Me han abandonado, ya casi nadie comenta u_u

pero muchas gracias a todos los que continúan leyendo =D

ENJOY!

ADVERTENCIAS :

Ninguna

- Estos dos capítulos son dedicados a Belén Beltrán =) Una personita que quiero mucho y que se los debo =D

THE PAIN OF LOVE

SEASON THREE

CAPITULO 8

By Kurt.

Hoy, a las siete de la mañana, en los barrios bajos de Westerville, un muchacho de apenas veinte años ha sido encontrado congelado a las puertas de su propia casa. Se calcula que la hora de su muerte fue sobre las tres y media de la mañana. La policía está investigando las causas de este extraño siniestro. Ni siquiera se sabe cuál es la identidad del joven todavía. Su hermano, cuyos antecedentes son preocupantes, acusado más de veinte veces por delitos en los que se encuentran la delincuencia juvenil, agresiones varias y amenazas, se niega a responder ante un tribunal…

Esas serían las noticias del día siguiente o, mejor dicho, las noticias de ese mismo día un par de horas más tarde. No sabía qué hora era. Mi móvil estaba dentro de la casa de la que Blaine me había echado hacía por lo menos dos horas y después de dejar de llorar con todo el esfuerzo del que fui capaz, me acurruqué a un lado de la puerta, con las manos escondidas dentro de la camiseta y la cabeza entre las piernas. Todo estaba muy oscuro. La mayoría de las farolas no funcionaban. Una parpadeaba intensamente y me aparté de la molesta luz que me iluminaba parte del cuerpo. Sus simples fogonazos golpeándome la cara me asustaban, me hacían ver sombras que no existían al otro lado de la calle, acercándose con una lentitud que ¡Anda, si cualquiera diría que no se movían! Y no lo hacían… el miedo me provocaba alucinaciones, lo sabía, pero por más que intentaba convencerme de ello, no conseguía controlar la sensación de pánico.

Me encontraba demasiado aterrorizado como para pensar en Blaine y en el frío que tenía y estaba seguro de que el muy cabrón estaba despierto, porque las luces del salón estaban encendidas y mi perro no dejaba de ladrar entre sollozos, desesperado. Me tapé las orejas con las manos. Oía ruidos por todas partes, ruiditos extraños. Una rata royendo una fruta podrida en los contenedores de basura destrozados y derrumbados sobre el suelo pegajoso y mal oliente a apenas diez pasos de mí. Los maullidos de un gato, los grititos agudos de una niña en algún lugar cercano, el susurro del aire azotando algún árbol más que muerto, con el tronco repleto de cicatrices de navajazos, tatuados en su corteza nombres desconocidos, el balanceo, metal oxidado contra metal oxidado, rozándose en un baile tenebroso provocando agudos chirridos. El castañeo de mis propios dientes…

Esa escena… yo, derrumbado en la puerta de una casa, con las manos en los oídos, intentando escapar de la realidad que me estaba tocando vivir, de extraños ruidos… de gritos acusadores…

Quizás Westerville no era tan diferente a Lima después de todo. Quizás Blaine no fuera tan diferente de Frank, Fer y Adrian después de todo.

Por fin, mamá se había ido a trabajar. Era un día memorable para mí. Después de semanas, por fin, ¡Por fin se había separado de mí por veinticuatro horas! Me había dejado solo.

Bueno… casi solo.

Elliot se había quedado dormido en el sofá del salón. Tenía el mando de la tele en la mano y los ojos cerrados, la boca semiabierta. Roncaba muy débilmente, como solía hacer Blaine de vez en cuando. Tan débil que apenas se le oía y ni siquiera resultaba molesto para la persona que durmiera a su lado. Blaine no roncaba, respiraba con mucha fuerza y en ocasiones, un pequeño ronquido emanaba de su boca. Solo en ocasiones. Solo cuando dormía relajado, tranquilo. Recordaba perfectamente cómo los primeros días que pasó en mi casa, las primeras semanas, dormía de una manera casi antinatural. Mantenía los ojos cerrados, pero su pecho apenas se movía y de él no salía ni el más mínimo suspiro. Parecía contener el aliento, alerta, como si pensara que de repente alguien se le echaría encima para morderle y, de hecho, cuando yo alzaba la mano dispuesto a tocarle para cerciorarme de que estaba vivo, él me agarraba el brazo sobresaltado antes incluso de que mis dedos le rozaran el cuerpo, me miraba con los ojos muy abiertos, asustándome y me clavaba las escasas uñas en el brazo. Yo me quejaba.

-¡Au, Blaine! - él se me quedaba mirando.

-¿Qué hacías?

-Nada. ¡Suéltame, que me duele!

-¿Qué querías hacerme? - yo lo observaba, alucinado e incrédulo.

-¡Nada, solo quería tocarte! - su cara reflejaba tanta desconfianza que pensé que no me creería, que intentaría castigarme por algo que no había hecho. Sus ojos, en la oscuridad, brillaban como los de una serpiente, afilados y amarillentos. Me analizaba y al minuto, sus párpados se cerraban y me soltaba el brazo, dejándose caer de nuevo sobre la almohada de su cama o de la mía, dormido como al principio, con un ojo puesto en la realidad y otro, en su sueño.

Por aquel entonces pensaba que estaba loco.

Al contrario que Blaine, el sueño de Elliot era muy profundo y tranquilo y eso me hizo sentir aliviado. Podría hacer todo lo que quisiera sin temor a que se despertaba aunque empezara a golpear cacerolas con el cucharón. Le quité el mando de la tele y la apagué. Era sábado y Elliot no estaba acostumbrado a madrugar en sábado, por eso se había quedado frito en cuanto mi madre se había ido.

Mamá no confiaba lo suficiente en Elliot como para dejarme todo el día con él en mi estado de constante depresión y bruscos cambios de humor. Ni siquiera ella era capaz de controlarme cuando me aceleraba y creía que Elliot tampoco sería capaz de hacerlo solo, así que supe que de un momento a otro, Gordon vendría a hacerme una visita. Finn seguramente estaría trabajando, preparándose para los finales y esforzándose en sus prácticas.

Me cambié de ropa, quitándome la especie de pijama improvisado y poniéndome una sudadera poco propia de mi estilo y unos vaqueros medio desgarrados. Miré las botas que Derek me había regalado a los pies de la cama y el collar de cuero encima de la mesa de mi escritorio. Ignoré a ambos por completo y me puse unas simples zapatillas de deporte viejas. No tenía ganas de arreglarme.

Extrañamente, ver a Elliot dormido en el sofá de mi casa, recordándome con sus pequeños ronquidos a la persona que me había crucificado, me hizo sentir una nostalgia tan enorme, que como un idiota y olvidándome por un instante del qué dirá, de las consecuencias que mis actos pudieran tener, de lo que pensaría si se despertaba justo en ese momento, me senté a su lado en el sofá y dejé caer la cabeza sobre su hombro, adormilado. Elliot no se despertó, apenas se movió y yo empecé a adormilarme pensando que aquel duro hombro solo podía ser el de mi hermano. Cerré los ojos. Hacía semanas que no dormía de un tirón y poco a poco, me empezaban a pasar factura.

Tocaron al timbre. No me moví ni un ápice, cómodo, apoyando casi todo mi cuerpo en el medianamente tierno de Elliot. Sentir sus músculos más blandos que los de Blaine me hizo reaccionar. El cuerpo de Blaine era mucho más duro. Elliot era demasiado blando para mí.

Me levanté del sofá y fui hacia la puerta, meditabundo, pestañeando con rapidez, intentando deshacerme del sueño que pretendía tragarme a base de pequeños mordiscos. Abrí la puerta que daba a la calle, preparado para recibir a Gordon, pero lo único que recibí fue una brisa primaveral un tanto fresca por ser buena mañana. Estiré el cuello. No había nadie. Cerré la puerta otra vez, sacudiendo la cabeza y me di la vuelta, dispuesto a volver al cálido rincón del sofá para no hacer nada. Quizás intentara despertar a Elliot para entretenerme… pero el timbre sonó otra vez. Me volví. Suspiré. A esas horas de la mañana… ¿Quién demonios podía ser a esas horas de la mañana? Estuve tentado de subir a la habitación de mamá y Gordon, coger el bate de béisbol viejo que guardaban en el armario y correr abajo, con la poderosa herramienta en mis manos, imponente. Sabía demasiado bien quién o quiénes eran.

El cartero.

Abrí la puerta una vez más, agotado, deseando escupirles sus notas amenazadoras a la cara y hacer que se las tragasen enteras. En lugar de eso, de nuevo me encontré solo en la entrada de mi casa, sin nadie fuera, sin nadie apoyado contra la pared intentando vanamente esconderse de mi mirada. Lo analicé todo, todo desde la puerta de mi casa, sin hacer ni un movimiento en falso y cuando ya estaba a punto de cerrar la puerta otra vez, harto, la vi en el suelo. Otra nota. Volví a mirar a ambos lados, buscando al culpable de aquello antes de salir a por ella, varios pasos más allá. No lo hubiera hecho de no ser porque temía horrores que Gordon o mi madre pillaran la nota y se percataran de lo de las amenazas y el acoso. Agudicé el oído en cuanto puse un pie en la calle, en el jardín de casa, buscando pistas, huellas, algún ruido que les delatara, pero nada. La calle parecía estar desierta.

Cogí aire, mirando el papelito desde arriba. Me agaché. Mi corazón parecía haberse ralentizado, bombear más despacio, reservando energía para lo que vendría ahora. Cogí el papelito y volví a levantarme con él en la mano. Con las mismas letras de recortes de revistas de siempre, ponía:

"Mira detrás de ti"

Y mi corazón volvió a coger carrera, como si estuviera en plena maratón. Tragué saliva, sudando en frío. Apreté el papel entre mis manos, arrugándolo y destrozándolo con las uñas. Lo hice pedacitos, furioso con ellos, con ese maldito trozo de papel, conmigo mismo. ¿Es que no iba a acabar nunca?

Desgraciadamente, ya conocía la respuesta incluso antes de voltear para ver aquel horror delatador, ese amor que nadie había creído y que todos habían confundido con lujuria y vicio plasmado en la pared y la puerta de mi casa, simplificado en simples palabras repletas de burla y asco. Una abominación.

Endogamia, incestuoso, promiscuo, cerdo, vicioso, pervertido, enfermo mental, chupapollas, depravado, degenerado, sodomita, busca nabos… ¿Alguien quiere un culo abierto para meter un nabo? Toca al timbre y lo tendrás al instante.

Tantas palabras dichas, tantos abrazos, tantos besos apasionados, tantas caricias, tanto amor que yo mismo había entregado, mi cuerpo, mi vida, tanto… tanto, reducido a unas pocas palabras garabateadas en la puerta de mi casa con pintura roja, tantos penes y tantas guarradas dibujadas con unos simples trazos por un spray barato.

¿Tan poco ha significado lo nuestro, Blaine? ¿Tan vomitivo y repulsivo como para tener que aguantar no solo que te hayas ido, si no también que me hagan esto, que me destrocen la poca vida que ya tengo? ¿Tan poco ha significado como para poder expresarse en esos abominables garabatos? Oí risas a mi espalda, risas intentando parecer disimuladas sin éxito. Entré corriendo en casa sin saber por qué, sin comprender la reacción de mi cuerpo. No entendía por qué me movía, no sabía en qué pensaba. Tenía la mente en blanco y dejé que mis piernas me guiaran hasta la cocina, mis manos cogieran el cubo de la fregona, derramaran su contenido en el inodoro, abrieran el grifo, dejaran que se llenara hasta la mitad y vaciaran medio bote de lejía en su interior. Cogí el primer estropajo que encontré, bajo la encimera de la cocina y salí fuera. Hundí mis manos con el esparadrapo en la lejía y empecé a frotar la pared con tanta fuerza que al instante empezaron a dolerme los hombros y los brazos. El olor tan penetrante de la lejía me aturdía y las manos enseguida se me tornaron ásperas. Frotar, frotar, frotar… intenté borrar a base de fuerza bruta el amorfo garabato de un pene cerca del timbre, las palabras que lo acompañaban y con trabajo, el color rojo fue desapareciendo tras tres minutos agónicos de tanto frotar y frotar. Pasé a las enormes letras escritas en la puerta. Endogamia, incestuoso. No quería que nadie lo viera. La causa de por qué me llamaban pervertido, de por qué sufría, lo que según Frank, me asemejaba con un pederasta o un violador. Intenté borrarlo con todas mis fuerzas y al ver que no se iba, empecé a desesperarme.

Cada vez oía más risas a mis espaldas que de repente, pasaron a murmullos. Ventanas abriéndose en las casas más cercanas. Puertas propiedad de personas curiosas saliendo a la calle por el alboroto.

No mires atrás, Kurt. No mires.

El esparadrapo se rajó por la fuerza con la que frotaba la puerta y mis nudillos chocaron contra la misma. Empezaron a sangrar. La lejía los hacía arder. Escozor.

Seguí frotando con el estropajo roto, intentando recoger mi vergüenza y tragármela para siempre junto con la ira, la tristeza, la humillación y con cada uno de mis sentimientos. Deseé tragármelos todos para no tener que sentir nada. ¡Nada! No quería sentir nada. ¿Por qué dolía tanto sentir? ¿Por qué? Empecé a raspar la pared con los dedos, destrozándome las uñas, intentando cubrir las pintadas aunque fuera con mis propios restos de carne.

Me detuve…

No se borraba.

Por mucho que intentara borrarlo, no se borraba. Ni se borraría nunca. Nunca podría borrarlo todo, olvidarlo. Nunca desaparecería del todo.

Miré mi propia sangre escurriéndose por mis manos, desde mis nudillos hasta mis dedos y uñas destrozadas. Observé las heridas abiertas y sentí… sentí que me hacía inmune. Sentí que la sangre, en lugar de agitarse en una tormenta de insultos y desprecios, se mantenía en calma, tranquila y deseé ser como ella. ¿Podría yo hacerme invulnerable como ella, corriendo sin rumbo, despacio, sin prisas y sin presión, como el agua de un charco formado por la lluvia más pura?

Creo que esa fue la primera vez que sentí de verdad una extraña sensación apaciguadora escondida en mi propia sangre, trasmitida a mí con solo un pequeño vistazo. Nunca hubiera sospechado que volvería a sentir esa sensación desde el momento en el que alguien tiró la primera piedra, literalmente hablando y ésta, chocó contra una de las ventanas de mi casa, haciéndola añicos justo a mi lado, penetrando en la cocina.

Me di la vuelta. La sensación apaciguadora había desaparecido. No pude ver al culpable, escondido detrás del muro de granito que rodeaba el jardín, lo único que pude ver fueron caras repletas de extrañeza, desconcierto, desconfianza e impresión observando las pintadas de mi casa desde las ventanas de sus propias viviendas o desde la calle, frente a la puerta de mi jardín. Sus murmullos confusos. Eran mis vecinos. Míos y de mi madre… y estaban siendo testigos del acoso… y habían sido testigos de cómo había intentado deshacerme de las pinturas que me acusaban.

Me llevé las manos a la cara y apoyé la espalda contra la pared. Acabé cayendo al suelo con la cabeza alzada hacia el cielo, sentado sobre el porche, sangrando y temblando, pidiendo un maldito segundo de tranquilidad. Solo un maldito segundo, ¡Solo uno! ¡Solo el que me había proporcionado la sangre al correr por mi piel! ¡Solo uno!

Y entonces Elliot salió, con el sueño despejado y con el bate de béisbol en la mano, amenazante.

-¿¡Quién coño ha roto la ventana!? - gritó, enfurecido. Avanzó con paso seguro y me miró. Al instante su rostro furioso se transformó en una mueca asustada - Kurt… ¿Qué ha pasado? Estás… - y miró la fachada. Se puso pálido y abrió la boca por la pura impresión. Se le olvidó hasta pestañear.

Se volvieron a oír algunas risitas y me tapé los ojos. No quería ver más.

-… Les voy… Les voy a… ¡Les voy a enviar en pedacitos al infierno con su puta madre! - escuché gritar a Elliot, de nuevo enfebrecido y entonces, salió corriendo con el bate en alto detrás de los que yo ni había visto. Los vecinos retrocedieron y empezaron a andar, apresurados. Algunos cerraron las ventanas de sus casas pero la mayoría siguieron ahí, murmurando nerviosos por lo que acababan de ver. La señora Dorothy estaba de vacaciones. Si hubiera estado allí, estaba seguro de que habría corrido hasta mí incluso con su pierna coja y su inseparable muleta a cuestas para intentar tranquilizarme y disipar la maldita muchedumbre que se había apilado en mi puerta… o quizás no lo hubiera hecho. Quizás hubiera intentado matarme con la muleta al enterarse de lo de lo que había hecho con mi hermano. Ya no podía confiar en nadie, ni siquiera en ella.

-¿¡Qué ha ocurrido!? ¿Un accidente? ¡Por favor, déjenme pasar, mi hijastro está ahí! ¡Necesito pasar, apártense! ¡Déjenme pasar, ahora! ¡Quítense de en medio! ¡Kurt! ¡KURT! - y Gordon emanó de entre ese montón de gente. Y me vio. Y vio la fachada de mi casa. Y escuchó los cuchicheos de la gente. Y seguramente recordó aquella conversación unos meses atrás, cuando se había enterado de que tenía novio y cuando yo me había puesto tan histérico cuando había intentado averiguar quién era él. Y ató cabos. Y se quedó paralizado.

Y yo me levanté del suelo, me metí en casa y subí las escaleras hasta mi habitación, dando un portazo. Atranqué la puerta colocando la silla bajo el picaporte. Cerré la ventana, eché la persiana y empecé a destrozar mi cuarto por segunda vez. Arranqué mi ropa de las perchas del armario, saqué mi maleta de debajo de la cama y empecé a llenarla sin orden ninguno. Arrojé los cajones del armario sobre el suelo, al igual que los de mi escritorio, que también acabó en el suelo. Estrellé mis libros de texto y todo lo que tuviera que ver con la universidad contra el cristal del armario empotrado, haciéndolo añicos. Pegué patadas a la cama y con las uñas que me quedaban de la mano contraria, arañé la pared. Cuando me quedé sin uñas, utilicé un bolígrafo y escribí en ella, en letras grandes y mayúsculas lo que tanto trabajo parecía costarle entender a la gente.

¡DEJENME EN PAZ!

Arranqué las cortinas, me quité toda la ropa hasta quedar desnudo por completo, deshice la cama y me enrollé en las mantas y sábanas como un fantasma, cubriéndome la cabeza por completo. Sin ver nada, por puro instinto, encontré la almohada sobre el suelo, la cogí y a ciegas, me metí en el armario vacío, cerré la puerta, colé la almohada bajo el montón de sábanas y me la llevé a la boca, mordiéndola, solo como un perro rabioso sería capaz de hacer. Grité con la tela entre mis dientes, intentando reducir la potencia del grito.

Kurt Hummel iba de mal en peor y fue en ese momento, revolcándose entre sus propios restos, cuando decidió que desaparecería de ese lugar. El infierno ya no tenía secretos para él.

Poco después, escapé. ¿Y de qué me había servido? Seguía viviendo con el miedo en el cuerpo, pero un miedo distinto. Tranquilo. Más que miedo, eran nervios acelerados y sensaciones extrañas que no me dejaban respirar. ¿Merecía la pena?… sí. La merecía. Dormía sin miedo, dormía casi tranquilo y cuando Blaine me había tocado y besado antes de echarme de casa, había sentido algo que no era ni miedo, ni odio, ni rencor, ni tristeza, ni nada que se le pareciera. Había sentido lo que había rogado sentir en Lima. Un segundo de tranquilidad apacible y solo por eso, merecía la pena estar allí. Pensar en eso me relajó. Quizás si volvía a llamar al timbre y le pedía que me dejara entrar por favor…

Oí un ruido a varios metros, entre los cubos de basura. Una tapadera cayó al suelo y varias bolsas se revolcaron por la calle. Me quedé estático, tenso y alcé la cabeza, mirando al frente. No había nada. Habría sido el viento.

Me levanté del suelo, nervioso y me di la vuelta frente a la puerta. Toqué varias veces con los nudillos.

-Blaine… ya me he tranquilizado, no haré ruido si me dejas entrar otra vez ¿vale? Déjame entrar, por favor… - otro estruendo entre los cubos de basura me sobresaltó. Cooper cada vez ladraba más fuerte y yo cada vez estaba más nervioso. Toqué al timbre esta vez. - Blaine, por favor, no lo volveré hacer. Abre. - mi voz temblaba. Algo se retorcía entre los arbustos que crecían como la mala hierba a ambos lados de la casa. La respiración se me aceleró. Empecé a tocar con más fuerza la puerta, casi aporreándola. - ¡Blaine, tengo miedo, déjame entrar! - los arbustos se zarandeaban, como si algo dentro de ellos los hiciera convulsionarse. Se me estaban saltando las lágrimas. - ¡Blaine, hay algo cerca, por favor, algo me está siguiendo! - y empecé a gritar su nombre y a aporrear la puerta, más que asustado, más que desesperado. Los arbustos se movían cada vez con más fuerza y empecé a oír algo más aparte del sonido de sus hojas moviéndose con violencia. Pateé la puerta con un pie. - ¡Blaine! - y lo que fuera que había en los arbustos pegó un salto y salió de su escondite, enorme, negro y rápido como una pantera. Ni siquiera lo vi con claridad y en cuanto capté el movimiento, pegué un salto y salí corriendo lejos de la puerta, guiado por mi escaso sentido de supervivencia. - ¡IAAAAH! - empecé a correr sin rumbo, tropezándome con los cubos de basura y cayendo al suelo bocabajo. Una rata muerta (o viva) quedó a escasos centímetros de mi cara. - ¡AAHH! - me levanté y salí corriendo otra vez, calle arriba, sin fijarme en las señales ni en nada que pudiera indicarme qué calle tomar para regresar.

Por supuesto, en aquel momento de pánico no tuve en cuenta el cómo volvería a casa más tarde sin conocer aquel barrio repleto de drogadictos y violadores.

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By Blaine.

Lo primero que hice cuando abrí los ojos por algún escándalo que se estaba montando en la calle fue suspirar, angustiado. Debía haber tenido un mal sueño. Me sentía como si me hubiera caído a un pozo y después de un par de minutos bajo el agua alguien me hubiera sacado a la fuerza, arrastrándome por las empinadas piedras ennegrecidas y mojada. Alcé la cabeza del sofá, con ganas de vomitar y con la barbilla pegajosa de babear. Hum… raro. Yo no solía babear.

No estaba borracho, porque no me costó nada situarme en el sofá de mi casa, al contrario que las veces que despertaba con una resaca del quince. Las luces estaban encendidas y Guetti no paraba de ladrar desde la cocina. Me revolví en el sofá, intentando reconciliar el sueño.

-Hum… ¡Cállate, perra! - hundí la cabeza entre mis brazos y giré el cuerpo entumecido hacia un lado.

Me caí del sofá y choqué contra el suelo.

-¡Coño! - grité cuando mi cabeza rebotó sobre el mármol gastado y rayado. Abrí los ojos de par en par y levanté el cuerpo de golpe, mirando a un lado y a otro, exaltado. Enseguida me mareé y volví al suelo, con el estómago revuelto. ¡Qué mal me sentía! ¡Ni siquiera en una resaca me encontraba tan hecho mierda! Tenía un frío de cojones y me dolían todas las articulaciones. La cabeza me bombeaba, parecía haber sustituido al propio corazón. Me levanté del suelo con la casa dando vueltas, espirando. La pierna mala me temblequeó y la sacudí bruscamente, molesto. Me sentía cansado y flojo, débil. Muy débil. Vulnerable. Con lo que yo odiaba esa palabra. La cabeza… y Guetti no paraba de ladrar.

-¡Guetti, calla…! - y recibí una flash que me cegó por unos instantes cuando recordé, con los ojos fijos en la puerta de la cocina, como si se tratara de una pesadilla, que Guetti ya no estaba… y si Guetti ya no estaba… quien estaba era… - ¡Cooper! - el perro ladró con más ganas cuando pronuncié su nombre y yo zarandeé la cabeza, confuso. Pero ¿Qué hacía Cooper en la cocina si yo lo había dejado en Lima cuando me fui y dejé a Kurt…?

…¡Mierda!

Aquel ambientador cayó al suelo cuando casi me caí sobre la mesa, con los brazos temblorosos. Me castañeaban los dientes de frío y me ardía la cara, pero aún con la vista nublada, con un montón de estrellas de colores parpadeando frente a mis ojos, me apoyé en la pared y me dirigí lo más rápido que pude hasta la puerta de la calle. Me tambaleaba y no sentía la pierna herida. La tenía dormida. Si no fuera porque teníamos pocos muebles y pocas cosas útiles sobre ellos, me habría preocupado el montón de cosas que acabaron en el suelo a causa de mi inestable paseo y, una de esas cosas, fue mi reloj de muñeca, aquel que había dejado de ponerme por la correa rota y por lo difícil que era golpear a nadie con él encima. Lo miré en el suelo, y aunque no fui capaz de ver bien la hora por los incesantes parpadeos, capté que era tarde. Mucho más tarde de las doce y media, que era la hora en la que había pensado abrir a Kurt. Un subidón de algo desagradable trepó por mi estómago hasta la garganta.

Corrí hasta la puerta y casi me estrellé contra ella. Abrí y salí fuera. No veía apenas nada con tanta oscuridad y el frío la tomó conmigo, helándome al instante. Empecé a tiritar, mirando de un lado a otro, buscándolo alrededor de la casa, en frente de ella, derecha, izquierda, cubos de basura, arbustos, farola rota…

No estaba.

-Pero… Kurt… ¡Kurt! - le llamé, esperando que apareciera de detrás de una esquina y volviera corriendo hasta mí, como un perro… no lo hizo. Al parecer me había dado cuenta tarde de que Kurt no era ningún perro. - ¡KURT! - grité con más ganas y bajé hasta los cubos de basura, dejando los temblores para más tarde. La cabeza me iba a estallar. Calle arriba y calle abajo. Los cubos se habían desperdigados por el suelo. Alguien parecía haberlos tirado adrede… o haber tropezado con ellos. - ¡KUUURT! - volví a gritar. Nadie contestaba. - ¡Me cago en la puta! - corrí unos metros calle arriba, gritando su nombre sin descanso e hice lo mismo calle abajo hasta que lo entendí. Kurt no estaba allí, por los alrededores. Habría salido al instante si pudiera oírme. Se había ido, pero me costaba creer que fuera tan tonto como para hacerlo. Quizás… quizás se lo hubieran llevado.

Nunca había sentido semejante sensación de descontrol. Algo se me acababa de ir de las manos y saberlo, me hizo entrar en pánico. ¡Pánico! ¿Cuándo había tenido yo pánico? ¡Yo no tenía miedo de nada ni de nadie, pero conocía esa sensación! La había vivido una vez, hacía muchos años. Odiaba el pánico porque me descontrolaba y no me permitía pensar con claridad.

Exactamente como en ese momento.

Di media vuelta y corrí hasta casa. Me puse la primera sudadera, manchada y arrugada, que encontré, subiéndome la cremallera hasta el cuello, sin ponerme nada debajo y busqué las llaves de la moto por todos los rincones de la casa. El pánico había hecho desaparecer el mareo, pero no el molesto bombeo de mi cabeza ni el frío.

-¡Vamos, vamos! ¿Dónde coño estás? - destrocé todo lo que encontré a mi paso en mi cuarto y cuando tiré de un cajón del pequeño escritorio viejo, las llaves salieron volando hasta el suelo. Me agaché para cogerlas y salí a la calle con ellas, cerrando la puerta de un portazo. Corrí hasta el pequeño garaje donde siempre guardaba mi coche. Un garaje no precisamente mío, a diferencia de la moto "robada", abandonado. Fui a abrir el garaje con las llaves cuando me di cuenta. ¡Solo tenía las llaves del garaje, no de la moto! ¿Y dónde coño estaban las llaves ahora? ¡Joder, Kurt, siempre tienes que tenerlo todo tan ordenado!

Estaba perdiendo el control. Decidí calmarme mientras abría las puertas del garaje y rodeaba mi coche hasta llegar a la moto. Había estado tanto tiempo sin usarla que estaba polvorienta y parecía incluso vieja, cuando aún casi un año después, seguía siendo lo más en su propio campo. No me molesté ni en quitarle el polvo y tiré de ella hasta sacarla de detrás del coche y arrastrarla hasta la calle. Tragué saliva cuando conseguí mantenerla erguida contra la pared. Maldito seas, Kurt, maldito seas…

Me agaché y busqué el cable de masa de la bovina, encima del cilindro, a la izquierda. Había tres, ¿Cuál era? ¡Mierda, tanto tiempo en Lima me había trastornado la cabeza! El de dos colores, el de dos colores… lo encontré. Rebusqué en mis pantalones la navaja automática y la abrí. Menos mal que no me había cambiado de pantalones y seguía ahí. Suspiré. Me hubiera gustado no tener que hacerle un puente a mi propia moto, pero pensando en Kurt, corté el cable de una tajada, mordisqueándome la carne que había dentro de mi boca. Suspiré y me levanté, apoyando las manos en los manillares.

-¡Blaine! - pegué un bote y me giré rápidamente, esperando encontrarme una mata de pelo morena zarandeando al viento seguida del cuerpecito tembloroso de mi hermano. No pude evitar mi decepción al encontrarme a Clarissa en bata blanca corriendo hacia mí, abrazada a sí misma, helada. Negué con la cabeza y le giré la cara, volviendo a concentrarme en la moto. - Blaine, ¿Has visto a Oscar? - entrecerré los ojos, suspirando.

-¿Se te ha vuelto a escapar?

-Sí. Acabo de darme cuenta. Tatiana se ha puesto a llorar. Lleva toda la noche llorando porque no encuentra al maldito gato. ¿Lo has visto por aquí? ¿Sabes algo? Quizás se haya vuelto a colar en tu casa.

-No está en mi casa. Tenemos perro.

-¿Tienes? - la miré, con una ceja alzada, nervioso. Quería salir corriendo de allí. - Pensaba que Guetti…

-Es uno de los perros que tuvo. Tengo que irme, Clarissa.

-Pero Tatiana…

-Mira… - empecé a tirar hacia delante de la moto, haciendo fuerza para empujarla, sintiendo pinchazos de dolor en la pierna y ligeros tirones de la venda apretada. - ¡Tienes suerte de haber perdido un maldito gato! ¡Yo he perdido a mi hermano! - y tras coger suficiente velocidad, arrancando la moto, pegué un salto sobre ella y apreté el acelerador. El estruendo del motor resonó por todo el vecindario y rápidamente me encaminé en una búsqueda desesperada. Pude ver a la madre de Tatiana observándome a lo lejos, seria y resignada. Aceleré hasta alejarme lo suficiente de mi casa, apreté los dientes y entrecerré los ojos, con el viento golpeándome la cara.

Hacía meses que no cogía la moto y la sensación inolvidable de la bestial velocidad y adrenalina que sentía al montarla había desaparecido. Otra extrañeza. Pensar en una persona que no era yo, para variar, y ser incapaz de disfrutar de una de las sensaciones más magníficas que jamás había experimentado debido a la preocupación por esa persona.

Se me había olvidado ponerme el casco.

Cuando pillara a Kurt lo mataría, si no me mataba yo antes.

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By Kurt.

-Ah… uff… dios… - mis manos contra el frío muro de ladrillo aún temblaban y las piernas me ardían por el carrerón. Había corrido tanto o incluso más que el primer día que llegué a Westerville. Ni yo mismo sabía que podía alcanzar semejante velocidad. Era consciente de que en el agua, era el mejor de todo el país, pero ¿En tierra? Bueno, las pocas veces que corría en atletismo siempre llegaba el primero. ¡Tendría que haberme apuntado al maldito club de atletismo! Si lo hubiera hecho, en ese momento no estaría con un pulmón fuera y el otro peleándose con mis tripas. Suspiré, dándome aire con una mano. El frío se me había quitado de golpe, ahora estaba sudoroso y acalorado. Maldito fuera el maldito bicho que me había dado un susto de muerte. Me preguntaba qué demonios había sido eso y dejé caer mi espalda exhausto sobre la pared. No había sido una persona, era demasiado pequeño, pero fue tan rápido y yo había salido corriendo tan apresurado, que no ni me había parado a ver qué era ese bicho. Otra rata quizás o un mapache asesino. Maldecía una y otra vez a esa cosa, más relajado y en plena maldición mental, oí los quejidos agudos de alguien revolcándose en el suelo. Giré la cabeza muy lentamente y miré las bolsas de basuras rotas esparcidas por el suelo. ¡Pero bueno! ¿es que en cada esquina del barrio había basura? La gente era tan guarra… el significado de higiene no se conocía todavía, por lo visto.

-¡Iauuuurggggh! - me tensé como un palo. No tenía ni idea de a donde daba el callejón donde me había metido, pero sin mirar atrás, retrocedí, otra vez asustado, escapando de ese ruido espeluznante que venía de la basura. Otro chillido agudo y un montón de latas vacías y algo más chocando contra el suelo. Dios mío, estaba demostrado. Óscar el Gruñón me seguía. El vello de la nuca se me erizó. - ¡Mauuurgg! - tragué saliva. Algo pequeño que era incapaz de ver chocó contra una caja de metal y maulló con fuerza. ¿Maulló? El corazón se me aceleró y fui incapaz de dejar a Óscar el Gruñón allí solo, quejándose y sacudiéndose como un loco. Me acerqué dubitativo, nervioso, dando pasos muy cortos. ¿Y si era un mutante? Con toda la mierda que había por allí no sería de extrañar encontrar un poco de materia radiactiva. Empezaba a pensar que la ciudad entera podría ser un enorme basurero nuclear.

Me asomé muy despacio por encima de la basura, estirando el cuello e inclinando la espalda. Algo negro se movía violentamente y enseguida me eché hacia atrás. ¡Se parecía increíblemente a aquel bicho que me había saltado encima en la puerta de casa! ¿Me había seguido? ¿Era una rata mutante gigante? El bicho maulló, amenazante. Las ratas no maullaban ¿no? Y unos ojos amarillos, afilados y enormes, me miraron. ¿¡Una serpiente!? No…

-¡Miaurrr! - ¡Un gato!

-¡Maldito seas, bola de pelos! - grité.

-¡Shhhhhiisshh! - me chistó, con el vello erizado, enseñándome los dientecitos.

-¡Y encima me amenazas! Tú tienes mucha cara. - el gato alzó una patita e hizo un movimiento agresivo, como si intentara arañarme o advertirme. - Vale, ¡Vale! Ya me voy. ¡No pensaba quitarte tu basura! - le di la cara y empecé a andar hacia el final del callejón, por donde había entrado, ¿O había entrado por el lugar contrario? Me quedé paralizado. Oh, dios mío, oh, dios mío, ¡Oh, dios, mierda! ¿¡Pero por dónde se volvía a casa!? ¿Dónde estaba? ¿Qué camino había cogido? ¡No, perdido otra vez no! ¡NO!

Me entró vértigo. Quería vomitar. ¡Y Blaine no se daría cuenta de que me había ido! Y aunque se diera cuenta… seguramente pasaría de buscarme. Eso era lo que quería, que me fuera. Precisamente eso. Me tapé la cara con las manos. ¿Y qué debería hacer? ¿A dónde iba? ¿Qué hacía? ¿Dónde dormiría? ¿Y si alguien me atacaba?

El miedo empezó a poseerme otra vez.

-¡Miaaurrgg! - el gato maulló, no. Prácticamente chilló. Lo miré arrastrarse fuera de la basura, detrás de mí, con una pata alzada, cojeando.

-¿Estás herido? - el gato no contestó, obviamente. Me miró fijamente con sus penetrantes ojos amarillos. Tenía algo atado a la pata, un hilo. Me acerqué y el gato no se movió. - Oye, no me arañes, eh. Voy a intentar curarte. - me agaché, lejos, y esperé a que el animal hiciera algún gesto agresivo, pero siguió inmutable. Me acerqué y estiré una mano hasta su cabeza. Él solo me miró y con cuidado, precavido, posé mi mano sobre su cabecita peluda. Sus orejas se agacharon y entrecerró los ojos, dejándose acariciar. - Bien, muy bien. - estiré la otra mano hasta la pata que mantenía alzada y agarré el hilo. Estaba atado. Tiré un poco, intentando desatarlo y el gato volvió a abrir los ojos y abrió la boca, enseñándome los dientes. - ¿Te duele? - solté el hilo. No podía quitárselo desde tanta distancia. - ¿Me dejas que te coja? - y como no dijo nada, lo intenté. Seguramente sería doméstico, porque se dejó coger con suma tranquilidad. Lo apoyé sobre mi regazo, alzando su cuerpo un poco y agarrándole la pata atada. - ¡Oh, mierda! - no era un simple hilo. Tenía un anzuelo clavado en la planta de la patita. - Pobrecito… - agarré el anzuelo y al no notar ninguna reacción extraña en la actitud del gato, se lo arranqué de un tirón. El animal ni se inmutó, a pesar de las gotitas de sangre que mancharon mi mano. - Ya está. - tiré el anzuelo, lanzándolo lejos y luego me pregunté si estaría oxidado. ¿Los gatos también sufrían el tétano? Quizás debería llevarlo a un veterinario. - ¿Debería llevarte a un veterinario, gatito? - él se limitó a maullar y empezó a lamerse la pata. - De todas formas no creo que aguantes mucho en la calle tú solo y herido, así que… - me levanté del suelo, con el gatito en brazos. - Te llevo conmigo. Aunque quizás yo tampoco aguante mucho.

No sabía si lo había cogido por pena o por tener algo de compañía en mi odisea a través de los barrios más peligrosos de Ohio, pero sin duda resultaba tranquilizante tener a alguien al lado en los momentos más tenebrosos.

-Yo me llamo Kurt. ¿Y tú? - empecé a entablar una conversación con el tranquilo animal, o más bien, conmigo mismo en mi locura. Me estaba volviendo loco definitivamente. - ¿No tienes nombre? ¿Quieres que te ponga uno? - el gato ni me miraba, sin dejar de lamerse la pata con tranquilidad, a lo suyo. Era un gato precioso, totalmente negro, con el pelaje brillante y era pequeño, quizás una cría todavía. Calculé que tendría bastante menos de un año. Salí del callejón y tiré calle abajo, por donde más me sonaba haber estado. No se escuchaba ni un alma, estaba todo desierto. - ¿Te gusta Kasimir? Mi vecina tenía un gato que se llamaba así. - giré en una esquina, con el vello de punta. Volvía a tener un poco de frío. - Vale, te llamaré Kasimir. ¿Sabes dónde estamos, Kasimir? - el gato dejó de lamerse la pata y me miró. Maulló. - Eso no me ayuda mucho, ¿sabes? ¿Tú tienes dueño o casa? - esta vez no maulló, solo me miró. - Pues… igual que yo. - me reí, sin ganas, con ironía. - A mí me han echado de casa. Mi dueño… ya no me quiere. - y como si entendiera el dolor que decir eso me suponía, se escapó un poco de entre mis brazos y apoyó las patas en mi pecho. Me dio un pequeño lametón en la barbilla, con su pequeña lengua. - ¿Intentas consolarme, bicho? Eres una monada. - el gato maulló de nuevo y decidió mantenerse firme y alzado sobre mi pecho mientras andaba, preparado para lamerme la cara otra vez. - Tú y tu raza tienes mucha suerte. A ustedes no les dicen nada si se acuestan con sus hermanos. Supongo que es lo normal para los animales. Si mi perro hubiera crecido con alguno de sus hermanos o hermanas, seguramente habría hecho lo mismo… y si los animales lo hacen, supongo que no puede ser tan malo, ¿no? ¿Tú qué crees? Si la fauna lo hace, ¿Por qué nosotros no podemos hacer lo mismo? Al fin y al cabo, venimos de los monos, somos tan animales como ellos, pero bastante más tontos. Nos creemos más listos porque somos capaces de razonar y controlar los instintos básicos y la gente no se da cuenta de que precisamente eso nos está matando poco a poco y arrastramos a animales y flora inocente en nuestra propia decadencia. ¿Qué absurdo, no? Nunca había pensado esto hasta ahora. Supongo… que nunca había tenido necesidad de pensar en ello. Yo era feliz con los ojos cerrados en mi mundo superficial hasta que Blaine me despertó y la gente me rechazó por abrir los ojos.

-¡Miauuuuhh!

-¿Qué quién es Blaine? Blaine era mi dueño. Era. Ahora es el dueño de otro. Se llama Jeff ese otro, ¿Sabes? Y parece buena persona… seguro que es buena persona y es el mejor amigo de Blaine, así que seguramente, lo comprenderá mucho mejor que yo. Creo que se conocen desde hace más tiempo que él y yo, así que seguro que lo sabe todo de él y sabrá ayudarle cuando lo necesite, y complacerle, y tranquilizarle cuando se ponga furioso y… snif… seguro que lo hace mucho mejor que yo. También es guapo y no está… no está enfermo… ni tiene el cuerpo amorfo y… snif… seguro que come bien y… snif… snif… ¡Y no es su hermano! - Kasimir me lamió la cara otra vez, maullando y ronroneando, bebiendo de mis lágrimas. ¡Estaba llorando de nuevo! No podía aguantar ni tres horas sin ponerme a llorar. Era insoportable.

Me pellizqué el brazo. Volvía a picarme.

-¿Sabes? Podrías arañarme. Sé que es raro pero… creo que necesito algo de dolor para espabilarme y quitarme tantas tonterías de la cabeza. - el gato no se movió y siguió lamiéndome la cara. Yo suspiré y dejé de caminar. El callejón por el que caminaba finalizaba en dos caminos. Uno bajaba por unas escaleras hasta lo que deduje sería un parque abandonado, destrozado y desierto. Un parque que los niños ya no podrían usar por las botellas rotas y los columpios desmantelados. El otro camino subía en cuesta hasta un lugar mas iluminado e igual de solitario. Me decidí por el camino en cuesta, pero antes de encaminarme hacia él… observé los cristales esparcidos por el suelo de las botellas de alcohol destrozadas.

Tragué saliva. Una idea poco higiénica y sana se me cruzó por la cabeza y la sacudí. No. Esos cristales podían tener cualquier cosa. A saber de quienes eran y cuanto tiempo llevaban allí. No. Si pudiera limpiarlos con agua…

Empecé a respirar de manera agitada.

-Mierda, Kasimir… se me están pasando unas ideas tan raras por la cabeza… que empiezan a darme miedo. - el gato ronroneó, apartándose de mi cara cuando me limpié los ojos con un brazo. El solo imaginarme esa escena, el dolor, mi propia sangre… me tranquilizaba un poco. - Será mejor que nos vayamos de aquí. No quiero acabar haciendo cosas raras. - di media vuelta y me encaminé hacia la cuesta cuando de repente, el lomo de Kasimir se erizó violentamente. Abrió la boca, amenazante. Un sonido agudo salió de su boca. - ¿Qué te pasa? Tranquilízate. - el gato gruñó y de repente, haciéndome daño, arañándome con las uñas, saltó de mis brazos al suelo y salió corriendo, desapareciendo al instante en la oscuridad del callejón. - ¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Kasimir! ¡Gatito!

-¡No! ¡No! ¡No, por favor! - un grito agudo y femenino me puso el corazón a cien. Pegué un salto y estuve a punto de salir corriendo otra vez por la cuesta, sobresaltado, pero tropecé con una piedra medio despegada del suelo y me tambaleé. Me dejé caer al suelo de culo, detrás de la verja oxidada desde la que podía ver el parque desierto. Me tapé la boca con las manos, intentando hacer el menor ruido posible. Genial, ¿Y ahora qué? Cerré los ojos y los gritos se convirtieron en pasos acelerados retumbando sobre el suelo de piedra.

-¡No me toques! ¡No! - los gritos se acercaron con rapidez y escuché una risa desagradablemente masculina. Estaba sobrecogido. ¿Alguien necesitaba ayuda? Me di la vuelta lentamente y miré a través de la verja de reojo. No había nadie y antes de que pudiera suspirar de alivio, una figura femenina salió corriendo como alma que lleva el diablo, atravesando el parque con rapidez. La miré con los ojos muy abiertos cruzar de cabo a rabo aquel lugar oscuro, pero antes de que pudiera llegar hasta lo que quedaba de los columpios, alguien se le echó encima. La mujer gritó. Vi claramente como alguien le tiraba del pelo con tanta violencia que la tiró al suelo de cara y se le echó encima, dándole la vuelta y sentándose a horcajadas sobre su estómago. La mujer empezó a moverse con agresividad, gritando como una loca, moviendo manos y pataleando contra el suelo. Miré a la persona que se le había echado encima, encapuchada. Era un hombre, estaba seguro, veinte años o treinta como poco. - ¡Suéltame! ¡SUÉLTAME! - el hombre le pegó un guantazo tan fuerte que el sonido llegó hasta mí. Sacó algo brillante que no pude ver y se lo puso debajo de la garganta.

-Cierra la boca o te abro el cuello. - la mujer empezó a llorar. Me di la vuelta sobre la verja y aparté los ojos de la escena, temblando como una hoja. Me llevé las manos a los oídos, aterrorizado. No tenía mi móvil para llamar a la policía. No tenía ni un arma con la que atacar o intentar defenderla. Estaba demasiado shockeado como para actuar y hacer algo. Había oído y visto escenas de películas de violaciones en la tele, en series de detectives, en CSI o Mentes Criminales, pero… eso era tan diferente. Podía oír los gritos desde aquí, los sollozos aterrorizados, las amenazas del violador, la ropa siendo desgarrada, el cinturón siendo abierto y los pantalones bajados… la mujer pidiendo ayuda en voz baja, casi inaudible…

Apreté tanto las manos contra mis oídos que sentí las uñas clavándose en mi sien. Algo de dolor, que como si fuera el motor de mi existencia, me despertó. Aparté las manos de mis oídos y las moví a tientas por el asfalto de piedra. Encontré una lo suficientemente suelta como para poder arrancarla de la tierra, la que me había hecho tropezar y la cogí. No era muy grande, pero sí lo suficiente como para poder causar cierto daño si la lanzaba con fuerza. Me levanté del suelo con las piernas como flanes, apoyándome en la verja y alcé la piedra por encima de mi cabeza.

-¡EH! - grité, y la lancé con todas mis fuerzas. No llegó a darle, pero cayó justamente a su lado, lo suficientemente cerca como para hacerle detenerse de golpe y girar la cabeza de inmediato hacia mí. No le veía la cara con la capucha puesta. La mujer también me miró, con los ojos alegados de lágrimas, muy abiertos. - ¡Déjala en paz, cerdo! - el hombre se quedó quieto, mirándome. Aguardé con el corazón en un puño a que se apartara y saliera corriendo. Por suerte, Elliot me había explicado algunas cosas que había dado en cursos superiores y había hecho hasta un trabajo sobre las mentalidades enfermas. Había mencionado a violadores en él. Ellos no se arriesgaban, por eso atacaban a mujeres despistadas y solitarias, más débiles, por eso, si alguien los pillaba en pleno acto, saldrían huyendo escopeteados.

Pero este no lo hizo. Y eso me descolocó por completo.

Este sonrió y como si no hubiera pasado nada, se inclinó sobre la mujer y le rajó con el objeto punzante la camiseta, dejando al aire libre su pecho. Ella gritó desesperada otra vez.

-Pero… - apreté los dientes, enfebrecido. ¿Y era con esa clase de escoria con la que me habían comparado en la universidad? Todas las chicas que había conocido a lo largo de mi vida aparecieron en mi cabeza. Algunas dulces, otras bordes, amables, cariñosas, promiscuas, pasionales, preciosas, sentimentales, sensibles y fuertes a la vez, hermosas y siempre más comprensivas que cualquier hombre. Algunas me habían decepcionado, pero otras eran dignas de princesas de cuentos de hadas. Ellas eran nuestras madres y esposas y sin ellas, no éramos nada.

¿Pero cómo se atrevía a tenerle tan poco respeto y hacerle semejante abominación a una de nuestras madres, hermanas y esposas?

Bajé a todo correr por las escaleras hacia el parque y antes de que ni yo mismo fuera consciente de donde me metía, los alcancé y alcé una pierna. El violador alzó la cabeza, sorprendido y justo en ese momento, la emprendí a patadas contra él.

-¡QUITA! - y el cerdo se apartó, cayendo a un lado de la arena del parque, con las manos en la cabeza, gruñendo, aturdido. La mujer se levantó enseguida, tapándose el pecho con los brazos, llorando a borbotones. - ¿Estás bien? - ella no me contestó, demasiado asustada como para hablar. Vi al violador removerse sobre la tierra y empezar a levantarse con rapidez. - ¡Corre, corre, vete! - y la mujer salió corriendo, cojeando, con un zapato perdido y sin dejar de llorar, aterrorizada. Suspiré y miré al hombre. La capucha se le había caído y pude ver la cara rechoncha y barbuda de una persona gruesa, horrenda. Miró el callejón por donde ella se había ido y rojo de rabia, acabó clavando su mirada en mí.

Ver el objeto afilado que llevaba en su mano, un simple cuchillo de cocina, me bastó para salir corriendo antes de que él reaccionara violentamente y se me echara encima. Corrí en dirección opuesta al callejón por el que ella había desaparecido. Subí las escaleras por las que había bajado de tres en tres y pude ver de reojo a través de la verja que él había emprendido la marcha detrás de mí, pero no era muy rápido Me embalé por la cuesta que iba hacia la calle iluminada.

¡Estupendo! ¡Otra maratón!

Mientras corría en pos de la luz, los lugares más iluminados, empecé a pensar en las tácticas que recordaba haber leído en el trabajo de Elliot en la sección de violadores en serie. A la más mínima sospecha de acoso, correr hacia un lugar iluminado y concurrido, gritar, llamar la atención de otras personas, incluso correr hasta la casa más cercana y tocar el timbre, tirándote un farol. Hacer mucho ruido, defenderte con un arma que pueda parecer amenazante, llaves no sirven. ¡Si tuviera alguna navaja! Intentar disuadir al violador advirtiéndole de cosas que puedan hacerle cambiar de opinión, como que tienes la regla, que estás embarazada… Genial, ¡Pero eso a mí no me servía! Quizás no se había dado cuenta de que era un chico. Quizás eso le hiciera cambiar de opinión. Pensar en ello me hizo tranquilizarme gradualmente. Miré hacia atrás, al final de la calle, todo el recorrido que había hecho, por lo menos doscientos metros del tirón. El hombre había desaparecido. ¿No había podido seguirme el ritmo? No me extrañó. Ni siquiera los chicos que me siguieron aquella noche pudieron seguirme. Un tío grueso entre treinta y cuarenta años mucho menos. Suspiré.

Dios mío… ¿Y Kasimir? Volví a suspirar. Habría huido espantado. Quizás le ocurriera algo. Estaba herido y en esas calles horribles… pero no me atrevía a retroceder para buscarle y me sentí mal por ello. Miré a derecha y a izquierda, arriba y abajo, en las ventanas de las casas que formaban la calle y en los coches casi hechos chatarra que reposaban de forma desordenada en la carretera y, aún así, no eran muchos. Estaban pintarrajeados y rallados, muy boyados, como si todo el barrio se hubiera ensañado con ellos. Miré al frente de la calle.

-Pero ¿dónde está todo el mundo? - murmuré. Si hubiera alguien, si pudiera preguntarle a alguien… y fue en ese momento, en el silencio de la noche, cuando me percaté de aquel sonido. El sonido de algo veloz pasando sobre el asfalto. Unas ruedas rozando con el mismo. Estaba tan acostumbrado al ruido de los coches pasar frente a mi casa, que ni siquiera le había dado importancia en aquel barrio, pero la tenía. Me centré en el final de la calle, iluminada por algunas farolas, otras rotas y pude ver, entrecerrando los ojos, un coche pasando velozmente por la carretera. ¿La autopista quizás? ¡Menos mal! ¡Algo a lo que atenerme! Eché a correr hacia allí, emocionado. ¡Iba a salir de ese maldito nido de escoria y volvería a casa con Blaine! O eso esperaba, porque tampoco tenía ni idea de donde estaba la casa de Blaine. Estaba cansado, destrozado, hecho polvo de tanto andar y correr. Nunca imaginé que echaría tanto de menos una cama caliente, ¡Solo una cama caliente bajo un techo en el que mantenerme seguro! Me pregunté si habría sido esto lo que Blaine habría deseado de pequeño más que nada en el mundo, en lugar de un nuevo videojuego o unos patines. En cuanto llegara a casa, se lo preguntaría.

Estaba a punto de llegar a la autopista, a la que conforme más me acercaba, más me daba cuenta de que solo era una simple carretera, más ancha y mejor pavimentada, pero una carretera como cualquier otra. ¡Me daba igual! Mientras pasaran coches no me importaba nada y, cuando di la última carrera para alcanzarla, débil y más que cansado, con las piernas ardiendo por el trabajo que me suponía tener que moverlas, algo me dio un tremendo empujón por la espalda que me hizo caer al suelo de boca. Apoyé las manos sobre el asfalto y me giré, sorprendido y dolido. Los ojos se me desorbitaron al verlo allí, de pie frente a mí, con el cuchillo de cocina en la mano y la capucha otra vez tapando su cara. Intenté levantarme rápidamente, retrocediendo y esta vez… esta vez fue él el que me pegó una patada en el estómago, tan fuerte, que sentí la comida trepando hasta mi boca. Tosí y me convulsioné, retrocediendo, arrastrándome por el suelo. Gateé, intentando alejarme todo lo posible de él, que avanzaba con pasos pequeños, como si pretendiera hacerme entrar en pánico a base de lentitud en sus movimientos… y lo estaba consiguiendo.

De repente, se detuvo, quieto como un palo, mirándome serio, observando como yo seguía retrocediendo, alejándome cada vez más. ¿Me dejaba escapar? ¿Se quedaba quieto y se largaba, así, sin más? Pero en cuanto noté aquella luz dándome de golpe en la cara, cegándome momentáneamente, lo comprendí.

Estaba en mitad de la carretera y algo estaba a punto de echarse encima de mí.

Cerré los ojos con fuerza y me encogí todo cuanto pude, aterrado. Ni siquiera me dio tiempo de ponerme a temblar muerto de miedo cuando aquello que iba directo hacia mí, hizo un extraño ruido. El ruido de unas ruedas intentando frenar a tiempo… pero no lo consiguieron. Vi como la moto se desviaba en el último momento y pasaba a mi lado a velocidad luz, rozándome el brazo. ¡Rozándome! Observé boquiabierto el enorme monstruo de acero derrapar sobre la carretera, con el conductor encima, perdiendo el control de su transporte y cayendo al suelo, derrapando junto a su moto varios metros más allá, saliéndose de la carretera y levantando una humareda de tierra. La moto chocó contra una montaña de tierra y piedra y pude ver como varios pedazos de ella saltaban por los aires. El conductor volcó a su lado, dando vueltas sobre sí mismo por la tierra hasta detenerse, más lejos incluso que su vehículo.

Dios…

Me levanté con las piernas temblequeando, sin ser capaz de apartar la mirada de los restos del accidente. El conductor no se movía. No… ¿Se había matado? No…

-Joder… ¡Joder! - intenté correr hasta él, entrándome el pánico. Si se había matado sería mi culpa, ¡Mi culpa! ¡Había matado a una persona! Crucé la carretera rápidamente, pero antes de que pudiera poner un pie sobre la arena, alguien tiró de mí con una violencia tremenda. Miré al hombre, al violador, agarrándome del brazo con fuerza y tirando de mí hacia el otro lado de la vía. - ¡No! ¡Suéltame! ¡Soy un chico, soy un chico! - grité, intentando zafarme de él. - ¡Estoy enfermo, tengo sida! ¡Te contagiaré! ¡Suéltame! - escupí varias veces para intentar repugnarle. Me llevé los dedos a la garganta para provocarme el vomito y vomitarle encima, para darle tanto asco que acabara alejándose de mí, pero no me dejó vomitar. Me agarró por las muñecas. - ¡Blaine! ¡BLAINE! - grité. Gritar el nombre de alguien conocido para intimidarle venía en el trabajo de Elliot, pero no grité por eso. Grité su nombre porque estaba asustado y quería verle. Porque esperaba que en cualquier momento él apareciera como siempre había hecho y me lo quitara de encima, reclamando lo que era suyo. Pero no venía yo tenía que defenderme.

Intenté pegarle una patada en la entrepierna, pero él se apartó y solo pude pegarle en la pierna. No me dejaba utilizar las manos para golpearle y pataleé como un loco, gritando y gruñendo hasta que me enseñó el cuchillo de cocina y me lo puso frente a la cara.

-Cállate y estate quieto. - me amenazó. Me quedé estático.

-…Soy un chico. Y estoy enfermo, de verdad… te contagiaré si me haces algo… - pero no pareció importarle. Se inclinó sobre mí y me besó en la boca, agarrándome por el pelo y apretándome el brazo con fuerza. Intentó meter su lengua en mi boca y estuve a punto de vomitar, entrándome arcadas al notar su asquerosa boca intentando succionar la mía con lametones y succiones.

Intenté vomitar, olvidándome por completo del trato que había hecho con Blaine horas antes, pero solo pude hacer el intento y eso bastó para que el violador se apartara de mí al hacer el amago de ir a echar la pota. Solo por eso, me pegó con el mango del cuchillo en la sien. Caí al suelo de espaldas, aturdido y vi con puro terror y grima como se bajaba los pantalones y se sacaba su duro y gordo miembro delante de mí, sacudiéndoselo con una mano.

Me agarró del pelo.

-¡BLAIIIINEEEEEE!

-¡ME CAGO EN LA PUTA! - y… él apareció. O eso quise creer cuando vi, a varios metros de nosotros, como el conductor de la moto que había rodado por tierra, se levantaba del suelo, sacudiendo la cabeza. Se arrancó literalmente el casco desencajado y lo lanzó con toda su fuerza a la carretera, haciéndolo rebotar con rabia, destrozándolo y pude ver su cara y su pelo despeinado, su expresión furiosa, roja de rabia, su respiración entrecortada, sus gritos… - ¡¿QUIÉN COÑO ESTABA EN MITAD DE LA CARRETERA?! - gritó… y nos miró. Y yo la miré.

No era Blaine, pero por suerte o por desgracia, la conocía.

-Ricky…