Cuñados
―Alfred, me ha costado un huevo que Scott te deje entrar a la casa. Así que no hagas el ridículo, ¿de acuerdo?
Alfred resopló un poco ofendido ante la no grata sugerencia de su novio. Vale, él sabía que los hermanos mayores tendían a ser sobreprotectores, que le preguntaran a él si no era cierto, y sí, Scott Kirkland se había convertido en un verdadero dolor en el culo –figurativamente, claro, que Arthur se lo trataba con respeto–, pero no creí necesario tanta advertencia.
Trataba de ganarse al cuñado, no echárselo encima.
―Descuida, Arthur ―le sonrió confiado―. Me comportaré como un inglés ―agregó medio serio y medio en broma antes de cruzar la puerta de entrada de la casa de los Kirkland.
Arthur prefirió guardar silencio, sabiendo que las cosas iban a terminar mal, pero agradeció internamente el que su madre estuviera en el piso de arriba, que así sería más fácil detener a la bestia de su hermano, quien estaba unos pasos detrás de él terminándose el cigarro que le había robado a la abuela.
―Jones ―saludó él serio y con cara de pocos amigos. Alfred ni se inmutó, pff, había tratado con personas con peor genio –una de ellas era su novio, pero eso nadie tenía que saberlo–.
―Kirkland ―contestó Alfred estrechando la mano del pelirrojo sin dejarse amedrantar por la excesiva fuerza que este estaba utilizando. Arthur sonrió un poco. Listo, el idiota de su novio lo había conseguido.
―Nada de sexo en esta casa ―expresó Scott soltándole la mano al rubio para después marcharse a la cocina.
―Me lo hubieras dicho antes ―sin poder –o más bien sin querer–, susurró Alfred con malicia agarrando de la mano a Arthur para llevárselo a la habitación aprovechando esos segundos de estoicidad del pelirrojo. Y mientras ambos subían rápido las escaleras, Arthur trató de rescatar algo positivo de esa situación.
¿La cara de ira de Scott contaba?
Nah, pensó Arthur en el momento en que Alfred lo estampaba contra la puerta de su cuarto y lo besaba.
