Capítulo 53
Desde las sombras, Lucien observaba. Las hermanas De Martell fueron a esa fiesta de inauguración del barco en la que solo primera clase estaría presente, estaban acompañadas de la pareja de hombres, y también de la niñera que cuidaba al bebé. Al pequeño Kol lo llevaban en un cochecito, y varias damas de sociedad se detenían a decirle a Caroline lo hermoso que era.
Lucien sonrió por eso, si Caroline iba con el bebé era porque no tenía intención de quedarse, solo estaría en la cena y luego iba a retirarse. Había escuchado también que ella decía que no estaba de humor para fiestas, en realidad para Caroline todo era triste, para Aurora todo era hermoso y el inicio de una nueva vida.
Y eso era lo que más satisfacción le daba. La ilusión que iba desvanecerse, la sonrisa que se transformaría en llanto, las risas que serían lamentos. Esa joven que estaba tan llena de vida y la esperanza de ser feliz estaría pronto en sus manos. Él sería el encargado de quitarle todo ese brillo, se lo iba a llevar y atesoraría hasta su final la imagen de los ojos llorosos de Aurora, de cómo poco a poco se quedaban sin vida. Su negocio era la muerte, pero él se alimentaba de la vida de otros. Se alimentaba de ilusiones, esperanzas, sueños. Todo se lo llevaba y lo coleccionaba. Las vidas que truncó eran suyas.
Tal como era de esperarse, Caroline terminó de cenar y se retiró con el bebé y la niñera. Bien, todo sería más fácil a partir de ese momento. Esa era la noche, no podía retrasarlo. Al día siguiente llegarían al puerto de New York y luego se iban en dirección a Brasil. El viaje sería bastante largo y no pararía en otro puerto, él no tenía la intención de vivir escondiéndose todo ese tiempo. Mataría a Aurora esa noche y bajaría en New York para seguir con su vida.
No sabía en cuanto tiempo los Mikaelson se enterarían de su hazaña, tampoco es que le importara mucho. El que ha sabido vivir debe saber morir, y él sabía que ese era su fin, pero no le atemorizaba. El que a hierro mata, a hierro muere, dicen. Sea pues.
La fiesta se puso algo entretenida, Aurora no se separaba de esos dos. Pero Lucien sabía que pronto lo harían, después de todo ambos eran pareja y querrían aunque sea unos minutos a solas. Por poco que sea, él lo iba a aprovechar. Tenía toda la paciencia del mundo, no se hacía problemas. Después de una hora de espera, llegó la oportunidad.
Aurora, Aiden y Josh salieron hacia cubierta para tomar un poco de aire fresco. Ahí conversaban, reían, celebraban el inicio de una nueva oportunidad. Ella dijo que se sentía un poco cansada y que regresaría pronto a su habitación, ellos se quedaron a su lado un momento, pero luego se excusaron. Querían ir también a su habitación, obviamente para tener intimidad.
—¿Te acompañamos? —preguntó Josh.
—Oh no, descuida. Quiero quedarme un momento más acá. Es una bonita noche. Nos vemos mañana en el desayuno.
—Bien, descansa —le dijo Aiden—. Que tengas buenas noches.
—Buenas noches chicos, nos vemos.
"Perfecto", se dijo Lucien con una sonrisa. Todo estaba saliendo a la perfección y tal como predijo que sucedería. Aurora estaba sola y desprotegida. La mayoría del personal estaba en el salón de la fiesta, y tampoco es que hubiera mucho pues más de la mitad de los pasajeros esperados subirían en New York. Caminó sigiloso a ella, llegó muy cerca, tanto que podía sentir su aroma. Aurora sintió la presencia de alguien y se giró rápido. Apenas lo vio soltó un grito de sorpresa.
—¡Por Dios! ¿Usted aquí, Lucien?— Estaba sorprendida claro, pero ya podía ver algo de susto en su mirada—. ¿Dónde ha estado todo este rato?
—Todo el tiempo aquí, Aurora. Mirándola a escondidas, contemplando su belleza —ella apartó la mirada incómoda, era bastante obvio que no le gustaba su presencia ahí—. Sabía que se iba a molestar si aparecía de frente.
—¿Por qué ha venido? ¿Klaus lo envió a vigilarnos a escondidas? ¿Es eso?
—No Aurora, vine por ti —intentó acariciar su rostro, pero ella retrocedió—. Vine porque necesitaba verte por última vez.
—Señor Castle, usted y yo no somos nada. Déjeme sola, no quiero verlo. Esto no es propio.
—¿Acaso no quiere escuchar lo que siento por usted?
—No —dijo muy segura—. No me interesa nada de usted, y esto es una locura. Déjeme decirle que si vino por mi está perdiendo su tiempo.
—Oh no Aurora, no he perdido mi tiempo para nada.— Rápido y con fuerza la cogió de un brazo y la llevó a un lado oculto entre las sombras, ella intentó soltarse pero no lo permitió.
—¡Déjeme! Voy a llamar a los guardias y...—No la dejó hablar, a la fuerza y sin respetar nada la besó. Sus besos no le importaban para nada, solo quería probarla, saber el sabor de su última víctima.
Ella no cedía, forcejeaba e intentaba empujarlo. Llevó despacio una mano a su cuello, y lo que en un inicio parecía una tierna caricia, poco a poco fue tomando fuerza hasta que empezó a ahorcarla. Se separó de ella y vio cómo se desesperaba, cómo intentaba tomar aire. Lucien sonreía mientras la veía sentirse cada vez más débil, cómo iba perdiendo la vida poco a poco. La soltó y llevó una mano a su boca, quería evitar que grite. Ella apenas intentaba respirar por la nariz, pero estaba ya bastante débil.
—Aurora, cariño —dijo con voz dulce—. ¿En serio crees que me importaste siquiera un momento como mujer? ¿Sabes lo que siento por ti? ¿Lo único que me provocas? Ganas de matarte, y para eso es que he venido —pudo notar el terror en sus ojos, ese miedo que se hizo más grande cuando la navaja apareció. La paseó despacio por su mejilla, bajó lentamente por su cuello y se quedó cerca de la yugular—. Seriá tan fácil, ¿sabes? Solo un tajo y adiós Aurora De Martell, ¿o era Rosza? Bah, no importa. Los muertos no tienen nombre.— La dama temblaba de miedo, sus lágrimas empezaron a bajar lentamente y las sintió mojando su mano. Cuánta belleza en un solo gesto. Acercó una vez más su rostro al de ella y lamió sus lágrimas bruscamente—. Deliciosas, ¿sabes por qué? Son de terror, de miedo. Así me gusta, zorra. Esto no va a terminar tan pronto ni tan fácil. He planeado al menos dos horas de tortura antes de matarte, y estoy bastante excitado de solo imaginarlo —soltó una risa, ella quería gritar y moverse, pero tenía aún la navaja en el cuello—. Después de lo que voy a hacerte vas a desear haber ido corriendo a los brazos de tu hermano.
Fue rápido, la cogió fuerte de los cabellos para ponerla contra la pared, y sin separar la navaja de su cuello la obligó a caminar. Aurora lloriqueaba despacio, no hacía ningún ruido del terror de saber que podía matarla en cualquier momento. Empezó a caminar con ella hacia los pasillos del barco, había ya trazado la ruta que seguiría para llevarla hacia abajo, ahí donde acabaría con su vida. Bajaron primero por las áreas comunes, luego tenían que cruzar las habitaciones de primer clase.
Lucien empujó la puerta, tenían que seguir avanzando. Pero aunque Aurora estaba aterrada, aún no se había rendido. En ese instante en que dejó de amenazarla con la navaja, apenas unos segundos, ella le dio una fuerte patada en la entrepierna. El mundo se nubló de dolor un instante y terminó por soltarla.
—¡Ayuda! ¡Caroline! ¡Hermana ayúdame! ¡Josh! ¡Aiden!— Maldita zorra. Eso no se lo iba a permitir. A pesar del dolor que sentía logró coger su pierna, no la iba a soltar. Aurora empezó a pisar su mano hasta lograr que la soltara, y después de gritar se fue corriendo escaleras abajo.
Tenía unos segundos de ventaja mientras Lucien se recuperaba. Este se puso de pie, y con el rostro deformado por una expresión de ira, fue corriendo detrás de ella.
No tenía ánimos para nada, mucho menos para fiestas. Bien por su hermana que lograba divertirse, se alegraba por ella. Ya bastante había sufriendo en las garras de Tristán, merecía eso. Después de cenar y de hacer dormir a su bebé, Caroline se recostó en la cama esperando que el sueño acuda a ella. Imposible claro, para empezar nunca había viajado en un barco y ese movimiento la ponía mal. Y lo principal claro, el recuerdo de Klaus. De sus ojos tristes observándola desde el muelle, el sacrificio que hacía al alejarla de él y ponerle a salvo.
Lo amaba tanto y no podían estar juntos. Solo pensar en eso la ponía a llorar, y no quería eso, la niñera del pequeño podía escucharla. Lloró bajito claro, esperando que nadie la oyera. Y después de estar buen rato dando vueltas en la cama sin conseguir dormir, se paró y fue a servirse un poco de agua. Estaba parada al lado de la mesilla bebiendo tranquilamente, cuando escuchó de pronto aquellos gritos.
—¡Ayuda! ¡Caroline! ¡Hermana ayúdame! ¡Josh! ¡Aiden!— La voz estaba llena de horror, y era la voz de Aurora. Por poco se le cae el vaso al piso, pero después del impacto algo se disparó dentro de ella y corrió a abrir la puerta. Al asomarse al pasillo vio con horror a Lucien en el piso, pero parándose pronto. Corrió escaleras abajo, era seguro que perseguía a su hermana.
"Vamos Care, piensa, rápido... piensa...", se dijo desesperada. Mientras iba por ayuda le podía suceder algo terrible a su hermana. Sabía que Lucien era el asesino serial, aquel que cortó el rostro de Genevieve y la arrojó al lago de Mystic Falls. Si estaba ahí sus intenciones eran obvias. Así que Caroline corrió a coger el accesorio de metal que estaba al lado de la chimenea falsa y salió hacia el pasillo.
—¡Josh! ¡Aiden! ¡Vengan por favor! ¡Auxlio! —gritó mientras iba hacia el final del pasillo siguiendo la ruta de Lucien. Esperaba que ellos estén en la habitación, y si no era así seguro que otros de sus vecinos los habían escuchado y darían la voz de alarma al servicio por tanto alboroto en medio de la noche.
Caroline corrió bajando por las escaleras, no sabía ni siquiera para dónde se iba, pero al escuchar un nuevo grito de horror de Aurora aceleró el paso. Llegó hacia el final de un pasillo con varias puertas, pero vio una que estaba entreabierta. Eso parecía ser el almacén, al menos eso supuso. Con cuidado, abrió la puerta y blandiendo la vara metálica con ambas manos, entró.
Miraba a los lados, todo estaba oscuro y apenas una lumbre iluminaba el sitio. Era un almacén grande lleno de costales y más, se movió con cuidado, temía que Lucien aparezca en cualquier momento detrás de ella. Un nuevo grito la alertó, un grito y el sonido de varias cosas cayéndose. Corrió hacia allá y vio a Aurora derrumbada en el piso, mientras que Lucien se agachaba y la cogía fuertemente de los cabellos.
—Estúpida perra, lo haces difícil. Me estás arruinando la diversión.— Caroline tembló cuando vio el brillo de la navaja dirigirse al cuello de su hermana—. Tendré que acabar con esto rápido.
—¡Suéltala! —gritó ella apareciendo al fin. Lucién estuvo sorprendido un instante al verla, pero al parecer no la consideró una amenaza pues sonrió con burla.
—¿Vienes a ver como mato a tu hermanita?
—¡Suéltala te he dicho!
—¿O qué? ¿Me golpearás? Soy yo quien tiene una navaja en su cuello, solo un tajo y...
—¡Basta ya desgraciado! ¡Deja a mi hermana! —se acercó más dispuesta a golpearlo, pero él tenía razón. Era Aurora quien tenía las de perder, y ella no podría golpearlo antes que le corte el cuello.
—Oh pequeña estúpida, tus órdenes me importan una mierda.
—¿Por qué haces esto? Klaus lo sabrá, él te matará —tenía que ganar tiempo mientras se acercaba lentamente, cualquier cosa por distraerlo.
—Eso ya lo sé —respondió tranquilo—. Que me mate él, que me lleven a la horca, ¿qué más da? Moriré, pero me llevaré a tu hermana conmigo.
—¡Lucien no! —gritó desesperada. Sabía que ese desgraciado ya no tenía miedo a nada, estaba dispuesto a lo que sea.
—Caroline, Caroline. ¿En serio crees que me importan tus ruegos? Me encantaría matarte a ti también, así libraría a mi gran amigo de la plaga que le cayó encima.
—¿Entonces es por eso? ¿Me odias y quieres matar a mi hermana porque Klaus me ama?— Lucien suspiró exasperado, Aurora lloriqueó cuando la navaja se pasó por su cuello y se hundió en su carne. No era la yugular, pero estaba haciendo un corte igual.
—Claro, ¿qué creías? Desde que llegaste no has hecho otra cosa que arruinarlo. Pero no te preocupes, he tomado precauciones. Quizá me maten, pero tú jamás estarás con Klaus. Estarán separados por siempre.— Aunque bien esos podían ser delirios sin sentido, Caroline lo sintió real. Como una profecía, o un mal augurio—. Pero bueno, ya es hora de decir adiós.— De un movimiento rápido, y al tiempo que Aurora lanzaba un grito, Lucien apuntó hacia el vientre de la chica.
Apenas llegó a hundirse sin ser nada mortal, aunque a Aurora si le dolió. Caroline aprovechó esos segundos en que la navaja cambiaba de dirección para golpear con todas sus fuerzas a Lucien en la espalda hasta tumbarlo. Lo hizo a un lado y abrazó a su hermana. Se sintió muy estúpida cuando de puros nervios soltó la vara y quedó indefensa. Lucien había lanzado un alarido de dolor, Aurora cubría su herida con ambas manos, y cuando Caroline intentó tomar nuevamente la vara, el muy desgraciado la pateó a un lado.
—Cambié de opinión —dijo adolorido—, le enviaré en pedacitos la zorra a Klaus.
Las dos se quedaron inmóviles, estaban totalmente indefensas y Aurora se encontraba herida. Caroline sabía que solo le quedaba golpearlo tan fuerte como pudiera, iba a matarlas si se rendían. Lucien ya estaba de pie con la navaja en las manos a punto de lanzarse sobre ella. Sería una pelea de vida o muerte.
O al menos eso pensó hasta que un disparo se oyó en la habitación. Aurora y ella gritaron asustadas, segundos después Lucien se derrumbó. Cayó al piso con fuerza y no volvió a levantarse. Aún no salían de su impacto cuando vio detrás de él a Aiden con el arma humeante entre las manos y a su lado Josh también con una pistola. Por apenas unos segundos las habían salvado, y el mayor asesino de New Orleans murió ante sus ojos sin cumplir su deseo final.
Después de la boda, Klaus y su nueva esposa Katherine volvieron a casa acompañados de Enzo. Ahora la preocupación era detener a ese infeliz de Lucien en New York. Klaus no estaba seguro que sus emisarios lleguen a tiempo para impedir que el barco se vaya a Brasil con él adentro. En realidad temía que ya fuera demasiado tarde en ese momento. Conocía demasiado bien al infeliz para asegurar que lo que sea que estuviera planeando ya lo pondría en ejecución aquella noche.
¿Y quién sería su objetivo? ¿Aurora? ¿Caroline? Pensar que subió a ese barco solo para matar a la mujer que amaba lo enloquecía. Ella estaba en altamar, él lejos sin tener forma de ayudarla. Se sentía impotente y al borde de la locura.
Ese día fue una completa desgracia. Primero despedirse de Caroline en el muelle, luego enfrentar a Tristán y sus amenazas que hasta lo obligaron a casarse por religioso con Katherine, algo del estilo "hasta que la muerte nos separe". El notario fue real, pero no el sacerdote. Fue muy discreto consiguiendo a un hombre que actúe como padre oficiando la ceremonia, es que en verdad por nada del mundo iba a tener una boda religiosa con Katherine. Eso significaría no separarse nunca, tener un vínculo que no iba a romperse jamás hasta la muerte de uno de ellos.
El siguiente paso según las órdenes de Tristán era pasar todas sus propiedades a nombre de Katherine, pero ya se encargaría de retrasar ese momento lo máximo posible.
Ahora de vuelta a la mansión tenía que tratar de conservar la calma. Su primer impulso era tomar su caballo e ir a New York cueste lo que cueste, pero sabía que no llegaría jamás a tiempo, que era inútil. Ahora lo que tenía que hacer era aguantarse los deseos de ir por Caroline, su misión era contener a Tristán y ganar tiempo con él. Así ella estaría a salvo de ese maldito monstruo. Al llegar dispuso que algunos de sus hombres partan de inmediato a New York para coger a Lucien, sacarlo de ese barco, y que uno de ellos regrese con noticias de que todos estaban a salvo y se libraron de ese miserable.
Una vez terminó de dar esas órdenes, se sirvió un trago y se sentó a beber, necesitaba aunque sea cinco minutos de relajo. Lo peor es que ni pasaron esos cinco minutos cuando le avisaron que el teniendo coronel Damon Salvatore acababa de llegar. No tenía deseos de recibirlo, pero considerando su alta posición en el gobierno, le convenía hablar con él. Necesitaba más ayuda sin importar de dónde viniera.
—Acabo de enterarme de toda la situación —le dijo después de los saludos correspondientes—. El teniente McMichaels me puso al tanto.— Y se dio cuenta por el gesto de Enzo que la verdad no quiso decirle nada, pero quizá Damon usó su posición para darle una orden y él no pudo rehusarse—. Dios, es terrible. En verdad no puedo creerlo, solo espero que a estas alturas las Petrova ya estén libres.
—Eso espero también, Elijah fue con algunos de nuestros mejores hombres. Dentro de poco tendremos noticias, pero por ahora solo nos queda hacer nuestra mejor parte por aquí con ese malnacido de Tristán.
—Klaus, sabes que nuestras familias son amigas. Haré cualquier cosa que esté dentro de mi alcance para ayudarlos. Cualquier cosa que necesiten, puedes contar conmigo.
—Ahora que lo dices, si, hay algunos asuntos en los que la milicia puede intervenir. Debemos hablar de eso, lo importante es que mi familia esté segura.
—Entiendo, son prioridades. Por cierto, ¿dónde se encuentra Rebekah? Me gustaría verla, la pobre debe sentirse muy afectada por todo esto.
—Me imagino que estará en su habitación, no ha salido de ahí todo el día.
—Señor —interrumpió el mayordomo Henry—, la señorita Rebekah salió hacia el Hospital, dijo que necesitaba una distracción. Un guardia y el cochero fueron con ella.
—Rayos... —murmuró Klaus con molestia—. Preferiría que no vaya a ningún lado. Cuando regrese hablaré con ella, no quiero que salga hasta que este problema esté solucionado. ¿Hace cuánto que se fue?
—Será unas dos horas, señor.
—Ya debería estar de vuelta. Henry, si en media hora no aparece, avísame. Mandaré a buscarla, no me agrada que esté lejos.
—Como usted diga, señor.
—Ahora —dijo mirando a los dos oficiales— vengan conmigo a mi despacho, hablaremos sobre lo que podemos hacer.
Estuvieron hablando sobre cómo asegurar las salidas de New Orleans con militares para evitar que Tristán logre escapar, y también de cómo conseguir una orden para allanar las propiedades de ese hombre y encontrar más pruebas que lo inculpen; cuando Henry se presentó en el despacho.
El mayordomo llevaba años al servicio de los Mikaelson, y a pesar de ser bastante educado y correcto, los hermanos sabían que a su manera el hombre los quería y los protegía. Por eso Klaus temió cuando vio al siempre discreto e inmutable Henry temblar y con los ojos rojos, como si contuviera las lágrimas. La única vez que le vio esa mirada fue cuando Kol murió, por eso temía.
—Señor, un muchacho acaba de traer esta nota. Intentamos detenerlo, pero fue más rápido. Debe leerla de inmediato.— Klaus asintió, se puso de pie y la tomó. Todo se quedó en silencio alrededor, empezaba a temer a la noticia de la nota.
Estimado Klaus Mikaelson,
O más bien debería decir falso y asqueroso traidor. Me mintió, dijo que entregaría a mis hermanas, pero no hay hermanas que entregar. Sé que ellas han partido de New Orleans en un barco hacia algún destino lejano. ¿Cómo entonces podemos tener un trato?
Ya que usted no cumple con su palabra, he tomado mis precauciones. No saldré perdiendo de esto, lo aseguro. Y me parece justo que hagamos tratos desde cero, por eso le propongo algo. Su hermana por las mías.
He secuestrado a Rebekah, y tiene plazo de una semana para entregarme a Caroline y Aurora, o la próxima vez que vea a Rebekah será en pequeños y hermosos pedazos. Quizá envíe su cabeza primero. Tendrá noticias de mi pronto, pero debe saber que ya me encuentro fuera de New Orleans. Verá, su dinero no es el único que compra conciencias.
Se despide,
Tristán De Martell
Cuando terminó de leer aquello, Klaus estaba temblando. Ese miserable tenía a su hermana y dejó claro lo que le haría. No podía escoger a Caroline sobre Rebekah, y menos dejar a Rebekah en manos de aquel maldito. No iba a escoger entre ellas dos, así que tendría que rescatarlas a ambas. ¿Pero cómo fue que pasó eso? ¿Cómo es que dejaron que saliera del hotel? Lo habían traicionado y ahora el maldito estaba libre y quién sabe dónde con su hermana.
Eso ya había pasado todos los límites. No le importaba si él acababa en el pelotón de fusilamiento o la horca, ya no le importaba si Tristán entregaba las pruebas en su contra. Salvaría a su hermana cueste lo que cueste y no entregaría jamás a Caroline.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Enzo con preocupación.
—Tristán tiene a Rebekah —respondió apenas.
Dos días después
En tremendo lío se metieron, considerando que ellas eran las víctimas. Luego de que Aiden disparara contra Lucien para salvarlas, los guardias del barco llegaron a escena. Josh explicó todo, sin entrar en detalles dijo que ese hombre estaba persiguiendo a su esposa (porque legalmente Aurora aún lo era) y que amenazaba con matarla. El hombre era un viejo conocido suyo, y dieron la explicación de que quizá estuvo obsesionado con Aurora y nunca aceptó su matrimonio, por eso los persiguió.
Poco después confirmaron que el hombre era un polizón que se había colado en el barco, por lo que el oficial de guardia aceptó la versión de que ese tipo fue ahí para cometer un crimen. El dinero de Joshua y Aiden ayudó, además de que las damas venían muy recomendadas por la familia Mikaelson. Creyeron en su inocencia, pero había un muerto en todo esto, no era algo que podía pasarse por alto. Así que cuando se detuvieron en New York, todos bajaron del barco. Abordaría otro que pasaba en cuatro días, pero de momento tenían que rendir su testimonio sobre lo sucedido con Lucien a la policía.
El primer día por ser domingo fue una total pérdida de tiempo, pero lo aprovecharon para que un buen médico visite a Aurora y cure sus heridas. Por suerte Lucien no llegó a lastimar órganos internos, pero su hermana necesitaría reposo. El médico aseguraba que estaría bien, que no era nada grave, y que podría irse en el siguiente barco sin problemas.
Al día siguiente si tuvieron que ir a rendir testimonio, todo parecía ir bien ya que estaba claro que todo fue por defensa propia y que Joshua como caballero tenía derecho a velar por la honra de su esposa. Después del interrogatorio se quedaron todos en el hotel tranquilos, sentían que de alguna forma la pesadilla había acabado.
Caroline le hacía compañía a su hermana, ella el primer día se la pasó llena de nervios, hasta tuvo pesadillas. Pero ahora parecía un poco mejor, Lucien estaba muerto y ella ya no tenía nada que temer. A Caroline todo eso le parecía una completa locura, ¿en verdad Lucien fue hasta ahí solo para matar a Aurora? No podía creerlo, ese hombre era un enfermo. Y ya basta de pensar en ese loco, estaba muerto, no valía la pena seguir atormentándose por eso.
Por la tarde, Aurora se quedó dormida y Caroline salió hacia la salita. Ahí se sentó un momento, todo estaba bastante silencioso, hasta que tocaron la puerta. Se acercó a abrir y era uno de los empleados diciéndole que dejaron una carta para ella. Una vez sola se apresuró a abrirla, una parte de ella estaba segura que era de Klaus. Sonreía, pero pronto eso se desvaneció en cuanto reconoció la letra.
Queridas hermanas,
Han huido de mí una vez más, y yo a estas alturas no concibo tanta ingratitud. ¿Acaso no he dado siempre la vida por ustedes? ¿No les he repetido hasta el cansancio que las amo con todo el corazón? Son todo para mí, son lo más importante. Yo no concibo una vida sin ustedes y quiero recuperarlas.
Vengan a mí, se los ruego. Apiádense de este hermano que tanto las ama. Vengan, he perdonado todas las ofensas, solo quiero amarlas. Y cómo sé que esto no es suficiente motivación, debo aclarar que tengo a mi lado a una persona importante. Si ustedes no vienen a curarme con su amor, pronto Rebekah Mikaelson morirá. En mi desesperación por recuperarlas tuve que secuestrarla, la tengo ahora conmigo.
Es este mi último ruego. Ustedes por la vida de Rebekah. Vengan a casa, estaré esperándolas en Washington. Solo entonces Rebekah será libre, y creo que tienen bien claro cual será su destino si me desobedecen.
Con todo mi amor,
Tristán
Caroline arrugó la carta y lloró cuando terminó de leer aquello. Maldito, mil veces maldito. ¿Cómo se enteró que ellas estaban ahí? No importaba, sabía que su hermano era un hombre de dinero y que era influyente. Había conseguido una forma de amenazarlas, la peor de las formas en realidad. ¡Tenía a Rebekah! A su pobre cuñada, una mujer tan buena e inocente, ¡eso era injusto! Y conocía bien a su hermano, sabía que mataría sin dudar a Rebekah si no aparecían ahí. Eso no iba a permitirlo, no dejaría que dañen a esa chica.
Por eso lo decidió entre lágrimas, porque una vez más estaba en un callejón sin salida. No permitiría que Aurora se mueva de esa cama, ella iba a encargarse. Se entregaría a Tristán para salvar a Rebekah.
