¡Hola! ¿Cómo están? Yo, bien. Recién acabo de termiar este capítulo, espero les guste. No hago más introducción aburrida, sólo les pido los últimos esfuerzos para llegar a este final tan esperado (que falta poco).
Contesto reviews:
AdileneJzpe: espero no te hayas muerto en la espera xD. Aquí más de todos, pronto pronto el reencuetro de los Kurosaki.
stheff perdomo: tu ansiedad y tu espera ha tenido frutos, aquí parte de lo que me pides. Espero te guste, besos!
pbdbgt: Kaien llegó e hizo estragos xD. Espero tu próximo comentario y que tengas más qué decir, jeje. Besos!
Chi002: Mmm... ¿Te estarás adelantando? No lo sé... por lo pronto, lee! Jajaja, besos
Yukime-san: Gracias por confiar, y por haberla leído toda. Gracias!
– Ven, monstruo – Kaien extendió su brazo derecho hacia un lado y el viento comenzó a arremolinarse a su alrededor. Sus ojos estaban fijos en los de Dragón. Un sentimiento extraño, que nunca jamás había sentido antes, comenzaba a aparecer en su pecho. Necesitaba deshacerse de ese monstruo, debía hacer lo que jamás habría podido hacer antes. Y sabía que era el único que podía logarlo. – Kokoro, ¡te traeré de regreso! – afirmó, hablándole como si ella pudiese escucharlo. Mientras, avanzaba lentamente hacia el hollow. – Sangre y arena se mezclan en el viento – comenzó a levantarse arena alrededor de Kaien – ¡Levántate y mata! – la presión que ejercía el reiatsu del chico era casi insoportable. Ulquiorra llevó a Orihime más lejos y los demás respiraban con dificultad. – ¡Sabaku Saru! – su zampakutoh apareció en su mano, resplandeciendo.
– ¿Una zampakutoh? – comentó por lo bajo Juushiro, sin creer lo que veía.
– Al parecer Kaien ya no es un humano corriente – comentó con humor Kisuke, queriendo aplacar a su amigo. Pero, realmente estaba sorprendido de lo que Kaien estaba provocando. Su reiatsu era devastador y sólo unos pocos de los presentes podían soportarlo. Desvió su mirada hacia Kira y Momo, que se alejaban lentamente del lugar llevando a Nezumi consigo. El Capitán Hitsugaya se mantenía estoico, en posición defensiva. Ulquiorra había llevado a Orihime hacia dentro de Las Noches, parecían estar conversando. Grimmjow observaba con seriedad la situación. Y Retsu miraba desde lejos.
– Humano – murmuró Dragón, apretando los dientes. El reiatsu que emanaba de ese chico era impresionantemente enorme y su cuerpo comenzaba a absorberlo. – ¿Sabes lo que haces? – sonrió, exhalando vapor por ambas fosas nasales. – Tu poder es mi mejor alimento – desplegó sus alas con violencia y arremetió contra Kaien, que continuaba mirándolo fijamente. Su expresión era dura y confiada. Empuñó con firmeza a Sabaku Saru y corrió con velocidad al encuentro con la bestia.
La colisión fue cubierta por una nube inmensa de polvo y arena. El único que se mantuvo erguido fue Grimmjow que no podía dejar de observar la situación. Los demás, se cubrieron.
– Maldito – susurró el felino. Podía sentir que el reiatsu de Kaien disminuía considerablemente a cada segundo. Y luego de la explosión, había bajado aún más. Apretó los puños dentro de los bolsillos de su hakama, pero no se movió de su lugar.
Cuando la polvareda se fue desvaneciendo, la figura de Kaien se dibujaba dentro de la nube. Mantenía ambos brazos sosteniendo la empuñadura de la katana y jadeaba. El filo de la zampakutoh ascendía diagonalmente y se clavaba en el pecho del gran dragón, que estaba estático. Cuando al fin pudo verse la escena completa, Grimmjow fue el primero en ver la sangre cubriendo la arena debajo del monstruo. Kaien seguía con su mirada fija en los ojos de Dragón, que comenzaban a apagarse.
– Lo has pensado bien, humano – la voz era arenosa y entrecortada. – No es el filo de la hoja lo que me derribó, sino tu… tu gran reiatsu – exhaló con dificultad.
– Déjala volver – ordenó Kaien con voz grave. Dragón sonrió.
– No será tan fácil – el chico retiró la zamapukutoh que se desvaneció lentamente. La presión que ejercía su poder espiritual comenzaba a ceder. El cuerpo de Dragón se desestabilizó y cayó al suelo, levantando una nueva nube de polvo. Kaien se dejó caer de rodillas y apoyó sus manos en la arena.
– Mierda – dijo. Podía sentir cómo el reiatsu de Dragón disminuía, pero no aparecía el de Kokoro. – ¡Hijo de puta! – gritó.
– ¡Déjame ir! – Orihime forcejeaba con Ulquiorra, que la sostenía de los hombros con firmeza. – ¡Ella…!– gritó, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
– Aún no podemos acercarnos, el reiatsu de Kurosaki es peligroso. No te soltaré – los ojos verdes de él se clavaron en los de ella, que apenas podía divisarlo entre las lágrimas. Lo único que quería era salir corriendo y ver con sus propios ojos, y sentir en sus propias manos el calor de esa niña arrancar. Tenía una esperanza, nuevamente pudo sentir esa sensación de plenitud que había olvidado. Llevó sus manos a su vientre.
Grimmjow se acercó sin vacilar. Se agachó junto al cuerpo del dragón, que aún permanecía allí. Respiraba levemente. Arrugó el ceño y miró a Kaien, que no salía aún del transe.
– ¡Ey, tú! – gritó. – ¡Acércate! – ordenó. Kaien pareció despertar y obedeció a Grimmjow. Se puso de pie con lentitud y caminó unos pasos hacia ellos. – Sabes qué hacer, ¿no es cierto? – Kaien lo miró con desconcierto. – ¡Eres un maldito shinigami! – gritó, tomando a Kaien de la ropa. – ¡Métete en su alma y tráela de regreso! – gritaba ofuscado.
– ¿En su alma? – preguntó confuso el pelinaranja. – Pero… yo…
– ¡Hazlo! – lo soltó con violencia. – ¡Tráela de regreso! ¡Lo prometiste! – Kaien miró el cuerpo moribundo de la bestia por unos segundos y luego cerró los ojos.
– Saru – llamó a su zampakutoh, – ¿podrías…?
– No
– Será… será lo último que te pida – casi rogó. Luego sólo vio una luz blanca que lo cegó.
En algún lugar del desierto…
Ichigo salió de ese lugar por la misma puerta por la que había entrado. Todo estaba diferente afuera. El aire era denso y podía sentirse un gran poder espiritual abarcándolo todo. Arrugó el ceño.
– ¿De quién es ese reiatsu? – preguntó Rukia, sin levantar su cabeza. Ichigo la miró de soslayo.
– No lo sé, es la primera vez que lo siento – no mentía, pero no cabía duda de que era un reiatsu shinigami muy poderoso.
– Un… shinigami – dijo ella tímidamente. – Hace mucho tiempo que no siento nada así – llevó la mano a su frente. – Se parece… – abrió los ojos, Ichigo lo notó. – Al… al tuyo
– ¿Al mío? – en ese momento se dio cuenta, aquel impresionante poder se parecía demasiado al suyo. Era avasallante. Rukia comenzó a temblar. – ¿Qué sucede?
– Nada – mintió. Le costaba respirar con esa fuerza espiritual en el ambiente.
– ¿Quieres que regresemos dentro? – Ichigo imaginó que estaba débil, pero realmente no quería regresar a ese lugar. Prefería averiguar quién era el dueño de ese reiatsu. ¿Podría ser de Kaien? Era una locura siquiera pensarlo, pero después de todo era su hijo y no esperaba menos de él. Rukia negó con la cabeza.
– Ya me acostumbraré – dijo y se aferró más al kimono negro. – Vamos
Arenas
Abrió los ojos. El lugar estaba devastado. Había escombros, muchos escombros. El cielo era rojo y se podía notar un sol negro que emanaba mucho calor. El sudor corría por su cuerpo. Sentía ganas de vomitar. Notó que sostenía su zampakutoh con la mano derecha.
Miró frente a él y vio un hombre. Llevaba un traje blanco que cubría desde su cuello hasta sus pies. También tenía guantes blancos y sus ojos eran rojos. El cabello era corto, bien peinado, color amarillo. El sujeto sonreía con malicia.
– Has llegado – dijo. – Soy Shiroshi – hizo una reverencia. – Y tú debes ser Kaien Kurosaki – se incorporó clavando sus ojos rojos en los de Kaien, que apretó la empuñadura de Saru.
– ¿Dónde está Kokoro? – Shiroshi soltó una risa.
– ¿Acaso no la ves? – preguntó con sorna. Kaien miró hacia los lados logrando divisar una especie de pedestal entre los escombros. Allí había alguien. Una joven de cabello negro y tez blanca. Llevaba unas prendas andrajosas. Estaba inconsciente, atada de pies y manos sobre una piedra, bastante magullada. – Veo que no la conoces bien – el sujeto se acercó a Kaien lentamente. – Ella es la Verdadera – afirmó, aún sonriendo. Kaien arrugó más el entrecejo. No entendía a qué se refería Shiroshi. – Era previsible que no entendieras – se detuvo a unos pocos pasos de él. – La Kokoro que tu conoces no es más que una quimera, es el resultado de que yo posea su alma – hizo un gesto artístico. Kaien apretó los dientes. – Y tú – lo señaló – te deshiciste de mi otra mitad – su rostro se volvió serio. – ¿Cómo lograste deshacerte de Kuroshi?
– Devuélveme a Kokoro – ordenó. Estaba demasiado enojado, tanto que dudaba de poder contenerse. Ese hombre no le gustaba y sentía que su reiatsu fluía a través de ese mundo, abandonándolo de a poco. Shiroshi sonrió nuevamente.
– Temo que no puedo hacer eso. Digamos que ella… me pertenece – Kaien no soportó más la ira y arremetió contra el sujeto, que sostuvo el filo de la katana con su mano desnuda. – Has perdido la fuerza, humano – quiso provocarlo. Kaien saltó hacia atrás.
– El que has perdido la fuerza eres tú – refutó y se lanzó sobre Shiroshi, dando un salto. Cayó sobre él con velocidad. El rubio detuvo el ataque con ambas manos, pero la sangre corrió sobre la zampakutoh. Kaien mantuvo la presión, obligando al sujeto a retroceder. – Devuélveme a Kokoro – insistió.
– ¿Qué harás si te digo que no? – volvió a provocarlo. Kaien sonrió.
– ¡Ahora! ¡Sabaku Saru! – gritó y un gran resplandor nació de la hoja de Saru, abarcándolo todo. Logró zafarse del agarre de Shiroshi y de un rápido movimiento, clavó la katana en el pecho de este. – Adiós – dijo, e hizo presión sobre el cuerpo del hombre hasta atravesar su corazón.
Kaien estaba inconsciente sobre la arena. Su reiatsu comenzaba a disiparse. Grimmjow permanecía junto al cuerpo del dragón, que aún respiraba. Ulquiorra sostenía a Orihime, y ambos miraban la escena. Nadie movía ni un músculo. De pronto, el cuerpo de la bestia resplandeció. Una ráfaga de viento lo envolvió y cuando volvieron a ver, el cuerpo de una niña había aparecido en la arena. Su pálido cuerpo estaba cubierto de sangre y cortadas. Su cabello negro y largo cubría su rostro y parte de su cuerpo.
– ¿Kokoro? – preguntó Grimmjow en voz alta, tomándola entre sus brazos. Orihime no pudo contenerse más y se soltó del agarre de Ulquiorra, corriendo junto a Grimmjow. El felino la miró a los ojos, que estaban inyectados de sangre y lágrimas que no querían salir. – No respira
