Yuri on Ice y sus personajes no me pertenecen.


Cap 48: La leyenda enfadada


San Petersburgo, Agosto 2016

Yelena Nikiforova siempre fue una zarina de hielo. La recordaba orgullosa, bellísima, con su cabello claro que brillaba como plata en la noche, con su cuerpo esbelto que levantaba miradas incendiarias, con su sonrisa orgullosa, de mármol, y una belleza que encandilaba a todos. Siempre, en todos los lugares donde la acompañaba, tenía que mirar de mala manera a los hombres que se acercaban a adularla, pero veía la fina delicadeza con la que ella espantaba a cada uno de ellos. Si algo tenía Yelena era que siempre fue fiel a Igor.

A pesar de la distancia que a veces existía en el matrimonio, su madre parecía siempre feliz con las llamadas y los excesivos regalos: brillantes, vestidos, tarjetas de crédito sin límites, autos, joyas, carteras y bolsos de colección. Víctor veía los ramos de rosas que, religiosamente, llegaban todos los lunes a la casa y la sonrisa que su madre dibujaba al recibirlos. También venían regalos para él, regalos que él no solía pedir.

"Eres el favorito de tu padre", ella le aseguraba, cada vez que lo peinaba y preparaba para llevarlo al ballet, mientras el chofer lo esperaba. "Por eso serás el mejor del mundo".

Había amor, sí, al menos Víctor en su joven edad lo creyó así. Pero ese amor traía consigo demasiadas espinas. No podía jugar con sus hermanos porque era el menor. Yelena lo regañaba cada vez que intentaba acercarse a ellos, emocionado por jugar en grupo. "¿Quieres lastimarte? ¡Dejarás de patinar si lo haces!". Víctor miraba con sus grandes ojos la presencia fría de su madre, siempre protectora y demandante, que veía con cuidado sus progresos y no tardaba en exigir más.

Más porque era el favorito de su padre. Más porque tenía que ser el mejor de sus hermanos. Más, aunque Víctor se preguntó en determinado momento si podría ser suficiente, porque ante los fallos que tuvo su madre por volver a concebir, el sintió que su sola existencia no era capaz de llenarla.

Hasta que un día lo escuchó, mientras Yelena estaba ebria en brazos de su tía Olya. Tendría diez años.

"Neyla, cariño, tienes que aprender a ser fuerte en la soledad. Si quieres ser la mejor, tienes que sacrificarlo todo para ello".

Tía Olya fue la prima ballerina de Bolshoi en Moscú. Una mujer que se quedó sola. Yelena la admiraba porque su fortuna le había dado el poder de tener a los amantes más cotizados de Rusia y ninguno pudo conquistar su ardiente corazón. Ella murió, tiempo después.

Víctor entendió lo que su madre había intentado hacer desde el inicio, su forma de llevarlo a ser el mejor. Y él, por supuesto, quería serlo. Quería ser el mejor no porque quería ser el favorito de su padre, ni por ser el mejor de sus hermanos, sino porque disfrutaba de las victorias con un regocijo real. Porque se sentía feliz de romper los límites y se enorgullecía de sí mismo cuando era capaz de hacer lo que nadie creía. Y fue por eso por lo que, con una convicción distinta tomó la seriedad de su carrera bajo la tutela de Yakov, quien ya era su entrenador, y decidió irse a San Petersburgo cuando la separación con Lilia Baranovskaya ocurrió. Su madre se mostró en desacuerdo a dejarlo ir, incluso lloró cuando supo que el deseo de su hijo era mudarse a San Petersburgo, a solas, a su joven edad de doce años. Pero él le aseguró que sería el mejor, le dijo que lograría lo que nadie había logrado en el patinaje. Y con los ojos llenos de lágrimas, Yelena Nikiforova lo dejó ir.

La soledad no fue una desconocida para él, había vivido con ella durante años, por lo cual significó natural el acogerla. No obstante, de momentos, mientras sentía la calidez de Yakov en los entrenamientos y notaba a sus compañeros de pistas viviendo una historia familiar distinta, se preguntó qué se sentiría eso. Makkacchin llegó años después a darle todo el calor que necesitaba, él estuvo convencido de ello. Porque, como dijo tía Olya, la única forma de llegar a triunfar era sacrificándolo todo. Porque incluso estando en la cima, a la vista de todos, habría ojos que querían derrumbarte. Y el manejo que la prensa empezó a tener sobre su vida colaboró para que la distancia entre madre e hijo se dilatara, cuando los chismes de la farándula dieron inicio y Yelena le llamó, muy molesta, por lo que hablaban de él en la alta esfera de Moscú.

Yelena criticó su decisión de enojar a la federación rusa cuando quiso vestir un traje que jugara con su cuerpo en crecimiento. Ella deseaba que Víctor siguiera lo que todos esperaban de él para evitar verse envuelto en habladurías, pero eso solo acentuó en su hijo la necesidad de alejarse de todos y cuidar sus relaciones para evitar escándalos. Sin embargo, llegó a un punto donde no pudo soportarlo. Víctor se cansó de la falsedad que rodeaba a su vida y cuando estalló el escándalo con la actriz en el Hotel Savoy, Víctor y Yelena tuvieron una discusión subida de tono que terminó muy mal. Yelena dejó de entrometerse en la vida privada de su hijo, pero eso los separó, irremediablemente.

Víctor, de repente, recordó la razón por la que había deseado no verlos por esos dos años.

—Bueno, no lo estoy ofendiendo. Es un bailarín, ¿no? —Víctor percibió un agrio sabor en su garganta al escuchar el tono que su madre había usado para hablarle—. De todos modos, Mijail Vinográdov me habló sobre su visita a San Petersburgo y el modo en que fue recibida su crítica por su institutriz.

No midió. Adivinando el pasmo en el rostro de Yuuri, su pecho se hinchó de ira y no pudo contener el impulso de tomar la muñeca de su madre y alejarla de él. Los ojos de Yelena le miraron con sorpresa, esos grandes celestes parecían incrédulos por la fuerza que su hijo empleó en el agarre.

—Discúlpate de inmediato —exigió en tono bajo, para que solo ella lo escuchara—. No voy a permitir que te refieras así de él.

—¿Estás loco, Víctor? —increpó Yelena, afianzando el brillo de su mirada—. Parece que este chico ha sabido engañarte, cuando es evidente que todo lo que ha logrado en el ballet ha sido por contar con el respaldo de Baranovskaya. Que, pobrecita, he de imaginarlo. —La saña se filtró en su voz—. Tanto tiempo sola, con una carne tan joven... —El rostro de Víctor se transfiguró del horror—. ¿Acaso no lo sabes? ¿Que lo trajo de Japón para vivir en su casa?

—Estoy sinceramente asqueado… —repuso—. No pensé que estuvieras rodeada de tanta gente venenosa aquí.

Hubiera podido decir más, pero Yuuri arremetió repentinamente y se enfocó en demostrar su valía aunque el enojo era tan claro que había coloreado su rostro y lo hacía hablar sin respirar. Víctor soltó a su madre, convencido de que aún explicándolo no habría manera de hacerla entender el enorme error que había cometido. Y si esa gente estaba en aquella fiesta, no quería estar allí ni exponer a Yuuri a las habladurías sin fundamentos y llenas de veneno que estaban haciendo con él. Decidió que se quería ir.

No obstante, cuando salió de la habitación de su madre y después de decirle que no quería hablar con ella cuando intentó acercarse, Víctor no tuvo otro lugar hacia dónde dirigirse. Estaba seguro de que toda la prensa estaría abajo esperando y consumiría su repentina partida en la farándula. Sería mucho más molesto el explicarse que el fingir que todo estaba bien allí. Por eso acabó en el balcón del ala oeste de la casa, alejado de todos, con solo la presencia muda de Yuuri que lo había seguido sin decir nada.

Su enojo no menguaba; a pesar de la brisa fría que golpeaba su rostro y que debería refrescar su espíritu, se sentía como una olla de presión aguantando altas temperaturas. Y Yuuri, además, estaba en silencio. Se había quedado callado a su lado, sin tocarlo, y eso colaboraba para aumentar su ansiedad. Hubiera querido un abrazo, un toque, aunque fuera mínimo, pero no se sentía con ánimos de pedirlo y le enojaba que Yuuri no tuviera la iniciativa de darlo. Tanta molestia parecía condensarse tras sus ojos, pero jamás se permitiría explotar así.

Estaba agotado, molesto, frustrado. Miró de reojo a Yuuri quién mantenía la vista en sus zapatos y las manos escondidas en los bolsillos de su pantalón. La oscuridad del balcón no lo arrullaba, la poca luz que se colaba de la puerta de cristal tampoco. Nada parecía calmarlo y el tiempo martillaba sobre su nuca, mortificándolo. ¿Le costaba a Yuuri tener un poco de empatía? ¿Por qué él no se iba ya de allí? Ni hablar de buscar a su padre ahora, estaba seguro de que estaría rodeado de figuras políticas y detestaba la idea de ir en ese momento a fingir agrado. Todo estaba mal.

—¿No vas a ver a tu padre? —Yuuri preguntó como si hubiera leído su mente y Víctor lo miró de reojo—. Deberías ir… si quieres te espero aquí.

No quiso decir nada. Le revolvió el estómago solo el pensar en ir, mucho más el dejar a Yuuri afuera como si no fuera parte de su vida.

—Y quizás… antes de irnos deberías hablar de nuevo con tu madre. —Eso le irritó—. Se veía arrepentida.

—Yuuri, en serio…

—Tú mismo lo dijiste, no sabe nada de ballet. Seguro escuchó a Mijail y pensó que tenía razón.

—¡Ese es el problema, Yuuri! ¡Que ella cree más en esa persona desconocida que en mí! —Alzó la voz, mirándole con la rabia aún en sus ojos—. ¡En vez de creer en mí y al menos demostrar que me conoce, que nunca me fijaría en alguien así!

—Suena a que no te hubiera interesado si no fuera el premier danseur… —La sola mención de Yuuri fue como un golpe en su estómago. Víctor se pasó las manos por el cabello, despeinándose en el proceso.

—Yuuri, no juegues con eso que cuando pedí una hora de tu tiempo no sabía que eras el premier danseur.

La voz de Víctor se tornó oscura y con un leve siseo de advertencia. Yuuri bajó la mirada por un momento y se alejó del balcón, estableciendo una distancia que Víctor no quería sentir.

—Lo sé, pero estoy acostumbrado a esto. —Yuuri señaló de un movimiento con su índice a todo su alrededor—. A que la gente me critique, a que me juzguen, a que crean que por venir del extranjero no tengo lugar en el cotizado ballet de Bolshoi. Lo escuché mil veces en mis primeros años.

—Estabas enojado ahora, Yuuri —dijo impaciente, casi masticando las palabras. Podía notar la tensión de Yuuri pese a la distancia.

—¡Sigo enojado! —Yuuri movió sus brazos para enfatizarlo—. ¡Claro que lo estoy! ¡Pero no con tu madre! Estoy enojado con Mijail por venir a decir esas cosas, ¡porque por su culpa tu madre tenía una mala imagen de mí y eso te afecta a ti!

—¡También estabas mal cuando hizo la crítica en San Petersburgo! —Víctor alzó la voz, desbordado por la frustración.

—¡Me molestó más que por mi desempeño pusiera en tela de juicio lo que Lilia y mis compañeros hicieron! ¿Pero sabes qué? ¡Fue por la estima que le tenía! —gesticulaba exageradamente al explicar mientras Víctor apretaba sus labios—. ¡Porque lo admiraba desde la academia! ¡Pensaba que si él había dicho eso tenía argumentos para hacerlo! ¡Pero demostró lo contrario y eso me decepcionó! ¡Si tu mamá creyó en eso lo entiendo! ¡Entiendo que lo crea así! ¡Entiendo que me vea mal!

—¡No puedes justificar esto, por el amor de Dios, Yuuri!

—¡No la justifico, solo digo que la entiendo!

—¿También entiendes el que diga que tú y Lilia llegaron a tener algo?

Fue demasiado tarde cuando cayó en cuenta de que había hablado de más. Yuuri se contuvo por un momento, respiró hondo y se obligó a callar. Sin embargo, la calma de Yuuri al escucharlo, la falta de una expresión de asco, le hizo entender que no era la primera vez que lo escuchaba y eso fue suficiente para percibir una fila de dinamita estallando en sus vísceras.

Víctor contuvo el aliento y apretó los puños con tal fuerza que sus dedos emblanquecieron. Vio a Yuuri soltar el aire, dejar caer sus hombros y volver a inhalar antes de levantarle la mirada como si todo el fuego que antes sostuvo se hubiera apagado de un solo soplido. Iris marrones mirándole con letal resignación.

—¿Tú piensas que fue así? —Yuuri preguntó con mesura y Víctor renegó, se pasó la mano por la nuca y soltó el aire con exasperación.

—Claro que no, Yuuri. —Su propia voz salió encogida.

—Eso es todo lo que me importa, Víctor. —La calma en la voz de Yuuri le ardió en el alma, porque solo significaba lo acostumbrado que estaba de escucharlo—. Por lo demás, cuando las críticas dejan de ser sobre mi desempeño y se ponen a hablar de mi vida privada, significa que nada tienen que criticar de mi trabajo.

No pudo continuar con esa discusión que no supo en qué momento inició. Volvió a negar con su rostro, le dio la espalda a Yuuri y puso sus brazos en jarra mientras dirigía sus ojos a cualquier punto del espacio. Necesitaba respirar aire fresco porque todo a su alrededor se sentía envenenado. Le ofuscaba no solo saber que su madre prefería creer en esas palabras que ponerse a pensar que él era un hombre adulto y no se fijaría en alguien que quisiera aprovecharse de él; sino ahora enterarse de que esa clase de habladurías corrían en el ballet y que Yuuri se había tenido que acostumbrar a ello. Y claro, si lo pensaba racionalmente, Lilia tampoco había hecho nada para demostrar lo contrario.

Como la zarina del ballet sabía lo que pesaba que el nombre de Yuuri estuviera en la boca de los críticos, para bien o para mal; pero le enojaba porque, incluso al recordar aquella ocasión donde vio a Yuuri usar la diplomacia para presentarse a Mijail, fue fácil verlos allí como lo que decían las malas lenguas: una pareja de intercambio de poder, influencia y sexo como solía haber en el medio del arte.

—Vitya…

—Estoy enojado… muy enojado, Yuuri.

—Perdón por hacerte pasar por esto…

—Por lo que más quieras, Yuuri. No vuelvas a disculparte por algo así. —Se sentía como si le amarraran el cuello con sus mismos intestinos.

Una bomba de tiempo, eso era. El aire pasaba caliente a sus pulmones.

—¿Puedo abrazarte…? —Víctor suspiró con fuerza y miró hacia el suelo. Una sonrisa hueca se formó en sus labios.

—Estoy esperando que hagas eso desde que te traje aquí —rezongó.

Yuuri no tardó en acercarse y abrazarlo por su espalda. Fue como sentir que varios nudos se deshicieron, que parte del malestar se diluyó y que las manos de Yuuri tenían un efecto analgésico en su cuerpo. Cerró los ojos, dejó caer sus brazos vencidos a ambos lados de su cuerpo y cuando sintió el modo en que Yuuri se apretó contra su espalda, tuvo deseos de besarlo hasta que el mal sabor desapareciera de su boca. Y él no era de quedarse con las ganas.

Quitó las manos de su estómago y se giró para abrazarlo de frente. Yuuri levantó sus brazos para acariciarle la nuca y Víctor envolvió la cintura del bailarín para apretarlo. Sus labios se posaron primero en la mejilla del otro y se dedicaron a solo rozarse hasta que el malestar se diluyera. Querían sentirse, tenerse, repetir en el silencio que estaban juntos y reconocerlo a través de los otros sentidos. Luego, tras un par de minutos solo respirando sobre el otro, Víctor no pudo evitar el buscar los labios de Yuuri. El beso se dio largo, sentido, tomándose el tiempo para saborearse y con los ojos cerrados ver apagarse todo el fuego para convertirse en frescura, en baño de menta.

Antes de percatarse, sus manos ya tenían vida propia moviéndose sobre la espalda de Yuuri, apretándolo en la baja espalda y acariciando hacia la nuca, sosteniéndolo. La mano de Yuuri sobre su mejilla era fría, pero las caricias que dejaba sobre su piel le calentaban. Eso en combinación con los labios cada vez más expertos de su novio, ayudaron a disipar por completo todo rastro de molestia, hasta relajarlo.

—Perdón por ser un mal novio y no abrazarte… —Yuuri mencionó suavemente contra sus labios. Víctor saboreó la disculpa y lo besó una vez más.

—Eres un novio desconsiderado, Yuuri…

—Creí que preferías que me quedara en silencio a tu lado.

—¿No es eso lo que tú sueles preferir? —puntualizó y Yuuri no pudo objetarlo, por lo cual solo asintió suavemente y bajó la mirada—. A mí me gustan más los abrazos…

—Lo recordaré. —Los ojos marrones de Yuuri le prometieron eso con su brillo—. Te amo, Vitya…

—Te amo, mi Yuuri. —Lo apretó, abrazándolo de forma entregada, como si no deseara que él dejara de sentirlo—. Perdóname por alzarte la voz hace rato, cariño. Sé que todo esto no es tu culpa ni mereces que me ensañe contigo.

—Perdóname por hacerlo también...

Se quedaron allí por un rato más, ni siquiera pudieron estar seguros de cuánto tiempo ya había pasado. De todos modos, a Víctor lo que más le preocupaba era tener la seguridad de que estaba bien con Yuuri y lo que acababa de pasar, esa discusión inesperada, no haría mella en su relación. En el abrazo pudo sentir que era un momento superado, que ambos podían aprender de él a comprender lo que el otro esperaba de sí mismo.

—Señor Víctor. —La voz de una joven mujer lo distrajo y la pareja se separó un momento para verla. Era una chica del protocolo, uniformada con un traje negro y elegante de sastre, donde un lazo negro adornaba el cuello de su camisa blanca—. ¿Desea que le ofrezca algo para beber? Tenemos los mejores vodka, champagne y vinos, para su elección.

—¿Qué deseas? —Víctor preguntó a su pareja, quien le miró indeciso. Torció deliciosamente su boca, gesto que provocó deseos de besarlo nuevamente.

—Un vino tinto estará bien.

—Por favor, tráenos el mejor vino de cosecha que tengan en casa. —La mujer asintió—. ¿Dónde se encuentran mis padres?

—Su madre ya bajó a recibir a los invitados y su padre se encuentra en la recepción para fumadores conversando con algunos allegados. Fue su madre quien nos pidió encontrarlo para ofrecerle algo. —Víctor asintió—. ¿Desean que les traiga de los abrebocas y bocadillos? Nuestro chef se ha lucido esta noche.

—De momento, no.

Abrazados en el balcón se quedaron en silencio escuchando de lejos alguna melodía. No lograban identificarla, pero al estar así acurrucados, todo el malestar fue desapareciendo hasta hacerse nada y darle espacio a la música, la misma que había sido una constante desde que Yuuri llegó a su vida. Estaba arrullado en los brazos de su novio, encantado con su calor y aroma capaz de sacarlo por completo de ese ambiente, hasta hacerlo sentir dentro de la cama.

Entonces Yuuri comenzó a tararear algo, Víctor hizo un esfuerzo por identificarla y recordó esa magnífica salida de días atrás, cuando Yuuri supo mostrarse como el Romeo enamorado capaz de seducir a su Julieta y capturar su corazón. Sonrió con el recuerdo de ese baile.

—Acabo de recordar que no probamos el postre ese día. —Yuuri enarcó una ceja al dirigirle la mirada, sin comprender. Entonces Víctor recordó la noche, la manera en la que Yuuri se incendió en sus manos y el delicioso calor que lo llenó toda la madrugada. Incluso volvió a sentirlo en un delicioso escalofrío—. Corrijo… el postre me lo lleve a casa.

—¿A qué te refieres? —seguía sin entender sus palabras. Víctor le dibujó una sonrisa pícara y acarició con diversión su coxis.

—Ese día, cariño… cuando me llevaste al Palkin y bailamos esa canción.

—Oh… —Yuuri le miró encantado, lucía orgulloso por haber creado ese recuerdo en él y sí… Víctor debía admitirse que no olvidaría esa cita nunca en su vida—. Me gusta mucho esa canción, cada vez que la escucho pienso en ti.

Debería estar en su casa, en su departamento durmiendo acobijados, o haciendo el amor encendidos, esperando la hora para ir al vuelo en Japón. Debería estar allá lejos y solo juntos que allí escondidos en la oscuridad, en un rincón de una mansión tan fría, con un pasado igual de helado. Víctor sonrió y de repente el brillo de sus ojos se volvió más acuoso, porque sinceramente había tenido otras expectativas. Tanto empeño escogiendo regalos, para que la noche se resumiera a eso... dolió tanto que prefirió volver a abrazar a Yuuri y respirar de él para no sentirse un niño cuando en las primeras veces notó que, muy a pesar de la atención de sus padres, era diferente a los otros niños de la pista.

—Después de que tomemos un poco de vino, vamos a la fiesta, Vitya. No quisiera que te fueras a Japón enojado con tu madre.

—¿No dejarás de insistir…?

—No…

—Es distinto para ti, Yuuri. Tu familia luce tan natural, amable, encantadora…

—No es perfecta… —Encoje sus hombros con calma mientras le mira—. También tienen sus fallas, todos los tenemos… Tu y yo las tenemos, ¿dejarías de amarme por cometer un error?

—Te perdoné las rosas… créeme Yuuri, jamás le hubiera perdonado eso a nadie más.

—Exagerado...

Yuuri renegó y rio, antes de regalarle un beso sabor a uva fermentada que le dejó con el corazón hinchado de energía. Pero no dejó de insistirle, de mirarle con tranquilidad mientras le decía que era buen momento para bajar. Para negociar, instándole a pasar un rato con sus padres y luego irse. "Nos vamos temprano y dormimos", eso fue lo que dijo Yuuri mientras le apretaba suavemente los dedos y él sentía ganas de hacer algo más. Agregó el "hagamos el amor" antes de dormir, y Yuuri rio con picardía. Víctor necesitaba mucho amor esa noche, amor de sobra. Quería amor hasta rebosar.

No obstante, decidió hacer caso a Yuuri y tras beber esas dos copas de vino cada uno, bajaron. La música del grupo en vivo se escuchaba fascinante conforme bajaban los escalones de la larga escalera decorada y los movimientos de la recepción eran evidente por la cantidad de meseros que iban y venían del gran salón. Una puerta de vidrio decorada con vitrales y bronce se alzó frente a ellos y Yuuri sujetó su mano con más confianza al saberse allí. Víctor tomó aire, empujó la puerta y la opulencia que su familia solía utilizar fue vista en cada uno de los espacios del enorme lugar donde debían estar congregadas unas doscientas personas.

Las miradas inmediatamente fueron hacia ambos, Víctor lo notó. Mucho de los presentes solo se conformaron con verlos de reojo y seguir la conversación con su acompañante, otros se disculparon para acercarse y saludarlos. Víctor aprovechó para presentar a Yuuri ante celebridades de la televisión, algunos actores, directores, diseñadores y maquillistas de la alta esferas; también se acercaron un par de músicos, bailarines profesionales del medio, literatos y dramaturgo. Yuuri se comportó a la altura, haciéndole sentir orgulloso. Lilia había hecho un gran trabajo al prepararlo a esta clase de eventos que, por desgracia, sería una constante en su carrera como bailarín del Bolshoi.

Buscó entre la gente y logró divisar a la figura imponente de Yelena Nikiforova entre personas de la alta esfera artística, brindando con champagne en sus manos. No quiso acercarse aún a su madre, así que caminó un poco más con Yuuri a su lado, hasta hallar a su padre sentado en una esquina como jefe de un gran territorio, rodeado por figuras de la política, banqueros y militares. Cercanos al presidente de la Federación Rusa se encontraban allí, a su lado, todos sentados en muebles mullidos, con el humo del cigarro haciendo una nube en sus cabezas y risas escandalosas mientras contaba algún chiste que solo ellos entenderían.

Igor Nikiforov era un hombre fuerte a pesar de su edad, robusto, alto e imponente. Sus ojos azules eran dagas de diamante, su cabello blanco no le quitaba la fuerza que su semblante duro le daba: pura experiencia, cálculo y dominio. Víctor siempre se sintió intimidado en su presencia, porque era un señor del todo, un hombre demasiado poderoso para acercarse con afabilidad. Era como tratar de acercarse a un zar.

Ese momento no fue diferente para él, a pesar de los años. Apretó los dedos de Yuuri mientras se acercaba al círculo de políticos y en un instante su padre le regresó la mirada. Apagó el cigarro en el cenicero a su alcance, pero siguió inamovible allí, sentado entre ellos mientras Víctor se había acercado a pie para saludar a todos con un "buenas noches".

—Hijo mío, qué bueno verte aquí. —Igor se levantó con orgullo, Víctor podía leerlo en sus ademanes confiados y brillantes, mientras era el objeto de su atención—. Mi leyenda del patinaje.

Sintió los dedos de Yuuri resbalar de su mano cuando su padre se acercó para darle el saludo. Fue un abrazo acartonado, visiblemente incómodo por la falta de costumbre, pero que Víctor sintió real por parte de su padre. Un par de palmadas en su espalda e Igor era ahora quien sujetaba la espalda de Víctor y lo presentaba ante el resto.

—El año anterior no pudo acompañarnos porque fue a Canadá a ganar otra medalla de oro. —Hubo risas en el público, Víctor sonrió de la forma en que ya estaba acostumbrado—. ¿Cuántas de oro van ya, hijo?

—Oh padre, perdí la cuenta —dijo sincero. Los espectadores comenzaron a reír entre ellos, dándose ligeras palmadas como si ese triunfo fuera compartido.

—Eres el orgullo de Rusia, Víctor Nikiforov. —Escuchó la voz del Ministro de Defensa del país, brindando con un trago de Vodka—. Mi hija es fanática de tu carrera. Quizás podríamos arreglar algo para que se encuentren y se conozcan.

Víctor sintió que su estómago se volvió a hacer un puño y la sonrisa quedó disecada en su rostro. El hombre a través de sus ojos marrones le miraban con casi una orden implícita y ya no estaban los dedos de Yuuri en su mano para sentirse anclado. Pero era esa una de las razones por la que odiaba ese tipo de reuniones, porque parecían buscar siempre la manera de atarlo a una relación de conveniencia donde solo importaba los nuevos nexos creados. Donde el corazón no se movía si no había una suma de dinero adelante. Repentinamente, percibió el tirón en su mano y miró hacia su izquierda donde Yuuri se había quedado, sujetándole fuertemente y marcando territorio. Víctor fue capaz de verle los pómulos endurecidos quizás por el mismo enojo que él llegó a sentir. Quedó derretido ante ese gesto.

—Pero Alexander, mi hijo ya está comprometido. —Las palabras de Igor terminó por romper el hielo que sintió bajo sus pies cuando el ministro le miró de esa manera. Con sorpresa, observó a su padre separarse de él para dirigirse a su lado izquierdo, justo donde Yuuri se encontraba—. ¿No has sabido? Tenemos ante nosotros al premier danseur de Bolshoi. "Una belleza exótica que enciende las tablas del teatro con su temible pasión", así lo describió Boris Bazhánov.

Igor era un poco menos alto que Víctor, pero eso no le quitaba la imponencia que creaba su paso, por eso fue sorpresivo para ambos jóvenes su acercamiento. Yuuri enrojeció con esas palabras. Víctor lo vio a distancia y supo que no se esperaba semejante halago en ese lugar. Pero su padre le extendió la mano y cuando Yuuri recibió el apretón, la cubrió con la otra con firmeza. Yuuri retuvo el aire, Víctor igual, sin saber qué esperar de aquel giro inesperado de los acontecimientos.

—Katsuki Yuuri, bienvenido a la familia.

—Muchas gracias, señor Nikiforov. —Yuuri emuló con dificultad las palabras, pero Igor solo sonrió complacido. Le dio un par de palmadas a la mano que sujetaba y luego la soltó, para dirigir su atención a su hijo.

—¿Ya has ido a saludar a tu madre?

—Lo hicimos hace poco…

Víctor no quiso ahondar en el impasse que ocurrió horas atrás con su madre, no en ese momento. El padre se despidió de los demás invitados e indicó a su hijo que le siguiera. Sin saber qué esperar, ambos caminaron detrás de él con Yuuri manteniendo la unión de sus manos, mientras atravesaban el salón y Víctor se veía acercarse hasta donde se encontraba Yelena. Una sola señal de Igor fue suficiente para que su madre se despidiera del grupo que la rodeaba y aquellos ojos azules le miraron con una disculpa tatuada en sus iris. Víctor tragó la sensación amarga de ese gesto y solo observó la forma en que su padre recibió el cuerpo de su madre entre sus brazos, orgulloso, como si estuviera luciendo una costosa pieza de marfil. Ella le sonrió encantada y digna de ser la mejor pieza de orfebrería de los Nikiforov.

A Igor le gustaba mostrar a Yelena como un trofeo de su valentía, vigor y fuerza. A sus más de setenta años, tener a una mujer tan hermosa como Yelena a su lado era una muestra de su aún activa virilidad. Y ella era feliz siendo expuesta como una piedra preciosa en la mejor estantería de la ciudad, una a la que nadie podría llegar porque su valor era incalculable. Una que solo estaba para ser admirada desde lejos. Víctor no hallaba algún gozo en esa clase de relación, pero aparentemente para sus padres funcionaba. Si la felicidad era fingida o no, era difícil saberlo.

Por pedido de Igor, los cuatros salieron del salón para internarse a uno de los salones aledaños, desierto en esos momentos. Con la puerta cerrada, se giró sosteniendo aún el cuerpo de su esposa a su lado, con el mismo sentido de pertenencia que Víctor aplicó al abrazar a Yuuri a su costado.

—Me alegra tenerte aquí, hijo, Yuuri. —Inició Igor, separándose de su esposa para ir al bar y servir unos tragos—. ¿Te quedarás esta noche?

—No, padre, mañana iré a Japón a conocer a los padres de Yuuri. —La sorpresa inundó el rostro de ambos adultos, pero Víctor se mantuvo calmo con la mano sujetando la cintura de su novio.

—Ya imaginaba que ibas en serio al saber que lo traerías —comentó Igor, mientras les extendía una bandeja de plata con los tragos de Vodka servido. Víctor y Yuuri se separaron un poco para tomar uno de ellos. Luego Igor devolvió la bandeja a su sitio y caminó para entregarle un trago a su esposa—. Nunca nos habías traído a nadie, sabíamos que algo especial debía tener.

—¿Eso no afectará tu entrenamiento? —preguntó Yelena, preocupada por la carrera de su único hijo. Víctor saboreó el líquido y renegó con calma.

—Yakov estará con nosotros. Son solo unas pequeñas vacaciones merecidas. Yuuri ha salido de una temporada bastante exigente y se avecina una más.

—Boris comentó que estaría en su programa especial para el evento de septiembre en el Svetlanov Hall. —Igor parecía muy al tanto de la carrera de Yuuri—. Tenemos entradas para estar allí. Tengo entendido que tu pareja es la prima ballerina de Bolshoi, ¿no? —preguntó dirigiéndose a Yuuri.

—Irina Petrova, así es, señor.

—Estaremos ansiosos de verlos.

Víctor se mostró complacido por la actitud que su padre había tomado, muy distinta a la de su madre, pero pronto comprendió que no debería ser algo tan asombroso. Igor siempre fue amante del arte, de las cosas bellas y fue uno de los que apoyó su decisión con el patinaje, aunque se mostró bastante interesado también en que incursionara el ballet. Cuando la idea vino a su mente, se preguntó si no hubiera cambiado algo de haber sido él un bailarín, si Yuuri no lo habría conocido desde antes y su inspiración lo hubiera llevado hasta allí. No importaba ahora, había tantas posibilidades que se preguntaba si acaso eso se llamaba destino. Miró a Yuuri con una sonrisa contenta y este le devolvió la mirada, un tanto distraído, saboreando los resquicios del vodka en el filo de vidrio.

Lo abrazó y le dejó un beso manso en su frente sin importarle el que sus padres estuvieran allí observándolos: él estaba feliz de tener un Yuuri Katsuki en su vida. Y si la gente decía cosas de ambos, si los menospreciaban o intentaban intimidarlos, ellos se encargarían de superar cada prueba porque su amor era más fuerte que el odio. Estaba seguro de ello, muy seguro: solo Yuuri fue capaz de emancipar su rabia de la forma en que lo hizo, solo él pudo inyectarle fuego en medio de la helada noche.

—Víctor… —murmuró Yuuri al buscar separarse, visiblemente avergonzado de la muestra de cariño estando frente a sus padres—. Los regalos.

Oh… Víctor pestañeó un momento hasta que recogió completamente la información y recordó que habían salido en la tarde justamente por los regalos. Soltó a Yuuri para buscar en el bolsillo interno de su chaqueta y sacar dos cajas alargadas. No estaban envueltas en papel de regalo, pero las cajas en sí eran elegantes, en un tono negro con detalles plomos que le daba sofisticación. Ambos adultos miraron las manos de su hijo cuando este extendía la más alargada para su padre y la pequeña para su madre.

—Sé que no es nada que no puedan comprarse por sí mismo, pero después de dos años no quise venir con las manos vacías.

Miró con atención la expresión de sus padres cuando cada quien pudo abrir su obsequio. Yelena, encantada genuinamente, sacó los brillantes de su envoltorio y corrió al espejo del bar para cambiar sus actuales alhajas con aquellos, decidida a lucirlos esa misma noche. Igor, mientras tanto, admiraba con bastante atención los detalles de esmeralda que el reloj de oro traía. Imitó a su esposa cuando se quitó el reloj de oro blanco y zafiro que tenía en su muñeca, para ajustar el nuevo que su hijo le había dado. Las gracias no tardaron en llegar.

Víctor solo asintió, regresó al lado de Yuuri y le tomó la mano intentando recoger en su pecho la satisfacción que sentía con la manera en que estaba acabando esa noche. Ya no sentía ganas de irse y podía disfrutar de ese momento un poco más. Eso era lo que había esperado en un inicio.

—Entonces, ¿ya se irán? —preguntó Yelena tras vestir sus nuevos aretes, recogiendo suavemente su largo cabello para lucirlos con todo su esplendor. Víctor miró a su pareja y con solo eso fue capaz de leer que no tendría problema en quedarse un poco más y bailar.

—Creo que nos quedaremos un par de horas más. Tengo ganas de bailar con mi novio frente a toda la esfera de Rusia, por si quedan dudas.

—Víctor —La voz suave de Yuuri se levantó ante todos. Su novio le soltó la mano para extender una muda invitación hacia la señora de la casa—. Antes me gustaría tener una pieza con tu madre, si el Sr. Nikiforov me lo permite.

La principal sorprendida fue Yelena, quien miró a Yuuri con un rastro de vergüenza evidente en la forma en que enrojeció. Víctor tampoco hubiera esperado ese movimiento, pero era Yuuri actuando tal como había aprendido de Lilia, dispuesto a demostrar su valía y dándole la oportunidad de experimentar lo que era bailar con un bailarín profesional.

Su pecho se hinchó de felicidad cuando su madre le tomó la mano en respuesta a su invitación.

—Igor nunca me ha prohibido nada. —Ella aseguró.

—Aprovecho y me reservo las piezas sobrantes con mi bailarín —bromeó Víctor al seguirles.

—¿Una hora? —La sonrisita de medio lado que Yuuri le regaló con ese brillo incandescente en sus iris, fue capaz de encender sus entrañas.

—No podría conformarme con una hora, mi musa.

Al salir, la pareja que su novio y su madre llamaron la atención del salón apenas entraron. Atravesaron la multitud con fluidez, Yelena luciendo preciosa e incansable y Yuuri sosteniendo con firmeza esa mano enfrente de todos: de aquellos que consideraban que no era digno de bailar en los teatros rusos, de aquellos que no habían escuchado de él y de los que valoraban su esfuerzo y dedicación en aquel arte que amaba tanto. Allí estaba, marcando su lugar dentro de la familia Nikiforov con una elegancia exquisita. Víctor admiró la escena con la felicidad golpeándole el pecho y sin rastro del enfado de horas atrás.


Notas de autor: I'm alive! Al menos en este fic que no había podido actualizar desde diciembre. Tenía este capítulo en la mitad desde principios de Enero y me puse a intentar acabarlo hasta hoy, para poder actualizar. Vemos como acaba esta noche donde Yuuri conoce a los padres de Víctor y bueno, espero que les haya gustado el desenlace. No quería presentar una familia malvada, solo una familia más. A veces no podemos evitar sentir que nuestra familia no representa todo lo que somos, pero por algo somos así, ¿no?

Con esto, doy inicio a actualizaciones de Iridiscencia, pero no les puedo decir aún el ritmo, porque no lo sé. Apenas logré mudarme y estar solas, peor aún hay temas que estoy resolviendo de la anterior casa y mi familia, así que pondré todo de mi para mantenerlo lo constante hasta acomodarme bien. ¡Espero que les guste el cap! ¡Y no haber perdido la práctica! Ahora voy a desempolvar a Matryoshka :3


Nane: Sí, ha sido triste lo que Victor ha tenido que vivir con su familia, pero es necesario que Yuuri conozca también ese lado de ellos. ¡Ya los veremos resolviendo toda la situación!

Mariboo: Me alegra que o vieras así! Tuve abvandonado el fic estos meses pro todos los problemas de mudanza, pero ya que empiezo a tener más tiempo y a salir de cosas, lo voy a retomar. ¡Espero que te guste este nuevo capítulo!

Naty: Lamento mucho la tardanza pero ya estamos aquí! Sí, el dinero no lo es todo, y a veces se convierte en lo único importante en la interacción de la familia, cortando las comunicaciones. Veamos como les va a nuestros niños. ¡Gracias por leer!