EPILOGO 2 Mary Macdonad
Pink Floyd - Wish You Were Here (1975)
La melodía termina, con ella mi relato.
Las parejas sobre la pista de baile detienen su paso, el resto posa su bebida en las mesas, hacen una pausa en su charla y pronto la atmósfera se tiñe de aplausos, no efusivos, pero genuinos.
—Nunca volví a verla después de ese día —Añado como apunte final. —, Dumbledore recomendó que no escribiéramos, por lo menos en un tiempo prudente. Enviar una lechuza podría ser peligroso para ella, además de que no todas las lechuzas pueden viajar atenazando un pergamino seis mil kilómetros sobre el Atlántico.
—¿Cómo es que la invitaste entonces? —cuestionó Remus.
Asenté el rostro lentamente —Caradoc, debía un favor a Mcdonald—sonreí.
—¿Fue hasta América?
Sorbo aire y exhalo.
—Su padre tiene contactos—respondí.
Contemplo una vez más a Lily. Su silueta enfundada en un ceñido vestido blanco se enfila rumbo a la mesa principal para tomar una copa de agua. Mientras sorbe me busca vagamente con la mirada. Una extraña felicidad me nace desde el pecho, una que me obliga a dibujar una sonrisa tierna y conmovida en el rostro. Me embarga un sentimiento, uno que me dicta que las cosas son como deben ser.
—¿Crees que se presente? —Cuestiona mi amigo.
—Me gustaría —confieso —pero… —Pauso un momento y suspiro — me gusta pensar que, permanece segura y a salvo lejos de éste caos. Como debería ser.
Me incorporo, concedo una palma a la espalda del lobo y me encamino hacia Lily, que, al encontrarme, me dedica una mueca tierna y radiante.
Nimphadora Thonks
—Creo que esta es la última caja —avisé señalándola en el suelo.
—Cuidado con esa…
Me apresuré a elevarla sobre los brazos y fiel a mi torpeza, al hacerlo el cartón se desgarró y su contenido se derramó por todo el piso.
—…es una caja muy vieja—. Remus Lupin terminó la frase demasiado tarde, las cosas estaban desperdigadas por doquier.
El hombre lobo se posó de cadera sobre el marco de la puerta y sonrió con su infinita paciencia. Cerré fuertemente los ojos y un desagradable calor se extendió por mi cara, rogaba no haber estropeado otra cosa. Ya había sido suficientemente embarazoso quebrar los viejos vinilos de los Beatles. Creo que después de ese día ya se había percatado de mí irremediable tendencia a los desastres.
Alcé la varita intentando enmendar el error y devolver todo el contenido de vuelta.
—Yo me ocupo—se apresuró a hablar divertido tras advertir el color rojo del que se me había teñido el cabello.
Agitó la varita y la caja se recompuso como si fuera nueva, al tiempo que uno a uno los objetos se elevaron en el aire y se reacomodaron ordenadamente de vuelta en su respectivo sitio dentro de la caja, que por alguna razón continuaba sosteniendo entre los brazos.
Fue entonces cuando me percaté de una fotografía rasgada, el último elemento en posarse dentro de un sobre que decía "Baile de las eminencias 1976". Me robó la mirada. Por lo que no pude evitar notar, no sólo que era una foto partida por la mitad, si no que en ella se mostraba una chica. Una adolecente con aspecto de haber vivido en otros tiempos. Un estilo anticuado que me rebelaba que la fotografía probablemente había sido tomada en tiempos escolares del viejo lobo.
Solté la caja, dejando que la misma flotara en el aire por cuenta propia, y a continuación tomé entre mis dedos la fotografía para estudiarla mejor.
Los filtros de la imagen mantenían un color ámbar desvaído, tenía por lo menos dos décadas de antigüedad y esa chica no paraba de sonreír, de sonrojarse y era continuamente besada en la mejilla por un joven anónimo sentado a su lado. Un chico al que no pude divisarle el rostro ya que era justamente ese extracto de la imagen la que faltaba.
Por un segundo me pregunté si ese muchacho podría tratarse de un joven Remus Lupin. De ser así probablemente estaría contemplando a alguna novia de su juventud, o peor, alguna exmujer. Tras esa sola idea me nació una curiosidad por saber quién era la muchacha de la imagen. Y casi por impulso la duda escapó de mis labios.
—¿Quién es ella? —cuestioné con interés.
Remus miró la imagen entre mis dedos y, cómo si mirara un viejo fantasma, por una fracción de segundo su cara se desdibujó. Unos cosquilleos de algo parecido a los celos me embargaron ante esa reacción, pero los disimulé bien. Era consciente de que no debía sentirlos, ni debería sentir siquiera curiosidad, no sólo porque era un colega de la Orden al que hacía poco conocía, también porque seguramente estaba frente a algo que quizá significaba un episodio de su vida del que no me competía enterarme. Pero esa breve reacción en su cara me había revelado que probablemente existía una historia detrás de esta chica, y que un recuerdo acababa de atropellar su mente. Uno que me parecía esconder una historia intrigante con él.
—Una vieja compañera de Hogwarts —Entonces respondió aquél.
Tentando la indecorosa curiosidad me envalentoné a sacar un poco más de información, aunque fue quizás como un pretexto inofensivo para crear charla.
—¿Era amiga tuya?
—Más bien, era amiga de James.
Y con esa respuesta quizá se disolvieron mis primeras dudas, pero otras tantas me asaltaron. Si era amiga de James ¿Qué hacía la imagen de la chica entre sus cosas? ¿Y por qué estaba rasgada por la mitad? No tuve el valor o la desvergüenza de preguntar más, pero la respuesta más lógica brillaba con mucha evidencia.
En ese momento sólo pensé que, si esa chica fue capaz de hacer sufrir a Remus, aún sin conocerla, ya se había ganado mi desagrado. Creo que es la curiosa forma en la que trabaja la mente de una enamorada de su colega mayor.
En ocasiones como aquella, la metamorfomagia es una maldición, ya que mi cabello cambió de color y de forma, delatando ese pensamiento. Y Remus, siempre intuitivo, lo había adivinado como si leyera mi mente.
—Esta caja no es mía —se apresuró a explicar con esa mueca casual y amistosa en su rostro. —Es de Sirius. Estas cosas son de él.
El asunto se zanjó con esa breve aclaración. Remus, entonces, era para mí un cofre de secretos que me moría por abrir. Alguien del que quería saberlo todo. Fue por eso que, en primera instancia, le había ofrecido ayuda para mover sus pertenencias de la vieja cabaña de Dumbledore hacia el número 13 de Grimmauld Place, lugar que se convertiría en el cuartel de la Orden del Fénix.
Al paso de los meses, y del verano al invierno, las misiones eran cada vez más frecuentes y, poco a poco, me di cuenta que Remus y yo compartíamos mucho tiempo juntos. Llegó ese momento en el que casi por inercia, nos sumábamos en pareja a la misma misión de espionaje o de escoltas.
Hacíamos un buen equipo, yo, como una eficaz espía con credenciales de Auror, y él como la mente pragmática y especialista en defensa de artes obscuras. Así fue cuando a mediados de diciembre nos enteramos de que Arthur Weasley había sido atacado por una serpiente durante una misión nocturna para la orden del Fénix. Las condiciones del ataque, y de cómo nos habíamos enterado de él, fueron circunstancias extrañas.
Remus y yo, disponibles en ese momento, nos ofrecimos de inmediato a escoltar a Molly Weasley y Bill Weasley (Mi excompañero de Hogwarts) hacia el hospital de San Mungo. Dumbledore consideró prudente que Sirius cuidará al resto de la familia en el cuartel.
Una vez en el centro de sanación mágica, y tras unos momentos de tensión y mucha preocupación, un sanador jefe nos informó que Arthur estaba estable, y se le había podido controlar la hemorragia que provocaban las heridas proferidas por la serpiente, pero resaltó la condición precaria en la que aún se encontraba. Vi como Molly se echó a llorar en los brazos de Bill, su hijo mayor; y Remus, siempre con la frase adecuada para el momento, la calmó. El sanador de turno otorgó el permiso a los familiares de pasar a ver al paciente, por lo que vimos oportuno conceder el espacio íntimo a los Weasley mientras aprovechamos a informar tanto a Dumbledore, y al cuartel de la situación.
Salimos de la sala de visita hacia un lugar oportuno para conjurar un patronus con los respectivos informes. Y una vez hecho esto, decidimos pasar por un par de bebidas calientes en la misma cafetería del nosocomio.
—¿Tienes alguna teoría sobre cómo Harry puede tener estas visiones?
Charlaba con Remus de camino al café.
—No lo sé, puede que ni siquiera se trate de una visión—Teorizó éste con una seriedad reflexiva.
—¿Qué otra explicación puedes darle? —cuestioné escéptica —. Quizá James o Lily tenían el don, estos rasgos suelen heredarse…
—No, ellos nunca demostraron tener esa clase de…
Una sanadora de bata verde, y gafete, había pasado caminando en dirección contraria, con paso apresurado justo en el mismo pasillo por dónde cruzábamos. Abstraída, examinaba un pergamino con muchas anotaciones, parecía tan concentrada en la lectura que me golpeó accidentalmente con su hombro.
—Disculpa —me dijo.
—No hay problema —respondí comprensiva.
Siguió su paso sin apenas advertirnos.
—¿Que decías, Remus?. Algo sobre James y Lily. Remus, ¿Remus?.
Unchained Melody (orchestral) 1991El hombre se había quedado pasmado, parando súbitamente en seco. Cómo si se hubiera percatado de algo que yo no hubiera advertido. Nuevamente en su rostro figuró esa mirada, ese viejo fantasma que sacudía sus recuerdos y le dejaba mudo y adolorido.
Atónito se giró sobre sus talones y yo, con curiosidad también lo hice.
Miraba detenidamente hacia la dirección dónde esa sanadora se había frenado para hablar con una enfermera local. Ambas señalaban las anotaciones del mismo pergamino con aires de análisis y concentración.
De pronto la respiración de Remus fue irregular, por un segundo su quijada se abrió lo suficiente para tomar aire, y yo no pude pasarlo por alto. Escruté unos momentos a esa mujer intentando reconocerla. ¿Es que se trataba de alguna mortífaga?.
—¿Mary? —Elevó la voz aquél, de un modo suave, pero con cierto atisbo de sorpresa.
Por ese matiz en su voz descarté enseguida la idea de que la señora, que tanto robaba su atención, fuera un enemigo.
La sanadora al escuchar la voz de mi compañero giró su cuello y elevó la mirada hacia Remus. Por un instante parecía que miraba el mismo fantasma. Un fantasma del pasado que no anticipaba ese día y sacudía viejos recuerdos que la hacían sonreír, sonreír con alegría y nostalgia.
Dio una instrucción a la enfermera, la cual acató marchándose rumbo a una habitación adyacente. Acto seguido se encaminó mucho más cauta hacia nosotros.
—¿Remus? —sonrió.
Se peinó una ceja y sorbió aire mientras meditaba sus palabras.
—¿Por qué no me sorprende verte aquí? —dijo de manera amistosa, casi informal, con aires de suspiros. —…el eterno chico de la enfermería —canturreó, como si se tratara de una vieja canción. Un chiste que no comprendía, por qué ambos sonrieron.
Remus miró al suelo y acompasó una mueca tímida. Por un momento me pareció ver a un Remus más joven e inocente dentro de él.
A pesar de las misiones junto a él, nunca lo había visto así antes. Sabía que era una suerte de intrusa en la escena, y por un segundo me pregunté si sería mejor marcharme y dejar que estos dos hablaran, pero no fue hasta estudiar más de cerca el rostro de aquella señora, que descarté la idea. Me di cuenta que la mujer que tenía delante no podía ser otra que aquella misma muchacha de la vieja fotografía. Por lo menos una versión aseñorada, de corte actual y más formal.
Me volvieron a nacer esos cosquilleos de celos en la boca del estómago.
—Para variar, esta vez soy visita —Bromeó el lobo en respuesta. Era la primera vez que lo escuchaba formular una broma de una manera tan casual.
—¿Tienes algún familiar en San Mungo? —cuestionó ella un poco preocupada.
—Un amigo —Respondí por Remus, viéndome súbitamente forzada a no marginarme. —En la primera planta, fue atacado.
—Merlín —exclamó la mujer —lo siento mucho. Espero que esté bien.
—Nos anunciaron que está fuera de peligro —Confirmó Remus aligerando los aires de preocupación. Sin atreverse a escrutar detenidamente a la sanadora, volvió su vista hacia mí. Se aclaró la garganta. —Te presento a Ninpha…
—Ni se te ocurra terminar esa frase —Interrumpí a Remus de forma juguetona.
El lobo rio.
—…Soy Tonks —. Extendí la mano presentándome. La Sanadora correspondió con un gentil apretón.
—Mary Brankovitch—hizo lo propio aquella.
—¿Brankovitch?... —exclamó el lobo dibujando una línea entre sus cejas. —¿Que ocurrió con el Macdonald? —Cuestionó con curiosidad.
La mujer elevó su mano para mostrar un anillo de matrimonio en su dedo anular, elevando el pómulo con una risa de medio lado. En cuanto lo hizo todo rastro de celos se habían mermado.
Remus lentamente elevó otro pómulo, enfatizado por sus líneas algo más avejentadas y la contempló con ojos de serenidad.
—…No sabía que habías regresado a Inglaterra —confesó este.
—Sólo por una semana, asuntos de trabajo—explicó —. Me enviaron para asesorar al departamento de enfermedades sobre los nuevos programas medicinales desarrollados en la unidad de investigación mágica de Toronto. Debo regresar antes de las navidades, tengo un trio de diablillos esperándome en casa.
—Merlín, Mary, es fabuloso. —opinó aun ensimismado. Como si no terminara de creer que la mujer que tuviera delante fuera real. —….Esto es tan…tan… —comenzó a decir, pero se detuvo antes de terminar la frase.
—Lo sé —convino la mujer cómo si hubiera adivinado la palabra que Remus no llegó a decir.
Una sutil mueca de nostalgia se había reflejado en sus líneas gesticulares. Movió lentamente el rostro de forma negativa y su gesto ensombreció.
—Me enteré de todo —confesó con cautela en su voz y se relamió los labios —, pasaron años antes de poder superarlo.
La alegría y nostalgia dieron paso a una tristeza compartida. Remus suspiró y Las cejas de la mujer parecían contraerse en un gesto afligido. Tras un vistazo en el suelo y una inhalación profunda, elevó la barbilla y volvió a desplegar los labios en una reanimada sonrisa.
—Remus, ¿Y a ti cómo te ha ido? —de ladeó el rostro con curiosidad y pronto disipó el pesado halo de tristeza que se había cernido entre los dos. Intuí que, sin tener que decirlo en voz alta, ambos preferían no abordar ese tema, en ese instante. —…leí que fuiste profesor de Hogwarts.
Remus disimuló una risa complaciente, más bien fue algo desvaída.
Sabía que su corta carrera como docente no había terminado del todo bien, y posiblemente, si la mujer lo había leído, es que se había enterado de ello por medio de un titular en el periódico, lo que supondría que también se habrá enterado que Remus padecía de Licantropía. Una condición incómoda para él.
—…Sabía que tarde o temprano terminarías como profesor—continuó hablando la sanadora con ánimo, llevó su mano hasta el brazo de Remus en un gesto gentil—, eras un asesor increíble —recordó. Luego volvió la punta de la nariz hacia mí. —Si no fuera por este hombre nunca hubiera pasado los TIMOS de Hogwarts—explicó.
—Señora Brankovitch —Interrumpió desde su espalda aquella misma enfermera con la que momentos antes había hablado —, se le solicita en la junta.
—Merlín— suspiró ella espabilando. —Ha sido maravilloso volver a saber de ti Remus, me alegra ver que estas bien, me gustaría que nos pusiéramos al día—propuso. —. Quizá en estos días, antes de las fiestas, puedan pasar a saludarme, son bienvenidos.
—Desde luego—respondió aquél —,intentaré hacerme un espacio.
Sabía que eso último era imposible. Las tareas y misiones de la Orden sencillamente lo iban a dejar muy difícil para Remus.
—Un placer Tonks —dijo la señora antes de unirse a la enfermera y regresar a las tareas del oficio.
Lo que restó de esa noche noté cambiado a Remus, quizá algo más distante y pensativo. Incluso algo melancólico. Lo adjudicó al cansancio y la preocupación. La mañana estaba llegar y le dije a Remus que fuera a descansar, pediría a mi mentor, Alastor Moody cubrir su turno. Me ayudó a escoltar al resto de la familia Weasley, junto con Harry, a San Mungo.
Desde luego, no quería dar la impresión de ser una entrometida o dejar en total evidencia mis sentimientos por Remus, pero, además, no me sentía con la suficiente confianza como para preguntarle directamente más acerca de aquella mujer o de la historia que pudieron compartir. La curiosidad, sin embargo, aún estaba latente y realmente me sentía intrigada por entender que mal hubiera ocurrido entre Remus y esa tal "Mary". El día que le siguió a la mañana, al visitar el cuartel, no controlé el impulso por preguntar a alguien que posiblemente pudiera orientarme. Mi tío, Sirius Black.
Harry y los Weasley se encontraban pasando la temporada festiva en el cuartel, por lo que la actitud de Sirius era considerablemente más agradable. Se había dedicado esos días a decorar la sala de motivos para las fiestas. Mientras preparada un desayuno familiar para todos los presentes aproveché para ayudarle con el tocino y el pan tostado. Entonces le hice la pregunta.
«¿Conociste a Mary Macdonald?»
Entre las cacerolas de aceite hirviendo, las guirlandas navideñas, los huevos fritos y el sumo de calabaza llenándose en las Jarras, me contó la historia de cómo esa mujer y él habían asistido juntos al Baile Navideño de Slughorn. Una velada hermosa, si no fuese por el detalle que resaltó sobre Remus.
Descubrí que la mujer había sido, como dijo Remus, la amiga de James. Pero me acababa de enterar que también había sido la exnovia de Sirius. Aún más preocupante y confirmando mis miedos, había sido el antiguo amor platónico de Lupin. Sirius no quiso revelar más de lo necesario, o de lo que le siguió a la noche, pero con esa sola anécdota comprendí el porqué de esa actitud de Remus. Aunque, algo me decía muy en el fondo que posiblemente "habría más".
Fue durante otra junta, en esa misma temporada, que se dio lugar a otra reunión entre los miembros. Esa vez también había acudido Severus Snape poco antes de caer Navidad. En un prudente momento en el que mi exprofesor de pociones aceptó un vaso de agua, el cual accedí a proporcionar, le hice la misma pregunta.
«¿Conociste a Mary Macdonald?»
Su respuesta no fue tan gentil ni animada. De hecho, no dijo nada respecto a ella, salvo dejar claro que su recuerdo de la misma no era del todo grato para él. No podía esperar menos de la que fuera, presuntamente, la mejor amiga de James Potter.
Entonces se presentó otra oportunidad idónea para ir de visita San Mungo, esta vez llevaríamos al cuartel al Sr Weasley, quién se encontraba más recuperado y en las condiciones recomendables para ser trasladado al cuartel para pasar las fiestas navideñas con la familia.
Alastor y Kingsley habían acudido para la escolta, por lo que me vi "no muy necesaria". En realidad, como dije, mi presencia fue, más bien, una excusa para acudir a San Mungo.
Una vez alistado el traslado, yo me di a la tarea de buscar a la susodicha y misteriosa sanadora. Por fortuna aún no emprendía su regreso hacia al otro lado del atlántico y la recepcionista del hospital me había informado que dentro de poco la sanadora estaría disponible.
Al cabo, de lo que calculo, fue una espera de media hora, la sanadora apareció despidiéndose de otros miembros del gremio médico. Y atisbándome en la sala de espera, se encaminó hacia mí.
—Señorita Tonks—saludó con amabilidad. —un gusto verla de nuevo.
—igualmente—correspondí.
—Me han dicho que me buscaba, ¿Puedo ayudarla en algo?
—Si —dije con algo de vergüenza. Ahora que tenía a la mujer nuevamente frente a mi, no evité sentirme algo tonta. —Quería hablar con usted—confesé vacilante.
La sanadora me llevó hacia lo que tenía aspecto de un despacho personal. Quizá uno temporal que se le había asignado en su estancia en Londres. Después de ofrecerme algo de té, se sentó al otro lado de su escritorio.
Pude notar que sobre él se posaba un sobre fotográfico con el rótulo de "Baile de las eminencias 1976". Enseguida lo reconocí. Era un sobre que había visto mucho antes, justamente sobre aquella vieja caja dónde en un primer lugar había notado la fotografía de aquella. Podía notar, entonces, que esa vieja fotografía se había reparado. Y ese joven que besaba a la versión adolecente de esa sanadora, era mi tío.
—¿Cómo llegó este sobre hasta aquí? —cuestioné antes de darme cuenta que las palabras salían de mi boca.
—Oh, —sonrió aquella reparando en la foto y el sobre—Un pequeño regalo navideño que Remus me ha dado antes de que me marche.
—¿Él estuvo aquí?
—Si, pasó a saludar esta misma mañana—informó aquella. Un sentimiento desalentador me embargó.
Una vaga idea de que Remus siguiera enamorado de ella me comenzó a surcar por la mente.
—…¿Quería hablar conmigo? —Me recordó entonces.
No estaba muy segura de lo que debía decir a continuación, o de que quisiera seguir indagando en el asunto. Pero me envalentoné a preguntar algo que quizá podría esclarecer mis dudas.
Preguntar por Remus sería ridículo, y hacerlo por Sirius era inoportuno. La versión oficial seguía siendo que se trataba del traidor de los Potter. Y desde luego no preguntaría por Peter. Así que lo más oportuno era por el último:
—¿Conociste a James Potter?
Tras escuchar su historia el reloj marcó la media noche.
Creo que lo llegué a entender. Había incluso olvidado esos celos o esa curiosidad que se había albergado ese tiempo en mi cabeza. La historia nunca se trató de Remus, y sabía, que lo que se había removido en Remus tampoco se trataba de ella. Se trataba de James Potter. Se trataba de una vieja amistad y un capítulo difícil de cerrar.
—James Potter cambió mi vida para siempre. —Continuó aquella. —Sé que hay personas que se sorprenden cuando me oyen hablar así; me miran con interés, como si quisieran descifrar qué es lo que sucedió, aunque casi nunca me molesto en dar explicaciones. Dado que he vivido prácticamente la mitad de mi vida muy distante de Inglaterra o lejana a cualquiera cercano al círculo, no siento la necesidad de hacerlo, a menos que pueda explayarme sin prisas, lo que requiere más tiempo del que la mayoría de la gente está dispuesta a concederme.
»Mi historia no puede resumirse en un par de frases ni condensarse en una simple exposición que se comprenda de inmediato. A pesar de que han transcurrido 18 años, los que aún viven aquí y me conocían en aquel entonces, respetan mi silencio sin más. A menudo revivo mentalmente aquellos años y me doy cuenta de que, cuando lo hago, siempre me invade una extraña sensación de tristeza y de alegría a la vez. Hay momentos en que desearía retroceder en el tiempo para poder borrar toda esa inmensa tristeza, pero tengo la impresión de que, si lo hiciera, también empañaría la alegría. Así que me dejo llevar por la esencia de esos recuerdos a medida que van aflorando, los acepto sin reticencia y dejo que me guíen siempre que sea posible.
Dio un último suspiro.
—Fue paulatino, pero poco después de Hogwarts, el intenso sentimiento que sentía por él empezó a menguar. Como la marea cuando retrocede en una playa poco profunda. No sé por qué, pero ya no buscaba ese recuerdo. Me bajó la fiebre, como si me hubiera curado de una enfermedad. Y no es que fuera algo semejante a una enfermedad, sino que probablemente fuera una enfermedad de verdad, ¿sabes? Una enfermedad que por una temporada me hizo delirar con una fiebre alta. Puede que todos pasemos por esa etapa enloquecida alguna vez en nuestras vidas. O quizá se tratara de un episodio especial que sólo me ocurrió a mí. Dime, ¿a ti te ha pasado?
—Creo que si —confesé.
Mary sonrió.
FIN
14 Diciembre 2018
