Capítulo 43

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Los días pasaron y el buen ánimo seguía presente. Cora disfrutaba. Las niñas eran felices. Los pequeños estaban pletóricos. Killian y Emma vivían con intensidad su particular historia de amor y David y Regina se observaban con precaución.

Durante aquel tiempo Killian visitaba en el hospital a Vaitere cada vez que podía. En su afán por ayudarlas, removió cielo y tierra para hablar con su amigo Josef que trabajaba en el banco donde el padre de Thais tenía la cartilla.

Josef le explicó que no sería fácil sacar aquel dinero pero tampoco imposible y le ayudaría.

Y así fue. Días después, Killian recibió una llamada de Josef en la que le indicaba que había conseguido ingresar el dinero en la cuenta que la madre de Thais tenía en el banco. Killian se sintió feliz y aliviado por ellas. Vaitere lloró de felicidad. Ese dinero les solucionaba muchos problemas.

El romance entre Emma y Killian iba viento en popa. Y todos a su alrededor se divertían de lo lindo cuando les pillaban besándose por cualquier esquina.

De pronto, la pasión retenida durante años había explotado y era imposible de parar. Cada noche, tras cenar en familia, los tortolitos se escapaban solos para disfrutar de su intimidad. Y cada noche animaban a David y Regina para que les acompañaran, pero estos nunca se decidían.

—Creo que deberíamos hacer algo —propuso Emma una noche mientras observaba a la gente bailar sentada en una preciosa terraza.

Killian, le dio un rápido beso en el hombro y aspiró su perfume.

—Si quieres les damos un empujoncito.

—¿Un empujoncito? ¿Para qué?

Killian la atrajo hacia él.

—Es una larga historia que ya te contaré otro día.

—¿Me lo prometes?

—Prometido —dijo tras besarla con pasión. Y separándose de ella unos milímetros cuchicheó—. Que sepas que me has dejado sin palabras cuando me has dicho que tu hermana sigue enamorada de David.

—Cómo digas algo ¡te despellejo!

—Escucha, cabezona —contestó al tiempo que le revolvía el pelo y le pellizcaba la nariz—. Yo creía que era solo David el que seguía enamorado, pero si me dices que es recíproco, algo tendremos que hacer.

—Cómo se entere Gina que te lo he contado... me mata.

—Tranquila, preciosa. Aquí está tu guardaespaldas.

Emma soltó una risotada al ver los gestos que hacía Killian.

—Gina no lo está pasando bien pero es incapaz de reaccionar. Está insegura de ella misma y…

—¿Insegura?

—Sí, Killian. Gina no logra centrarse en nada.

Sorprendido por aquello, el joven dio un trago a su bebida y frunciendo el ceño añadió:

—Se me hace raro escucharlo. Gina es una de las personas más seguras que he conocido en mi vida. Y nunca duda ante cualquier decisión.

Emma asintió.

—Tienes razón. Ella era así. Pero después de lo que ha pasado te aseguro que ya no es quién era. La inseguridad la mata y más tratándose de David.

—Pues yo veo que está bien con él.

—También es una buena actriz —sonrió con tristeza.

Desconcertado por lo que estaba descubriendo, Killian añadió:

—Pero vamos a ver, ella lo tiene muy fácil. Si tanto añora a mi hermano que haga o diga algo, ¿no crees?

—Que lo haga David —contestó Emma a la defensiva. —Al fin y al cabo fue él quien destrozó todo su proyecto de futuro.

—Creo que hay cosas que tú no sabes que quizá hacen que Gina también tenga que tomar algo en la iniciativa —respondió Killian incómodo por el tono de voz de Emma.

—¿No me digas?

—Sí, listilla.

Y deshaciéndose de su abrazó gruñó

—Para tu información listillo, sé más de lo que tú te puedas imaginar.

Tras un embarazoso silencio entre los dos Killian la miró.

—¿Me puedes decir por qué estamos discutiendo? Joder, Emma los dos sabemos a la perfección lo que ha pasado entre ellos y ninguno ha sido una hermanita de la caridad, precisamente. Ambos han metido la pata, pero creo que por el amor que se tienen deberían darse una nueva oportunidad. Lo único que tienen que hacer es encontrarse de nuevo.

Aquello les hizo sonreír y Emma acercándose de nuevo a Killian, se acurrucó contra él.

—Pues habrá que hacer que se encuentren. Y creo que el viaje por las islas que estamos planeando nos ayudará. Pasaron su luna de miel allí, ¿no? —Killian asintió—. Pues hagamos que la recuerden.

—Como se enteren, ¡nos matan!

Encogiéndose de hombros, la pelirroja acercó su boca a la de él.

—Si nos matan juntos. No hay problema. ¿No crees?

Killian la besó con pasión y al sonar una canción que les gustaba, la invitó a bailar. Instantes después, entre la multitud del local, dos enamorados se besaban mientras bailaban como una pareja más.

Aquella madrugada, Regina, sentada en los escalones traseros de la casa, observaba pensativa y hechizada como las olas llegaban a la orilla.

—¿No duermes?

Al reconocer la voz de su madre, Regina se encogió de hombros.

—No tengo mucho sueño, mamá.

Cora asintió y se sentó junto a ella. Le gustaría poder hacer algo para que sonriera como antes, pero no sabía cómo.

—¿Regresará muy tarde tu hermana?

Eso espero, pensó Regina.

—Seguramente mamá. No te preocupes que lo estará pasando bien.

La mujer la miró con tristeza.

—Y tú cariño. ¿Tú lo estás pasando bien?

Apartó la vista de las olas para mirar fijamente a su madre.

—¿Y esa pregunta a qué viene mamá?

—A nada hija —le quitó importancia—. Solo quiero saber si lo estás pasando bien.

Consciente del porqué de aquella pregunta contestó sin más.

—Estupendamente.

Pero Cora se sentía incapaz de callar un segundo más, así que agarró la mano de su hija y la increpó.

—¡Basta ya Regina!

—¿Qué pasa mamá?

—¿Por qué te conformas con pasarlo así de mal cuando podrías estar pasándolo magníficamente bien?

Regina resopló. La conocía y podía llegar a ser muy insistente.

—Mamá, ¿adónde quieres llegar?

Sin soltarle la mano hizo que volviera a mirarla.

—Cariño, soy tu madre y sé cuándo eres feliz y cuándo no. Y por mucho que te empeñes en hacerme creer que estás bien, yo sé cuando finges. Tú no estás bien.

—Mira mamá, no hagamos un drama de esto o…

—Me he fijado en cómo miras a David y creo que...

—¡Basta! —la cortó molesta y se soltó de la mano de su madre mientras se levantaba.

—No. Tú y yo vamos a hablar.

Irritada y descompuesta, Regina miró a su madre. No quería discutir con ella sobre su vida, pero iba a ser imposible.

—Mira mamá, disculpa pero sobre ese tema no quiero hablar.

—Pero yo sí. Vi tu gesto cuando el otro día David te besó en el cuello. ¿Acaso crees que soy ciega? Él quiere otra oportunidad. Solo hay que mirarle para darse cuenta de ello.

Incrédula por la cabezonería de su madre gruñó.

—Lo que ha ocurrido es algo mío, exclusivamente mío y no voy a permitir que ni tú ni nadie se meta en mi vida ¿entendido? Y en cuanto al beso del otro día fue algo… algo…

—Escucha, cabezota…

—¡No! —gritó—. No quiero escucharte. Tomé una decisión y solo necesito que la respetes. Y en cuanto a David, siempre me llevaré bien con él porque es una buena persona y el padre de mis hijas. Pero por lo demás no quiero saber nada más. Él a su vida y yo la mía. Es lo mejor para todos.

Coraa se levantó para estar a la altura de su hija.

—Sé que David no es perfecto pero tú tampoco lo eres. Te defiendo y te defenderé porque eres mi hija, pero no, en esta ocasión no tienes la razón.

—¿De qué estás hablando?

Pero Cora no respondió. Se mordió la lengua, se dio la vuelta y entró en la casa.

Sorprendida por aquel arranque de su madre se volvió a sentar en las escaleras. ¿Por qué habría hecho aquel comentario? Cuando consiguió relajarse

Regina suspiró. ¿Qué iba a hacer con su vida? Desde donde estaba tenía unas estupendas vistas del mar, el cielo y la casa de David, que justo en ese momento salía a la parte trasera de su casa.

Con el corazón en un puño le vio mirar en su dirección y al verla levantó la mano a modo de saludo. Regina quiso escapar. Pero David ya andaba en dirección hacia donde ella estaba. Mientras se acercaba Regina le observó. Estaba bronceado, guapo y sexy. Terriblemente sexy con aquellas bermudas caquis algo caídas, que dejaban al descubierto sus estupendos oblicuos.

—¿Está usted sola señorita? —bromeó al acercarse.

—Sí.

—¿Puedo sentarme?

Regina asintió mientras sentía cómo su interior comenzaba a temblar. Aquella sensación de miles de maripositas llevaba años sin sentirla y tenía que sentirlas de nuevo precisamente con el hombre que le había partido el corazón. Pero sin cambiar su gesto preguntó:

—¿Están dormidos los niños?

David asintió, y al mirarla a escasos centímetros comprobó lo preciosa que estaba bajo la luz de la luna.

—Por fin se han dormido y al fin tengo un rato de tranquilidad.

Ambos sonrieron.

—Son unos buenos niños —murmuró ella.

—Pero agotan —añadió apoyando sus codos en los escalones—. Y ahora que no tengo a Killian, que me ayuda muchísimo, me agotan doblemente.

—Anda ya. Pero si te las arreglas estupendamente con ellos.

—Eso parece. Pero también hay momentos de caos total.

Ambos contemplaban el mar. Aquella noche parecía embravecido.

—¿Te apetece dar un paseo por la playa? —preguntó David tras un pequeño silencio.

Regina asintió con la cabeza. Estar con él en aquella playa le gustaba y le hacía recordar bonitos momentos. Comenzaron a pasear por la playa sin percatarse que Cora les observaba entre las sombras con una sonrisa en los labios. Al llegar a la orilla, donde sus pies se mojaron Regina murmuró.

—No ha cambiado nada. Está todo tal y como lo recordaba.

David asintió.

—Hemos cambiado nosotros. Somos más mayores, más viejos.

Regina no pudo evitar sonreír. Tenía razón. Ambos habían cambiado y madurado.

—¿Viejos? Pero si con ese look pareces más joven que hace unos años.

Halagado se detuvo y la miró con detenimiento.

—Si vamos a hablar sobre ese tema, tengo que decir que me pareces mucho más atractiva ahora con tu nuevo corte de pelo y ese peto vaquero, que con tu moño, tus trajes de Armani y tus camisas blancas de Ralph Lauren.

Ambos se rieron a carcajadas.

—Gracias, David —y tocándose el pelo afirmó—. Se le ocurrió a Emma. Me convenció y la verdad es que no me arrepiento.

—Y yo, para suerte mía —prosiguió David—, no necesito llevar trajes, ni corbatas todos los días. Aquí en la isla se vive de otra manera. Es todo más tranquilo, sin tanto clasismo ni tanta prisa.

—Es una manera diferente de vivir —asintió Regina—. Otra cultura, otro estilo de enfrentarse a la vida y sinceramente yo no creo que pudiera vivir así

Aquel comentario a él le llegó el corazón pero no hizo ningún comentario.

No dijo nada. Pero sí clavó sus inquietantes ojos en ella. Deseaba decirle tantas cosas que su propia mente se aturullaba. Al final decidió callarse. Estaba seguro de que si hablaba de lo que sentía por ella, Regina daría sus vacaciones por terminadas y regresaría a Nueva York. Por ello, se aclaró la garganta e indicó:

—Mañana tenemos que ir al hospital con Cat.

—¿A qué hora?

—La cita es a las once y media. Espero que nos digan que está todo bien.

—Seguro que sí. No te preocupes —afirmó llena de positividad mientras jugueteaba con el agua en su pie.

En ese momento le vino a la memoria lo ocurrido horas antes entre ellos cuando David la besó en el cuello y no pudo evitar preguntar con preocupación.

—Gina, ¿regresarás a Nueva York o te quedarás para la excursión con las niñas? —y al ver cómo le miraba añadió—. Siento lo que ocurrió hoy.

—¿A qué te refieres? —preguntó aun sabiendo qué iba a responderle.

—A cuando se me ha nublado la mente y te he besado en el cuello. No es por disculparme pero ha sido un movimiento mecánico y…

—No pasa nada —ratificó temerosa de querer o no más movimientos mecánicos. E intentando dejar de pensar en ello prosiguió—. Y en cuanto a lo que me preguntas, me apetece tanto hacer ese viaje, que me parece que me vas a tener que soportar durante unos días más. —David puso cara de fingido horror y ella sonrió—. Además, está Emma. ¿Tú qué crees que diría ahora si se me ocurre decirle que nos vayamos a Europa?

Encantado por aquella contestación, rio a mandíbula batiente.

—Por tu integridad física, mejor no le digas nada a esa fiera. Ya la conoces y sabes cómo es cuando algo no le cuadra. Por cierto ¿no te parece increíble lo que está ocurriendo entre ellos?

—Sí y estoy encantada. Ya era hora

—Solo espero que todo termine bien —dijo David agachándose para coger una piedrecita que relucía.

—Pues sí. Porque ambos son dos bombas de relojería.

—Tengo que matizar —rio David—, que Emma tiene un genio de mil demonios. Luego cuando se tranquiliza no es nadie, peroooooo….

—Lo sé.

—Y no me negarás que Killian tiene un carácter más tranquilo.

—No te lo puedo negar. Aunque el chulito polinesio también se las trae.

—¿Chulito polinesio?

A Regina le encantaba verle sonreír de esa manera.

—Creo que todo entre ellos va a salir muy bien —dijo quitándole la piedra de las manos—. Lo importante en una relación son las ganas de estar juntos y de quererse, y ellos ganas tienen, y muchas. Lo demás viene después.

Al segundo de decir aquello se arrepintió. David, al ver su gesto, miró hacia el horizonte y suspiró.

—Solo puedo decir que tienes razón.

Ruborizada y demasiado nerviosa por el giro que estaba tomando la conversación, Regina se disculpó.

—Bueno… es tarde. Estoy cansada y creo que es mejor que regresemos.

David asintió. Volvieron a sus casas uno al lado del otro pero sumidos cada uno en sus propios pensamientos. Al llegar frente a la casa donde se alojaba Regina, David se despidió de ella con una leve caricia en el hombro y, sin mirarla, fue hasta su casa, donde desapareció. Una vez dentro, abrió la nevera, cogió una cerveza y se tiró en el sofá donde vio como las horas del reloj corrían y él seguía sin sueño y pensando en Regina.