CAPÍTULO LI
Te quise a pesar de saber que te iba a perder. Que cada día te perdía un poquito más, y yo seguía en el intento de llenarte el alma...
DANIEL GLATTAUER
—Alexander, ¿mis oídos me engañan o estabas cantando Toxic en la ducha?
Era sábado por la mañana, y como tenía libre Alec había aprovechado para madrugar e ir a correr por Hampstead Heath junto a Isabelle y Linda. Una vez dieron por finalizada la marcha, volvieron a casa de Alec y Magnus y los hermanos desayunaron juntos. Magnus seguía durmiendo. Alrededor de las once Isabelle se marchó, iba a acompañar a Simon a una discográfica interesada por una de sus nuevas composiciones (le apasionaba enfundarse en su gabardina de cuero y actuar en calidad de su histérica mánager). Alec se despidió de ella y subió para darse una ducha, despertando sin pretenderlo a Magnus.
El brujo, una vez se había despejado un poco, fue a lavarse la cara (pudiendo de este modo disfrutar momentáneamente de las hermosas vistas que ofrecía una mampara de ducha transparente) y volvió a la cama, donde se recostó con el ordenador portátil en el regazo una vez hubo encendido la música (había hilo musical por toda la casa, tal y como él antaño había soñado). Si había algo que había descubierto que le encantaba, era ver desde la cama cómo salía Alec después del baño.
La sorpresa vino cuando empezó a sonar la conocida canción y la voz de su querido nefilim comenzó a entonar la letra:
—Baby, can't you see I'm calling?
Y Magnus, sonriendo como un gato satisfecho, escuchó.
—Ehh… puede —respondió Alec, ligeramente avergonzado—. ¡George siempre está poniendo los discos de Britney, a uno se le acaban pegando las letras!
—No hay escapatoria… no puedo esperar… necesito un golpe… cariño, dámelo… me encanta… —cantó el Gran Brujo, sonidos orgásmicos y posturitas incluidas.
El cazador de sombras se acercó a la cama y se sentó en ella. No obstante, no hizo caso de las provocaciones de su pareja.
—¿Llegaste muy tarde anoche? No me di cuenta, me quedé dormido antes…
De normal, cuando Alec terminaba su jornada laboral, iba hasta Holland Park para recoger a Magnus y regresar juntos a casa. Siempre y cuando al brujo no se le complicara el trabajo.
—No, no muy tarde.
—¿Lograste solucionarlo?
—Por descontado.
El brujo no se pudo resistir (quién podría) y paseó sus manos por el pecho del nefilim, desnudo y con gotas que todavía recorrían su anatomía. No es necesario decir que volvía a estar más firme que nunca, pues Alec se había dedicado a exprimirse en el gimnasio para que Magnus no pudiera volver a llamarle "gordito".
—Magnus…
—¿Sí?
—Tienes ojeras. Y no creo que sólo sea porque estos últimos días hayas llegado tarde por el trabajo. A veces te mueves, agitado, mientras duermes. ¿Todo va bien?
Magnus sonrió. Era tierno ver cómo Alec se preocupaba por él. Comenzó a recorrer de forma distraída el intrincado trazado de su runa de inmortalidad.
—Sólo tengo… pesadillas de vez en cuando. Pero he de decir que, si no hemos dormido mucho en este último mes, quizás no haya que culpar a otra cosa más que al hecho de habernos dedicado a inaugurar a conciencia todas las superficies de la casa…
—¿Seguro? —Alec fruncía levemente el ceño, síntoma de preocupación. Magnus sabía que sería difícil convencerle para que se la quitara. No tuvo que pensarse una respuesta, pues añadió—: Sé que formas parte del Consejo, Magnus —realizó una pausa durante la cual escrutó el rostro del brujo—. O que al menos te han llamado para que participes en algún asunto. ¿Por qué no me has contado nada?
—¿Cómo lo sabes?
—En el suelo del salón, se te debió caer. Era un sobre con el nuevo diseño del símbolo del Consejo. Bueno, supongo que ya no es un símbolo nuevo, ha pasado tiempo… El caso es que no leí lo que ponía, porque era tuyo y supuse que me lo contarías después. Pero no debes olvidar que fui director de un instituto durante cinco años. Sé que el sobre contenía un mensaje urgente.
El brujo suspiró profundamente.
—En realidad, no es nada. Sí, me llamaron. Y yo acudí para lo que me solicitaban. Y bueno, ya sabes que los brujos, a diferencia del resto de los Subterráneos, no somos tan entusiastas de ocupar asientos en el Consejo. Y digamos que… se acordaron de que hacía demasiado que no formaba parte, y me acabaron endosando el puesto. Así que estos días estoy poniéndome un poco al día con estos asuntos que más bien poco me interesan. No te había contado nada porque se me hacía… raro.
—¿El qué?
—Tú… te apartaste de ese mundo.
—Pero Magnus, tú eres mi mundo.
Alec lo dijo de aquella forma tan directa, sincera y natural que tenía de decir las cosas. Las soltaba y se quedaba tan tranquilo, sin saber que podían provocar un ataque de sentimentalidad como el que tuvo Magnus en aquel momento.
—Oh, Alec, mi Alexander —Magnus se le quedó mirando—. Eres tan…
—¿He dicho algo que…? —Las mejillas de Alec se encendieron—. Quizás no debería haber dicho algo tan…
No pudo acabar de enunciar aquel argumento tan sinsentido pues el brujo se echó a sus brazos para besarlo dulcemente.
—Alec, no podrías haber dicho nada más bonito. Tú también eres mi mundo. Ahora y para… siempre —volvió a besarle, pero el nefilim se le apartó para escrutar su rostro, lleno de melancolía.
—¿Qué es lo que va mal? Tienes que decirme lo que te preocupa… ¿son las pesadillas? ¿Tratan sobre mí?
—Por Lilith, ¿cómo sabes que son las pesadillas?
—Porque cuando tienes una pesadilla, me la cuentas. Es tu manera de deshacerte de ellas, como si contándolas en voz alta se hicieran mucho menos reales. Por eso, si no me las has contado, supongo que es porque no quieres preocuparme. Entonces, tratan sobre mí o sobre algo que tenga que ver con el Consejo… aunque las tienes desde antes de eso, luego…
—Alec —Magnus puso su mano sobre la del nefilim, que descansaba en su mejilla—, cuéntame otra vez cómo Isabelle y tú dejasteis de formar parte de la Clave.
—Ya te lo dije… alegamos que, por secuelas de la guerra, no podíamos seguir en nuestros puestos. Dijimos que la muerte de nuestra madre había sido la gota que colmó el vaso. Esperamos hasta que Jia Penhallow encontró unos nuevos directores para el Instituto. Nos dejó ser unos ciudadanos libres, aunque nos recordó que de tener hijos, bueno, ya sabes lo que pasa con los hijos de los desertores... —Alec hizo una mueca—, que les siguen perteneciendo a la Clave y todo eso. Bueno, en realidad eso se lo contó a Isabelle, ya que dio por sentado que yo jamás tendría hijos —añadió, frunciendo aún más el ceño—. Como si el hecho de ser gay impidiese la posibilidad de ser padre.
—¿Es que quieres ser padre? No me habías dicho nada…
—Magnus —Alec le cortó—. No cambies de tema. Cuéntame lo de tus pesadillas. ¿Qué tienen que ver con lo que te acabo de contar?
El brujo tomó aire y suspiró.
—Sueño con que te alejan de mí. Sueño con que te torturan hasta la muerte en una celda oscura —admitió, desviando su mirada—. Sueño con ello… todos los días.
—¿La Clave? ¿Ellos lo hacen?
—No lo sé…
Alec bajó la mano para tomarle de la barbilla y levantarle el rostro.
—Pero no son ciertos. Estoy aquí, y la Clave no sabe nada de mí. Estoy aquí, contigo —le besó en los labios con ternura—. Izzy también ha tenido un sueño raro que le ha hecho reflexionar.
—¿Qué ha soñado?
—Que salíamos a cazar, ella, Jace y yo —Alec, de forma inconsciente, se acarició la runa de parabatai—. Que los tres éramos inmortales pero aun así seguíamos en la Clave.
—¿Y qué opinas de eso?
—Opino que Jace, de estar en nuestro caso, habría actuado de forma bien diferente. Él no podía ser otra cosa más que el mejor cazador de sombras de la historia (que no es poco). Él habría dado la cara ante nuestra situación, habría estado durante siglos matando demonios, yendo de Instituto en Instituto. O actuando de otra forma, más encubierta quizás.
—Como lo hacéis Isabelle y tú.
—Eso es un puro divertimento de viernes por la noche. No… él habría hecho lo que algunos dicen que hizo Jonathan Cazador de Sombras.
—¿Te refieres a la leyenda de que fue convertido en vampiro y sigue entre nosotros?
—Ajá. Recuerdo que al poco de llegar al Instituto, Jace me escuchó contársela a Isabelle. Él nunca la había oído, jamás. Supongo que ahora entiendo el porqué. A Jace aquella historia le entusiasmó. Muchas veces, incluso de mayores, me pedía que se la contara…
—¿Te gustaría seguir viviendo como cazador de sombras? ¿Aun sin Jace?
—¿A qué te refieres? ¿A trabajar en un Instituto o cómo?
—Algo así. Podrías ser nefilim asesor.
—¿Sería conocido como Alexander Holmes?
Alec rió, lo cual tranquilizó a Magnus, pues al haber sacado todo aquel tema, y al hablar de Jace, el rostro de su querido nefilim se había ensombrecido en exceso.
—Me gustaba enseñar. Los Blondsaviour, la familia que acabó siendo luego directora del Instituto de Nueva York, tenían tres hijos. Al no disponer de ningún instructor, yo solía darles clase. Se llamaban Anna, Marina y Miguel. Recuerdo que adoraron a Iglesia en cuanto lo vieron —Alec sonrió—. Me gustaban esos niños. Anna era responsable y disciplinada, siempre dispuesta a aprender… salvo cuando pensaba en los chicos de la academia de Idris; Marina era dispersa y no le entusiasmaban demasiado las armas, pero era excelente aprendiendo y dibujando runas. Miguel, a pesar de su corta edad, conocía todos los mapas de Idris y las ubicaciones de los Institutos del mundo, aunque prefería quedarse en la biblioteca estudiando la historia tanto nefilim como humana. En fin… no deberíamos hablar de lo que pudo ser y no fue.
Magnus se le quedó mirando, un tanto atónito, mientras lo contaba. Al final dijo:
—Nunca me habías hablado de esos niños. Es más, creía que detestabas a los niños en general.
—¿Prejuicios sobre el típico gay que odia a los niños? —Alec se levantó, tras lo cual la toalla trató de soltarse de su cintura. Para desgracia de Magnus, se la sujetó a tiempo. Caminó hasta el boudoir, y de su cajón sacó algo—. Hasta tengo una foto de ellos.
Se la mostró. Los niños, de 15, 11 y 8 años, le indicó, posaban a su lado, sonriendo.
—Podrías enmarcarla —le sugirió, devolviéndosela.
Alec la volvió a contemplar, pensando.
—Sí, me parece que eso haré.
La depositó sobre la mesilla de noche, y de pronto, pareció acordarse de algo.
—Magnus.
—¿Sí?
—Antes de que nos pusiéramos a hablar de temas serios, te quería preguntar por algo más trivial.
Magnus le dirigió una mirada llena de curiosidad.
—Dime, sabes que me encantan los temas triviales.
—Estaba pensando… ¿crees que me quedaría bien si me dejara barba? —Alec se acarició las mejillas, que en los últimos días no se había afeitado como venía siendo lo habitual.
—Oh —Magnus le miró, y le estudió el rostro—. Sí. Nunca antes lo había pensado, pero creo que te quedará muy sexy. Adelante.
—¿En serio? Y… esto… ¿la barba te gusta? Para besar y todo eso… quiero decir…
Magnus rió.
—Sí, me gustan. Esos pinchacitos son… estimulantes.
—Lo sé —replicó Alec, sin apenas darse cuenta.
—¡Ey! ¿Y se puede saber tú como lo sabes?
—Esto… —Alec se levantó, por primera vez recordó que debía vestirse—. Supongo que por Godfrey.
—Maldito sea ese mundano —replicó Magnus, fingiéndose ofendido—. Siempre tiene que salir a colación.
—Es el novio de mi mejor amigo —le recordó Alec.
Magnus no aceptó el comentario.
—Uhm… me acabo de acordar, tengo mucha hambre.
Alec sonrió.
—Dame cinco minutos y te preparo el desayuno.
—Entonces, una vez has puesto la leche, los huevos, el aceite y el harina en la taza mezcladora…
—Lo batimos bien —terminó la frase Alec—. Pero te ha faltado la pizca de sal —la añadió y comenzó a mezclarlo todo con la ayuda de la batidora.
Magnus había insistido en que, después de tantos siglos de existencia, quería aprender a cocinar. El problema era que, con un profesor como su nefilim, se distraía demasiado.
—Así ya está bien, prueba la consistencia.
Magnus metió un dedo en la líquida masa y lo lamió. Después, se lo ofreció a Alec que, sonriendo, también chupó.
—Comprueba el horno. Los higos deben estar casi a punto.
Así era. Los sacaron y dejaron a enfriar mientras preparaban las crêpes. Posteriormente los cortaron, los mezclaron con trozos de nueces y pasas, y rellenaron las masas.
—No es tan difícil, ¿no? —decía el cazador de sombras cuando ya las estaban comiendo.
Magnus negó, con la boca llena. En ese momento hizo su aparición estelar en escena Presidente Miau. Se subió a la mesa y paseó por delante de los dueños aireando el rabo.
—¿Pero dónde te habías metido? —le preguntó Alec, mientras lo acariciaba.
—Creo que está celoso —observó Magnus—, piensa que le hemos traicionado.
—¿Por traer a Linda? Pero si ella es muy cariñosa con él… ¿a que sí, Presidente? ¿a que sois muy amigos? —El nefilim se lo llevó al regazo para darle mimos.
—Hablando de Linda y Presidente. Tengo que enseñarte lo que he encontrado mientras te duchabas.
Magnus abrió el ordenador portátil y lo encendió. Tenía puesta una página de collares para mascotas personalizados.
—Para que los lleven en la boda de Tessa y Kevin, ¿qué te parecen?
—Están bonitos —Alec asintió—. Y combinan entre ellos.
Aquellos eran de los pocos adjetivos que sabía decir el cazador de sombras con respecto a la moda.
—Así es. Nuestros trajes también combinarán. A todo esto… deberíamos salir ya, recuerda que tenemos cita con el sastre a las cinco.
—Perdona… Gianni, pero me parece un tanto… excesivo —dijo Alec en cuanto salió del probador.
Llevaba un traje con volantes en las mangas y chorreras en la camisa, largo chaqué y remates en azul eléctrico.
—¿Excesivo? Todo lo contrario. Date la vuelta, date la vuelta —el modisto le hizo girar con sus propias manos—. Con tu figura, esas facciones y ¡esos ojos! Esto es lo mínimo. A ver, quítate la parte de arriba —como si nada, el diseñador empezó a desnudarle. Por suerte, Alec había sido precavido y se había dibujado una runa Mendeli antes de salir de casa.
—¿Y dónde está Magnus? —preguntó, nervioso. La visita al taller no estaba yendo para nada como había esperado. Para empezar, desde el primer momento se había visto separado de Magnus, que había comenzado a hablar de moda con la hermana melliza de Gianni, Cara. Y después, había comenzado a servir a modo de maniquí de Gianni, que estaba completamente entusiasmado con el novio de Magnus. O, mejor dicho, con su cuerpo.
—Con mi hermana. Pueden pasarse horas charlando esos dos. Por eso mismo no vale la pena esperarles.
—Pero es que yo… —hizo una pausa cuando Gianni empezó a desabrocharle los botones de la camisa—, no sé mucho de esto. Prefiero que esté Magnus y diga lo que opina…
—Quita, quita, no es necesario. Tranquilo, hombretón, que yo sé de moda por los dos juntos —y dicho esto, le quitó la camisa—. Menudos pectorales. Tendré que tomarte medidas. ¿Sabes? —comenzó a pasarle la cinta por el abdomen—. Una medida mal tomada y ¡zas! Un cuerpo apolíneo como el tuyo enfundado en un mal traje puede quedar lleno de bolsas.
—¡Gianni! —Alec estuvo a punto de aplaudir cuando escuchó la exclamación del brujo, que acababa de entrar en la sala—. No te estarás propasando con mi novio, ¿no?
—Magnus —El nefilim consiguió despegarse de Gianni y caminó junto a él—. ¿Qué has estado haciendo tanto tiempo? Este tipo por poco me desnuda —dijo, mascullando entre dientes—. Antes me ha puesto una especie de corsé con el que casi me ahoga.
—¿Un corsé, Gianni? —Magnus le dedicó una mirada de desaprobación—. Cara me ha estado enseñando telas, y creo que ya hemos decidido la combinación perfecta. Ahora te las enseñamos.
—Ajá —Alec intentó sonreír, cuando lo que quería marcharse a toda prisa. En ese momento, Gianni volvió a rodearle con la cinta métrica.
Una vez hubo terminado de tomarle medidas, estuvieron viendo (de nuevo) los tejidos. Para Magnus era esencial que combinaran con las flores, puesto que serían el elemento principal de la celebración; la sala y los jardines de la boda estarían plagados de ellas. Blanco, dorado y azul eran los colores escogidos para ellas, al igual que para el traje de ellos dos. En el de Alec, el azul se impondría al dorado, reservado para los bordados; en el de Magnus, sucedería justo lo contrario. En cuanto a la forma, descartaron el largo chaqué que horripilaba a Alec, así como las enormes solapas que se habían puesto de moda y acabaron escogiendo un corte similar al de Kevin, con chaqueta cerrada, recta y sin solapas. En cuanto al calzado, Magnus decidió que para el suyo y para realzar su toque personal, tendría los zapatos en dorado brillante.
Cuando lograron salir del atelier, Alec suspiró aliviado:
—Si algún día nos casamos, me pido como regalo de boda no tener que sufrir este suplicio de nuevo.
Magnus le pasó el brazo por la cintura y le besó.
—Lo siento pero creo que eso no será posible, futuro señor de Bane.
—Ya me lo imaginaba… —Alec se miró el reloj—. Oh, no. ¡Menudas horas se han hecho!
—Cierto… y habías quedado con George, ¿no?
—Sí. Ha insistido muchísimo en que hoy teníamos que celebrar no sé qué. Venga, te llevo a casa rápido y me voy pitando.
—No es necesario que vayas con tantas prisas, garbancito. Aprovecharé que estoy por la zona para ir a ver a Tessa y a Kevin. De todos modos, tenemos que cuadrar el tema de los invitados. Vete tú tranquilo con George… ¡Y desfasad mucho esta noche!
—Tranquilo, que si es por George, arderá Londres —rió Alec.
—Pero… tened cuidado —dijo Magnus, esta vez con un tono más serio.
—Claro que lo tendremos. No aceptaremos caramelos de desconocidos y todo eso. Venga, dame un beso que me voy.
Magnus se acercó, le agarró del rostro y aproximó sus labios a los suyos. En un último instante, no obstante, se retiró.
—Mejor te espero a esta noche cuando vuelvas.
—Juegas sucio. Eso es para que no me quede hasta tarde.
—Hay que ver cómo me conoces —El brujo sonrió pícaramente—. Te espero esta noche, entre las sábanas.
—¿Por qué tanta animación? —preguntó Alec en cuanto tomaron asiento en su mesa habitual del club de Ojos de gato. El sitio estaba igual, sólo que ellos ya no iban para ligar, puesto que ambos ya tenían pareja.
—Porque hoy es un día para estar animado. Uff… me parece que te lo voy a decir ya porque si no reviento.
—A ver, cuéntame… —dijo Alec, sonriendo. Su amigo estaba exultante aquella noche. Sonreía como un loco y daba pequeños botes en el asiento.
—¿Recuerdas que te dije que tenía pensado proponerle a Godrey que se mudara a mi casa, verdad?
–Así es.
—Pues hoy se lo he dicho.
—Y te ha dicho que sí, ¿no?
—Ay Alec —George le miró a los ojos, y parecía que estaba a punto de llorar—. No sólo me ha dicho que sí, sino que me ha dado… ¡esto! —Dicho lo cual, dejó a la vista su mano izquierda, que había estado resguardada todo el tiempo en su bolsillo. No tenía nada extraño, salvo que en el dedo anular… lucía un anillo de compromiso—. Alec, que me caso. ¡Me caso!
Tras decir esto, las lágrimas brotaron de sus ojos.
Alec, que no sabía qué decir en aquellas situaciones, lo abrazó con fuerza.
—Me alegro mucho por ti, George. De verdad.
—¡Harry, trae el mejor champán que tengas! —gritó George en cuanto vio al camarero.
—Aunque… es un poco precipitado, ¿no? —comentó con reservas el cazador de sombras.
—Ay Alec, yo no lo veo así. Sé que Godfrey es el amor de mi vida, simplemente lo siento en el corazón —dijo, poniéndose una mano en dicha zona—. Aún no hemos puesto fecha ni mucho menos, pero estoy tan feliz… pienso contárselo a todo el mundo.
Alec le sonrió.
—Y ahora, tengo que hacerte una pregunta muy importante, mi querido Alec.
—¿Sí?
George se quedó en silencio por unos instantes. Finalmente, le cogió de la mano y le preguntó:
—¿Querrás ser mi padrino de boda?
—Oh —por un instante, Alec no vio a George ante sí. Vio a Jace, a un Jace más adulto de lo que llegó a serlo jamás, que le hacía la misma pregunta. Entonces, fue cuando a él le entraron las ganas de llorar—. Claro que sí. Si eso es lo que quieres, seré tu padrino, George.
—Perfecto. Pues no se hable más.
—¿Que no se hable más? ¡Pero yo quiero enterarme del porqué de esta celebración! —Fue lo que exclamó Harry en cuanto llegó, cubitera y copas en mano.
George le enseñó su mano, sonrisa radiante en los labios. Y así hizo con todos los conocidos que había allí aquel día, así como con todos los desconocidos que preguntaban o que simplemente les dirigían una mirada curiosa. El local invitó a varias botellas, y luego George fue pidiendo más para que todo el mundo brindara al menos una vez.
Alec estaba muy feliz por su amigo pero, por otra parte, había algo que le inquietaba. Fue cuando se dirigía al aseo que se dio cuenta de que alguien les observaba desde lejos, una persona que se le hacía remotamente conocida. No fue hasta que salió del baño que se dio cuenta de qué le sonaba.
El chico de espaldas anchas, con barba espesa y chaqueta de cuero que había asistido al partido de fútbol benéfico de año nuevo y no había perdido de vista a George. El chico con el que había confundido (y no sólo él, a Magnus también se le había pasado por la cabeza) al novio de George, cuando George no le había dicho todavía que salía con alguien.
Pero ahora, Alec no era capaz de encontrarle. Ni a él ni a George. En cuanto vio a Harry, Alec le agarró del brazo y le preguntó.
—Me parece que ha salido… pero no estoy seguro —le informó, sonriente y ajeno a su preocupación.
El cazador de sombras salió tan pronto como pudo del local. Miró a ambos lados de la calle, pero no divisaba a su amigo. Torció al callejón lateral, y allí lo encontró. Rodeado por un grupo de cinco hombres lobo que no tenían pinta de ser muy amigables. Uno de ellos era el chico que había visto dentro del club, y precisamente en ese momento estaba hablando:
—Creo que deberías dejarlo en paz ya, Jack. Apenas tiene cuatro lunas…
—Por eso mismo —respondió el supuesto Jack—. El cachorrito debe decidirse. ¿Estás con La hermandad de la luna o estás en contra de ella?
—Dejadlo en paz —dijo Alec, entrando en escena.
Los lobos se giraron. George, que estaba siendo sostenido por un par de ellos, alzó la cabeza para mirarle.
—Hombre, pero si al fin ha llegado tu amiguito cazador de sombras. ¿Vas a echarme unos polvitos de plata?
Por desgracia, no los tenía. Como antes de ir al pub había estado en la sastrería, no llevaba nada encima, ni siquiera su preciada estela. Pero no importaba. Aquellos eran lobos indisciplinados, y él era un nefilim veterano bien entrenado. Con tan sólo sus puños, comenzó a atacarles. La estrategia era ir deshaciéndose de los más próximos a George para conseguir que él fuese liberado y escapara. No fue difícil, y se dio cuenta. Se defendían, pero prácticamente no atacaban. No empleaban las armas que llevaban encima, tan sólo sus propias garras. Jack, el a todas luces más fuerte de los cinco, se limitaba a observar y a sonreír complacido.
Un par de llaves más tarde, consiguió liberar a George, a quien le dijo:
—Corre, por lo que más quieras, corre.
George asintió, obedeciéndole al instante. Alec ya se esperaba lo que le vendría encima. Sintió un dolor profundo en el cráneo, posiblemente el golpe más fuerte que había recibido nunca. Antes de que la oscuridad se lo llevara, vio cómo George corría con todas sus fuerzas y esperó que al menos hubiera valido la pena.
Y las tinieblas lo envolvieron.
*comienza a sonar Rains of Castamere*
Lo prometido... por una vez lo he cumplido. Aquí está el capítulo. En los próximos aparecerán algunos nuevos personajes, y puede que alguno conocido pero que en este fic no ha salido nunca. Para ello, si a alguien le gustase "aparecer" en el fic (no me refiero a un rol protagonista, sino a algo como lo que yo he hecho conmigo y mis hermanos en este capítulo), en los reviews debéis indicar cuatro cosas: 1. vuestro nombre, 2. algo que os caracterice físicamente, 3. algo que os caracterice psíquicamente y 4. a qué raza os gustaría pertenecer. Aviso: puedo modificar alguna de estas características por intereses de la historia.
*La leyenda sobre que Jonathan Cazador de Sombras se convirtiera en vampiro se la debo a cierto fic de cierta querida prometida mía... si no lo habéis leído ya, ¡corred a hacerlo! Creo que ya lo he recomendado en más de una ocasión, pero no me cansaré de hacerlo. Se llama Fall in love with a Jace in heels.
Espero que os haya gustado... y que me perdonéis por ser tan mala. Ave atque vale, hasta el próximo capítulo, nefilim!
P.D ¿Soy la única que está muy emocionada con la serie de TMI? Como siempre, PM para fangirleos varios.
