"Hija de la Tempestad"


Cap. 51: El Profeta.


"Tu éxito en el Reino del Gran Lunático no es ni remotamente una señal de que vayas a lograr derrotarme, mortal."

Ay, no... ¿ahora al mismísimo Mehrunes Dagon en persona le daba por visitarla en sueños? Aquello ya era más de lo que su mente podía soportar.

"¿Te has planteado lo fútil de tu lucha contra mis ejércitos? Tarde o temprano acabarás hundida en un charco de tu propia sangre a las puertas de mis dominios."

Oh, por favor... no lo soportaba... no soportaba el dolor de cabeza que aquella conversación sobrenatural estaba trayendo consigo...

"Al igual que tu Emperador, tu destino está ligado o a servirme o ser destruida en el proceso."

La voz... la voz de aquel demonio le tentaba... le tentaba a abandonar todos sus proyectos y aliarse en el bando que surgiría vencedor... un bando que le proporcionaría poder, confort e inmortalidad...

¡Oh, Akatosh bendito! ¡¿En qué demonios estaba pensando?!

"En el fondo eres tan cobarde que te ves incapaz de asumir lo que tu corazón realmente desea."

¡Ella no deseaba nada de eso! ¡¿Qué sabría aquel demonio de su corazón y de sus deseos...?!

"La sangre no miente nunca: anhelas el poder y tu incapacidad por admitirlo te desgarra por dentro como la indeseada criatura que portas en tu seno."

¡Que dejase en paz a su... a su... a lo que quiera que fuera que estuviera gestándose en su vientre! ¡Era suyo y ella hacía lo que le daba la gana con ello!

"Eres patética."

Ah, no. Insultos sí que no. Ya se había hartado de que otros la menospreciaran de ésa manera.

- ¡Tú sí que eres patético, Dagon! ¡¿No tienes otra cosa mejor que hacer que tratar de convencer a un insecto como yo de que se una a tu bando?! ¡Das puta pena!

Ahí entonces, cuando su voz se había alzado poderosa en mitad de aquella densa nube de dolor y miedo, Tempest había sentido los cielos rojos de Oblivion caer sobre su cabeza para envolverla en aquellas espirales infernales de electricidad.

"Estás tentando mi paciencia, humana. Y no te conviene. ¡NADIE rechaza al Príncipe Daédrico del Caos y la Destrucción impunemente!"

Y, lentamente, asfixiándose entre las nubes escarlata y notando cómo cada miembro de su cuerpo se agarrotaba a causa de la electricidad circundante, Tempest se fue sumiendo poco a poco en la fría oscuridad.

"No quedará nada de ti que el futuro pueda recordar, mortal, pues siempre has sido anónima." - le fue diciendo la sombra cada vez más tangible del demonio, sus ojos amarillos brillando peligrosamente en el hielo de la negrura donde Tempest se estaba hundiendo - "Tus hazañas permanecerán para la Historia en el anonimato así como tu nombre. Nadie recordará a la débil y cobarde humana que una vez trató de desafiar los designios de un Destino sellado en sangre y fuego."

El frío se le metió por la boca, por las fosas nasales... por cada orifico de su cuerpo hasta convertir su organismo en una helada cáscara vacía donde permanecería atrapada... para toda la Eternidad.

- ¡NO!


Le despertó un súbito zarandeo en su hombro izquierdo.

- ¡Milady, milady! – exclamó la voz de Eyja en mitad de la telaraña de sueño - ¡Tempest, despierta por favor!

Tempest boqueó, le apartó la mano de un empujón mientras se incorporaba en la cama medio grogui y, acto seguido, se inclinaba hacia un lado y vaciaba el contenido de su estómago miserablemente sobre el encerado.

Eyja esperó pacientemente a que acabara, le limpió la boca con un paño limpio y se dispuso a limpiar aquel desastre mientras respiraba finalmente aliviada de tener a su empleadora consciente.

- Joder Eyja, tronca, mira que te tengo dicho hasta la saciedad que no me llames "milady" ni mierdas de ésas, coño… - refunfuñó Tempest finalmente con voz ronca, de evidente mal humor no ya solo por la pesadilla, sino por lo mal que se encontraba en aquellos instantes. No sabía qué era peor: si soñar con Mehrunes Dagon o adolecerse del mal cuerpo que el... la... criatura dentro suya dejaba tras de sí – Akatosh... ¿cuánto tiempo llevo dormida?

- Tempest, llevas durmiendo desde las siete de la tarde de ayer. – dijo la nórdica con evidente alivio en la voz y observándola muy cuidadosamente – Y son las ocho… de la tarde del día siguiente. Llevas durmiendo veinticinco horas, pensé que la droga que te dio la bruja ésa podría... haberte dejado catatónica.

- Entonces supongo que el hecho de que haya expulsado los remanentes de la misma es una buena señal. - observó la chica suspirando pesadamente – Y eso que la individua me dijo que el efecto no duraría más de dos horas...

A Eyja le recorrió un desagradable escalofrío por la espalda al pensar en Falanu Hlaalu, aquella bruja loca dunmer a la cual no se acercaría ni a dos metros de distancia para tocarla con un palo.

- Ésa individua es de lo más asqueroso que te puedas echar a la cara, Tempest. Yo no digo nada, pero si le gusta zumbarse a los muertos... ¿quién no te dice que no le guste también aprovecharse de la gente inconsciente que acude a ella?

A Tempest no se le había ocurrido pensar aquello hasta ahora y pronto, otra ola de náusea se extendió por su cuerpo y amenazó con volver a hacer de las suyas en su presente delicadeza de estómago.

- Ugh... - replicó poniéndose una mano en la boca para contener sus arcadas.

Eyja suspiró.

- Bien, ¿ahora vas a contarme qué es eso del embarazo y de querer abortar?

Tempest se quedó mirando un punto entre los bordados de la colcha de su cama, no muy decidida a hablar.

- Pues eso. – bisbiseó finalmente – Que me acosté con un tío y ahora estoy embarazada. – explicó – No tengo muy claro qué voy a hacer ahora, pero lo que es seguro es que la idea de abortarlo se me ha quitado de la cabeza con todo lo vivido en casa de la dunmer. Si lo tengo que parir lo pariré y ya está.

La nórdica asintió pensativamente. Al menos parecía que el asunto no era fruto de ninguna violación ni nada por el estilo. De ser así ella sería la primera en decir que se deshiciera de la criatura.

- ¿Lo darás en adopción? - preguntó Eyja sentándose en el borde de la cama – No es por meterme, pero tienes una casa muy grande, fondos que te respaldan y no creo que te gustase oír lo que tengo que decir de los orfanatos, ya sean de Cyrodiil o de mi tierra, Skyrim. Los críos pasan mucha hambre y sufren muchas penurias.

Tempest asintió. Que se lo dijeran a ella, ya conocía sobradamente cómo iba el tema de los orfanatos. Y tampoco es que le desease un destino semejante a un bebé.

Otra vez lo estás llamando "bebé", ¿qué coño te pasa? ¿Ahora resulta que sí quieres ser mamá?

Supuso que tampoco la perspectiva sería tan terrible como se le antojaba ahora. Cambiar pañales, dar el biberón y mecer tampoco es que fueran cosas del otro mundo.

No se encontraba lo que se dice muy preparada para asumir la responsabilidad de una criatura... pero, pensándolo bien, los niños le gustaban. Eran dulces, tiernos y gritones sacos de actividad con patas. Criar uno de ellos no podía ser tan malo...

Y, cuanto más le daba vueltas al asunto, más descubría que sus miedos eran del todo infundados. La única cosa que le aterrorizaba del asunto es de quién era hija aquella criatura.

¿Debería contárselo?

Pfff... ¿y para qué? - pensó amargamente - ¿Para que coja y te dé dinero con objeto de que vuelvas con la Hlaalu? Eso sería muy propio de él...

Nada, descartado. Estaba decidido.

- Me lo voy a quedar. – dijo lentamente a la expectante nórdica a su lado – Total, creo que no voy a tener pensamiento de casarme ni nada para tener más hijos. Y aunque eso ocurriera: el que venga que apechugue con que tengo ya un bebé; y si no le gusta, que se joda.

Vale, ya has vuelto a llamarlo "bebé"... supongo que todo es irse acostumbrando.

La enorme mujer a su lado sonrió levemente.

- ¿Vas a comprarle una cuna o algo por el estilo? - preguntó para cambiar de tema a uno menos... desagradable.

- No sé, supongo que sí.

- Los niños necesitan muchas cosas, ya puedes ir ahorrando.

- Ya, bueno, es lo que hay.

- No se las compres a Gunder, ése no tiene ni puñetera idea de cómo son las mercancías necesarias y de calidad para un bebé.

- Descuida. - asintió la muchacha.

- ¿Ya sabes de cuánto estás?

- Estoy de dos meses o por ahí, no sé cuándo nacerá, son nueve meses ¿no?

- Sí, son nueve meses. – respondió la mujer automáticamente para, un segundo después, dejar caer la tan temida pregunta – Pero… bueno... a todo esto: ¿y el padre?

- El padre está por ahí, perdido en lontananza. – replicó la chica haciendo un gesto vago con la mano, no tenía ganas de tocar ése tema.

Eyja tampoco siguió preguntando, Tempest no quería dar detalles y ella tampoco era ninguna chismosa; además, teniendo en cuenta su experiencia con los hombres, sabía de sobra que el acostarse con mujeres para ellos era una cosa de lo más normal que no conllevaba lazos afectivos de ninguna clase y muchos se lavaban las manos con el asunto de niños fruto de relaciones fuera del matrimonio. A ellos les bastaba con negarlo o no reconocer a niño como suyo y quitarse el problema de encima. Siempre eran ellas las que tenían que cargar con la etiqueta de "mujeres fáciles" y criar al niño solas.

Sintió rabia, rabia por ella, rabia porque cada vez que iba al mercado Gunder la observaba con aquella mirada mezcla de desprecio y burla que parecía restregarle en la cara todas las veces que la había usado y lo poco que ello había significado para él.

Rabia por Tempest, porque muy probablemente a ella le hubiera ocurrido lo mismo y a algún cabrón se le hubiera antojado aprovecharse de ella en un momento dado para luego hacer como si nada hubiera pasado.

Todo esto no eran más que especulaciones, naturalmente, pero su actitud dejaba muy claro que al padre le importaban un bledo ella y el bebé. La omisión solo era otra forma de echar tierra al asunto.

Eyja se sintió entonces solidaria, identificándose con Tempest y con su situación y se juró que estaría allí para ayudarla, que no le dejaría afrontar esto sola.

Y sonrió. Se obligó a hacerlo.

- Bueno. – dijo la nórdica esquivando ágilmente el tema de nuevo - ¿Ya sabes lo que es?

Tempest negó con la cabeza.

- Ni idea, tampoco sé ni cómo lo voy a llamar ni he pensado posibles nombres ni nada. Todo ha ido demasiado rápido y no he sopesado nada, ya ves que hasta hace solo un día me lo quería sacar de encima, así que... – suspiró pesadamente y miró a la mujer frente a sí - ¿Tengo que ir a ver a una matrona o algo así?

- Es lo más aconsejable. – asintió Eyja – Sería bueno que alguien que entienda te aconseje y te guíe porque yo, de estas cosas, entiendo lo justo y necesario me temo.

- Pues mira, ya sabes más que yo. – replicó Tempest en tono de chanza.

Y las dos se echaron a reír.

Eyja sabía que se estaba precipitando un poco en sacar a relucir el tema de la cuna y todo eso, pero no quería ver a su empleadora triste y la idea de un bebé en la casa le hacía ilusión; a veces se sentía tan sola en un hogar tan grande con solo un perro por toda compañía…

Puede que la chica aún no se hubiera hecho a la idea del todo, pero si ya daba síntomas de interés eso era buena señal. Y ella pensaba influenciarla para que siguiera pensando en aquella dirección. Se aburría demasiado y quería un poco de salsa en su vida… aunque fuera el hijo de otra persona.

Cuidar de otros siempre había sido el punto débil de la nórdica: le gustaba demasiado tener a alguien a su cargo para poder mangonearle en la dirección en la que ella, como nórdica orgullosa, creía más saludable. Aquella criatura crecería respetando a Talos, si no por la madre, por ella misma.

Y así transcurrió aquella apacible tarde invernal, ambas hablando de un ilusorio futuro con una criatura que, según pasaban las horas, crecía cada vez más cercana al corazón de ambas mujeres.


Lucien Lachance salió escaldado y cabreadísimo del Santuario subterráneo de Cheydinhal tras la pertinente regañina que Vicente Valtieri le había dispensado sin tener siquiera un poco, por no decir nada, del respeto que, como Portavoz, le debía a su Oyente.

- Gracias a tu "adicción" al peligro y a tu aparente búsqueda incesante a la caza de nuevos Portones que cerrar, aunque estén en el cerro del pimiento o ubicados prácticamente en lugares inaccesibles, has descuidado a tu Familia. - le había dicho el vampiro muy seriamente, la suya una voz cargada de exasperación y, para sorpresa del Hombre Oscuro, hostilidad – Tu autoridad como Oyente se tambalea dentro de la Mano Negra. Dos meses sin contratos son muchos meses, Lucien, hemos tenido que recurrir a los rumores para hacernos cargo de las peticiones de aquellos que realizan el Sacramento Negro. ¡Rumores, Lucien, rumores! ¿Te has parado a pensar hasta qué punto tu negligencia nos perjudica a todos?

Él había tratado de defenderse, de explicar en dónde había estado y lo que allí había acometido, su impotencia para escapar de las garras de Sheogorath y su insaciable sed de sangre, que parecía dominar a veces su mente por entero.

Pero aquello no había conmovido al Nosferatu ni un ápice

- Entonces, si tan descontrolado te ves, tal vez deberíamos reunirnos de nuevo en torno al sepulcro de nuestra Matrona Impía y pedirle que nombre Oyente a otro en tu lugar. - había sido su tajante respuesta.

Lucien no había podido creer lo que habían escuchado sus oídos. De hecho, aún no podía aún creérselo.

- ¡Soy mucho mejor Oyente de lo que Ungolim lo fue nunca! - había replicado airadamente al vampiro a escasos milímetros de su rostro - ¡La Madre Noche me eligió A MÍ de entre el resto de vosotros! - había añadido señalándose a sí mismo - Quizás el problema no solo sea yo, Vicente, sino todos vosotros, que os atrevéis a cuestionar el criterio de nuestra Señora.

Otra cosa no, pero en cuestiones de enfrentamientos verbales Lucien sabía cómo responder donde dolía para quedar siempre por encima de su interlocutor, cosa que a Vicente, con todos sus siglos de experiencia a cuestas, muchas veces le sacaba de quicio.

- Ungolim jamás falló al llamado de nuestra Señora, tanto como si hacía sol como si llovían rayos y truenos. - le había devuelto la pelota el no-muerto ácidamente – Al menos con él no teníamos que recurrir a artimañas de aficionados para seguir manteniendo nuestras creencias y el negocio a flote.

Lucien hasta aquel momento siempre había respetado a Vicente, siempre había buscado su consejo y siempre le había permitido tener un margen de confianza pese a que, con los años, había ido subiendo de escalafón en escalafón con respecto al vampiro y, como consecuencia, estaba en su perfecto derecho de exigirle respeto y obediencia.

Pero últimamente... no sabía si desde su conversión en licántropo o un poco antes, el bretón le trataba... con distancia, muy fríamente.

Al principio no había querido darse cuenta, pero la hostilidad entre ellos había ido en aumento y Lucien no podía soportarlo más, de tal modo que, tras la discusión y en su orgullo herido, había decidido encabronarse como un niño chico y odiar a Vicente.

No le importaba si el otro tenía razón o no, ¡él era el Oyente! Allí sus huevos mandaban.

Y punto.

Porque en lo que respectaba a ver quién tenía la polla más grande... Lucien, en su arrogancia y testarudez, se llevaba la palma.

Y hablando de testarudez...

Estos días, tras la estúpida pelea que había tenido con la dichosa mujer por aquella necedad de llorar a gritos, había permanecido metido en Fuerte Farragut como un animal enjaulado sin hacer ni el huevo, solo saliendo de vez en cuando a perseguir fieras o viajeros desprevenidos por los bosques como el depredador que era hasta saciar lentamente su sed de sangre. El perro no-muerto le había acompañado a lo largo de sus cacerías y había descendido junto a él al Santuario, donde lo había dejado al cuidado de la bretona Antonietta Marie quien, desde la muerte de la mascota oficial, la rata Schemer, había estado solicitando algún animal de compañía con el que alegrar el lugar. Él no podía ni quería hacerse cargo del animal y ahora deseaba estar solo.

Y tal vez hubiera sido consecuencia de aquella prologada ausencia lo que le había molestado a Vicente: que no se hubiera dignado ni a aparecer por el Santuario siquiera un día después que la chica... pero aquello no venía al caso.

La cuestión primordial era que seguía dándole vueltas al comportamiento de ella y la incertidumbre no abandonaba su mente y, por ende, no le dejaba dormir, comer o tan siquiera respirar a gusto.

Tenía intención de hablar muy seriamente con ella. Admitía que le tenía bastante obsesionado y aquel sinvivir le impedía mostrar siquiera una pizca del escaso buen humor que pudiera tener.

¿Por qué no había querido hacerle caso?, ¿por qué no le había dado la gana entender que estaba deprimido y cansado y no podía lidiar con histerismos salidos a saber de qué recoveco retorcido de aquella cabecita loca...? ¿Acaso era incapaz de valorar lo mucho por lo que había tenido que pasar en Shivering Isles para que ella anduviera juguerreteando por ahí con dos crías como si tuviera tres años?

Sithis, a veces era incapaz de entenderla.

Caminando entonces por las calles de Cheydinhal con su mal humor por montera, casi agredió a un dunmer borracho que le impidió un par de veces el paso por uno de los puentes del helado canal mientras cantaba a pleno pulmón y con la misma gracia que un troll con tutú la famosa "Asolador de Acantilados".

Lucien le había asido de la pechera y le había amenazado con tirarle contra el hielo del canal si no le dejaba tranquilo y en paz.

- ¿Quién... qué... eres... hora es...? - le había respondido el elfo beodo para, tras aquello, hipar felizmente y, en un arranque de malestar, casi vomitarle encima al imperial todo el alcohol que llevaba mamado.

- ¡Por Sithis! - se había apartado Lucien soltando al dunmer, asqueado de ver a un individuo vaciarse las tripas tan cerca de él y de su impoluta túnica negra - ¡Maldito borracho!, ¡al Oblivion contigo!

Y el tipo, al dejar de vomitar, había asido nuevamente a Lucien por el hombro ya que este se había dado la vuelta para marcharse dando de zancadas.

- ¡El Oblivion está ahí fuera! - le había tosido casi en las narices con su horrible aliento alcohólico para, tras aquello, echarse a reír - ¡Llevo dos horas diciéndoselo a los hideputas de los guardias y nadie me hace caso! ¡Hic!

Y Lucien, quien se había girado de nuevo para encajarle un puño en la mandíbula al plasta aquel, se quedó con el brazo levantado en el aire.

- ¿Cómo dices, elfo? - inquirió bajando la mano y asiendo nuevamente al hombre por la pechera – Repite eso que acabas de decir.

El otro se había vuelto a reír estúpidamente.

- Ah, pero el hijo del conde sí que me hizo caso. – dijo juguetonamente – Me gusta salir de vez en cuando de esta pútrida ciudad de mierda con sus pútridos impuestos de mierda para tomar el aire... y entonces fue cuando lo vi... ¡hic! - y, extendiendo los brazos hacia ambos lados como si quisiera abarcar algo muy grande, enfatizó sus palabras - ¡Una de ésas puertas infernales al Otro Mundo... hic!

Lucien le sacudió un par de veces ya no solo por los nervios, sino para despejarle de su nube alcohólica.

- ¿Dónde? - inquirió - ¿Cuándo?

- Allí fuera... ¡hic! Por el camino. - replicó el otro con guasa señalando con un dedo las distantes puertas de la ciudad – Hace... qué sé yo... ¿media hora? ¡Hic! - dicho lo cual se desasió del agarre del imperial y siguió cantando "Asolador de Acantilados" a base de gorgoritos como si la conversación mantenida hace unos segundos nunca hubiera dado a lugar.

Lucien observó consternado alejarse al beodo y pronto se llevó una mano a las sienes para masajeárselas y pensar medianamente con claridad.

Otro Portón. Otro maldito Portón para terminar de aguarle el día.

Estaba visto que, lo quisiera o no, aquella era solo una tarea para alguien como él.

Alguien entregado al subidón de adrenalina que el peligro proporcionaba en altas dosis para suplir lo muy asqueado que se sentía del mundo y sus mujeres incomprensibles.


Tempest había llegado a Anvil tras su corta parada en Kvatch donde, para su mucho goce y sorpresa, Savlian Matius, ahora nombrado regente con el apoyo de quien fuera antaño benefactor de la caída ciudad, Janus Hassildor, le había recibido con los brazos abiertos.

Kvatch ahora gozaba de relativa buena salud económica y podría defenderse bien de un nuevo ataque con los muros reconstruidos y la Guardia de la ciudad repleta de hombres valientes dispuestos a darlo todo por su hogar. Había sido toda una experiencia volver a ver la población regresada a su antiguo esplendor tras años de duros esfuerzos y mucho sacrificio. Tempest se alegraba de todo corazón por ellos y casi sintió vergüenza cuando Matius le preguntó si querría, junto a la estatua del héroe local, Antus Pinder, colocar una de ella; que estaba más que dispuesto a pagar a un escultor para tan honrosa tarea.

Dejando a un lado tan engorrosa petición, esperando que en el fondo se le olvidara el asunto al antiguo capitán de la Guardia, Tempest se había pasado a ver cómo les iba y también, para su mucha vergüenza y apuro, recordar a Matius su promesa de hacía unos meses con respecto a enviarles refuerzos para Bruma.

El hombre no se había negado.

No había podido ofrecerle tampoco mucho... pero una docena de hombres eran mejor que ninguno.

Con aquello ya había tenido a Kvatch y a la propia Bruma en su lista de aliados... ahora tocaba volver a pasar por el penoso proceso de VOLVER a recorrer las ciudades de una en una para insistir en su necesidad de efectivos que defendieran Bruma... aunque fueran dos o tres guerreros en calderilla... que Tempest tampoco pedía nada del otro mundo...

De este modo había llegado hasta Anvil en el mismo día por la noche y se había alojado, en vez de en el Gremio de Magos local para ahorrarse unas monedillas, en la posada "Las Armas del Conde", una de las que gozaban de mayor prestigio en toda la provincia debido no solo a su impecable gastronomía, sino a su servicio, discreción y pulcritud.

Porque ponte tú a pedir habitación en "El Cuenco a Rebosar" para que luego te encuentres las sábanas grasientas y llenas de pulgas... egh.

Ya el dinero no parecía importarle tanto a Tempest como antes. Sabía en qué podía gastarlo y cómo debía administrarse. Nada que pudiera volver a traerle de cabeza nunca más. El dinero no era más que otro insignificante de los muchos problemas gordos que debía afrontar.

Así pues había pedido una habitación para estar sola y a gusto, sin innecesarios y molestos ronquidos a su lado como en el Gremio de Magos, donde todo el mundo solía dormir a piñón en una misma sala equipada con varias camas; había cenado con frugalidad y se había ido a acostar temprano para ir despejada y fresca por la mañana a hablar con los condes de Anvil y, si hacía falta en última instancia al no obtener una respuesta positiva de ellos, amenazar con desvelar todo el entramado del Zorro Gris y de lo mucho que Corvus Umbranox había tenido que ver en él... solo esperaba que con aquella bravata no la metieran en la cárcel por lista.

Y, masajeándose en círculos la aún imperceptible tripa pensativamente, Tempest se había quedado dormida soñando con las muchas ganas que tenía de zamparse media docena de pastelillos de fresa hasta que un súbito ruido leve de arañazos en la puerta la había despertado bruscamente.

Levantándose a toda velocidad de la cama y tomando su katana akaviri de la silla donde la había dejado, Tempest observó en pie y preparada para lo que fuera, ver girar lentamente el pomo de su puerta hasta que esta se abrió y... al otro lado apareció algo que la dejó helada.

Primero fue la impresión de ver a una mujer enfundada en la armadura roja y plateada del Amanecer Mítico con una maza daédrica en la mano derecha, levantada y preparada para entrar en combate... para, una vez Tempest bajó la vista rápidamente, observar que el pecho de la susodicha agente sectaria se hallaba perforado por un acero imperial.

- Ya te tengo, maldita bastarda. - dijo una voz conocida tras las espaldas acorazadas de la enmascarada para, sin muchos miramientos, empujarla con el pie hacia delante haciendo que esta cayera de bruces contra el suelo enfrente de una muy alucinada imperial, quien al instante, al ver quién había sido su salvador, se puso blanca del susto.

Porque detrás del cuerpo inerte de la ahora muerta agente del Amanecer Mítico (una guarda roja marinera que habitaba con los de su especie en el "Fo'c's'le", una taberna del puerto dedicada a toda la escoria de altamar), se hallaba, espada en mano, nada más y nada menos que el mismísimo Hieronymus Lex en persona.

A Tempest le tembló un momento el acero akaviri en la mano e inmediatamente quiso salir corriendo una vez el hombre alzó la vista del cadáver para observarla a ella.

Los dos se quedaron un minuto entero mirándose el uno al otro sin decir nada.

- ¿Tempest? - dijo él primero rompiendo aquel incómodo silencio que se había cernido sobre ambos, totalmente descolocado.

La chica tragó saliva.

- Ehm... - musitó sin mucha convicción – Hola, Lex.

El hombre bajó la espada, se la enfundó en el cinto y le dio una mirada de extrañeza a la muchacha.

- ¿Qué haces...?, quiero decir... - comenzó el capitán, igualmente inseguro e igualmente incómodo con aquella situación que, por nada del mundo, se hubiera esperado justo aquella noche – Esta mujer venía a...

- Sí. – le cortó ella suspirando pesadamente y guardando a su vez su propia arma en su correspondiente vaina – Es... complicado.

Ahí hubo otro momento de silencio hasta que el hombre carraspeó para aclararse la garganta y, de paso, poner en orden sus dispersas ideas.

- Esta individua que acabo de despachar venía cometiendo actividades sospechosas por las afueras de la ciudad, pero hasta ahora no podía encausarla. - expuso automáticamente, como si estuviera dando el reporte de rigor – No obstante el allanamiento de propiedad privada, forzar una cerradura y tratar, como obviamente te habrás dado cuenta, de asesinar a alguien... a ti en este caso... me han dado ya los motivos suficientes como para intervenir a tiempo.

- Sí... gracias. – respondió Tempest sumamente tensa al mismo tiempo que se sentaba en la cama y observaba al otro con cara de no saber muy bien qué decirle – Si necesitas que testifique o algo diré eso mismo que tú has dicho.

Y el capitán no se lo pensó dos veces y, pese a que, dado su rango, podría haber cerrado el caso él mismo sin necesidad de absurdas formalidades, se llevó a la joven hasta el cuartel de la Guardia de Anvil para hacerle firmar una declaración de lo que había visto mientras otros soldados se llevaban el cuerpo de "Las Armas del Conde" para transportarlo hasta la casa del enterrador local.

Mientras escribía y firmaba su declaración, Tempest pudo notar que el capitán la observaba fijamente desde el otro lado de la mesa de su despacho y aquello le trajo a la memoria aquel tiempo distante en que se conocieron. Todo parecía tan casual... tan surrealista...

- Tempest.

El agarre que los dedos de la chica tenían en torno a la pluma con la que estaba escribiendo se tensó.

- Me gustaría saber en qué nuevo lío te has metido para tener tras tuya a una de las agentes de ésa secta que ha estado abriendo Portones al Oblivion durante estos últimos dos años por toda Cyrodiil y sus provincias vecinas.

La muchacha había alzado prontamente la cabeza, boquiabierta.

- ¿Les conoces? - inquirió - ¿Sabes quiénes son?

El capitán asintió gravemente desde el otro lado del escritorio, apoyando los codos en él y dejando el mentón apoyado sobre sus puños juntos.

- Desde que tuve por fuerza hace unos meses que... moverme de la Ciudad Imperial a aquí, Anvil, a consecuencia de ciertas influencias malhechoras que prefiero no nombrar, en mi camino me topé con una de ésas puertas... Y aunque no me paré a observarlo detenidamente, sí he estado en los últimos meses recolectando la suficiente información que me ha permitido ubicar a la secta de Mehrunes Dagon que los ha estado abriendo. - explicó – Y mi deber con la gente de Anvil, gente que ahora protejo, es mantener los ojos abiertos por si ésos bastardos decidieran operar aquí y dejarnos como Kvatch hace dos años... o Bravil hace una semana.

Vaya... eso desde luego explica el por qué estás aquí y no persiguiendo tus obsesiones en Waterfront... tal vez el conde Umbranox, como gesto sentimental hacia su anterior ocupación, haya tenido algo que ver con tu repentino cambio de puesto. - pensó Tempest dejando la pluma dentro del tintero.

- ¿Cuál es tu relación con ésa gente, Tempest? - insistió Lex.

- Ugh... - rezongó ella.

- No me vengas con "ugh", hablo en serio. Debes decírmelo si quieres protección durante tu estancia en la ciudad. Ésa mujer no era la única sospechosa de la gente que vive aquí.

Tempest tomó aire. Y lo tomó muy despacito.

- Los Cuchillas. - dijo finalmente.

El hombre imperial se echó para atrás en su asiento lentamente.

- ¿Disculpa?

La chica se mordió un carrillo y detuvo el movimiento compulsivo que su pierna derecha había estado haciendo todo este tiempo a causa del nerviosismo.

- Ya sabes... la Guardia personal del Emperador... - dijo con un hilo de voz.

- Sé perfectamente quiénes son los Cuchillas, Tempest. - replicó el capitán gravemente – Y ahora dime: ¿qué tienen que ver ellos con lo que estamos hablando?

Ella suspiró.

- Desde la muerte del Emperador Uriel Septim hemos estado rastreando a ésa gentuza para desbarajustar sus planes y restablecer de nuevo en el Trono al último Heredero de la Dinastía de los Septim: Martin Septim, hijo ilegítimo de Uriel. La secta, el Amanecer Mítico, están detrás de los Cuchillas para irnos masacrando e impedir que Martin tome el poder.

Con tan pocas palabras, la cantidad de información que acababa de dar al capitán excedía todo cuanto el hombre hubiera podido imaginarse.

- ¿"Irnos"? - preguntó el imperial, incrédulo – Tempest, ¿me estás diciendo por casualidad que eres...?

- De los Cuchillas, sí.

- ¿Desde hace cuánto?

- Desde antes de que tú y yo nos conociéramos.

El hombre se llevó entonces una mano a la frente y, tras masajearse las sienes, se pellizcó el puente de la nariz.

- Podrías haberlo dicho antes, ¿sabes? - musitó finalmente con voz derrotista.

Tempest entonces frunció el ceño.

- Se supone que es secreto, ¿sabes? - replicó remarcando la última palabra.

Lex suspiró. Ella no lo entendía. Las cosas podrían haber ido mucho mejor entre ellos dos si le hubiera dado en su día por contarle que su enervante inclinación hacia los líos venía dada por su profesión, una Cuchilla del Imperio, nada menos.

Ahora ya daba un poco igual, pero... aquella revelación le escocía más de lo que le hubiera gustado admitir.

No obstante nada dijo, pues ya de nada servía darle vueltas a cosas que no tenían solución. Era evidente que las vidas de ambos habían dado muchas vueltas desde la última vez que se vieran y, para colmo de males, la situación actual del Imperio con aquella amenaza desde el Oblivion fluctuando cada vez más cerca de sus ciudades no era un panorama lo que se dice muy propicio para cerrar viejas heridas.

No hablaron mucho más salvo las formalidades pertinentes y la petición por parte del capitán de que, en caso de que Tempest necesitase ayuda con el tema de la secta de Mehrunes Dagon, fuera a hablar con él sin dudarlo. El hombre estaba más que dispuesto a colaborar con el Imperio.

La muchacha imperial agradeció sin muchas ganas las buenas intenciones del hombre y, saliendo definitivamente del cuartel hacia el aire frío de la noche, marchó de nuevo a "Las Armas del Conde" a dormir lo que quedaba de noche en otra cama que el posadero le asignó para que no tuviera que dormir en una habitación con el suelo manchado de sangre.

El único problema fue que, con todas aquellas emociones negativas que el encuentro con el capitán había despertado en ella, no pudo pegar ojo.

Por la mañana se iba a despertar con unas ojeras que no se las quitaría ni Santa Alessia en persona.


Deslizándose con toda la precaución del mundo y conteniendo la excitación que la adrenalina producía en su cuerpo, Lucien Lachance fue avanzando paso a paso el tramo de rampa hacia abajo por el interior de las montañas volcánicas que debía atravesar para llegar hasta al otro lado del muro exterior y poder tener pleno acceso a la torre principal.

Encontrar el camino no había sido tarea fácil, pero lo bueno era que las Dimensiones asignadas al dominio de las Tierras Muertas del Oblivion cumplían casi siempre con un mismo patrón de distribución, y eso era lo que las perdía frente a un explorador tan curtido y avezado como lo era el Hombre Oscuro: si no se encontraba el camino por las buenas tras dar varias vueltas, lo más seguro fuera que, para pasar al otro lado, hubieras de meterte o en otra torre que comunicase con la principal o en una de las cuantiosas cuevas subterráneas que atravesaban por dentro las montañas volcánicas de la zona en forma de múltiples y laberínticos pasillos donde lo más sensato, a la hora de salir al otro lado, era tirar niveles abajo en rampa hasta localizar la puerta de salida.

Había ya superado la custodia de un par de clannfears adultos y de varios diablillos achaparrados sin que ni siquiera los olfatos de las criaturas, por efecto del inmenso calor de las cuevas, pudieran detectarle al tener sus propios fluidos tan diluidos en el ambiente como los del humano intruso.

Pasó sin pena ni gloria en silencio e invisible al ojo humano los achicharrantes pasillos de magma solidificado y pronto dio con la pertinente salida hacia el exterior en forma de puerta membranosa.

Lo que no se esperó fue lo que encontró al otro lado.

En mitad de las llanuras volcánicas de aquel Plano de pesadilla se hallaban decorando el suelo de piedra volcánica, desperdigados aquí y allá, varios cadáveres de seres humanos enfundados en juegos completos de armaduras de acero con severas quemaduras en sus rostros y cuero cabelludo... la única parte visible de sus cuerpos ya que, sin duda y por las muchas muescas y magulladuras en el acero de las corazas, debían de haber muerto no solo a consecuencia de las quemaduras, sino por la paliza de la que habían sido objeto a manos de las infernales criaturas que allí habitaban.

Todos ellos habían muerto con sus respectivas armas en mano y, los que aún conservaban el rostro o parte de él, presentaban una mueca congelada de terror tan horripilante que el imperial hubo por fuerza de mirar a otro lado de la impresión.

Y, finalmente, agazapados tras una roca quedaban los remanentes de tan penoso batallón que había acabado en desastre: dos hombres, un humano y un mer, observaban alerta tras su escondite a un drémora de alta graduación patrullar la zona mientras sostenían en sus manos trémulas sus insignificantes armas: una espada corta el humano y una daga el elfo. Posiblemente hubieran perdido sus armas principales batallando contra las criaturas de aquel Plano y ahora no supieran muy bien qué hacer con lo que tenían a su disposición.

Pero Lucien Lachance no necesitó más que su cuchillo para deslizarse sigilosamente tras el demonio, asirle violentamente del collarín de la armadura desde atrás y degollarle de un movimiento limpio y preciso.

Y justamente cuando ya iba a marcharse, una mano metálica le asió con fuerza y rapidez de uno de los laterales de la túnica.

- ¡Muéstrate! - ordenó entonces la voz del mer, un muchacho joven de raza dunmeri que, contra todo buen juicio, había decidido averiguar quién era el misterioso intruso invisible que les había quitado al demonio aquel de en medio - ¿Eres algún mago del Gremio?, ¿te envía mi padre?

Lucien Lachance entonces se desasió con brusquedad, se quitó el anillo de invisibilidad del dedo enguantado y se giró para encarar a aquel niñato temerario.

- Ya era hora de que alguien llegase. - le reprochó el joven - ¿Qué te ha hecho demorarte tanto...? - y en ése preciso instante, con la sorpresa pintada en su hermosa faz, entornó los ojos como si escudriñara el rostro del encapuchado frente a sí – Un momento, yo te conozco. Tú has venido algunas veces al castillo para hablar con mi padre en privado y has asistido a varias fiestas en la mansión de Vista Rivereña. ¿Quién eres?

Lucien le dio una arrogante mirada de desafío.

- Ésa pregunta no tiene respuesta para ti, Farwil Indarys. – replicó con sequedad haciendo especial hincapié en el nombre del chico, el hijo del conde de Cheydinhal – Tu padre, desde luego, no tiene aún idea de la clase de niñito caprichoso y descerebrado que ha criado. ¿Qué hacéis tú y los de tu calaña metidos en un Portón de Oblivion sin tener ni la más ligera noción de cómo se cierran?

Aunque ofendido por el tono insolente de aquel humano desconsiderado, Farwil hinchó pecho y se cuadró muy dignamente como el Caballero que pretendía ser.

- Somos miembros de los Caballeros de la Espina. - explicó orgullosamente - Hemos jurado proteger Cheydinhal de toda amenaza; por ello, hemos entrado por el Portón de Oblivion a fin de cumplir nuestro juramento.

Lucien le observó aburrido mientras enarcaba muy elocuentemente una ceja oscura y se cruzaba de brazos apoyando todo el peso del cuerpo sobre un pie.

- Somos Caballeros que han jurado conservar las leyes de Cheydinhal. No tememos a nada ni a nadie y atacamos con la rapidez y certeza del rayo. - prosiguió el muchacho sin percatarse de la mirada cargada de escepticismo que el encapuchado imperial le estaba dirigiendo en aquellos instantes - Muchos desean unirse a nosotros, porque somos de lo mejor que hay. Solo unos pocos elegidos podrán unirse a una de las mejores fuerzas que jamás han conocido las tierras de Cyrodiil. - ante esto, Lucien no pudo evitar rodar los ojos - Hasta ahora solo éramos siete, pero atacábamos como si fuéramos un regimiento. - continuó Farwil emocionado - Nuestros enemigos tiemblan cuando nos acercamos y titubean ante nuestra carga. ¡HUZZAH! - exclamó alzando su ridícula daga en alto como si fuera el arma más potente que el ojo humano hubiera podido contemplar nunca.

Lucien se abstuvo de bostezar. Aquel crío era idiota.

- Los demás Caballeros y yo nos dispusimos a dar buena cuenta de este oprobio que manchaba nuestro magnífico mundo. Cuando llegamos, nos vimos desbordados. - insistió el dunmer como si le hubieran dado cuerda - Yo mismo fui capaz de matar quizá a cuarenta pero no dejaban de aparecer. Solo quedamos Bremman y yo con vida. No obstante, ahora que estás aq...

- Oh, por amor de Sithis, cállate ya, niño. - bufó Lachance descruzándose de brazos, harto de tanta palabrería – Largaos ya tú y tu criado de aquí. Yo cerraré el Portón.

Ambos jóvenes, tanto el otro imperial, Bremman, como Farwil, le dieron una mirada ofendida al encapuchado de negro y presentaron sus ridículas armas al frente.

- ¡No descansaremos hasta alejar esta lacra de nuestra ciudad! - exclamó el elfo oscuro muy dignamente - ¡Te seguiremos allá donde vayas y nos enfrentaremos a las criaturas de este Plano como los Caballeros que somos!

Lucien se palmeó la frente con el canto de la mano produciendo un ruido seco. Sithis bendito... que él tuviera que aguantar a semejantes idiotas pisarle los talones en una misión que requería del sigilo y la ocultación...

Comenzaba a echar de menos la compañía de aquella mujer enervante que, si bien era una histérica, sabía estarse calladita cuando la situación lo requería.

Cedió muy a regañadientes a que le acompañaran y, si bien les previno de que la capacidad de pasar desapercibido lo era todo, Farwil Indarys tenía otros planes para su grandilocuente misión en lo que a su ego de hijo de papá respectaba.

Tras recoger armas más decentes de sus caídos compañeros con las que defenderse, al dunmer no se le ocurrió otra cosa, además de llevarle la delantera a Lucien sin saber en realidad por dónde ir hasta que el imperial le indicase lo contrario, que pillar por banda a enemigo que veía, enemigo que atacaba sin pensar al grito de "¡HUZZAH!".

Al cabo de varios sustos y de tener que lidiar con los peligrosos enemigos que el maldito crío atraía con su mucha temeridad, Lucien acabó asiendo al hijo del conde del collarín de su armadura y levantándole en vilo, armadura y todo, con su sobrenatural fuerza de licántropo, le sacudió como si fuera un vulgar pelele.

- ¡Condenado niñato estúpido! - ladró Lachance mientras le zarandeaba con toda la rabia que le cabía en el cuerpo - ¡Si no fuera porque matándote tendría a medio castillo de Cheydinhal pisándome los talones, te juro que te ensartaría vivo en mi espada y te ponía a cocer a fuego lento sobre el magma de este maldito Infierno! ¡Estate QUIETO y CALLADO de una puñetera vez!

De primeras aquello obró milagros en la psique de Farwil, quien en su vida había sido tratado tan rudamente y, de lo anonadado que se sintió ante aquella falta de respeto hacia su estatus de noble, calló los primeros veinte minutos.

Pasada la susodicha cantidad de tiempo, volvió a la carga y, de nuevo a grito de "¡HUZZAH!", desafió el buen juicio del encapuchado imperial hasta que este, harto, en una de ésas se giró en su dirección y, sin avisar ni mediar palabra alguna, le cruzó la cara de un bofetón.

Aquello hirió lo indecible el orgullo del joven y, gritando como un energúmeno en mitad de los pasillos carnosos de la torre principal, desafió a un duelo de espadas a aquel osado imperial que en nada valoraba su condición de noble.

- ¡Enfréntate a mí, truhán! - exclamaba altísono - ¡Nadie golpea a un Caballero de la Espina y queda impune de su afrenta! ¡Enfréntate a mí, te digo!

Sin embargo, pese a las muchas ganas que le dieron de darle una lección en esgrima al botarate aquel, Lucien optó por sencillamente ignorarle y prosiguió con su lento y silencioso ascender por las rampas de piel y tejido sin mirar atrás, dejando que aquel par de necios hicieran lo que mejor les conviniera. Él ya no se hacía responsable de lo que pudiera ocurrirles.

A partir de ahí avanzaron más rápido, ya que él ni se detenía para supervisar a los otros dos y ellos por su parte no se paraban a hacer el estúpido ensañándose con la primera criatura diabólica que tuvieran a tiro.

La Piedra Sigil fue retirada finalmente de su correspondiente lugar y... todo habría ido de perlas si no llega a ser porque Farwil Indarys volvió a la carga con aquello de desafiar a un duelo de espadas al encapuchado imperial.

Con aquel griterío se les echaron encima los vigilantes drémora que, hasta el momento, habían permanecido ignorantes de su presencia. Y, en aquel instante, sí que hubo que cruzar las espadas.

Lucien batalló con toda su rabia y arrojo hasta que la Dimensión de Oblivion se desvaneció ante sus ojos y, con ella, todo enemigo que hubiera podido superarles.

Pero aquello no eliminó el súbito rencor que el Hombre Oscuro había desarrollado en un instante hacia el temerario y caprichoso hijo del conde.

- Tú... - siseó entonces notando la rabia salirle a borbotones por la boca en forma de venenosas palabras al tiempo que volvía a asir de nuevo al muchacho por el collarín de la armadura – Necio imbécil...

- ¡No huyas de mí! - exclamó Farwil tratando de desasirse sin éxito - ¡Te he desafiado y has de darme satisfacción!

Sin embargo, acercándose peligrosamente al oído del chico, Lachance dio su golpe maestro.

- ¿Darte satisfacción?, ¿a ti, dunmer? No vales ni mi tiempo ni mis esfuerzos. Tal vez sea una cosa de familia lo de ser tan miserable.

- ¿Qué...?

- Tu padre, chico, es una vil sabandija que de no tener asuntos con él que tratar a la hora de administrarnos no merecería ni el oro que nos pagó cuando quiso solventar su... "pequeño problema conyugal".

Farwil abrió los ojos desmesuradamente ante aquellas palabras y comenzó a temblar bajo el agarre del hombre.

- Tú... - balbuceó – Vosotros...

- Exactamente, niño: nosotros.

Dicho lo cual le soltó y, dándose media vuelta, dejó al inmóvil elfo oscuro de pie, paralizado en mitad de la nieve del exterior, a las puertas de los restos del clausurado Portón.

Bremman, el compañero imperial y último superviviente de los caídos Caballeros de la Espina junto con el propio Farwil, llegó hasta el muchacho y, tras observar alejarse al furibundo imperial en mitad de la nieve hasta que su silueta se perdió en la distancia, giró su cabeza y observó con gesto consternado el semblante repentinamente oscurecido de su camarada y amigo.

- Farwil, ¿qué te ha dicho ése hombre? - preguntó.

Pero el hijo del conde no respondió y, entornando los ojos, envainó nuevamente su espada de acero en su funda y se arrebujó en su capa verde y marrón con el escudo de armas de Cheydinhal bordado en ella para guarecerse de la amenaza de tormenta de nieve que ambos intuían por levante.

- Volvamos al castillo. – dijo sencillamente – Tengo... algo urgente que investigar.


- Entendemos la postura de Bruma y que, de un modo u otro, la Dinastía de los Septim haya de ser continuada, si no por la línea oficial, sí por la del descendiente más directo de Uriel Septim. - la condesa Millona Umbranox, autoproclamada cabecilla y oradora dentro de su matrimonio con el recientemente reincorporado al poder Corvus Umbranox, explicaba a la muy impaciente muchacha de cabellos verdes su punto de vista político acerca de cómo debían de ir las cosas – Pero... ¿tenemos la plena certeza de que este tal Martin sea, efectivamente, hijo suyo?

- Cuando recuperemos el Amuleto de Reyes podremos dar credibilidad a su legado, Señora. – dijo Tempest con tranquilidad mientras se frotaba inconscientemente el vientre con la mano derecha formando círculos – Pero para eso antes debemos tenerlo en nuestro poder y... si no nos ayudáis, malamente podremos resistir el asedio a Bruma de uno de los Portones al Oblivion.

- Bruma tiene hombres de sobra para resistir un asedio. - razonó la condesa.

- No de este alcance. - replicó Tempest comenzando a desesperarse por la burocracia de la que requerían aquellos temas – Recordad qué sucedió hace dos años en Kvatch. Al parecer emplearon una máquina de asedio que supera con creces cualquier fuerza militar de la que dispongamos.

- ¿Y de qué serviría nuestro apoyo entonces?

- De resistencia y distracción mientras un Agente nuestro se infiltra en el Otro Plano y desbarajusta el anclaje principal.

La condesa lo consideró unos instantes mientras su callado marido, el anterior Zorro Gris, le daba una mirada de comprensión a la chica. Su esposa era una buena mujer... pero era del todo inflexible en lo tocante a dejar su ciudad desprotegida.

- Me gustaría decir que puedo ayudaros. - comenzó Millona Umbranox gravemente – Pero, al igual que la vez anterior cuando viniste pidiéndome esto mismo, he de negarme ya que mis efectivos también son limitados y no puedo arriesgar la seguridad de Anvil por una causa que puede o no ser lícita. - expuso – Así pues, con gran pesar, repito que he de neg...

- Señora, si me permitís. - dijo repentinamente una voz que se propagó en eco por la amplia estancia del castillo a la par que su dueño entraba en la misma – Quisiera intervenir, con vuestra venia.

Tempest se giró sorprendida para observar cómo Hieronymus Lex en persona, embozado en su brillante armadura, caminaba a grandes trancos hacia ella y se posicionaba a su lado.

La chica le dio una mirada interrogante y, cuando fue a abrir la boca, Lex le hizo un gesto de que no hablara.

- Capitán Lex. – asintió Millona observando con simpatía al hombre, una de las personas más competentes que tenía bajo su autoridad – Hable, si es su deseo.

- Lo es, mi Señora. – convino Lex haciendo una educada reverencia con la cabeza – Quisiera pediros que reconsiderarais la petición que esta joven os está realizando.

La noble dama echó un momento la cabeza para atrás.

- Capitán... – comenzó a decir con el ceño fruncido – No podemos permitirnos enviar ni un solo efectivo a Bruma. Vamos justos de personal.

- Tenemos hombres de sobra, mi Señora. Aumenté el mes pasado el cupo de nuestros efectivos en caso de alarma. - argumentó Lex muy sereno - Por una docena que enviéis no supondrá una gran diferencia.

- ¿Y si nos atacan? - cuestionó ella – Primero fue Kvatch, ahora Bravil. Nosotros podemos ser los siguientes.

- Estaremos preparados. – aseguró el hombre – Yo mismo despaché anoche a una de las sectarias de ése culto que ha estado abriendo Portones al Oblivion por todo Cyrodiil. Me he informado pertinentemente de quiénes son y cuáles son sus intenciones: quieren al Heredero muerto. Si persiguen a ése tal Martin que dice ser hijo de Uriel Septim será porque en verdad lo es. No podemos darle la espalda al Imperio cuando más nos necesitan.

La condesa consideró esto último y le dio una mirada dubitativa a su marido.

Corvus Umbranox se limitó a sonreírle y asintió con la cabeza. En lo profundo de su ser deseaba ayudar con la causa imperial ya que, por extraño que pareciese, creía en ella.

O, para ser más precisos, creía en la chica frente a ellos que la representaba.

Y Millona Umbranox volvió la vista de nuevo para observar a la joven de cabellos verdes con una mirada de duda.

- ¿El Canciller Ocato aprueba esto? - preguntó finalmente.

Tempest suspiró.

- El Canciller aprobará toda medida que se tome en consideración con la Causa Septim, pero no intervendrá en ella. – expuso – Me hizo saber hace no mucho que los ejércitos imperiales están comprometidos en las otras provincias y que nuestras ciudades habrán de defenderse solas. - en esto que alzó la vista y miró largamente a la condesa a los ojos – Os lo ruego, Señora, os necesitamos. Aunque sean seis hombres, seis hombres más que tendremos para luchar a nuestro lado.

Finalmente, la resistencia de la noble dama quebró y dio su pleno consentimiento para enviar no una docena, sino treinta hombres a Bruma para ayudar en su defensa.

No era mucho, pero fue más de lo que Tempest hubiera podido esperar.

- Te agradezco que me hayas apoyado, Lex. - le dijo al capitán una vez ambos hubieron abandonado la sala de recepciones y hubieron encaminado sus pasos hacia la salida – Sin tu ayuda no creo que hubiera conseguido mucho de ésa mujer. No estoy hecha para la diplomacia.

- Millona Umbranox es una gobernante que se preocupa mucho por su gente. – dijo el hombre encogiéndose de hombros mientras caminaba por las calles de Anvil al lado de la muchacha con suma lentitud – No es que no le guste cooperar, es que barre de puertas para adentro. Primero está su responsabilidad para con su gente. Después viene su responsabilidad para con el Imperio.

- Entiendo. - asintió la chica y de súbito calló. Hasta ahora no se había percatado conscientemente de que estaba hablando con su ex-novio y el pensamiento le dio dolor de estómago.

O tal vez sea el bebé, que me deja la tripa hecha un cisco.

Entre estas y otras cosas sin solucionar que tenía plagándole la mente de preocupaciones, no se dio cuenta de que el hombre le seguía hablando hasta que repitió su nombre por tercera vez consecutiva.

- Tempest, ¿me estás escuchando?

La chica pegó un bote mientras caminaba. Y el diminuto feto gestándose en su interior también botó como simpatizándose con el ánimo de su madre.

El capitán, al ver que la chica le observaba casi con susto, suspiró.

- Te estaba diciendo que la última vez que nos vimos, sin contar ayer, no partimos... lo que se dice en muy buenas relaciones y...

- No quiero hablar ahora de eso, Lex. – dijo la chica rápidamente girando su cabeza en dirección contraria al hombre.

El capitán frunció el ceño.

- Pero yo sí. Quisiera que hablásemos las cosas para solucionarlo.

- No hay nada que solucionar, Lex.

- Oh, yo creo que sí.

Tempest entonces, recordando aquella súbita furia que le hizo en su día mandarle a hacer puñetas, comenzó a mosquearse. No quería hablar del asunto y punto.

- Mira Lex, paso de comerme la cabeza por cosas que pasaron hace un año. - argumentó girándose de nuevo bruscamente hacia el hombre – Lo hecho, hecho está. No le des más vueltas de hoja, por favor.

- Tempest, no podemos estar siempre a malas el uno con el otro por lo que ocurrió aquella vez. - expresó él comenzando a frustrarse - ¿Sabías que te estuve buscando antes de que me reasignaran aquí? Quería solucionar las cosas como es debido... pero tú nunca me diste la oportunidad de hacerlo. Te evaporaste en el aire, no volví a tener noticias tuyas hasta el día de ayer.

Tempest pegó un pisotón en el suelo como un caballo encabritado, no tenía ganas de seguir oyendo majaderías.

- Bien, pues se ve que con tu obsesión por el maldito Zorro Gris no moviste el culo lo suficiente como para encontrarme, porque he estado unas cuantas veces en la Ciudad Imperial. - bufó enfadada - Las suficientes como para oír incluso cómo te ensañaste con Waterfront con ésas redadas de mierda en las que te la sudaban los críos de los pobres. – y antes de que el otro pudiera abrir la boca para defenderse, Tempest se dio la vuelta para marcharse – Adiós.

Y se fue caminado a grandes zancadas que, dada su corta estatura, no eran nada en comparación con las zancadas que el capitán daba a su vez para alcanzarla. Era ridículo, la situación era ridícula de por sí sola: un capitán de la Guardia persiguiendo a una enana cabreada por todo Anvil. Si no hubiera llegado a ser porque era demasiado temprano para que las calles estuvieran llenas, hubieran dado un buen espectáculo.

- ¡Por Talos!, ¿quieres hacer el favor de esperar un momento, Tempest? - le dijo el hombre, jadeando de andar tan deprisa con la armadura encima.

- Pasa de mí, Lex. Humo.

- ¿Podrías estarte quieta un momento y dejar de actuar como si fueras una niña enfurruñada?

Y otro igual que le soltaba la misma estupidez. Estaba harta, harta de las chorradas que el jefe y Lex le decían. Le daba igual si aquello era uno de tantísimos cambios de ánimo repentinos que el estar embarazada le reportaba. Se sentía indignada y no quería hablar una mierda. Punto.

Y ambos siguieron en la misma dinámica de perseguirse y huir el uno del otro hasta que llegaron a las puertas de la Capilla de Dibella y, en un arranque de mala uva, Tempest se metió a toda velocidad en el edificio con la esperanza de despistar al insistente capitán... hasta que se encontró con que más le hubiera valido no hacerlo.

Pegando un agudo chillido que reverberó en eco por toda la estructura, Tempest se apoyó contra una de las bancadas de oración del lugar y comenzó a notar cómo el corazón le martilleaba dolorosamente en el pecho. Empezó a sudar frío y sintió unas repentinas náuseas que ya, dado su estado, no se le hicieron extrañas.

Guiado por el grito de la joven, Hieronymus Lex entró a toda velocidad en el edificio y no creyó lo que vieron sus ojos.

El lugar había sido profanado. Y de un modo atroz.

Esparcidos miserablemente por el suelo y por el ensangrentado altar de oración hallábanse los restos mortales de los sacerdotes y sacerdotisas de la capilla, troceados y descuartizados de un modo salvaje, horrible, como si muchas cuchillas a la vez se hubieran hundido en sus cuerpos hasta dejarlos en aquel estado.

El resto del lugar había sido arrasado: las paredes quemadas, las alfombras desgarradas, las cristaleras rotas, la dorada estatua de Dibella quebrada y desfigurada, el altar, otrora blanco y prístino, inutilizado y regado en carmesí... y, lo más desconcertante y terrible de todo aquello: un mensaje en daédrico sobre el suelo del mismo altar escrito con la sangre de las víctimas.

Haciendo acopio de fuerzas y de estómago, Lex agarró con fuerza a la histérica muchacha imperial por los hombros y la sacó a rastras del edificio hacia el exterior. Tras aquello dio la voz de alarma y, más pronto que tarde, tuvieron a más de las tres cuartas partes de la Guardia de Anvil registrando la zona en busca de pistas y posibles sospechosos.

Tempest no habló durante todo el proceso, traumatizada como estaba, y se quedó sentada a las afueras del edificio, atendida por varias mujeres del lugar, entre ellas la argoniana Cálamo-Diestro, quien se había puesto a recopilar rápidamente todos los datos posibles en lo concerniente a tan horrendo crimen sacrílego.

- Dicen que todos los sacerdotes y sacerdotisas de la Capilla de Dibella han sido asesinados. ¡Nadie sabe quién lo hizo! - comentaba la gente, escandalizada - Aún no puedo creérmelo. Trevaia, Laralthir, Dumania... ¡todos muertos!

Pero Tempest no les oía, cansada y débil como se sentía. La muerte se gestaba a su alrededor con tanta facilidad... que no podía creer lo viva que aún estaba para contemplar las atrocidades que se incidían sobre el género mortal día tras día sin que nada ni nadie pudiera impedirlo.

- El capitán de la Guardia está considerando, al parecer, una lista de sospechosos que tiene en su haber acerca de esta gentuza que ha estado abriendo Portones al Oblivion. - informó Cálamo-Diestro una vez hubo obtenido, a cambio del pertinente oro, lógicamente, información de uno de los guardias que investigaban el caso – Lo único que les preocupa es que, al parecer, las heridas no parecen a simple vista hechas por armas convencionales. Y luego están ésos símbolos daédricos que se han encontrado escritos en sangre que...

- ¡Oídme, oh pueblo de Cyrodiil! - exclamó la voz de un hombre que se alzó poderosa y altísona en medio de todas las demás.

Tanto la deprimida Tempest como el resto de ciudadanos se giraron para ver quién había hablado en mitad de todo aquel alboroto.

Un hombre, un solo hombre imperial, anciano y de desgarradas vestiduras ajadas se hallaba en pie con los brazos levantados dirigiéndose desde el patio de columnas frente a la capilla a todos y a nadie en particular de aquella congregación de vecinos curiosos, preocupados y morbosos.

- ¡Mirad bien la Capilla de Dibella! Mirad los rostros de los muertos. Ése es vuestro futuro. ¡El mal ha regresado, y Los Nueve necesitan un Campeón! - proclamó - ¿No hay nadie dispuesto a defender a Los Nueve? ¡Ahora los Hijos de Mara claman venganza desde más allá de la tumba! ¿Cuántos más han de morir a manos de Umaril? "Soy Cyrodiil Venido", dijo. El viejo Reman, nacido de la tierra que es Al-Esh. Sin embargo, ahora despreciaría esta tierra. ¡Arrepentíos! Y de nuevo digo, ¡ARREPENTÍOS! La sangre de los masacrados acólitos de Dibella clama venganza. ¡Venganza! ¿Quién emprenderá esta Sagrada Cruzada?

Tempest pestañeó un par de veces y, contraria a la fascinación que las crípticas palabras del viejo parecían haber obrado sobre la ahora callada multitud, enarcó una ceja mientras se masajeaba el vientre.

Otro yonki pasado de rosca con el skooma. - pensó meneando la cabeza significativamente – Akatosh bendito, los del "Mensajero del Caballo Negro" se iban a poner las botas con esta historia. Seguro que hasta le pedirían una exclusiva al viejo loco este para que diera su opinión.

- ¡Amor y misericordia! ¿Aún pensáis que estoy loco? - prosiguió el hombre, ajeno a la mirada de incredulidad que la muchacha de verdes cabellos le estaba dirigiendo tan elocuentemente - ¿Quién será el próximo que caiga por la sangrienta venganza de Umaril? Los Ocho y El Uno necesitan un Campeón, un Cruzado de los dioses que renazca.

¿Umaril?, ¿Los Ocho y El Uno? ¿De qué coño habla este tío? Dioses, la gente cada día está más gagá...

- Pelinal "Descarga Blanca" derribó una vez a los enemigos de los hombres y de los dioses. ¿Quién reclamará ahora sus reliquias y volverá a combatir por la fe verdadera? - hablaba, incansable, el anciano loco - ¡Hay maestros de la tradición entre vosotros, mentes tan cargadas de conocimiento que no pueden levantar los ojos a los cielos para ver la verdad allí escrita! Versado en la sabiduría de Los Ocho era, Pelinal, el Inculpador y el Campeón de los Hombres. Y, aunque dispersa, nos dejó una advertencia. ¡No la ignoréis! - advirtió - Umaril ha vuelto, como predijo la cabeza de Pelinal al Toro de Kyne en los días del viejo Cyrodiil. ¿Quién hará el Camino de los Peregrinos como hicieron los Caballeros de antaño?

Ante tal silencio dirigido hacia la voz de un solo hombre, Hieronymus Lex emergió de entre la multitud y, posicionándose inadvertidamente al lado de Tempest y las mujeres, se cruzó de brazos y escuchó el resto del discurso procesando cada palabra e intentando descifrar su significado.

- ¡Sube la marea de sangre! - gritó el orador - ¿Nadie emprenderá esta Sagrada Cruzada? ¿Nadie hará el viejo Camino de los Peregrinos? ¡Oh, infeliz Tamriel! ¿Dónde está tu Cruzado de los dioses en estos postreros días de mezquinas luchas y hombres menores? - clamó con tristeza en la mirada - Umaril, sí, tus hijos conocen ese nombre si tú no. El alcaide del miedo de pavorosa leyenda. ¿Creéis que es un mito? ¿O que está muerto? ¿No habéis oído el Abadal-a? "Mejor hubiera muerto creyéndome victorioso. Aunque fue arrojado más allá de las puertas de la noche, regresará. ¡Estad alerta! Ya no puedo proteger a las huestes de los hombres del desquite de Umaril." Así habló Pelinal en la hora de su muerte.

Tempest entonces, aburrida por aquel discurso del todo incomprensible para ella, suspiró, se giró un momento y frunció el ceño al observar que el capitán de la Guardia había vuelto a localizarla y estaba de pie a su lado.

Se incorporó, fue a marcharse y pegó un bote en cuanto notó la mano acorazada del hombre cernirse sobre su frágil brazo.

- ¿Qué haces? - le espetó, molesta.

- Shhh, escucha. - replicó Lex llevándose el índice de la mano libre a los labios.

La joven le dio una ceja enarcada por toda respuesta.

- ¡El Impetuoso ha venido durante la rotura de los Portones! - exclamó el orador, llamando por vez primera la atención de Tempest al haber mencionado la amenaza desde Oblivion - ¡Su perversidad dorada acabará rápido con todas las armas salvo las de su antiguo enemigo, "Descarga Blanca"! Una vez abierto, al Portón no le preocupa quién pasa por él. Nuestro antiguo enemigo ha regresado de las profundidades del tiempo para ejecutar su venganza sobre los dioses. Los dioses, Los Ocho custodios de San Pelinal cuando derrotó a Umaril, el Impetuoso...

Espera, ¿está diciendo este tío por casualidad que ése tal Umaril al que no conoce ni su padre ha aprovechado la coyuntura de los Portones al Oblivion para venir a escupir a los dioses en la cara? - pensó Tempest, captando por vez primera el oculto significado tras las complejas palabras del hombre - Y, si así fuera, ¿por qué mierda los llama Los Ocho y El Uno? Son Los Nueve, de toda la vida, vamos...

- ¿No hay oídos para oír las advertencias? ¿No hay ojos para ver la rotura de la Rueda? - persistió el orador al ver que sus palabras, aparte de fascinación, no ejercían ningún otro sentimiento sobre el público que le escuchaba - Los Ocho y El Uno solo favorecen a los rectos. ¡Y escasos son los que quedáis! ¡El ladrón ha dado con la cerradura que no puede forzar! ¡El guerrero, con el enemigo que no puede derribar! ¡El mago, con el conjuro que no puede pronunciar! ¡En verdad, esta es la Era de la Serpiente y el Vacío que sigue! ¡Los guardianes han caído y nadie queda para velar por sus cargas, y todos los cielos festejan ahora a los Príncipes del Desgobierno!

Nada, nadie parecía entender de qué les estaba avisando. Tan solo había silencio, un silencio embobado, un silencio de curiosidad y respeto... pero no de la valentía y arrojo al que les estaba conminando.

- Y Talos dijo al Arctus: "¡Seamos uno solo para fortalecer este trono, esta tierra, este pueblo, cada uno glorioso bajo el cielo!" - intentó una vez más, insistiendo - ¿No haríais vosotros lo mismo, hijos de Cyrodiil? ¡No, no lo haríais! ¡Es evidente! ¡Apartasteis la mirada cuando las llamas ardían, y ahora que se han apagado, andáis perdidos! ¡Solo queda muerte para Tamriel! ¡Muerte y Olvido!

Olvido... ¿se referirá al Oblivion en sí o a algo que ocurrió hace ya tanto tiempo que las lenguas y la propia Historia ya lo han olvidado...? - siguió razonando Tempest en su cabeza.

- "Que toda reciprocidad sea una pulga de aserción en un lobo de nulidad." ¡Es por estas herejías que caéis en desgracia! - gritó el orador señalando a su mudo público con el dedo índice - ¡Qué vergüenza, pueblo de Cyrodiil, y más vergüenza por los hijos que libremente entregáis a las Fauces de la Destrucción! ¿Podéis sentirlo, pueblo de Cyrodiil? ¡La Gema Roja está cerca! ¡El Alma Suprema está hablando!

La Gema Roja... ¿el Amuleto de Reyes? - pensó nuevamente Tempest desasiéndose del agarre del capitán y poniendo sus cinco sentidos en el aparente deslavazado discurso del que, ahora lo veía claro, era una suerte de profeta – No lo entiendo... ¿qué dice este tío que sucederá si no prestamos atención ni hacemos la Sagrada Cruzada ésa de la que tanto habla?

- ¡Al-Esh está cerca! ¡Madre del Imperio! Llora por el caído Cyrod y todos sus hijos que la llaman hogar, pues en verdad ella es la madre de todos nosotros. Ciudadanos, la reina de las estrellas os pregunta: ¿dónde está su descendencia? ¿Dónde están los hombres que seguirán sus pasos? ¿De quién es la sangre que tomó el dragón? ¡Alessia! ¡Reman! ¡Talos! ¡Ellos requieren la sangre de sus congéneres para reavivar el Pacto del Dragón! ¡Ciudadanos, empuñad vuestras dagas! ¿No hay oídos para oír las advertencias? ¿No hay ojos para ver la rotura de la Rueda?

O sea... que lo de Al-Esh es Alessia por lo que este tío dice... ¿y dice que para reavivar el Pacto del Dragón, sin duda los Fuegos del Dragón, se requiere sangre? Es como si...

- Estudiáis meticulosamente vuestros polvorientos libros sobre la tradición. Os instruís en antiquísimas genealogías y linajes. - dijo el Profeta, mirando esta vez a los ojos de la única persona de cabellos verdes a las que sus palabras parecían no caer en oídos sordos - ¿Buscáis la verdad en la sangre? Hay verdad en la sangre, pero no es la verdad que buscáis. La verdad está escrita en la sangre de los inocentes, ¡allí en la Capilla del Amor! ¿Es que no podéis leer las antiguas runas? "¡As oiobala Umarile, Ehlnada racuvar!" ¡Una maldición y una amenaza para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír! ¿Es que ninguno de vosotros entiende ya la Antigua Lengua? "¡Por el eterno poder de Umaril, los dioses mortales serán abatidos!"

Tempest pegó un respingo al oír aquello.

- El mensaje. - dijo en voz baja.

Hieronymus Lex se giró hacia ella y le dio una mirada de no entender.

- ¿Qué dices, Tempest? - preguntó.

La chica entonces le tomó de los hombros acorazados.

- ¿Es que no lo ves? ¡Ése tío está diciendo que las letras en daédrico que había a los pies del altar de la capilla son un mensaje, una amenaza!

Lex entonces alzó la vista y, tomando del brazo a la chica, se abrió paso a empellones entre la multitud hasta alcanzar al exaltado Profeta.

- ¿Quién igualará las hazañas de Sir Amiel y sus compañeros cuando atacaron al Wyrm de Elenglynn para recuperar la Coraza del Cruzado? Pensad esto: lo que ha ocurrido hoy aquí es solo el principio. - dicho lo cual finalmente cesó en su discurso y observó a la pareja de imperiales que se le había plantado frente a las narices para echar la cabeza un momento para atrás, sorprendido - ¡Caramba! ¿A qué debo este honor? No soy más que un humilde profeta. ¿Qué os trae hasta mí?

El capitán le observó gravemente y, al percatarse de que aún seguían rodeados de gente, soltó a Tempest y se giró alzando los brazos.

- ¡Suficiente por hoy! - exclamó - ¡Que cada uno vuelva a su casa o a lo que quiera que estuviera haciendo! ¡Dispérsense ciudadanos!

La multitud, contrariada, hizo lo que se le ordenaba, acompañado todo ello de sendas quejas hacia la autoridad, y pronto solo quedaron en el patio de columnas el capitán de la Guardia, la pequeña Heroína de Kvatch y el misterioso anciano que decía ser profeta.

Lex entonces, una vez se vio a solas con el individuo aquel, volvió a girarse y se cruzó de brazos.

- Si mal no hemos interpretado su muy ardiente discurso, maese, me parece a mí que tiene unas cuantas cosas que explicarnos. – comenzó muy seriamente – De tal modo que, por la autoridad que me ha sido conferida como capitán de la Guardia de Anvil, le conmino a que nos hable del incidente que ha tenido lugar esta mañana en la Capilla de Dibella.

Tempest rodó los ojos discretamente ante tan pomposo discurso. Definitivamente todos los hombres con los que había estado involucrada resultaban ser, a las claras, unos pretenciosos de narices.

- Esto solo es el principio. Umaril ha regresado, como predijo Pelinal "Descarga Blanca" al expirar su último aliento. - repuso el viejo imperial con toda la naturalidad del mundo como respuesta.

- Conozco la leyenda del Cruzado de los Dioses, Pelinal "Descarga Blanca" y de su enemigo, el Ayleid Umaril. Los volúmenes de la Canción de Pelinal son un clásico de toda la vida, maese. – repuso Lex sin dejar su pose seria y profesional – Pero no comprendo qué tiene que ver con el ataque a la capilla.

- ¡¿No entiendes nada?! - exclamó el viejo entonces, frustrado por no hacerse entender a oídos tan obtusos como los de aquella gente - ¡La sangre habla! Puedo leer las antiguas runas, si tú no eres capaz. "¡As oiobala Umarile, Ehlnada racuvar!", en lengua de los Ayleids. "¡Por el eterno poder de Umaril, los dioses mortales serán abatidos!" Una maldición contra los antiguos enemigos de Umaril, y una amenaza.

El capitán le dio entonces una mirada fija a la joven Tempest, quien se la devolvió con un gesto que venía a indicar claramente un "Te lo dije".

- ¿Me está diciendo por casualidad que este horror sin precedentes es obra de Umaril, maese? - inquirió Lex volviéndose a girar en dirección al Profeta - ¿Y cómo puede ser eso cierto si la raza de los Ayleid lleva milenios muerta?

- Umaril fue derrotado por Pelinal "Descarga Blanca", pero su espíritu sobrevivió, y ahora ha regresado para vengarse de los dioses. - dijo el Profeta sencillamente – Era un rey hechicero, esta revelación no debería sorprenderos a ninguno en realidad.

Tempest se encogió de hombros. Para ella, que batallaba contra el Oblivion todos los días y se había metido de cabeza en el Plano del Dios Loco por gusto y propia voluntad, nada le parecía extraño ya.

Sin embargo, el escéptico capitán a su lado estaba hecho de otra pasta.

- Muy bien, digamos que le creo, maese, y suponemos que Umaril ha regresado. – bufó Lex sin mucha convicción - ¿Qué manera propondría usted para cazarle y detenerle?

El Profeta entonces meneó la cabeza de lado a lado pesarosamente.

- ¡Ea! Nadie puede detener a Umaril. No sin la ayuda de los dioses, no sin las Reliquias del Cruzado. - adujo - Sin un Campeón, los dioses se verán impotentes para actuar. Pero, ¿quién de entre nosotros es digno de empuñar las armas del Cruzado de los Dioses? - añadió mirándoles, primero a la chiquilla pálida de ojos azules, luego al fornido capitán de la Guardia.

Levándose una acorazada mano a la frente y pellizcándose el puente nasal en un gesto de sumo agotamiento, Lex decidió que aquella conversación no le iba a llevar a ningún lado.

- Bien, eso es todo, maese. – suspiró – Puede retirarse a hacer... lo que quiera que usted haga en su día a día. Simplemente no entre en la capilla de momento. La hemos declarado clausurada.

El otro hombre suspiró también, viendo que de nada serviría aquello.

- ¡Oh, pueblo mío! ¿Quién te salvará de la destrucción? ¿Es que no hay nadie digno de ser tu Cruzado? - se lamentó.

Tempest entonces se alejó de allí y, aunque todo aquel discurso le había parecido la cosa más surrealista del mundo, decidió que no le apetecía nada de nada obedecer a la Ley y se infiltró de vuelta a la Capilla de Dibella en busca de pistas que pudieran demostrar que lo que aquel hombre decía no era ninguna falsedad. Aquel tipo, pese a la desconfianza inicial de la chica, había dicho, si bien de manera muy críptica y retorcida, unas cuantas verdades. No se merecía que le tomaran por loco.

Sin embargo, al introducirse en el edificio y ver de nuevo el panorama, por segunda vez le embargaron las náuseas. Y hubiera echado hasta la primera papilla de no ser...

- ¡JODER! - exclamó la chica a voz en cuello eludiendo, por milímetros, un fuerte mazazo en todo el mentón.

Cayendo de espaldas y rodando por el suelo hasta casi caerse por las escaleras que daban a la zona subterránea de la capilla, el Salón de los Muertos, Tempest no pudo ni intuir qué la estaba atacando ya que hubo de centrarse más en la cantidad de golpes que tenía que eludir a la carrera para no acabar hecha puré.

Corrió por toda la sala con los pasos metálicos de su atacante aproximándosele por segundos hasta que se abalanzó contra la puerta de la calle y salió por patas hacia el frío del exterior.

- ¡Por Akatosh! - chilló al aire hasta desgañitarse - ¡Que alguien me ayude!, ¡que alguien haga algo!

Corrió hacia el patio de columnas frente a la capilla y asió al Profeta, quien estaba dando otro nuevo discurso a gentes más receptivas, por los hombros hasta que el hombre se calló, miró en la dirección de lo que la chica estaba huyendo y se quedó blanco del susto.

- ¡Los esbirros de Umaril! - chilló el viejo asiendo a la muchacha de una manga y poniéndose a correr a su vez pese a su avanzada edad - ¡AURORANOS!

Inmediatamente cundió el pánico y las pocas gentes que había tenido el hombre de público se dispersaron, pues lo que este decía era verdad: enfundado en una armadura dorada cuyas grebas, brazales y coraza imitaban las plumas de un ave a la vez que sus botas metálicas eran una perfecta reproducción de las garras de un águila y su casco, a través del cual no se podía ver el rostro del atacante... o la criatura que quiera que fuese, imitaba también un pico y unas alas; se erguía amenazadora una figura humanoide que, maza en mano, profería sonidos distorsionados en otra lengua.

E iba derecho hacia la pequeña muchacha que había esquivado hasta ahora sus ataques.

Pero pronto se cruzó en su camino la acorazada figura de Hieronymus Lex quien, espada en mano, resistió la carga del atacante desconocido y, de un empujón, le desequilibró lo suficiente como para tirarle y, antes de que el ser pudiera reaccionar y levantarse, ensartarle el corazón certeramente con su acero imperial.

La criatura profirió un chirriante sonido de dolor y, poco a poco, fue perdiendo las fuerzas hasta impactar con su casco en el suelo y, antes de que el capitán pudiera siquiera tocarle, se desvaneció en polvo dorado que echó a volar prontamente con el viento invernal.

El Profeta y Tempest, que se habían quedado arrinconados y abrazados el uno al otro de miedo contra el muro de la ciudad portuaria, tragaron abundante saliva y, mientras la chica comenzaba a reírse histéricamente con lágrimas en los ojos, el viejo exclamó sin soltarla:

- ¡Auroranos!, ¡la plaga de Umaril! ¡¿Ahora me creéis?!

Hieronymus Lex nada dijo, jadeante y con los ojos como platos, bajó su arma y decidió que tendría otra pequeña charla con el viejo.

La amenaza de la que tanto les había advertido en su fogoso discurso no es que solo fuera real... es que era, por no hallar una mejor palabra para definirlo, tangible.

Y, como siempre para no variar, su muy problemática ex-novia estaba en el maldito centro del meollo del asunto.


Nota de la autora: larguísimo el capitulillo, ¿eh? Empezamos con el otro DLC de Oblivion: Caballeros de Los Nueve. No iré paso a paso ni le daré tanta relevancia como he hecho con Shivering Isles, pero tendremos que pasar por el proceso de recuperar las reliquias, levantar una Orden muerta de sus cenizas y derrotar a Umaril... con una Tempest embarazada, un capitán de la Guardia cansino y un Lucien celosón jajajajajaja

Tule91: ya irás viendo si el bebé es una pequeña Tempest, un mini-Lucien o un híbrido entre ambos jajajajaja, gracias por todo tu apoyo. En cuanto a la pregunta sobre Tempest sobreviviendo a su descendencia en Skyrim... ya se verá cuando postee mi segunda parte de esta historia "Antihéroe" y todas tus dudas quedarán solucionadas... aunque no creo que te esperes cómo lo voy a plantear jajajajaja ^^

Bueno, estamos a domingo, es tarde y mañana me toca currar D: Estoy deseando terminar las prácticas y ponerme a tope con esto, que ahora solo puedo aprovechar los espacios de tiempo libre que tengo entre unas cosas y otras. ¡Nos leemos! ^^