Capítulo 50: Aborrezco las Adivinanzas.

*CAPITULO PARTICULAR*

SCAR NARRANDO:

Una mañana en la que Zira había salido por la primera presa del día para almorzar, unos espantosos espasmos de asma se apoderaron de mí, seguidos por un fuerte ataque de tos. Las convulsiones me llevaron a realizar movimientos bruscos con mi espalda, lo que me la lastimó, dejando como resultado terribles dolores en la misma. Este dolor me mantuvo de mal humor el resto del día. Intenté dormir un poco, pero las pesadillas con esas hienas persiguiéndome volvían a mí, así que me mantuve en estado de vigilia, muy a mi pesar.

Para acabar con la poca paciencia que tenía, el presumido de mi sobrino entró a mi cueva ese día para visitarme. Su horrible y chillona voz era como una punzada para mis pobres oídos. Ambos tuvimos la siguiente conversación:

—Tío Scar, ¡ADIVINA!

—Aborrezco las adivinanzas —le dije con fastidio. Simba prosiguió:

—¡Voy a convertirme en Rey!

Su comentario me cayó en la punta del hígado, pero sólo me limité a responderle con sarcasmo e ironía:

—¡Oh!, Grandioso.

Simba se veía realmente extasiado:

—Mi padre me enseñó el reino, y voy a ser soberano de todo, ¡já, já!

En verdad me disgustaba su presencia, y sin hacer demasiado caso a sus altaneros comentarios, le dije:

—Sí..., Perdóname si no salto de gusto. Me duele la espalda.

Y dándole la espalda me tiré al piso. Pero el cachorro era muy insistente:

—Tío Scar —me dijo mientras se lanzaba a mi cabeza—, cuando sea rey, ¿Que vas a ser tú?

Lo miré, y con una sonrisa burlesca le respondí:

—Tío de un mono.

Simba se atacó de la risa, y dando vueltas cuesta abajo de mi cabeza me exclamó:

¡Eres tan raro!

Lo miré, sonreí con malicia, y le dije:

—No tienes idea.

Fue entonces cuando se me percaté; Era mi oportunidad para despertar la curiosidad del niño, y a través de engaños, tal como había prometido a las hienas, podría guiarlo al Cementerio de Elefantes, donde mis amigas hambrientas y deseosas de ayudarme a obtener el trono le darían al pequeño príncipe y a su amiguita una grata sorpresa. En verdad que era una ventaja saber que Simba y Nala eran como las abejas y la miel; Siempre juntos para todos lados. Zira, por otro lado, estaría feliz de saber que la fastidiosa de Nala sería eliminada de igual manera.

—Así que —continué—, tu padre te enseñó todo el reino, ¿No?

—¡Todo!

Lo miré muy serio y le comenté pensativo:

—¿Pero no te habrá dicho lo que hay en el límite norte?

—¡Ah, no! —dijo Simba pensativo—, dijo que no fuera allá.

Con astucia le hice un comentario a Simba que le pegaría en su orgullo y que haría trabajar su hiperactiva mente:

—Y tiene mucha razón, ¡Es muy peligroso!, solo los VALIENTES se atreven.

Tal como lo pensé, el orgullo de Simba se vio un tanto quebrantado. Había caído en mi telaraña:

—¡Soy valiente! —me dijo el muy ingenuo—, ¡¿Que hay allá?!

—Lo siento Simba, no puedo decírtelo.

—¿Por qué no?

—Simba, Simba, estoy tratando de cuidar el bienestar de mi sobrino consentido —yo le decía mientras acariciaba su cabeza de un forma un poco ruda. Simba sonrió.

—Pero soy tu único sobrino.

Con ironía le dije:

—Con más razón debo protegerte. Un cementerio de elefantes no es para jovencitos. ¡Úps!

Exclamé fingiendo que se me había salido sin querer el comentario, lo cual despertó aún más la curiosidad de Simba.

—¡¿Un cementerio de qué…?! ¡Guáu!

—¡OH! Cielos — fingí—, se me salió. Bueno, supongo que ibas a saberlo algún día, ya que eres taaaaan inteligente. Pero hazme un favor…

Lo abracé de una forma un poco brusca.

—Prométeme que nunca, NUNCA, Irás a ese horrible lugar.

Simba, con una sonrisita traviesa y picarona, me respondió:

—Lo prometo —. Y yo, obviamente, sabía que haría exactamente lo opuesto.

—Así me gusta —le respondí—, ahora vete a jugar. Y recuerda: Será nuestro secreto.

Simba asintió con la cabeza, y salió corriendo por el lado izquierdo de la cueva, justo en el momento en el que Zira iba entrando por el lado derecho de la misma. Al parecer ella había escuchado todo.

—Y bien, ¿Qué tal salió todo? — Preguntó.

—¡Mordió el anzuelo! –exclamé, feliz.

Zira y yo nos intercambiamos unas sonrisas malévolas y de complicidad.

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