Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.


Recomendación: New for you — Reeve Carney.

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Capítulo 49

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Mi respiración se volvía errática en cada milisegundo que pasaba frente a él, sintiendo sus manos contra mi piel como si quemara. Era realmente mágico, e increíblemente doloroso. Sus ojos no se despegaron de los míos, como si intentase traspasarme algo. Un atisbo de sonrisa asomaba, como si fuese la situación más graciosa del mundo.

Su toque me sabía especial, como si fuésemos desconocidos y que el propio hecho de algún contacto entre nosotros fuese nada más que algo extraño. Pero en realidad, él conocía cada parte de mí, sabía mis más oscuros deseos, cada respuesta de mi cuerpo bajo sus dedos. Yo era suya, así de simple, tanto como él era mío en toda la extensión de la palabra. Sin embargo, ninguno de los dos podía soportar nuestros propios errores, ambos teníamos la palabra "orgullo" incrustada en la frente.

—No. Estoy bien —susurré, incapaz de hablar más fuerte.

Puse mis manos hechas un puño sobre su pecho y lo alejé a regañadientes, éste se alejó un poco para mirarme por completo.

—Mi color favorito —masculló, recorriéndome con sus ojos verdes.

Lancé una pequeña risotada, algo incómoda, no era mi intención utilizar el color favorito de Edward.

—¿Por qué me ves así? —inquirí, presa de la curiosidad con el brillo de sus ojos.

Se encogió de hombros y sonrió. Mi corazón dio un vuelco, ver aquel pequeño hoyuelo, me volvía loca. Creo que me ruboricé, sentía las mejillas calientes.

—El vestido te queda hermoso.

Me di la vuelta con el ceño fruncido, murmurando un "gracias" entrecortado. Me sentía como aquellas primeras veces, cuando Edward, algo nervioso, me decía lo bien que me veía. Sentí nostalgia, ahí ambos nos detestábamos, cuando en realidad ocultábamos una atracción tan poderosa, pero frágil.

Caminé hasta el otro espejo, donde el chico gay miraba la escena como si fuese una película. Alice tenía los ojos como si fuesen dos grandes huevos, junto a la chica, de nombre Amanda, que seguía elaborando un bello peinado sobre los cabellos.

Edward se acercó a su hermana, mientras ella se paraba del asiento con delicadeza, como si llevase un cuello ortopédico. De seguro no quería echar a perder su hermoso peinado. Se abrazaron, dando giros como pequeños niños, diciéndose cuanto se querían y cuán emocionados se encontraban en ese momento. Muchas veces me sorprendía su cariño, con mi hermano éramos algo más fríos, aunque no faltaba el gesto dulce entre nosotros.

—¿Quién es él? —me preguntó el chico, quitándome la atención que tenía puesta en los mellizos.

Me miré las manos para no toparme con sus ojos inquisitivos. A pesar de que no era mi obligación contestarle, me parecía una conversación necesaria ahora que tenía el estómago hecho un nudo.

—Mi ex novio —susurré lo más bajito que pude para que no me fuesen a escuchar.

—Pero veo que todavía queda fuego entre ustedes —me dijo en el mismo tono bajito—. Es muy guapo.

Di una sonrisa triste. Guapo se le quedaba corto.

Me obligué a cerrar los ojos, mientras el chico me ponía una crema en el rostro junto a un algodón. Enseguida sentí un pincel trabajólico contra mis parpados, como también una suave capa de iluminador, mascara de pestañas, rubor y los labios maquillados. Me dio el aviso para que pudiera abrir los ojos y así me mirase en el espejo. No creí lo que veía: una mujer de grandes ojos marrones, con los tonos y matices claros y suaves, con las pestañas levantadas y curvadas, unos suaves pómulos rosados y los labios del mismo tono.

—Eres increíble —le dije—, de verdad me has dejado muy bonita.

—Tú eres bonita —me regañó—. Por cierto, me llamo Scott.

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Acabé con una suave cola de caballo y unos mechones desparramados en el rostro. Alice alabó mi vestido y el maquillaje, pero sabía que quería estar un rato conmigo a solas por lo que acababa de suceder con su hermano. Edward seguía presente en la habitación, alegando que no tenía nada más que hacer pues ya estaba listo y ansiaba ver a su hermanita en traje de novia.

—Ven, Bella, quiero que me ayudes con el vestido —me dijo con algo de cinismo, saliendo de su sesión de maquillaje y dándole una mirada de disculpa a su hermano, que miraba astutamente su blackberry.

Cuando estuvo conmigo dentro del armario gigante de mi madre, el cual parecía otra habitación, me presionó con su actitud inquisitiva, preguntándome qué era lo que acababa de ver. Yo solo atiné a suspirar.

—¿No vas a decirme nada? —me preguntó, anonadada.

Rodé los ojos y me metí entre los grandes vestidos que estaban colgados, luego me di cuenta de la caja blanca y dos grandes lazos sobre la tapa. Quité los envoltorios y estiré el vestido con mis manos. Jadeé. Era inmenso.

—Alice, es hermoso —gemí, sintiendo un leve nudo en mi garganta.

—Es perfecto, ¿verdad? —me susurró, pasando una mano por el forraje del vestido.

Rememoré aquella vez que Edward me tendió de mala manera el anillo que me había comprado ese mismo día, lo que me dijo y repitió hartas veces.

"Agradezco el no haberme casado contigo", "véndelo si quieres"… "¿Con cuántos conocidos te he tenido que compartir?".

Me obligué a sonreír, a verme feliz delante de los demás, mostrando aquella faceta que yo solo podía hacer. No debía afectarme en lo más mínimo las palabras de Edward, ya había pasado un tiempo, pero las heridas se volvieron a abrir con tan solo sentir su aroma y sus manos sobre mi cuerpo.

Alice se quitó la bata con naturalidad, al parecer tenía facilidad para mostrarse desnuda ante mí. Llevaba un conjunto crema de algodón, lo que le permitía a su barriga ya crecida una mayor comodidad. Metió un pie en el orificio de entrada, luego el otro, hasta que le ayudé a subir el vestido hasta el pecho. Se dio la vuelta para mirarme, mientras yo luchaba contra las lágrimas.

Su vestido era la cosa más hermosa que había visto en mi vida, sobre todo puesto sobre ella. Era vaporoso, largo y dejaba ver su pancita, con un forro debajo de la hermosa malla que cubría desde la cintura hacia abajo. El pecho estaba cubierto de cintas plateadas, dejando sus brazos al descubierto. Era un vestido fenomenal, no especialmente blanco, sí de un extraño color marfil y beige. En ella solo podía resaltar, no veía a nadie más con tan adorable diseño.

—¿No me vas a decir nada? —Se mordió el labio inferior.

Hice un mohín y la abracé, ésta solo pudo hacer lo mismo, comenzando a llorar. Yo no pude evitar soltar unas lágrimas, verla tan madura me llenaba el alma de gozo. Esperaba que fuese feliz, que su familia sea tan hermosa y humilde como Jasper y ella lo eran, que sus hijos nacieran sanos y que cada momento de su vida sea solo felicidad.

—Se viene el gran momento de tu vida —le susurré cuando nos separamos—. Espero que seas feliz, no desperdicies a Jasper nunca, jamás le mientas porque eso solo produce daño, ¿bien? Ámalo, cuídalo y protégelo, como él lo hace contigo cada vez que se le presenta la oportunidad. Serás la esposa más hermosa que jamás haya visto en mi vida, y una madre genial que sabrá siempre amar a sus hijos —Le tomé las manos y se las apreté fuertemente, mirándole a los ojos mientras, enviándole toda mi sinceridad.

—Oh no, Bella, me harás llorar más y no quiero estropear el maquillaje —refunfuñó, pasándose los dedos por debajo de los ojos—. Te quiero mucho, de verdad. Gracias por perdonarme, gracias por volver a escucharme, gracias por darme tantos consejos a pesar de todo tu dolor. Eres grandiosa, Bella.

Apreté fuertemente los labios, eran demasiadas las emociones que estaba sintiendo y realmente no acababa el día. Edward, mi hijo, la familia entera, tanta palabra hermosa de la gente que quería, desconocidos amables, Cameron y su hermoso cariño… ¿Qué más faltaba? Estaría tan completa si no fuese por el distanciamiento que tenía con él, con sus terribles estados bipolares que me volvían loca.

Volvimos luego de recomponernos, Edward se paró rápidamente del asiento en el que se encontraba. Se me fui la respiración otra vez, y no sabía por qué, pues seguía con el mismo traje y su cabello despeinado. Quizá era esa mirada animal, casi libidinosa, que tenía ahora en puesta en sus cuencas verdes. Y dirigidas especialmente a mí. Seguía recorriéndome con la mirada como si fuese una Diosa, un monumento realmente valioso, pero que no se podía tocar, que era prohibido. Pero yo sí quería que me tocara, quería besarlo, amarlo, tenerlo entre mis brazos porque… ¡rayos! Edward era mío. Es mío. Será siempre mío.

—Antes de que me vaya… —susurró él, acercándose a su hermana, mirándola con tristeza y orgullo—. Te ves hermosa, Alice.

En sus ojos asomaron las lágrimas, pero las contuvo. Se lo agradecí. No me gustaba ver a Edward llorar, porque me provocaba la misma sensación, me dolía verlo así.

—Quiero que seas la mujer más feliz de este mundo, lo sabes. Pero si llego a saber que Jasper te hizo algo, yo mismo le romperé el culo de una patada, ¿entendido? —advirtió, con su dedo índice levantado en modo de aviso. Alice rompió a reír, mientras otra lágrima surcaba en su mejilla.

—Lo tendré en cuenta, Edward, aunque dudo mucho que eso algún día suceda —explicó. Luego le dio un suave beso en la mejilla.

Sus padres entraron a la habitación, me sentí algo fuera de lugar ahí, pero Alice me tenía ahora amarrada a su mano. Esme comenzó a llorar, diciendo entre sollozos que su hija ya era una mujer hecha y derecha. Carlisle estaba demasiado orgulloso y emocionado para hablar, observándola como si fuese el mayor tesoro que tenían en su vida. Y eso era lo que cualquier padre podía sentir por su hija, o hijo, daba igual. A veces los hombres no eran como nosotras, las mujeres, que demostrábamos el amor desde un momento, dándole de comer a nuestros hijos desde el vientre. Los padres procuraban proteger a su hija de cualquier daño, muchas veces pareciendo algo celosos, como Carlisle que miraba a través de sus gafas de media luna cuando Jasper besaba a Alice frente a él.

Imaginé lo que sucedería si mi Caballito de Mar era una niñita, tan parecida a Edward, hasta el límite de lo inconfundible. Sería un padre increíble, de eso no cabía duda, pero celoso, muy celoso como lo era Carlisle. Gruñiría cada vez que ella le pidiese permiso para salir, despotricando si el acompañante fuese un apuesto muchacho.

Reí un poco con mis pensamientos, llamando la atención de los demás. Carlisle me dio un abrazo paternal, mientras me decía que mi padre me estaba esperando en el hotel junto a todos los demás. Esme indicó que ambos se irían junto a su hija para pasar su último momento de soltera. Y ahora que lo pensaba, ¿por qué Alice no había querido hacer una despedida de soltera?

—Creo que se han olvidado de mí —bufé—. Pensé que iría con James y Jacob a la boda, pero se han marchado.

—Te estuvieron buscando por todos lados, pero luego se fueron porque estaban apurados y debían irse con Jasper —me explicó Esme, mientras le arreglaba frenéticamente una flor del peinado a Alice.

—Yo te llevo —interfirió Edward—, también no tengo con quién irme, dejé aquí mi Camaro la última vez.

Silencio. Solo había silencio y nada más.

—Claro.

Intenté sonar indiferente, aunque internamente estaba que explotaba. El destino algo quería, y comenzaba a asustarme.

Esme no cabía en su sorpresa, junto a Alice que estaba más emocionada de lo normal. Carlisle, por su parte, se limitó a besar mi frente y salir para hablar con el chofer del auto que los transportaría en un rato más hasta el Four Seasons.

—¿Nos vamos? —me preguntó.

—S… sí.

Bajamos en silencio por las escaleras, aunque sentía la dirección de su mirada constante. No quería rechazar absolutamente nada de su parte, y eso lo consideraba algo utópico viniendo de mí. Quizá era lo irresistible que se me estaba siendo al tenerlo tan cerca, quizá porque necesitaba aunque sea una relación cordial para hablarle de nuestro hijo. Nuestro hijo… Nuestro Caballito de Mar.

Afuera hacía un frío de los mil demonios, mientras el crepúsculo estaba sobre nosotros con dominación. Edward se percató, se quitó la chaqueta y la puso sobre mis hombros. Sentir su aroma impregnado solo hizo que mi cuerpo comenzara a convulsionar. Intenté darle las gracias, pero no podía abrir la boca. Me sentía como una niña con el chico que le gusta desde que tiene conciencia.

Abrió la puerta de su Camaro, el que esperaba en el estacionamiento con bastante elegancia. Me metí dentro, en el asiento del copiloto, cerró la puerta, dio la vuelta y se sentó a mi lado. Encendió el auto con tranquilidad, puso música y yo me encerré en mi burbuja. A pesar de todo, me sentía incómoda con tanto silencio, quizá porque moría por decirle de nuestro pequeño Caballito, quizá porque estaba desesperada por hacerle parar el auto y lanzarme sobre sus brazos para besarlo. Ninguna de esas opciones era correcta.

—Hace frío, ¿no? —comentó, aprovechando el semáforo en rojo y el alto tráfico que se nos avecinaba.

—Es lógico, estamos en invierno —dije, todavía con la vista en la ventana.

A lo lejos divisé a una pequeña niña haciendo ángeles en la nieve, siendo custodiada por su abuelo que sonreía sin parar. Más allá vi a una pareja morreándose, y otra más, abrazados.

—Ya. Pero hace más que otros días —murmuró.

Se oía buena música en la radio, orquestal quizá.

—Edward —llamé, ahora mirándolo.

Su perfil perfecto me hizo perder la noción, casi como una fantasía. Deseé tanto tenerle así de cerca, que a veces creía que era un sueño.

—¿Mmm? —me dio una mirada expectante.

—Gracias por traerme, pero… esto no quiere decir nada —susurré, odiándome por aquello.

No era lo que yo realmente pensaba de todo esto, pero necesitaba hacerle saber que con todo esto no iba a traerme de vuelta. Necesitaba hablar tantas cosas con él, darle mi explicación sobre todo lo que he tenido que pasar, sobre cómo me dolieron sus palabras, sobre cuánto lo amo y odio estar separada de él.

—Sé muy bien que lo de nosotros acabó ese día, no te preocupes —dijo, en un tono exhaustivo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas con aquello, de verdad había dolido. Mucho. Demasiado. Rayos, no podía llorar frente a él y hacer que mi espectáculo de mujer fuerte se fuese al mismo demonio. Intenté respirar con normalidad, dejar que entrase el aire a mis pulmones con suficiente naturalidad, aunque por dentro solo tenía un tornado de sollozos.

Fue ahí cuando percibí la esperanza que se alojaba en mi corazón. Decepción, eso era lo que estaba sintiendo en este momento, porque muy en lo profundo de mí, sentía esperanza de que algún día él volviese a mis brazos. No sería así.

¿Eso era todo? ¿Desde ese día no habría vuelta atrás? ¿Pero qué demonios estaba pensando? Era obvio. Él solo quería tener la fiesta en paz, hacer que esto solo nos trajera tranquilidad en un lugar en el cual compartiríamos con nuestras familias, dos familias que eran unidas hace años.

Todo estaba acabado, no volvería a probar esos labios nunca más. Pero, de mi parte, solo podía aferrarme a la idea del amor que siempre tendría para él.

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Minutos largos, segundos tortuosos, silencio lúgubre… Sentir su calor tan cerca, su aroma varonil casi hasta el límite de lo permitido, ver su perfil y sus pestañas, arriba y abajo, mataban la poca tranquilidad que tenía dentro de mí. Cuando llegamos al hotel, nos hicieron entrar inmediatamente al salón de eventos, que era muy grande —demasiado—. Todo estaba tan perfectamente decorado, que no reparé en las miradas casi horrorizadas al verme junto a Edward, juntos.

Todo atiborrado de colores claros y naturales, con una luz casi romántica sobre nuestras cabezas. Había un Dj, una banda y una cantante. Me parecía conocerla, quizá la había visto en algún evento, o en un concierto de soul. Era alta, de cabello aleonado, negro y esponjoso, nariz fina y labios gruesos, vestía un bonito conjunto rojo, brillante y exorbitante. Más allá se oía a un parlanchín hombre de traje eléctrico, lo más probable era que lo habían contratado para animar el gran evento.

Una señora de fino rostro y cuerpo casi huesudo, nos indicó a Edward y a mí el puesto que debíamos tomar. Me senté en la silla tela marfil, bajo la mirada inquisitiva de todos mis amigos. A nuestro lado estaba el puesto de los novios y de lado contrario los padres de los novios junto a Renée y Charlie. Ambos me saludaron desde su puesto, sin soltar la expresión cautelosa que tenían al verme con el cobrizo a mi lado.

—Por Dios, Bella, te ves hermosa —me dijo mi hermano, acercándose a mi lado lo suficiente para cuchichear.

—Gracias, Emmett, tú también te ves muy guapo —comenté.

Vestía un traje azul oscuro sobre su cuerpo grande y grueso. ¡Al fin tenía el cabello peinado! Nunca lo hacía, siempre fue una mala educación de su parte. Eso era obra de Rosalie sin lugar a dudas.

—Ya sabes, si Edward causa problemas puedes decirme, le daré una tunda que no olvida…

—¡Emm! —regañé—. No necesito que seas mi guardaespaldas.

—Ya, pero quiero protegerte, sabes que últimamente con suerte y he visto tus fotos, ¡ni eso! Ya no sé nada de ti y…

—¡Emm! —volví a regañar. Rodé los ojos y recargué mi cabeza en su hombro—. Te he extrañado.

Me pregunté cuándo sería preciso comentarle lo de Cameron, nuestro hermano. Emmett era muy celoso con mamá, eso me asustaba un poco, pero no era engreído, ni mucho menos arrogante. En realidad, mi hermano era de las personas más humildes que conocía, siempre manteniendo a sus fans felices. Además, era muy buen jugador, sabía enfrentar los retos de la vida. Esperaba que no fuese algo difícil de afrontar, pues nunca había pasado por problemas graves en su vida…, como yo.

—Yo también, flaquita —murmuró, molestándome con mi sobrenombre de niña.

Le di un leve mordisco en la piel del omoplato y éste gritó.

—Calla, que Rosalie no sabe lo flaco que eras antes de jugar —amenacé, apuntándolo con mi dedo.

—¿Yo qué?

Rosalie se acercó a nosotros con una copa de champagne, me ofreció, pero yo no tuve nada más que rechazarlo, no iba a exponer a mi bultito con alcohol.

—Vaya que andas rara, Bella, ¿tú rechazando el rico champagne? Lo ha traído tu papá —dijo Rosalie, bebiendo a sorbitos con Emmett, que chupeteaba las orillas, ridiculizando a la familia, como siempre.

Entre risas me paré del asiento, no tardé en darme cuenta que Edward no estaba sentado como yo creí. Era obvio, ¿para qué quedarse ahí sin divertirse? Estaba soltero. Un hombre soltero era sinónimo de felicidad pura.

Maravilloso.

Miré el reloj de mi celular, faltaba poco para las 7 de la tarde, ya llegaría la novia junto a sus padres. Me pregunté en dónde podía encontrarse Jasper, el novio debía estar junto al juez, que, a todo esto, cotilleaba junto a mi padre en el podio.

Me volví a sentar en la silla, esperando a que algo me sacara de mi estado tan intranquilo. Tenía un mal presentimiento, como si… algo malo fuese a suceder. Era ilógico. Pero extraño. Jamás me había sucedido, sentir angustia sin algún hecho concreto, sin una razón tangible. Indagué, pensé y me encolericé al no encontrar respuesta a esto.

Acaricié lentamente mi vientre bajo el vestido, el bultito apenas se notaba bajo la gruesa capa de tela. Mi Caballito de Mar no tardaría en moverse pronto, aunque, sería yo la que pronto lo sentiría, pues sus manitas ya estaban moviéndose constantemente. Mis ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, todavía seguía torturándome con la leve conversación que tuvimos Edward y yo. No quería estar en esto sola, pero nuestra relación iba incluso peor. No era justo para nadie todo lo que estaba pasando, mucho menos para mi bebé que no tenía la culpa de nada.

—Te noto triste —me susurró Jasper, sentándose a mi lado con lentitud.

Sus manos tiritaban y se lamía los labios a cada segundo. Estaba muy nervioso.

—Te noto nervioso —comenté, sonriéndole.

Se encogió de hombros, restándole importancia.

—A veces temo por mi futuro, quizá no seré un buen padre.

—Esa es una tontería, Jasper, eso debería preguntármelo yo —afirmé.

Comenzó a reír con desgana, luego miró a su alrededor para asegurarse que no haya nadie lo suficientemente cercano.

—Visitaste al médico, ¿no?

—Ajá. Tengo once semanas, oí su corazón y está perfectamente —le comuniqué, acariciando otra vez el vientrecito—. Estará ya en mis brazos en septiembre.

Sus ojos se llenaron de orgullo y cariño, miró hacia el bultito y sonrió complacido, como si su algún propósito en su vida haya dado los mejores frutos.

—A veces me pongo a comparar a la antigua tú con la nueva Isabella. Has cambiado mucho, eso me hace sentir bien. Solo que… me apena todo lo que has tenido que pasar al estar a un lado de Edward, a Alice y a mí se nos fue por completo el hecho de que ustedes ya no estén juntos.

Iba a contestarle, pero la organizadora de la boda corrió hacia nosotros para avisarnos que la novia ya había llegado. De inmediato nos acercamos al podio, justo en la enredadera de hierbas que había detrás. El juez se posicionó frente a la gran mesa con los papeles necesarios, al frente estaba Jasper con evidente nerviosismo. El padre de éste le levantó el pulgar, con claras intenciones por alivianar la tensión de su hijo, mientras su prima se limpiaba las lágrimas que había derramado con anterioridad.

—Supongo que puedo quedarme a tu lado —comentó Edward, parándose a mi izquierda.

—El país es libre, ¿no? —le respondí, evidentemente tensionada por su cercana presencia.

No dijo nada más.

La banda comenzó a tocar una melodía lenta y sustanciosa, hermosa y delicada. Esme se quedó al lado de mis padres, que estaban al otro lado. Jacob y James estaban detrás de mí, cuchicheando sobre lo hermosa que se vería Alice con su vestido. Rosalie y Emmett esperaban justo a nuestro lado, mi hermano visiblemente molesto con la presencia de Edward. Divisé a mi prima más allá y toda su familia, unas personas que apenas conocía y así, con gente que quizá había visto alguna vez en mi vida. Elena me saludó desde más allá, junto a su esposo y dos pequeños hijos.

Todos empezaron a girar la cabeza hacia atrás, y yo los imité. Alice venía caminando con un hermoso ramo de flores rosas, junto a su padre del brazo. Carlisle miraba a su hija a cada segundo, sin poder creer la hermosura traviesa que inspiraba la pequeña Alice, junto a su vientre hinchado y redondito.

Esme lloraba más allá, consolada por mi madre. Ambas le lanzaron un beso al aire cuando Carlisle dejó a su hija a un lado de Jasper, quien la miraba con tanto amor, que hasta a mí me afectó. Se tomaron de las manos y miraron al juez, quien tenía una sonrisa profesional en sus labios.

De reojo miré a Edward, éste también lo hizo. Suspiró fuertemente. Seguro se había acordado de aquel anillo que me había regalado. Comencé a darle vueltas al brazalete que él mismo me había regalado, con la intención de sopesar las intensas ganas de tomar su mano, a centímetros de la mía.

El juez comenzó a decir algunas cosas, sobre lo poderoso que era el vínculo del matrimonio. Citó algunas frases, unas bellas palabras de aliento. Sacó a relucir a los pequeños hijitos de Alice, diciéndole a ambos que la familia era lo más importante en la vida del hombre. No tardó en preguntarle a Jasper aquella típica oración: Jasper Valik Whitlock, ¿aceptas por esposa a Marie Alice Cullen Masen?

—Hasta el final de mis días —susurró—. Digo, sí —exclamó. Lo que sacó varias risotadas de los presentes.

Jasper estaba ensimismado en el rostro de su amada, no había otra persona más en el lugar para él. Me revolvía las entrañas todo el amor que se tenían, era simplemente mágico.

El juez volvió a preguntar, ésta vez a Alice. Ella prácticamente gritó "¡sí! ¡Sí, quiero!".

—Por el poder que me confiere el estado de EUA, los declaro marido y mujer —exclamó.

Jasper tomó a su ahora esposa desde la cintura, mientras Alice se agarraba de su esposo desde el cuello, con el ramo entre sus manos, y se besaron dulcemente ante el júbilo, aplausos y vítores de los demás. Jacob y James se habían dado un pequeño besillo, emocionados por el momento. No así Rosalie y mi hermano que se comenzaron a besar pasionalmente.

Dolía ver tanto amor.

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—Eres toda una mujer casada, perra —mi voz salió pesada y profunda al intentar ocultar mis lágrimas. La abracé con fuerza en cuanto la tuve frente a mí.

—Me siento realizada —musitó, con sus ojos brillantes y labios hinchados ante tantos besillos con su Jasper.

Me senté en la mesa, junto a todos los demás. Hablaban de no sé qué, algo como la adopción homosexual. No me sentí realmente cómoda con el tema, más que nada porque no me sentía bien en general. Todo esto iba a matarme.

—No te veo como papá, Gaymes —molestó Edward, bebiendo una copa de champagne con total naturalidad.

Tomé un pedazo de carne y me lo metí a la boca. Estaba sabrosa. Fue ahí cuando caí en cuenta de lo poco que había estado comiendo durante el día. Rayos, ¡no podía olvidarme de mi estado! No quería caer otra vez en el hospital por desmayo.

—Yo tampoco te veo a ti como papá, Eddie —soltó mi amigo con la ceja enarcada.

Me atraganté con el pedazo que había estado masticando. Tomé la copa con agua y bebí con ganas. Miré mal a James, pero éste solo se encogió de hombros.

—¿Estás bien? —inquirió Edward, sobando levemente mi espalda.

Su contacto solo sirvió para que volviese a atragantarme.

—Sí.

Se separó rápidamente al darse cuenta del contacto que acabábamos de tener. Los demás estaban tan callados que me irritaban, ¿cuál era la gracia de mirarnos como una película?

Comí un poco, las náuseas estaban arremetiendo contra mi cuerpo, lo que me indicaba que todavía no íbamos a acabar con el malestar. Bebí mucha agua, un poco de zumo de naranja y ya estaba acabada con las sensaciones que tenía en la garganta.

Para mi suerte, el animador del gran "evento" se acercó a los novios y les indicó que todos estábamos esperando su primera pieza de baile. Ambos se levantaron de sus asientos y se acercaron a la bendita pista de baile, que estaba alrededor de todas las mesas. Apagaron las luces y encendieron unas que solo enfocaron a la pareja. La banda tocaba una melodía muy parecida a la que habían impuesto en la ceremonia, pero un poco más rápida, mientras, los novios daban vueltas y vueltas sin dejar de mirarse.

Cuando se separaron fueron en busca de sus suegros respectivos. Luego todos se levantaron de los asientos y corrieron a la pista para comenzar a bailar apegados todos en pareja. Yo, por mi parte, me dediqué a contemplarlos, mientras veía a Edward bailar animadamente con su hermana y luego cambiaba de lugar con la prima de Jasper y Alice se iba con Emmett. Bufé exasperada, era la única tonta sentada, o… Y Tanya también.

Pero no… rápidamente la habían sacado a bailar. Y ese fue Edward. Sonreí, aquejumbrada, todo esto no era más que un martirio.

—No seas aburrida, ven conmigo —me dijo Jasper, tendiéndome su mano frente a mí.

—No sé bailar esas cosas, Jass, ve con alguien más —soné algo malhumorada.

Rodó los ojos.

—¿Tú no sabes bailar estas cosas? Pues, yo te enseño —me instó—. Vamos, será divertido, no te quedes aquí —me dijo, al ver que no había respuesta de mi parte.

Con resignación me levanté, cargando encima un fuerte mareo que revolvió mis entrañas. Cerré los ojos fuertemente, intentando aferrarme a la mano de Jasper.

—¿Estás bien?

—Sí… Ya sabes, los mareos y todo eso —susurré.

—No quiero que comas tan poco, sabes que ya te desmayaste una vez.

—¿Has estado controlando mi comida durante esta noche?

Me giré a ver sus ojos azules. Estos brillaban algo culpables.

—Como médico yo…

—Ya cállate —exclamé—. ¿No íbamos a bailar?

Me sonrió tímidamente y puso una mano respetuosamente en mi cintura y la otra en mi mano izquierda. Yo depositó la derecha en su hombro, para comenzar a bailar lentamente hacia los lados.

—Deja de estar tan triste, es mi boda y te quiero muy feliz —me regañó mientras dábamos la vuelta entre las personas.

—Tengo un mal presentimiento, Jasper —le confesé.

Frunció el ceño notoriamente.

—¿Hay algo que no me has estado contando?

—No. Solo que me persigue mi ex novio sicópata hace más de tres años. No sé si la cárcel sea impedimento para hacerme daño. Además, no me fío de Jane. —De pronto recordé su visita en mi casa el mismo día que Edward me dejó—. Jane fue a visitarme hace unas semanas, me dijo un par de cosas y… me apuntó con una pistola.

Jasper apretó el agarre de mi mano, preocupado por mi confesión. Al mismo tiempo, seguíamos con un movimiento liviano, que llevaba hacia los lados con delicadeza. A nuestro lado pasó Alice con Edward, ella con una sonrisa gigante en el rostro y con una mirada malévola.

—¿Me prestas a mi esposo, Bella?

Enarqué una ceja, ¿a qué quería jugar? Genial. Algo tramaba. Edward tenía un gran signo interrogativo en su rostro. Jasper frunció el ceño, pero se vio obligado a despegarse de mí y tomar a su esposa de la mano. Me sonrojé al quedar "a solas" con él, con su proximidad tan escasa. Opté por el camino más fácil, darme la vuelta y dirigirme a las afueras para respirar un poco de aire.

—No. Espera —me agarró la muñeca y me dio la vuelta.

—Creo que…

—Baila conmigo —pidió.

Miré a mi alrededor, buscando algo que pudiese salvarme de estas inminentes ganas de aferrarme a él como demente. No hubo nada. Solo personas que bailaban con completa diversión en sus rostros, siguiendo la melodía del Jazz.

—No es buena idea, Edward —musité, sintiendo su cuerpo cada vez más cerca.

Hizo un mohín, irritado y molesto por mi negativa. Esperé a que se diera la vuelta, ofuscado, y pitara hacia alguna otra chica, pero me tomó por sorpresa que sus manos fuesen puestas con rapidez en mi cintura, atrayéndome con tanta pasión a su cuerpo, que no pude evitar jadear.

—No muerdo, Bella —susurró—, lo sabes perfectamente.

No había broma en su voz, ni ironía, nada de tonos ácidos. Ni siquiera diversión.

—¿Morder? ¿Para qué morder si sabes dañar perfectamente con tus palabras? —ataqué, con el ceño tan fruncido que comenzó a dolerme la piel del entrecejo.

Levantó las cejas, pero para mi sorpresa, sonrió. Tomó mi mano izquierda y la elevó, luego, deposité mi derecha en su hombro fuerte y comenzamos a movernos.

Me sentí tensa junto a él, quizá por mi reciente frase y su inminente forma de tratarme. Pero Edward solo podía tener sus ojos fijos en los míos, mirándome con tal intensidad, que hasta que me sentí pequeña entre sus brazos. Más de una vez me cohibí y se lo hice saber.

—Deja de mirarme así —comenté, bajando la mirada hasta mis tacones.

—¿Te pongo nerviosa?

—No digas tonterías —dije algo molesta.

Lanzó una leve carcajada, lo que impulsó mis sentidos hasta el límite.

—Tú me has estado poniendo nervioso el día entero —masculló. Eso solo bastó para que levantara la mirada hacia él con una pequeña sonrisa triste.

—No te entiendo —jadeé, desesperada por este trato bipolar.

—Yo tampoco te entiendo —murmuró.

Su aliento chocó contra mi boca, mi corazón comenzó un bombeo fuerte y peligroso, lo sentía en la garganta, duro como una roca. Sus ojos se movían por mi rostro, en una búsqueda de vacilaciones por mi parte, pero yo estaba devota en su cercanía. Mordí mi labio inferior, tan nerviosa como mis piernas me lo decían. Estaba rígida, no podía moverme, atravesar el salón y separarme de él. Todo esto iba a matarme, me dolía, me hería, quemaba, ¡todo!

Llevó una mano a mi mejilla y la acarició con delicadeza. No pude evitar cerrar mis ojos, lo extrañaba tanto.


¡SORPRESA! Nueva actualización de regalo para ustedes :D El domingo estará la otra, el capítulo realmente infartante y lleno de mariposas... ¡un beso!

PD: espero sus reviews (: