Pupilas de Gato III

Capítulo 45

El médico había llegado tarde a ver al enfermo. Los del hotel habían tenido que echar mano a todos sus contactos para encontrarlo. El mensajero que fue enviado a su departamento tuvo que ofrecerle un buen soborno al portero del edificio para recibir alguna referencia de dónde pasaba sus tardes el médico. Cuando por fin llamaron al penthouse de Camille, Colette sonrió. Era interesante ver cómo ya se corría la voz de que el doctor y Camille se frecuentaban. La sonrisa se le borró, sin embargo, en cuanto supo que la razón del llamado era una emergencia médica de Terry Grantchester.

- ¿Qué le pasó? – preguntó alarmada.

- No lo sé, Colette. Una intoxicación con mariscos… o algo así.

- ¿Se va a morir? – inquirió casi con angustia.

- Vamos, Colette. El mundo no es tan afortunado. Desde luego que no se va a morir. Seguro debe ser sólo un dolor de estómago. Ya sabes cómo son de exagerados los actores de cine – contestó Camille - ¿En serio tienes que ir, Charles?

- Me temo que sí, Camille.

- ¿Puedo ir con usted?

- Colette, por favor… - rió Camille.

- Tú métete en tus cosas y yo en las mías, ¿quieres? – contestó con brusquedad la mujer – Por favor, doctor, quiero ir con usted.

Charles miró sorprendido a Camille. La joven se encogió y le hizo un gesto para que no tomara en cuenta la molestia de Colette.

- La verdad no sé si sea…

- ¡Voy por mi bolso!

- … prudente… Bueno… La espero, madame… ¿Qué le pasa a Colette? – preguntó Charles intrigado - ¿De verdad tanto le gusta Grantchester?

- Ah, no te preocupes. Es difícil de explicar.

- Pero nunca la había visto tratarte así.

- Nunca lo hace.

- ¿Entonces?

Camille dudó un momento. Si había algo que odiaba en la vida eran los chismes y no quería ser ella quien iniciara uno. Pero Charles era una persona de toda su confianza y Colette era tan obvia, que más que exponerla, la protegería si le explicaba qué era lo que en realidad sucedía.

- Tienes que prometerme…

- Vamos, Camille…

- Está bien. Ella… Bueno… Terry le recuerda a una persona muy importante.

- ¿Está enamorada de Terry? – preguntó divertido el doctor.

- ¡Por supuesto que no, Charles! ¿Cómo dices esas cosas?

- Pues cualquiera diría que lo está. ¿Y a quién le recuerda entonces, según tú?

- No es según yo. Sólo lo sé, no me preguntes más.

- ¿Pero a quién…?

- A su hijo.

- ¿Su qué?

- ¿Vamos, doctor?

Colette entró de prisa al salón, dándole a Camille el tiempo justo para disimular y dejando a Charles en un mar de dudas.

- Qué les vaya bien – se despidió Camille.

- Pero, pero… - intentó Charles.

Camille lo miró en forma significativa y Duval comprendió que tendría que guardarse su curiosidad para otro momento. ¿Colette tenía un hijo? ¿Colette era casada? ¿Cómo nunca antes lo había comentado? ¿Por qué Grantchester le recordaba a ese hijo?

- Espero que les vaya bien. Seguro no es nada. Pero si algo pasa y Grantchester muere, avísenme para enviar algunas flores – bromeó Lefevre.

- A veces eres insoportable, Camille – respondió dolida Colette.

- Y tú a veces eres demasiado impulsiva. Ya verás que todo está bien. Vamos, váyanse de una vez. ¿Almorzamos mañana, Charles?

- Claro. Yo paso por ti a la una.

Cuando llegaron al hotel, Charles comprobó que el mensajero no había exagerado. Terry estaba en malas condiciones, no sólo por la intoxicación, sino por la deshidratación producto de tantas carreras al baño. Fue necesario aplicarle una buena dosis de suero y algunos medicamentos; fuera de eso, no había más que hacer, salvo esperar que la enfermedad siguiera su curso. Si bien la situación era complicada, tampoco era necesario internarlo en un hospital, así que para su infinita molestia, Terry tendría que esperar.

- Si quiere puedo pedirle a una de sus amigas que venga a acompañarlo durante la noche – ofreció Duval.

- Qué gracioso… - contestó molesto Terry.

- Hablo en serio.

- ¡Pues yo también!

- Colette vino conmigo…

- ¿Colette? ¿Colette Bellamy? ¿Y cómo supo ella…?

- Estaba en casa de Camille cuando me avisaron.

- Ah… Ya veo – comentó Terry esbozando su tradicional sonrisa burlona, esa que ni la peor intoxicación le podía borrar de la cara – Las cosas entre ustedes marchan muy bien, por lo que veo.

- Pues se equivoca – contestó Duval revisando el suero – No marchan bien. Sólo marchan.

- Pero marchan…

- Marchan a ninguna parte. Camille regresa a Francia la próxima semana… ¿Le molesta el suero?

- ¿Vuelve a Francia? Pero yo pensé que ella… y usted…

- Lo mismo pensé yo. Pero ya ve, me equivoqué. Déjeme ver cuánto marca el termómetro… Mmm… treinta y ocho y medio… ¿Cuántas ostras dice que se comió? – Charles prefería cambiar de tema.

- Seis… o diez, no sé.

- Pues qué mal. De verdad lo siento, señor Grantchester. Ahora sólo queda esperar.

- ¿No puede darme algo para el dolor? ¿O las náuseas?

- Sí, pero debo ir por los medicamentos a mi departamento. No tardaré. ¿Quiere que Colette lo acompañe mientras regreso? La pobre está muy preocupada.

- Vaya… Qué gentil de su parte – Terry sonrió – Bueno… no estoy muy presentable qué digamos…

- Aquí entre nos, señor Grantchester, no es necesario que se preocupe – dijo Charles acercándose como para decirle un secreto –: es sólo una visita de cortesía. Puede dejar de lado su máscara de súper estrella por unos momentos. Le aseguro que nadie se la va a quitar.

Charles le había guiñado un ojo y luego había salido de la habitación. Entre la fiebre, los dolores y el suero, Terry ni siquiera tuvo tiempo para sentirse ofendido. Colette entró con la alegría y el parloteo que la caracterizaba, sólo para ocultar su nerviosismo. Reclamó contra el hotel, contra las ostras, contra la comida estadounidense, contra todos. Aunque al principio se sintió algo agobiado, Terry descubrió que era agradable tener a su lado a alguien que se preocupara genuinamente por él, no por la estrella de cine.

- Trate de descansar, Terry. Si quiere dormir, puede hacerlo. Charles volverá muy pronto con sus medicamentos.

- ¿Me promete guardar silencio, Colette?

- Le prometo despertarlo cuando vuelva el doctor. ¿Le parece?

- Trato hecho.

Charles había regresado, los remedios fueron administrados, los tres se despidieron y Terry se había quedado solo en su habitación, atormentado por las ostras que aún no desaparecían de su organismo y le cobraban caro el habérselas comido. Colette volvió a casa preocupada y aunque Camille intentó molestarla con bromas pesadas, su humor no cambió.

- Vamos, Colette… Seguro Terry va a estar bien muy pronto. Ya sabes que Charles es un excelente médico.

- Lo sé.

- Entonces… ¿qué pasa? ¿Por qué te pones tan triste? Puedes ir a verlo mañana de nuevo, si eso quieres.

- No se trata de eso… Es sólo… Es sólo que…

- ¿Qué? – la animó Camille, tomándola de la mano y mirando con cariño.

- El condenado se parece tanto a Philippe, Camille.

- Ah, Colette – Lefevre la miró con una mezcla de ternura y tristeza. Bien sabía ella lo que era extrañar a un ser querido.

- Es su forma de ser, Camille. Sus ironías, sus silencios, su sarcasmo. Y sus ojos… Sus ojos son iguales a los de mi Philippe… ¿Sabes que es lo que más me duele? – preguntó Colette tras una pausa triste - Me duele dejarlo ahí, solo toda la noche. Nadie cuidó a mi hijo en esa maldita celda, Camille. Nadie. Si tan sólo alguien le hubiese tendido una mano, si tan sólo alguien hubiese pedido ayuda…

- Pero no puedes comparar las situaciones. Grantchester tiene todo el dinero y la libertad del mundo para hacer lo que le venga en gana. Tu hijo y el muchacho americano que estaba junto a él eran prisioneros de guerra. ¡Sus aviones habían sido derribados, por Dios! No puedes compararlos a ellos con un tipo que ni siquiera tuvo el coraje de pelear por su propio país. Es mucho más meritorio lo que tu hijo y el otro soldado hicieron.

- En la guerra no hay nada meritorio, Camille. A la gente le gusta cubrir las matanzas con mantos de gloria, pero es sólo para acallar sus conciencias. Philippe ya había matado a muchas personas inocentes. La maldita guerra lo estaba volviendo loco. ¡Y no pude hacer nada para salvarlo!

- ¿Y qué más podrías haber hecho? Nadie lo obligó a enlistarse y tú misma me has contado que moviste todos tus contactos para evitarlo. Hasta entregaste toda la información que tenías. Tu gente no pudo hacer más…

- Mi gente… - sonrió Colette triste - Yo también era parte de la maldita guerra, Camille… Debía haber hecho algo más.

- Al menos pudiste recuperarlo y sabes que está descansando, Colette. Recuerda que ese es un privilegio que no todas las familias tuvieron.

- Lo sé. ¿Cómo un hombre puede morir sin un nombre? ¿Cómo? Ese chico era el hijo de alguien, el hermano de alguien… Y quedó ahí, en otro país, muerto en una guerra que ni siquiera le correspondía pelear…

- Pero ahora descansa junto a Philippe –la reconfortó Camille –. Vamos, Colette, ya es muy tarde. Grantchester no se merece tus desvelos. Mañana tendrás ojeras. Eso sí que sería una tragedia. Se va a recuperar, no te preocupes.

- Lo sé. Hay noches en que me despierto pensando en la familia del chico que murió a su lado... ¿Cómo habrán hecho ellos para seguir adelante? ¿Cómo?

- p - p -p - p- p -

- ¿Es esto lo que andabas buscando?

Rose dio un salto con las palabras de Tom.

- ¡Señor Stevens!

- ¿Te asusté?

- No, qué va. Sólo me gusta saltar de vez en cuando. Perdone por haber entrado así…

- ¿Así cómo? ¿Cómo una espía? – bromeó Tom.

- Perdóneme, por favor.

- Si eso te hace sentir mejor, te perdono. Pero no veo por qué tendría que perdonarte. Toma, aquí está tu libro.

- Gracias. Me costó mucho comprarlo, no quería perderlo.

- Lily no te dejó regresar ayer para recuperarlo.

- ¿Cómo lo sabe?

- Las vi por el ventanal cuando se iban.

- Ah.

Rose miró a su alrededor, incómoda. Su madre le había advertido que bajo ninguna circunstancia se quedara más de lo necesario en la biblioteca. Lo mejor era que se fuera de inmediato.

- Veo que te gustaron varios pasajes del libro – dijo Tom.

- Pues… sí. Algunos.

- Es una gran novela.

- Lo es.

- Subrayaste varias partes…

¿Las había visto? ¡Horror! Eso casi equivalía a que leyeran su diario de vida.

- Perdona, fue sin querer – dijo Tom al ver la incomodidad de la joven – Fue sólo… no sé… curiosidad. Yo también a veces rayo mis libros.

- Mmm…

- Entonces, ¿te pareció una mala idea que Jay se reuniera con Daisy?

- Daisy era una tonta frívola – lanzó Rose sin anestesia – Lo siento – se disculpó al ver la cara de sorpresa de Tom.

- No, está bien, está bien. Yo… pienso lo mismo. En realidad lo era, ¿no?

- Sí. Y Gatsby fue un tonto por no darse cuenta a tiempo. Debió haber dejado que se pudriera en la cárcel en lugar de cargar él con un crimen que no cometió.

- Pero eso no habría sido de caballeros…

- Él no era un caballero, señor Stevens. Él se hacía pasar por un caballero. El problema es que él mismo se creyó su cuento.

- Ya veo…

Tom guardó silencio, sorprendido. Era una interpretación mucho menos romántica que la que él mismo se había dado para la novela, pero… tenía sentido.

- Señor Stevens, disculpe por favor, pero tengo que irme. Mi madre me va a matar si me encuentra aquí de nuevo.

- Ah, vamos, no digas eso. Lily no es tan mala persona.

- Seguro usted nunca la ha visto enojada – comentó con una sonrisa Rose.

- No…

Era verdad. De pronto cayó en la cuenta de que conocía a Lily hacía más de diez años y que, en realidad, no sabía nada de ella, ni de su hija.

- Ah, no se preocupe, señor Stevens – dijo Rose, al notar su expresión de incomodidad – Le aseguro que no se ha perdido nada.

- ¿En serio?

- En serio. Bueno, gracias por mi libro. Tengo que volver a la cocina. ¿Necesita que le traigan algo?

- Pues… ahora que lo pienso, me gustaría tomar un café.

- Voy a decirme a mi…

- Sólo dije que me gustaría tomar un café, no dije que necesitara que alguien me lo trajera.

- Pero…

- Vamos, te acompaño a la cocina. ¿O qué crees? ¿Qué no sé ni siquiera prepararme un café? No soy tan inútil como Buchanan…

Rose se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.

- Así que ya terminaste la universidad – dijo Tom, animándola a adelantarse.

- Hace muchos años…

- Entonces mis felicitaciones llegaron un poco atrasadas.

- Algo…

- Lily está muy orgullosa de ti.

- Y yo de ella – comentó Rose bajando la vista y sonrojándose.

- Candy la adora. No sé qué sería de ella sin su ayuda.

- La señora Andrew ha sido muy buena con mi madre. Y también conmigo. Igual que el señor Andrew.

- ¿Trabajas en alguna de sus empresas?

- ¿Del señor Andrew? No, desde luego que no.

- ¿Ah no? Yo pensé que…

- ¿Qué?

- Nada, olvídalo.

- ¡Tom! Hombre, por fin te encuentro. Hola, Rose, ¿cómo estás?

Archie venía con una carpeta llena de documentos bajo el brazo.

- Muy bien, señor Cornwell.

- Me alegro, querida. ¿Todo bien en Nueva York? – Tom levantó una ceja cuando oyó la pregunta de Archie. ¿Vivía en Nueva York?

- Sí, todo bien.

- Tu madre nos contó que estás trabajando con un gran periodista. Espero que te pague un buen sueldo – Rose sonrió – Tú sabes que eres excelente. Me alegró mucho saber que por fin te animaste a buscar algo que estuviera a las alturas de tus talentos. Y ya sabes, si en algo podemos ayudarte, sólo tienes que decirlo.

- Muchas gracias, señor Cornwell.

- Nada, te lo mereces, lo sabes. ¿Y tú? ¿Dónde estabas? Pensé que estarías trabajando en el despacho.

- Preferí esperarte en la biblioteca – dijo Tom mirando a Rose. Archie lo miró extrañado – Ahora iba por un café.

- Le diré a mi madre que se lo lleve al despacho, señor Stevens. ¿Le pido uno para usted, señor Cornwell?

- Muchas gracias, Rose. No tienes que molestarte, estás de vacaciones…

- No es molestia. Yo me encargo. Con permiso.

- Adelante.

Rose dio media vuelta y se dirigió a la cocina. Tom se la quedó mirando, hasta que se perdió por el pasillo. Cuando se volvió, encontró a Archie mirándolo con una sonrisa burlona en la cara.

- ¿Qué? – le preguntó.

- ¿Qué de qué? – le preguntó a su vez Archie.

- ¿Por qué tienes esa cara de idiota?

- ¿Yo? Por nada… ¿por qué lo preguntas?

La risita de Archie hizo que Tom se sonrojara.

- ¿Qué te pasa? ¿Te pusiste nervioso, cuñado?

- ¡No digas tonterías, hombre! – gruñó Tom – Dame de una vez esos documentos – dijo quitándole de un golpe la carpeta a Archie - ¿Te contestó Albert?

- Sí.

- ¿Y qué dijo?

- Qué sí, desde luego. ¿Qué más querías que dijera?

- Pues no lo sé. Con él nunca se sabe realmente…

- Ah, no digas eso. Sabes que ha tenido muchas ofertas, eso es todo. Desde luego que va a trabajar con nosotros.

- Me alegro.

- Mmmm… - Archie seguía mirándolo con una sonrisa burlona.

- ¿Y ahora qué pasa?

- A mí nada.

- A veces me preguntó en que rayos estaban pensando mis hermanas cuando se casaron con ustedes – reclamó Tom, dándole la espalda y caminando con pasos firmes hacia el despacho - ¿Vienes o no?

- ¡Voy! – contestó alegre Archie.

Cada vez que Tom se ponía así de serio era porque algo estaba pasando. La cuestión era averiguar qué.

- p - p -p - p- p -

- La fiebre ha bajado un poco. ¿Cómo se siente hoy, Terry?

- Fatal.

- Ya veo. ¿Cuántas veces ha ido…?

- Qué sé yo. Mil, tres mil. No llevo la cuenta.

- Pues debería. Eso serviría para…

- Oiga, doctor, ¿no puede hacer nada para ayudarme? Lo mandé llamar porque confío en usted y aún no pasa nada.

- Lamento confesarle que no tengo poderes mágicos, señor Grantchester.

- Pues haga algo, ¿quiere? Tengo una entrevista muy importante esta tarde. No puedo ir en estas condiciones.

- ¿Por qué no? ¿No hay baños cerca?

- Muy gracioso… Es una entrevista relacionada con mi trabajo. No puedo darle más detalles.

- Tampoco necesita dármelos, no son necesarios para el diagnóstico. Supongo que teme desilusionar a sus fans si lo ven en estas fachas… Lo mejor es que siga haciendo reposo.

- Veo que las malas juntas le han pegado ya los malos hábitos – comentó Terry molesto ante las ironías del doctor – Jamás pensé que llegaría a estar a la altura de la señorita Lefevre en materia de humor negro.

- Pues será lo único que se me ha pegado, porque con ella es imposible llegar más lejos.

- Ah, vamos doctor. No sea tímido. Aquí entre los dos, ¿va a decirme que entre ustedes dos no ha pasado nada?

- Desde luego que no. Y créame que lo lamento.

- Pero los he visto en varias fotos juntos…

- Sí, hemos salido varias veces, pero Camille no da su brazo a torcer. No hay caso. Supongo que lo mejor que puedo hacer es darme por vencido de una vez por todas – terminó Charles en tono derrotado, dejándose caer en el sofá que estaba junto a la cama de Terry.

- Ah, ¿cómo dice eso? Tenía una mejor opinión de los hombres franceses. Pensé que eran amantes más persistentes.

- Lo somos, se lo aseguro. Pero Camille es capaz de enfriar un desierto.

- Bueno, la señorita Lefevre ha tenido algunas malas experiencias.

- Supongo. Pero yo no tengo la culpa de eso.

- ¿No ha intentado ser directo con ella?

- Ya lo hice.

- ¿Y qué pasó?

- Nada. Al principio pensé que había dado resultado, pero no fue así.

- ¿Y regalos?

- Flores, chocolates, invitaciones a cenar, al cine, al teatro… Todo lo que se le ocurra.

- ¿Joyas?

- ¿Está loco? Camille me mataría si le regalo una joya. Si hay algo que detesta es que la traten de comprar con ostentaciones de dinero.

- Bueno… tiene sentido. Ella tiene más que suficiente. ¿Y algún perfume?

- Sólo tiene dos o tres favoritos. Considera una impertinencia que alguien le sugiera que cambie de aromas. Para ella es algo muy personal.

- ¿En serio? Qué bruja…

Charles la miró mortificado.

- Perdón, doctor, pero es que… con todo respeto, es una bruja. ¿No ha pensado en buscar a otra persona?

- ¿Si lo he pensado? Claro que lo he pensado. Llevo más de cinco años pensando en encontrar a otra persona.

- Pero para un tipo como usted no debe ser muy difícil…

- No lo es, no puedo quejarme.

- ¿Entonces?

- No puedo olvidarla, señor Grantchester.

El doctor dijo las últimas palabras con tanto dolor y con tal honestidad, que Terry sintió compasión por él. Pobre hombre. De verdad estaba enamorado.

- ¿Puedo hacerle un comentario muy honesto, doctor?

- Claro.

- ¿No le parece que ha sido un poco…? No sé cómo decirlo…

- ¿Qué?

- Por favor, no me malinterprete, pero… A veces con las mujeres… sobre todo con una mujer como Camille… No sé, usted le da demasiado, ¿me entiende?

- Pero acaba de preguntarme qué regalos…

- No me refiero a los regalos. Me refiero a su actitud. Camille es una mujer muy fuerte. Ella necesita un tipo fuerte a su lado.

- ¿Usted cree? – preguntó intrigado Duval.

- Créame: yo sé lo que le digo. En el fondo, todas las mujeres son iguales.

- ¿Y cómo son, según usted?

- Ya sabe… Les gusta complicarse. Les gusta que las mimen, les gusta sufrir un poco. A veces hay que ser un poco más distante con ellas.

- Pues yo creo que usted realmente no tiene idea de cómo es Camille, señor Grantchester. He visto a muchos tipos jugar ese jueguito con ella y se lo aseguro: no tarda ni cinco minutos en despacharlos. Créame: yo sé lo que le digo – le aclaró Charles en su mismo tono.

- ¿En serio? – preguntó Terry contrariado.

- En serio. Tal vez usted ha visto muchas películas románticas. La realidad no es como en el cine. Sé que Camille es una mujer fuerte. Eso es lo que me gusta de ella. No puedo obligarla a quererme. Sólo puedo sentarme y esperar…

- ¿Esperar? Pues si sigue así, se le va a pasar la vida esperando.

- ¿Y qué quiere entonces que haga? ¿Mostrarme lejano e indiferente, como usted me sugiere?

- No, eso no. Ya veo que no funcionaría con ella.

- Desde luego que no.

Duval dio un pesado suspiro. Eso era más de lo que Terry podía soportar. ¿Un hombre sufriendo así por una mujer? Aunque pensaba que cualquiera en su sano juicio debería correr a perderse ante la bruja Lefevre, si el tipo quería ese martirio y estaba en sus manos ayudarlo, su deber era hacerlo. En el fondo, él también era un romántico, amante de las causas perdidas.

- No se preocupe, doctor. Yo voy a ayudarlo.

Charles lo miró sorprendido. Claramente Terry Grantchester tenía una opinión muy alta de sí mismo.

- ¿En serio? ¿Y qué piensa hacer? ¿Lanzarla de nuevo por un ascensor para que yo la rescate?

- Claro que no. Eso fue un accidente. Muy desafortunado, por cierto.

- ¿Entonces?

- No hay nada que yo pueda hacer sobre ella, pero sí puedo hacer algo por usted.

- ¿Qué cosa?

- ¿Ha escuchado alguna vez los rumores que se cuentan de Hollywood?

- ¿Se refiere a los amoríos con medio mundo? No soy de ese tipo de personas…

- Claro que no, ni yo tampoco – Charles sonrió, incrédulo – Bueno… he tenido mis conquistas, no lo niego, pero le aseguro que no son ni siquiera la mitad de lo que se dice. La prensa exagera mucho y a los estudios les conviene inventarnos esa fama de mujeriegos.

- ¿Va a decirme entonces que no tiene novia?

- Pues no, no tengo novia. Sólo algunas amigas – admitió Terry con una sonrisa de satisfacción.

- ¿Y cómo se supone que piensa ayudarme entonces? – preguntó Duval cruzándose de brazos.

- Tener novia es algo muy formal, Charles… ¿Puedo llamarte Charles?

- Claro, Terry. ¿Puedo llamarte Terry?

- Claro que sí. Lo que te decía, Charles, es que eso de las novias es algo muy formal. No es para mí. Pero he aprendido una o dos cosas acerca de las mujeres de carácter. En Hollywood no sólo los hombres son estrellas, ¿sabes?

- Lo sé – asintió Duval interesado.

- Lo que tienes que… lo que de verdad tienes que hacer… yo creo…

Terry hizo una pausa. De pronto, su rostro de tornó mortalmente pálido.

- ¿Se siente bien?

- Lo que te decía es que… Maldición, necesito ir al baño de nuevo.

Las náuseas cortaron de cuajo la inspiración del Romeo de Hollywood. Charles prefirió abandonar la habitación. Había cosas que las estrellas de cine debían hacer solos. Tal vez cuando se recuperara, de verdad podría darle un par de trucos que poner en práctica. Después de todo, Terry era un galán, ¿no? Los ruidos que le llegaron desde el baño, sin embargo, le recordaron que hasta el más divo de los galanes, a la hora de la verdad, no era más que un hombre como cualquier otro, mortal al fin y al cabo.

- p - p -p - p- p -

Albert colgó el teléfono y se quedó en silencio, sopesando la conversación que acababa de tener. Sonrió.

- ¿A qué hora llega mamá?

- Ya debe estar por llegar, hijo, no te preocupes.

- ¿Puedo ir a preguntar qué vamos a cenar?

- No, no puedes.

- Ahh… ¿por qué no?

- Porque vamos a ir a cenar fuera de casa.

- ¿En serio? Pero… ¿puedo ir? ¿O tengo que quedarme?

- Desde luego que puedes ir. ¿Cuándo te hemos dejado solo?

- A veces…

- Pero esas son comidas de negocios. Esto es diferente. Es sólo para nosotros. Si no quieres ir puedes quedarte…

- ¡No, no, no! ¡Sí quiero ir!

- Bien me parece.

- ¿Tengo que ir a cambiarme de ropa?

- No, no te preocupes. Estás muy bien así.

- Qué bueno. Odio tener que cambiarme de ropa para cenar – confesó el niño, volviendo a su dibujo.

Albert lo miró y sonrió. Su hijo era un rebelde y qué poca autoridad moral tenía él para reprochárselo.

- ¿Te gusta dibujar?

- Sí.

- ¿Y leer?

- No sé leer.

- ¿Pero te gustaría aprender? Es muy fácil.

- ¿En serio? – preguntó Alex interesado.

- En serio.

- Bueno… pero otro día, ahora estoy ocupado haciendo este dibujo para mamá.

- Como gustes.

La conversación murió entre los Andrew. Alex se perdió en los intrincados trazos de su dibujo y Albert en los recovecos de sus ideas. La vida era tan extraña. Al principio, había creído que el mundo llegaba a su fin porque le habían arrebatado el cargo de presidente de las empresas Andrew. Ahora, casi dos meses tras el descalabro, se daba cuenta de que Neil en realidad le había hecho un gran favor.

Era cierto que los chismes y las burlas habían arreciado, pero no era la primera vez que algo así le sucedía. Las cosas no habían sido muy distintas cuando expulsó a Neil, ni mucho menos cuando contrajo matrimonio con Candy. En el fondo, era sólo un poco más de lo mismo y bien sabía él que la mejor forma de matar los chismes no era combatirlos, sino que ignorarlos. La gente se aburre de hablar de los demás cuando ve que sus comentarios venenosos no los hieren y así había sido el caso con ellos.

Albert se replegó en su hogar, se refugió en su mujer, en su familia, en la naturaleza y en sí mismo. Odió a Neil con toda su alma por hacerlo a un lado, pero comprendió que Candy tenía razón cuando le había dicho que sólo perdía el tiempo reclamando. Tiempo era lo que ahora más tenía y esta vez debía ocuparlo bien. Se había dado dos semanas de completo silencio, sin prensa, sin teléfono, sin correo, sin nada más que él, su mujer y su hijo en Lakewood. Habían vuelto para la fiesta de los Leagan, le habían dado otra vez el gusto a los chismosos, y otra vez se habían refugiado en sí mismos.

Para cuando volvió a su despacho en su mansión en Chicago, tenía un alto de correspondencia por leer y una lista interminable de gente que quería conversar con él. Conversar sobre negocios.

Se sorprendió.

Siempre pensó que una vez fuera de las empresas, su vida como empresario terminaba. Pero estaba equivocado. ¡Completamente equivocado! Una a una, las propuestas comerciales comenzaron a llegar a su puerta. Uno a uno, antiguos socios, contactos, gente que de una u otra forma había trabajado con él y su equipo, comenzó a demostrar su interés por trabajar con él, por hacerlo parte de sus equipos. Era algo que Albert no se esperaba. Él, que había planificado pasar un largo tiempo lamiendo sus heridas y mascullando su odio, era de nuevo un hombre ocupado, con la mesa llena de proyecto y mil planes por delante.

La decisión de invertir en los nuevos negocios de Archie le resultó natural, mucho más aún cuando se enteró de que Tom y su padre se habían unido al proyecto. Pero lo suyo no era el trabajo de la tierra, así que optó por tomar sólo el papel de inversionista. Contaba aún con una muy considerable suma de dinero a su cargo y las empresas Andrew, tal como Neil le había prometido, le seguían pagando una generosa "mesada", la cual Albert decidió ahorrar. No tocaría ni un solo centavo de aquello. Contaría sus haberes, pagaría sus deudas personales, controlaría los gastos de su casa y decidiría dónde y con quién invertir. Pero lo haría con calma. Tenía todo el tiempo del mundo. No era necesario tomar decisiones apresuradas.

Tras casi dos años de agónicas noches insomnes, por fin comenzaba a retomar un patrón de sueño normal. Ya no se iba a la cama angustiado, sino que más bien con la cabeza llena de ideas por probar. ¡Que la mañana llegara pronto para poder ponerlas en práctica! De pronto todo era un juego y él tenía libertad absoluta para experimentar. No era responsable de la suerte de nadie más que él mismo y su pequeña familia. Lo que pasara con el resto de su ingrata parentela ya no era su problema. ¿El consejo había buscado a Neil? Pues que el consejo lidiara con él. Ya no era su responsabilidad. Por primera vez en la vida, no era su responsabilidad. Era libre. ¡Libre de verdad! Libre como nunca antes lo había sido.

El Albert amargado y vengativo no duró mucho en su interior. Neil lo había empujado a volver a su centro, a los animales y la naturaleza, como le había dicho con ironía, y así lo había hecho. Lakewood tenía una capacidad infinita para sanar su alma. Así lo había comprobado de nuevo. Junto a Alex había recorrido el bosque, había trepado árboles y había cortado flores para Candy. Ella, con un ojo en sus hombres y otro en sus negocios, sonreía complacida.

- Deja eso – le dijo una tarde soleada – Vamos a caminar.

- Pero tengo que…

- Vamos.

Así lo habían hecho. Con Pelusa abriendo el camino, Alex corriendo tras de ella y Candy aferrada a su brazo, había comprendido que en realidad nadie le exigía ser el salvador del mundo. La crisis era general y no era su culpa. Él había hecho cuanto podía. Lo quitaban de en medio como habían quitado a tantos otros. Eso era todo. Pero él seguía vivo. Si Neil pensaba que le había cortado las alas, se equivocaba; lo que de verdad había hecho era abrir la jaula que lo asfixiaba y obligarlo a volar. Y se sentía bien. Muy, muy bien.

- ¿Crees que le guste a mamá?

Alex depositó en el escritorio su última obra maestra. Abstracta, como siempre.

- ¿Qué es?

- Es ella, cuando está trabajando.

- Ah… Claro… Está muy lindo – contestó Albert haciendo una mueca de dolor. El dibujo era terrible.

- No te pongas triste, papá. Otro día voy a hacer uno de ti trabajando – lo consoló el niño.

- Qué bueno. Pensé que ya no me querías como modelo.

- Bueno… Prefiero a mi mamá, pero tú igual me sirves.

- Gracias, hijo. Muchas gracias. Yo también te quiero.

- Lo sé – sonrió Alex, feliz de saber que sus palabras hacían feliz a su padre. El sonido de un auto les anunció la llegada de Candy - ¡Llegó mi mamá! – gritó el niño y sin esperar más, corrió a su encuentro.

Albert lo siguió con la misma alegría, sonriendo al pensar en la sorpresa que había preparado para su mujer.

- Hola, mi amor, ¿cómo estás? – Alex corrió a sus brazos y se colgó de su cuello para darle un gran beso.

- Bien, mamá. Te extrañé.

- Yo también, hijito. Pero llegué temprano, como te prometí.

- Lo cual me parece muy bien – saludó Albert, acercándose a su mujer - ¿Me perdona, caballero? Esta dama ya tiene dueño – dijo mientras tomaba con cuidado a Alex para ponerlo en el suelo, lejos de Candy.

- Buenas noches, amor.

- Muy buenas noches, cariño – contestó Albert y sin timidez alguna, tomó a Candy por la cintura y la besó en los labios.

Alex hizo un gesto de asco.

- Albert… Está Alex…

- ¿Y qué? Estoy contento de ver a mi mujer. ¿Qué quieres que haga?

- Loco – sonrió Candy. ¿Qué más podía decirle?

- ¡Papá dijo que vamos a cenar fuera! – gritó Alex, interponiéndose entre sus padres.

- ¿Cenar fuera? Pero hoy es martes…

- ¿Y qué tiene? Cualquier día es bueno para hacerlo. Mañana no tienes que ir a la oficina.

- ¿Cómo lo sabes?

- George me lo dijo – contestó Albert enigmático.

- George te lo dijo… No puedo creer que después de todos estos años aún sigas planeando fechorías con George.

- ¿Qué es fechorías? – preguntó Alex.

- Trampas – aclaró Candy.

- ¿Trampas? – Alex quedó sorprendido – Papá, ¿tú haces trampas con el tío George?

- Claro que sí. Pero sólo para secuestrar a tu mamá. ¿Qué dices, Candy? ¿Nos vamos?

- Pero, Albert, estoy cansada, tengo que arreglarme y…

- Pero puedes ir así. Papá dijo que no tenía que cambiarme de ropa para cenar esta noche.

- ¿Eso dijo? – preguntó Candy, sorprendida.

- Sí, eso dije. Pero en tu caso, sí tienes que cambiarte de ropa. Vamos, tengo todo listo en la habitación. Alex y yo vamos por el auto.

- Pero…

- Ah, ah, ah… Sin peros – advirtió Albert, poniendo su dedo índice en los labios de su mujer – Date prisa, se hace tarde. Te aseguro que te va a encantar el lugar.

Candy suspiró. Y sonrió. Estaba enamorada del hombre más deliciosamente impredecible del mundo, ¿qué más podía hacer? Sus arrebatos de espontaneidad, esos que tanto disfrutó cuando eran más jóvenes, habían regresado, junto con su buen humor y su paciencia. Poco a poco, Albert renacía y junto a él, ella también. Había sufrido, era cierto, pero esta vez la recuperación había tomado mucho menos tiempo del que esperaba.

Sin darle más largas al asunto, Candy subió a la habitación. Para su sorpresa, encontró un simple vestido y unos zapatos cómodos. ¿Así que quería Albert que salieran a cenar? No tenía sentido. Pero últimamente, junto a él, nada tenía sentido. De pronto, Candy sintió mariposas en el estómago pensando en qué podría estar tramando su marido. Sonrió evaluando algunas posibilidades, pero prefirió dejar las fantasías de lado. La realidad a su lado era mucho mejor.

Entregada a la aventura, la señora Andrew se puso el vestido, se quitó el maquillaje del día, se lavó la cara y se tomó el cabello en una simple cola. En menos de quince minutos estaba sentada junto a Alex en el asiento trasero del automóvil familiar.

- ¿Vas a decirme ahora dónde vamos? Imagino que no es ningún lugar elegante…

- No, esos son muy aburridos. ¿Cierto, Alex?

- Cierto, papá.

- ¿Le entregaste tu regalo a mamá?

- ¡No le digas! –reclamó Alex angustiado. ¡Su padre arruinaba la sorpresa!

- Perdón, perdón.

- Ah, Alex, no te preocupes. No escuché nada. ¿Qué hiciste hoy?

- Muchas cosas. Papá dijo que me iba a enseñar a leer.

- ¿En serio?

- Sí. Pero él dijo que prefería que empezáramos otro día.

- Ya veo. ¿No quieres aprender a leer?

- Sí quiero, pero no ahora. Prefiero dibujar.

- Bueno, hay tiempo. Supongo que ya es hora de que te busquemos un tutor, ¿no crees, Albert?

- ¿Qué es un tutor?

- Un tutor es una persona que viene a casa a enseñarte a leer y escribir – explicó Albert, doblando en una esquina. Candy miró por la ventana, pero no logró reconocer el lugar.

- ¿Cómo un profesor?

- Sí, como un profesor. Mary Anne tiene una tutora, ¿recuerdas?

- Sí – contestó Alex sin mucho entusiasmo. Mary Anne detestaba las clases con la tutora.

- ¿Qué pasa? ¿No te gusta la idea? – preguntó Albert, mirándolo por el espejo retrovisor.

- No. No quiero un tutor. Mary Anne dice que es muy aburrido.

- Ah, vamos. Ya sabes cómo es tu prima. Todo es un drama para ella – intentó animarlo Albert.

- ¿Tú tuviste un tutor?

- Muchos.

- ¿Y te gustaban?

Candy casi se atoró tratando de aguantar la risa. Sin darse cuenta, Albert comenzaba a pagar los dolores que de niño le había causado a otros.

- Bueno…

- Vamos, cariño. Cuéntale cómo eran tus tutores.

- Eran otros tiempos… - trató de esgrimir Albert.

- ¿Tú también tuviste tutor, mamá?

- No, yo no. Yo simplemente iba al colegio.

- ¿Al colegio?

- Sí, con otros niños del hogar de Pony. Ya sabes, ese salón donde todos se reúnen con la hermana María. ¿Recuerdas?

- Sí… ¿Eso es como tener un tutor?

- Mmm… No exactamente. Un tutor trabaja sólo contigo. Cuando vas al colegio, estás con más niños.

- ¿Y puedes jugar?

- Claro. En los recreos, desde luego. No durante las clases.

- ¡Entonces yo quiero ir a los recreos del colegio!

- Vaya, qué entusiasta – sonrió Albert.

- Es que a veces me aburró en la casa. Pelusa ya no quiere jugar conmigo.

- Ah, la pobre Pelusa ya tiene sus años, Alex. Tienes que aprender a dejarla tranquila – explicó Candy acariciando la cabecita de su hijo.

La conversación se extendió por varios minutos más, hasta que por fin Candy reconoció el camino.

- ¿Nos está llevando a dónde creo que nos estás llevando?

- Puede ser… - respondió Albert con una sonrisa misteriosa.

- Hace mucho tiempo que no vamos…

- Pues esa es la mejor razón para ir, ¿no crees?

- Pero…

Por toda respuesta, Albert le guiñó un ojo por el retrovisor y le regaló una sonrisa que le hizo saltar el corazón. ¿Qué se proponía ahora?

En cosa de minutos llegaron al misterioso lugar. Alex fue el primero en saltar del auto.

- ¡El departamento Magnolia! – gritó eufórico.

- No lo puedo creer…

- ¿Por qué no? ¿Te decepciono? – preguntó Albert, dándole la mano para ayudarle a salir del automóvil, después de haber sacado un pequeño bolso del portamaletas.

- Claro que no, pero nunca… bueno… No solíamos venir con Alex…

- Lo sé… Pero todo tiene arreglo en la vida, querida – le dijo depositando un beso cálido en su mano.

- ¿Qué estás tramando, bribón?

- Nada que tú no quieras, mi amor.

Albert lo había hecho de nuevo. Cuando entraron al departamento, hasta Alex se sorprendió de encontrar todo listo y dispuesto para que juntos prepararan una sencilla y tranquila cena familiar.

- Te dije que sabía cocinar y no me creíste – le recordó Albert – Ahora vas a ver que soy mejor que todos en la cocina. ¿Quieres ayudarme?

- ¡Sí! – contestó el niño, entusiasmado.

- ¿Y yo? ¿Puedo ayudar? – preguntó Candy.

- Desde luego que sí. Pero sólo para evitar peligros, tú te encargarás de las ensaladas. Eso es algo que no puedes quemar.

- ¡Oye! Hace años que no quemo la comida.

- Uno nunca sabe – contestó Albert con voz seria – Alex, tú lavarás las manzanas. Pero por favor, trata de no tirar tanta agua al piso.

Los Andrew cocinaron entre risas, agua y bocadillos para aplacar el hambre mientras la cena estaba lista. Candy se encargó de poner la mesa y Albert avivó el fuego. Hacía frío afuera, pero no importaba. Estaban juntos y ni la más fuerte de las tormentas podría separarlos.

La comida, sazonada con amor, resultó exquisita. Alex y Candy se repitieron el postre, mientras Albert oficiaba de mozo, sirviendo platos y ordenando todo. A eso de las once de la noche, por fin Alex se durmió en los brazos de su padre.

- Pobrecito, está agotado.

- No paró se saltar en todo el día.

- Lo sé. Vamos, se hace tarde, Albert. ¿Puedes llevarlo tú al auto mientras yo ordeno todo antes de que nos vayamos?

- ¿Y quién dijo que teníamos que irnos?

Candy lo miró sorprendida.

- ¿Cómo que no? ¿Y qué vamos a hacer entonces?

Albert se puso de pie y con Alex en sus brazos, se encaminó a la habitación más pequeña del departamento.

- ¿Puedes traer el bolso que está junto al sofá, por favor? Traje su pijama. Y su oso, por si las dudas.

- ¿Trajiste sus cosas? – preguntó Candy sorprendida.

- Por supuesto que sí.

- ¿Sabías que nos quedaríamos aquí esta noche?

- Obvio. No me gusta dejar a mi hijo solo.

Candy entrecerró los ojos y lo miró de arriba abajo.

- Supongo, entonces, que también trajiste mi camisa de dormir…

Por toda respuesta, Albert esbozó una sonrisa seductora y bajó la vista. Su típico mechón rebelde le cubrió el ojo derecho. Candy notó que sonreía y pensó que con el niño en brazos, se veía aún más atractivo que de costumbre.

- Será mejor que lo acostemos pronto. Alex puede despertar…

- Y no queremos que eso pase, ¿verdad?

- No, no queremos. ¿Te parece que tú te encargues de él mientras yo ordeno todo?

- ¿Todo?

- En la cocina…

- ¿Sólo en la cocina?

- ¿Tienes alguna otra sugerencia? – preguntó Albert, en tono casual.

- Puede ser…

- Pues déjame ver qué puedo hacer por ti.

Candy sintió cosquillas en la punta de los dedos y una corriente eléctrica en todo el cuerpo. Esa era la sorpresa. La cena era sólo la excusa. El objetivo era otro. ¡Volvían a su rincón secreto! Hacía meses que no lo visitaban, por una razón o por la otra, porque él no podía o porque ella estaba ocupada y ahora… Ahora la secuestraba del mundo junto a su hijo, los rodeaba de cariño y atenciones, los hacía reír, los cuidaba y ahora…

Estaba emocionada. Como la primera vez. Como cada vez. Albert lograba despertar en ella una fuerza descomunal que apenas podía controlar. Lo amaba con pasión, con paciencia, con alegría. Y lo deseaba, sí, ¡claro que lo deseaba! Era el hombre más atractivo que jamás había conocido, besaba como nadie jamás la había besado, la acariciaba como ella quería y se entregaba en cada abrazo como si no hubiera en el mundo nadie más que ellos dos. La amaba, sí. La amaba y la volvía loca, loca de amor, de deseo, de ternura, de todo.

No pasó mucho rato antes de ambos estuvieran amándose como dos recién casados, estrenándose como la primera vez, dejándose llevar por cada suspiro, por cada caricia. Albert había preparado todo para ella, sin dejar de lado a su hijo. ¿Cómo no amarlo? ¿Cómo no volverse loca una y otra y otra vez por ese hombre magnífico que la hacía sentir como una reina? ¿Cómo no anhelar volver cada tarde a casa, sabiendo que él la esperaba? ¿Cómo habían podido vivir juntos alguna vez, bajo ese mismo techo, sin reconocer cuánto se amaban?

- ¿Alguna vez pensaste, cuando vivíamos juntos aquí, que estaríamos así un día? – le preguntó Candy acurrucada sobre su pecho, satisfecha de amor y caricias.

- ¿Pensarlo? – dijo Albert acariciándole la espalda – Yo no diría que lo pensaba… Más bien lo añoraba. Y de vez en cuando lo imaginaba, sí, lo reconozco.

- ¡Albert! Pero yo era…

- ¿Qué? Vamos, estabas ya bastante grandecita, lo sabes.

- Pero tú eras mi paciente.

- Y tú eras la enfermera más hermosa del mundo. ¿Qué querías que hiciera? Yo no era más que un pobre amnésico enamorado y sin esperanzas de ser correspondido…

- Ah, no digas eso – lo consoló Candy besándolo en los labios.

- Sabes que es verdad. Pobre de mí… ¿No crees que merezco una compensación por daños y perjuicios? Sufrí mucho…

- Pues déjame ver qué puedo hacer…

Candy hizo su mejor intento y Albert no tuvo razones para reclamar, sólo para pedir más. Era genial poder amarse tranquilos, sabiendo que ella no tenía que trabajar, que su hijo dormía bajo el mismo techo y Albert estaba feliz. Neil había intentado destruirlo y en cambio, sólo había logrado acercarlos más. ¿Quién podría destruirlos ahora?

Nadie, pensó Albert dejándose acariciar por su mujer, llegando al cielo nuevamente. Nadie mientras él la tuviera a su lado.

CONTINUARÁ...


Osiris. Cruz . 758, tú acabas de pedir que no me tarde en actualizar. Heme aquí.

Porque es justo y necesario que cuando uno se atrasa con los capítulos y los lectores tienen paciencia, les entregue uno cuanto antes.

Cada vez menos tiempo, cada vez más cerca. Los caminos de verdad comienzan a entrecruzarse. Conste que éste es de los capítulos más largos que he escrito (para que no me reten por ser tan "breve").

¡Hasta la próxima entrega!

PD: Me encanta escribir de este Albert así, tan alegre y adorable. Qué le voy a hacer. En el fondo, soy una Albertfan de lo más cursi :-D

PCR