Hola a todxs! Aquí estoy, con otro capítulo, sé que estoy tardando bastante en actualizar, pero lo estoy haciendo lo mejor que puedo, os pido disculpas.
Escribo para agradeceros encarecidamente los reviews (a lxs que los dejáis), de verdad, me encanta que os toméis vuestro tiempo para valorar el trabajo para el cual yo me tomo el mío. De verdad, que leo y tengo en cuenta todas y cada una de las palabras que ponéis y me alegra muchísimo que lo hagáis. Del mismo modo, también escribo para pedir que, la gente que lee el fic (que, según veo en la estadística, hay bastante) se anime y deje su opinión o una leve seña de que lo ha leído, si le ha gustado o si no. Es muy importante para mí saberlo, porque sois vosotrxs los que me enseñáis a encauzar mi camino como "escritora", y tenéis total libertad para opinar, pero por favor, hacerlo.
Muchas gracias y espero que lo disfrutéis :)
45. Hasta que te escuche cantar una vez más
Al final se les hizo demasiado tarde para irse. Y es que, cuando volvieron al apartamento, Kurt y Rachel ya habían llegado y estaban preparando una cena tan excesiva que podría haber alimentado a varias familias. Como no podía ser de otro modo, la visita de los dos tercios perdidos de la Trinidad de la cual Quinn había formado parte, actuó como un mecanismo de relajación tanto para Berry como para Hummel, que se mostraron alegres de volver a ver a dos viejas amistades. Santana, que aún miraba sorprendida a Fabray mientras ayudaba con dulzura a Rachel en todo lo que necesitaba como quien ve la aparición de un fantasma, se acostó con Brittany en la habitación que antes hubiese ocupado Quinn, después de hacerle prometer a ésta que pasarían aunque fuese sólo un día más en Nueva York con ellas.
Por su parte, Quinn Fabray estaba pletórica de felicidad. Justo cuando más las necesitaba, cuando creía que iba a explotar del estrés que la extraña historia del Fantasma de Andersen le causaba, ellas habían acudido prestas como si le hubiesen leído la mente desde kilómetros de distancia. Y ahora que las tenía allí (y aunque no quería, era plenamente consciente de que no sería para siempre) no podía dejarlas irse tan rápido. No estaba sola, se lo habían demostrado.
Tras la velada les dio las buenas noches con un beso y un abrazo, prometiendo preparar un desayuno digno de un hotel de cinco estrellas y acudió a la cama con su novia, la estrechó en sus brazos y durmió plácidamente como no lo había hecho en semanas.
Rachel fue la primera en despertar. Para ser invierno, hacía una hermosa mañana de sábado, el sol entraba a raudales a través de los visillos de la habitación, invitándola a desperezarse, darse una ducha y ponerse en marcha para aprovechar lo que quedaba del fin de semana.
Y así lo hizo. Se calzó sus zapatillas de terciopelo, se puso la bata y cuando iba de camino a la cocina, dispuesta a preparar el café para su compañero, su novia y sus invitadas, se percató de que todo, todo se mostraba distinto para ella.
Sintió cómo las piernas le fallaban. Una sobrecogedora emoción atenazó su pecho y se llevó los puños a los ojos para frotárselos casi con rabia, para asegurarse de que lo que le ocurría era cierto.
Podía ver.
Todo lo que la rodeaba había dejado de ser invisible, una absurda mancha oscura, informe y tenebrosa. El mundo a su alrededor cobraba una espectacular nitidez.
Allí estaba: La barra americana de la cocina, con los platos fregados en el escurridor, la sala, los sillones tapizados en gris, la televisión, las estanterías, los libros…
La luz.
Podía ver la luz.
La primera vez que tomó aire para llamar a su pareja y contárselo sólo consiguió que de su garganta saliese un hilo de voz inaudible.
- ¡QUINN! – Gritó, aún tirada en el suelo, como si el levantarse supusiera volver a estar ciega, volver a la oscuridad. - ¡QUINN, VEN AQUÍ AHORA MISMO! ¡ES INCREÍBLE!
La aludida se levantó, sobresaltada, temiendo por la vida de Rachel e imaginándose lo peor, pero cuando la encontró en el suelo de la cocina, riendo con alegría y con los ojos fijos en ella, en los suyos, sin esa mirada perdida que solía tener, no pudo más que abalanzarse sobre ella y cogerla en brazos.
- ¡Puedo ver, Quinn! – Decía, con la boca enterrada en su cuello. - ¡Puedo verte!
Y Quinn lloraba. Y ella también. Y no podía creer que hubiese olvidado aquellos ojos claros, aquel rostro hermoso, dulce; el brillo dorado de aquél largo cabello; la textura de su piel pálida y el rosado de sus labios tersos. No podía creer que hubiese olvidado lo preciosa que era Quinn Fabray.
- Dios mío… - Susurró, acariciando las mejillas de la rubia con las yemas de los dedos. – Eres tú… Eres… Te veo, Quinn… Eres tan…
No pudo seguir, se volcó directamente a sus labios y ocupada con ellos estuvo durante largo rato.
El resto de inquilinos de la casa también se habían despertado al oír los histéricos gritos de Berry, y después ir al baño para mirar su propio rostro en el espejo del tocador, se recreó con los de sus amigos.
La visita del doctor Hulme fue rápida. Como él hubiese predicho, Rachel había recuperado la visión, el daño había resultado ser reversible y no debía tener más problemas de ceguera a raíz del accidente. La despidió con un cálido apretón de manos y un "espero que tardemos mucho en vernos, señorita Berry". Lo siguiente fue avisar a los padres de Rachel, quienes recibieron la noticia con gran celebración, jurando que acudirían a Nueva York lo antes posible.
- ¡Quiero pasear! ¡Quiero verlo todo, a todo el mundo! – Gritaba Rachel, con júbilo, caminando por las calles de Manhattan como si fuese la primera vez en su vida que las veía. - ¡Dios, esto es enorme!
Kurt, Quinn, Santana y Brittany las seguían, pensando cuál sería la mejor manera de aprovechar el día que les quedaba a las últimas para estar allí, y a su vez, de que Rachel disfrutase de nuevo de su capacidad de ver.
- Podríamos ver un musical – Sugirió Kurt, sabedor de que no habría nada en el mundo que Rachel deseara más. – Me encantaría ver West Side Story otra vez.
- ¿Y por qué no nos vamos después al Plaza y comemos langosta? Y ya de paso, ¿Por qué no nos vamos de compras a la Quinta Avenida? – Santana sonó despectiva. – Britt y yo no tenemos tanto dinero, Hummel. Piensa otra cosa.
- Yo quiero ir a Coney Island. – Intervino Brittany. Había visto docenas de veces en Internet las montañas rusas, los tiovivos y las casetas de feria por las que la isla era famosa desde principios del siglo veinte, y secretamente siempre había soñado con comer algodón de azúcar mientras un mimo le hacía un perrito con un globo alargado en aquella suerte de paraíso atractivamente bizarro.
Los otros tres la miraron.
- Es una buena idea. – Dijo Quinn. – Podríamos pasar el día allí. Seguro que a Rachel le parece un plan excelente.
Efectivamente, cuando se lo dijeron, Rachel se mostró entusiasmada por la idea. Llevaba sin ir a un parque de atracciones desde que lo hicieron como actividad de fin de curso para terminar el instituto, y lamentablemente Quinn no había estado en aquella ocasión, así que le encantó imaginarse cogida de su mano y gritando con la adrenalina que las más famosas montañas rusas de América prometían.
Al menos, mientras se encaminaban hacia Coney Island nada la habría advertido de que no iban solos.
- Podríamos haber llamado a Sierra. – Comentó Quinn, distraídamente, mientras Santana probaba suerte en una caseta de escopetas de aire comprimido para intentar conseguirle un peluche gigante a su novia. – Esto le habría encantado.
Habían pasado la mañana en el parque de atracciones, subiéndose en barquillas, caballitos, coches de choque y comiendo pizza y dulces.
- Seguro que se alegra mucho de saber que vuelvo a ser su rival potencial ahora que no hay un velo negro ante mis ojos impidiéndomelo. – Rachel, que comía ávidamente una manzana de caramelo, no podía dejar de mirar de un lado a otro, admirando cada color, cada destello, cada imagen. - ¿Podemos volver a montar en el tiovivo?
Quinn rió.
- ¿Cuántos años tienes, Rach? ¿Ocho?
El sonido de la música y la repentina afluencia de gente de todos los rincones del lugar interrumpieron su conversación. El parque tenía una cabalgata cada pocas horas, y debía haber comenzado hace poco porque todo el mundo se agolpaba para ver a las bailarinas, los escupefuegos y las brillantes carrozas pintadas con purpurina que pasaban. Todo era colorido y sugerente, pleno de un romanticismo extraño que hacía que no se pudiera apartar la vista de los excesivos miriñaques que movían magistralmente las bailarinas de caras blancas y tirabuzones rubios.
Rachel se puso de puntillas y se quedó mirando la carroza que tenía ante ella: era un enorme esqueleto sobre cuya calavera había una hermosa muchacha vestida de blanco, con una amplia sonrisa, que saludaba a todos los que se habían congregado para verla. Parecía muy cómoda con su personaje, y eso hacía que fuese agradable mirarla, como si la conociese, incluso estuvo tentada a devolver aquella cordial bienvenida que le daba sin palabras. A sus pies, unos niños vestidos de época tiraban pétalos de rosa e imitaban el saludo de la muchacha, con elegancia y recato. Berry siguió la carroza con los ojos y cuando estuvo cerca de ella pudo ver que a la chica vestida de blanco la acompañaba un hombre, alto, apuesto, con traje, chaleco, capa y un sombrero que cubría el rostro. Él también saludaba, con una amplia sonrisa, y firmemente sujeto de la mano de su acompañante. Acarició graciosamente la cabeza del chico que estaba más cerca de él y miró a su público.
Sus ojos…
Sus ojos negros…
Rachel sintió que un escalofrío le recorría toda la espina dorsal para detenerse en su cuello y agarrotarlo cuando aquellos ojos se clavaron en ella.
¿Podría ser…
Se soltó de la mano de Quinn y caminó al mismo tiempo que la carroza avanzaba, sintiéndose observada, sabiendo que los ojos no dejaban de mirarla.
No podía ser…
No. Él no.
Cuando volvió a mirarle, él ya saludaba a las chicas que había al otro lado de la calle.
Debía de tratarse de un error, seguro que se lo había imaginado. Estaba demasiado alerta con todo lo que le había pasado últimamente, y era muy posible que todo se debiese a eso y a que una de las últimas cosas que recordaba haber visto antes de quedarse ciega eran precisamente esos ojos negros.
Volvió con Quinn, repitiéndose a sí misma que eran estupideces suyas e intentó no volver a pensar en ello y disfrutar del día. Por eso no se lo mencionó, y cuando ella le preguntó "¿Has visto? ¡Había una carroza del fantasma de la Ópera!" se limitó a asentir sin mostrar sorpresa por no haber reconocido antes el personaje de la chica que tanto había llamado su atención.
- ¡Mirad qué nos he comprado! – Kurt acababa de salir de una tienda de regalos con una bolsa de color fucsia. De ella sacó cuatro diademas de plástico que habrían hecho las delicias de un grupito de niñas pequeñas. - ¿A que son divinas? ¡Y me han regalado entradas para la montaña rusa de madera!
- ¡Estupendo! – Celebró Santana, recibiendo del dependiente un gato de peluche que enseguida entregó a Brittany. – Llevaba toda la mañana queriendo montar.
La atracción era la más solicitada del parque, como atestiguaba la larguísima cola de más de 45 minutos que tendrían que soportar.
- Esto es un asco – Se quejó Santana después de tan sólo diez minutos, cuando veinte personas ya habían tomado sitio detrás de ellos. –Cuando lleguemos habrán cerrado.
- Yo tengo que ir al servicio. – Rachel miró las escaleras llenas de gente y supo que no podría esperar a bajarse de la atracción si no quería hacerse pis encima.
- ¿Quieres que te acompañe? – Susurró Quinn.
- No, está ahí enfrente, puedo ir sola. – Aunque fuese lo que más le apetecía en el mundo, no lo habría permitido. Ya había hecho bastante siendo su lazarillo mientras había estado ciega, ahora merecía un poco de libertad de movimientos ya que Rachel podía valerse completamente por sí misma.
Se encaminó a la casetita de los servicios de mujeres y entró en un compartimento aparentemente vacío. Cuando entró, sin embargo, notó un olor que le resultaba familiar.
Era un sutil perfume, como de rosas, un perfume femenino que a ella le recordaba más a un hombre.
A Erik.
Era la segunda vez en un día que le parecía notar su presencia…
¿Sería una coincidencia?
Un ruido tras ella.
Una respiración.
Pausada, tranquila.
Un susurro en su oído.
Mi alma rota no puede vivir hasta que te escuche cantar una vez más.
Sintió una mano alrededor de su cuello y no vio nada más.
Cuando despertó, tardó un largo rato en imaginarse donde estaba. Lo primero que notó antes de abrir los ojos fue el aroma del salitre introduciéndose en sus vías nasales. El sonido de las olas del mar impactando en la costa le llegó poco después.
Sin embargo, cuando pestañeó, la intensa oscuridad que encontró a su alrededor le hizo creer que volvía a estar ciega. Agitó la cabeza para darse cuenta de que su invidencia se debía tan sólo a la necesidad de acostumbrar la vista a aquél extraño entorno. El ruido del traqueteo de una antigua e inestable estructura le dio una significativa pista.
El sitio en el que yacía era una antigua barcaza con forma de demonio, la barcaza de una atracción que por el polvo, las telarañas y el aspecto debía llevar años abandonada. A primera vista, aparte de horrendas estatuas de ángeles cayendo, brujas y criaturas enmascaradas, no parecía haber nadie más allí.
Pero, de algún modo, ella sabía que no estaba sola.
Oh, Christine…
Mi Christine…
Se volvió para intentar averiguar de dónde salía la voz aterciopelada que la llamaba con un nombre que sólo unos pocos usaban para referirse a su persona.
Erik estaba oculto entre los terroríficos muñecos. Aún llevaba la capa, el sombrero y la media máscara que había utilizado en la procesión. Rachel se sobresaltó cuando lo vio moverse.
- Debía haber sabido que estarías aquí… - Murmuró la chica, sin atreverse a mover ni un solo músculo. Al fin y al cabo, el hombre con el queestaba a solas ya había intentado acabar con ella una vez, seguro que no le importaría intentarlo una segunda.
-¿Creíste que me había ido, Rachel? – Al utilizar su nombre de pila, Berry casi pudo notar cómo la boca se le llenaba de amargura. – Sé que viniste a buscarme.
- Yo no… - Comenzó, pero no pudo seguir hablando. Él la cortó.
- Viniste a buscar mi escondite, ¿No es cierto? – Susurró. Mientras hablaba se había ido acercando a ella, hasta quedar justo detrás de la estrambótica barcaza en la que ésta estaba posada. – No niegues que lo hiciste, Rachel. Esa noche…
- Erik yo no… - Repitió. Un súbito arrebato de lucidez la llevó a cerrar la boca de inmediato.
Sierra.
Ella había estado investigándolo por su cuenta, había tratado de localizarlo. Si alguien había buscado a Erik, sería ella. Y si decía que no lo había hecho sólo para tratar de quitarse de encima el peso de su persecución y su obsesión por ella, su amiga, la que la estaba ayudando a pesar de arriesgarse a sí misma, podía meterse en problemas. Problemas muy graves.
Había llegado la hora de actuar.
Se convertiría en Christine una vez más.
- Dilo, Rachel. Cántalo… - Era casi una súplica.
- Fue una noche bajo un cielo sin luna – Sólo quedaba una cosa que hacer: seguirle el juego. Así, siempre sabría cómo iba a responder él. – Fui a decirte que debía marcharme para siempre. Que no podíamos volver a vernos.
Erik permaneció en silencio unos instantes, recordando; recordando cómo él y Rachel habían hecho el amor tantas noches como la que ella estaba describiendo.
- Yo te tocaba, te sentía, sentía la música en tu pulso y la canción en tus venas… Y con cada respiración y cada suspiro dejé de sentir el miedo o la vergüenza…
El Fantasma echó la cabeza hacia atrás, dejándose invadir por las melódicas palabras de la chica que, sin mirarle, sin saber siquiera si seguía allí, estaba recitando.
- Mi necesidad era tan urgente que no podía negarla, y nada importaba… Pero cuando el sol salió, oh, Erik… tenía tanto miedo de ver tus ojos que me levanté mientras dormías y susurré mi último adiós…
Consciente de que aquello era tan sólo lírica, de que Rachel no se había quedado para arroparlo tras una larga noche de pasión, dio la vuelta a la barcaza y se sentó junto a ella. Cogió la temblorosa mano de la muchacha entre las suyas, enguantadas en cuero, y la rozó con sus labios… Cómo había anhelado volver a verse invadido por ese olor…
- ¿Dónde has estado, Erik? – Preguntó Rachel. Se sentía invadida por una fuerza sobrenatural, completamente capaz de manejar al fantasma a su antojo. Y si podía hacerlo, tal vez podría escapar de él y conseguir que él mismo se delatase. Todo parecía muy fácil, sólo tenía que ser la Christine que Erik quería que fuese.
- No finjas que ahora desconoces mi paradero, mi querida niña. – Soltó una carcajada casi metálica. – Sé que me has estado siguiendo.
- Me desperté para jurarte mi amor y encontré que te habías marchado. – Rachel pareció desolada. Sólo necesitó desearlo para echarse a llorar de una forma tan teatral que al principio pensó que Erik descubriría su actuación. El fantasma la acurrucó en sus brazos, le quitó el pelo de la cara y la besó en la frente con suavidad. - ¡Me habría ido a donde quiera que tu fueses!
- No llores, mi niña. – La acunó. – Ahora…
- ¿Ahora? – Rachel se deshizo de su abrazo, encolerizada. - ¿Cómo puedes hablar de ahora? ¡Para nosotros no hay un "ahora"!
Intentó salir de la barcaza, sabiendo que no se iba a ir a ningún sitio. El telón aún no se había cerrado.
- Quiero que cantes para mí. – La voz de Erik sonó firme. – Una última vez, Christine.
Rachel no se lo pensó dos veces. Se echó a reír con la misma crueldad con la que él solía hacerlo, mirándolo directamente a la cara, haciendo que se sintiera ridículo.
- Intentaste matarme, Erik. Eso no voy a olvidarlo.
Se puso lívido, pero, con la máscara ante el rostro, Rachel no pudo notarlo.
Cuando volvió a levantar la cabeza para taladrarla con su negra mirada, su voz sonó tan dulce, tan suave, tan hipnótica, que por muchos muros que Rachel hubiese construido ante su corazón, no podría haberse resistido a caer en aquél trance que sólo la invadía cuando lo oía a él.
- A veces, por las noches, sueño que estás conmigo, pero me despierto abrazando el aire vacío… El tiempo pasa pero mi corazón me sigue doliendo, Rachel… Mi alma rota no puede estar viva ni completa hasta que no vuelva a oírte cantar.
Rachel se giró lentamente. La canción era hermosa, pura belleza, pura emoción. Y se la dedicaba a ella…
- Y tu música me desgarra los oídos… Vuelve, se va, pero tú no estás… Voy a dejar que pasen las esperanzas, los sueños, voy a dejar que mueran porque, ¿Sin ti, para qué me sirven? Siempre voy a sentir que sólo soy medio real… si no te escucho cantar.
Tenía que recuperar la compostura. Sabía que era una trampa, no podía cantar para él, volvería a raptarla, Quinn, Sierra, Kurt, todos sus seres queridos correrían peligro.
Ahora mismo, todo dependía de su capacidad de negarse o bien, de su deseo de rendirse de nuevo al hombre que casi le arrebató su vida.
¿Cantar? ¿Y qué daño podía hacer que cantase? Eran sólo notas, sólo música…
Música que podía llegar a ser destructiva…
La música de la noche…
- Por favor… - Suplicó. Y, por primera vez desde que le conociese, el Fantasma lloraba. – Yo sólo compongo para ti. Sólo tú puedes hacer que mi canción vuele ¿Recuerdas?
El fantasma tendía una mano hacia ella, con una hoja de papel manchada de tinta negra.
Love Never Dies
Lo sabía.
Sabía que Erik no pensaba dejar que su historia se quedase en el trágico final del Fantasma de la Ópera, en la que él se iba y ella se quedaba con el amor de su vida en paz y tranquilidad para siempre. Y si cantaba, él habría ganado.
Y si no cantaba, Quinn ganaría.
¿Y dónde quedaban sus propios deseos?
Ella quería hacerlo. Quería demostrar a Erik que sí, que sólo ella podía hacer que su canción volase, y al tiempo, quería estar con Quinn y que él desapareciese de su vida para siempre.
¿Sería capaz de llegar a un acuerdo con él?
- Supongamos que yo canto Love Never Dies cuando y donde tú me digas. – Respondió la chica, tras unos segundos de intensa actividad cerebral. – Si lo hago ¿Me dejarás en paz a mí y a todas las personas a las que quiero?
Erik se lo pensó unos instantes. Sólo quería que ella cantase para él, ella era la perfecta Christine y de todos modos si hacía algo, si intentaba engañarlo de algún modo, al Fantasma aún le quedaban un par de ases en la manga que utilizar para salirse con la suya.
Extendió la mano abierta para cerrar el trato.
- Canta para mí una vez más y no volverás a saber de mí. Jamás.
- Te daré una respuesta mañana, Erik. - Rachel se giró, dispuesta a desaparecer de escena de una vez por todas. - Te esperaré en el teatro.
