Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. Esta historia le pertenece a Krazyk85, yo solo traduzco.

Capítulo cincuenta y cuatro

Los coches frenaron para así desacelerar el autobús y dar paso a un camión. Este aceleró desde detrás, viniendo rápido y fuerte por la izquierda, chocándonos por el costado. El sonido del metal estrellándose y abollándose era fuerte y repercutió por toda la cabina. El conductor giró bruscamente por instinto ante el ataque. El giro agudo me lanzó hacia la ventana, golpeando mi cabeza contra el cristal. Rebotando con un dolor fuerte en mi cabeza, salí disparada hacia el pasillo cuando el conductor giró el autobús hacia la derecha, corrigiéndose en la carretera.

Lo único que me mantenía en mi lugar era las esposas, asegurando mis tobillos y muñecas a la cadena fija al suelo.

Levantándome con mis brazos y codos, volví a sentarme en mi asiento y ubiqué mis pies firmemente frente a mí. Con mis brazos extendidos y mis dedos envueltos alrededor de los bordes, enterré mis dedos en el cuero rígido. Estaba determinada a soportar esto.

—¿Qué mierda haces, Dave? —preguntó Arden—. ¡Pasa a través de ellos!

—¡Eso intento! —respondió, preso del pánico, mirando por los espejos laterales—. ¡Pero este idiota no deja de embestirme!

El tipo del camión no pararía hasta quitarnos de la ruta, acelerando el motor a un decibel mortal. El camión chocaba con el autobús, una y otra vez, cada golpe más fuerte que el anterior. Dave estaba perdiendo el control del volante y la situación.

Bam-bam, bam-bam, bam-bam, bam-bam…

Mi corazón latía a mil por hora. Me encontraba respirando rápido, a una velocidad imparable, el aire llenando mis pulmones con la adrenalina de la locura arrolladora. La anticipación subía y subía dentro de mí, yendo al borde de la combustión.

Cada tenso segundo solo significaba que estaba mucho más cerca de verlo.

—Intenta ir por allí —dijo el guardia del cual no sabía su nombre, apuntando a un obvio desvío, uno que no podía ver desde mi oscuro lugar.

—No tengo espacio libre para ir por allí. Nos están bloqueando por todos lados… —gruñó en frustración, solo para ser interrumpido al segundo siguiente por un disparo—.Dios, ¡¿ahora nos están disparando?!

¡Bang, bang, bang, bang, bang, bang!

De seis a veinte disparos—perdí la maldita cuenta—sonaron en sucesión rápida. Llenó el parabrisas de agujeros. Todos se agacharon en sus asientos, y cubrí mi cabeza, rezando que una bala perdida no me llegara. El guardia de pie en el pasillo entre Dave y Arden no tuvo tanta suerte.

—Mierda… —Giró y se quedó allí aturdido con una mano en su pecho—. Me dieron.

—¿Qué? —Arden levantó su cabeza de un golpe hacia el guardia, sus ojos abiertos de par en par con incredibilidad—. ¿Estás seguro?

—Sí —dijo, la sangre manando entre sus dedos y manchando su uniforme—. Estoy jodidamente segundo.

Tambaleándose hacia atrás, el guardia colapsó en un asiento cercano. Este estaba ocupado por una convicta, y ella rápidamente se puso a la acción, presionando con ambas manos la herida, pero no había nada que ella podía hacer por él. Vi cómo el color abandonaba su rostro.

En tres minutos, dos latidos de corazón errante, y este hombre estará muerto.

—¡Joder! —dijo Arden, frotándose la parte trasera de su cuello, sus ojos moviéndose con indecisión de su camarada caído al desastre frente a él.

—Creo que es momento de detenerse, Joe —dijo Dave, ya frenando el coche y girando el volante hacia la derecha.

Arden no iba a ganar, todos lo sabíamos, pero él no iba a retirarse sin pelear.

—¡No! ¡Sigue conduciendo! —gritó, sacando su arma y apuntando—. A la mierda con ese idiota. No la va a conseguir. —Inclinándose hacia Dave, abrió la puerta del autobús. Luchó contra el viento entrante, bajando los escalones y acercándose a la baranda del costado. Sacó mitad de su cuerpo fuera del autobús, levantando su brazo y disparando hacia la oscuridad, usando las luces rojas como su única guía.

Bang. Ban. Bang.

No hubo respuesta ante las dos rondas de balas que disparó hacia la noche, y eso me sorprendió.

¿Por qué dejaron de disparar?

A menos…

El miedo me inundó mientras mi mente imaginaba dónde habían aterrizado las balas de Arden.

¿Y sí había disparado a Edward?

Rugí con un grito fuerte y profundo, desesperada y furiosa, jalando de las esposas con el metal lastimando mi piel. El odio por este hombre alimentaba mis esfuerzos. Juré liberarme y mostrarle lo mucho que lo quería muerto.

—¡Diablos! —dijo Arden, sin balas y sin suerte, volviendo a entrar—. ¿Está cargado el rifle? —le preguntó a Dave, yendo a por esta.

—Sí, pero las balas están en…

¡Bang!

Un disparo simple, prominente y ensordecedor, hizo eco y me detuvo en seco. El camión aceleró, y el vidrio del lado del conductor se destruyo y llenó de sangre. Dave convulsionó por un milisegundo antes de caer sobre el volante. El autobús giró a la derecha y todos caímos hacia el pasillo. Ocurrió tan rápido y sin advertencia que le tomó a Arden un momento para entender que Dave había sido disparado en la cabeza y se encontraba muerto. Para cuando se dio cuenta, no pudo tomar control del autobús y ya se encontraba dos segundos muy tarde.

Tiempo en un momento de caos se vuelve lento mientras cada aspecto visto por un ojo humano es más claro y resuelto, el cerebro parece procesar esto más rápido. El camino del autobús estaba predestinado, salir del camino a cincuenta millas por hora y caer de frente a una zanja.

En mi mente todo pasó como una película.

Cerré mis ojos y me aferré fuerte.

¡Esta mierda iba a doler!

El impacto del choque lanzó mi cuerpo hacia delante, pero las cadenas me trajeron de vuelta hacia atrás y golpeé mi cabeza contra el asiento. Me quedé sin aliento, y me agaché, tratando de recobrarme. Traté de respirar, era doloroso con cada inhalación e intolerante con cada exhalación. Mi cabeza se me partía. Mi visión era borrosa. Levanté mi mano y toqué mi frente, buscando sangre.

Nada—pero eso no significaba una mierda. Sabia cuales eran las consecuencias de una concusión, sangrado interno y blah blah blah. Fue un aterrizaje fuerte y sobreviví. Eso era todo lo que importaba… por ahora.

Una nube de polvo rodeaba el autobús con una niebla marrón, y los convictos gemían y gruñían ante el dolor, pidiendo ayuda que no vendría. Me removí en mi asiento y traté de levantarme para mirar alrededor y tomar nota de los heridos o muertos, pero todo se oscureció. Me encontraba débil y cada movimiento, incluso el minúsculo, dolía como la mierda. Me rendí y cerré mis ojos, cayendo hacia atrás en mi asiento.

—¡Mantente atento! —gritó un hombre.

Centré toda mi energía y concentración en los coches mientras estos se detenían, sus gomas sonando sobre el terreno y levantando piedras, cubriendo un costado del autobús. Sus motores ronroneaban, ralentizando, puertas abriendo y cerrando, muchas voces superponiéndose y volviéndose alto.

La conmoción era una distracción, pero no hizo nada para aliviar este dolor que radiaba por mi cuerpo.

—Allí —alguien dijo, trayendo mi atención de vuelta al frente.

Hubo un golpe repentino y fuerte a un lado del autobús, casi como si alguien estaba pateando, seguido del sonido de recarga de un arma y un gruñido familiar.

—¿Dónde mierda está ella? —Esa voz, su voz, era brusca y ruda, reforzada con emoción.

Jadeé… él está aquí.

Sin confiar en ello, abrí mis ojos y miré alrededor del asiento.

Mi corazón se detuvo.

No podía respirar.

Él se encontraba allí mismo, vistiendo un traje de cárcel naranja, como el mío, pero la parte superior estaba desabotonada y colgaba de su cintura, mostrando su musculosa blanca y sus tatuajes. En algún momento entre el ultimo sábado y hoy, se había rapado la cabeza. Estaba corto, no del todo pelado como ese federal en los ascensores, pero casi. Todo ese cabello desordenado y broncíneo ya no estaba.

Pero seguía siendo mi Edward… y estaba enojado, encima de Arden con la Colt presionada sobre su frente.

Me aferré del borde del asiento frente a mí para mover mi cuerpo hacia el pasillo y lo llamé—: Edward… —pero era bajo, apenas un susurro. No escuchó mi voz agotada entre la confusión y el desorden, seguía buscándome por el autobús.

Mis ojos se aguaron, haciendo que mi vista sea peor, y un nudo pesado se ubicó en mi garganta. Estaba conteniendo esa emoción—esa que podía volverme en un desastre babeante en un segundo.

Moviendo su mentón, estaba perdiendo la paciencia con el silencio de Arden y movió el barril del arma de la cabeza a la boca, metiéndola con fuerza fruta.

—¡Más te vale decirme dónde está ella o voy a volarte la puta cabeza!

Estaba medio tentada a dejarlo apretar el gatillo y terminar a ese idiota, pero mi bebe lucía muy rudo y desesperado. La perdida de amor significa violencia. Yo debería saberlo. Ese hombre tenía el poder de quitarme el aliento y devolvérmelo. Esa necesidad desesperante por sentirlo, asegurarme que fuera real, tomo poder sobre mi sed de sangre.

—Edward —dije más fuerte esta vez, sentándome y golpeando mis muñecas contra el asiento, asiendo que las cadenas sonaran. Su cabeza se volvió rápidamente ante el sonido, esos profundos ojos verdes buscando y encontrándome. Una sonrisa lenta y satisfecha se extendió por su rostro—. Llegas tarde.

Edward sonrió en respuesta, adolorido y aliviado, toda la tensión en su cuerpo se fue con un aliento profundo y rápido. Arden ahora olvidado, metió su arma en la parte trasera de su cintura y dio pasos largos en mi dirección. Pasando por entre el desastre, cada vez más y más cerca, sus ojos se volvieron más intensos con cada paso que tomaba. Se dejó caer de rodillas frente a mí.

—Allí estás —dijo, y antes que tuviera oportunidad de decir algo, mi rostro estaba en sus manos y sus labios en los míos.

Todo el dolor y la angustia, luto y soledad, se fue y fue reemplazado por vida y su amor. Una sensación de completitud me sobrellevó. Ya no era una versión vacía de mi misma.

Estaba en casa.

Él era mi casa.

—Me estaba volviendo loco —dijo con un aliento, y me encontraba llorando entre sus besos. Trató de alejarse, susurrando mi nombre, pero presioné nuestras bocas, forzándolo a quedarse.

Él no me detuvo. Nunca lo haría. Lo que sea que yo quería, él me lo daba. Y en ese entonces, todo lo que quería era sus labios y lengua. Él sabía a menta, pero había un rasgo de cigarrillos. Había estado fumando como una maldita chimenea otra vez.

Tenía su rostro enterrado en mi cuello, besando y marcándome, cuando alguien le dio un rodillazo en la espalda y aclaró su garganta.

—Hey, Eddie.

La distracción era lo que necesitábamos y no necesariamente lo que queríamos, y Edward espetó al interruptor:

—¿Qué?

Emmett se encontraba de pie sobre nosotros sin disculpa. Se encogió de hombros.

—Tienes que apresurarte, amigo.

No había sirenas todavía, pero las habría.

—¡Mierda! —dijo, inclinando su frente contra la mía—. Lo sé.

—Toma —dijo Emmett, ofreciendo las llaves de mis cadenas—. Dos minutos, bro.

Edward asintió, besándome brevemente en los labios antes de tomar las llaves de Emmett y liberando mis tobillos. Frotó el dolor con un masaje tierno con una mano y liberó mis muñecas con la otra. Levantó su vista hacia mí y sonrió, sus ojos estaban oscuros con moretones y su labio se encontraba hinchado y cortado. Las pequeñas cosas que no me di cuenta en el momento de lujuria eran todo lo que podía ver ahora.

—Oh, Dios mío, cariño, ¿qué te pasó? —pregunté.

Apartó su vista, sacudiendo su cabeza.

—No es nada.

—Eso no luce como nada, joder. —Tomé su mentón y lo forcé a mirarme.

—Te diré luego —dijo, poniéndose de pie—. Pero ahora —miró hacia atrás y luego hacia a mí, ofreciéndome su mano—, debemos movernos.

Tenía razón. El tiempo se acababa. Tomé su mano y me tiró hacia sus brazos, sin querer un poco de espacio separándonos de nuevo. Emmett no dirigió hacia afuera, y vi lo horrible que era esa emboscada. Había sangre por todos lados y pasé con cuidado. Bajé mi vista hacia el guardia que se había ido de este mundo y la convicta que lo sostenía mientras moría. Sus ojos estaban vacios de cualquier emoción, mirando a la nada, manos manchadas de rojo fuerte.

Arden estaba en el asiento detrás de Dave con Jasper apuntando un arma hacia él. Sería el único guardia que sobrevivió este evento y eso no parecía justo. Recordé todas esas cosas que me dijo cuando no podía defenderme. ¿A cuántas mujeres le había cumplido sus promesas? Con esa pregunta en mi cabeza, no podía simplemente irme sin darle algunas palabras de despedida.

—Espera —dije, tirando del brazo de Edward—. Necesito tu arma.

—Está bien —dijo, cumpliendo sin pensar, sacándola y ubicándola en mi mano.

La confianza ciega que tenía en mí era irreal. Sin preguntas ni nada, simplemente "aquí está mi arma, confío en ti". Esa convicción que tenía hacia nuestro amor me alimentaba. La Colt pesaba en mis manos, la superficie plateada reflejando mis ojos decisivos. Recargué, ubicando una bala en el tambor. Giré hacia Arden y Jasper se alejó para darme lugar, pero nunca bajó su arma.

Seguridad primero.

Ubicando mi mano en el asiento para balancearme, me incliné sobre Arden y puse la punta de la Colt en su rodilla. Recité todas las palabras que me dijo no hace ucho en su oído:

—Antes que vayas a dormir de noche, vas a pensar en mí. Dónde te he tocado —pasé el arma por su muslo, un toque gentil, como sus sucias manos estuvieron en mí—, y cómo luchaste, pero te haré retorcer tan bien, nena. Especialmente cuando te coja aquí. —Empujé el arma en su entrepierna, apretando tan fuerte como podía contra sus huevos. Él gritó ante el dolor—. Va a ser explosivo. —Sonreí y jalé el gatillo.

El fuerte estallido sorprendió a los hombres y todos saltaron.

Arden se retorcía, gritando desquiciadamente.

—¡Maldita perra! ¡Maldita perra puta!

Edward me quitó el arma de la mano y la puso en la boca de Arden.

—Dile "perra" una maldita vez más, idiota.

—¡Por Dios! —gimió Jasper, tomándome por el brazo y sacándome del autobús. Me tiró en el asiento trasero de un Mercedes—. Quédate en el maldito coche, Bella, ¿me escuchas? —Asentí—. ¡Ustedes dos son jodidamente increíbles! —dijo, cerrando la puerta con un golpe tras él.

Si había una manera de aliviar una situación y tener la atención de Edward, era separándonos. Él vendría corriendo menos de un segundo después en pánico con Emmett tras él. Me buscó por el terreno vacio. Jasper apuntó hacia el coche y alivió sus preocupaciones. Entonces discutieron. Edward gritó y lo maldijo. Jasper se mantuvo allí calmado y lo reprendió por el tiempo perdido. Eventualmente, Edward lo bloqueó y vino corriendo hacia el coche…devuelta a mí.

Se encontraba enojado y ardiente. Me gustaba eso. Lo hacía impredecible.

El calor de mi excitación se abría paso, sonrojando mi rostro y pecho, y me hice a un lado para darle lugar. Mi pulso estaba acelerado con impaciencia, anhelando su toque.

Abrió la puerta y entró al coche. Incluso antes que la puerta se cerrara tras él, me estaba agarrando del cuello y atacando mis labios. Mis manos volaron a sus bíceps, su piel quemaba mis dedos, necesitando esa extra estabilidad mientras él me inclinaba hacia atrás. Abrí mis piernas para él y las envolví alrededor de su cintura. Él gimió, y podía sentir su dureza a través de la tela del traje, presionando contra mí con cada embestida firme y movimiento de su cintura—lo que me volvía loca de deseo.

Me daba coraje, e indiscreción ya no era un factor.

Moviendo mis manos hacia abajo y apretando entre nuestros cuerpos, metí mis dedos por debajo de su traje y froté mi palma sobre él por encima de sus bóxers. Él apretó mi cuello y levantó mi cabeza del asiento, metiendo su lengua más profundo en mi boca.

Luchaba por liberarse, duro y listo, y quería aferrarlo. Quería volverlo loco. Quería hacerlo explotar. Mi mente sobrepasándome, estaba jalando a la última barrera, mis dedos apenas rozando la punta, cuando Emmett hizo notar su presencia.

—¡Más les vale no estar follando allí atrás!

Me detuve, sin quitar mis manos, pero esperando que si nos manteníamos callados lo suficiente él desaparecería. Típicamente, ser atrapada intentando cogerme a mi novio seria embarazoso—especialmente con Emmett cerca—pero ahora solo encontraba al maldito como una inconveniencia.

Edward sentía lo mismo, sin siquiera intentar remover su cuerpo del mío.

—¡Púdrete! —dijo lo suficientemente elocuente contra mis labios, continuando besándome.

Han pasado cinco días desde que estuvimos así, tan cerca y tangible, que no nos importaba quién tenía la mala suerte de vernos.

La única cosa que me trajo de vuelta a los sentidos era la falta de espacio. Edward estaba teniendo problemas saliendo de su traje y yo no podía meterle mano. No apropiadamente, de todas formas. Eso me enfurecía.

—¡No puedo! —bufé, alejándolo—. No así.

—De acuerdo. —Edward entendía mi frustración, sentándose e inclinándose hacia el asiento delantero—. Hey, amigo, tienes que encontrarnos un hotel en algún lado.

—¿Qué? —preguntó Emmett, quitando su vista del camino. Solo ahora noté que nos estábamos moviendo—. ¿Me estás jodiendo?

—No podemos follar aquí, ¿o no? —dijo Edward encogiéndose de hombros.

—Eddie, ¿te das cuenta que tú y tu chica son malditos fugitivos, no? La policía ya deben estar buscándolos.

—Me importa una mierda.

—Sí, eso puedo ver. —Emmett sacudió su cabeza—. ¡No, te voy a llevar con Marcus, y eso es todo!

—Tenemos que detenernos en algún lado, de todas formas, tío. No podemos ir a ver a Marcus con estos uniformes de prisión.

Emmett bufó.

—Cámbiense en una jodida estación de servicio.

Ese pensamiento me hizo hacer una mueca. Tenía mis limites, muy pocos, y follar en un asqueroso baño de estación de servicio era uno de ellos.

—Mira —dijo Edward, pellizcándose el puente de la nariz—. O bien puedes detenerte en algún lugar con una puta cama o puedes taparte tus malditas orejas. De cualquier forma, tío, va a pasar.

Emmett lo pensó por un momento, sin querer ceder, pero sabía que Edward no mentía. Tenía una opción, ninguna de ellas era atractiva, pero una de ella no requería terapia en el futuro. Posiblemente tiempo en la cárcel, pero al menos no estaría dañado de por vida.

Edward se hizo hacia atrás en el asiento con una sonrisa socarrona y lanzó un brazo sobre mis hombros, tirándome fuerte hacia él. Ganó y lo sabía. Simplemente esteraba a que Emmett lo descubriera. Mientras tanto, decidió volverme loca al meter una mano por debajo de este horrible traje, casualmente frotando su pulgar por mi pezón, y este se endureció ante el contacto.

—¡Diablos! —maldijo Emmett, moviendo el coche rápidamente hacia la derecha y saliendo de la carretera. Nos fulminó con la mirada por el espejo retrovisor—. Me vas a deber una por esto.

Edward bufó.

—Ponlo en mi cuenta.

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.

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Diez minutos después y una hora fuera de Casa Grande, Emmett le estaba dando a Edward una llave y un bolso. La habitación se encontraba en el segundo piso y no había mucha altura por si necesitábamos saltar por una ventana rápidamente. Yo siempre buscaba por la salida más cercana. Estaba grabado en mí, mi vida con Edward, e incluso ahora de fugitivos, no lo cambiaría por nada.

—No tienes mucho tiempo —dijo Emmett mientras subíamos las escaleras—. ¡Has que valga la pena, Eddie!

Lo mataría por hacer sus chistes crudos, pero él era nuestro cuidador. Había un escáner de policía y radio en el coche. Si algo pasaba, cercano a donde nos encontrábamos, iba a llamar a Edward por su celular.

Teníamos una hora—como mucho. Era arriesgado y estúpido. Había una gran cacería por nosotros. La frontera fue bloqueada y nadie podía salir o entrar. Estábamos jugando con fuego y quemaba… pero otra vez, ¿esa no era la única forma de salir, en una explosión ardiente de gloria?

La llave entró y salió, abriendo la puerta y desatando una locura de pasión y caos en la habitación. Edward lanzó los bolsos al suelo y me empujó contra la pared. Me quedé sin aliento, dejándome ansiosa por sus labios. No me importaba si mis pulmones estaban demandando por oxígeno.

Todo lo que quería era él.

Tenía mi espalda sujeta, atrapada en su agarre, con una mano dentro de la abertura de mi traje, fuertemente palmeando mis pechos, mientras que la otra mano se encontraba firme en mi garganta, manteniéndome quieta. Me besó, codicioso ante la necesidad, metiendo su lengua en mi boca.

Tomé sus hombros y clavé mis uñas en su piel, subiendo mi pierna y envolviéndola en su cintura. Él gimió, apretando dolorosamente mi pecho, delicioso y doloroso, embistiendo sus caderas contra mí, rápido y duro. Estaba determinado a follarme a través de estas malditas prendas.

—Cama… —jadeé contra sus labios.

No había tiempo para romance o delicadeza. Fueron cinco días de frustración sexual y estaba rogando ser liberada.

Edward asintió, tomándome por mis muslos y levantándome del suelo. Caminó hacia la cama, tirándome allí y liberándome de mis prendas. Ocurrió rápido, muy rápido, cada prenda fue removida y lanzada por la habitación a una pila cerca de la puerta.

Se encontraba de pie frente a mí, su polla más dura de lo que la había visto. El liquido preseminal goteaba y rodaba por su cabeza, haciendo brilla la punta. Lamí mis labios, y reaccioné ante la vista, sentándome en la cama y poniendo mi boca alrededor de él.

—¡Dios, Bella! —dijo, poniendo su mano en la pared, sorprendido ante mi ataque repentino.

Cerré mis ojos, disfrutando el sentirlo, ubicando mi mano en la base de su polla y apretando fuerte. Moví mi boca de arriba abajo. Lento y firme, lamiéndolo a lo largo, saboreando la piel suave y salada. Enloqueció cuando pasé mi lengua por la pequeña abertura de su cabeza.

—¡Mierda! —gimió, fuerte, tomando puñados de mi cabeza, embistiendo fuerte y profundo, golpeando la parte trasera de mi garganta. Estaba palpitando, cerca de explotar en mi boca, cuando salió y me empujó en la cama—. Necesito estar dentro de ti.

Mi coño latió ante sus palabras, ansioso por su toque.

Fue un borrón, manos moviéndose rápido, girándome sobre mi estómago y tomándome por las caderas, entrando en mí fuerte y profundo. Me llenó con una embestida firme. Gemí y maldije, enterrando mi rostro en la manta y aferrándome a ella. Él era imparable, arremetiendo contra mí. Cada ver más rápido y duro, sin parar.

—Edward —gimoteé con mis ojos fuertemente cerrados. Mi respiración era errática y mi corazón latía contra mi pecho, queriendo salir de mí.

—Bella… —susurró, saliendo y frotándose contra mi clítoris. Envolvió sus brazos a mi alrededor y descansó su frente en mi espalda, besándome suavemente—. Joder, te extrañé. —Se reincorporó y volvió a entrar en mí—. Extrañé esto.

—Oh, Dios… —Contuve mi aliento y mis músculos se contrajeron a su alrededor.

Edward gimió, y apretó mis caderas, moretones formándose bajo sus dedos. Embistió dentro de mí, duro y fuerte, y sin pausar. Se sentía tan jodidamente bien. Doloroso y dulce. Quería—no, necesitaba más, empujando mi culo hacia él, rogándole que me follara más profundo, más fuerte. No me importaba. Había pasado mucho tiempo desde que lo sentí de esta manera, enterrado dentro de mí. Me dio una nalgada, un dolor agudo en mi trasero, sintiendo mi necesidad y dándomela.

Suprimí un grito, mi labio inferior recibiendo toda la brutalidad.

—¡Mierda! —gritó, y eso me avivaba, sabiendo que estaba tan necesitado como yo.

Empuje contra él y él contra mí, nuestros cuerpos chocando entre ellos, cada vez más fuerte, solo unido a nuestros gemidos. Éramos despiadados, jodidamente obsesionados el uno con el otro, incapaz de tener lo suficiente.

—¡Diablos! —Extendió una mano, frotando mi clítoris, fuerte y persistente, haciéndome liberar.

Sentí ese nudo tenso en mi abdomen comenzar a crecer, envolviéndome, pero Edward salió de mí demasiado pronto. Se masturbó, manteniendo sus dedos en mi coño, añadiendo más presión, determinado a que me viniera. Fue su gruñido profundo mientras estalló en mi espalda, inclinando su frente contra mi cuello, lo que me llevó al borde.

Gemí, demasiado alto, mi inevitable orgasmo derribándome. Mi cuerpo tembló y mis piernas se sacudieron. Me encontraba débil, mis brazos cediendo debajo de mí, y caí en la cama. Jadeando pesadamente, tratando de calmar mi aliento.

Edward se inclinó y dejó suaves besos en mi hombro. La cama resonó, y lo vi entre mis pesados parpados mientras caminaba hacia el baño. Volvió un segundo después, sosteniendo una toallita en su mano. Sentándose en el borde de la cama, puso la toalla húmeda en mi piel y la limpió. La hizo un bollo en su puño y la lanzó por la habitación. Se volvió a acostar a mi lado y tiró sus piernas sobre las mías. Me sentí protegida por él. Era jodidamente maravilloso.

—Hey —dijo, frotando su mano por mi espalda.

—Hey. —Bostecé.

—Dime la verdad. —Sus ojos se volvieron intensos y buscaron los míos—. ¿Qué tan lejos ese hijo de puta fue contigo?

Me confundió por un momento. Había cambiado de tema tan rápido, y para ser honesta, no había pensado en ese hombre desde que lo castré. Edward tenía una manera de consumirme, así que no era tan sorprendente. Pero ni bien estuve en la misma página que él, sabía por qué lo preguntaba. Incluso aunque a él no le gustara la idea que fuera violada, creo que se trataba de alguien tocando su chica—algo que solo él tenía derecho. Era jodidamente posesivo, y le gustaba saber que era el único hombre que me ha tenido. Él planeaba que así fuera.

—Todo lo que ha tocado fue sobre ese traje —dije, asintiendo hacia la pila naranja ante la puerta.

Aún así no le gustaba, sus cejas fruncidas y mandíbula tensa.

—¿Eso es todo? ¿Nada más pasó?

—Nada pasó, cariño… —dije, volviéndome sobre mi costado y palmeando su rostro.

Era la verdad, pero una vaga. Arden no fue tan lejos como Edward preguntaba, pero me tocó de forma que ningún guardia debería tocar a su prisionero. Edward no necesitaba saber los detalles. Arruinaría este momento perfecto. Arden tuvo lo que se merecía al final.

Traje sus labios hacia los míos.

—…lo prometo.

Bien —dijo, aliviado— porque todo esto —pasó su nariz a lo largo de mi mandíbula y hacia mi cuello, besándolo primero y luego mordiendo y succionando la piel. Sentí la sangre asomarse en la superficie. Se alejó y me miró, engreído como la mierda— es mío.

No había duda en mi mente que todo lo que tocaba le pertenecía.

Yo no era la excepción.