CAPÍTULO 49

HECHIZO DE JUVENTUD

Marzo de 1994

Ana traía cara de malas pulgas, eso era evidente. Si José Ignacio hubiera tenido un montón de años menos se habría frotado las manos ante semejante ocasión de meterse con ella y sacarla de sus casillas. Pero los tiempos en los que se odiaban apasionadamente habían pasado hacía mucho dejando su sitio a un amor muy sólido que podía poner sobre la mesa casi dos décadas de vida en común y dos hijas de las que estaban orgullosos. Claro que detrás de ella venía su hija mayor. Y para qué contar. La expresión absolutamente gélida era lo suficientemente elocuente para un padre, aunque solo la hubiera vislumbrado unos segundos según transitaba desde la puerta de la calle hacia su habitación. Ana, en cambio, entró en el salón, soltó el bolso con desgana sobre una silla y caminó hacia él. José Ignacio miró a su mujer callado y expectante, dejando el periódico que estaba leyendo a un lado.

-Estoy harta, absolutamente harta.- Dijo ella dejándose caer en un sillón junto a su marido.

-¿Por qué? – Preguntó él mirándola con atención. Ana respiró hondo, síntoma inequívoco de que cogía fuerzas para desahogarse.

-¡Tu hija mayor! - Explotó como si con aquellas tres palabras se resumiera todo el problema.

-¿Qué ha hecho mi sensata, inteligente y responsable Cecilia, para que tu, su santa madre, esté tan indignada? – Preguntó él alzando las cejas.

-¡Llevamos buscando el vestido para la boda de la prima de Alberto desde hace tres meses! ¡Tres meses, José Ignacio! ¡Y no se decide!

-En eso, Ana, me temo que no te puedo ayudar. No entiendo nada de vestidos para bodas.- Dijo el padre un tanto perplejo. Habría esperado casi cualquier otra cosa, excepto un problema de trapos.

-Ya lo se, José Ignacio, ya lo se. ¡Pero es que estoy cansada de recorrer tiendas y tiendas! ¡Creo que voy a empezar a soñar con percheros y vestidos que revolotean y hablan solos!

-¿Tan difícil es? – Dijo él poniendo fingida cara de asombro. Otra característica de Ana era que cuando empezaba a salirse de sus casillas era fácil que dijera alguna cosa verdaderamente graciosa sin pretenderlo en absoluto. José Ignacio, que lo sabía muy bien, se contuvo de reírse porque no quería echar mas leña al fuego.

- En mi opinión, no. Pero tu hija pone pegas a todo, o no le convence nada, o yo qué se…– Y suspirando, la madre cerró los ojos agotada.

-Todo eso que me dices le iría al pelo a mi sobrina Mamen que es una apasionada de los trapos ¿Estamos hablando de mi Ceci? ¿Seguro?

-¡Segurísimo! ¡De verdad, prefiero lidiar con Almudena y la comida!

-¡Pues si que debe ser grave!- Exclamó él alzando las cejas. Desde su mas tierna infancia, conseguir que la menor de sus hijas terminara un plato era tarea digna de Hércules acompañado de todo el elenco de titanes y algún que otro héroe adicional que pasara por la imaginación en ese momento.

-¡No tienes idea! Y lo peor es que se nos echa el tiempo encima.

José Ignacio abandonó definitivamente sobre la mesa el periódico y extendió el brazo para acariciar la muñeca de su mujer en un gesto que sabía que a ella le gustaba. Poco podía hacer, aparte de mostrar solidaridad con Ana, puesto que se trataba de un asunto tan femenino que solo ellas podían resolver.

Y es que una prima hermana de Alberto se casaba a principios de mayo y su tía le había dicho que "podía llevar acompañante". Por supuesto la oferta venía a cuento de que había corrido como la pólvora la noticia de que Alberto tenía novia desde ya hacía bastantes meses y todo aquel de la familia, en este caso por parte de madre, que no había tenido todavía ocasión de conocerla, estaba deseando poner los ojos en Cecilia. Porque claro, también había corrido el rumor de que era una novia bastante "esplendorosa".

Cecilia, por su parte, era plenamente consciente de que iba a suponer una especie de presentación "en sociedad", y por eso quería que todo fuera perfecto. Con dieciséis años el asunto de la boda se había convertido en un evento casi crucial. Cecilia se había mentalizado de que debía controlar su vena arisca y su tendencia a los comentarios cáusticos y procurar ser simpática a la vez que natural. Eso lo podía hacer. En el fondo, debajo de su grueso barniz de autocontrol y frialdad había una persona cariñosa y afable, solo tenía que dejarla salir. Y eso era fácil junto a Alberto. El sacaba lo mejor de ella sin esfuerzo. Por eso lo quería tanto. No, eso no le preocupaba. Pero el tema de la ropa era harina de otro costal. Y el problema adicional era que su madre, que a la postre era la que pagaba el vestido, estaba harta. Sumamente harta de ir de acá para allá buscando y requetebuscando el vestido perfecto que no aparecía nunca.

Cecilia se sentó en su silla de estudio, apoyó los codos en su mesa y hundió la cabeza entre las manos intentando serenarse. No habían pasado ni dos segundos cuando escuchó una voz detrás de ella.

-Del próximo viernes no pasa, Cecilia. Ni tu ni yo lo soportamos mas. ¿Estamos?

La chica levantó la cabeza y miró a su madre. Ana, apoyada en el marco de la puerta, mostraba evidentes signos de agotamiento.

-De acuerdo.

-Bien. Me informaré de dónde podemos ver tiendas, algún sito donde aún no hayamos ido. Ahora voy a sentarme un rato, a ver si consigo relajarme… - Cecilia asintió con la cabeza y la siguió con la vista mientras, cansina, se perdía camino del salón.

Durante la semana nadie osó sacar el tema mientras Cecilia se esmeraba con sus deberes de magia para tenerlos listos antes del viernes. Su excitación, no obstante, iba en aumento según se aproximaba el día X. Por una parte sentía pánico de otro fracaso como las anteriores salidas. ¿Qué haría su madre si no encontraban nada apropiado? ¿Prohibirle ir a la boda? No, Cecilia no quiso pensar en esa opción. ¿Vestirla con algún traje de los que tenía en el armario, que eran totalmente infantiles e inadecuados? No, eso tampoco. No podía ir como una mojigata. ¿Intentar adaptar uno suyo? Su madre tenía vestidos preciosos, sin duda, pero seguían siendo trajes de madre, no de chica joven… Cada vez que le venían a la mente aquella retahíla de posibilidades y sus consiguientes razonamientos, Cecilia acababa respirando hondo antes de aferrarse como un clavo ardiendo a la promesa de su madre de llevarla a un lugar donde no había estado antes. Pero no era fácil, por muy sensata y racional que una fuera, mantener el tipo ante semejante perspectiva. Ana, por su parte, no las tenía en absoluto consigo. Así las cosas, la tensión en ambas fue in crescendo a lo largo de la semana. El viernes, a la hora de la comida, Ana estalló.

-¡No tengo bastante con tu hermana y ahora tu! – Exclamó airada dirigiéndose a su hija mayor. Almudena, por su parte, protestó medio atragantándose.

-¿Qu..? glup ¿Qué he hecho yo?

-¡Tu te dejas tres cuartas partes de la comida en el plato!

-¡Pero! ¡Pero si me he terminado la lasaña!

Ana contempló el plato limpio de la menor de sus hijas maldiciendo mentalmente la inoportunidad de la comparación precisamente el día en que la niña se había terminado una de las pocas cosas que comía sin protestar, que no era otra que la pasta. Para más inri, José Ignacio tenía logradísima la lasaña de verduras.

-¡Es casualidad! – Exclamó intentando quitarse de la cabeza la evidencia de que la observación había sido desafortunada a mas no poder.

-¡Pero mamá! ¡Sigo sin entender! – Insistió Almudena.

-Tu madre quiere decir que tu hermana se está limitando a marear mi lasaña.- Intervino el padre intentando poner un poco de cordura en todo aquello. Cecilia bajó la cabeza y miró fijamente su plato.

-Yo… es que estoy un poco nerviosa, por lo de las compras…- Balbuceó un poco avergonzada. Sobre todo porque sabía del interés que su padre ponía cada vez que cocinaba.

-¡Pues menos nervios y ya sabes, quiero que esta vez te decidas! – Exclamó Ana.

-¿Dónde vais a ir? – De repente, Almudena se sintió interesada y preguntó como si toda la pelotera anterior sobre la comida y ella misma no hubiera tenido lugar.

-A un sitio nuevo, en Las Rozas. Un centro comercial con muchas tiendas para gente joven. Me he informado bien con una colega de la sección de modas.- Contestó Ana algo mas calmada.

-¿Puedo ir?

-¿No tienes deberes?

-Si, pero…

-No hay peros que valgan. Y tu, si no vas a comer, mejor nos vamos. Cuanto antes solucionemos esto mejor para todos…- Y Ana dobló la servilleta y se levantó. Cecilia hizo un gesto como de "lo siento" a su padre y la siguió inmediatamente.

-¡No hay derecho! – Exclamó Almudena. A la mesa quedaban ella y su padre, aunque en realidad solo restaba el postre.- Mamá me ha reñido por no comer justo el día que me lo he comido todo. – Dijo la menor mientras pelaba un plátano con desgana.- ¡Y encima me deja aquí!

-¿No quieres quedarte con tu padre? Tal vez podamos repasar juntos esas pociones que llevan dándote la lata toda la semana. Y si acabamos pronto podemos ir a merendar.

Almudena alzó las cejas, sopesando la oferta.

-¿Podemos ir al Fabio's? Tienen un tiramisú que está de muerte.

-Vale. Pero sólo si me demuestras que eres un cuarto de buena que tu padre haciendo pociones.

-¡Hecho! ¡Por ese tiramisú soy capaz de volverme una genio de los calderos!

-Hija, me parece que tendrás que vivir en Italia.- Exclamó José Ignacio con una carcajada.- Solo comes bien los platos italianos.

-No. Solo como bien tu pasta. Y el tiramisú del Fabio's. Por cierto ¿Cómo sabes que tengo atragantadas unas cuantas pociones?

-Uno, que tiene dotes mágicas.

-¡Papá!

- ¡Venga! Ve a por el libro y los cacharros mientras yo recojo todo ésto. Cuanto antes nos pongamos, antes terminaremos.- José Ignacio hizo amago de golpear con la servilleta a su hija. La chica sonrió y se levantó para marchar camino de su habitación por sus trastos para hacer pociones.

Un rato más tarde, Cecilia y su madre se encontraban en un inmenso centro comercial dentro de una tienda especializada en trajes de fiesta para gente joven. Habían repasado los percheros una y otra vez, y cada una había seleccionado varias prendas. Ahora había llegado el momento temido: la hora de probarse. En principio, la cosa fue como siempre. Es decir, bastante mal.

-¿Cómo te vas a poner un traje largo hasta los pies? – Decía Ana a una Cecilia embutida en un vestido color vino que llegaba hasta el suelo.

-¡La boda es por la tarde!

-¡Pero tienes dieciséis años!

-¡Casi diecisiete, mamá!

-Es igual, dieciséis que diecisiete.

-¡No soy una niña!

-No, no lo eres. Pero tampoco tienes veinte.

-¡Mamá!

- ¿Quieres parecer mayor que Alberto?

Touché. Cecilia quería estar guapa y parecer una mujer, no una cría. Pero tampoco quería que se llevaran una impresión equivocada. ¡No iba a parecer ella una devora hombres! Frunció los labios y, con pesar, lo descartó.

-Ese no, mamá. Es de color negro. – Decía poco después.

-¿Y? – Decía ana sosteniendo un vestido de terciopelo que realmente sería adecuado para Almudena, aunque eso no quería decírselo Cecilia.

-Los muggles.- dijo bajando la voz.- no les gusta el negro en las bodas.

-¡Eso está pasado de moda!

-En algunos ambientes. Pero no sabemos en la familia de Alberto. ¿Por qué correr el riesgo?

Ana suspiró. El negro era un color siempre de moda entre los magos, un fondo de armario imprescindible y además ¿Y qué si en la familia extendida de su potencial yerno pensaban lo que pensaran del negro en una boda? Iba a decir algo, pero se lo pensó… en fin… todavía había bastantes pendientes.

Pero pasaba el tiempo y ya empezaba a desesperarse cuando Cecilia le mostró un vestido de un raso azul metálico que hacía aguas con una chaquetilla a juego. Intermedio entre el vestido largo hasta los pies y el modelito hermana pequeña que se viste por primera vez de mayor.

-¿Y éste?

-Hmmmmm puede ser. Pruébatelo.

Cecilia salió del probador embutida en un vestido que le quedaba como un guante. Unas medias de lycra fina y unos zapatos bonitos de tacón y el conjunto quedaría precioso. Además, de alguna manera resaltaba sus ojos. Madre e hija sonrieron cómplices.

Después le llegó el turno a los zapatos. Aquello fue mas sencillo, al menos a priori. Encontraron unos zapatos perfectos que además podrían forrar de la misma tela que el vestido esa misma tarde. Satisfechas y agotadas, regresaron a casa con sus compras y consiguieron llegar antes de las nueve.

-¿Puedo verlo? – Preguntó Almudena cuando las vio llegar, exhaustas pero felices con sus bolsas llenas de compras. Cecilia sonrió y ya iba a decir que si, cuando su madre se le adelantó.

- Ahora desde luego que no. Dame, Cecilia, que lo guardaré en mi armario con cuidado para que no se arrugue. Y después voy a tumbarme en la cama con los ojos cerrados durante diez minutos que espero respetéis como si fuera algo sagrado, porque necesito relajarme. ¿Estamos?

Cecilia asintió resignada mientras Almudena fruncía el ceño disgustada.

-Te puedo enseñar los zapatos.- Murmuró al oído de su hermana mientras su madre desaparecía con el vestido a cuestas.

-Bueno…

Tras mucho insistir, el domingo después de comer Ana transigió autorizando a Cecilia a probarse el vestido delante de su hermana y su padre. Cecilia apareció ilusionada en el salón, como cualquier chica de dieciséis con un vestido elegante que ya no es de niña.

-Estás muy guapa.- Dijo José Ignacio con aprobación. Cecilia dedicó a su padre una sonrisa agradecida antes de darse un pequeño traspiés con los tacones.

-Hmmmm tal vez los zapatos no hayan sido tan buena idea…- Murmuró Ana al verla manejarse tan mal.

-Pero mamá. Es que no estoy acostumbrada, pero con un poco de práctica…

Ana iba a preguntar cuál era su idea de "un poco de práctica", pero su hija menor ya estaba poniendo otra potencial materia de discusión sobre la mesa.

-¿Cómo vas a llevar el pelo? – Preguntó Almudena. Estaba sentada en el brazo del sillón que ocupaba su padre en contra del criterio de su madre sobre lo que era o no correcto a la hora de sentarse.

-¿El pelo? Déjatelo suelto, es como mejor estás. Y tu, bájate de ahí. Los brazos de los sillones no son sitio para sentarse.

-¿No quedaría bien un recogido? – Dijo Cecilia sacudiendo su varita sobre su cabeza. Ana alzó las cejas. Sacar un moño tan estiloso con un golpe de varita y tan solo dieciséis años era una magia muy fina, vaya que si. Pero no era el momento de adular el dominio del Ars por parte de su hija mayor.

-¡Tienes dieciséis años! ¡Un recogido te hace parecer mayor! ¡Almudena! ¡Que te quites de ahí!

Las dos hermanas fruncieron el ceño, la una porque estaba encantada con su moño y la otra porque su madre se ponía pesada. Almudena se aposentó a regañadientes en la alfombra mientras Cecilia giraba sobre si misma despacio.

-¡Ay! ¡Ceci! ¡Me has pisado!

-Lo siento. No deberías haberte puesto ahí.

-Y tu no deberías intentar dar vueltas como una bailarina cuando no te sostienes en los tacones.

-¡Almu!

-¡Es la verdad! Estás guapísima, siempre que te quedes quieta como una estatua. O que lleves también pértiga – Exclamó Almudena. Cecilia volvió a fruncir el ceño. Si, se veía guapa. Guapa para Alberto. Su Alberto. Pero efectivamente había un problema. Un pequeño problema de tan sólo unos cuantos centímetros… hacia arriba y fino cual aguja.

Y hablando del rey de Roma, no es que Alberto, por su parte, no hubiera tenido sus problemas, aunque no tenían ni comparación con los de su amada. En un principio, no había pensado mucho en el tema. Hasta que su madre se plantó en su armario.

-Tenemos que comprarte un traje.

-¿Por qué?

-Porque a la boda de tu prima no pensarás ponerte otra cosa que no sea un traje. ¿No?

-Pensaba ponerme los pantalones grises y la chaqueta azul marino...

-Eso es para más pequeños. Además, se lo voy a probar a tu hermano Rodrigo.- Y diciendo aquello la madre de Alberto descolgó la chaqueta y el pantalón y se los colocó en el brazo. Mañana sábado, por la mañana, nos vamos a comprarte un traje.

-¡Pero mamá...!

-Si has quedado con Cecilia, dile que se venga. Aunque no soléis salir los sábados por la mañana…

En realidad, le iba a decir que creía posible que el alfeñique de Rodrigo se perdiera dentro de su chaqueta azul marino, pero Alberto se había quedado sin palabras. ¿Así que su madre llevaba la cuenta de sus entradas y salidas con su novia? Bueno, ella ya se había marchado en pos de Rodrigo y total él, al igual que su hermano mayor, consideraba una soberana pérdida de tiempo probarse unos pantalones y una chaqueta americana.

Fue el traje, fue la camisa y fue hasta la corbata. Alberto estaba de mal humor. Primero, revisar todos los percheros. Que si ahora se llevan con botones en línea... que si mamá, yo los prefiero cruzados... que no me seas anticuado... que le queda perfecto... que yo creo que la chaqueta hay que meterla aquí... que la manga... que la pernera... Pero al final Alberto tenía un traje gris marengo que le sentaba estupendamente, una camisa blanca con sus iniciales en la pechera izquierda y una bonita corbata azul de seda. ¡Ah! Y unos zapatos de cordones relucientes. Tan sólo una mañana, pero para un chico tan engorrosa como las múltiples salidas de Cecilia.

Pero estaba resuelto ¡Por fin! el laborioso asunto de los atuendos. Ahora la feliz pareja podría olvidarse por completo hasta el día de la boda. O no tanto. Porque antes, Cecilia tenía que solucionar una cosa: aprender a caminar subida sobre unos tacones finos como agujas.

Tip top tip top… Noche tras noche, Cecilia abría su armario, sacaba los zapatos de tacón y caminaba por su habitación, arriba y abajo, abajo y arriba, tip top tip top...

Hasta aquella mañana en la que José Ignacio sintió un escalofrío al contemplar una expresión que conocía la mar de bien, aunque hacía décadas que no la veía. Almudena, muy seria, tenía el mismo gesto que ponía su madre cuando tenía su edad y estaba a punto de explotar. Generalmente contra él. Afortunadamente, tenía experiencia, así que se fue hacia su hija apresuradamente y le pasó el brazo por los hombros.

-¿Qué te aflige, hija mía?

-¡Cecilia!

-¿Tu hermana? Y ¿por qué?

-¡No me digas que no lo escuchas todas las noches! ¡Se pasa un rato largísimo caminando sobre esos tacones! ¡No me deja dormir!

José Ignacio alzó las cejas. Si, Almudena tenía razón. El escuchaba, las noches que no estaba trabajando en la fábrica de pociones. Pero no había hecho nada hasta el momento distinto de meter la cabeza debajo de su almohada por no despertar a Ana, que dormía con un sueño profundo.

-¡Impertúrbale la puerta! – Reclamó Almudena casi desesperada. La imperturbabilidad tenía la peculiaridad de que funcionaba mejor de dentro afuera que al revés. El suegro de José Ignacio había pasado una tarde entera invocando un hechizo permanente de imperturbabilidad en la puerta y paredes del cuarto de Almudena para que no se la oyera cuando repasaba sus lecciones de música. Ni los vecinos ni el resto de la familia la oían hacer gorgoritos y desgranar escalas con el piano, y sin embargo ella, por su parte, podía escuchar al vecino de diecisiete soltar barbaridades cada vez que su madre le abroncaba por no estudiar, o al loro de los del quinto, que no paraba de repetir obscenidades. Pero José Ignacio no tenía la suficiente habilidad para conjurar una imperturbabilidad que durara más allá de una noche. Al final, reunidos en consejo de familia, acordaron que los padres se encargarían todas las noches de hechizar la puerta. Así al menos pudieron dormir sin el tip tap tip tap.

Pasaban los días y se aproximaba la boda. Y Cecilia, con tesón, iba dominando el arte de caminar con soltura subida a unos tacones de vértigo. Atrás quedaron traspiés, torceduras, alguna caída y hasta un par de ampollas. Llegó el sábado tan ansiado y Cecilia se arregló con toda la ilusión del mundo, como si ella misma fuera la novia. Cuando llegó Alberto a su casa para recogerla, se quedó con la boca abierta.

-¡Oh, no! ¡Por la escoba de Juan de Bargota! – Exclamó Cecilia para su asombro total, sin contener ni un ápice la frustración que sentía. ¡Con tacones, Alberto le llegaba a la altura de los ojos!

-¡Ridícula! ¡Estoy ridícula! ¡Oh, mierda! ¡Tanto tiempo empleado para nada!

-¡Qué dices, si estás fenomenal! ¡Guapísima!

-¡No me vengas con gilipolleces! ¡Subida a estos zancos, estoy más alta que tu!

-Pero… pero Ceci…

Y Cecilia hizo algo que no había hecho nunca. Se encogió y encorvó.

-Esto... ¿Ceci?

-¡Qué!

-Ahora sí que estamos ridículos.

-¡Tienes razón! ¡Acabaría con dolor de espalda! Mierda! ¡Necesito mi varita!

-¿Por qué? – Preguntó Alberto desconcertado.

-¡Porque voy a recortar los tacones!

-¡Pero Ceci! ¡No quedarán bien!

-¡Mierda! ¡Tienes razón!

Almudena, que contemplaba todo aquello desde la puerta, negó con la cabeza y salió en pos de su madre.

-¡Mamá!

-¿Qué pasa?

-¡Tienes que hechizar a Cecilia!

-¿Por qué?

-¡Está practicando a caminar encorvada porque con los tacones queda por encima de Alberto!

-Mira, cielo, estoy absolutamente harta. Así que si tu hermana quiere parecer gibosa, o se cae caminando a lo tonto, yo me lavo las manos.- Almudena, desesperada, se volvió hacia su padre entonces.

-¡Papá! ¡Drógala!

-¡Qué!

-¡Con una de tus pociones!

-¡Pero Almudena! Aunque pudiera hacerlo, no sería ético.

-¡Pero…!

-¡Ay! ¡Mira que estáis siendo pesadas con esta dichosa boda! ¡Las dos! – Protestó Ana mientras se levantaba sacando su varita.- ¡Cecilia! ¡Ven aquí! ¡Quítate los zapatos!

Y ante el asombro de todos Ana alzó su varita y apuntó al par de zapatos que su cariacontecida hija mayor sostenía con una mano. La madre murmuró algo que ninguno pudo escuchar bien y a continuación los zapatos resplandecieron por un instante,

-¡Hala! ¡Ya te los puedes poner!

Cecilia miró a Alberto con expresión interrogadora. Por respuesta, él se encogió de hombros. ¿Cómo iba a saber él, que era muggle total, lo que había estado trasteando su potencial suegra con una varita mágica?

-¡Venga! ¡Póntelos! – Almudena la apremió. Cecilia la hizo caso y se probó los zapatos. En el primer instante no notó nada. Poco después sintió frío en los pies y a continuación cómo se ajustaban a sus pies y a su estatura en comparación con Alberto, como si fueran un guante mágico. Cecilia y Alberto suspiraron aliviados.

-Cecilia.- Dijo entonces Ana con tono amenazador.- Una y no mas. No quiero otra de éstas. Y cuando tú te cases no quiero ni la mitad de la matraca que me has dado para esto. ¿Estamos? Y ahora pasadlo bien.

Cecilia y Alberto se marcharon tan felices. Lo pasarían estupendamente, de eso Ana estaba segura. Y él la traería a casa tarde, muy tarde. Cuando hasta José Ignacio ya llevara un buen rato durmiendo. Almudena entonces miró fijamente a su madre.

-¿Mamá? ¿Qué le has hecho a los zapatos?

Ana pasó el brazo por los hombros de la menor de sus hijas y la miró fijamente.

-Un viejo hechizo de juventud.

-¿Un hechizo de juventud?

-Si. Estupendo para asaltar el guardarropa de las hermanas.

Almudena alzó las cejas, divertida.

-¿Tu te llevabas la ropa de tus hermanas?

-De vez en cuando. Las blazer de mi madre… ¡Y los jerseys de cachemire de mi hermana mayor! ¡Qué maravilla! Se los compraba Fernando en Francia… Y los zapatos. Sobre todo los zapatos. Tu tía Amparo siempre tuvo un gusto tremendo para los zapatos… pero claro, tiene dos números de pie mas que yo, así que había que apañarse…

-¿Y lo sabían?

-¿Qué si lo sabían? Claro que sabían que "tomaba prestado" de sus cosas. No siempre, pero casi.

-¿No se enfadaban?

-Muchísimo. ¿No te enfadarías tu si Cecilia se llevara tus pantalones?

-No me lo puedo imaginar. No cabría dentro.

-No. Salvo con un hechicito de éstos…

-¡Ah!

-Pero no se lo cuentes si te pregunta. ¿De acuerdo?

-¿Por qué? ¿Te da vergüenza que sepa lo que hacías de soltera?

-Un poco.

-Hmmmmm

-Almudena, hija, si estás pensando en chantajearme te recuerdo que es un hechizo mas bien de hermanas pequeñas.

-¡Mamá! ¿Qué insinúas?

-Nada en absoluto, querida. Soy clara como el agua.

Pero Ana lo decía con la boca pequeña.

Septiembre de 2010

-¿Y éstos mamá?

-Esas bailarinas son muy monas para salir por ahí, pero nada prácticas para el colegio. ¿Por qué no quieres unos mocasines, como siempre?

Isabel puso cara de fastidio. Comprarle unos zapatos para ir a clase estaba siendo complicado. Demasiado complicado para algo que se reducía todos los años a una oferta de tres modelos mal contados y punto.

-Hija, te he hecho una pregunta. Si me lo explicas, tal vez encontremos una solución.

-Es que… - Empezó Isabel poco convencida.- … tienen demasiado tacón.

Cecilia alzó las cejas sorprendida mientras alzaba ante sus ojos un mocasín escolar con un tacón de goma que no pasaría de un par de centímetros.

-¿Demasiado tacón? Entonces, ¿Cómo llamas tu a los tacones esos de vértigo?

-Mamá…

-Lo digo en serio. Mira los zapatos de vestir que se llevan ahora, con suelas falsas por dentro y por fuera y tacones kilométricos.

-Es que…

-Es que ¿qué?

-Que ya soy el techo de la clase y no quiero llamar mas la atención.

-¡Ah! Así que era eso…- Cecilia resopló.- Isabel, coge los mocasines de siempre, anda. Puede que alguna de tus compañeras te haya alcanzado durante el verano.

-¡Mamá!

-Si quieres les aplicaremos un hechizo de tu abuela que los reducirá un poco.

La expresión desolada de la niña cambió un poco.

-¿De verdad?

-De verdad. Pero no los dejará como unas bailarinas porque eso es ridículo.

Mientras pagaba y la dependienta le metía los zapatos en una bolsa, Cecilia recordó aquella boda, la lata que dio con el vestido, la matraca con el taconeo hasta que estimó aceptable su forma de caminar, y cómo finalmente su madre adaptó los zapatos. Desde aquel día, Cecilia jamás usaba mas de medio tacón, ni siquiera si iba muy vestida. A ella no le merecía la pena subirse a unos zancos. Lo bueno del hechizo era que servía también para la ropa. Y aunque era un hechizo típico de hermanas pequeñas que asaltan el ropero de las mayores, si la tuya en cuestión tiene un armario de primera con lo mejor de Roma y de Milán… Versacce, Gucci, Dolche e Gabanna… pues mira por dónde, era la mar de práctico. Y además Almudena no se enfadaba. Todo lo contrario. Terminada la compra, Cecilia buscó con la vista a su hija mayor. Isabel contemplaba con cierto deleite mal disimulado un chaquetón Hillfigher que debía ser carísimo. Y respiró aliviada. Isabel, de momento, no tendría tentaciones. Ella no tenía esas cosas en su armario.

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¿Quién no asaltó alguna vez el armario de su madre o de su hermana?

Van saliendo respuestas al pequeño reto y ¡me encanta! Si me ofrecieran comprar los derechos para una serie tendrían también una preselección de actores (mwawawawwaaaa).

Gracias especiales a Lizbeth. Lamentablemente ffnet elimina las direcciones de mail o de páginas web si no van separadas por espacios.

Gracias a todos los que me seguís, tanto si dejáis reviews como si no. A algunos el sitio me permite tenerlos localizados en el mapa. A cincuenta capítulos llegamos fijo. ¿Llegaremos a cien? ¡Quién sabe! ¡Esto es magia!

Van saliendo respuestas a mi reto, y me encanta.