52. Dos.

-¿No vas a moverte, Edward? Llevas ahí tirado durante horas.

Abrió un ojo para volver a cerrarlo tapándose con una de sus almohadas al ver la figura de Alice entrar cual bailarina en su habitación como si así evitara que saltara sobre la cama y se echara a los pies.

-Es lo que hacemos los humanos para dormir- refunfuñó.

-Pero no estás dormido. Sólo estás tumbado con cara de agonía- se deslizó por la cama hasta casi llegar a su altura. El edredón incluso cambió de temperatura y dejó de parecerle cálido: juraría que Alice habría traído escarcha con ella- ¿Por qué no duermes?

Suspiró y se apartó la almohada. En cuanto Alice le vio la cara quitó esa expresión suya de curiosidad para sonreír y se apoyó en los codos para prestarle toda la atención como si él a primera hora de la mañana fuera la cosa más interesante sobre la Tierra.

-Estoy preocupado, Alice.

-No tienes por qué. Aquí estás seguro. Y Bella está segura. ¡Y es Navidad! ¿Quieres ya tus regalos?

Convertida en su borrón habitual desapareció de encima de la cama para aparecer en medio de la alfombra batiendo palmas emocionada.

-No, los quiero mañana por la mañana: en la mañana de Navidad. Llevo diciéndotelo días. Quiero una Navidad humana.

-Algunos humanos no aguantan más y se los dan antes. ¿Eres tú de ese tipo?

-No- volvió a refunfuñar. Y con eso dejó de mirar a su hermana, se volvió en la cama y se tapó entero con el edredón.

-Oh, Edward- suspiró. De un saltito se puso en cuclillas encima de la cama, sobre la baranda de los pies tirando del edredón que destapó a Edward hasta la mitad del pecho- ¿Y si te digo lo que pasará esta noche, con Charlie y en cuánto le des a Bella tu regalo? ¿Eso te animaría?

Con la rutina habitual era fácil pensar en otra cosa que no fuera la cara de asco que ponía Charlie Swan cuando cada mañana – por consejo y obligación de Carlisle – él y Alice iban a recoger a Bella para ir al instituto, o lo que fuera que estaban planeando Victoria y Laurent ahí fuera, pero desde que estaban en las vacaciones de invierno, la espera se hizo más insoportable, si cabe. Comenzó a nevar y el tiempo empeoró considerablemente por lo que no pudo salir de casa en los dos primeros días, lo que incluía no ver a Bella porque él ahora podría resbalar en el hielo o incrustarse en algún muro al conducir. Y lo que conllevaba estar allí encerrado. Con Esme y Alice decorando la casa como si nada, Jasper evitando estar demasiado tiempo en la misma habitación que él, Emmett bromeando sobre el color de sus mejillas cuando sacaba algún tema que a él le abochornaba y Rosalie repiqueteando incesantemente con la puntera de su zapato en el suelo.

Pero esa noche… no contribuía nada a poder conciliar el sueño: tendría que sentarse a la mesa de Charlie Swan y comer bajo su mirada de acritud, fingir una agradable velada cuando estaba seguro que él preferiría que fuera otro el que estuviera allí y esperar a que Bella aceptara el regalo que quería entregarle prácticamente desde que la conoció.

-No- tiró de su edredón de nuevo, pero Alice lo aferró desde el otro lado y apenas lo movió.

-Ella también está nerviosa por lo de esta noche. La oí hablar en sueños. Después la vi revolver en su armario buscando algo especial que ponerse y como sé que no tiene nada, le he dejado un vestido precioso.

Dudó en preguntarlo porque sentía que invadía su intimidad, pero qué narices. Él fue el primero en toda esta historia que se coló en su habitación y la oyó hablar en sueños.

-¿Qué decía?

Sonrió guiñando un ojo con picardía y soltó el edredón para saltar de nuevo sobre la cama y quedar echada junto a Edward.

-Algo del horno y del pavo- se rió- Después que esperaba que te gustara su regalo. Y que Charlie se comporte. Pero todo saldrá muy bien. Por lo menos no ha decidido coger su arma.

Si no la cogía durante la cena, la cogería después cuando supiera lo que él quería regalarle a Bella, pero como no pensaba preguntarle nada a Alice, se tapó la cabeza de nuevo con la almohada para no pensar excesivamente en ello.

Alice se rió e insistió en que se levantara, incluso ofreciéndose a limpiar y recoger su habitación – acción que Esme le había prohibido terminantemente de que no podía aprovecharse de los poderes vampíricos de sus hermanos, si no qué clase de hijo estaría criando, palabras textuales – mostrarle la ropa para la cita de por la noche o peinarle y afeitarle, pero cuando estuvo a punto de decirle que le dejara a solas porque se sentía mal – y eso aún mantenía a raya la curiosidad de Alice – ella dejó de parlotear quedándose quieta como una estatua.

-¿Qué es?- preguntó alarmando levantando la cabeza.

-Carlisle, Emmett y Rosalie han llegado.

Por lo que podía haber intuido él – ya que nadie le comentaba lo planes de vigilancia – Carlisle, Emmett y Rosalie esa noche supervisarían a Bella, haciendo inclusiones en el bosque por si captaban algo nuevo, mientras que Jasper se encargaba del perímetro de la mansión y Esme y Alice se turnaban para torturarle con comida y baños calientes para relajarle, sin éxito.

-¿Y qué…?

Con aire que movió incluso sus persianas, Alice desapareció de la habitación, dejando el huequecito de su cuerpo sobre el edredón. Percibió una leve conversación en el piso de abajo y no de muy buen tono, así que se arrastró fuera de la cama y bajó incluso en pijama y descalzo.

-¿Qué ocurre?

Desde la parte de arriba de la escalera, pudo ver a toda su familia completa congregada en el salón: Carlisle estaba en el centro y Esme le rodeaba la cintura con el brazo. Contaba algo a su volumen de vampiro que los demás escuchaban atentos y parecía tenso y preocupado. Jasper estaba en la puerta que daba al jardín mirando hacia el bosque, Alice saltaba de aquí a allá y Rosalie se afanaba en hacer algo en la chaqueta desgarrada de Emmett.

-Buenas noticias- Alice se plató delante de él, incluso haciéndole retroceder- Esme me deja ayudarte a limpiar. Sacaremos todo tu armario y donaremos la ropa que ya te hayas puesto más de dos veces.

Casi ignorando a la fingida jovialidad de su hermana favorita, miró por encima de su cabeza. Puede que fuera más fuerte, pero él seguía siendo más alto.

-¿No se lo vas a contar?- inquirió Rosalie.

Nadie se movió – excepto ella, que volvió a repiquetear el maldito suelo con su maldito zapato, cruzándose de brazos, impaciente- , siguieron con caras inexpresivas y sólo Carlisle rompió el silencio:

-Ve arriba con Alice, Edward. Todo está bien.

-No, nada está bien- insistió la vampira- Si tú no se lo vas a decir, se lo diré yo.

-Rosalie- insistió Carlisle de nuevo.

Ignorando a su padre adoptivo, Rosalie dio un par de pasos fuertes hasta el pie de la escalera, señalándole con el dedo:

-Nos han atacado. Los amigos de tu novia. Esos asquerosos y hediondos perros salvajes. No aceptan diálogo alguno. Si se vuelven a acercar a nosotros y vuelven a atacar a Emmett iré a ese poblado y los despellejaré uno a uno.

-Rose…- suspiró Emmett.

-¿Estás de acuerdo conmigo, o no lo estás?- replicó su pareja- Íbamos persiguiendo a dos y como saltaron hacia su terreno, les dejaron escapar para fintar contra nosotros. Emmett tuvo a uno de esos perros a dos milímetros de su cuello y estaba dispuesto a partírselo.

-No ha sido tan grave- contestó éste- Una chaqueta menos. Seguro que Alice me regalará una por Navidad- y sonrió.

-¡Basta!- exclamó la vampira- Nosotros no celebramos la Navidad. Ni fiestas de cumpleaños o de Año Nuevo. ¡Ni hablamos con licántropos! Todo era estupendamente perfecto hasta que volvimos aquí y Edward decidió que iba a dejar de ser el mártir amargado y enamorarse de una mortal. Pero desde que consiguió su propia mortalidad ha sido todo una completa pesadilla- le señaló de nuevo- Espero que te diga que esta noche y los dos desaparezcáis de nuestras vidas para siempre. Tú ya no eres mi hermano y ella jamás será hermana mía.