Berwald Oxenstierna: Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden.

Despertamos luego de que un enorme salto del barco pesquero nos despegara a todos del suelo para luego azotarnos con furia. Tino comenzó a incorporarse, intentando mantener el equilibrio totalmente desorientado. Balbuceó algo sobre la proa y tuve que detenerle para que no cayera estrepitosamente al suelo. De pronto, sentimos como una enorme ola apaleó la embarcación y el agua comenzó a colarse por la puertecilla, a pesar de todos los bordes impermeables instalados artesanalmente. Lukas a duras penas dio con las armas en el suelo y las puso tras su espalda para evitar que se humedecieran. Hice lo mismo con nuestras pertenencias y mis apreciadas cartas.

A pesar del crujido de la embarcación y los salvajes golpes del mar a su coraza, parecía que la tormenta no era suficientemente aterradora como para que la marcha se detuviera. Sentíamos bajo nuestros pies el rugir de los motores y la risa del viejo, fuerte y animada, presenciando el espectáculo del mar. Dimos varios saltos más y otras cuantas oportunidades, Lukas se quejó del peso de Tino sobre su cuerpo y lo acusó de tocar sus partes íntimas, cosa que Tino dijo afligido que fue un error. Me permití sonreír a ver como Lukas lo empujaba para apartarlo de encima y Tino hacía todo lo posible por no tocarlo.

Al menos ambos lucían mejor.

Resolvimos quedarnos de pie en una esquina. Sostuve a Tino con mi cuerpo, quien resultaba ser un peso muerto. Sus manos tocaron las mías suavemente y acaricie sus dedos fríos. Tino se quejó un momento de dolor y dirigí mi mirada a Lukas, quién también parecía preocupado. Tino se aferró de mis brazos y contuvo las ganas de vomitar, aunque ya nada quedaba en su estómago. En todo el movimiento, Lukas se apartó y fue por una manta nuestra, justo a tiempo para recibir las arcadas de Tino. Sostuve a Lukas por los hombros, mientras él mantenía nuestra ya inservible manta en la boca de Tino, teniendo unos espasmos terribles después de cada descarga. A duras penas visualicé el rostro asqueado de Lukas, pero agradecí su gesto de asistirlo de todas formas.

―Necesito lavarme las manos―dijo Lukas, con debilidad en su voz, luego de tomar la manta y apartarla a un costado con un pie―. Creo que, si no lo hago pronto, vomitaré también.

―No es que puedas salir a cubierta ahora, Lukas. Por favor sécate, no tengo otra solución para ti. También puedes aprovechar el agua del suelo si gustas.

De mala gana tomó mi sugerencia y con el agua en el suelo, enjuagó sus dedos abatidos por tantos desastres. Sentí pena al verle tan mal vestido, sucio, cansado, delgado e incómodo.

―Lo siento―musitó Tino al verle lavar a duras penas también los puños de su uniforme militar estropeado.

―Tendrás que regalarme algo muy genial cuando toda esta pesadilla termine… y no lo digo por vomitarme las manos, sino porque osaste a tocar mi entrepierna sin siquiera embriagarnos antes―comentó Lukas, alzando la voz entre el estruendo del mar.

Tino me miró desconcertado y me susurró un "no es cierto".

Hace mucho no me reía con alegría.

El resto de aquella larga noche sucedió en más saltos, arcadas de Tino y peleas ridículas de Lukas con Tino. Al menos Lukas no parecía nunca realmente molesto y logré entender que su intención era más que nada distraerlo. Arruinamos dos mantas y la pobre capa azul ahora fue salpicada con más vómito.

Dudo que Tino quiera seguir guardando mi ofrenda de nuestra boda.

Como las noches se extienden con libertad en la temporada de invierno, la luz tomó sus horas para llegar. Con lentitud, la tormenta acalló su furia y un melancólico amanecer gris separó los límites del mar y el cielo, dejando ver nuestros rostros ojerosos y demacrados. Tino se durmió tiempo después de cantar una canción muy antigua con Lukas.

El desastre en aquel cuarto era monumental. Las almohadas, vasos y libros se encontraban desparramados en todas las direcciones y algunas redes capturaron en sus tejidos, zapatos y un sinfín de cosas que no eran peces. Las aguas se tranquilizaron y el galope del barco era suave y constante.

―Saldré a lavar mis manos―anunció Lukas después de despertar de un sueño ligero―. Iré a ver qué tal ese viejo también.

Se levantó del lugar y sus dedos tocaron el pomo de la escotilla. Su muñeca giró, pero el picaporte no cedió.

Cerrada.

Me miró extrañado y frunció el ceño para volver a intentar. Repitió el acto una y otra vez con algo de desesperación.

―Calma Lukas, quizás el agua cerró a presión la puerta. Recuerda que la madera se hincha cuando se humedece.

―Es un barco, debiese ser hecho a prueba de esas cosas―añadió Lukas, intentándolo una vez más.

Suspiré e intenté tranquilizarlo.

―Pues la verdad no veo que sea un barco de fabricación industrial―dije, restándole importancia.

Lukas no renunció a sus intentos y comenzó a pegar patadas. Con ello despertó a Tino y tuve que incorporarme para que desistiera.

―Lukas por favor…

―No Berwald, la puerta fue cerrada―repitió a la vez que proliferaba otra enorme patada sin obtener respuesta―. Me estoy asustando.

―Cálmate por favor.

―Berwald… ― Tino se asomaba por los pequeños cristales de la instancia algo extrañado― Hay tierra a la vista, muy cerca. El viaje a Estocolmo dura unos dos días con tormenta y sólo demoramos una noche que yo sepa… y no veo fiordos.

― ¿Qué?

Rápidamente me dirigí al lado de Tino y comprobé con mis ojos lo que sus palabras aseguraban. Lukas me empujó con algo de fuerzas para él mismo también cerciorarse de las aseveraciones. Nos miramos los tres unos segundos hasta que Lukas soltó bastante aterrado.

― ¿Dónde mierda estamos?

―Quizás sea una isla y sólo estemos de pasada, por favor cálmense―insistí, convencido de que cualquier cosa era mejor a que estar en Finlandia.

―Entonces, ¿Por qué nos acercamos al puerto? ―preguntó Lukas agitado.

Pude comprobar su desesperación en sus cejas curvadas.

―No sé… quizás quiera comprar cosas.

Lukas entregaba a Tino una escopeta cargada y el mismo cargaba otras dos.

No entendía por qué yo mismo no entraba en pánico.

―Ten ―Lukas me hizo entrega de un arma―. Toma tus porquerías por si acaso.

Al término de sus órdenes, el barco dio un enorme atracón en algo que parecía ser una roca. Lukas voló el pomo de la puerta con una bala y sólo logró astillar la madera gruesa de su alrededor.

―Maldición.

Comencé a preocuparme al ver a duras penas como el barco alcanzaba lentamente un puerto bastante avanzado para ser una isla cualquiera. Una bandera ondeaba en un mástil alto y soberano, junto con un estandarte ruso. Un vuelco en el estómago se hizo presente cuando Tino respiraba agitado, asustado, empuñando su escopeta con fuerzas.

―Esto es Estonia.

Lukas y yo nos miramos intensamente, cayendo en cuenta de la situación, sin entender cómo fue posible.

Juré volarle la nariz de un puñetazo a ese viejo sucio.