Muy alto contenido erótico. ;-)
Al acostarse estaban demasiado cansados y se durmieron directamente, pero de madrugada él se despertó excitado. Su miembro estaba duro y palpitante y, como no era tan desconsiderado como para despertar a Sansa en medio de la noche para que le diera satisfacción, se puso a darse placer él mismo, como hacía en sus primeras semanas de convivencia con Sansa. Hacía mucho que no había tenido que hacerlo, pero su necesidad era fuerte y no quería molestarla. Mientras lo hacía, Sansa en sueños sin duda lo percibió y se despabiló. Lo observó fijamente, con los ojos dilatados, y él continuó tocándose y la miró con los ojos hambrientos y anhelantes.
"¿Mi señor quiere jugar?" Ella se acercaba gateando provocativamente por la cama, con mirada felina y los pechos insinuándose bajo el escote de su camisón.
"Tu señor siempre quiere jugar."
Él no podía apartar los ojos de aquella visión que era ella. Se estremeció de anticipación.
"Sigue tocándote. Quiero ver cómo lo haces," ordenó ella.
"Con mucho gusto. Soy todo tuyo," obedeció él con su sonrisa lasciva y la mirada que la desnudaba.
Él se masturbaba despacio, como le gustaba hacerlo, retrasando el clímax lo más que podía. Mantenía los ojos fijos en Sansa, y ella contemplaba su mano moviéndose a lo largo de su miembro. Entonces le acarició un muslo y él gimió.
"¿Qué te gustaría que te hiciera ahora mismo?," preguntó ella, maliciosa.
"Sigue acariciándome. Más arriba," le pidió él.
Ella ascendió por su muslo hasta rozarle la base del miembro con los dedos.
"Así, cariño. Tócame ahí."
"¿Algo más?"
"Bésame."
Sansa se inclinó y lo besó en la boca, introduciendo su lengua que él recibió ávidamente con la suya. Él le deslizó la otra mano entre el cabello y continuaron besándose con las bocas abiertas, gimiendo. Ella sustituyó la mano de él con la suya propia sobre su miembro y se puso a moverla arriba y abajo, apretando sobre aquella delicia suave, caliente y dura que latía bajo su mano. Él se abandonó a su iniciativa, introdujo ambas manos bajo el escote del camisón y le agarró los pechos. Sansa se separó de su boca y se puso a lamerlo del cuello para abajo, mientras él le cogía la cabeza con ambas manos, con los dedos entre el suave cabello rojo. Ella siguió descendiendo y él contuvo la respiración cuando Sansa lamió su punta húmeda y después recorrió toda su longitud con la lengua.
"Sí, cariño. Lo haces muy bien," jadeó él.
Ella le sonrió y siguió jugando con su miembro, volviéndolo loco.
"¿Qué quieres que te haga? Dímelo," le ordenó ella.
"Quiero que me lo chupes. Hasta el final."
"Tus deseos son órdenes, mi señor."
Él creyó morir de puro gusto cuando sintió su miembro dentro de la boca de Sansa.
"Oh, Sansa. Sigue así. Qué bien me lo haces. Eres mi diosa del sexo," la animó, arrebatado y con el placer salvaje reflejado en su rostro transfigurado.
"Eso suena bien. ¿Te gusta así?" Y ella se introdujo más el miembro.
"¡Sí! Me encanta."
Sansa aceleró un poco.
"¡Ah! Eso es, cariño. Hazlo así. No pares."
Él le tenía agarrada la cabeza con ambas manos y ella lo acariciaba por todas partes con las suyas.
"Eres increíble, Sansa. ¿Lo sabías? Te amo."
Ella volvió a acelerar. Él ya no pudo resistir más. Lo invadió la tensión previa al clímax, que se desató de repente por todo su cuerpo.
"¡Sí, Sansa!," gritó, y se derramó completamente dentro de su boca, gimiendo su nombre con cada descarga.
Ella continuó hasta dejarlo limpio.
Se tendió junto a él, sonriendo, y él la miraba como si realmente fuera una diosa del sexo que hubiera descendido para llevarle con ella hasta sus moradas de placer perpetuo.
"Yo también te amo, Tyrion."
Se besaron otra vez.
"¿Sabes cómo me haces sentir, Sansa? ¿Tienes siquiera una pequeña idea?," dijo él emocionado, tomándole la cara entre las manos con temblorosa devoción.
"Sé cómo me haces sentir tú a mí. Y me haces sentir mucho más feliz de lo que debe estar permitido," confesó ella, sonriendo.
"Entonces es lo mismo que siento yo," confirmó él, también sonriendo. "Y ahora... Es tu turno. Dime qué quieres que te haga," ofreció, con ese tono ronco e íntimo que la ponía húmeda.
"Chúpame los pezones y no pares hasta que te rogue que me chupes algo más."
Tyrion reaccionaba otra vez y se ponía duro por momentos.
"Como ordene mi señora."
La desnudó completamente y, con ella tendida sobre el colchón, aplicó su lengua sobre los rosados y sensibles pezones, trazó círculos, mordió suavemente, succionó y acarició con los dedos. Ella le agarraba los cabellos, como siempre le gustaba hacer, para sujetar su cabeza sobre ella. Echó la cabeza atrás y arqueó el cuerpo para acercarlo a él cuanto podía, y gemía cada vez que la lengua voraz le provocaba una oleada de placer que bajaba desde su pecho sobreestimulado hasta su bajo vientre.
"Oh, Tyrion," gemía.
"Dime qué quieres, Sansa," murmuró él sobre su piel.
"Quiero tu boca entre mis piernas. Quiero que me devores toda. Quiero que me hagas gritar tu nombre," declaró ella sin reparos.
"Estaré encantado de hacerlo. No he devorado nada más sabroso en mi vida." Sabía que a ella la exaltaba sentir la vibración de su voz grave sobre el delicado pezón.
"Házmelo, mi amor. Me muero por ti."
"Enseguida, cariño," concedió él, marcando un rastro de besos sobre su vientre, el pubis y, finalmente...
"¡Sí, Tyrion! Hazlo despacio. Muy despacio. Así. No me hagas acabar muy pronto" rogó ella.
Él se lo hizo como ella le pedía. Muy despacio. Tan despacio que era una lenta agonía. Se recreó en aquella delicia caliente y evitó estimularle directamente el clítoris.
"¿Quieres algo más, Sansa?," preguntó él sobre sus pliegues mojados, mirándola a los ojos. La expresión de ella lo incendiaba.
"Sigue así. Sí, Tyrion. Es maravilloso. ¿Cómo puede ser tan maravilloso?" Ella movía las caderas y él se las sujetaba.
"El sexo contigo es lo mejor de la vida, Sansa. Eres la mujer más hermosa que he conocido. Estoy loco por ti," decía él sobre su carne húmeda.
"Fóllame, Tyrion. Acaba dentro de mí. Sé que quieres hacerlo. Quiero que lo hagas," ordenó ella casi sin aliento.
"Oh, Sansa." Él tenía el miembro a punto de reventar. Se lo introdujo. Ella estaba tan mojada que entró sin ningún esfuerzo. Gimieron al mismo tiempo.
"No podré aguantar mucho, cariño. Estoy tan excitado por ti..."
"Hazlo muy despacio. Así. Frótame el clítoris. Me encanta cuando me lo tocas."
Él empujaba todo lo despacio que podía dentro de ella, pero aún así notaba que la explosión estaba muy próxima.
"Sansa, voy a hacer que alcances tu placer. Siento que voy a culminar ya mismo y quiero que lo hagas tú primero. Disfruto mucho más cuando siento tu placer antes que el mío."
"Hazlo, Tyrion. Hazme gritar."
Él le estimuló el clítoris con los dedos, justo como a ella le gustaba, mientras seguía empujándola y llenando su interior. Ella se sintió volar en plenitud y el estallido la recorrió.
"¡Tyrion!," gritó con desesperación, apretándolo contra ella, haciéndolo suyo para siempre.
"Eso es, cariño. Dámelo todo," susurró él, estremecido. Alcanzó su propio límite y el intenso placer lo sacudió entero, dando un vuelco a todo su ser y a su corazón rebosante.
"¡Oh, sí, Sansa! Eres tan caliente."
Se quedó tendido sobre ella, demasiado exhausto por la fuerza de su deseo. Y quería permanecer así siempre.
"Tyrion... ¿Tú crees que muchas parejas disfrutan tanto del sexo como nosotros? ¿Crees que hacen todas estas cosas tan placenteras?," se interesó ella, acariciándole el pelo revuelto y húmedo.
"No creo que muchas tengan esa oportunidad, cariño. La mayoría de la gente casada no se ama y, para alcanzar tal grado de intimidad y complicidad en el sexo, tiene que haber como mínimo confianza, respeto y una fuerte atracción mutua. Se limitarán a copular como los perros o los caballos para hacer hijos, pero pocos hombres se preocupan del placer de sus mujeres. Se las follan para obtener su propio placer, les plantan hijos en la barriga y ahí acabó el asunto."
"He oído que los dothrakis lo hacen así, que toman a las mujeres que se les antojan y que lo hacen incluso a la vista de todos, y que suelen compartirlas y cedérselas a otros hombres."
"Daenerys se ganó a su khal en la cama. Le enseñó que hay otros muchos modos de obtener placer. Y que es muchísimo mejor cuando uno se preocupa más por el placer de la pareja que por el propio," explicó él, con la cabeza entre sus turgentes pechos.
"Tenemos suerte, mi amor. Por todo esto."
"Letho me dijo que soy un enano con suerte," bromeó él, apoyando la barbilla sobre su diafragma y la mejilla sobre la curva de un pecho.
"Y yo soy una mujer con suerte," sonrió ella.
"Supongo que deberíamos intentar dormir, ¿no? Mañana nos esperará otro día de ocupaciones y por desgracia no podemos explayarnos en la cama, como sería lo ideal. Cuando estoy contigo así, borras cualquier otras cosa y sólo te veo a ti. Me olvido de todo lo demás," confesó él, conmovido.
"Yo también quisiera estar siempre de esta manera, mi amor. Aquí eres todo mío. Aquí no tengo que compartirte con nada ni con nadie."
"Pero hay una consecuencia positiva de que otras cosas nos saquen de la cama, Sansa. Y es que cuando vuelvo a ti te he echado tanto de menos que el deseo reprimido me hace follarte con todas mis ganas en el momento en que por fin te tengo entre mis brazos. Lo cual no quiere decir que no te folle con las mismas ganas sea el momento que sea," puntualizó, divertido.
"¿Te excitas pensando en mí cuando estás en otra parte, aunque te mantengas ocupado con cualquier tarea?"
"Estoy excitado por tu causa prácticamente el día entero, Sansa. Apenas tengo respiro. Te casaste con una bestia lujuriosa, ¿recuerdas? Así me llamó mi padre una vez. Bueno, la verdad es que me llamó bestia beoda y lujuriosa. Al menos ya no soy una bestia beoda," bromeó, irónico. "Pero de todos modos, tengo una reputación que mantener," pinchó, pellizcándole suavemente un pezón.
Ella dio un respingo.
"Tyrion, si haces eso no vamos a dormir nada," amenazó, sonriente.
Él volvió a pellizcarla, con más fuerza. "Supongo que si lo hacemos rápido podremos dormir algo después," propuso él, alzando una ceja maliciosa.
"De acuerdo, mi bestia lujuriosa. Pero si mañana te duermes en las esquinas no me eches toda la culpa."
"Échame toda la culpa que quieras, cariño," susurró él, nuevamente endurecido y medio trastornado por la piel desnuda de ella bajo su cuerpo.
Por la mañana, mientras desayunaban, Tyrion sacó el tema de la boda de Pod y Leena. Sabía que a Sansa le gustaría charlar sobre eso.
"Nuestra boda fue horrible y en gran parte me lo tienes que agradecer a mí, lo sé, pero por ello quiero compensarte. ¿Te gustaría que un día tuviéramos una boda como es debido?," le preguntó él, cogiéndole la mano por encima de la mesa.
"¿Te refieres a renovar nuestros votos?," preguntó ella, sorprendida.
"Sí, Sansa. No celebraste la boda de tus sueños, y yo deseo que la tengas." Sus ojos verdes estaban colmados de amor por ella. "Descríbeme cómo quieres que sea," le pidió.
"Yo creía que los hombres odiabais las bodas," replicó Sansa, sonriendo.
"Y las odio. Pero no la nuestra. La que vamos a celebrar y en la que serás la novia más feliz y hermosa y yo el novio más afortunado del mundo," dijo él con adoración. "Venga, descríbemela."
Ella le apretó la mano.
"Quiero que sea en el bosque de dioses de Invernalia, frente al árbol corazón. Yo llevaré un sencillo vestido blanco y estarán presentes nuestros seres queridos. Pronunciaremos las antiguas palabras del rito de los Primeros Hombres y el arciano sagrado, con su rostro tallado, será testigo de nuestra unión. Mis antepasados susurrarán en las hojas de los árboles y nos bendecirán. Después, habrá una fiesta ruidosa con charlas, risas y música, y por último haremos el amor durante toda la noche."
"Ummm, suena genial. Me atrae especialmente la última parte," insinuó Tyrion.
Ella le lanzó un trocito de pan que le dio de lleno en la nariz.
"Excelente puntería, cariño," elogió él, recogiendo el trocito de la mesa y echándoselo a la boca. "Recuérdame que nunca te enseñe a lanzar cuchillos."
Ella soltó una carcajada que encontró su alegre eco en el limpio aire de la mañana.
