-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem), Tugay Mercan (Sultan Ibrahim I) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 52
El tiempo, una medida tan mundana y sencilla pero que con la debida intención figuraba en mil y un posibilidades, la alegría sentida hacia un minuto atrás, el júbilo y la esperanza por un día nuevo se había visto desvanecida en apenas un parpadeo, un momento en que todo lo que había sido perfecto ahora se encontraba en el olvido, suplantando pro el dolor y la perdida, el luto que se había apropiado de todos en cuanto el ángel del Imperio, la celestial diosa piadosa y atenta había abandonado el plano terrenal, su cuerpo aún permanecía con ellos, pero su alma estaba en un lugar al que ningún individuo vivo podía acceder y recordar o entender eta verdad solo contribuía a hacer más doloroso cuanto más pasaba el tiempo; el cielo anteriormente despejado estaba completamente cubierto de nubes como si de un oscuro presagio se tratara, un próximo llanto por la pérdida del ser más bondadoso el Imperio, la Sultana del mundo, la gloriosa Sultana Haseki, Madre Sultana, la madre y hermana de todos en el Imperio. Ahora me siento como una débil llama que intenta resistir un vendaval, completamente solo. Nadie sabía lo profundo de mis heridas, el dolor que recorría cada parte de mi cuerpo y el sufrimiento que invadía mi corazón, nadie podía siquiera imaginar como mi alma se despedazaba al estar realmente solo por primera vez. Escuchando las puertas cerrarse tras de si, el Sultan ingreso en sus aposentos quitándose desesperadamente el abrigo, dejándolo caer sin cuidado alguno al suelo, desabrochándose de forma apresurada los dos primero botones del cuello alto del Kaftan, sentía que no podía respirar, que le faltaba el aliento mientras se dirigía hacia la terraza con el corazón hecho trizas en un solo segundo; habiendo estrechado entre sus brazos el cadáver de su Haseki, había llorado como nunca había creído que lo haría, pero eso no era suficiente para aliviar su dolor, el mundo entero se había transformado en una sombra y todo producto de que quien tanto amaba había desaparecido de su vida, convirtiendo su existencia en un infierno irrespirable donde no existía nada salvo oscuridad. ¿Acaso el amor se marchita igual que las flores de primavera?, ¿O será que vive para siempre?, ¿Acaso tiene ese poder?, ¿Dónde está el escritor que determino que esa débil llama deba extinguirse?, ¿Por qué escribió eso?, ¿Qué consiguió al hacerlo?, ¿Quién lo leerá?
Tú, que conociste mi corazón, no dejes que me silencien, sino mi corazón herido dejara de latir y en su lugar dejara un mar de sangre. Pero nada era suficiente, el aire no llegaba a sus pulmones aun cuando sintiera que su corazón continuaba latiendo, era como si no pudiera conectarse con la realidad y en un desesperado acto por intentar creer que todo lo que estaba viviendo era una pesadilla de que despertaría en cualquier momento, el Uchiha se dirigió tan pronto como pudo hacia la terraza, a lo lejos y en el aire se escuchaban los anticipos de una tormenta con relámpagos destellando lejos, pero vaticinando poco menos que una calamidad, acercándose a la vez que la noticia de la muerte de la Sultana Sakura se extendía sobre el Palacio y sobre la capital como la pólvora. Fúrico como nunca podría haber creído que se sentiría, muerto por dentro más anclado a la tierra por decisión de alguien superior a él, Sasuke presiono con todas su fuerzas las palmas de sus manos contra le borde del balcón, intentando herirse, intentando sentir una pisca de dolor físico que no alcanzaba a emular el dolor que lo mataba por dentro, el dolor de saber que quien le daba sentido a su vida ahora ya no estaba a su lado. Ah, discordia, tu que amas el caos, ¡Levántate!, lanza tu alma al fuego y fulmínate extasiada, ese fuego lo engendraste tú, ¿lo ves? Está cediendo de tu sangre, vamos, levántate, levántate, levántate ¡Levántate o muere de una vez! No sabía que era lo que realmente lo hacía padecer un infierno, si la muerte de quien más amaba o enfrentar sus últimas palabras; haber dicho que nunca había conseguido ser feliz, que había sufrido a cada instante sin posibilidades de ser liberada de esa carga, él que tanto la había amado no había podido evitarle el sufrimiento, ¿Cómo sentirse en paz? Sentía que moría a cada momento con solo respirar. Gota a gota sangro sobre la historia, el silencio se abre camino como un abismo bajo mis pies, se congelan mis latidos, se entumecen mis recuerdos, hay estalactitas en mi voz; la abundancia se acabó, el aroma de la primavera se ha ido, y se ha llevado con ella todo nuestro vergel…la había amado tanto para poner el mundo a sus pies, pero eso no la había hecho feliz, todo lo contrario, los días felices habían terminado para siempre.
-¡¿Qué quieres de mí?!- grito alzando la vista al cielo cubierto de nubes, necesitando que Kami le respondiera porque había hecho semejante odisea de subida, ¿Por qué? No entendía porque había padecido esa existencia, porque había perdido a quien le daba sentido a su vida. -Forje un imperio prácticamente invencible, uní países en guerra y me mantuve lejos de mi esposa en momentos en que ella me necesito, por protegerla me manche las manos de sangre y peque como no podía haberlo imaginado antes- cada crimen cada recuerdo, cada decisión, absolutamente todo pesaba sobre su conciencia haciéndolo sentir como el ser más corrupto sobre la tierra y quizás fuera así, pero todo lo había hecho pensando que sería para mejor, más ahora se daba cuenta de que había sucedido todo lo contrario. -Y si todo lo hice en pro de cumplir tu voluntad, ¡¿Por qué me la quitaste?!- cuestiono, ignorando el propio sonido de su voz quebrada por el dolor. - ¡¿Dónde está tu amor y piedad?!- sollozo bajando la mirada, cerrando fuertemente los ojos.
Ahora estaba solo, la llama de su vida no soportaría la afrentas de quienes torturaban a los oprimidos, de sus enemigos que ahora más que nunca aprovecharían su soledad para atacarlo, no aguantaría estar a la deriva, sin su ángel, por mucho tiempo…
El mundo se había oscurecido, las horas pasado a una velocidad tremenda y para cuando ya la noticia de la muerte de la Sultana Haseki hubo sido del dominio público, todos se encontraban sumidos en el llanto más absoluto a vislumbrar; el pueblo, el ejército, los vivires y nobles dignatarios, el Harem y sus sirvientes, las Sultanas y los Príncipes, el propio Sultan; la alegría y paz que habían sentido por largo tiempo ahora solo era un efímero recuerdo, nostalgia de días pasados que ya no volvería. En el Harem y presas del desconsuelo, todas las jóvenes lloraban con el alma en vilo, temiendo por el futuro que habría de cernirse sobre ellas, incierto sin la bondad de la Sultana Haseki mientras se pronunciaba una oración por el alma de la Sultana del mundo, la Sultan de Sultanas y a quien todos lloraban, ni el mundo ni el Imperio volverían a ser lo mismo sin ella. Reunidas en los aposentos destinados a la Madre Sultana, la noble e ilustre dama encargada del Harem, todas las hijas del Sultan se encontraban reunidas en torno a la cama sobre la cual se encontraba recostada la Sultana Haseki, todas sus hijas y sirvientes/amigos de mayor confianza, estaban orando por ella en silencio, incapaz de llorar, no tras horas de su muerte, ya todos habían llorado lo que había necesitado llorar…podía sonar cruel pero no tenían tiempo para llorar ahora que su madre se había sido, al más leve descuido las atacarían y a los Príncipes y eso no podían permitirlo. Tú me preguntas porque mis lágrimas están pintadas de rojo, y yo te contesto y además lo haré directamente; son las sangrientas lagrimas del amor que brotan de mi corazón y luego emanan por mis ojos efusivamente, tu solo buscas tus propios beneficios, ¿Por cuánto tiempo estarás a su servicio?, ¿Es tu corazón el que quiere que lo ames o es tu soledad la que busca ser amada? De verdad, ¿Qué es el amor?, ¿Es el fuego que mantiene una vela encendida o es un fuego incandescente? Incluso la tristeza se transforma en felicidad cuando estas cerca, la vida se vuelve eterna con tu compañía. Aunque no se leyeran la mente entre si, toda y todos pensaban en el poema predilecto de su madre, aquel que sierpe pedía que le fuera leído mientras se quitaba los ajuares y las joyas, para prepararse para dormir y que ante su partida la representaba perfectamente, así es como todos se sentían sin ella, vacíos y como si el tiempo fuera eterno.
-¿Todo está listo?- murmuro Mikoto, sin apartar la mirada del cuerpo de su madre, lucia tan apacible y melancolía…como si solo estuviera dormida, pero n era así.
-Si, Sultana, el funeral será mañana, tal y como estipulan las traiciones- garantizo Ino, con la voz matizada de tristeza.
Las tradiciones dentro el Imperio Uchiha era algo infaltable, aún más si estas eran de carácter religioso; los ritos funerarios variaban dependiendo en honor a quien fueran oficiados, muchas Sultanas habían muerto en la historia del Imperio y cada una era recordada de forma diferente, pero mediante su autoridad Mikoto había conseguido ignorar su dolor y ordenar que el mejor de los funerales posibles, fuera realizado para su madre, un funeral de estado; el comercio y los deberes gubernamentales se pospondrían por tres días—el máximo sinónimo del luto—y se alzarían plegarias en nombres de todos para con su alma, además y siguiendo las costumbres—cosa que ya estaba hecha—el cuerpo de su madre seria lavado vestido con sus mejores ajuares, habría de partir de este mundo para que su féretro ocupase la cripta imperial, como la Sultana que sierpe había ido, la mujer más hermosa del Imperio. Recostada sobre la cama y con las manos cruzadas a la altura de su vientre, la antaño Sultana Haseki se encontraba ataviada en un espectacular vestido de satín morado; el color característico de la realeza, divido en dos capas. La capa inferior era de escote levemente redondeado y mangas ceñidas hasta las muñecas; el centro del corpiño y el frente de la falda al igual que las mangas estaban bordadas en diamantes que formaban pétalos y centros de flores, así como estrellas, conformando un bordado infinitamente elegante así como delicado. La capa superior, totalmente lisa, era enmarcada por un par de hombreras que finalizan en mangas holgadas y abiertas desde los hombros que oscilaban por sobre las mangas inferiores, enmarcándolas, y elegantes holanes adornaban el cuello posterior tras la espalda. Su larga melena de rizos rosados, como no había sucedido en mucho tiempo, caía libremente sobre sus hombros, realzando una bellísima corona de oro jamás vista por nadie, que repletas de diamantes, cristales violeta y purpura así como por amatistas recreaba multitudinarias flores de cerezo y figuras en forma de diminutas plumas de pavo real. Alrededor de su cuello se encontraba el tradicional emblema de los Uchiha hecho de plata, diamantes y cristales a juego con unos pendientes de plata y cristal en forma de lágrima y la sortija de las Sultanas en el dedo anular de mano derecha. Era lo más correcto que el mundo la viera y recordase así, perfecta, la leyenda que representaría el Imperio, para siempre.
-¿Cómo está su Majestad?- se interesó Sarada, ya que no había visto a su padre durante horas, no desde lo sucedido.
-Se encerró en sus aposentos Sultana, no ha querido ver a nadie- contesto Choji, ocultando su preocupación por esto y con razón ya que hubo extrañado a las Sultanas presentes, bueno, a todas menos a una.
-Le remuerde la conciencia- mascullo Izumi con veneno, apretándose fuertemente las manos y sin apartar la mirada de su madre.
Hasta ese instante Izumi había guardado silencio, el dolor por la muerte de su madre era demasiado grande sin importar que supiera como disimularlo a la perfección, su madre siempre viviría en su memoria como una mujer que había hecho todo lo necesario por el bienestar del Imperio como cualquier otra Sultana hubiera estado dispuesta a hacer antes que ella, pero que no había sido similar a nadie en el mudo, ella si había tenido corazón, ella había mantenido su conciencia, había protegido a los pobres, había alimentado a los hambrientos, había otorgado cobijo a los indefensos, una mujer como ella jamás seria olvidada en la historia del Imperio, una mujer que por ser inocente había sido perfecta a ojos del Sultan, tan perfecta como para que la crueldad del Imperio hubiera vuelto un amor de cuento de hadas en una perfecta pesadilla con el Sultan como carcelero de su sufrimiento. Si su madre había vivido y tolerado todas las crisis por las que el Imperio había atravesado, era únicamente culpa del Sultan y nada haría que Izumi cambiara de parecer ni aun la muerte del Sultan del mundo, nada. Lo último que Sarada quería hacer era intentar inútilmente cubrir el sol con un dedo, pero tampoco quería discutir y mucho menos en un da como este, su madre ya no estaba en su vidas y no solo ellas sino que también su padre estaba sufriendo, ¿por qué no ignorar todos los problemas que aun tenían como familia aunque fuera solo por esta vez? Su madre había dado todo de si por enmendar las cosas al final de su vida, había dejado atrás las adversidades, diferencias y discusiones, únicamente concentrándose en unir a todos por los ideales que tenían en común, verdaderamente había sido una pacificadora, no había peor forma de ofender a su alma y recuerdo que sembrando la discordia, pero si su madre había sido una leona salvaje, Izumi era una cachorra que enseñaba los dientes, sosegarla en su dolor era un imposible y eso Sarada lo sabía, por ello intentaba evitar una discusión innecesaria sin importar lo difícil que eso fuera, no era momento de discutir, no en ese momento, pero a Izumi nada podía calmarla no en lo que refería a ese tema.
-Izumi, por favor- murmuro Sarada, no teniendo ni la paciencia ni el ánimo para lidiar con ella o debatir esa situación, menos aún ahora.
-Nuestra madre no lo perdono, ¿Por qué habría de hacerlo yo?- cuestiono Izumi, girando su rostro para enfrentarla sin importarle nada más que obtener una respuesta porque ella no conseguía ver las cosas desde otra arista, -¿Ella dijo que lo perdonaba? Yo nunca la oí decirlo- contesto, sosteniéndole la mirada a Sarada que le hubo respondido con su silencio, en momentos así lucia igual que su padre…la misma superioridad. -Sé que está herido, pero no es digno de compasión, lo único que está sintiendo ahora es una ínfima parte de todo el dolor que ha causado, merece este sufrimiento- concluyo, apartando la mirada y acomodando el velo sobre sus hombros y su cabello.
-Basta, ya cállense- gruño Hanan, creando un abrupto silencio que no solo hubo sorprendido a sus hermanas sino también a los sirvientes presentes, la pelirosa se llevó una mano a la frente, intentando que sus sentimientos no le jugaran una mala pasada, no era correcto en ningún sentido. -Pueden irse, y gracias- permitió a los leales sirvientes presentes y que tras reverenciaran a las Sultanas hubieron procedido a retirarse. -¿Ustedes van a juzgar?, ¿Dirán que es pecado y que no?- cuestiono tras escuchar las puertas cerrarse tras la partida de los sirvientes y amigos más queridos de su madre. -Nuestra madre murió hoy, nuestro padre está sufriendo incluso más que nosotras- Izumi bufo por lo bajo, pero eso no hubo causado ninguna expresión en Hanan, era lo suficientemente cercana a su padre como para saber qué es lo que estaba sintiendo en ese momento aunque no pudiera verlo. -Ahora no es momento de peleas, si quieren discutir, váyanse, pero si quieren estar aquí, les pido silencio- zanjo, devolviendo su mirada hacia el cuerpo de su madre, continuando con la oración que murmuraba en su honor.
Era impropio de parte de ellas hablar como si supieran toda la verdad, claro que habían sido testigos de las decisiones que su padre había tomado a lo largo de los años, y habían sufrido por muchas de estas decisiones, pero si algo no habían alcanzado a comprender la intencionalidad tras estas decisiones, lo que él realmente había esperado obtener y porque las había llevado a cabo, quizás solo su madre hubiera tenido la magnánima oportunidad de saber todo cuanto había rondado por su corazón, solo ella había sido testigo de sus sueños y de sus primeros días como Sultan, para cuando todas ellas y sus hermanos habían nacido y ocupado su lugar en el Imperio, su padre ya había sido un gobernante en todo el sentido de la frase teniendo a su madre a su lado para apoyar sus decisiones, ella no habían visto el paso de la inexperiencia a la sabiduría, los intentos por preservar una autoridad que a ojos del pueblo era sagrada. Según lo que todas ellas recordaban por los relatos que su madre les había contado en su más tierna infancia, su padre había sido en su pasado el tipo de hombre que cualquiera a primera vista y tras quedarse con la primera impresión consideraría digno de ser un gobernante; justo, sincero, piadoso, recto…¿En qué momento y porque había cambiado para convertir en el cruel Sultan a quien el pueblo respetaba y temía a su vez? Ellas no habían vito esta metamorfosis, no habían sido testigos de su razones para actuar del modo en que lo había hecho ni como el Imperio había acabado por volverse el centro de su atención, solo habían podido ver las consecuencias que esta metamorfosis había generado, ¿Cómo hacer un juicio entonces? Saber toda la verdad en cuanto al pasado de sus padres se refería—antes de que ellas y sus hermanos nacieran—no era una obligación para ellas en ningún aspecto, pero si al menos no sabían toda la historia desde su diferentes perspectivas, lo que menos podían hacer era hablar de dientes para afuera, Shina asintió para si mima mientras meditaba esto, alzando la vista hacia Mikoto que hubo admitido que como siempre su hermana más cercana era la voz de la razón aun sin proferir siquiera media palabra, en eso era idéntica a su madre.
-Hanan tiene razón, pelear no sirve de nada- declaro Mikoto, sin darle la razón ni a una ni a la otra porque tal y como decía Izumi, su padre solo estaba sufriendo una pisca de todo aquel dolor que había causado a otros, pero de igual modo esa no era la instancia apropiada para discutir sino para mantenerse juntas. -A partir de ahora debemos estar juntas, todas, no importa lo que pase- intercalo la mirada entre todas su hermanas que hubieron asentido en perfecta consonancia,
La verdadera guerra comenzaría a partir de mañana, ya todos estaban planeando su estrategia y ella ya tenían armada la suya, pero mañana no sería un día de lucha, mañana seria un día de lamento tanto para el pueblo como para el Imperio.
Luego de la muerte de la Sultana Sakura una fuerte tormenta hubo azorado al Imperio durante toda la noche, los truenos y los relámpagos habían adornado el cielo y retumbado contra la tierra hasta casi la madrugada en que increíblemente Kami les había dado un consuelo por ahora que cuanto más tiempo pasaba más se dispersaba las ultimas nubes, despejando el cielo en toda su inmensidad, como si este día todo mereciera estar en calma. La muerte de la más grande de las Sultanas había enternecido al propio Kami que con su poder no había hecho más que evidenciar el sufrimiento por el que todos padecían en memoria del ángel del Imperio y que en este día tan triste ocuparía su respectivo lugar de honor entre la multitud de féretros que había en la cripta Imperial donde la aguardaban sus hijos; Baru, Itachi, Daisuke, Rai, Kagami y Shisui, por primera vez en toda la historia del Imperio una Sultana era realmente llorada por el pueblo, por primera vez el imperio no tenía idea de que es lo que sucedería en los días venideros o que hacer para continuar sin su guía, la última vez que una Sultana había sido llorada se había tratado de la princesa Annaisha, hija el Khan de Crimea y que había sido la madre del Sultan Hashirama, siendo conocida como la Madre Sultana Annaisha Hafsa, ella era la única mujer en la historia del imperio que tras la Sultana Sakura había sido llorada, pero ni aunque esta noble princesa hubiera hecho felices a todos y cumplido a la perfección con su rol…no había cobrado la importancia de la Sultana Sakura si, ella que había alimentado a los pobres, protegido a los humildes y desamparados, resguardado al imperio y habiendo ejercito como regente y gobernante en ausencia del Sultan, una simple plebeya extranjera que había dirigido y resguardado al Imperio del peligro como ningún Sultan había conseguido hacer, nunca antes habían visto un caso así y una leyenda así no volvería a aparecer eso era algo más que obvio. Mujeres así de poderosas de magnificas solo venían al mundo una vez en cada siglo y en lugares diferentes el mundo entre si, y sinceramente el Imperio no creía volver a tener la suerte de tener una Sultana como ella…nunca más.
Pero los días de gloria habían pasado para siempre y hoy un luto intachable cubría a toda la corte y el Harem donde especialmente cada una de las concubinas, sirvientas y odaliscas vestían de negro, con velos gris oscuro cubriendo sus cabellos y llorando con desconsuelo, abrazándose entre sí, intentando no llorar con aspavientos más era muy difícil, muchas de ellas habían sido arrancadas de su hogar, dejando atrás a sus familias a quienes nunca volverían a ver y como sustituto la Sultana Sakura les había dado su amor y afecto, había velado porque el Harem fuera alegre y que todas ellas se sintieran dichosas a más no poder pese a las tensas situaciones que tenían lugar en el Palacio, ella había hecho de sus tormentosas vidas un auténtico paraíso que sabían había desaparecido junto con ella. Alguien que era conocedora de estas circunstancias, habiendo crecido en medio de esa algarabía era la Sultana Mikoto que encabezaba una de las dos filas que, a cada lado del pasillo principal del Harem, aguardo el momento culmine para despedir a su madre. Ella era una de las mujeres más hermosas del Imperio, la primogénita del Sultan del mundo y su Haseki, ahora enfundada en un sumamente sencillo vestido de seda negra que se amoldaba perfectamente a su figura, de rectado escote corazón con seis botones de oro hasta la altura del vientre decorados a cada lado por cadenas de oro, mangas ceñidas hasta las muñecas y falda de una sola capa, más este vestido pasaba desapercibido por la chaqueta de encaje sobre él; de cuello alto y cerrado, sin mangas y abierto bajo el vientre como si de una falda superior se tratara, sin adoro alguno sobre el material, haciéndola lucir más sombría de lo que intentaba parecer. Sus largos rizos rosados permanecían impolutamente recogidos tras su nuca y cubierto por un largo velo que caía tras su espalda, adornado por una sencilla corona de oro en forma de flores de cerezo—en silente homenaje a su madre—decoradas por una serie de piedras de ónix y sin otro aditamento que la embelleciera, este día solo quería austeridad, solo quería llorar en silencio su perdida. A lo largo de su vida había visto a su madre como un modelo a seguir y quien había refrenado sus impulsos, ahora y sin ella, Mikoto se sentía a la deriva sin importar que con una expresión de dignidad en el rostro, no lo exteriorizara en lo más mínimo.
Quien sí lucia melancólica y a leguas era la Sultana Sarada, para ella nunca había resultado tan fácil ocultar sus sentimientos, a los sirvientes de mayor experiencia les recordaba a la difunta Sultana Sakura tras enfrentarse a sus primeras pérdidas, con la mirada brillante por lagrimas pasadas, con ojeras muy bien disimuladas a causa del maquillaje, la faz pálida y una linea recta conformada por sus labios rojos, hermosa pero tremendamente triste al mismo tiempo, justo como había sido su madre estando viva. De pie junto a sus hermanas Mikoto y Shina, la Sultana se encontraba ataviada en un sencillo vestido negro de escote corazón perfectamente calzado a su figura y mangas ceñidas hasta las muñecas, y falda de una sola capa hecha de seda y ligeramente ribeteada en gasa para mayor movilidad, por sobre él vestido se hallaba una chaqueta de encaje color negro bordada superficialmente en diamantes; de cuello alto y cerrado, sin mangas pero con marcadas hombreras, abierta bajo el vientre para exponer la falda inferior creando de paso una especie de falda superior. Su cabello azabache caía libremente tras su espalda, adornado por una bellísima pero opaca corona de oro en forma cónica—que sostenía un largo velo negro que caía tras su espalda—que representaba flores de cerezo decoradas por piedras y cristales ónix a juego con unos pendientes de oro y ónix en forma de lagrima. Como consecuencia de este suceso, Boruto y ella estaban más próximos entre si de lo que nunca habían estado, ambos habían perdido al ser más importante en sus vidas, él a su padre y ella a su madre, pero contraria a Boruto, Sarada no dejaba de pensar en su padre, ¿Qué etaria sintiendo él? Quizás pocos o nadie de quienes habitaban el Imperio o el Palacio hubiera dedicado un segundo a pensar en él de esa forma, pero ella si le preocupaba el modo en que se había aislado, no había abandonado sus aposentos ni había permitido que nadie hablara con él salvo el Hasoda Basi, no había probado alimento en todo un día, era como si quisiera morir a plena conciencia, eso significaba perder al ser amado; sentir que la vida ya no tenía sentido.
Se sentía furiosa y estaba dispuesta a admitirlo a la menor preocupación, no podía ignorar todos los errores que había cometido su padre, ella al igual que su difunta madre pensaba que un "perdón" de parte de una autoridad o ser terreno no era suficiente, nadie le otorgaría el perdón al Sultan del mundo, porque no podía volver el tiempo atrás, nada de lo hecho podía ser revertido, la mayoría de sus hermanas pensaba de forma opuesta a como ella lo hacía pero nada de eso le importaba, su adorado hermano mellizo había muerto por su culpa y su madre había sufrido un auténtico infierno por las decisiones que él había tomado, ella no tenía por qué perdonarlo puesto que era otra victimas de su decisiones; era un tirano y no se retractaría del odio que le dirigía, pero ni aun en su lecho de muerte lo perdonaría. De pie junto a su hermana Sarada, lucia indiferente y estoica como su madre le había enseñado pro años que debía hacer y ahora más que nunca era capaz, únicamente con el ideal de pasar inadvertida, más aunque se empeñara en pasar desapercibida y sin animo alguno de impresionar, la Sultana podía fácilmente volverse el centro de miradas pues el luto extrañamente no la ensombrecía como había creído que sucedería y ocurría lo mismo con sus hermanas. Su figura intentaba ser distendida con un vestido de seda negra—que intentaba no marcar su figura, de conservador escote redondo que se cerraba en la espalda, falda de una sola capa ribeteada en gasa para mayor movilidad y mangas agitanas que se ajustaban a la altura de los codos, abriéndose en lienzos para exponer los brazos; por sobre el vestido una sencilla chaqueta de encaje y gasa de cuello alto, sin bordado alguno y sin mangas, cerrada desde el cuello hasta la altura del vientre por seis botones de oro con un cristal ónix en el centro. Sus largos rizos castaños caían tras su espalda cual cascada de rizos, salvo por un mechón que caía sobre su hombro derecho, ocultos por un largo velo que sostenía una sencilla corona de oro en forma de capullos de cerezo—en tributo a su madre—y decorada por piedras de ónix. Con las manos cruzadas a la altura de su vientre, Izumi se había resignado a hacer lo mejor para el Imperio como su madre había dicho que hiciera y se encargaría de volver cada día del "futuro Sultanato" un infierno para Takara, ella la haría caer aunque su vida dependiera de ello y nadie, nadie le quitaría el privilegio de pisar la cabeza de esa asquerosa y traicionera serpiente, porque ese día tarde o temprano iba a llegar.
Introspectiva y callada así es como se mantenía la Sultana Hanan quien a ojos de todos era la gemela de la Sultana Sakura, recordándoles a todos la leona enfurecida y salvaje que había llegado al Palacio Imperial desde una remota isla griega, revolucionando todo lo conocido y siendo considerada como una Sultana aun antes de haber alumbrado cualquiera de sus príncipes, a sus trece años aquella inocente jovencita tenía todas y cada una de las características de sus hermanas mayores estampadas en el rostro; dignidad, resistencia, melancolía, coraje y la misma fortaleza que su madre le había transmitido al tenerla a su lado por tanto tiempo, ahora había llegado la hora de poner todo lo enseñado en práctica y se juraba a sí misma no fallar en tal labor. Siendo la última en la noble fila que era iniciada por sus hermanas y aliadas de mayor confianza, que se situaban a su lado, la inocente Sultana pelirosa portaba un sencillo vestido negro de escote corazón recatadamente alto por su inocencia y juventud, de mangas ceñidas hasta las muñecas, y falda de una sola capa hecha de múltiples capas de gasa superpuestas entre sí para facilitar la movilidad, por sobre él vestido una chaqueta de encaje color negro bordada parcialmente en diamantes; de cuello alto y cerrado, sin mangas pero con unas hombreras algo difusas y abierta bajo el vientre para exponer la falda inferior. Sus largos rizos rosados a imagen de los de su fallecida madre caían libremente tras su espalda cual cascada de rizos y adornados por un sencilla corona de oro que conformaba una estructura en forma de espinas y flores de cerezo ribeteadas en diminutos diamantes y cristales ámbar con unos elaborados diseños laterales a ambos lados de la cabeza y que replicaban raíces decoradas por diamantes ámbar en forma de lagrima, y dejando caer un dije en forma de flor de cerezo sobre su coronilla como silente dedicatoria a las flores predilectas de su madre, y con unos sencillos pendientes de diamante en forma de lagrima. Había sido la primera de todas sus hermanas en saber sobre la enfermedad de su madre, la única que había estado día y noche a su lado, había crecido a su sombra y visto todo de ella, su fortaleza, su debilidad, su bondad, sus razones para actuar; intentaría ser su reflejo, pero no sabía si lo conseguiría, con su partida su madre se había llevado una parte de su vida, pero algún día volverían a estar juntas.
Había sido una chica de poco más de doce años cuando había llegado al palacio imperial entonces había visto todo con optimismo porque su vida en Atenas no había sido mejor en ningún contexto, solo recordaba cuan agradecida había estado poder tener un techo y cama donde dormir y comida con la que evitar volver estar famélica como había estado en su momento, pero cuando la Sultana Sakura la había visto por primera vez…inmediatamente la había tomado como su protegida y la había educado con el amor con que una madre daría a una hija y con el tiempo Aratani había visto a la Sultana Haseki como la madre que no recordaba haber tenido alguna vez, y hoy si estaba con su rosto preso de la melancolía era porque su madre había muerto. De pie junto a la Sultana Hanan en su elegante dignidad, la Sultana Aratani, viuda del Príncipe Daisuke, portaba un sencillo vestido de seda negro, de inocente escote corazón, holgado sobre su figura bajo el busto y sin intención de lucir halagadora, con falda de múltiples capas de gasa superpuestas sobre si y mangas transparentes ribeteadas en una fina capa de encaje que llegaban a cubrirle casi por completo las manos, por sobre el vestido una sencilla chaqueta de encaje de profundo escote en V que se cerraba escasamente a la altura del vientre. Lamentablemente el vestido apenas y era visible ya que un largo velo gris oscuro—levemente azulado—se encontraba cruzado desde el cuello hasta la altura del su vientre, ocultando su ajuar y cubriendo su largo cabello castaño que permanecía peinado en una trenza que caía sobre su hombro izquierdo y sin joya alguna que ensalzara su permanente belleza, quizás siguiera siendo una Sultana, pero no quería lucir magnánima, no este día. Primero había perdido a su esposo Daisuke, luego a sus dos pequeños príncipes, al Príncipe Shisui que había sido como un hermano para ella y ahora su madre también partía de este mundo, era sumamente difícil para Aratani no sentirse totalmente sola, más sabía que no podía darse por vencida, la partida de la Sultana Sakura había declarado abiertamente la guerra entre ellos y Takara y no podían claudicar hasta que uno de los dos bandos cayera y ellos deberían ser los vencedores, no había otra forma de proteger al Imperio.
Otra persona que era presa de la angustia era la Sultana Seina quien contraria a la mayoría de las presentes tenía los ojos rojos de tanto llorar y se hacía evidente que apenas y había conseguido dormir, la Sultan Sakura había sido una diosa en su vida, un modelo a seguir…ahora que no la tenía no sabía qué hacer, ciertamente la Sultana Haseki antes de morir le había dado su entero respaldo para ser su futura sucesora como Madre Sultana algún día, pero Seina tenía mucho miedo de no estar a la altura, solo quería proteger a la dinastía y al Imperio tal y como la Sultana Sakura había hecho antes, pero ¿Podría? Esa era la cuestión. La segunda Sultana del difunto Príncipe Shisui vestía de negro como dictaba el luto y como ella se sentía, un sencillo vestido de escote cuadrado ribeteado en encaje en el borde del escote, ajustado bajo el busto distorsionando sin animo alguno de impresionar su figura, con falda de múltiples capas de gasa superpuestas ente si y mangas ajustadas hasta los codos que se volvían acampanadas y transparentes hasta cubrir las manos; por sobre el vestido una simple chaqueta de gasa y encaje de profundo escote en V escasamente cerrada bajo el busto y sin mangas, creando una especie de falda superior a imagen del largo velo negro que cubría sus rizos castaños recogidos tras su nuca, y que se arremolinaba sobre sus hombro en una imagen tremendamente dolorosa y empática de observar. Nunca nadie podría ser como la Sultana Sakura, el primer paso para seguir de cara al futuro era asumir esta realidad, Takara quería ser aún mejor que ella pero no lo conseguiría, nadie podría, cada Sultana había sido diferente ante que ella sin lograr superarla, ¿Cómo es que ella, arena que se llevaba el viento, podrían superarla? Era absurdo, ridículo, pero Seina no quería eso, no quería superarla, solo quería hacer que su hijo,—en honor a las palabra que la Sultana Sakura le había dicho por última vez—su Hashirama llegara al trono y cuando eso sucediera ella lo protegería con su vida y al Imperio, eso era todo lo que quería hacer.
Igual de reflexiva que ella se encontraba Masumi que por inercia le rodeo el hombro con su brazo en un gesto de muda hermandad, Takara no había conseguido hacer que dejaran de ser amigas y sin importar que alguno de sus hijos hubiera de llegar al trono y una de ellas hubiera de ser Madre Sultana, no dejarían de considerarse hermanas entre sí porque tenían todo en común; ambas eran víctimas, esclavas alejadas de sus hogares, Seina de Polonia y ella de Albania, ambas tenían un hijo que proteger, eran viudas del mismo hombre, el Príncipe Shisui y leales a la Sultana Sakura aun cuando hubiera muerto, si eso no era tener todo en común no sabía que lo era. Rigurosa en extremo y con el rostro pálido por la falta de sueño, la Sultana Masumi vestía unas conservadoras galas de seda negra de escote corazón perfectamente calzado a su figura, con cuello alto hecho de gasa transparente, mangas ajustadas hasta los codos y que se volvían acampanada y transparentes hasta cubrir las manos, así como falda de una sola capa hecha de seda pero ribeteada con una capa de gasa superior para permitirle toda la movilidad posible; su larga y ondulada melena azabache se encontraba en una coleta ladina sobre su hombro derecho, más cubierta por un largo y liso velo negro que arremolinaba sobre sus hombros, sin joya o aditamento alguno que ensalzara su belleza, no quería hacer tal cosa ni lo necesitaba, este día solo quería reflexionar y extrañar a la Sultana Haseki, a la madre del Imperio; nada más. ¿Sería Madre Sultana algún día? Masumi no lo sabía y no le importaba, solo quería que su hijo estuviera a salvo y eso sucedería tanto como si Hashirama llegaba a ser Sultan como sí lo era su pequeño Sasuke, pero en el fondo no quería que su hijo llegara al torno, aún era demasiado pequeño, en lugar de ello elegía vivir una vida tranquila junto a él, eso es todo lo que podía pedir como madre, pero estando dispuesta a—en memoria de la Sultana Sakura—dedicar todas sus energías para proteger al imperio, ese era su deber como Sultana.
Finalmente pero no menos importante se encontraba lady Eri Kalfa, la leal vasalla de la Sultana Sakura, la única concubina del fallecido Príncipe Kagami, aquella que había alumbrado a una hija solamente y que no había llegado a ser Sultana, pero su lealtad y veneración para con la Sultana Haseki había sido tal que aun como esclava o criada, lo que fuera, había estado dispuesta a servirle y gracias a Kami había podido hacerlo, tantos años junto a ella habían hecho que Eri viera a la fallecida Sultana como a una madre, un madre a quien ahora lloraba, apretando sus manos que mantenía cruzadas a la altura del vientre. Los ajuares de luto eran un asunto de suma importancia, por lo que no hubo resultado sorprendente para nadie que por primera vez lady Eri realmente luciera como una Sultana, envestida en un encantador vestido de seda negra de recatado escote cuadrado y mangas ceñidas a las muñecas con holanes de encaje en el borde de las mangas y a las altura de los hombros como adorno, bordado en hilo de plata en el centro del corpiño y la falda inferior, replicando el emblema de los Uchiha enmarcado por hilo cobrizo, con un falda superior enmarcando la caída de la tela elegantemente bordada. Su largo cabello dorado como la miel caía libremente sobre su hombro derecho y tas su espalda, adornado por una sencilla pero elegante corona de oro en forma de espinas y capullos de rosa, decorada por cristales ónix y que sostenía un largo velo que caía tras su espalda. Nunca había visto necesidad de esmerarse tanto en su apariencia al ser una viuda desde una edad tan temprana, pero esta vez si, quería despedir a la Sultana Sakura co los honores que se merecía, era lo mínimo que podía hacer por ella tras haberle servido por trece años, toda una vida que había hecho que viera en esa mujer a la madre que había dejado atrás en su propia tierra cuando sus padres habían sido asesinados y ella había sido vendida como esclava, ahora su vida era ese Palacio y no se arrepentía en ningún momento de que las cosas fueran así.
Las costumbres eran sumamente claras cuando estipulaban que los hombres no podían entrar al Harem, era una regla muy marcada, pero esta vez las propias Sultana habían decidido evadir el engorroso protocolo y hacerle a su madre el funeral que merecía, un funeral de estado en toda su gloria y dignidad para que nadie en el Palacio y la corte, así como en el imperio, olvidar quien había sido; en el Harem y cargando el féretro forrado increíblemente en seda esmeralda y bordado en oro, rompiendo con la tradición del habitual negro que regía todo, ingreso en el Harem siendo cargado por quienes le habían sido más leales a la difunta Sultana Haseki. Kakashi Hatake, Konohamaru Sarutobi, Boruto Uzumaki, Mitsuki, Shikamaru Nara, Choji Akimichi, ellos seis distribuidos equitativamente a cada lado cargaban el féretro mientras que cada joven y cada doncella del Harem reverenciaba la partida oficial de la Sultana Haseki, habría de ocupar su divino puesto junto a sus hijos y su predecesoras en la cripta Imperial, pero en contraste con todas las Sultanas que antes habían gobernado el Palacio, ella sería recordada para siempre. Habitualmente la tradición hacia que el Sultan participar del rito funerario, pero el Sultan Sasuke no había querido hacerlo, no quería recordar la imagen de su esposa de esa manera, quería continuar viviendo la vida que Kami había decidido sin llevar en su mente un recuerdo tan infame, quería recordarla plena y hermosa, llena de vida y alegre, brillando como la luna misma, incomparable a nadie más y nadie había tenido el valor de intentar hacerlo cambiar de opinión. Todas y cada una de las hijas de la Sultana Haseki y sus aliadas que habían llegado a considerarla una madre siguieron con la mirada la partida del féretro mientras cruzaba el infinito pasillo hacia la salida del Harem a todo se les hubo oprimido el corazón, incluido a los nobles Pashas y servidores que cargaban el féretro, el futuro era incierto y horriblemente desgarrador, todos y todas habían pasado la vida entera junto a la Sultana Sakura, seguir sin ella sería imposible, pero tristemente habrían de hacerlo, no había otra opción. Finalmente y tras un trayecto que pareció eterno, el féretro abandono el Harem rumbo a la cripta haciendo que todas las presentes, incluidas las Sultanas soltaran un angustioso suspiro, orando en silencio:
El Imperio despedía a su Sultana.
Sultana de Sultanas, belleza de bellezas, mis lágrimas se convierten en olas al pensar en la tempestuosa esclava griega que vi por primera vez, ángel inocente, Sultana de mi corazón, la diosa en quien deposito mi veneración, que océano, que rio, que arrollo, el gobernante del mundo enloqueció de ti en un instante, que amor, cuanta perfección, un ángel llego a mi vida y cuya belleza no me canse de templar, ahora mi vida en su vacío en que la alegría ya no me vuelve a acompañar, solo un respiro de pena. El silencio imperaba completamente en los aposentos del Sultan del mundo, sabía lo que estaba sucediendo, oraciones y plegarias en nombre de su esposa se alzaban por toda la capital, pro el Imperio entero, la mujer más perfecta y justa sobre la tierra había muerto y el mundo ahora se había convertido en una sombra de lo que había sido en su momento mientras él, sentado sobre el diván en el centro de su habitación observaba indiferente el titilar de las llamas de la chimenea, nada tenía sentido para él ahora, era como si le hubieran arrancado el corazón si contemplación alguna, seguía vivo para su pesar pero no podía sentir nada, nada salvo un enorme vacío en el centro de su vida, como si nada valiera la pena, como si ya nada lo instara a luchar contra los enemigos que lo rodeaban, toda su fuerza y su ánimo por buscar lo mejor para el imperio se había extinguido, su Haseki, su Sultana de Sultanas, ella había sido el Imperio por el que él había extralimitado sus fuerzas, por ella había combatido contra cualquier enemigo, destruyéndolos a todos, pero ahora…nada de eso tenía sentido, ninguna lucha o guerra le importaba porque ahora estaba solo, nada merecía la pena como para que sintiera algo. Mi vida y mi pasión, mi realidad y mi fantasía, lo que ama y anhela mi corazón, primer y último amor; el único. Ella, mi existencia, mi ángel compasivo, ¿Por qué me abandono? Estaba vacío, su alma y su razón de existir lo habían dejado, estaba muerto por dentro. Hubieron tocado a la puerta más en nada le hubo afectado, no sintió ni encontró la fuerza para otorgar su permiso, más Suigetsu afortunadamente lo conocía lo suficiente como para ingresar de todas formas, dejando tras de sí el suave chirrido de las puertas cerrándose.
Para Suigetsu la condición del Sultan era preocupante como nada más en el mundo, nunca nadie lo había visto así, no hablaba, no comía, solo respiraba; esto era lo único que garantizaba que estaba vivo, era increíble la metamorfosis que había apropiado de él que solo había podido ordenarle que hiciera todos los preparativos de acuerdo con la voluntad de sus hijas y así era, el funeral que había tenido lugar era el más hermoso y emblemático de la historia del Imperio como nunca antes se había visto, la Sultana Sakura había muerto tal y como había vivido, en la gloria más absoluta que podía llegar a imaginarse y siendo amada por todos aquellos que habían sido testigos tanto de su belleza como de su bondad. Desganado a más no poder, el Sultan portaba una larga túnica de seda color negro que casi llegaba al suelo, de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas y sobre la cual se hallaba una corta chaqueta de cuello en V, cerrada y sin mangas gris plateada, le parecía el atuendo apropiado para el momento o para el día y no había pensado en nada durante la mañana, solo se había vestido consciente del luto que reinaba en su propio Palacio y que poco podía expresar lo que él sentía en su corazón…no se había molestado en buscar algo muy halagador entre sus usares pues solo quería expresar de alguna silente forma el dolor y la soledad que ahora lo acompañaba, colores tan oscuros como la profundidad de sus pensamientos. Deseaba haber podido entenderlo, deseaba haber podido analizar los hechos y entender lo vacía que Sakura se había sentido durante tantos años, no había podido entenderla, él que era su esposo, quien más decía amarla en el mundo, él no había podido ver a través de su sufrimiento, no había podido hacer nada para minimiza la carga con la que había lidiado por tantos años, en lugar de ello y sin darse cuenta no había hecho más que agregar más peso a esa carga hasta que Sakura sencillamente no hubiera podido soportarlo, irónicamente él era el responsable de su muerte, él no había podido ver cuán frágil y débil se había sentido y él no había podido consolarla, todo su sufrimiento había sido por su culpa y él estaba destinado a vivir con ese peso, porque Kami al parecer quería hacerlo sufrir al mantenerlo con vida.
-¿Ya está hecho?- consulto Sasuke, sin animo alguno, sin voltear ni dar índice alguno de su interés por la respuesta, más esperaba obtenerla.
-Si Majestad- contesto el Hosuki, un trabajo llegaba hasta allí, el Sultan el había pedido que se asegurara de que el funeral fuera llevado a cabo tal y como se merecía que ocurriera, pero aunque ya hubiera cumplido co su deber, Suigetsu sentía que tenía algo más que hacer, no podía dejar que su Sultan y amigo lidiara solo con semejante dolor. -¿Necesita algo más, Majestad?- indago, esperando poder hacer algo por él
Más que su Sultan, el gobernante del mundo, Suigetsu llegaba a considerar a ese hombre cargado de dolor como su amigo más querido y no quería dejarlo a su suerte, más el silencio que hubo recibido como respuesta le hizo saber que no podía hacer más, él realmente quería estar solo, no quería la lastima ni la compasión de nadie, solo quería estar a solas con sus pensamientos y sufrir en silencio. Reverenciando apropiadamente al Sultan, el Hasoda Basi abandono la habitación, cerrando las puertas tras de sí, dejando que Sasuke volviera a sumirse en la profundidad de sus pensamientos, en la inmensidad de su propio dolor…¿Que es esta euforia?, ¿Qué son estos visillos en mi rostro?, porque para mi ella lo es todo, es una y mil también, en cada momento, en cada suspiro, en mis ojos esta su amor, es mi riesgo y también mi tiempo. ¿Dónde está la existencia que construimos?, ¿Dónde están los días de alegría y sol? Esas preguntas resonaban en el interior de su mente una y otra vez al igual que otra aún más importante, ¿Por qué sigo vivo? Necesitaba desesperadamente una respuesta, sabía que había cometido errores imperdonables, pero Kami le estaba dando una condena inaguantable, no le importaría sufrir, pero perder a su ángel era algo que no podía aguantar. Solo me queda mi llanto en este sucio mundo, oh corazón, estas desterrado en tu propia ciudad, tu, aquí estas en el exilio, la noche es el lado oscuro del mundo y el día no me puede acompañar, mi primavera se acabó y en su lugar solo existe el cruel invierno. El dolor solo se hacía más y más grande cuanto más tiempo pasaba, no tenía fin, solo llevaba unas horas haciéndose a la idea de haber pedido la razón de su existencia y ya creía estar próximo a la muerte, el dolor era insoportable. Sin ti, muero lentamente, necesito tu presencia, porque eres mi alma gemela, mi amor y mi esperanza, nada me importa en este mundo salvo tú, es por ti que existo en este universo. Un casi inaudible suspiro abandono sus labios, ya no importaba lo mucho que estuviera sufriendo por dentro…no podía llorar, sus lágrimas se habían secado, solo le quedaba el vacío en su corazón, no tenía nada que lo hiciera anclarse a la realidad, nada. Mis largas noches grises, mi oscuridad, eres mi día, mi luna, mi dolor, mi enfermedad, mi hermosa Sultana, no puedo vivir sin ti, sin tu fragancia, sin tu tacto ni el sonido de tu voz, apiádate de este amante que solo ve tu magnificencia, todo el universo palidece ante la belleza que hay en ti, y este pobre enamorado no puede vivir sin el brillo de tus ojos.
La propia condena por sus pecados y malas decisiones era esa…estaba solo.
El funeral realizado había sido un homenaje digno por la mayor de toda las Sultanas en la historia del Imperio, la historia había enmarcado a Sultanas que el pueblo no había apreciado, que habían sembrado la discordia y luchado por su propio poder, nunca antes una mujer había dedicado su vida en pro del poder Imperial y el bienestar de un pueblo, no como había hecho la Sultana Sakura, nadie nunca antes había sido tan merecedora de que el pueblo la llorara con lágrimas de sangre a cada momento, nunca antes había existido tanta bondad en una sola persona, una bondad que ahora se había desvanecido para siempre. Luego del debido ceremonial el féretro forrado en seda esmeralda bordado en oro hubo ocupado su correspondiente lugar en la cripta Imperial done ahora se encontraba las hijas y aliadas de la tan amada Sultana Haseki, ahora y lejos de la vista de terceros que pudieran recriminarlas; todas y cada una de ellas lloraba ante los féretros de su madre y sus hermanos, con lágrimas enrojeciendo sus ojos y cayendo en silencio por sus mejillas, todas ellas habían soportado las dificultades de su vida, habían tropezado muchas veces producto de su miedo y experiencia, ahora nadie sabía qué hacer ante la muerte de su madre que las había guiado en cada paso, enseñándoles que hacer…¿Qué hacer sin ella? Ellos eran simples seres terrenos que podían errar, pero en el futuro que se habría paso no había lugar para los errores más ellas se habían equivocado para poder aprender, ¿Cómo no equivocarse ahora? Takara había aprendido de sus propios tropiezos y las presiones hasta volverse una amenaza real con a que lidiar y de que ellas no sabían si podrían deshacerse, es decir; claro, tenía el deseo y la voluntad, pero no sabían si era suficiente como para vencer, si querían derrotar a Takara y deshacerse de ella tendrían que esta tan dispuesto a matar y traicionar como lo haría ella, solo que si conservarían su conciencia y piedad con quienes lo merecieran, quienes fueran leales serian recompensados y quienes no lo fueran…no vivirán para ver salir el sol otra vez.
La Sultana Naori, hija de la Sultana Mikoto y nieta primogénita de la Sultana Sakura hubo orado en silencio ante el féretro de su abuela, sosteniendo las manos de sus pequeños hijos Fujitama y Hashirama entre las suyas mientras ellos se secaban las lágrimas, sollozando de forma casi inaudible pero que a ella le rompía el corazón. Noble y digna, habiendo sido quien más visiblemente había heredado el porte y elegancia de su abuela, la Sultana Naori se encontraba enfundada en un austero y simple vestido de seda negra de conservador escote cuadrado debidamente ajustado a cada curva de su cuerpo, falda de una sola capa y mangas ceñidas hasta las muñecas, interinamente cerradas por dos botones de oro; por sobre el vestido una elegante pero sobrias chaqueta de satín levemente ribeteada en gasa igualmente negra, estampada difusamente en hilo de plata para replicar sobre la tela flores de cerezo las flores predilectas de su abuela, la chaqueta se cerraba tras la espalda mientras que en el frente el rectado escote cuadrado no dejaba nada a la imaginación, continuando en una larga falda abierta bajo el vientre, y de mangas holgadas y abiertas desde los hombros oscilando a los costados de sus brazos. Sus largos rizo rosados caían libremente sobre su hombro izquierdo en un sencillo pero elegante recogido con diversos y diminutos broches de oro en forma de flor de cerezo adornándolos a imagen de la hermosa diadema de oro e forma de hojas y hojas de laurel que se posaba sobre su coronilla—sosteniendo un largo velo negro que caía tras su espalda—dejado caer una cuna de diamante en forma de lagrima y dentro de la cual se encontraba un cristal ónix en forma de lagrima imagen de un par de pendientes a juego y sin collar alguno. Nunca podría olvidar que gracias a su abuela y sus decisiones había tenido la insólita oportunidad de vivir un matrimonio feliz, tenía todo cuanto pudiera llegar a desear una mujer; amor, respeto y seguridad, por largo tiempo había creído que su abuela era una diosa, alguien invencible, había creído que viviría mil años para ver la máxime gloria del Imperio bajo su propia mano, pero tristemente esto no había sido así, más aunque no estuviera llorando como si hacían su madre, tías y aliadas, Naori mantuvo sus labios en una línea recta y sosteniendo una mirada melancólica, había vivido para ver la gloria de la mujer más poderosa sobre la tierra, la más noble, hermosa y justa, la única que no se había dejado envenenar por el poder, toda su vida había sido un monumento para el mundo y todos siempre la recordarían.
De pie junto a su madre e igualmente digna que su prima Naori, la Sultana Ayame, la más casadera de entre todas sus jóvenes primas, lucia el luto por primera vez en tantos años, apenas y recordando como siete años antes había tenido que hacerlo en memoria de la muerte de su tío Daisuke, pero este golpe era mil veces más doloroso de cómo había sido ese y no solo porque ya no fuera una niña inocente, sino porque su abuela había sido el halito del mundo, la única alma noble que podría haber existido. Mucho más sencilla que su prima a quien tanto intentaba emular en infinidad de ocasiones, la Sultana Ayame portaba unas simples galas de seda negra de escote redondo con un falso escote inferior en V, elegantemente calzado a su figura, continuando en una larga falda de una sola capa ligeramente ribeteada en gasa para mayor movilidad y mangas ceñidas hasta las muñecas, internamente cerradas por dos botones de igual color; por sobre el vestido se encontraba una elaborada chaqueta de terciopelo ébano bordado dispersamente en encaje gris oscuro en u intento por pasa desapercibida, de bajo escote cuadrado y cerrado por seis botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre donde se abría para exponer la falda inferior, y de mangas holgadas y abiertas a la altura de los hombros para exponer el vestido inferior. Sus largos rizo castaño dorado se encontraban elegantemente recogidos tras su nuca pero con un aspecto desordenado que dejaba que un par de rizos rebeldes enmararan los lados de su rostro a imagen de la sencilla diadema de plata en forma de mariposa y flores de cerezo de tipo broche que reposaba sobre su cabeza, decora con cristales ónix y que sostenía un largo velo gris oscuro que caía tras su espalda. Sabía que muchos de sus enemigos habían dicho—mientras su había vivido—que la Sultan Sakura había sido una mujer cruel e intrigante, ávida de poder; habían intentado empañar inútilmente la visión que el pueblo tenia al categorizarla como a un ángel, pero en vano porque el nombre de su abuela continuaba siendo exaltado y glorificado, nadie había podido ensuciar su nombre ni lo haría jamás, ella se prometía velar porque eso no ocurriera y por Kami como testigo que lo cumpliría
Pero si alguien había hecho un largo viaje para estar donde estaba, apenas y habiendo llegado a la capital el día anterior para la celebración en nombre del aniversario del Imperio, ese sin duda era el gallardo Príncipe Izuna, próximo a cumplir veinte años y que tenía razones y grandes para permanecer en Takigakure, donde ejercía como gobernador, más su abuela le había escrito una carta solicitando su presencia ne la celebración y ante lo que él no había podido oponerse en ningún contexto. Siguiendo la tradición del luto como todos aquellos que habitaba el Palacio, el noble Príncipe vestía la usual túnica de seda de cuello alto y cerrado, así como de mangas ceñida a las muñecas aunque de manera más bien holgada como si fuera su sello propio y en efecto era así; por sobre la túnica portaba un riguroso y sobrio Kaftan de terciopelo negro, de cuello alto y cerrado, sin mangas pero con marcadas hombreras estampadas en hilo dorado que replicaba el emblema de los Uchiha, y cerrado desde el cuello a la altura del abdomen por seis botones de oro generando una elegante caída de parte de la tela que enmarcaba las botas de cuero que usaba y que apenas resultaban visibles, joven, audaz, gallardo y muy inteligente con un aspecto propio de un Sultan, ese joven Príncipe había sido e consentido de su abuela ne vida y que ahora junto a su madre y hermana asistía con idéntica tristeza a su partida. Ahora y al igual que u primas, madre, hermanas y aliados, no sabía que le depararía al Imperio, él en lo personal estaba a salvo por no significar una amenaza, no era accesible como heredero del Sultanato lo cual lo dejaba tranquilo, pero ya fuera que él estuviera relativamente a salvo, no sucedía lo mismo con el resto de las personas y que lo preocupaban enormemente, su abuela había dejado una ardua tarea por hacer y que todos cuestionaban sí podrían llevar a cabo.
A su diestra y sollozando lo más inaudible posible se encontraba su hermana menor Naomi de trece años a quien rodeo con su brazo, haciendo que reposara su cabeza contra su hombro, ella había idolatrado con veneración a su abuela, si él había sufrido por perderla el dolor de su hermana menor era aún más grande porque haber pasado más tiempo a su lado del que él había podido pasar. Abrazada por su hermano mayor, la Sultana Naomi se encontraba ataviada en un sencillo vestido negro de escote corazón ligeramente redondeado y de mangas ajustadas hasta los codos que se abrían frontalmente cuales lienzos de seda para exponer los brazos, todo esto bajo una chaqueta de encaje color negro, de cuello alto y cerrado hasta la altura del vientre, exponiendo la falda inferior, si mangas ni hombreras o bordado alguno aportando a su aspecto una visión muy opaca y melancólica. Su larga melena de rizos rosados se encontraba recogida en una coleta que era oculta por un largo velo color negro sostenido por una diadema de oro recubierta por diamantes y cristales ónix, replicando capullos de flores de cerezo. Haberse enterado del padecimiento por el que su abuela había pasado por largos años era devastador e inverosímil de aceptar, pero no había esperado que apenas un día después de haber conocido esta noticia su queridísima abuela les fuera arrebatada…no acababa de aceptar que algo así hubiera ocurrido, pero no importaba si ella lo asumía o no, ni lo que sea que pensara, lo único importante era que la realidad ni el presente podían cambiarse sin importar cuan doloroso fuera, no solo para ella sino también para su madre, su pare, su hermano, sus primas, sus amigos, amigas y en especial para su abuelo quien no había hecho acto de presencia en ningún momento, rompiendo con la infaltable tradición de participar en el funeral y estar ahí con ellas, lo que sea que estuviera sintiendo debía ser tal como para no poder abandonar el enclaustramiento al que voluntariamente se había sometido.
La adorable Hana, la hija menor de la Sultana Izumi era la única ausente de entre las nobles Sultanas, estaba demasiado sobrecogida con la muerte de su abuela como para asistir al funeral, pero su reacción era más que comprensible por lo que y en su lugar, su hermana Kohana hubo asistido, de pie junto a su madre a quien no dejaba sola en ningún momento, ella que había soportado la muerte de sus tíos Daisuke y Shisui, que había estado alerta mientras sucedían una tras otra las calamidades por culpa de la Sultana Takara, lucia impoluta, digna y calmada, sin señal alguna de dolor lavo la palidez que azoraba su rostro producto del insomnio de haber intentado consolar a su madre y las difusas manchas rojizas en sus propios parpados producto de las lágrimas derramadas en memoria de su abuela. La joven Sultana bien podría haber pasado por una de las jóvenes concubinas del Harem, enteramente dedicada a vestir de luto como debía hacer y no intentando lucir tan engalardonada como sucedía con sus primas; un simple vestido de seda opaca y gasa negra cubría su inocente figura, de alto escote corazón para no dar indicé alguno de su juvenil figura, con falda de múltiples capas de gasa superpuesta entre sí para brindar toda la movilidad posible y mangas ajustadas hasta los codos donde se abrían y volvían holgadas cuales lienzos de gasa para exponer los brazos, por sobre el vestido se encontraba una sencilla chaqueta de encaje de profundo escote en V que se cerraba escasamente a la altura del vientre, sin mangas peor que creaba una especie de falda superior. Sus largos rizos castaños estaban cuidadosamente peinados para caer sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una diadema de oro en forma de pequeñas flores de cerezo que reposaba sobre su coronilla, sosteniendo un largo velo negro que caía tras su espalda, si alguien la hubiera visto no diría que era una Sultana, pero lo era.
-¿Qué haremos ahora?- murmuro Izumi, apesadumbrada, apartando la mirada de sus dos hijas y que estaban tan inconsolables. -Todo cuanto hacíamos era según su guía, su partida ha dejado un espacio vacío que no puede ni podrá ser llenado jamás- un suspiro abandono sus labios tras decir esto, apretando fuertemente las manos que mantenía cruzadas sobre su vientre. -¿Qué haremos sin ella?- no sabía si había una autentica respuesta a este predicamento, pero de ser así necesitaba saberla para estar en calma.
-Nos apoyaremos mutuamente, nos mantendremos unidas no importa lo que pase- contesto Sarada secando las lágrimas que hasta entonces habían resbalado por sus mejillas. -¿Recuerdan? Ella lo dijo, somos una familia, no podemos permitir que nada ni nadie se meta entre nosotras, no importa si es por sangre o por sentimientos, somos y siempre seremos una familia- esto lo decía con respecto al resentimiento que Izumi estaba sintiendo hacia su padre, aunque fuera y por ahora, debería olvidarlo o cuando menos intentarlo.
-Tomará tiempo, pero aprenderos a seguir los pasos que ella nos dejó, si prestamos la atención adecuada veremos con facilidad que cada camino que marco está incompleto- hablo Mikoto finalmente parpadeando un par de vece para alejar definitivamente la lagrima de su semblante, -solo debemos seguirlo, es lo que querría que hiciéramos- asevero, recordando las últimas palabras que su madre le había dedicado sobre cuál sería su rol y lo que habría de hacer a partir de ahora, lo tenía muy claro.
-Kami la tenga en su gloria- murmuro Aratani con la mirada baja.
El tono de voz de parte de la Sultana Aratani no pasó desapercibido para nadie y ante lo que todas y todos hubieron murmurado un coro de "amén", ahora la Sultana Sakura era poco menos que una deidad a la que pedir ayuda y solicitar su consejo, y vaya que lo necesitaba porque de ahora en más o sobrevivían o morían y eso Sumiye, de pie junto a su madre lo supo muy bien mientras mantenía la mirada baja junto a su hermana Risa. En silencio, la inocente y joven Sultana portaba un sencillo vestido ébano oscuro con ligeros reflejo grises, hecho de seda y ribeteado en satín, de escote alto entre cuadrado y redondo, cerrado por doce diminuto botones gris oscuro hasta la altura del vientre, continuando en una falda de múltiples capas de gasa superpuestas entre si y mangas acampanadas, holgadas y transparentes hasta la altura de las muñecas; por sobre u vestido un elegante chal de encaje y tafetán color tinta que se cerraba a su cuerpo por obra de un broche en forma de mariposa—obsequio de su abuela—a la altura del vientre, creando un profundo escote en V y mangas acampanadas que llegarían a cubrirle las manos de no ser que las mantenía cruzadas. Sus largos rizos castaños oscuro, más que los e su madre, estaban sencillamente peinados para caer tas su espalda, adornados por una corona de oro en forma de ondas y diminutas flores de jazmín decorada por pequeñas esmeraldas en memoria de la mirada de su abuela y que reposaba sobre su coronilla, a juego con unos pendientes de oro y esmeralda e forma de lagrima. La parte más importante en la vida de una Sultana era aceptar las adversidades que se presentaran en el camino conocido como vida, ya había perdido a su padre, su dos hermanos y a su tío Shisui, al igual que su joven tía Hanan, ella se había nutrido con el dolor para aprender a cumplir bien con su papel, no había dejado que las heridas la hicieran débil, sino más bien lo contrario, cuando más herida fuese a una edad temprana por obra del destino, más fuerte se volvería si no tenía miedo y no lo tenía, ¿si su padre Daisuke no había tenido miedo, porque lo tendría ella? El miedo era el flagelo con que lo corrupto lastimaban a los inocentes y ella no permitiría que nadie la lastimara.
Igual de indiferente a sus doce años, la Sultana Risa no abandonaba su lugar junto a su madre y su hermana Sumiye, como su hermana mayor había aprendido que los problemas no se negaban, no se huía de ellos, se enfrentaba y no con duda o titubeos, solo teniendo el coraje suficiente para enfrentarlos…una sutil sonrisa estuvo a nada de traicionar su aspecto indiferente, su abuela le había dicho—estando viva—que cuando hablaba así le recordaba a su propio pasado cuando había llegado al Palacio, no era sorprendente que así fuera, después de todo había heredado el carácter de su padre, era inevitable que se pareciera tanto a su abuela aunque fuera solo en ese aspecto y en lo angelical de sus rasgos que Risa analizaba ante el espejo cada día, intentando ser idéntica a su abuela en todo cuanto pudiera. Con las manos cruzadas a la altura de su vientre y sus labios formando una línea recta, sin apartar su mirada del féretro de su abuela y el de su difunto padre, la Sultana Risa se encontraba enfundada en un sencillo vestido de seda color negro de recatado y alto escote en V que no resaltaba ninguna parte de su anatomía como si fuera una túnica de estilo griego en honor a su abuela; de mangas agitanadas y holgadas que se ceñían en las muñecas y co una larga falda de seda ribeteada en múltiples capas de gasa superpuestas entre sí, superiormente se encontraba una chaqueta de tafetán y encaje color negro cerrada bajo el busto en un profundo escote en V. Su largo azabache se encontraba recogido en una trenza que caía tras su espalda pero que era oculta por un largo velo gris oscuro que se arremolinaba sobre sus hombros, cubriendo su escote, y revelando que no usaba ningún tipo de joya bajo el velo; ni corona, ni pendientes, nada, no era necesario. Ahora era la ocasión propicia par ver que tanto se parecía a su abuela, era muy joven y lo sabía bien pero debía proteger al Imperio como lo harían su madre, su hermana, sus tías, primos y aliados, ahora debía demostrar quién era realmente, debía dar a conocer que ella era la nieta de la Sultana Sakura.
Otra persona que se mantenía callada y ojerosa, con los parpados enrojecidos y las mejillas pálidas era la Sultana Kaori, la única hija del fallecido "Príncipe de Corazones", el Príncipe Kagami, quien de pie junto a su madre Eri lucia inconsolable pero digna a la vez, su emocionalidad era tolerada al solo contar con trece años de edad, pero existía un enorme y notorio contraste entre ella que lucia tan triste y su tía; la indiferente Sultan Hanan que no soltaba ni una sola lagrima…ella había heredado la misma fragilidad de espíritu que había caracterizado a su abuela en estos últimos días antes de su muerte, aunque también la indudable habilidad de su padre Kagami para ser todo cuanto se esperaba que fuera. Con las manos cruzadas a la altura de su vientre, apretándolas de vez en vez, la Sultana portaba un sencillo vestido negro de escote corazón, de mangas ajustadas hasta los codos que se abrían cuales lienzos de seda para exponer los brazos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de encaje color negro parcialmente bordada en diamantes, de cuello alto y cerrado al igual que el corpiño que se abría bajo el vientre, exponiendo la falda inferior, naturalmente la chaqueta estaba desprovista de mangas pero si contaba con unas marcadas hombreras, otorgándole un aspecto muy elegante. Sus largos rizos castaño-orado se encontraba recogidos en una sencilla coleta que los hacia caer tras su espalda y únicamente adornados por una diadema de oro de tipo cintillo decorad por pequeño diamantes y cristales ónix que sostenía un largo velo que caía tras su espalda, cubriendo su cabello. Había desconfiado de Takara muchas veces hasta este día y ahora más que nunca con la guerra comenzando a poblar los corazones de todos y creando bandos muy claros, pero su propio dolor la hacía guardar silencio, más cuando se hubiera repuesto lucharía contra esa serpiente in penarlo ni por un segundo, ya había perdido mucho, no estaba dispuesta en lo absoluto a dejar que la muerte se llevara a uno de sus sobrinos, o es como si no sintiera afecto por Itachi, pero definitivamente no quería que Takara fuera Madre Sultana, ni muerta.
-Ahora Takara intentara llenar ese vacío- supuso Sarada sin poder contener el desprecio que hizo sonar su voz como el gruñido de un dragón, aunque en nada resultaba extraño, todas y todos estaban eligiendo bandos y ellas lideraban el ganador, tenían que ganar, -ya que fue la sombra de nuestra madre por años, creerá que ocupar su lugar será fácil- obvio negando para sí, conteniendo su cólera puesto que no era prudente comportarse de esa forma en un lugar de recogimiento y tristeza como era aquel y ante el féretro de su madre.
-Con sangre le probaremos que se equivoca, los jenízaros están con nosotras, ¿lo olvidan?- recordó Shina, hablando finalmente tras el escueto silencio mantenido por tanto tiempo, eran las hijas d ela Sultana Sakura y ahora esa misma lealtad sentida por ella se transmitía a ellas. -Las revueltas se pueden iniciar fácilmente, eso es algo que nuestra madre nos enseñó- una sonrisa casi imperceptible adorno sus labios al decir esto último.
-Pedir las cabezas de unos cuantos leales a ella no será nada difícil, solo es cuestión de tiempo- aludió Hanan con una sonrisa ladina.
Llegar al poder era—relativamente hablando—lo más fácil del mundo, había infinidad d formas para hacerlo; inteligencia, seducción, intercambio, astucia, traiciones y manipulación…de hecho subir al poder era tan fácil como avanzar un paso, no requería mayor esfuerzo, pero lo que si era verdaderamente difícil era mantenerse como tal, si no se tenía poder e influencia cualquier esfuerzo terminaba en fracaso, pero ellas afortunadamente eran Sultanas por ser las hijas del Sultan el mundo, no debían temer a nada, ellas llevaban en sus venas la sangre del Imperio, la sangre del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, y quienes no lo hicieran—como era el caso de Eri y Aratani—si gozaban de la protección suficiente como para no temer, siendo recompensados como sus propios servidores, obtener aliados no sería nada difícil y es que afortunadamente su madre había muerto dejando un Imperio tan fuerte y sólido que nada podría derribar, no mientras ella vivieran. Pero sus hermanas tenían un punto, si su padre morirá en algún futuro próximo; Itachi seria Sultan y conociendo la influencia que Takara tenía en sus decisiones, ella lo controlaría todo, más era tremendamente fácil organizar una revuelta, los jenízaros ciertamente llevaban siglos siendo leales al Imperio Uchiha y ahora más que nunca a ellas que se encargarían de continuase haciendo tal y como si su madre aun estuviera viva, por lo que en más de una ocasión futura habrían de solicitar que ellos intervinieran e hicieran alguna demanda contra el Sultan, además tenían—nuevamente, gracias a su difunta madre—contactos entre los Spahi, los propios comandantes, acorralarían a Takara minuto a minuto, segundo a segundo pues mientras que ella estaba sola con su hijo, ellas por otro lado se tenían a todas y todos entre si como una familia, la familia y la casa del corazón que su madre había creado. Ella era la mayor, la que más se había nutrido en las guerras por causa de la Sultana Mei y Rin, la que más había prendido del sufrimiento por lo que volviendo su rostro una máscara de seriedad, Mikoto se decidió a tomar el control por su cuenta, ella que era la esposa del Gran Visir Kakashi Hatake, ella haría que Takara deseara la muerte a cada hora de cada día, ella sería su verdugo personal y se enfrentarían cara a cara, había llegado la hora de que eso sucediera.
-Takara quiere un Sultanato, quiere ser lo que nuestra madre fue- obvio Mikoto con un tono de voz pétreo y frió, como el veneno en las fauces de una serpiente. -Es tiempo de demostrarle que nadie puede hacer eso, menos ella- su voz salió como un aguijo de avispa, solo que letal, la prueba de que sus palabras se cumplirían y que Takara no ganaría.
No tendría piedad.
Los Príncipes se encontraban en su propio mundo, reunidos en la habitación de la Sultana Seina, ambos hermanos; Hashirama y Sasuke, sentados uno junto al otro en silencio, sus elegantes Caftanes de seda multicolor, habituados a representar sus personalidades por medio del color que les placía usar, ahora habían sido reemplazados por rigurosos Caftanes de luto que les otorgaba un aspecto mayor de la edad que tenían, la tristeza se había apoderado de ellos, estar si su abuela llena de bondad no era algo fácil de sobrellevar, para los pequeños Príncipes Hashirama y Sasuke, su abuela había dejado un lugar irremplazable con su partida y que no podría ser llenado, pero Hashirama se lo estaba tomando como algo más bien personal, creía haber errado de alguna forma, haberla decepcionado como par que su abuela los hubiera dejado para siempre, porque de no ser así no alcanzaba a comprender porque había tenido que dejarlos cuando más la necesitaban, no sabían cómo continuar su vida en el Palacio sin ella. El llanto se escuchaba en los pasillos, las oraciones y plegarias…nunca antes habían sido testigos de tanto sufrimiento en ese Palacio en que por mucho tiempo habían creído estar en el paraíso, pero ahora todo había cambiado con la partida de su abuela y que los hería en lo más profundo de sus corazones, ella había dicho amarlos con su alma, había dicho que siempre estaría con ello y que nunca nada ni nadie los separaría, pero si lo que ella había dicho era cierto…¿Por qué había muerto? Los había abandonado, había renunciado a ellos y a su hermano Itachi que estaba junto a su venenosa madre, la Sultana Takara de quien lo dos pequeños príncipes desconfiaban tanto, para ellos que eran tan pequeños todo resultaba misterioso, aterrador, confuso y desconocido, Hashirama tenía casi siete años y Sasuke acababa de cumplir seis, eran infantes inocentes que no podían ver que la guerra ideológica que había detonado era por ello y por hacer que uno de los dos llegara al trono en el futuro trayendo consigo lo que fuera mejor para el Imperio, Kami mediante, más o era totalmente ajeno de esto, algo les hacía sentir que o su hermano Itachi era el Sultan o lo sería uno de los dos, eran niños e ingenuos, pero no eran ningunos tontos.
Las puertas de la habitación se abrieron repentinamente más ni Hashirama ni Sasuke se hubieron levantado, solo alzado la mirada para ver a lady Ino, enlutada como todos en el Palacio, ingresar y sonreírles de forma inmediata junto a dos sirvientes que hubieron inclinado la cabeza nada más verlos, eso significaba ser un Príncipe en un Imperio como aquel, reverenciado, amado y adorado hasta que se tenía la edad suficiente para entender el peso del Sultanato. Siguiendo con las tradiciones del harem y el Palacio como tal, la mano derecha en asuntos cortesanos vestía los usares de luto; una sencilla enagua de gasa transparente de cuello alto y cerrado tras la espalda, por sobre esta un vestido de seda negra de escote corazón perfectamente calzado a su curvilínea figura, cerrado desde el escote a la altura del vientre por diez botones negros, mangas ceñida a las muñecas y falda de una sola capa ribeteada en gasa para mayor movilidad, su largo cabello rubio caía libremente sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una diadema de plata de tipo cintillo con pequeñas flores de cerezo hechas de oro, finalmente y alrededor de su cintura se encontraba un fino cinturón de cadenas de plata con diminutas incrustaciones de diamante y un delicado brazalete de oro y diamantes purpura en su muñeca izquierda, este último era el regalo más valioso que le había dado su mejor amiga y que ahora lucia con alegría por saber que sus sufrimiento había terminado. El funeral, la imagen pública de ya se había llevado a cabo, ahora el alma de la Sultana de Sultanas estaba junto a Kami y aunque le doliera ne el alma la muerte de su queridísima mejor amiga a quien había considerado como una hermana, Ino se negaba a llorar, Sakura llevaba años deseando morir tras todo lo que había tenido que soportar por culpa de sus enemigos, debían estar felices de que había muerto naturalmente y no por complots o puñaladas por la espalda…Kami mediante, estaría junto a sus hijos y todos aquellos que habían partido hacía ya mucho tiempo.
-Príncipes- reverencio Ino con una amable sonrisa adornando su rostro mientras se giraba hacia dos sirvientes que tras ella ingresaron sosteniendo un cofre, -pónganla ahí- indico frente al diván sobre el que yacían los pequeños príncipes.
-¿Qué es esto, lady Ino?- inquirió Hashirama confundido mientras rodeaba con su brazo a su hermano Sasuke que se mantuvo en silencio.
-Regalos, alteza- sonrió la Yamanaka mientras los sirvientes abrían la caja antes de proceder a retirarse tras recibir un asentimiento de su parte, cerrando la puerta tras de si, -su abuela la difunta Sultana Sakura, había planeado entregárselos personalmente, pero no pudo ser- justifico, arrodillándose frente al cofre y de donde tomo un caballo de juguete que le tendió al Príncipe Sasuke.
En el acto y sin dudarlo, el pequeño Sasuke se separó de su hermano, recibiendo el caballo de juguete de manos de lady Ino, sentándose en el suelo y comenzando a jugar de inmediato con él, lo que más lo hacía feliz era saber que era obsequio de su abuela, ella seguía ahí con ellos aunque no pudieran verla, cundo una persona era tan amada como ella su esencia nunca desaparecía realmente, solo resultaba invisible pero estaba ahí para quienes quisieran buscarla y tuvieran la atención suficiente y él lo hacía. No estaba mintiendo, Sakura había designado que inmediatamente tras su muerte esos regalos les fueran entregados a sus dos adorados nietos pequeños ya que Itachi tenía sobradamente con lo que Takara podía darle y más, pero no había pensado dárselos en persona porque siempre había sentido y creído que no viviría lo suficiente como para hacerlo y vaya que no había errado, su partida había dejado un vacío en el corazón de todos sin importar como fuera específicamente que había sucedido y nadie podría llenar ese vacío, jamás, ni aun la ambiciosa y traicionera Sultana Takara. Pero y si bien su hermano menor estaba feliz jugando y olvidándose de la tristeza por ese momento al menos, Hashirama no se sentía igual y eso resulto obvio para lady Ino que alzo la mirada hacia él, había dedicado todo su esfuerzo en ser tan culto como cualquier privilegiado erudito dentro y fuera del Imperio, había dedicado sus mayores esfuerzos a complacer a su abuela y hacerla feliz, hacer que se sintiera orgullosa y le sonriera tan angelicalmente como siempre lo hacía, más ahora apenas a unas semanas de ello….ella los había abandonado, no quería pensar así, algo le decía que estaba mal, pero era imposible no hacerlo sin saber porque había muerto su abuela, porque ella que ra la dama de hierro del Imperio, la Sultana de Sultanas…se había rendido, no tenía lógica, nunca nadie había sido capaz de vencerla, ¿Por qué se rendiría? Algo no calzaba del todo en esa historia y solo Ino podía darle la respuesta que él tanto necesitaba saber.
-¿Por qué lo hizo, lady Ino?- pregunto Hashirama, dolido por la idea que significaba la realidad, -¿Por qué mi abuela se olvidó de nosotros?, ¿Por qué nos dejó?- al ver que ella no entendía el sentido de su pregunta.
-No, alteza, está equivocado- murmuro Ino, alzando una de su manos y jugando con los cabellos castaños del pequeño príncipe que estaba tan confundido, -aunque la Sultana ya no este entre nosotros le aseguro que piensa en ustedes en todo momento, ella se fue para prepararnos el paraíso, nos esperara en el otro mundo- garantizo sonriendo al decir esto, porque si habían estado juntos en vida también lo estarían en el futuro en la muerte, solo debían ser pacientes. -Si escuchara estas palabras de usted, se le ropería el corazón- advirtió, imaginando cuan herida se sentiría su amiga al ver que como en tantas otras veces sus intenciones se veían malentendidas, intentaban hacer lo correcto pero no la entendían.
-Me retracto- discutió Hashirama de inmediato, lamentando haber hablado o pensado así.
La inmediata repuesta de lady Ino fue una luminosa sonrisa mientras le tendía un libro, contrario a Sasuke que disfrutaba de imaginar batallas y conquistas, asemejándose más a Itachi, él disfrutaba más de la lectura por lo que tras recibir el libro lo hubo abierto de inmediato encontrando una dedicatoria escrita de puño y letra de su abuela en la primera página, lo que lo hizo sonreír y olvidarse de cualquier pensamientos negativo; nos volveremos a ver…
Su pequeño Príncipe estaba algo apático y desganado y con razón ya que si bien la Sultana Sakura y ella habían sido enemigas, ella indiscutiblemente había sido una abuela sumamente presente y afectuosa para con Itachi, por lo que e intentando distraerlo, Takara había hecho que Hiroshi lo llevara a él y a Sumire al Jardín a practicar arquería y tomar un poco de aire, prometiendo ir a su encuentro más tarde. Quería disfrutar de este día, un día como no había otro, no todos los días se tenía la suerte de ver caer a su mayor enemiga dejando vacante el trono como encargada y administradora del Harem, así como figura representativa del Imperio. Sultanas habían existido muchas en el Imperio Uchiha, algunas cuyos nombres vivían y vivirían para siempre en la historia del Imperio, mientras que otras menos afortunadas no eran conocidas y habían pasado sin pena ni gloria sus periodos terrenos conocidos como existencia. Se encontraba a solas en sus aposentos, sentada sobre el diván junto a la ventana y observando con alegría como el sol se mantenía en el cielo parcialmente cubierto de nubes, la tormenta sucedida la noche anterior era una prueba; una era llegaba a su fin y otra iniciaba, una poderosa Sultana había caído y hora llegaba el momento de que otra igual o incluso más poderosa gobernara el Imperio Takara estaba convencida de que junto a su hijo, sería absolutamente invencible nada jamás sería tan poderosa como ella. El anillo de las Sultanas, aquella joya tan magnifica y envidiable, presa de una leyenda, había desaparecido del mundo…la Sultana Sakura la había llevado consigo al otro mundo, más Takara no necesitaba de ello ni de ningún símbolo pasado para sentirse dueña de ese Palacio que tarde o temprano sería absolutamente suyo, se bastaba sola para vencer. Repentinamente haciéndola salir de sus pensamientos es que las puertas de sus aposentos se hubieron abierto de forma abrupta sin que nadie hubiera llamado de antemano a la puerta lo que quería decir, por supuesto, que quien quería verla era un miembro del Imperio; la Sultana Mikoto que en u ajuar de luto y con la frente en alto—desafiante—ingreso hasta situarse frente a ella que la reverencio en son del protocolo. Ambas mujeres de coraje y crueldad incomparable, sin límites, se observaron con el fuego incandescente bailando en sus ojos pero por razones totalmente diferentes entre sí.
-Sultana- reverencio Takara apropiadamente, sosteniendo la mirada de la Sultana pelirosa.
-Como veo que tu luto término, creo que es buen momento para hablar seriamente de lo que pasara- sugirió Mikoto con un tono e voz indiferente y carente de emociones, así como de sarcasmo ya que sabía que lo que menos sentía Takara era dolor, era obvio.
El sarcasmo implícito en el tono de voz de la Sultana Mikoto resultaba de lo más obvio y con razón ya que la Sultana Takara era la única prona en el Palacio y el Imperio que no vestía de luto en un día de tanta importancia como era este en que la más grande de todas las Sultanas de la historia era despedida por el Imperio, aunque Mikoto no iba a ser ilusa, lo último que esperaba de Takara era empatía o afecto, no se podía esperar eso de una serpiente. Por supuesto que Takara no era indiferente al luto de la corte, menos si se trataba de su mayor enemiga y heroína a la vez, pero Takara no pensaba enlutarse como sucedía con el resto el Imperio porque ella sencillamente no tenía motivo; había muerto su predecesora en cuanto al Sultanato se trataba, pero no pensaba llorar ni tampoco extrañarla en cuanto a estética se refiriese, por lo mismo es que lucía deslumbrante y ajena al paradigma en que se encontraba sumido el resto del Palacio y el Imperio. Portaba un encantador vestido de seda azul, su favorito por demás; de mangas ceñidas hasta las muñecas, de escote cuadrado y ribeteado en encaje negro decorado con diamantes en el contorno de escote, en los hombros, los lados del corpiño cuyo centro estaba hecho de seda celeste grisáceo así como la falda que se dividía en dos, una capa inferior—color celeste—y una superior cuyos bordes, dobladillo y contorno estaban ribeteados en el mismo halagador encaje, y cuya tela estaba bordada en hilo color zafiro que creaba un impresionante contraste gracias a la luz, con una especie de cola o estola que se formaba en la espalda y que oscilaba tras ella. Su largo cabello naranja, peinado en encantadores rizos se encontraba perfectamente recogido tras su nuca resaltando de cualquier forma un par de pendientes de cuna de plata en forma de ovalo con un topacio homólogo en su centro a imagen del dije que sostenía la cadena de plata alrededor de su cuello y la cual pendían diminutos sarcillos de cristal, y sobre su cabello una hermosa corona de plata recubierta por diamantes, ónix, zafiros y topacios, creando una estructura en ascensión que emulaba capullos de rosa y diminutas flores de jazmín. Mentir a no era necesario para Takara, lo que sea que tuviera que hacer lo haría por el futuro de su Príncipe, su Itachi, el futuro Sultan.
-Era mi peor enemiga, siempre pensé en ella de esa forma- evidencio Takara con la mirada perdida en sus pensamientos al decir esto.
-La respetabas a pesar de todo eso- objeto Mikoto inevitablemente es que ella conocía totalmente la historia de principio a fin, no había necesidad de intentar hacerla pasar por tonta, -porque ella te crió y educo, y en parte colaboro a hacer que fueras quien eres ahora- recordaba a la ucraniana llegada al Palacio a quien su madre en un signo de afecto y bondad, había tomado bajo su tutela con el fin de hacerla alguien de bien, pero en lugar de ello Takara se había vuelto un autentico demonio que debían destruir.
-Sí, la admire mucho, lo reconozco, por su gracia, astucia y belleza- enumero la pelinaranja sin el más mínimo problema y es que si no hubieran tenido que competir por el poder, Takara fácilmente hubiera sentido afecto sincero por la difunta Sultana Haseki, pero esa circunstancia nunca había existido, no realmente. -Pero al igual que usted, Sultana, si se hubiera hecho a un lado todo sería mejor- u tono de voz ligeramente melancólico se endureció al hacer esta aclaración, causando que la Sultana Mikoto alzara una ceja con curiosidad. -Los días de la Sultana Sakura terminaron, y ahora usted y sus hermanas deben irse de la capital, no tienen una razón de peso para permanecer aquí, pueden ir a cualquier Palacio que deseen, pero aquí no- estableció, sin ver limites en su poder manteniendo la frente en alto…como si a fuera la Madre Sultana.
Si las hijas de la difunta Sultana Sakura continuaban en ese Palacio, libraría la guerra sangrienta que no quería librar, tendría que ser más cuidadosa de lo que nunca había sido porque si bien la Sultana Sakura había intentado matarla en más de una ocasión al igual que el Sultan Sasuke, no estaba del todo segura de poder escapar de la muerte de manos de todas aquellas mujeres que eran tanto hermosas como infames, por el momento de cara al futuro su único mecanismo de defensa era su pequeño Príncipe Itachi a quien necesitaba tanto como el a ella sin importar la arista mediante la cual se enjuiciara la situación, pero entre correr un riesgo y transitar un camino pavimentado de dolor o bien uno pacifico tras deshacerse de todos los obstáculos posibles…definitivamente elegía esta última opción por más polémica que fuera, el Sultan Sasuke estaba severamente afectado por la muerte de la Sultana Sakura, hacer que la nombrara directora y administradora del Harem no habría de ser nada difícil, a su debido tiempo, claro. Era realmente divertido curioso como el poder y la ceguera de la gloria obnubilaban a quienes no tenían la inteligencia suficiente para ver cuando erraban por lo que las palabras de Takara hubieron resaltado irrisorias para Mikoto que soltó una ligera carcajada tras un segundo de silencio, creyendo haber oído mal…Takara estaba jugando un juego muy peligroso y que tarde o temprano cobraría su vida, su madre la Sultana Sakura había muerto tal y como había vivido; siendo adorada por el imperio entero y alabada como ninguna otra mujer, pero la vida que Takara estaba llevando solo vaticinaba que su final no fuera tan glorioso como lo que aspiraba a obtener próximamente. Si yo caigo, todos caerán, se dijo Mikoto, acortando con un paso la distancia entre Takara ella, sosteniéndole fieramente la mirada, analizando de arriba abajo a la pelinaranja como si fuera poco menos que una alimaña y eso es lo que Mikoto creía de ella, una alimaña que debía ser destruida y disfrutaría de estrangularla con sus propias manos, viviría para ver ese día, lo juraba por su alma y el alma de su madre.
-Te creía más lista, pero veo que tu estupidez es demasiado grande- sonrió Mikoto solo para que su sonrisa se desvaneciera por completo, reemplazada por una seriedad y coraje aterradores. -¿Quién te crees que eres?- cuestiono aproximando su rostro al de Takara, amedrentándola con aquella sola pregunta que la hubo hecho bajar la mirada. -Yo soy la Sultana Mikoto, primogénita del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura, nadie puede decirme que hacer ni mucho menos sacarme de este Palacio- proclamo con un tono de voz que con total certeza hubiera vuelto sumiso al más fiero de los demonios que pudiera imaginarse. -Pon mucha atención por donde pisas, ser la madre del futuro Sultan significa vivir con miedo, cuida muy bien a tu hijo- amenazo entre líneas, siseando como una víbora de cascabel al citar esto último.
Takara alzo la vista presa del temor más absoluto ante la sola mención de que pudieran lastimar a su pequeño Príncipe, pero para cuando Takara hubo levantado la vista y dispuesta a contrariar a la Sultana Mikoto, que sin necesidad de ceremonial alguno se hubo retirado de inmediato, abriendo las puerta por su cuenta y abandonando la habitación, sumiendo a Takara en el desconcierto más absoluto, porque ser madre de un Sultan significaba vivir con miedo, absolutamente nada garantizaba que su hijo no corriera ningún riesgo aunque llegara al trono y eso la sumía en la incertidumbre más grande que pudiera imaginar y que la hizo retroceder temblorosa hasta sentarse sobre el diván en que había estado, llevándose una mano al centro del pecho, sintiendo su corazón latir al son de su miedo por la vida de su pequeño Príncipe. Pero no fue solo esto lo que hizo que Takara temblara de miedo hasta la médula, sino la amenaza que escucho en el pasillo fuera de sus aposentos y que la Sultana Mikoto, de viva voz, hubo demandando a sus doncellas y que hubieron estado esperándola, colérica como pocas veces se le había visto. Abandonado los aposento de aquella vil serpiente, Mikoto se encontró con sus doncellas y que la hubieron reverenciado en el acto, dispuestas a seguirla diligentemente de regreso a sus aposentos, más Mikoto estaba fúrica, furiosa; ella una Sultana invencible, hija primogénita del gobernante del mundo, ¿Quién osaba hablarle de ese modo? Todo el orden dentro del Imperio era gracias a su esposo que era el gran Visir solo gracia a ella, ¡Nadie podía osar insultarla! Menos aún una insignificante víbora de cascabel. Takara bien podía pensar lo que quisiera, ella no tendía porque rendirle ningún tipo de explicación ni a absolutamente nadie, por supuesto que no era tan desalmada como para herir a unos de sus sobrinos, pero tampoco para quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada, ella no era ese tipo de persona.
-La quiero muerta, ¡quiero que le arranquen la cabeza cuanto antes!- bufo la pelirosa a sus doncellas, sin esperar o atender replica alguna, siguiendo con su camino.
-¿Cuál es el plan?, ¿Aceptar lo que ordene Takara?- cuestiono Izumi de pie junto a chimenea.
Luego de haber confrontado a Takara de la forma en que lo había hecho, inevitablemente las horas del día habían pasado a pasos agigantados, al no haber ajetreo político ni cortesano del que preocuparse el aburrimiento hacia pasar las horas en una inmutable metamorfosis en que solo el cielo cambiaba de color con el pasar de las horas pero sin que absolutamente nada más diera señales de que este día era diferente para el Imperio, pero lo era, todos tenían decisiones difíciles que tomar en base al curso que siguieran los próximos eventos y la Sultana Takara ya se había encargado de lanzar la primera piedra y alzar la primera piedra con su ofensa de ser la única persona en el Palacio en no vestir el luto, la máxima ofensa que podía concebirse por respeto a la religión que profesaban y dirigirse con arrogancia hacia una Sultana, hija del Sultan del mundo. Por su creencia religiosa nadie dentro del Imperio tenia permitido ejercerla venganza, o mejor icho no se sabía de ello mediante antecedentes de miembros del Imperio donde se esperaba arduamente que ellos fueran el reflejo de la justicia para que así el resto de la gente los viera y emulara cual ejemplo, la Sultana Sakura había establecido que las reglas debían cumplir y por más que todo y todas ellas reunidos en los aposentos de la difunta Sultana Haseki por última vez—puesto que deberían de ser cerrados hasta nuevo aviso—y planeando cuidadosamente que hacer por el bienestar y perpetuidad del Imperio. Las leyes estaban hechas para cambiarse, desde luego, pero el Harem, la corte, el pueblo, la política…mil y un cosas dependían de que las tradiciones se siguieran y este caso no era diferente en lo absoluto, afortunadamente el fratricidio no regresaría…la muerte de todos los hijos del Sultan y de su propia esposa, así como el paso a la siguiente generación lo garantizaban de forma indisoluble, pero nunca se era lo bastante cuidadoso por lo que las hijas del Sultan y sus esposos hubieron debatido ampliamente sobre lo que deberían hacer a partir de ahora y que estrategias antiguas era mejor mantener o cambiar, no solo se trataba de ellos y sus posiciones sociales o políticas, se trataba del futuro del Imperio más poderoso del mundo.
-Claro que no- discernió Mikoto terminando de caminar como leona enjaulada, volteando a ver a sus hermana que esperaban una respuesta o cuando menos algún tipo de aclaración sobre lo que deberían hacer ahora para enfrentarse a Takara, -pero tenemos muchas cosas que pensar y considerar- ni siquiera ella tenía una estrategia fija, debían planear y considerar mil y un posibilidades tal y como su madre les había enseñado a hacer y eso no era nada fácil.
-El más diminuto de los errores provocara nuestra caída- murmuro Boruto, no pudiendo evitar preocuparse, pero todos tenían demasiada tensión encima, sus cabezas literalmente pendían de un hilo.
-Afortunadamente nuestro círculo es grande, cubriremos cada aspecto, cada ápice-tranquilizo Kakashi y quería convencerse de esto aún más de lo que ya parecía estarlo gracias a la amenaza que su esposa había hecho. -El juego no ha cambiado, pero previsiblemente la Sultana Takara y sus aliados no harán el camino fácil, especialmente Hayate Gekko- desdeño, y es que si el Príncipe Itachi llegaba ser Sultan, él seria depuesto como Gran Visir y con toda seguridad Hayate ocuparía su lugar, algo vergonzoso.
-Takara es una víbora vanidosa, le encanta beber, desayunar y servir poder, le encanta creer que tiene todo servido en bandeja, entonces le daremos lo que quiere- concluyo Mikoto, completamente de acuerdo con la palabras de su esposo, por ahora solo podía fingir, fingir hasta que tuvieran la información suficiente con que generar una estrategia y hostigarla con ella. -Fingiremos seguirle la corriente, pero en su momento le arrancaremos la cabeza- decidió sin encontrar oposición alguna a dicho propósito.
Ante la chimenea se encontraban tres divanes, uno ocupado por la Sultana Shina y su esposo Konohamaru, en el siguiente Boruto que intento pensar lo más rápido posible, alzando la mirada hacia su esposa que apoyo sus manos sobre sus hombros, pidiéndole que no sintiera que solo él tenía que esforzarse, todos deberían de hacerlo nadie más ni nadie menos, y en el tercero la Sultana Hanan que se apretaba las manos de vez de vez, alzando al mirada hacia Izumi y Mitsuki que estaban de pie junto a la chimenea al igual que Sarada, mientras que Mikoto se paseaba intentando pensar al encontrarse en movimiento mientras que su esposo Kakashi la seguía con la mirada. Pero ni aun así estaban solos; Shikamaru, Temari, lady Ino, lady Eri, lady Tenten, Kin, Choji, Chouchou, Himawari, Tokuma, Hanabi y otros miembros de sus respectivos séquitos estaban de pie y en silencio, aguardando cualquier orden y siendo testigos de la batalla interior que asolaba a las hijas y yernos de la difunta Sultana Haseki. Afortunadamente su madre, la difunta Sultana Haseki y Regente, Sakura, había sido una mujer inteligente como ninguna otra y sumamente precavida como para haber encontrado infinidad de liados y situarlos en cargos públicos o sociales de enorme importancia pero que perderían dichos títulos de no ser debidamente leales, porque solo la lealtad merecía ser recompensada y si era segura, pero a su vez desgraciadamente también había sido bondadosa en exceso por lo que a ninguna de sus hija les extrañaría que alguno de estos aliados—como ya había sucedido con Takara—pensara traicionar su memoria y a ellas ahora, pero ellas comenzarían a cobrar vidas sin piedad alguna, los días de prudencia habían acabado, ahora o había triunfo o derrota, no había ninguna opción intermedia. Acariciando los hombros de su esposo, Sarada alzo la vista hacia su doncella Chouchou, conocía a la persona adecuada que pudiera ser de ayuda, aunque para eso debería ascender y ser nombrado visir y la única forma era mediante un matrimonio y candidatas tenían de sobra para tal fin, si él demostraba ser leal y eso es lo que harían, comprobar y triunfar.
-Chouchou, escríbele la Iwabee Yuino Pasha- indico Sarada tras un instante de silencio, más clamada que el resto de sus hermana porque ella tenía algo que ellas no, algo que les permitiría ganar tiempo y de sobra. -Mientras mi madre vivía fue nuestro mejor valedor, ahora deberá probar su lealtad como lo hizo antes, pero a nosotras- dio a saber a aquellos que no estaban tan informados del vínculo que dicho Pasha había tenido con su difunta madre, era un aliado sumamente leal…pero las lealtades podían ser compradas, especialmente ahora más que nunca. -Takara es muy inteligente, debió pensar en todas las posibilidades, lo mismo que haremos nosotras- comparo aproximándose a la chimenea donde extendió sus manos, calentándolas al fuego tal y como hacia Izumi, de brazos cruzados.
-Si matamos a la víbora sería un error comenzar por la cola- bufo Hanan que pensaba bastante diferente de que solo la política fuera el único plano a emplear, debían hacer más, -pero…¿Por la cabeza?- estaba aludiendo a su pequeño sobrino, Itachi, el Príncipe Heredero, había que atacar a Takara donde más le dolía, donde más podían silenciarla….con su hijo.
-Ya he pensado en eso y le pedí a varios de nuestros emisarios que viajen por los territorios del Sultanato y encuentren, en su momento, a las jóvenes más bellas que vean- puntualizo Sarada, si no recordaba mal, el punto débil de muchos hombres eran las mujeres hermosas e Itachi no sería un niño para siempre, llegaría el día en que desearía a alguna mujer y Kami mediante sería un que fuera leal a ellas y que se enfrentara a Takara, sembrando la discordia.
-Encandilar a un hombre mediante su debilidad, hacer que descuide los asuntos de estado- Shina sonrió ante este plan, su padre había sido el único Sultan monógamo en la historia del Imperio, Itachi bien podía caer al encandilarse de una joven lo bastante hermosa e inteligente para ganar su corazón.
-Yo no lo veo tan sencillo, Takara competirá por la dirección del Harem y si gana, toda esta estrategia se acabara aun antes de empezar- objeto Kakashi recibiendo pese a las protestas interinas que todos hubieron albergado, la aprobación de todos, porque quien controlara el Harem, tenía voto en todo y podía decidir cómo gobernar el Palacio a voluntad.
-Pero yo tengo esto- sonrió Sarada para confusión de todos, rebuscando en el interior de la manga de su vestido y extrayendo un rollo de papel que abrió ante la vista de todos -Nuestra madre fue muy astuta- celebro descendiendo su mirada a lo que allí yacía escrito...
Hoy era particularmente un día diferente de otros que tenían lugar, el aniversario de la fundación del Imperio Uchiha con la subida al trono del Sultan Baru I, hijo del Bey Indra Otsutsuki y la Sultana Sanavber, en este día en específico los corazones se regocijaban y aprovechando que todos los soldados, las sirvientas, doncellas, criadas y concubinas se encontraban preparando los últimos detalles previos al banquete que tendría lugar en el jardín Imperial, la Sultana Sarada aprovecho para pasearse en bata y camisón, apenas peinada, por los pasillos en dirección hacia los aposentos de su madre que a esa hora y aun in haberse arreglado había solicitado su presencia y según decía lady Tenten se trataba de algo de suma importancia. Solo esperaba que su madre no fuera a morir en ese momento, Kami…no merecía morir así, no sin que todos la vieran por última vez en su impoluta fortaleza tal y como siempre la habían conocido. Las puertas le hubieron sido abiertas sin necesidad de ninguna orden puesto que su madre la estaba esperando y ante lo que Sarada, sujetándose la falda para no tropezar, ascendió lo más pronto posible por las escaleras teniendo el suficiente cuidado de apoyar su mano en el barandal mientras lo hacía, frente a las puertas de la habitación de su madre los dos escoltas jenízaros la reverenciaron manteniendo la vista al suelo para no faltarle el respeto y ante quienes Sarada inclino la cabeza como escueto saludo justo antes de que le abrieran las puertas, dejándola pasar. Sentada tras su cama e igualmente aun en bata y camisón, pero sin lucir despeinada en lo absoluto se encontraba la Sultana Sakura con los ojos cerrados, como aguardando algo y por lo visto fue a su hija pues apenas sintió las puertas abrirse sus ojos se abrieron dirigiéndose hacia las puertas donde su hija hubo descendió en una respetuosa reverencia, sin llegar a olvidar en lo absoluto el riguroso y tan necesario protocolo.
-Madre- reverencio Sarada, escuchando las puertas cerrarse tras de sí, -¿me llamaste?- asevero deseando conocer la razón por la que necesitaba de ella.
-Mi rosa albana- sonrió Sakura, indicándole a Sarada que se sentara a su lado, petición que la Uchiha fue incapaz de rechazar, situándose frente a su madre que de inmediato le acaricio el cabello con igual mor que como lo había hecho cuando era una niña, aunque Sarada continuaba viéndola de la misma forma. -Cuando yo me haya ido cundirá el caos, muchos comenzaran a comprarse entre sí, es la naturaleza de la serpiente atacar cuando surge la oportunidad, por ello no culpare a Takara intentar tomar partido, intentara hacerse con el control del Harem para sembrar su autoridad- Sarada asintió ante sus palabras pues ella ya había considerado esa posibilidad, más no una posible solución. -Por eso tú ocuparas mi autoridad- determino con una sonrisa, desorientando a su hija que no compendio a que se refería.
Takara era una serpiente sin importar por donde se mirara y ciertamente nadie pretendía esperar que asistiera a los ritos funerarios, orara una plegaria pro el alama de su madre o vistiera de luto cuando llegara el triste momento de la muerte de su progenitora, pero de todas formas ella continuaba siendo una amenaza; siguiendo con las originales tradiciones obre la dirección y administración del Harem, sin una Madre Sultana o Sultana Haseki que dirigiese la corte, era el deber de la mujer de mayor cargo social ocuparse de dichas decisiones y porque esa área del Palacio y la jerarquía Imperial no podía quedar a la deriva, y la sucesora para administrar el Harem solo podía ser aprobada por el propio Sultan que debía estampar su sello en un documento, por escrito. Pero había un problema, cuando su madre muriera y esta decisión tuviera que ser tomada, si Sarada conocía tan bien a su padre como lo hacía; su padre estaría demasiado afectado como para aprobar o negar algo, quizás ni siquiera pudiera ocuparse de los asuntos de estado por una prolongada cantidad de tiempo y por lo mismo es que la Sultana Sakura había mantenido en silencio su enfermedad, porque un Sultan debía encargarse e gobernar y Sasuke no habría podido hacerlo al estar tan al pendiente de ella, flaquearía cuando ella no estuviera a su lado pero gracias a Kami a ella se le había ocurrido tomar cierta medida preventivas que prestaran gran servicio al Imperio y a las vidas de tantos otros. Hasta entonces callada e inmóvil, la Sultana Sakura descendió su mirada hacia su regazo, siendo imitada por su hija que era incapaz de entender a qué se refería…hasta que su madre hubo abierta la palma de su mano izquierda donde hasta ese momento había sostenido un rollo de papel que le tendió a Sarada quien, con un leve tinte de vacilación, recibió el documento, leyéndolo lo más pronto posible para no apartar sus ojos de los de su madre por demasiado tiempo, aunque era sumamente difícil no hacerlo, lo que ese documento redactaba…¿Cómo es que su madre había tenido tiempo para algo así? Nunca dejaba de sorprender a nadie por las magníficas decisiones que tomaba y ahí estaba la prueba; u documento que certificaba por escritorio que la autoridad dl Harem pasaría a una de sus hijas al igual que al dirección de sus fundaciones y su rol representativo ante el ejército, todo eso y con el sello Imperial del Sultan estampado al pie del documento como prueba indisoluble, el Imperio se salvaba de una crisis interina gracias a esta decisión.
-Pero…¿Cómo lo hiciste, madre?- Sarada dio todo de sí para no tartamudear pese a encontrarse ya boquiabierta con lo que leía en ese documento
-Los años me enseñaron a ser sigilosa como un gato, ocupe el sello de tu padre mientras dormía- se jacto Sakura con una sonrisa ladina que resulto contagiosa para la Uchiha que descendió parcialmente su mirada al documento, su madre era una caja de sorpresas, -en este documento se dicta que a mi muerte toda mi autoridad sobre este Palacio y los Pashas en cuanto a política se refiere, se trasmitirá a mis hijas por igual- Sarada asintió pues había leído tan apresuradamente el documento que apenas y había reparado en otra cosa salvo los títulos que pasarían a sus hermanas y ella misma, -pero la autoridad y contabilidad del Harem es solo para ti- la Uchiha descendió la mirada al documento para corroborar que…en efecto, su madre le legaba a ella dirigir y administrar el Harem lo cual hubo dejado a Sarada boquiabierta, no se sentía digna de tal honor, ella no era tan perfecta como ella. -Eres diferente de tus hermanas, y por ello te encomiendo todo a ti- sosegó Sakura acariciando los largos rizos azabache de su hija que a nada estuvo de sollozar por toda la fe que depositaba en ella. -La tortura del cruel no conoce la luz del día, nuestro sol volverá a brillar, confía, hija, el mal es un engaño pasajero, la verdad siempre reinara- prometió, teniendo fe en que al final el destino sería justo con todos si importar las acciones que hubieran cometido, todos siempre recibían lo que merecían, todos.
Con una sonrisa en el rostro, creyendo en el sentido que guardaban las palabras de su madre, Sarada cerró los ojos al sentir que el besaba la frente, se sentiría sola cunado ella ya no estuviera, pero por Kami que cumpliría con su voluntad y decisiones al pie de la letra, la corte y el Harem estarían a salvo, todo continuaría siendo tal y como si ella aun siguiera ahí, era una promesa…Todas y todos hubieron observado boquiabiertos el documento que Sarada hubo dejado a u vista y que Mikoto le arrebato de las manos, no creyendo lo que allí yacía escrito, literalmente era la posibilidad de hacer que las cosas continuaran siendo tal y como siempre deberían de ser, como si su madre aun estuviera allí, con ellos y guiándolos. Con las manos sobre los hombros de su esposo que sonrió maravillado por esta noticia de manos de ella al igual que todos lo demás presentes y que hubieron parpadeado absortos y boquiabiertos. Sarada, con cierto aire arrogante, asintió silente para sí, ahora ella sería personalmente la espina en el costado de Takara, el mayor obstáculo que pudiera tener, el documento en cuestión tenia le sello Imperial y eso era lo indispensable para que fuera valido, ahora su padre no tendría que sentir remordimiento si alguien intentaba manipularlo en miedo de su dolor, es más, ni siquiera tendrían esta minúscula oportunidad, sus aliados y aliadas estarían a salvo y podrían preparar el Harem para cuando el siguiente Sultan tuviera la edad apropiada para posar sus ojos sobre alguna afortunada jovencita. Nada traería a su madre de regreso, esta triste realidad no era menor o vana para nadie, pero habrían de amoldarse a ella, habrían de ser pacientes y cautos, todos, tomando las decisiones necesarias de ahora en más porque o vivían lo suficiente para contarlo y gozar la victoria o morían y desaparecerían para siempre.
-La suerte está echada, Takara caerá, tarde o temprano- destino Sarada sonriendo ladinamente.
Así iniciaba la guerra.
PD: hola mis queridos lectores, lo cierto es que termine el capitulo anoche a las tres de la mañana y hubiera actualizado de inmediato pero tenia mucho sueño, por lo que me disculpo si los hice esperar demasiado :3 esta semana volví a clases como ya se los había dicho, pero cumplo con lo prometido, esperando haber podido satisfacer sus expectativas puesto que e este punto de la historia Sakura ya no es la protagonista sino más bien Sasuke y sus hijas, pero les garantizo que-aunque no lo parezca-el final de esta historia sera feliz :3 el fin de semana actualizare el fic "Titanic Naruto Style" la próxima semana"El Clan Uchiha" y el próximo fin de semana "Operación Valkiria" :3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas mis historias :3) a Adrit126(feliz de saber que esta cerca y emocionada por sus comentarios :3)y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" (secuela del final que haré para el fic "El Siglo Magnifico; La Sultana Sakura" y levemente inspirada en la serie "Medcezir"), "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar cuando tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
