―No me apetece, Kitty…
La rubia esbozó una sonrisa, tirando de la mano de su novia para entrar en el bar en el que se encontraban todas las demás; ese día era especial para Quinn, que había pedido amablemente a todos que asistiesen a ese lugar. Y Kitty, como buena chica, se había presentado allí después de haber intentado convencer a Marley sin mucho éxito.
―Le prometí que vendría…Además, después de esto, me tengo que ir; quiero aprovechar el momento para estar contigo, que no te he visto nada en todo el día.
Marley rodó los ojos, sonriendo un poco para acabar besando a su novia sin miramientos, rodeando su cuello con sus brazos mientras se detenían en frente de la puerta, profundizando el beso con algo de cariño y dedicación. Pese al tiempo que había pasado, ninguna de las dos se cansaban del sabor de la otra, ni de como la lengua de la rubia procuraba siempre quedar por encima de la de la castaña, venciendo en una batalla que a Marley nunca le importaba perder con tal de contentar a la ex animadora.
Habían pasado tres años exactamente desde aquel día en el que se estuvieron viendo los vídeos de la madre de la rubia; tres años en los que habían pasado muchas cosas que, en cierta medida, podían resultar ser relevantes.
Lo que sí que era relevante es que, pese a haber pasado tanto tiempo, las dos permanecían juntas. Era cierto que muchas parejas adolescentes finalizaban de la manera más desastrosa e inquietante, pero también era verdad que muchas parejas duraban. ¿Distinto amor? ¿Distinta fuerza de voluntad? No se sabía a ciencia cierta, pero ellas dos habían logrado superar cualquier barrera que se interpusiese entre las dos.
Era cierto que no todo fue de color de rosas, y que los celos instintivos de Kitty lograron que en su momento, la castaña creyese estar cansada. Y sí, lo creyó, pero a las dos horas estaban volviendo a hacer el amor como locas, sin poder evitar quererse un poco más. Marley por dudar un poco, y la rubia por no poder evitar ser un poco celosa; también había que añadir que esa tal Mónica no era trigo limpio, intentando enamorar a su castaña favorita. Y pese a que la cantante no lo admitiese, ella tampoco podía controlar esa inseguridad que surgía ante la complicidad de María y su chica, que no dejaban de llevarse bien pese a todo.
María y Ryder llegaron a consolidar su relación, pero no era de la misma manera que lo que existía entre Kitty y Marley; ambos eran conscientes de que, para el otro, eran ese segundo amor. Y si bien este no era menos importante que el primero, siempre surgía esa duda; y aunque rompían cada semana desde que empezaron a salir juntos, bien era cierto que Ryder no podría imaginarse una vida en la que no rompiese con la ex animadora cada semana; y esta no se podría imaginar nada parecido que no fuese vivir discutiendo con el chico para acabar con esos besos tiernos que tanto le agradaban a ella.
Santana acabó rehaciendo su vida con esa chica, Rebecca. Logró volver a conocer y experimentar lo que era el amor, riéndose al recordar esas escenas en las que la morena fumaba un cigarrillo después de haberse acostado juntas; esa imagen de película donde dos mujeres, independientes, dejaban claro que no están bajo el yugo del amor, cayendo enamoradas sin poder evitarlo siquiera.
Eran distintas historias de amor, donde incluso las chicas, Quinn y Rachel, se volvieron a dar un tiempo; no necesariamente por terceras personas, pero Brody no dejaba de molestar, y Cassandra siempre había sido una mujer ambiciosa que deseaba aquello que no podía obtener, como era el caso de una cierta rubia de ojos verdes y sonrisa familiar. Pero el amor, no necesariamente siempre, triunfó de nuevo; como en las películas románticas, donde el chico queda con la chica, y todos tan felices comiendo perdices.
Era una historia que parecía tener su final feliz, y eso le gustaba a la joven Wilde, al igual que el perderse en el sabor de la castaña, asegurándose que todo eso no era un sueño. La más alta se apartó con una sonrisa en su rostro, suspirando; siempre le habían gustado los labios rosados y regordetes de la animadora, al igual que el sabor a fresa de su pintalabios, o quizás del que se utilizaba para dar brillo. No estaba segura, pero tampoco era algo que le preocupase. Solamente era eso. Era poder disfrutar de cómo sus dedos serpenteaban de arriba abajo por su espalda, rozando las yemas de estos con su piel descubierta en algún lado de su cuerpo.
―Kitty… ¿Alguna vez te has parado a pensar qué hubieses contestado si alguien te hubiese planteado el día en el que nos conocimos, que acabaríamos juntas?
La rubia se quedó sorprendida ante esa pregunta, quedándose pensativa por un momento. Sinceramente, hubiese golpeado a esa persona hasta dejar bien claro que ella no era una invertida; si bien era cierto que se fijó en ella desde el primer momento, era algo que para ella era impensable. Y si se detenía a meditarlo, era consciente de lo enamorada que estaba de ella, y por tanto, de lo feliz casi que era de haber reaccionado como lo hizo. Eso llevó a cabo al final malentendidos, momentos de dolor, y demás cuestiones que no le terminaban de agradar cuando pensaba en ellas; pero estar en esos instantes, junto a ella, feliz, era lo único que cabía en sus pensamientos desde hacía mucho tiempo. Tanto que podía resultar impensable.
― ¿Siendo sincera? Le hubiese mandado delante de todos a la mierda y después me hubiese asegurado de que me dijese la forma para lograrlo―bromea, a sabiendas de que, muy en el fondo, sí que lo hubiese querida saber para un "por si acaso".
Sugerentemente, la rubia volvió a besar sus labios antes de que hiciese algún comentario, aspirando su aroma entre caricias que le proporcionaba fuera del lugar. Cuando quisieron darse cuenta, algunas personas salían, algunas murmurando que aquello no podía estar pasando. Marley se separó de su novia, tirando de ella para descubrir qué era lo que estaba sucediendo; y no tardaron nada en descubrir que su Quinn Fabray le había pedido a Rachel Berry que se fuese a vivir con ella, y ambas confirmar que se habían comprometido. O al menos, era una especie de compromiso.
Puede sonar a una historia de amor, de esas que no tienen mucho drama. Y puede que sea verdad; al final todo parece que sale bien en esto, pero no es del todo cierto. Siempre quedan esos finales abiertos, indecisos, inciertos. Kitty lo sabe perfectamente.
La noche sucede amena. Cada pareja baila con la suya, y aunque la pequeña Wilde nunca se hubiese imaginado el poder bailar una canción lenta con Marley, en esos precisos momentos lo estaba haciendo. Rodeaba sus caderas con cuidado, sonriendo un poco al fijar su mirada en los ojos azules de la joven, que seguía su ritmo con gusto. Casi podía recordar lo que fue perderse el baile final del curso por ir a la casa de la castaña a poder terminar lo que empezaron en el baño; y aunque lo agradecía en su momento, le hubiese gustado llevar a su chica a ese baile como lo que era, su novia. Tantos instantes vividos, momentos experimentados.
Todo, y a la vez, lo mucho que les quedaba por vivir. Marley estaba a punto de descubrir lo que sería ser conocida por los demás, cantando en la radio, como siempre había querido. Kitty le comentaba que podía aspirar a algo mucho más, pero la cantante afirmaba que prefería la especie de anonimato, quedándose en la radio, cantando por puro placer, y pudiendo disfrutar de la comodidad de estar a su lado sin esos agobios de los famosos. Ganaba un dos por uno. Disfrutar de su rubia y cantar, como siempre había soñado. Y aunque Kitty pensaba que podía ser mucho más que una cantante de radio, respetaba los sueños de su pareja, entendiendo en parte cada uno de estos.
La rubia, en cambio, para sorpresa de todos, se había decidido graduar por derecho. Su fuerte carácter, frialdad, sumándose la experiencia de su vida sobre la familia, le hizo darse cuenta de que tenía que intentar luchar por la justicia, por lo que decidió intentar ser una abogada, defensora, aunque en parte aún dudaba de si ser o no fiscal. Poco le importaba, si era completamente sincera; y la castaña le apoyaba, aunque también se preguntaba qué sucedería en el caso que tuviese que defender a un asesino, o que tuviese que intentar encerrar a alguien que era inocente. Eran preguntas que Wilde no era capaz de responder, pero saber que la castaña no le juzgaría por eso era algo que aliviaba a la pequeña ex animadora, que seguía haciendo deporte para no perder nada de lo que había logrado con respecto al ejercicio.
― ¿Y tú, Marley? ―Rompió la rubia el silencio, mirándola con atención.
― ¿Yo el qué?
― ¿Qué es lo que hubieses hecho si alguien te hubiera afirmado que acabábamos juntas? ―Quiso saber con curiosidad, sonriendo para infundirle confianza.
―Le hubiese besado en ese mismo momento y le hubiese agradecido que me afirmase otro de mis sueños―respondió con una intensa sonrisa, besando a su novia de nuevo en los labios.
―Te voy a echar de menos… ¿En serio que tienes que irte?
Kitty asintió mientras la besaba de nuevo, como había hecho tantas veces en ese día. María esperaba con cierta paciencia a la castaña, queriendo volver al interior de la fiesta con cierta prisa, percatándose de que una chica rubia se acercaba al castaño. Marley, con cierto pesar, se separó de su novia para acompañar a la otra dentro. La ex animadora se quedó esperando en la entrada, mirando a su alrededor, deseosa de que llegase ya para poder marcharse y poder pasar ese fin de semana que le había prometido. No pudo evitar sonreír cuando reconoció el coche, acercándose a toda prisa a la acera mientras este de detenía en frente.
Abrió la puerta del copiloto, sentándose al lado de su acompañante, que observaba con suma atención, sonriendo finalmente mientras se despedía con un gesto de manos de la novia de la pequeña, que les dedicó una sonrisa mientras se perdía dentro con una María bastante interesada en el karaoke del escenario. Kitty rio entre dientes, fijando su mirada en el rostro de la otra persona.
―Lamento haber tardado―habló esta, esbozando una sonrisa―; pero me he entretenido un poco con un compañero del trabajo…
―No te preocupes―susurró Kitty, un poco nerviosa; aún le costaba acostumbrarse a eso―. Ya me imaginé que tal vez podías tardar un poco.
Recibió una sonrisa conciliadora por su parte, quedándose en silencio, quizás sin saber muy bien qué hacer; pero no podían evitar sentirse bien por comprender que, quizás, después de todo, tres años habían logrado que, al menos, pudiesen aprovechar esa oportunidad que el destino les brindaba. Cuando quisieron darse cuenta, ya estaban dirigiéndose hacia la casa de la pequeña para recoger sus maletas y marcharse.
―Entonces…con Marley bien, ¿no?
―Más que bien…no pensé que me pudiese importar alguien ajeno tanto como lo hace ella―admitió, sonrojada; esperaba algún comentario, pero solo recibió un asentimiento por su parte―. Gracias por no…
―No tienes por qué darme las gracias, Kitty―contestó con suavidad, o un intento de ello, mirándola de soslayo―; sé que ella es importante para ti, así que no tienes que darme las gracias por respetar lo que quieres―contestó con seriedad, apartando la vista con cierta vergüenza.
―Lo sé, pero me resulta raro―confesó, mordiéndose el labio.
―Bueno…supongo que es hora de que eso deje de ser así, ¿no? ―Inquirió, intentando esbozar una sonrisa.
Y aunque parezca muy poco, eso a Kitty Wilde le bastaba para sentirse feliz. Miró hacia la calle a través de la ventana, sumergida en sus pensamientos.
―Kitty…
― ¿Ajá? ―Contestó ella, ensimismada en el paisaje.
―Que…bueno, que te quiero y esas cosas.
Y la rubia, ante esas palabras, no pudo evitar girarse, completamente sorprendida. Escuchar eso venir de sus labios fue siempre su mayor sueño, además de enamorar a Marley y que fuese su novia; y ahora, tenía a las dos personas más importantes de su vida a su lado. Y no en los polos opuestos, como fue en el pasado.
―Yo también te quiero, mamá.
Emily sujetó el volante con fuerza, algo tensa por el momento, sonriendo de lado; no apartó la vista de la carretera, pero Kitty se daba por satisfecha.
A Kitty le servía solamente eso.
Nota de la autora: Y solo queda el epílogo...ufff...Mañana os contesto a todos, de verdad, pero es que ando que no ando...Aisssss T.T
