Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capítulo 51

La cuchara que estaba usando Rosalie para revolver la salsa de la pasta que había preparado para Lulú se le cayó de la mano entumecida. Al chocar contra el suelo, una visión plena de ruido y furia le atravesó la cabeza como un grito. Se le cortó la respiración como si una zarpa le hubiera atenazado el cuello y echó a correr.

Salió de la casa ciega por el pánico y fue hacia la carretera. Desde lo alto de la colina pudo ver la niebla repugnante que seguía al coche naranja. Corrió enloquecida hasta que vio el auto girar sin control hacia el acantilado.

—¡No, no, no! —El miedo la dejó en blanco y le puso de punta el estómago—. Ayúdame. Ayúda me —repitió como una letanía mientras luchaba por encontrar su poder a través del infranqueable muro de terror.

Recopiló todo lo que era y tenía y lanzó toda la magia que poseía hacia el coche que acababa de chocar contra el quitamiedos y de volcar como si lo hubiera empujado la mano de un niño enfadado.

—Aguanta, aguanta —no podía pensar—. So pla viento, que se haga un puente. Protégela, que no le pase nada. Por favor, por favor. Una red, un puente, un muro, que siga en sitio seguro —ja deante y con la vista nublada por las lágrimas, lle gó hasta donde el coche se balanceaba al borde del abismo—. No se llevará lo que amo. Que se haga mi voluntad —se le quebró la voz—. ¡Lulú!

El coche se mantenía inestable boca abajo. El viento que había conjurado le agitaba el pelo y se subió al quitamiedos.

—¡No lo toques!

Unas piedras y un montón de tierra cayeron cuando se volvió por el grito. Emmett saltó de su coche.

—No sé cuánto tiempo aguantará. Siento en mi interior que se desliza.

—Puedes sostenerlo —avanzó contra el viento y se subió al quitamiedos junto a Rosalie—. Concén trate. Tienes que concentrarte. Yo la sacaré.

—No. Es mía.

—Por eso —agarró a Rosalie de los brazos con un gesto desesperado. El coche podía caer en cual quier momento, como podía caer el borde donde estaban ellos—. Exactamente. Sostenlo. Tú eres la única con fuerza para hacerlo. Bájate.

—¡No la perderé! —gritó—. Ni a ti.

Le temblaban las piernas al bajar al suelo y también le temblaban las manos cuando levantó los brazos. Vio que la niebla volvía a formarse y vio la forma del lobo en medio.

Se quedó inmóvil. El miedo dio paso a la furia.

—No te la llevarás —extendió una mano que estaba firme como una roca y se enfrentó al lobo con todo el peso de la magia que había invocado—. El destino dirá si me llevas a mí, pero no te la lleva rás a ella por nada del mundo.

La figura gruñó y avanzó hacia Rosalie. Podía arrebatarle la vida, se dijo ella. Su magia aguanta ría. Miró de soslayo a Emmett y vio con espanto que sacaba a Lulú inconsciente y ensangrentada mien tras el coche se inclinaba.

Con un último impulso, se mostró a cuerpo des cubierto y dirigió todo el poder hacia el acantilado.

El lobo se preparó para saltar.

Cuando atacó, la energía se formó en ella y la irradió. Lo alcanzó como un rayo y se desvaneció en la niebla con un aullido de rabia.

—No contabas con mis hermanas, ¿verdad? Cabrón.

El viento disipó la niebla y vio a Alice y a Bella que salían de los coches mientras ella corría hacia Emmett.

Llevaba a Lulú en brazos. El borde del precipi cio empezó a deshacerse bajo sus pies y saltó hacia delante mientras una lluvia de piedras caía al mar. Rosalie alargó la mano y lo agarró en el momento en que el coche se volcaba y rodaba por el acantilado. Emmett intentaba pasar el quitamiedos cuando explo tó el depósito de gasolina.

—Está viva —consiguió decir.

—Lo sé —Rosalie besó la pálida mejilla de Lulú y le puso una mano en el corazón—. La llevaremos al hospital.

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Fuera del hospital, donde soplaba una ligera brisa balsámica, Bella atendía los cortes que tenía Rosalie en los pies.

—Tienes seis millones de zapatos y tenías que correr descalza sobre unos cristales rotos —le re criminó Alice mientras iba de un lado a otro como un tigre enjaulado.

—Es verdad. Soy idiota, ¿no?

No había notado que los cristales se le clava ban en los pies cuando corría hacia el coche acci dentado. Tampoco sentía dolor con los cuidados de Bella.

—Puedes desmoronarte —el tono de Alice era más amable y le puso una mano en el hombro—. Te doy permiso.

—No lo necesito, pero gracias. Va a ponerse bien —Rosalie cerró los ojos un instante y esperó a tranquilizarse—. He visto sus heridas. Le dolerá haber perdido el coche, pero ella se pondrá bien. Nunca pensé en la posibilidad de que pudiera ha cerle daño de esta forma; de que pudiera usarla así.

—Si le hacen daño a ella, te hacen daño a ti —di jo Alice—. Eso es lo que Jasper... —se calló e hizo una mueca.

—¿Jasper? ¿Qué quieres decir? —Rosalie se levantó a pesar de las protestas de Bella. Resplandeció leve mente y se quedó pálida—. Ya había pasado algo. La playa... —furiosa, agarró a Alice de los brazos—. ¿Qué pasó?

—No la culpes a ella; cúlpanos a todos —Bella se levantó y se puso al lado de Alice—. Lulú no quería que tú lo supieras y nosotros accedimos.

—¿Saber qué? —preguntó Emmett que llevaba una bandeja con cafés.

—¿Cómo te atreves a ocultarme algo que ten ga que ver con Lulú? —se volvió hacia él con ga nas de tirarle de los pelos.

—Él no lo sabía —le interrumpió Bella—. Tampoco se lo hemos dicho.

Alice se lo contó deprisa y corriendo mien tras Rosalie palidecía de ira.

—Podía haberla matado. ¡La he dejado sola! La dejé y me fui de la isla. ¿Creéis que lo habría hecho si lo hubiera sabido? No teníais derecho, no teníais derecho a dejarme al margen.

—Lo siento —Bella levantó las manos y las dejó caer—. Hicimos lo que creíamos que era lo me jor. Nos equivocamos.

—No os equivocasteis tanto. No habrías podido quitártelo de encima, Rosalie —añadió Emmett cuando ella se volvió para mirarlo—. Esta noche en el acantilado has estado a punto de perder porque has dividido tu energía. Lo has expulsado, pero te has quedado vacía.

—¿Crees que no daría mi vida por defenderla a ella o a alguien que quiero?

—No, no lo creo —le acarició la mejilla. Ella se apartó bruscamente, pero Emmett se limitó a tomarle cara entre las manos con firmeza—. Y ella tampoco lo cree. ¿Acaso no tiene derecho a pensar en ti?

—No puedo hablar de eso ahora. Tengo que estar a su lado —fue hacia la puerta del hospital y se detuvo al abrirla—. Gracias por lo que hiciste —le dijo a Emmett—. Nunca lo olvidaré.


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byee