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(¸.-´ (¸.-' ❥ Capitulo 42 ❥ .-´¯'-. ❥

Le suelta las manos antes de besarla con pasión. Ella le rodea con los brazos, le acerca a su cuerpo y le susurra al oído.

—Ahora es mi turno.

Albert no tarda en sentir la mano de Candy desabrochándole los botones del vaquero, uno a uno, con lentitud. Se excita al sentir los dedos de su chica acariciarle con suavidad, como si no se atreviera a seguir adelante.

Ella se da la vuelta y se coloca sobre él a horcajadas. Le acaricia el torso con la melena suelta. Unas cosquillas imposibles recorren la piel de Albert. Candy le besa en la boca, en el cuello, en la oreja y le mordisquea el lóbulo.

Los labios de la chica descienden de nuevo, le cubren desde el hombro hasta el vientre, recorriendo la línea de sus músculos. El pelo suelto le provoca un hormigueo que le palpita en la entrepierna.

La respiración de Albert alcanza una cota elevadísima, apenas logra contener su ansia cuando ella baja el cuerpo por sus piernas y le besa en la cinturilla del pantalón.

Candy tira de los pantalones para bajárselos sin dejar de besarle. Él inclina un poco la cadera con ella encima para permitirle arrastrarlos. Candy se mueve a un lado para acabar de quitárselos y le pasea la yema de los dedos por el vientre, cerca de la cinturilla del bóxer. Albert hunde la barriga y aguanta la respiración, con una el corazón a punto de estallarle en el pecho. La mano de Candy se introduce un poco entre el bóxer y la piel, se acerca su miembro preparado, pero no llega a tocarlo.

—Eres increíble —gime Albert.

Ella le desliza el bóxer por las piernas, liberándolo de la presión.

Cuando Candy le atrapa el miembro con la mano y la mueve como él le ha enseñado esta misma tarde, se deshace entre sus caricias, excitándose cada vez más. Al principio parece un poco indecisa, como si no tuviera claro cómo hacerlo, pero poco a poco aprende a apretar lo justo, a cambiar el ritmo según sus expresiones, a acompasarse a sus necesidades.

Le conduce a un clímax feroz, explosivo, arrollador. Cada uno de los músculos de su cuerpo se tensa, siente el placer recorrerle el cuerpo con varias sacudidas mientras gime gritando el nombre de la chica.

Se quedan abrazados, besándose mientras las llamas crepitan frente a ellos y crean formas fantasmagóricas en las paredes.

—Ahora quiero ver mi regalo —solicita Albert vistiéndose.

—Vamos a esperar a las doce.

—¿Quieres volver a empezar? —La mira con una expresión desafiante—. No tengo inconveniente en volver a torturarla señorita White.

—Prefiero ser la señora Andrew.

—¿Así que esas tenemos? —La abraza por la cintura y le hace cosquillas—. ¿Estás decidida a casarte conmigo aunque no me conozcas demasiado?

Ella se carcajea removiéndose entre sus brazos.

—Sí —grita entre risotadas—. Quiero ser la señora Andrew y llegar hasta el final.

—Eso no vale Candy. —La deja ir y le habla con dureza—.No podemos casarnos solo para hacer el amor, no es una buena razón para hacerlo.

Candy se separa de él en un movimiento brusco y se sienta con la espalda apoyada en el sofá. Albert está a su lado, con las rodillas levantadas. Ella le mira con decepción.

—Solo te ha faltado decir: eso es de crías.

—Es la verdad. Casarse es una decisión importante que no se puede tomar a la ligera. — Suspira—. Quizás a tu edad lo tienes más idealizado, pero el matrimonio no es siempre fácil, hay que aprender a convivir, adaptarse el uno al otro y a veces hacer sacrificios.

—Estaba bromeando —explica ella enfadada—. Jugaba contigo, nada más.

—Solo llevamos unas semanas saliendo, no es suficiente para pensar en subir tres pisos de nivel.

Ella le dirige una mirada herida.

—Te quiero Albert —musita—. Eso lo tengo clarísimo. Y sí, solo soy una cría que apenas se ha enamorado un par de veces en su vida, pero no quiero casarme contigo para llegar hasta el final, eso sería una gilipollez. Hablo de casarme para pasar el resto de mi vida a tu lado, compartir una casa, la cocina, la compra, los gastos, ser una pareja normal.—Espira con fuerza—. Sé lo que significa casarse, tengo clarísimo que solo te conozco hace cuatro meses y también que nunca voy a querer a nadie como te quiero a ti.

La abraza atrayéndola hacia él, a pesar de su tácito rechazo.

—Yo también te quiero Candy —La besa en la mejilla—.Nunca había sentido algo así por nadie, pero todavía no tenemos claro a dónde nos conducirá esta relación, es pronto para avanzar acontecimientos.

Ella lo aparta con brusquedad.

—Te voy a amar siempre —dice con los brazos cruzados bajo los pechos—. No me imagino con otra persona. Eres tú Albert. Tú eres el hombre de mi vida y no quiero esperar para tenerte.

—Ya me tienes. —Se acerca a ella y le acaricia el pelo con ternura—. No me voy a ir de tu lado, ya hemos pasado por eso y he acabado aquí. Vamos a tomarnos las cosas con tranquilidad, ir poco a poco no es malo.

Ella espira y niega con la cabeza, con energía.

—Nada ha ido despacio entre nosotros. Me enamoré de ti a primera vista, llevo soñando contigo desde entonces y no voy a dejarte escapar otra vez.

—Yo también me acuerdo de ese día. —Albert se acerca a ella—. Cruzamos un par de miradas y te seguí al porche, con necesidad de conocerte. Y cuando empezaste a hablar mi mundo entero se giró del revés, aunque no quise reconocerlo hasta hace poco.

La abraza, le pasa el brazo por los hombros y la atrae hacia él.

—Quiero casarme contigo para gritar al mundo cuanto te quiero. —Apoya la cabeza en su pecho—. Sueño con despertarnos juntos por las mañanas, abrazados, sin necesidad de correr a la ventana para vernos, preparar el desayuno entre risas y caricias, ir al supermercado y pasar horas en el sofá sin hacer nada, solo disfrutando de nuestra compañía.

—Suena perfecto —afirma él dándose cuenta de la profundidad de sus sentimientos hacia ella.

Se quedan unos instantes abrazados con la vista perdida en las llamas rojizas de la chimenea. Son hipnóticas, consiguen liberar la tensión de los últimos momentos.

Albert le da un par de vueltas a las palabras de Candy. Sería una locura casarse ahora con ella sin apenas conocerla, al principio de su relación, pero la idea le tienta. Si pudiera despertarse con ella cada mañana, tenerla en casa, cocinar juntos, caminar de la mano por la base sin la necesidad de esconderse…

Menea la cabeza para dispersar esos pensamientos. Es la primera vez en su vida que se plantea en serio la posibilidad de comprometerse hasta ese extremo con alguien. Sonríe.

Sería feliz con Candy. Quizás llegar tan lejos sería una locura, y él no suele cometer locuras, pero a veces saltarse las reglas puede traerte la felicidad.

—¿Quieres tu regalo? —Candy se mueve un poco para desentumecer el cuello—. Faltan unas horas para tu cumpleaños, pero podrías desenvolver ahora las partituras. Si quieres pensamos juntos las notas inaugurales de la nuestra primera canción juntos. Quiero titularla Mi vida contigo.

—¿Has pensado la música?

—Estoy en ello. De momento tenemos el título, lo demás vendrá solo, ya lo verás.

Se levanta, le tiende la mano y caminan juntos hasta el dormitorio. Albert se sienta en la cama mientras ella busca el paquete en la maleta. Es una caja cuadrada bastante grande, de color azul. Él la observa, sin entender la necesidad de tanto envoltorio para un par de partituras.

—Hay algo más —dice ella mordiéndose el labio—. Espero acertar.

Candy se sienta a su lado en la cama, le besa en la mejilla y retuerce las manos en el regazo. Él abre la caja, donde encuentra las partituras sobre un paquete cuadrando. Lee la dedicatoria tras las notas de Cada día te espero a ti escita a mano y se emociona.

«Tú eres el hombre de mi ventana. Estaré siempre contigo. CDTEAT».

Hay un cuaderno con partituras en blanco y debajo una caja misteriosa envuelta en papel azul. Rasga el papel, la abre y se queda unos segundos inmóvil, recuperándose de la impresión. Una gran tarjeta se asienta sobre unos prismáticos.

«Para que no te pierdas ni un milímetro de mi piel. TQM».

—Pienso hacerte un striptease cada noche antes de meterme en la cama para que sueñes conmigo —anuncia ella con picardía—. Es parte de tu regalo de cumpleaños.

La besa y la aprieta contra su cuerpo con una cálida sensación en el corazón.

Durante la hora siguiente Candy toca la guitarra, canta alguna de sus canciones y busca un tono para la nueva, riéndose con las ocurrencias de Albert, con una felicidad inmensa.

—Me gustaría retener este momento para siempre —musita ella—. Tenerte conmigo sin miedo a que nos descubran es una pasada.

—Todo llegará… Cada día te falta menos para cumplir dieciocho.

Se acuestan pronto, abrazados, charlando acerca de sus vidas. Cuando Candy al fin se duerme entre sus brazos, Albert es incapaz de imitarla. Su mayor regalo es observerla con esa expresión ilusionada en su rostro. La contempla durante horas e intenta ordenar sus sentimientos. La idea de pasar la vida con ella es tentadora… Despierta tarde.

La busca en la cama, pero la encuentra vacía. Toca el cojín de Candy y encuentra una nota.

«Solo has de mandarme un mensaje y te traeré el desayuno a la cama. Felicidades amor mío. CDTEAT».

Alarga la mano hasta la mesilla de noche y le da vida a la pantalla del móvil. Tiene varios mensajes de su familia con postales, frases ingeniosas, besos y la promesa de hablar esa misma tarde. Terry le ha mandado una foto de los dos vestidos de vaqueros de cuando eran niños con una única frase:

«Ve a por ella bandido».

Contesta a todos mandándoles algún emoticono y le escribe a Candy.

A: ¿Dónde estás?

C: Buenos días amor. Ahora voy.

Aparece a los cinco minutos con una bandeja de cama con un desayuno perfecto. Tostadas, café, mermelada, mantequilla de cacahuete y dos velas que componen el veintiocho sobre unas magdalenas de chocolate.

—¡Felicidades! —Candy coloca la bandeja frente a Albert, se estira a su lado y le besa la mejilla —. Hoy es tu día, voy a invitarte a comer a un restaurante buenísimo, vamos a pasarnos la mañana en la cama y antes de volver a casa podemos hacer una locura y tirarnos al lago desnudos.

—¿Está loca? ¿Has visto las temperaturas?

Candy va vestida con un pijama de los suyos. Un short cortísimo y arrapado de color azul a juego de una camiseta de manga larga. Encima lleva un cárdigan para combatir el fresco de la mañana. Se mete dentro de la cama tapada con el nórdico y se frota los pies helados con las piernas de Albert.

Él reprime un chillido al notar la frialdad de su novia, pero en vez de rechazarla le permite entrar en calor con su cuerpo.

—Será una experiencia maravillosa. Después nos duchamos con agua calentita y lo solucionamos. —Compone una mueca de decepción—. Pero si prefieres cambiar de planes no tengo problema, es tu cumpleaños.

—Lo de quedarme la mañana en la cama me parece la mejor de las propuestas. —Bebe un sorbo de café—. Y casi prefiero bañarme antes de comer un par de pizzas frente a la chimenea. No quiero salir de casa, prefiero aprovechar el día para pasarlo a solas contigo. Será genial.

—Voy a ver si encuentro alguien que traiga pizzas a domicilio.

CONTINUARA