La música en el alma

Capítulo 54: Indulto

Observé la botella de oporto junto a una hermosa copa de cristal tallada. Brillaban con alegría, embellecidas por el crepitar del fuego en la chimenea.

Todo parecía burlarse de mí, de mis errores, de mis fantasías, de mis sueños… Sin darme tiempo a recuperarme de un golpe a otro. No obstante, en esta ocasión fue peor que en las anteriores, dejándome con el pecho desgarrado y sin ninguna intuición de cómo superarlo. ¿Por qué la niña me hacía sentir así? ¿Por qué deseaba tan fervientemente su aprobación? Nunca me habían importado esas cosas.

Alargando el brazo desde el sillón donde me encontraba sentado, tomé sin cuidado la botella y llené la copa. Estudié el caer del líquido con crueldad, disfrutando por si se hacía daño.

Incliné la cabeza a un lado, abandonando la bebida. Había conseguido colocarlo todo como estaba antes de lo sucedido; antes de perder los estribos.

—Dichoso infierno… —susurré con la voz áspera, pasándome una mano por el pelo alborotado.

Christine tuvo miedo, y tenía que admitir que el pensar en nunca volver a verla me hacía entristecer y enojar a la vez. ¡Había sido su culpa!

"Pero quien cruzó la línea de la histeria fuiste tú" me regañó mi mente.

—La maldita niña y su asquerosa curiosidad —me carcajeé, meneando la cabeza.

Había creído que era piadosa, amable. Lo confirmé el día en el cual llevó su ropa y dulces a unos críos que mendigaban en una tarde de tormenta. Se había visto feliz de ayudarles, radiante. Esperé que hiciese lo mismo conmigo al fin y al cabo. No quería considerarme de nuevo un monstruo, desterré el pasado, y ahora por su culpa volvía a remover la tierra.

¡Solo porque la niña me quitó la máscara! ¿No era suficientemente obvio que no debía tocarla? Erik deseaba esa piedad que otorgaba la joven, y lo único que recibió fue repugnancia.

Agarré la copa con violencia.

Erik odiaba a los humanos; a todo aquel por encima de su cabeza. Nada era lo suficientemente bueno para él; solo crueldad. Ya había disfrutado suficiente de lo atroz; toda su vida antes de introducirse en la ópera giró en torno a ello, no quería más.

¿Por qué pensó que sería esta vez diferente?

"Débil" rugió la voz en mi interior.

Negué con la cabeza. No, no era debilidad. Yo fui fuerte, hice caso de los pocos consejos que me dieron; dejé que Christine viese mi mundo, que disfrutase de lo mismo que yo. Fui alguien valiente, y en ese aspecto nada me cambiaría de idea.

Volví a dejar la copa en su lugar sobre la madera. Me estiré más si era posible en el sillón, alargando las piernas frente al fuego que crepitaba sin descanso, sin ser molestado por nada. Solté un quejido, llevándome de nuevo las manos al rostro, o lo que se suponía que tenía por ello.

—Debe de estar aterrada… —murmuré con pesar.

No obstante, me había prometido —incluso jurado— que no me vio.

¿Debía confiar en ella? ¿Por qué hacerlo? Perro que muerde una vez solo espera la segunda. ¿De verdad quería volver a sufrir?

Un calor me creció en el pecho.

Parte de mi mente suplicaba que no; ya había tenido suficiente con la dichosa mujer, porque eso era, una mujer de los pies a la cabeza, con los ojos brillantes y sonrisas coquetas, una melena indomable de rizos y cabeza alta. Pero la otra, la que casi siempre estaba en silencio, amarrada en el fondo de un pozo y la cual había tomado fuerza desde que conocí a la dama, me rogaba que sí.

—En el amor no existen facilidades —escuché una vez decir a alguien.

Me enfadé de nuevo.

—¡No la amo! —vociferé en la cueva, levantándome de un salto.

"No sabes lo que es amor, bastardo" me dijo aquella voz, obligándome a taparme los oídos con rabia.

Necesitaba algo con lo que distraerme, y pronto. El órgano quedó plenamente descartado a pesar de ser mi instrumento favorito; el piano se veía bien, pero dudaba estar lo suficiente inspirado; el violín…

Morfina, eso era lo que en realidad quería.

Solté otro ruido creado desde lo profundo del pecho.

Había jurado no volver a usarlas; y aunque no creía en tales pactos absurdos, lo que en verdad me hacía no regresar a dichas sustancias era el tener que pedir ayuda cuando las quisiera dejar. Porque al final me aburrirían, serían demasiado, y no podría soportarlas, teniendo que aguantar meses hasta borrarlas del cuerpo. Además de haber una apuesta de por medio con un hombre en especial que no perdería.

El muy infame se atrevía a competir contra mí.

Esta noche terminaría por consumirme; estaba seguro de ello.

Mi pupila había cautivado a la gran masa de personas que acudieron a ver Fausto. Yo mismo disfruté, a pesar de los varios errores que observé. Pero ella…, ahh, ella. Se deleitaba cantando, siendo la diva, la reina en el escenario. Y todo gracias a mí, a mis enseñanzas. Había hecho volar al gorrión, y ahora solo podía esperar que no fuese demasiado lejos del nido…

Estudié el cuadro arquitectónico de la ópera, fijándome en cada uno de los detalles que una vez tracé en el papel. Aquel era mi mejor secreto, y se lo había confiado a una desconocida. Porque eso era ahora Daaé.

Además, nadie traicionaba al Fantasma de la Ópera sin salir inmune.

Pero sabía que aquello era imposible; no podía hacerla daño. Sería como incapacitarme a mí mismo. Extrañamente, meses atrás dejé de disfrutar si la causaba malestar, y aunque de vez en cuando todavía nos molestábamos, intentábamos cuidar el uno del otro.

Ella se preocupó de mí, y yo de ella.

¿En qué momento se dio todo la vuelta? Tendría que haberme fijado, debí de amenazarla de alguna forma para que no intentase cruzar esa línea que unía mi temperamento con un simple objeto.

Si tan solo hubiésemos podido hablar más…

Pero no. No. ¡NO!

Quería golpear cosas, lanzarlas por los aires.

Las personas no eran buenas; no lo eran. Solo quieren tomar y jamás dar o devolver. Te morderían si pudiesen en el caso de ver una victoria. Solo dicen palabras para arruinarlo todo; cosas para dañar.

Pero Christine, Christine… No era como ellos. Por eso habíamos llegado a esta situación. O no lo era, al menos, hasta esta noche.

Recordaba con ira cuando Buquet —el dichoso condenado— me vio sin la máscara sentado en la zona de tramoya. Hizo tanto calor ese día, y era la tercera vez que me pasaba un pañuelo por la frente, aparatando el duro material de la cara para intentar refrescar los roces que producía cuando, el hombre, apareció a mi derecha, corriendo en dirección contraria en cuanto se cercioró de quien era, gritando al escenario.

Christine regresó a mí, con emoción por el dueto que las habían cedido a ella y a su amiga, diciéndome emocionada de lo que se trataba. No le importaban las habladurías.

Todavía estaba asombrado. La piedad de esa mujer era inverosímil.

Mas, ella no me juzgó ni abandonó en ese momento, pero ahora sí; cometió el peor de los errores que podría hacer a mi alrededor, algo imperdonable. Mi confianza en ella ahora estaba trastocada y no sabía cómo unir las piezas que quedaban colgando.

La dejé sollozando en su habitación, aún cuando se disculpó y rogó, y garantizó y juró que no había visto nada. No vio nada. No sabía lo que era mi rostro aberrante todavía. Pero querría comprobar si las cosas que se especulaban eran ciertas. Christine era un ser entrometido, y yo no soportaba ese rasgo en nadie. A mí nunca me había hecho ningún bien.

Volví a tomar la copa entre los dedos, sintiendo el líquido frío, observando el vaivén con el que se movía, sin llegar a derramarse. Cerré los ojos con pesar; no podía estar verdaderamente enfadado con la niña; me era imposible. Mis sentimientos eran demasiado fuertes, debía tratarlos con cuidado cuando estaba con ella puesto que, en cualquier momento, podría exponérselos y apabullarla. Me negaba a creer que era amor —yo no estaba hecho para esas cosas—, pero ella había restaurado en mí lo que se podía considerar como fe, habiéndola perdido muchos años atrás. Christine era un ángel, el más hermoso que jamás hubiese conocido, y me sentía dichoso por mantenerla aún a mi lado.

Un ángel con una curiosidad monstruosa.

Abrí los parpados, con los ojos húmedos.

No podía dejarla. ¿Cómo olvidar las largas charlas a su lado? ¿O los regalos que habíamos compartido? ¿La magia que era su voz? ¿Los rubores que producía su cuerpo al avergonzarse o enfadarse?

No podía dejarla, estaba seguro de ello.

Mas, mi orgullo no me permitía volver a ella; no todavía. Me había ofendido, hecho enfadar, y esperaba que lo comprendiese.

Ella siempre lo entendía todo.

Además, aún sentía estremecimientos por la carne al recordarla pronunciando mi nombre, y eso no era una cosa que le permitiese descubrir.

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Se me hace difícil cambiar el personaje, pero me encanta escribir desde el punto de vista de Erik.

¿Os lo esperabais? Puajajaja

Un besazo y hasta el próximo capítulo!