaleras, agradeciendo mentalmente que Beckett no tuviera contraseña.

- ¿Diga? – saludé, todavía con voz de dormido mientras me dejaba caer en el sillón.

- ¿Hola? ¿Quién es? – dijo la voz de una mujer al otro lado.

- ¿No debería preguntar yo eso? Eres tú quién está llamando.

- Sí, pero estoy llamando a Kate, no a ti.

- Ya, pero resulta que aquí, en Barbados, son las 7 de la mañana.

- ¿Castle? – inquirió la mujer, la sorpresa filtrándose en su voz.

- El mismo. ¿Quién ha tenido el placer de despertarme?

- Soy Lanie – se presentó. Dejé escapar un "Aaah" de reconocimiento interrumpido por un bostezo. - ¿Qué haces con el teléfono de Kate?

- Ella se encuentra apagada o fuera de cobertura, más bien todavía en la cama, sobando.

- ¿Habéis dormido juntos? – preguntó la forense, con sospecha en su voz.

- No. O sea, sí. Pero no. – fruncí el ceño, sin saber ni yo mismo que estaba diciendo.

- ¿Sí o no? No creo que sea tan difícil de contestar.

- Sí lo es cuando estás medio dormido todavía – refunfuñé, levantándome del sillón y mirando por la ventana. Hoy no iba a haber sol alguno…

- ¿Entonces? – me apremió ella, curiosa como siempre.

- Sí pero no. Sí hemos dormido juntos pero no en el sentido que tú crees.

- Solo Kate es capaz de dormir con un hombre y no hacer nada – comentó Lanie, con un suspiro de exasperación. – Por lo menos arreglaríais las cosas, ¿no?

- Aja – contesté, distraído. – Espera, ¿cómo lo sabes? – inquirí, súbitamente interesado.

- ¿A quién crees que llama Beckett cuando no sabe qué hacer? Estaba bastante angustiada y se sentía como una imbécil por haberte mentido con lo del beso.

- ¿De veras?

- Sí, sí – Lanie asintió, sin darse cuenta de que la estaba liando. – En el fondo te tiene mucho aprecio aunque no lo deje ver. Yo creo que es más que aprecio pero ell… - de repente se paró bruscamente, y se quedó en silencio.

- ¿Lanie? ¿Sigues ahí?

- Erm, me está… llamando alguien. Sí. – Dijo precipitadamente, escupiendo las palabras – Adiós, Castle.

"Kate me va a matar" la oí mascullar antes de que me colgara. Una sonrisa petulante apareció en mi cara, y me estiré cuan largo era, sabiendo que tenía en mi posesión una información tremendamente útil. Me encaminé a la cocina y puse la cafetera a trabajar, con el rico aroma a café pronto flotando en el aire. Me estremecí, con frío, y fui a encender la calefacción, siendo la primera vez que lo hacía en todas las veces que me había quedado allí. "Quizá sería más inteligente ponerte una camiseta en vez de andar medio desnudo" murmuró mi subconsciente sabiondo.

Mientras veía la cafetera rellenarse con café, jugueteé con el iPhone de Beckett, haciéndolo girar entre mis dedos, observando la pantalla en negro y la funda blanca, reflexionando sobre lo que se le había escapado a Lanie. ¿Mentirme con lo del beso? ¿Se refería a que le había gustado? Giré sobre mis talones, mirando hacia la puerta de la cocina, y me quedé congelado.

- ¿Se puede saber que estás haciendo con mi móvil? – preguntó Beckett, enfadada.