Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación.
51
Lillian pasó el día en la playa de Nauset con sus amigos. Por un lado se divirtió en su compañía, pero, por otro, estaba ahorrando el dinero que ganaba cuidando niños para comprarse un coche antes de ir a la universidad y todavía no había reunido el dinero que le hacía falta. Su padre le había prometido la mitad, pero ella tenía que conseguir la otra mitad.
—Ya sé que podría dártelo todo —le decía su padre a menudo—, pero acuérdate de lo que decía tu madre:
«Sólo sabes lo que valen las cosas si te las tienes que ganar trabajando.»
Lillian se acordaba. Se acordaba de todo lo que decía su madre. «Mamá no se parecía en nada a Rosalie», pensó. Era lo que la mayoría de la gente llamaría una mujer corriente: no se maquillaba, no se vestía a la última moda ni se daba aires. Pero era auténtica. Lillian se acordaba de que cuando su padre contaba aquellas historias tan largas ella le decía con cariño: «John, querido, ve al grano.» No se reía como hacía Rosalie, con una risita descontrolada, como si fuera Robin Williams o alguien por el estilo.
El día anterior Lillian había comprendido por qué la señora Whitlock estaba enfadada con ella. Se dio cuenta de que no debería haberle contado a su padre que había visto a la señora Whitlock en el balcón de la viuda y que ella lo había negado. Naturalmente, su padre se lo contó a Rosalie y ésta al señor Whitlock; ella misma estaba delante cuando lo llamó.
Pero una cosa le daba vueltas en la cabeza: cuando estaba con la señora Whitlock en casa, ésta llevaba pantalones cortos y una camiseta blanca de algodón; sin embargo, cuando le pareció verla en el balcón de la viuda llevaba un vestido largo.
Lillian se sorprendió y de pronto se preguntó si la señora Whitlock no estaría un poco loca. Había oído a Rosalie decirle a su padre que seguramente estaba pasando una crisis nerviosa.
Pero ¿y si la señora Whitlock tenía razón y no había sido más que una ilusión óptica causada por el metal de la chimenea? Pensándolo mejor, Lillian se dio cuenta de que entre el momento en que le pareció ver la figura y el momento en que la señora Whitlock salió por la puerta de la casa vestida con los pantalones cortos y la camiseta sólo habían transcurrido unos pocos minutos.
«Todo esto es un tanto macabro —pensó Lillian—. O a lo mejor es que he oído demasiados cuentos sobre esa casa y, como Lauren Mallory , me imagino que veo cosas.»
Quería intentar explicárselo a la señora Whitlock.
Miró qué hora era. Las cuatro. Sí, la llamaría por teléfono.
La señora Whitlock contestó al primer timbrazo.
Parecía que le faltaba el aliento.
—Lillian, lo siento, ahora no puedo hablar. Me voy al aeropuerto y Cynthia ya está en el coche.
—Es que siento muchísimo que haya pensado que voy contando cuentos de usted —balbuceó Lillian—. Fue sin querer. Lo que quiero decir es que... —Intentó explicarle lo del vestido y que estaba segura de que se había confundido—. Salió por la puerta un momento después.
Esperó. Hubo una pausa antes de que la señora Whitlock dijera:
—Lillian, me alegro de que hayas llamado. Gracias.
—Es que lamento mucho no trabajar para usted. Lo siento.
—No te preocupes, Lillian. ¿Estás libre mañana? Tengo que estudiar los datos de la señora Cullen y necesito que vigiles a Cynthia.
